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A los bolcheviques leninistas de la URSS[1]

 

 

Publicado el 17 de agosto de 1934

 

 

 

Estimados camaradas:

 

Durante largo tiempo los stalinistas prepararon como golpe decisivo la capitulación de Rakovski.[2]

Y ahora, apenas unos meses después, queda demos­trado que el golpe falló. Entre las miles de personas que en la URSS están presas, exiliadas, expulsadas del partido y privadas de su pan solamente dos o tres veteranos cansados siguieron a Rakovski; en el resto del mundo... ni un solo hombre. Y eso a pesar de la situación harto difícil de los bolcheviques leninistas, contra los que se unen los stalinistas y la reacción mundial para hostigarlos y someterlos.

El principal argumento de la capitulación es, al mismo tiempo, la principal prueba de la inconsistencia política de los capituladores. Según Rakovski la ofen­siva victoriosa del fascismo exige la unidad de “todas las fuerzas" en defensa del poder soviético. Pero el problema es: ¿cómo resistir la ofensiva triunfante de la reacción y cómo salvaguardar el poder soviético? Stalin declaró que la socialdemocracia y el fascismo eran hermanos siameses. Sobre esta base se condenó irrevocablemente el frente único. Dos días antes del triunfo de Hitler la Comintern afirmó que en Alemania la revolución proletaria avanzaba a todo vapor hacia la victoria. Presentó la indiscutible implantación de la dictadura fascista en la nación más industrializada de Europa como “la aceleración de la revolución proletaria". Declaró irreprochable la política del Partido Comunista Alemán antes, durante y después del golpe de estado fascista. Estos engaños y crímenes hicieron perder en Alemania una situación plena de posibilidades revolucionarias. Entre 1929 y 1933 la Comintern preparó y asestó tal golpe al poder soviético y a la revolución mundial que los éxitos económicos de la URSS quedan relegados a un segundo o tercer plano. Rakovski ni siquiera intentó responder si la política aplicada por Stalin-Thaelmann[3] en las grandes batallas de clase fue correcta o fatal. El que reemplaza la de­fensa de los intereses históricos de la revolución por la adulación a los errores y crímenes de la burocra­cia no puede esperar de los bolcheviques leninistas más que un bien merecido desprecio.

En Francia, cuando las aguas del fascismo llegaron al cuello de la Comintern, ésta, asustada, dio en varios días, por no decir en varias horas, una voltereta sin precedentes en la historia política. Tiró la teoría del social-fascismo a la basura como un trapo sucio, reconoció -¡y de qué vulgar manera menchevique!- la defensa de la democracia y proclamó el frente único con la socialdemocracia el precepto superior y único, al cual tácitamente sacrificó los objetivos revoluciona­rios y la crítica al reformismo. Con una actitud de chocante cinismo hacia las ideas, estos señores ya no nos acusan de llamar al “frente único contrarrevolu­cionario con los dirigentes" sino de “deslealtad” hacia las direcciones por pretender utilizar el frente único pa­ra fortalecer el ala revolucionaria a expensas de la So­cialdemocracia. ¿Qué significa este “salto al vacío”?

Parece que Moscú comprendió que con sólo aumen­tar el número de tractores no se resuelven los pro­blemas del socialismo sino que ni siquiera se garantiza la existencia del estado soviético. Aun si se creyera por un momento que en los próximos cuatro o cinco años se construirá en la URSS una sociedad completamente socialista, seria imposible cerrar los ojos al hecho de que el fascismo logra a intervalos cada vez más breves sus canibalescas victorias. No hace falta explicar las consecuencias que la fascistización de toda Europa traería sobre “el socialismo en un solo país” durante los próximos doce o veinticuatro meses. De aquí el pánico de los líderes de la burocracia. De aquí la orden telegráfica: “¡dar un giro de ciento ochenta grados y camuflarlo con una nueva cortina de humo de calumnias contra los ‘trotskistas’! "

Con estos procedimientos la burocracia logra un dominio ilimitado de la Comintern, pero al mismo tiempo ésta pierde la estima y la confianza de las masas trabajadoras. En Francia se realizó el giro sin que mediara la más mínima discusión o critica. Los miembros del partido francés simplemente se levan­taron un día para encontrarse con que había que llamar verdad a lo que hasta ayer se había considerado mentira. Tal régimen, declaran los Rakovskis y los Sosnovskis,[4] hay que “acreditárselo” a Stalin. Noso­tros creemos que tal régimen es la desgracia de la revolución. De todos modos los capituladores tendrían que aclarar, al menos, a qué política capitularon. ¿A la que aplicaron ayer Stalin-Thaelmann, que produjo resultados tan felices? ¿O a la directamente opuesta que aplican hoy en Francia Stalin-Cachin? Pero los capituladores no se atreven a elegir. ¡No capitularon ante una política sino ante la burocracia!

En los últimos diez años la política de la Comintern le permitió a la Segunda Internacional recuperar su predominio en la clase obrera. Por supuesto, la crisis, la miseria, el gangsterismo reaccionario y la inminencia de una nueva guerra empujan violentamente a distintos grupos de la clase obrera hacia las secciones de la Comintern. Pero estos “éxitos” super­ficiales y efímeros provocados por la situación no corresponden, en absoluto, a la situación política y a las gigantescas tareas que ésta plantea. El Partido Comunista Alemán tuvo éxitos incomparablemente mayores hacia el final de su existencia legal, pero no lo salvaron de su ignominiosa caída.

Dentro de los partidos de la Segunda Internacional, cuya dirección refleja su orientación miserable e infame, se da en este momento un proceso de radica­lización de las masas. El régimen de la Comintern, los “saltos mortales” de la burocracia stalinista y el cinismo de sus objetivos y métodos constituyen hoy el principal obstáculo en el camino a la educación revolucionaria y la consolidación de la vanguardia proletaria. Sin embargo, sin la movilización de los obreros -no sólo para desfiles y reuniones sino tam­bién para la lucha decisiva-, sin una dirección correcta que una a la intransigencia revolucionaria el realismo leninista, el triunfo del fascismo será tan inevitable en Francia como lo fue en Alemania. ¿Qué quedará entonces de la teoría del “socialismo en un solo país”? No más de lo que queda hoy de la teoría del “social-fascismo”.

Los bolcheviques leninistas no capitularán; por el contrario, redoblarán sus esfuerzos. Los obreros socia­listas tienen que ser ahora su principal frente de actividad. Es necesario explicarles las cosas; más precisamente, encontrar junto con ellos el camino a la revolución. Solamente así se podrá sacar a los obreros comunistas del control de la burocracia; sólo de esta manera se logrará la unidad de acción en la lucha contra el fascismo y la creación de un partido de masas real­mente revolucionario, una sección de la Cuarta Interna­cional que guíe al proletariado hacia la toma del poder.

¡Queridos amigos! Vuestros camaradas de armas de todos los países del mundo conocen las difíciles e inhumanas condiciones que soportáis bajo la burocracia stalinista. Solo cabe sentir un gran respeto por la firmeza que la mayoría de vosotros habéis demostrado frente a las nuevas represiones, calumnias y traiciones. No, pese a todo no capitulasteis. Por el contrario, tenéis ante vosotros una gran misión revolucionaria que cumplir. Tenéis el deber de plantear, en la medida de lo posible, ante los obreros revolucionarios de la URSS los problemas de la revolución internacional aho­ra monopolizados por los Manuilskis, los Kuusinens, los Piatnitskis, los Lozovskis[5] y demás funcionarios de tercer o quinto orden.

¡Bolcheviques leninistas! El desarrollo de Europa y de todo el mundo entra ahora en una etapa crítica, en la que se decidirá para toda una época histórica el destino de Europa y de la revolución internacional. Transmitiremos a las masas las lecciones revolucio­narias que asimilamos en doce años de lucha contra la burocracia centrista (el stalinismo). Paso a paso les señalaremos el camino.

¡Por la defensa de la URSS!

¡Por la revolución proletaria mundial!

¡Por la Cuarta Internacional!



[1] A los bolcheviques leninistas de la URSS. The Militant, 8 de setiembre de 1934. Esta carta abierta llevaba la firma “representantes extranjeros de los bolcheviques leninistas rusos” En febrero de 1934 Cristian Rakovski (ver nota siguiente) el más conocido de los oposicionistas rusos que todavía estaban en la Unión Soviética, capituló finalmente a Stalin después de seis años de deportación, enfermedad, desatención médica y aislamiento. Había sido muy amigo de Trotsky durante mucho tiempo, pero después de su capitulación, Trotsky rompió toda relación personal y política con él. Sola­mente en su diario, en una anotación del 25 de marzo de 1935, hace comen­tarlo sobre qué significó para él, a nivel personal, esta ruptura: "Rakovski era prácticamente mi último contacto con la vieja generación revolucionaria. Después de su capitulación ya no queda nadie. Aunque a partir de mi deportación se interrumpió nuestra correspondencia a causa de la censura, su figura seguía siendo un nexo simbólico con mis viejos camaradas de armas. Ahora ya no queda nadie. Hace mucho ya que no puedo satisfacer mi necesidad de cambiar ideas y discutir problemas con alguien."

[2] Cristian Rakovski (1873-1941): figura dirigente del movimiento balcánico revolucionario antes de la Revolución Rusa. En 1918 fue presidente del Soviet de Ucrania y posteriormente sirvió como embajador en Londres y París. Uno de los primeros dirigentes de la Oposición de Izquierda rusa, fue deportado a Siberia en 1928; en 1934 capituló. En 1938 fue uno de los principales acusados en el tercer juicio de Moscú, donde lo sentenciaron a veinte años de prisión.

[3] Ernst Thaelmann (1886-1945): el dirigente del Partido comunista Alemán, candidato a presidente y sostenedor de la política del Kremlin que llevó al triunfo de Hitler. Arrestado por los nazis en 1933, fue ejecutado en Buchen­wald en 1945.

[4] Lev Semianovich Sosnovski (1886-1937): destacado periodista soviético, fue, como Rakovski, uno de los primeros partidarios de la Oposición de lzquierda y uno de los últimos en capitular.

[5] Osip Piatnitski (1882-1939): viejo bolchevique, fue secretario de la Comin­tern entre 1922 y 1931 y dirigió su Buró de Organización, cuyo objetivo era controlar el trabajo práctico cotidiano de los distintos partidos comunistas. Solomon Lozovski (1878-1952): encargado de la Profintern, la Internacional Sindical Roja, y de la táctica ultraizquierdista que impuso ésta al trabajo stalinista en los sindicatos de todo el mundo durante el “tercer periodo” La Profintern se organizó en 1921 como rival de la Federación Internacional reformista cuyo centro estaba en Amsterdam (la “Internacional de Ams­terdam").



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