Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Del plan de la CGT a la conquista del poder[1]

 

 

Discurso pronunciado entre el 18 y 19 de marzo de 1935

 

 

 

Camaradas:

 

La CGT se plantea como objetivo la "intensificación de la propaganda" en apoyo al plan.[2] No podemos menos que congratularnos por ello. El mejor plan no es más que un pedazo de papel si detrás de él no están las masas militantes. Es de lamentar que en el año que transcurrió desde adopción del plan se haya hecho tan poco por presentarlo a las masas y ganar su apoyo.

Las notas "para uso de los propagandistas" que recibimos hace algunos meses enfatizan la necesidad de "que se realice un vigoroso esfuerzo de propaganda oral incluso en los pequeños centros rurales". Estoy seguro de que los sindicatos departamentales pueden movilizar una suficiente cantidad de leales propagandistas. Pero para que sus esfuerzos sean realmente poderosos y sobre todo efectivos los sindicatos deben tener una clara posición sobre el problema.

Sin embargo, tengo que reconocer que las discusio­nes que se han hecho sobre el plan, incluso en círculos bastante limitados, revelan cierta confusión. Tal vez los que venimos de las provincias no estamos suficien­temente informados. En ese caso el centro tiene que ayudarnos. Quiero aprovechar esta sesión de la CCN para hacer algunas preguntas, expresar ciertas dudas, señalar algunas debilidades y pedir unas aclaraciones complementarias.

Muchos camaradas aquí presentes tienen demasia­da experiencia en cómo responden las masas -por cierto mucha más que la que tengo yo- para que haga falta insistir en la idea de que la propaganda sólo gol­pea debidamente cuando es clara y concreta. Por eso, nosotros, los propagandistas, les pedimos un poco más de claridad y precisión respecto al plan.

En los distintos textos de la CGT leemos a menudo que se trata de una renovación de la economía nacional, a la que a veces se contrapone con "la reorganización económica y social", pero otras se la identifica con ésta.

Camaradas, es muy difícil decirles a los obreros y a los campesinos "queremos renovar la economía na­cional", cuando ahora todo el mundo utiliza la misma expresión: la Juventud Patriótica, los demócratas popu­lares, el Frente Campesino,[3] a veces hasta los radica­les, pero sobre todo M. Flandin. Todos ellos prometen y proclaman la renovación e incluso la reorganización de la economía nacional. Nuestro plan debe diferenciarse de los de los enemigos de clase por la definición precisa de sus objetivos. Todas las renovaciones y reorganizaciones a las que me referí recién pretenden mantener la base capitalista, es decir, proteger la pro­piedad privada de los medios de producción. ¿Y el plan de la CGT? ¿Se plantea renovar la economía capi­talista o remplazarla por otra? Confieso no haber hallado respuesta exacta a este interrogante. A veces leemos en los mismos textos que no se trata de transformar el sistema actual sino sólo de medidas de emergencia para aliviar la crisis. Sin embargo, también se afirma que las medidas de emergencia tienen que abrir el camino a transformaciones más profundas.

Tal vez todo eso sea correcto, pero nunca encontra­mos la definición exacta del sistema al que queremos llegar. ¿Qué tipo de las así llamadas profundas trans­formaciones habría que encarar? ¿Se trata solamen­te -lo planteo nada más que como hipótesis- de transformar un sector del capitalismo privado en capita­lismo estatal? ¿O queremos remplazar el conjunto del sistema capitalista por otro régimen social? ¿Por cuál? ¿Cuál es nuestro objetivo final? Es asombroso, camaradas, pero en las declaraciones, e incluso en las "notas para uso de los propagandistas", no se dice absoluta­mente nada al respecto. ¿Queremos remplazar el capi­talismo por el socialismo, por el comunismo o por la anarquía al estilo de Proudhon? ¿O simplemente que­remos rejuvenecer el capitalismo reformándolo y mo­dernizándolo? Necesito saber hacia dónde marcha el tren cuando hago un viaje de una o dos estaciones. También para las medidas de emergencia necesitamos una orientación general. ¿Cuál es el ideal social de la CGT? ¿El socialismo? ¿Sí o no? Nos lo tienen que decir; de otra manera, como propagandistas quedamos completamente desarmados ante las masas.

Las dificultades aumentan porque conocemos parcialmente la doctrina y el programa de la CGT y las "notas para uso de los propagandistas" no nos indican qué literatura podría esclarecernos. La única autoridad doctrinaria citada en las declaraciones de la CGT es Proudhon, el teórico de la anarquía. Fue él quien dijo que "el taller tiene que remplazar al gobierno". ¿Aspiramos nosotros a la anarquía? ¿Queremos remplazar la anarquía capitalista por la anarquía pura? Parece que no, ya que el plan habla de nacionalización de las indus­trias clave. En términos prácticos nacionalización significa estatización. Pero si tenemos que recurrir al estado para que centralice y dirija la economía, ¡cómo podemos invocar a Proudhon, que lo único que le exigía al estado era que lo deje solo! Y en realidad la industria moderna, los trusts, los cárteles, los consorcios, los bancos, superan totalmente la visión proudhonista del intercambio igualitario entre productores indepen­dientes. ¿Por qué, entonces, invocar a Proudhon? Así sólo se incrementa la confusión.

Al actual sistema capitalista, que se sobrevive des­de hace largo tiempo, sólo podemos contraponerle el socialismo. Como propagandista de nuestra organiza­ción sindical creo expresar la idea de muchos militantes al exigir que el plan para la renovación económica se retitule plan de medidas para la transición del capitalismo al socialismo.

Entonces cada obrero y cada campesino sabrá adónde marcha el tren de la CGT antes de ocupar su lugar en el vagón que le corresponda.

Camaradas, esta aclaración es absolutamente indispensable para que nuestra propaganda sea efectiva.

El plan de la CGT pone el acento en el hecho de que el crédito es la palanca que orienta nuestra economía. Yo estoy lejos de ser un especialista en los proble­mas de la banca y el crédito. Fundamentalmente quiero educarme para poder explicarles el asunto a los obre­ros. Pero confieso que nuevamente no encontré en los documentos de la CGT las aclaraciones que necesito. En ellos se habla de "nacionalización del crédito" y "control de la banca". Y, más bien a título de excepción, se menciona la "nacionalización de la banca ¿Se puede controlar el crédito sin haber nacionalizado los bancos? Sólo se puede controlar lo que se tiene fir­memente asido. ¿Queremos o no nacionalizar los ban­cos? Supongo que sí. Entonces hay que decirlo abierta y claramente. Por desgracia, no es éste el caso; sólo nos encontramos con formulaciones vagas, como por ejem­plo: "La banca tiene que estar al servicio de la economía y no la economía al servicio de la banca" (página 6 de la declaración). Un obrero me pidió que le explique esa nebulosa frase. Al notar mi perplejidad señaló: "Pero la banca siempre está al servicio de la economía, como los trusts, los ferrocarriles, etcétera... Todos ellos sirven a la economía capitalista al robar al pueblo." Esta áspera observación me pareció mucho más correcta que la formulación citada. La banca capitalista sirve a la economía capitalista. Por lo tanto tendríamos que de­cir: queremos quitarles la banca a los explotadores capitalistas para hacer de ella un instrumento de la transformación social, es decir de la construcción socialista. Me gustaría mucho ver esta clara formula­ción en el texto del plan.

Naturalmente, la nacionalización de la banca iría en detrimento de la alta finanza, no de los pequeños in­versores, cuyos intereses serian protegidos. Tenemos que elegir entre los intereses de los grandes financieros y los de las clases medias. Esa elección se expresará en la expropiación de los primeros. Y para los otros crearemos condiciones mucho más favorables que las actuales.

Pero no basta con la nacionalización de la banca. Después de nacionalizar los bancos, tenemos que proceder a su unificación total. Hay que transformar cada uno de los bancos en ramas del banco nacional. Sólo esta unificación transformará al sistema bancario nacio­nalizado en un sistema de control y dirección de la eco­nomía nacional.

En las "notas para uso de los propagandistas" en­cuentro algunas estadísticas muy valiosas referentes a la organización de la dictadura del capital financiero en nuestro país. Basándose en una investigación de 1932 se afirma lo siguiente: "En términos prácticos podemos decir que noventa personas poseen y controlan la economía de nuestro país." Esa es una afirmación precisa, sorprendente por esta misma precisión. La riqueza o la miseria de cien millones de seres huma­nos -porque no podemos olvidarnos de nuestras infor­tunadas colonias, a las que los noventa tiburones desangran todavía más que a las metrópolis- depen­den de un solo movimiento de noventa magnates todopoderosos. Son ellos los que están hundiendo en el caos la economía nacional para preservar sus miserables, sangrientos privilegios y su poder. Desgraciadamente ni el texto del plan ni los comentarios señalan qué hacer con estos noventa monarcas que nos controlan. La res­puesta ha de ser clara: debemos expropiarlos, despla­zados, para devolverle al pueblo lo que le robaron. Mociono, en nombre del sindicato del departamento de Isere, que se inscriba esta medida en el texto del plan. Este sería un buen comienzo para la realización del plan. Nuestra propaganda será entonces más vigorosa y mucho más efectiva.[4]

En el plan encontramos un parágrafo importante encabezado "Nacionalizaciones industrializadas". Este encabezamiento resulta muy extraño. Entendemos qué quiere decir industria nacionalizada, pero lo de nacio­nalización industrializada nos deja perplejos. Permítanme señalar que una terminología tan compleja dificulta la tarea del propagandista al oscurecer las cosas más simples. Las "notas para uso de los propagandistas" ni siquiera mencionan la nacionalización de la indus­tria. Tal vez estas notas fueron anteriores a la ultima edición de la declaración. Desgraciadamente, rara vez encontramos datos en los documentos de la CGT, im­portante debilidad que debe ser superada si se quiere facilitar nuestra tarea.

De todos modos tenemos que felicitarnos por el hecho de que en la última edición del plan se plantea la siguiente tesis: es necesaria la nacionalización de algunas industrias clave. Sin embargo la palabra "al­gunas" parece superflua. Naturalmente no podemos suponer que vamos a nacionalizar, a la vez todas las industrias, pequeñas, medianas y grandes. Por el con­trario, el régimen que queremos establecer tiene que ser muy indulgente con los pequeños manufactureros y artesanos, así como con los pequeños comerciantes y campesinos. Pero el texto se refiere explícitamente a las industrias clave, es decir a los poderosos trusts y cárteles como el Comité des Forges [Asociación de la Industria Pesada], el Comité des Houllières [Asociación de la Industria Carbonífera], las Compagnies des Chemins de Fer [Compañías Ferroviarias], etcétera. Por ser industrias clave hay que nacionalizarlas a todas, no sólo a "algunas". Los de Isere opinamos que también habría que agregar en el plan la lista de estas industrias clave con algunas esta estadísticas precisas sobre su capitalización, el numero de obreros que explotan y de desempleados que arrojan a la basura.

Para hablarle al pueblo hay que ser concreto, llamar a las cosas por su nombre y dar cifras exactas. De otro modo el obrero y más aun el campesino dirán: "Esto no es un plan sino el sueño platónico de algún burócrata."

Bajo el encabezamiento "Condiciones de adquisi­ción", el texto del plan se refiere a las condiciones para nacionalizar las industrias clave y obviamente también los bancos. Estamos acostumbrados a pensar que la nacionalización debe hacerse expropiando a los explotadores. Sin embargo, el plan no habla de ex­propiación sino de adquisición. ¿Significa eso que el estado simplemente debe comprar a los capitalistas las empresas creadas por el trabajo obrero? Evidente­mente. ¿A qué precio? La declaración responde: el precio se calculará "de acuerdo con el valor real en el momento de la compra". Nos enteramos luego de que "la amortización se calculará para un período de cuarenta o cincuenta años". He ahí, camaradas, un dato financiero que difícilmente conmueva a los obreros y a los campesinos. ¿Qué es esto? Queremos transfor­mar la sociedad y comenzamos con el reconocimiento total y absoluto del carácter sacrosanto de la propiedad capitalista!

El presidente del Consejo, el señor Flandin, tenía razón cuando dijo recientemente en el Parlamento "el capital es trabajo acumulado". Y todos los capitalis­tas del Parlamento aplaudieron esta afirmación. Desgraciadamente no es completa. Para ser cierta tendría que decir: "El capital es el trabajo de los obreros acu­mulado por su explotador." Este es el momento de citar lo que dice Proudhon sobre la propiedad capitalis­ta. Ya conocen su formulación: "La propiedad es un robo." En este sentido se podría decir: "La propiedad de los noventa magnates que controlan Francia es robo acumulado." No, no queremos comprar de vuelta lo que le fue robado al pueblo trabajador; no queremos que el nuevo régimen se vea cargado de deudas desde el primer día, cuando tendrá muchas tareas que resol­ver y muchas dificultades que superar. El capitalismo es la bancarrota. Arruinó a la nación. Las deudas de los capitalistas con el pueblo exceden de lejos el valor real de sus empresas. ¡No! ¡No volver a comprar! ¡Nada de nuevas esclavitudes! Expropiación pura y simple o, si quieren, confiscación.

Realmente espero que en esta asamblea que re­presenta a los oprimidos, a los explotados, nadie sienta simpatía por los magnates amenazados por el desem­pleo y la pobreza. De cualquier modo son lo suficientemente previsores como para cubrirse por todos lados. Y si alguno de ellos verdaderamente se encontrara sin recursos, el estado le otorgaría la mi pensión que a los obreros jubilados. Ya tenemos bastante con los adultos y los jóvenes enfermos y golpeados por la po­breza, con los desocupados permanentes y las mujeres condenadas a la prostitución. Para poner fin a toda esta miseria necesitamos ese dinero que el plan está dema­siado generosamente dispuesto a transferir durante medio siglo a los explotadores y a sus descendientes. ¡Camaradas, ese punto del plan significa alimentar a costa nuestra a dos nuevas generaciones de vagos! ¡No, ese solo parágrafo basta para comprometer irre­parablemente todo el plan ante las masas desposeídas! Sáquenlo lo mas pronto posible. Esta es otra propuesta de nuestro Sindicato Departamental.

Las "notas para uso de los propagandistas" nos informan de que "el fraude fiscal ha logrado nivel institucional". Muy bien dicho. Esto es claro y correcto. Pero no se trata justamente de fraude fiscal. Los asun­tos Oustric y Stavisky nos recuerdan que el conjunto de la economía capitalista no se basa sólo en la explotación legalizada sino también en la mentira generalizada. A fin de que el pueblo no vea el engaño se recurre a un método magnifico llamado secreto comercial, necesa­rio, según dicen, por la competencia. Esta es una mons­truosa mentira. El Acta de Acuerdo Industrial de Flandin demuestra que los capitalistas ya no tienen secretos entre ellos. Los llamados secretos comerciales no son más que la conspiración de los grandes capitalistas contra los productores y los consumidores. La abolición del secreto comercial debe ser la primera exigencia del proletariado mientras se prepara para dirigir la econo­mía nacional.

Estrictamente hablando, el plan de la CGT no es todavía un plan; contiene directivas generales, y no muy precisas por cierto. Un verdadero plan económico necesita estadísticas, cifras, diagramas concretos. Naturalmente estamos muy lejos de eso. La primera condición para un primer proyecto de plan consiste en establecer todo lo que posee la nación en materia de fuerzas productivas, materiales y humanas, en mate­rias primas, etcétera. Tenemos que conocer los verda­deros costos de producción, así como los "gastos incidentales" del fraude capitalista, y para ello debemos abolir de una vez por todas el complot fraudulento que se oculta tras la máscara del secreto comercial.

Aunque muy brevemente, el plan se refiere al con­trol obrero (ver "Consejo Administrativo"). En Isere somos decididos partidarios del control obrero. A me­nudo chocamos con esta objeción: "No basta con el con­trol. Queremos nacionalización y administración obrera." Sin embargo, de ninguna manera contraponemos ambas consignas. Para que los obreros se hagan cargo de la administración de la industria -lo que es absolutamente necesario, y lo más pronto posible para bien de la civilización- tenemos que exigir inmediatamente el control obrero así como el control de los campesinos sobre determinados bancos, sobre los trusts de fertilizantes, la industria harinera, etcétera.

Para que la nacionalización actúe de manera revo­lucionaria y no burocrática los obreros deben participar en todas las etapas. Tienen que prepararse para ello, comenzando ahora. Ya tienen que intervenir en la administración de la industria y de toda la economía a través del control obrero, empezando por su fábrica. El plan encara este control con un criterio de colabora­ción de clases, sometiendo a los representantes de los trabajadores al control mayoritario de la burguesía (ver "Consejos industriales"). Además, estipula que el delegado de cada categoría de productores debe ser nombrado por la "organización profesional". No pode­mos aceptar esa propuesta. Desgraciadamente, nues­tros sindicatos nuclean sólo a una duodécima o a una decimoquinta parte de la fuerza asalariada; el sindicato no es un fin en sí mismo; por el contrario, su misión es introducir a la masa trabajadora en la administración de los asuntos públicos. La huelga beneficiará a los trabajadores, organiza­dos o no, sólo a condición de que la vanguardia sindical impulse a la masa a la acción. La misma condición es fundamental para que el control obrero sea efectivo. Por eso el comité de control de cada planta no debe estar formado solamente por delegados del sindicato, es decir de una decimoquinta parte de los trabajadores. No, lo tienen que elegir todos los obreros de la fábrica, junto con la dirección del sindicato. Ese sería un verda­dero comienzo de libre y honesta democracia obrera, que se diferencia de la democracia burguesa, corrupta hasta la médula.

El plan reivindica la aplicación de la semana laboral de cuarenta horas sin reducción de salario. No cabe discusión sobre esta consigna. Pero sabemos dema­siado bien que la clase dominante y su estado están tomando la dirección contraria, es decir quieren rebajar los salarios sin reducir la cantidad de horas de trabajo. Entonces, ¿a qué medios recurrir para lograr la semana de cuarenta horas? Las "notas para uso de los propa­gandistas" nos informan que "se encaró la acción para materializar un acuerdo internacional", y continúan: "Pronto puede concretarse." Puede... Esto no es muy preciso y, dada la situación internacional económica y política, nos inclinamos más bien a concluir: no puede. Si estamos equivocados, nuestro representante en Ginebra rectificará nuestro pesimismo. Hasta que algo nuevo ocurra, los desocupados de Grenoble -y tene­mos muchos- no esperan gran cosa de los acuerdos de Ginebra.

¿Y qué se nos propone además de la esperanza en una rápida concreción de un acuerdo de trabajo? Las "notas" continúan: "Hay que propagandizar en todo el país la significación social de esta exigencia obrera." ¿Simplemente "explicar"? Pero todos los obreros, hasta los más simples, entienden muy bien las ventajas de la semana de cuarenta horas sin reducción de sala­rios. Lo que esperan de la CGT es que ésta señale los medios para realizar esta consigna.[5] Pero precisa­mente aquí comienza la gran debilidad del plan: hace propuestas, ofrece sugerencias, formula consig­nas pero no dice absolutamente nada sobre cómo concretarlas.

Sin embargo, antes de pasar a la cuestión de cómo llevar a cabo el plan tenemos que detenernos en un problema especialmente serio: el problema campesino. Todos hablan al respecto, todos proclaman la necesi­dad de mejorar la situación de los campesinos, pero hay demasiados pillos que quisieran prepararles a los cam­pesinos la tortilla sin romper los huevos del gran capi­tal. Este no puede ser nuestro método.

Comentando el plan, las "notas para uso de los pro­pagandistas" dicen: "Los campesinos tienen que librarse del doble yugo de los trusts de fertilizantes en lo que hace a la producción y del consorcio de grandes molinos y de los comerciantes harineros en lo que hace a la distribución."

Está muy bien decir: "Los campesinos tienen que librarse", pero ustedes saben que al campesino no le gustan las formulaciones vagas y platónicas. Y tiene mucha razón. "Tienen que librarse." ¿Pero cómo? He aquí la única respuesta posible: hay que expropiar y nacionalizar los trusts de fertilizantes y harineros y ponerlos realmente al servicio de los campesinos y de los consumidores. No se puede ayudar a los campesinos sin ir en contra de los intereses del gran capital.

El plan habla de la "reorganización general de la producción agrícola", pero no específica la orientación ni los métodos de esta reorganización. La idea de expropiar a los campesinos o de obligarlos violentamente a tomar el camino de la producción socialista es tan absurda que ni vale la pena criticarla; por otra parte, nadie propone tales medidas. El propio campesinado tiene que elegir el camino de su salvación. Decidan lo que decidan los campesinos, el proletariado les prome­terá su sincero y efectivo apoyo. Las cooperativas cam­pesinas constituyen el medio más efectivo de liberar a la economía rural de las particiones excesivas propias de la parcela agrícola. Los comentarios del plan dicen: "Hay que estimular las cooperativas campesinas de producción, almacenamiento y venta y colaborar con ellas." Desgraciadamente, no se nos dice quién y cómo las estimulará y colaborará con. ellas. En todas las etapas encontramos la misma falla. Las exigencias del plan generalmente parecen letra muerta.

¿Quién nacionalizará la banca y las industrias cla­ve? ¿Quién acudirá en auxilio de los campesinos e introducirá la semana de cuarenta horas? En una pala­bra, ¿quién aplicará el programa de la CGT? ¿Quién y cómo? Camaradas, esta cuestión es decisiva. Si sigue sin respuesta, todo el plan queda en el aire.

En el parágrafo sobre "Nacionalizaciones industria­lizadas" encontramos al pasar una respuesta indirecta a ese interrogante, totalmente sorprendente. He aquí cómo se define el objetivo mismo del plan: "Se trata de establecer [...] los detalles técnicos de un programa que puede ser aplicado independientemente del régimen político." Uno no puede dejar de preguntarse si leyó bien frente a esta irreal formulación. Entonces, el plan dirigido contra los magnates de los trusts, los banque­ros, contra los noventa dictadores de Francia y las colo­nias, el plan que va a salvar a los obreros, a los campe­sinos, a los artesanos, a los empleados y a los servidores públicos, ¿será independiente del régimen políti­co? Para decirlo con otras palabras, el timón del esta­do puede seguir como hasta ahora en manos de los ex­plotadores, de los opresores, de los que hambrean al pueblo; no importa, de todos modos la CGT se presen­tará ante este gobierno con su plan de renovación económica. Digámoslo franca y abiertamente; esta supuesta independencia del plan respecto al régimen político lo despoja de todo su valor al colocarlo fuera de la realidad social.

Naturalmente, en este momento no nos interesan las formas constitucionales o burocráticas del poder es­tatal. Pero hay un problema que predomina sobre todos los demás: ¿qué clase tiene el poder? Para transformar la sociedad feudal en sociedad capitalista la burguesía tuvo que arrancarles violentamente el poder a la monar­quía, a la nobleza y al clero. El Tercer Estado comprendió muy bien que su plan para la "renovación económi­ca y social" exigía un régimen adecuado. Y así como la burguesía consciente no le asignó a Luis Capeto[6] la tarea de abolir el régimen medieval, el proletariado no puede encargar a Flandin, a Herriot o a otros dirigentes burgueses la aplicación del plan que conducirá a la expropiación de la propia burguesía. Quien tiene el poder determina las formas de propiedad, y en última instancia toda la reforma se reduce a la abolición de la propiedad privada y a la implantación de la propiedad colectiva o socialista de los medios de producción. El que cree que la burguesía puede expropiarse a sí misma es tal vez un excelente poeta, pero yo no le con­fiaría los fondos ni del más pequeño de los sindicatos, porque vive en un mundo de ensueños mientras que nosotros queremos permanecer en el mundo real.

Hay que decirlo en términos claros: sólo un gobier­no revolucionario de los obreros y de los campesinos, dispuestos a librar una lucha implacable contra todos los explotadores puede aplicar el plan, completarlo, desarrollarlo y superarlo por la vía socialista. Para el proletariado eso significa conquistar el poder.

¿A quiénes está dirigido el plan? ¿A los gobernan­tes, con el objetivo de ablandarlos, o a aquellos que están dispuestos a volverse contra su opresión? Los propagandistas tenemos que saber a quién nos estamos dirigiendo y en qué tono hacerlo. Ni el plan ni los comentarios nos señalan nada al respecto. La declaración oficial nos dice que el plan lanzado por la CGT tiene que ser "favorablemente recibido por el público en gene­ral". Les pregunto a ustedes, camaradas, y me pregun­to a mí mismo: ¿qué quiere decir el público en gene­ral? Supongo que no es el público de las grandes ave­nidas. En el movimiento sindical y en la lucha social estamos acostumbrados a determinar antes que nada las clases: el proletariado, la burguesía, los distintos sectores de la pequeña burguesía. Por cierto esperamos que el proletariado y los sectores mas oprimidos de la pequeña burguesía reciban el plan favorablemente, siempre que se lo elabore con cuidado, se eliminen los errores y se lo presente a las masas como un programa de lucha. Pero los obreros y los campesinos pobres no son el público en general. ¿Es que acaso queremos decir que la gran burguesía tiene que aceptar el plan de la CGT? Obviamente no es así, no queremos burlarnos de nosotros mismos. Consultemos a Le Temps. Hace algunas semanas este periódico, que representa bien a los noventa magnates, es decir a la oligarquía do­minante, protestaba vehementemente contra cualquier participación de los sindicatos en las comisiones indus­triales. Les cito dos frases que resumen volúmenes: "La liquidación de todas las asociaciones obreras fue el precio que hubo que pagar por la paz social en el ancien régime." ¡Vean a la gran burguesía entre la es­pada y la pared, buscando inspiración en el ancien régime! Y luego el mismo articulo dice: "El corporatisvismo [grupos especiales de intereses económicos] aquí significa sindicalismo." De este modo Le Temps nos demuestra todos los días que la clase dominante no sólo no esta dispuesta a hacer concesiones a la orientación del plan de la CGT sino que, por el contrario, considera la posibilidad de aplastar a la propia CGT.

Jaurés dijo correctamente que Le Temps es la bur­guesía en forma de periódico. ¿Es posible la colabora­ción con esta burguesía que ahora, inspirándose en ancien régime, está preparándose para poner fuera de la ley a todas las asociaciones obreras? El solo planteo de esta pregunta implica la respuesta. Lo único que nos queda es la lucha implacable, y hasta sus últimas con­secuencias.

Las observaciones, criticas y sugerencias que pre­sento aquí en nombre de nuestro sindicato departa­mental ya son bastante extensas, y desgraciadamente estoy lejos de haber agotado, incluso, los problemas más importantes. En consecuencia, es necesario seña­lar el defecto fundamental del plan: sus autores desean colocarse por encima de las clases, que es lo mismo que decir fuera de la realidad. Como quieren ganarse a todo el mundo, hablan del público en general. Quieren nacionalizar la banca sin perjudicar a las altas finanzas, nacionalizar los trusts garantizándole generosamente a la gran burguesía tres generaciones más de parasitis­mo. Quieren acudir en auxilio de los campesinos sin violar los intereses de los terratenientes, de los trusts de fertilizantes y de las grandes compañías molineras. Evidentemente, también quieren ganarse a todos los regímenes políticos posibles, ya que afirman que su plan es neutral respecto a los partidos y hasta a los regímenes políticos. Incluso me parece que esas expresio­nes tan elaboradas e incomprensibles como "naciona­lizaciones industrializadas", etcétera, están elegidas con el fin de no molestar los oídos delicados de los mag­nates de los trusts.

Este procedimiento no sólo es inútil, es peligroso; no sólo es peligroso, es pernicioso. El que mucho abar­ca poco aprieta. No conquistaremos a la burguesía; su conciencia de clase es inconmovible; se ríe de nuestros consejos; se dispone a aplastarnos. Cuanto más genti­les, conciliadores y obsequiosos somos, menos nos respeta la burguesía, más intransigente y arrogante se vuelve. Me parece que esta lección surge de toda la historia de la lucha de clases.

Por otra parte, al correr con nuestras súplicas tras el supuesto público en general y al hacer concesión tras concesión para pacificar al ídolo capitalista, arriesga­mos disgustar a los desposeídos, que ya comienzan a decirse: "Son los consejeros de las clases dominantes y no los dirigentes de las clases oprimidas." Nunca ganaremos el corazón del enemigo de clase, pero corre­mos el peligro de perder para siempre la confianza de nuestra propia clase. La incomprensión de esta ley fundamental constituye la principal debilidad del plan. Tenemos que rehacerlo. Tenemos que dirigirnos direc­tamente a los asalariados y a los explotados. Tenemos que utilizar un lenguaje claro y firme. Tenemos que transformar el plan en un programa de acción para todo el proletariado.

Las "notas para los propagandistas" nos instan a unir a "todos los que demuestren buena voluntad". Esto es vago. ¿Dónde encontrarlos? Conocemos las clases y las organizaciones de clase, pero sobre todo la mala voluntad de la burguesía. Para aplastarla tene­mos que contraponerle la voluntad revolucionaria de la clase obrera. En cuanto a las clases medias, sólo depo­sitaran su confianza en el proletariado sí éste demues­tra en la acción su confianza en si mismo.

Es absurdo y hasta criminal buscar la buena volun­tad de la burguesía quebrando y paralizando la buena voluntad revolucionaria del proletariado. A cualquier costo es necesario el frente único de nuestra clase; uni­dad de acción de los trabajadores, de todas las organi­zaciones sindicales, políticas, cooperativas, educacio­nales y deportivas y, en primer lugar, unidad sindical, con un fin especifico, la aplicación del plan para la nacionalización y la socialización para la conquista del poder.

Debemos movilizar a los verdaderos militantes obreros en una vigorosa campaña por todo el país. El campesino de la choza más distante tiene que conven­cerse de que el proletariado esta vez está seriamente dispuesto a derrocar a la burguesía, a tomar el poder en sus manos para transformar nuestro país, para hacerlo por fin habitable para el pueblo trabajador.

O se transforma el plan en un plan para la conquista del poder por el proletariado, para el establecimiento de un gobierno obrero y campesino, o el pueblo lo dejará de lado considerándolo inútil e inaplicable. El Sindicato Departamental de Isere está por la acción revolucionaria. Si nos convocan para eso, respon­deremos: ¡Presente![7]



[1] Del plan de la CGT a la conquista del poder. De Le Mouvement Communiste en France de Trotsky, editado por Pierre Brué, 1967; las notas también se tomaron de ese libro. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por J. R. Fidler. Aunque fue publicado en La Verité del 5 de abril de 1935 y como folleto (La Brèche Syndicale, 1935), este documento no apareció con la firma de su verdadero autor hasta 1967. Es un discurso al Comité Confederal Nacional (CCN) de la CGT pronunciado entre el 18 y el 19 de marzo de 1935 por Alexis Bardin, delegado al CCN del Sindicato Departa­mental de Isere perteneciente a la CGT. Bardin era un joven miembro del Grupo Bolchevique Leninista de la SFIO que vivía cerca de Trotsky, y éste le preparó todo el discurso. Además de que muchos de los problemas que trata son relevantes aun actualmente, es un documento valioso porque demuestra cómo opinaba Trotsky que debía intervenir un revolucionario que militaba en un sindicato reformista, incluso en una reunión de burócratas reformistas, para difundir sus ideas.

[2] Después de que en 1933 el Partido Obrero Belga aprobó el plan de Hendrik de Man, los dirigentes sindicales franceses no quisieron ser menos. Por iniciativa de León Jouhaux, la CGT instaló un centro de estudios "de un plan" en mayo de 1934, cuyo proyecto fue aprobado por el CCN en octubre de 1934. En un folleto que completó al 28 de marzo de 1935 Trotsky escribió: "Ni de Man ni Jouhaux son los inventores de sus ’planes’". Simplemente tomaron las reivindicaciones fundamentales del programa marxista para el período de transición -la nacionalización de la banca y de las industrias clave-, tiraron por la borda la lucha de clases y sustituyeron la expropiación revolucionaria a los expropiadores por la operación financiera de la compra [es decir, comprarles a los capitalistas]." Trotsky señalaba que el objetivo del plan era "demorar el colapso final  del reformismo e inspirarle nuevas ilusiones al proletariado para desviarlo de la revolución". Pero también pensaba que el plan, "proyectado para alejar a los obreros de los ’malos pensamientos’, puede convertirse en la bandera de un movimiento revolucionario". (¿Adónde va Francia?).

[3] La Juventud Patriótica y el Frente Campesino eran organizaciones de la ultraderecha que colaboraban con los fascistas franceses. Los demócratas populares eran una organización burguesa más tradicional, parecida al Partido Radical.

[4] El problema de las nacionalizaciones se suscitó poco después ese mismo año, cuando se formulaba el programa del Frente Popular; el PC insistió en omitirlo. Thorez informó a l’Humanité del 13 de julio de 1936: "los camaradas del Partido Socialista querían introducir las nacionalizaciones en el programa. Nosotros no quisimos sembrar vanas ilusiones. Tomamos una posición. Teníamos razón."

[5] El Acta de las Cuarenta Horas fue votada por el Parlamento en junio de 1936, bajo la presión de una gigantesca ola de huelgas y ocupaciones de fábricas que precedieron a la formación del gobierno de Frente Popular en­cabezado por Blum.

[6] Luis XVI (Capeto) era la cabeza de la vieja monarquía feudal (ancien régime) derrocada por la Revolución Francesa en 1792.

[7] Los dirigentes de la CGT no tenían la menor intención de impulsar a nadie a emprender ningún tipo de acción revolucionaria. En la reunión del CCN en la que habló Bardin, Jouhaux retiró su propio plan y frenó todo esfuerzo por popularizarlo o difundirlo. Trotsky culpó de que Jouhaux hubiera podido hacerlo a los dirigente, de los partidos Comunista y Socialista. (¿Adónde va Francia?)



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?