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Todo se aclara gradualmente[1]

 

 

26 de enero de l935

 

 

 

Les estoy muy agradecido, queridos amigos, por la solicitud que me enviaron en diciembre; me estimuló a evaluar el asunto Kirov en sus etapas más importan­tes. Todo lector de buena fe tiene ahora la posibilidad de comparar nuestras consideraciones e hipótesis a priori con las declaraciones oficiales posteriores, y de sacar las necesarias conclusiones.

El 30 de diciembre de 1934 expresé mi firme convic­ción de que la GPU sabia desde un primer momento que se preparaba un acto terrorista. La participación del "cónsul", que no podía ser más que un agente de la GPU, era una evidencia irrefutable. Ahora tenemos la prueba. El 23 de enero un tribunal militar condenó a doce responsables de la GPU en Leningrado, con su jefe Medved a la cabeza, a trabajos forzados: ¡y a dos de ellos a diez años de prisión! El cargo que justi­ficó la sentencia fue, ni más ni menos, que "conocían el atentado que se preparaba contra Kirov pero demostraron una negligencia criminal (!) al no tomar las necesarias medidas de seguridad". La admisión de la verdadera participación de la GPU en el crimen se oculta tras una miserable referencia a la "negligen­cia". ¿Se puede admitir por un solo momento que un pilar de la GPU como Medved pedía demostrar negli­gencia cuando se trataba de la preparación, conocida por ellos de antemano, del asesinato de Kirov? No, aquí no encaja la “negligencia". La explicación que mejor cuaja es la de un celo excesivo, que ponía en peligro la propia vida de Kirov.

Cuando la GPU supe que había comenzado a prepararse el acto terrorista, la tarea de Medved y sus colegas no fue la de detener a los conspiradores; eso hubiera sido demasiado fácil. Lo que ellos tenían que hacer era encontrar un cónsul adecuado, ponerlo en contacto con Nikolaev, inspirarle a Nikolaev confianza en el cónsul, etcétera; al mismo tiempo, debían establecer una conexión entre el grupo de Zinoviev ­Kamenev y los terroristas de Leningrado. No fue fácil. Hacia falta tiempo. Y Nikolaev se negó a esperar. ¡ Fue precisamente la diferencia de ritmo entre el trabajo de Medved y el de Nikolaev lo que provocó el desenlace sangriento!

El veredicto del tribunal establece abiertamente que Medved, Zaporozets y los demás "no tomaron medidas para poner en evidencia y acabar" con la actividad del grupo terrorista, "aunque tenían todas las posibilidades de hacerlo". Imposible ser más explícito. Podrían haber evitado el ataque, pero no lo hicieron. ¿Por qué? Por negligencia, responde el tribunal. ¿Quién puede creerlo? Medved y los otros no podían cortar la preparación del asesinato porque todavía no habían cumplido la delicada misión que se les había confiado. No contaban ni con una notita de Zinoviev que les fuera útil (por algo el primer comunicado del gobierno se quejaba de la falta de pruebas referentes al grupo de Zinoviev-Kamenev); todavía no habían encontrado los agentes de enlace entre Leningrado y Moscú que les hacían falta; no habían podido sacarle a Nikolaev una carta para Trotsky. En una palabra, lo más importante todavía no estaba listo. Y Nikolaev no aceptaba ninguna postergación más.

Medved "sabia", nos dice el veredicto. No lo duda­mos. ¿Por quién lo sabia? Por sus propios agentes que participaban en la preparación del atentado y que al mismo tiempo vigilaban a Nikolaev. ¿Qué pasó con estos agentes? En el juicio a Medved ni siquiera se los nombró. ¡ No es para sorprenderse! El asunto se arregló junto con el caso Nikolaev; sin duda los agentes de la GPU estaban entre los catorce conspiradores fusilados. Algunos pagaron por el asesinato de Kirov, otros por el fracaso de su misión.

Sin embargo, es del todo evidente que Medved no podría haber seguido este juego por su propia cuenta y riesgo. Medved no podía ser el único al tanto del secreto de la participación de un cónsul extranjero en el asesinato de Kirov. Debido a la extrema impor­tancia del asunto tenía que comunicarse diariamente con Iagoda y éste con Stalin. Se trataba de la seguridad de personas mundialmente conocidas. Más aun, incluso en el caso de la salida más "afortunada" la amalgama con el cónsul podía traer complicaciones diplomáticas. Sin el acuerdo directo de Stalin -más precisamente sin su iniciativa- ni Iagoda ni Medved se hubieran decidido a montar una empresa tan arriesgada.

Esperamos que nadie oponga la objeción de que "el mismo Medved reconoció que la acusación era justa". ¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa podía hacer? Los acusados eligieron el menor entre dos males. En realidad no podían decir que habían participado en una provocación criminal con el objetivo de urdir una amalgama, directamente instruidos por Iagoda; esa confesión les costaría la cabeza. Preferían que se los acusara de "negligencia criminal". Era más prudente.

Además, ¡ en pocos meses se los podía necesitar de nuevo!

Todo se aclara gradualmente. El asunto Medved arroja luz sobre el asunto Zinoviev-Kamenev sobre su ubicación en la estrategia de Stalin. Imaginemos por un momento que el pueblo de la URSS y todo el mundo hubieran presenciado sólo dos juicios: el de Nikolaev y el de Medved. La amalgama inconclusa hubiera salido a la luz en toda su desnudez. Nikolaev con su revólver en la oficina de Kirov; el cónsul pidiéndole el día ante­rior una carta para Trotsky; luego Medved, que estaba al tanto de todo pero no había tomado las medidas necesarias. Todo está claro; la provocación aparece descaradamente. Precisamente por eso era imposible montar los juicios de Nikolaev y de Medved uno des­pués del otro. En el ínterin era necesario ensordecer al país con algún asunto sensacional que dejara en las sombras a Nikolaev y a Medved, desconocidos para todo el mundo. Los juicios a Nikolaev y a Medved, los verdaderos protagonistas del asesinato, tenían que estar separados por el juicio a los viejos revoluciona­rios, los compañeros de Lenín, los constructores del partido, acusados de un delito con el cual no tenían nada que ver, a diferencia de Stalin que criminalmente jugó con fuego. El caso Zinoviev es una gigantesca cortina de humo tendida ante el caso Stalin-Iagoda.

El primer comunicado del gobierno y los artículos oficiales posteriores al arresto del grupo de viejos bolcheviques de Leningrado decían que Zinoviev-Kamenev y sus amigos se daban como objetivo "la restauración del sistema capitalista" e intentaban provocar la "intervención armada" del extranjero (por intermedio de un cónsul... ¡de Letonia!) Se entien­de que ninguna persona seria podía creerlo.

Los lacayos de Stalin, que se ocultan tras su situa­ción de "dirigentes" de la Internacional Comunista, no retroceden sin embargo ante la afirmación de que Zinoviev, Kamenev y los demás "admitieron sus crímenes".

¿Cuáles? ¿La preparación de la restauración del capitalismo? ¿De la intervención armada? ¿Del asesi­nato de Kirov y Stalin? No, en absoluto. Puestos entre la espada y la pared admitieron: 1) que guardaron una actitud muy crítica ante los métodos de colecti­vización; 2) que no sentían simpatía alguna por Stalin­ Kaganovich; 3) que no ocultaron a sus amigos más cercanos sus pensamientos y sentimientos. ¡ Nada más! Todo eso fue en 1932. Debido a estos graves crímenes, especialmente a su peco amor por Stalin, en el pasado se los expulsó del partido. Pero posteriormente se retractaron y fueron readmitidos. Entonces, ¿qué crimen se les atribuye a partir de su retractación? En medio de la mescolanza de huecas e insultantes frases de los lacayos encontramos una sola indicación concreta: en diciembre de 1934 Zinoviev les dijo a sus amigos que la Internacional Comunista no había conducido correctamente la política del frente único, que de hecho la iniciativa había pasado a manos de los socialdemócratas.

¡El solo hecho de que esta apreciación crítica de la política más reciente de Stalin -Bela Kun[2] sea presen­tada ante el tribunal como un acto criminal y presen­tada como prueba de conspiración contrarrevolucionaria demuestra hasta dónde cayó el partido bajo la desenfrenada arbitrariedad de la burocracia bonapar­tista termidoriana!

Admitamos que la critica de Zinoviev haya sido falsa. Aceptemos incluso que los lacayos tenían razón en considerar "criminal" la crítica dirigida contra ellos. ¿Pero podemos ver en eso la "restauración del capitalismo y la "intervención armada"? ¿Qué relación hay entre la exigencia de una política más revolucionaria contra la burguesía y un programa a favor de "la restauración del régimen burgués"? ¿Adónde se fue el sentido común? Está totalmente enterrado bajo una monstruosa defecación de infamia.

¿Y qué pasó con el cónsul? No hemos escuchado ninguna respuesta a esa pregunta. El cónsul de Letonia entregó cinco mil rublos para la organización del asesinato de Kirov. El tribunal estableció oficialmente este hecho. ¿Y entonces? En el momento del veredicto el diplomático letón había partido para Finlandia; no estaba en la odiada URSS, ni en su Letonia natal, sino en la "neutral" Finlandia. ¡Un cónsul previsor, que tiene que haber contado con amigos que 10 aconse­jaron bien! De todos modos está claro que no fue por iniciativa y riesgo propios que el cónsul financió el asesinato de Kirov. Esos planes superan la perspec­tiva de un pequeño funcionario. Si el cónsul no era un agente de la GPU, como quisieran hacérnoslo creer los lacayos de Stalin, sólo podría haber actuado por man­dato de algún gobierno extranjero, letón o alemán (como lo sugirió la prensa stalinista). Entonces, ¿por qué no descubrir a la banda criminal? Por ejemplo, ¿por qué no plantear ante la Liga de las Naciones el problema de los diplomáticos que son criminales terroristas, como lo hicieron los yugoslavos? Parece que vale la pena. Sin embargo, Stalin no demostró el menor interés en el diplomático terrorista y en los que lo inspiraron. No hubo siquiera un comunicado del gobierno a propósito de la supuesta destitución del cónsul. Simplemente pasaron a otra cosa.

Este problema presenta otro enigma: ¿por qué calla el propio cónsul? Ahora está fuera de la URSS y pareciera que puede revelar toda la verdad. Si finan­ció a los terroristas, significa que es un enemigo jurado de los soviets. ¿Por qué no hace entonces revelaciones sobre sus enemigos? Porque el experto cónsul conoce muy bien el proverbio internacional que reza: "Las revelaciones son plata, el silencio es oro."

El terrorismo revolucionario no necesita enmasca­rarse porque encuentra Sin justificación inédita en la conciencia de las masas populares. La necesidad de las amalgamas surge cuando una burocracia privile­giada se eleva como casta privilegiada por encima de la clase revolucionaria, con sus intereses, secretos e intrigas específicas. Temerosa de perder sus privile­gios y su poder, se ve impulsada a engañar al pueblo. La misma necesidad de recurrir a las amalgamas desenmascara y condena implacablemente al régimen burocrático.

Por lo que puedo juzgar desde lejos, como obser­vador aislado, la estrategia desplegada alrededor del cadáver de Kirov no le trajo a Stalin grandes laureles. Pero precisamente por esta razón no puede detenerse ni retroceder. Stalin está obligado a ocultar las amalga­mas fracasadas tras otras nuevas, más amplias... y más logradas. Nos tienen que encontrar bien armados. La lucha contra las feroces represiones a la oposición marxista en la URSS es inseparable de la lucha por la liberación de la vanguardia proletaria mundial de la influencia de los agentes y los métodos stalinistas. Ni un solo proletario revolucionario debe quedarse calla­do. De todas las personalidades políticas, la más despreciable es la de Poncio Pilatos.



[1] Todo se aclara gradualmente. Biulletin Opozitsi, N° 42, febrero de 1935. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Fred Buchman.

[2] La referencia a Bela Kun en relación con la “última política” de Stalin (utilizar el frente único como paso previo al frente popular de colaboración de clases) puede ser una alusión irónica al hecho de que Bela Kun en 1921 se había opuesto a la política leninista de frente único tal como la aplicó entonces la Comintern.



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