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El Séptimo Congreso de la Comintern[1]

 

 

7 de junio de 1935

 

 

 

Parece que después de todo, tras un intervalo de siete años, se reunirá el Séptimo Congreso (por lo menos ésas son las noticias que publica la prensa ruso-blanca en París).

Se puede decir con toda certeza: si nuestra organización no existiera, si las banderas de la Cuarta Internacional no estuvieran desplegadas y nuestros amigos franceses no hubieran logrado nuevos éxitos, la Tercera Internacional tendría que haber esperado todavía más tiempo para reunirse en su Séptimo Congreso.

Igual que el último congreso francés, el Séptimo Congreso de la Comintern girará esencialmente, sino únicamente, alrededor del problema de los bolcheviques leninistas y de la Cuarta Internacional.

Después del triunfo de Hitler declaramos que la Tercera Internacional está en bancarrota política. El ejemplo de la Segunda Internacional demuestra que donde hay organizaciones políticas con una base de masas, su muerte -en el sentido de que se desarrolla progresivamente- es relativamente más rápida que la de la autocracia que se mantiene tan bien a sí misma. Pese a su vergonzosa derrota, la Tercera Internacional todavía cuenta con inmensas reservas en su burocracia, y esto le garantiza la posibilidad de seguir vegetando y también de cometer más crímenes contra el proletariado mundial. Todo el problema reside en si la burocracia soviética todavía necesita a la Tercera Internacional.

Desde este punto de vista, la burocracia soviética está enredada en una maraña de flagrantes contradicciones. Para su política actual -especialmente su política internacional, que juega un rol cada vez más preponderante- la Comintern es más un obstáculo que una ayuda. Pero si la Comintern desapareciera y su adversario, la Cuarta Internacional, ocupara su lugar -lo que significaría la derrota ideológica de Stalin y su camarilla- se derrumbarían estrepitosamente los esquemas absolutamente falsos sobre los que se construye la línea general. Stalin no puede menos que estremecerse ante esta perspectiva, a menos que esté dispuesto a mostrarse como un futuro Bonaparte, es decir a romper abiertamente con la tradición de Octubre y ponerse una corona en la cabeza. Por favorables que sean las condiciones "ideológicas" y políticas para un golpe de estado abiertamente bonapartista, arriesgaría demasiado si emprende este camino. En realidad, el proletariado soviético es un factor mucho más estable y definido que la pequeña burguesía francesa a comienzos del siglo pasado, y en consecuencia la tradición bolchevique tiene en la actualidad mucho más peso que el que tenía entonces la tradición jacobina. Stalin tiene que aferrarse a la apariencia del bolchevismo; por eso, en vista del peligro que representa la Cuarta Internacional, se ve obligado a reunir el Séptimo Congreso.

Obviamente el tema principal del orden del día será la guerra. Tenemos que esperar una táctica de repliegue. Por cierto, Stalin no suponía que su famosa declaración provocaría reacciones tan desfavorables. Los dirigentes del partido francés fueron a Moscú en un estado de ánimo lindante con el pánico. León Blum les dio una buena lección: no tenemos que gastar ahora toda nuestra pólvora patriótica o nos encontraremos moral y físicamente desarmados cuando comience la guerra. Los stalinistas ya se negaron a votar los créditos de guerra en el Parlamento. ¿Por qué razón? Porque los oficiales son fascistas; el ejército imperialista tiene que ser democrático, es decir, tiene que expresar los principios del “frente popular”[2] (recordemos el lenguaje similar de los discursos de Noske en el Reichstag cuando la declaración de guerra de los Hohenzollern [en 1914]). Las resoluciones del Séptimo Congreso serán aproximadamente por el estilo. A grandes rasgos plantearán lo siguiente: precisamente ahora no tenemos que apoyar a los imperialismos de Francia, Checoslovaquia, etcétera, sino preparar progresiva y cautelosamente a los obreros para apoyar al imperialismo cuando se declare la guerra. En otras palabras, por una vez se reemplaza la estrategia derrotista, conforme a las más elementales enseñanzas del marxismo, por la estrategia del agotamiento. Sin embargo, si Stalin sigue adelante y actúa según sus aspiraciones, de la manera en que lo sugieren las noticias, no podemos menos que estarle agradecidos. Pero sería realmente demasiado bueno, tanto para el proletariado como para nosotros.

Podemos estar seguros de que ninguno de los mercenarios "dirigentes" convocados al congreso tendrá el coraje de plantear la cuestión de Zinoviev. Este presidió cinco de los seis congresos que hasta la fecha celebró la Comintern. Ahora está preso, ostensiblemente por haber querido restaurar el capitalismo con un acto terrorista contra la burocracia soviética. Su destino personal expresa el giro sin precedentes ejecutado por la burocracia soviética. ¿Pero pueden hacerse problemas por eso un Cachin o un Pieck?[3] Mientras mantengan sus posiciones y sus salarios, les da lo mismo que Zinoviev sea presidente de un congreso revolucionario mundial o que esté preso por contrarrevolucionario.

¿Quién pronunciará esta vez los principales discursos y proyectará las resoluciones fundamentales? ¿Tal vez Bela Kun? Es el hombre adecuado, especialmente si recordamos el famoso discurso de Lenin en el pleno del Comité Ejecutivo previo al Tercer Congreso; el discurso estuvo dedicado casi exclusivamente a Bela Kun y tenía como leitmotiv el excelente tema: "Las estupideces de Bela Kun." No fue por casualidad que atacó a Bela Kun.

Otro candidato es Dimitrov.[4] La única razón de su súbito e inesperado paso al frente fue el haber comparecido ante el tribunal nazi. Todos lo aplaudimos, especialmente cuando comparamos su actitud con la del presidente de la fracción parlamentaria stalinista, Torgler.[5] Pero no hay que exagerar las cosas. Los revolucionarios rusos, no solo los bolcheviques sino también, por ejemplo, los terroristas socialrevolucionarios, en general siempre se conducían con dignidad y coraje ante las cortes del zar. Esa era la regla, no la excepción. Se despreciaba a todo el que se comportaba como un cobarde, pero nunca se veneraba al que se comportaba como un hombre. Que se haya hecho un semidiós de Dimitrov a causa de su valiente conducta ante la Corte es muy característico del actual nivel moral de la burocracia de la Internacional Comunista. Pero Dimitrov nunca encontró ni buscó la ocasión de expresarse como marxista, como bolchevique, en oposición a la línea general stalinista. Participó en toda la escandalosa política de los epígonos, en todas sus etapas, y es plenamente responsable de ella.

En el momento adecuado plantearemos nuestras posiciones sobre las resoluciones del congreso. Estas líneas no son más que observaciones preliminares.[6]



[1] El Séptimo Congreso de la Comintern. Biulleten Opozitsi, N° 44, julio de 1935. Sin firma. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Fred Buchman. Otra traducción apareció en New Militant, 27 de julio de 1935.

[2] Frente Popular se llamó a la coalición de 1935 entre los partidos obreros franceses (comunista y socialista) con el Partido Radical (o Radical-Socialista), democrático-burgués. En la década del 20 los partidos Radical y Socialista habían formado una coalición similar, a la que se llamó Bloque de Izquierda, acerbamente condenada por la Internacional comunista como demostración del colaboracionismo de clases. Lo nuevo en 1935, además del nombre, fue la activa participación del Partido Comunista en la conciliación de clases. En 1935, en el séptimo congreso, la Comintern oficializó la política de frente popular, adoptada por todos los partidos comunistas hasta 1939, cuando se firmó el Pacto Stalin-Hitler. Después de la Segunda Guerra Mundial revivió con distintos nombres (coalición antimonopolista, etcétera).

[3] Wilhelm Pieck (l876-1960): miembro de la Liga Espartaco y funcionario del Partido Comunista Alemán desde su fundación. Pasó en Moscú la Segunda Guerra Mundial y después volvió a Alemania Oriental, donde encabezó el Partido Socialista Unificado.

[4] Georgi Dimitrov (1882-1949): comunista búlgaro que vivía en Alemania, atrajo la atención mundial en 1933, cuando los nazis lo encarcelaron y lo sometieron a juicio, acusándolo, junto con otras personas, del incendio del Reichstag. Se defendió valientemente en el juicio y fue liberado Se hizo ciudadano soviético y actuó como secretario ejecutivo de la Comintern de 1934 a 1943. En 1945 volvió a Bulgaria, de la que fue premier de 1946 a 1949.

[5] Ernst Torgler (1893-1983): se unió al Partido Comunista Alemán en 1920 y fue miembro del Reichstag desde 1924. En 1933, después del incendio del Reichstag, fue arrestado y luego liberado. Lo confinaron en un campo de concentración y en 1945 reasumió la actividad política en Alemania Occidental.

[6] Otro artículo inmediatamente posterior a éste figura en la sección Anexos del volumen 2 del presente tomo.



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