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Las sentencias de muerte[1]

 

 

24 de agosto de 1936

 

 

 

Las sentencias de muerte eran inevitables. El se­gundo juicio por el asesinato de Kirov a Zinoviev y a los demás fue montado porque ninguna persona con conciencia política creía en la autenticidad de las acusaciones del primer juicio, el de enero de 1935. Por otra parte, es la única manera de avalar ante el mundo la seriedad de las acusaciones en mi contra. Al renunciar a la defensa legal los propios acusados reconocieron que las sentencias de muerte eran inevitables.

Aquí hay una contradicción: los acusados confesa­ron a cambio de la promesa de que se les perdonaría la vida. Desde luego, esta contradicción no impedirá el accionar del gobierno. Nadie puede verificar si los mis­teriosos espías de la GPU, Berman-Iurin, Olberg, David y compañía fueron fusilados, o si siguen ejerciendo su oficio bajo otros nombres.

Nadie sabe si los catorce condenados a muerte junto con el asesino Nikolaev realmente fueron fusilados, porque, como se demostró en el juicio posterior al jefe de policía de Leningrado, Medved, entre ellos había probablemente muchos provocadores. Quizás fusilaron a los provocadores para deshacerse de los cómplices comprometedores.

Pero creo que lo más importante desde el punto de vista político es la suerte que corrieron Zinoviev, Kamenev y los demás bolcheviques de la Vieja Guar­dia. En su caso, el gobierno difícilmente se considerará atado por las promesas de la GPU. Por lo menos, no será el único factor que tendrán en cuenta. En el notorio juicio a los mencheviques, hace algunos años, el céle­bre escritor Sujanov y el científico Gromann leyeron confesiones que les había dictado la GPU, con la pro­mesa de que serían puestos en libertad después de un breve período de encarcelamiento formal.[2] Pero se los condenó a largos años de prisión sobre la base de sus propias confesiones falsas. Exigieron su libertad. Sujanov se declaró en huelga de hambre y ahora se desconoce el destino de ambos.

El gobierno tiene solamente dos opciones en rela­ción con Zinoviev, Kamenev y los demás: fusilarlos y avalar así la autenticidad de las acusaciones que pronunciaron en su propia contra, o bien conmutar la sen­tencia a cadena perpetua y ponerlos luego en libertad. Para su decisión, el gobierno no dejará de tener en cuenta la impresión que el juicio y el veredicto causen en el mundo.

Los suicidios de Tomski y Sokolnikov, que demos­traron con ello que no estaban dispuestos a dejarse difamar y arrastrar por el fango, deben haber causado una profunda impresión en la Unión Soviética, inclusive en los círculos dominantes y, por consiguiente, el go­bierno los tendrá muy en cuenta cuando tome la deci­sión definitiva. En el momento de escribirse estas líneas, las diferencias de opinión en la cúpula, inevita­bles en tales casos, quizás ya estén resueltas y ya se haya elaborado el balance final de esta complicada amalgama jurídica.



[1] Las sentencias de muerte. Folkets Dagblad, 25 de agosto de 1936. Esta declaración a la Norsk Telegrambyraa, la agencia noticiosa norue­ga, fue reproducido parcialmente en el New York Times del 25 de agosto de 1936. El texto completo fue traducido del sueco [al inglés] para esta obra por Russell Block.

[2] Los juicios a los ’’saboteadores" del Partido Menchevique-Industrial, donde los acusados se declararon culpables de sabotear la economía, se llevaron a cabo en 1930 y 1931. En ese momento Trotsky consideró que las confesiones eran válidas (véase Escritos 30-31 [Tomo II de la edi­ción de Pluma]) Mantuvo esa posición hasta poco antes del primer jui­cio de Moscú, cuando publicó la siguiente nota en Biulleten Oppozitsii N° 51, julio-agosto de 1936: "De los editores: Los editores del Biulleten deben reconocer que en el período del juicio menchevique subestima­ron enormemente el descaro de la justicia stalinista y por eso dieron de­masiado crédito a las confesiones de los ex mencheviques.’’



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