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Bonapartismo y fascismo[1]

 

 

15 de julio de 1934

 

 

 

La gran importancia práctica de una correcta orientación teórica se manifiesta con más evidencia en las épocas de agudos conflictos sociales, de rápidos virajes políticos o de cambios abruptos en la situación. En esas épocas, las concepciones y generalizaciones políticas son rápidamente superadas y exigen su rem­plazo total -que es relativamente fácil- o su con­creción, precisión o rectificación parcial -lo que es más difícil-. Precisamente en esos períodos surgen necesa­riamente toda clase de combinaciones y situaciones transicionales, intermedias, que superan los patrones habituales y exigen una atención teórica continua y redoblada. En una palabra, sí en la época pacífica y "orgánica" (antes de la guerra) todavía se podía vivir a expensas de unas cuantas abstracciones preconce­bidas, en nuestra época cada nuevo acontecimiento forzosamente plantea la ley más importante de la dialéctica: la verdad es siempre concreta.

La teoría stalinista del fascismo representa induda­blemente uno de los más trágicos ejemplos de las perju­diciales consecuencias prácticas que implica sustituir, por categorías abstractas formuladas en base a una parcial e insuficiente experiencia histórica (o una estrecha e insuficiente concepción de conjunto), el análisis dialéctico de la realidad en cada una de sus fases concretas, en todas sus etapas transicionales, tanto en sus cambios graduales como en sus saltos revolucionarios (o contrarrevolucionarios). Los stali­nistas adoptaron la idea de que en la época contempo­ránea el capital financiero no puede adecuarse a la democracia parlamentaria y está obligado a recurrir al fascismo. De esta idea, absolutamente correcta dentro de ciertos limites, extraen de manera puramente deductiva y lógico-formal las mismas conclusiones para todos los países y para todas las etapas de su desarrollo. Para ellos Primo de Rivera, Mussolini, Chiang Kai-shek, Masarik, Bruening, Dollfuss, Pil­sudski, el rey servio Alejandro, Severing, MacDonald, etcétera, eran representantes del fascismo.[2] Olvidaron: a) que también en el pasado el capitalismo nunca se adecuó a la democracia "pura", complementándola algunas veces con un régimen de represión abierta y otras sustituyéndola directamente por éste; b) que el capitalismo financiero "puro" no existe en ninguna parte; C) que, aunque ocupa una posición dominante, el capital financiero no actúa en el vacío, y se ve obli­gado a reconocer la existencia de otros sectores de la burguesía y la resistencia de las clases oprimidas d) finalmente, que es inevitable que entre la demo­cracia parlamentaria y el régimen fascista se interpongan, una después de otra, ya sea "pacíficamente" o a través de la guerra civil, una serie de formas transicionales. Sí queremos permanecer a la vanguardia y no quedarnos atrás, debemos tener en cuenta que cada una de estas formas transicionales exige una correcta caracterización teórica y una correspondiente política del proletariado.

En base a la experiencia alemana - aunque se podía y se debía haberlo hecho ya con Italia - los bolchevi­ques leninistas analizamos por primera vez la forma transicional de gobierno que llamamos bonapartista (los gobiernos de Bruening, Papen y Schleicher). De manera más precisa y desarrollada, estudiamos luego el régimen bonapartista de Austria. Se demostró paten­temente el determinismo de esta forma transicional, naturalmente no en un sentido fatalista sino dialéctico, es decir para los países y periodos en que el fascismo ataca con éxito cada vez mayor las posiciones de la democracia parlamentaria, sin chocar con la resistencia victoriosa del proletariado, con el objetivo de estran­gularlo luego.

Durante el período Bruening-Schleicher, Manuilski y Kuusinen[3] proclamaron: "el fascismo ya está aquí"; declararon que la teoría de la etapa intermedia, bona­partista, era un intento de disfrazar al fascismo para facilitarle a la socialdemocracia la política del "mal menor". En ese entonces, se llamaba social-fascistas a los socialdemócratas, y los socialdemócratas de "izquierda" del tipo Ziromsky-Marceau Pivert-Just eran considerados, después de los "trotskistas", como los más peligrosos de los social-fascistas. Ahora todo cambió. En lo que hace a Francia, los stalinistas no se animan a repetir: "El fascismo ya esta aquí"; por el contrarío, para evitar la victoria del fascismo en ese país han aceptado la política del frente único, que hasta ayer rechazaban. Se han visto obligados a diferenciar entre el régimen de Doumergue y el fascista. Pero no llegaron a esta conclusión por marxistas sino por empiristas. Ni siquiera han intentado dar una definición científica del régimen de Doumergue. El que se mueve en el terreno de la teoría en base a categorías abstractas está condenado a capitular ciegamente ante los acontecimientos.

Y sin embargo, precisamente en Francia el paso del parlamentarismo al bonapartismo -o más exactamente la primera etapa de este paso- se dio de manera particularmente notoria y ejemplar. Basta con recordar que el gobierno Doumergue apareció en escena entre el ensayo de guerra civil de los fascistas (6 de febrero) y la huelga general del proletariado (12 de febrero). Tan pronto como los bandos irreconciliables asumieron sus posiciones de lucha en los polos de la sociedad capita­ lista, quedó claro que el aparato conexo del parlamen­tarismo perdía toda importancia. Es cierto que el gabinete Doumergue, igual que los de Bruening-Schlei­cher en su momento, parece, a primera vista, gobernar con consenso del Parlamento. Pero se trata de un Parlamento que abdicó, que sabe que en caso de resistencia el gobierno se desharía de él. Debido al relativo equilibrio entre el campo de la contrarrevolución que ataca y el de la revolución que se defiende, debido a su temporaria neutralización mutua, el eje del poder se elevó por encima de las clases y de su representación parlamentaria. Fue necesario buscar una cabeza de gobierno fuera del Parlamento y "fuera de los parti­dos". Este jefe de gobierno llamó en su ayuda a dos generales. Esta trinidad se apoyó en huestes parla­mentarias simétricas tanto por la derecha como por la izquierda. El gobierno no aparece como un orga­nismo ejecutivo de la mayoría parlamentaria, sino como un juez-árbitro entre dos bandos en lucha.

Sin embargo, un gobierno que se eleva por encima de la nación no está suspendido en el aire. El verdadero eje del gobierno actual pasa por la policía, la burocracia y la camarilla militar. Estamos enfrentados a una dicta­dura militar-policial apenas disimulada tras el decorado del parlamentarismo. Un gobierno del sable como juez-árbitro de la nación: precisamente eso se llama bonapartismo.

El sable no se da por sí mismo un programa inde­pendiente. Es el instrumento del "orden". Está llamado a salvaguardar lo existente. El bonapartismo, al erigirse políticamente por encima de las clases como su predecesor el cesarismo, representa en el sentido social, siempre y en todas las épocas, el gobierno del sector más fuerte y firme de los explotadores. En consecuencia, el actual bonapartismo no puede ser otra cosa que el gobierno del capital financiero, que dirige, inspira y corrompe a los sectores más altos de la burocracia, la policía, la casta de oficiales y la prensa.

El único objetivo de la "reforma constitucional", sobre la que tanto se habló en el transcurso de los últimos meses, es la adaptación de las instituciones estatales a las exigencias y conveniencias del gobierno bonapartista. El capital financiero busca los recursos legales que le permitan imponer, cada vez que sea necesario, el juez árbitro más adecuado, con el consen­timiento obligado del cuasi parlamento. Es evidente que el gobierno Doumergue no es el ideal de "gobierno fuerte". Hay en reserva mejores candidatos a Bona­parte. Son posibles nuevas experiencias y combina­ciones en este terreno si el futuro curso de la lucha de clases les deja tiempo suficiente para intentar apli­carlas.

Al hacer estos pronósticos, nos vemos obligados a repetir lo que ya una vez dijeron los bolcheviques leninistas respecto a Alemania: las posibilidades políticas del actual bonapartismo francés no son muchas; su estabilidad está determinada por el momentáneo y, en última instancia, inestable equi­librio entre el proletariado y el fascismo. La relación de fuerzas entre estos dos bandos tiene que cambiar rápidamente, en parte por influencia de la coyuntura económica, pero fundamentalmente según la política que se dé la vanguardia proletaria. La colisión entre ambos bandos es inevitable. El proceso se medirá en meses, no en años. Solo después del choque, y de acuerdo a sus resultados, podrá implantarse un régi­men estable.

El fascismo en el poder, igual que el bonapartismo, sólo puede ser el gobierno del capital financiero. En este sentido social, el primero no se diferencia del bonapartismo y ni siquiera de la democracia parla­mentaria. Los stalinistas lo vienen redescubriendo en cada nueva oportunidad, olvidando que los problemas sociales se resuelven en el terreno político. La fuerza del capital financiero no reside en su capacidad de establecer cualquier clase de gobierno en cualquier momento de acuerdo a sus deseos; no posee esta facultad. Su fuerza reside en que todo gobierno no proletario se ve obligado a servir al capital financiero; o mejor dicho, en que el capital financiero cuenta con la posibilidad de sustituir, a cada sistema de gobierno que decae, por otro que se adecue mejor a las cambiantes condiciones. Sin embargo, el paso de un sistema a otro implica una crisis política que, con el concurso de la actividad. del proletariado revolucio­nario, se puede transformar en un peligro social para la burguesía. En Francia, el paso de la democracia parlamentaria al bonapartismo estuvo acompañado por la efervescencia de la guerra civil. La perspectiva del cambio del bonapartismo al fascismo está preñada de disturbios infinitamente más formidables y, en conse­cuencia, también de posibilidades revolucionarias.

Hasta ayer, los stalinistas consideraban que nuestro "principal error" consistía en ver en el fascismo al pequeño burgués y no al capital financiero. En este caso también ponen las categorías abstractas en lugar de la dialéctica de las clases. El fascismo es un medio específico de movilizar y organizar a la pequeña bur­guesía en interés social del capital financiero. Durante el régimen democrático, el capital inevitablemente tra­ta de inculcar a los trabajadores la confianza en la pequeña burguesía reformista y pacifista. Por el contra­rio, el paso al fascismo es inconcebible sin que previa­mente la pequeña burguesía se llene de odio hacia el proletariado. En estos dos sistemas, la dominación de la misma superclase, el capital financiero, se apoya en relaciones directamente opuestas entre las clases oprimidas.

Sin embargo, la movilización política de la pequeña burguesía contra el proletariado es inconcebible sin esa demagogia social que para la gran burguesía impli­ca jugar con fuego. Los recientes acontecimientos de Alemania han confirmado como la reacción pequeño-burguesa desenfrenada hace peligrar el "orden"[4] . Por eso, mientras apoya y financia activamente el bandidaje reaccionario de una de sus alas, la burguesía francesa no quiere llevar las cosas hasta la victoria política del fascismo, sino solamente establecer un poder "fuerte", lo que en última instancia significa disciplinar a ambos bandos extremos.

Lo que hemos dicho demuestra suficientemente la importancia de distinguir entre la forma bonapartista y la forma fascista de poder. No obstante, sería imperdo­nable caer en el extremo opuesto, convertir al bonapar­tismo y al fascismo en dos categorías lógicamente incompatibles. Así como el bonapartismo comienza combinando el régimen parlamentario con el fascismo, el fascismo triunfante se ve obligado a constituir un bloque con los bonapartistas y, lo que es más importante, a acercarse cada vez más, por sus características internas, a un sistema bonapartista. Es imposible la dominación prolongada del capital financiero a través de la demagogia social reaccionaria y el terror pequeño burgués. Una vez llegados al poder, los dirigentes fas­cistas se ven forzados a amordazar a las masas que los siguen, utilizando para ello el aparato estatal. El mismo instrumento les hace perder el apoyo de amplias masas de la pequeña burguesía. De éstas, el aparato burocrá­tico asimila a un reducido sector. otro cae en la indife­rencia. Un tercero se pasa a la oposición, acogiéndose a distintas banderas. Pero, mientras va perdiendo su base social masiva al apoyarse en el aparato burocrático y oscilar entre las clases, el fascismo se convierte en bonapartismo. También aquí violentos y sanguinarios episodios interrumpen la evolución gradual A diferen­cia del bonapartismo prefascista o preventivo (Giolitti,[5] Bruening-Schleicher, Doumergue, etcétera), que refleja el equilibrio extremadamente inestable y breve entre los bandos beligerantes, el bonapartismo de origen fascista (Mussolini, Hitler, etcétera), que surge de la destrucción, desilusión y desmoralización de ambos sectores de las masas, se caracteriza por una estabilidad mucho mayor.

El problema "bonapartismo o fascismo" provocó, entre nuestros camaradas polacos, algunas diferencias sobre el régimen de Pilsudski.[6] La posibilidad misma de tales diferencias es el mejor testimonio de que no estamos tratando con inflexibles categorías lógicas, sino con formaciones sociales vivas, que presentan peculiaridades extremadamente pronunciadas en los distintos países y etapas.

Pilsudski llegó al poder después de una insurrec­ción basada en un movimiento de masas de la pequeña burguesía que tendía directamente a la dominación de los partidos burgueses tradicionales en nombre del “estado fuerte”; éste es un rasgo fascista característico del movimiento y del régimen. Peto el elemento que más pesaba políticamente, la masa del fascismo polaco, era mucho más débil que la del fascismo italiano y mucho más aun que la del fascismo alemán; Pilsudski tuvo que apelar en mayor medida a los métodos de la conspiración militar y encarar con bastante más cuidado el problema de las organizaciones obreras. Basta con recordar que el golpe de estado de Pilsudski contó con la simpatía y el apoyo del partido stalinista polaco. A su vez, la creciente hostilidad de la pequeña burgue­sía judía y ucraniana le dificultó a este régimen lanzar un ataque general contra la clase obrera.

Como consecuencia de esa situación, Pilsudski osci­la mucho más que Mussolini y Hitler, en los mismos períodos, entre las clases y los sectores nacionales de clase, y recurre mucho menos que aquéllos al terror masivo: tal es el elemento bonapartista del régimen de Pilsudski. No obstante, sería evidentemente falso com­parar a Pilsudski con Giolitti o Schleicher y suponer que será relevado por un nuevo Mussolini o Hitler polaco. Es metodológicamente falso formarse la imagen de un régimen fascista “ideal” y oponerla a este régimen fas­cista real que surgió, con todas sus peculiaridades y contradicciones, de la relación entre las clases y las nacionalidades tal como se da en el estado polaco. ¿Podrá, Pilsudski, llevar hasta sus últimas consecuen­cias la destrucción de las organizaciones proletarias? La lógica de la situación lo lleva inevitablemente por este camino, pero la respuesta no depende de la defi­nición formal de “fascismo” como tal, sino de la rela­ción de fuerzas real, de la dinámica del proceso político que viven las masas, de la estrategia de la vanguardia proletaria y, finalmente, del curso de los aconteci­mientos en Europa occidental, sobre todo en Francia.

Se puede dar el hecho histórico de que el fascismo polaco sea derrocado y reducido a polvo antes de lograr expresarse de manera “totalitaria”.

Ya dijimos que el bonapartismo de origen fascista es incomparablemente más estable que los experimentos bonapartistas preventivos a los que apela la gran bur­guesía con la esperanza de evitar el derramamiento de sangre que implica el fascismo. Sin embargo, es todavía más importante - desde el punto de vista teórico y práctico- enfatizar que el hecho mismo de la conver­sión del fascismo en bonapartismo implica el comienzo de su fin. Cuánto tiempo llevará la liquidación del fas­cismo y en qué momento su enfermedad se trocará en agonía depende de muchos factores externos e internos. Pero el hecho de que la pequeña burguesía haya aplacado su actividad contrarrevolucionaria, de que esté desilusionada, desintegrándose y haya debilitado sus ataques contra el proletariado abre nuevas posibi­lidades revolucionarias. La historia demuestra que es imposible mantener encadenado al proletariado con la sola ayuda del aparato policial. Es cierto que la expe­riencia de Italia enseña que la clase obrera conserva la herencia psicológica de la enorme catástrofe sufrida mucho más tiempo que lo que dura la relación de fuerzas que originó esa catástrofe. Pero la inercia psicológica de la derrota es un puntal muy precario. Puede caer de un solo golpe bajo el impacto de una fuerte convul­sión. Para Italia, Alemania, Austria y otros países esa convulsión podría ser el éxito de la lucha del proleta­riado francés.

¡La clave revolucionaria de la situación de Europa y de todo el mundo reside, fundamentalmente, en Francia![7]



[1] Bonapartismo y fascismo. The New International, agosto de 1934. Sin firma.

[2] Trotsky no tenía ninguna duda de que el duce italiano Benito Mussolini y el mariscal y jefe de estado polaco Josef Pilsudski eran fascistas, pero por diversas razones consideraba incorrecto utilizar el mismo término para caracterizar al dictador español Miguel Primo de Rivera, al dictador militar nacionalista chino Chiang Kai-shek, al presidenta liberal de Checoslovaquia Thomas Masarik, al canciller católico conservador de Alemania Heinrich Bruening al dictatorial canciller socialista-cristiano de Austria Engelbert Dollfuss, al rey servio Alejandro I, al ministro socialdemócrata del interior para Prusia Karl Severing o al reformista inglés Ramsay MacDonald.

[3] Dimitri Manuilski (1883-1952): junto con Trotsky fue miembro de la orga­nización marxista independiente Mezhraiontzi (Grupo Interdistrital), que en 1917 se fusionó con el Partido Bolchevique. En la década del 20, Manuilski, apoyo a la fracción de Stalin y fue secretario de la Comintern de 1931 a 1943. Otto Kuusinen (1881-1964): socialdemócrata finlandés que huyó a la Unión Soviética después del colapso de la revolución finlandesa de abril de 1918. Se, convirtió en vocero del stalinismo y fue secretario de la Comintern desde 1922 hasta 1931.

[4] En la "purga sangrienta" del 30 de junio de 1934 Hitler liquidó a dirigentes nazis que le inspiraban poca confianza y a figuras políticas no nazis.

[5] Giovanni Giolitti (1842-1928): predecesor de Mussolini como premier italiano.

[6] En 1934 Isaac Deutscher era uno de los bolcheviques leninistas polacos que sostenía esas diferencias. Décadas más tarde escribió en una nota al pie de página, de su libro El Profeta desterrado: "En su época Trotsky fue el único teórico político que dio una definición precisa del fascismo. Sin embargo, en algunas ocasiones la aplicó muy imprecisamente. Previó la inminencia del fascismo en Francia e insistió en rotular de fascista la dictadura seudo bona­partista de Pilsudski en Polonia, aunque Pilsudski no gobernó de manera tota­litaria y tuvo que avenirse a la existencia de un sistema multipartidario. Por otra parte, de manera bastante poco convincente describió como bonapartis­tas a los efímeros gobiernos de Schleicher y Papen y también al débil gobier­no de Doumergue de 1934. (Recién en 1940 caracterizó al régimen de Petain de seudo bonapartista mas que de fascista.) Discutí estos puntos con Trotsky en la década del 30; pero el tema es históricamente demasiado insignificante como para retomarlo aquí.” Sea cual fuere la posición de Deutscher sobre Pilsudski, la de Trotsky está claramente planteada en este artículo. La explica­ción de Deutscher es confusa por lo menos en dos aspectos: dado que el régi­men de Petain se instauró en 1940 es difícil comprender cómo Trotsky podía haberlo definido antes. Y su caracterización de “forma senil del bonapartismo en la época de la decadencia imperialista” y no “fascismo en el verdadero sentido de la palabra” (ver E1 bonapartismo, el fascismo y la guerra en Escritos 1939-1940) está totalmente de acuerdo con su posición sobre el pro­blema en la década del 30 y de ninguna manera implica, como parece querer decir Deutscher, una ruptura con esa posición.

[7] Otros artículos inmediatamente posteriores a éste figuran en la sección Anexos del volumen 2 del presente tomo.



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