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LA SOCIALDEMOCRACIA AUSTRÍACA

Victor Adler

Kievskaya Mysl, Nro 191, 13 de julio de 1913

Dos notables dirigentes ha dado Austria al movimiento obrero, y muy opuestos en la forma de su pensamiento: Victor Adler y Karl Kautsky, No es accidental que este país informal, donde no solamente la habilidad de los profetas políticos sino también la tarea de la generalización política es extremadamente ardua, haya producido dos socialistas, de los cuales uno es inigualado en su capacidad para llevar a cabo combinaciones particulares empíricas y temporales en el desarrollo político y sacar de ellas resultados de acción política, mientras el otro no tiene rival en su capacidad para aislar del caos empírico de la historia sus tendencias generales, fundamentales, Kautsky ha sido acusado a menudo de “dogmatismo” y de simplificar la realidad, y Adler, de una excesiva preocupación por los detalles; éste, de que a veces no ve el bosque por los árboles; el primero, de no ver los árboles por el bosque.

Victor Adler

Haciendo, coma dicen los alemanes, de la necesidad virtud, Adler aprendió a extraer ventajas prácticas de las condiciones desfavorables: extendió su rica intuición política a la perfección, cultivó una excelente visión política e hizo de la improvisación táctica la principal garantía de su éxito político. “Quien dice A debe decir B”, afirma la conocida formula de la consistencia. “No hay nada más equivocado en política que esta idea”, responde Adler. Una táctica aislada y absoluta que pueda ser teóricamente determinada, no existe. La política no es una ciencia sino un arte. Da libertad para elegir entre varias posibilidades y requiere la investigación libre de todos los caminos, inventiva, flexibilidad y creatividad.
En esta Austria donde la política se ha manifestado por tanto tiempo alrededor de un círculo de reiteradas controversias nacionales, se hace necesario, para una visión del futuro, eliminar de nuestro campo, con un esfuerzo casi físico de pensamiento, todo lo particular, secundario, accidental y reiterativo, todo lo que constituye el alimento de la política diaria; y es necesario mantener la capacidad de abstracción en un estado de perpetua tensión. La evolución de Kautsky siguió este camino, Y una vez más, no es casual que Adler haya dejado todas sus raíces entretejidas en la Austria contra la que no se cansaba de imprecar, mientras que el semicheco, semialemán Kautsky, terminase por salir de su patria y desplazarse a la Alemania del poderoso automatismo de su desarrollo social.
Adler inició activamente el camino de la política de partidos durante la primera mitad de la década de los ochenta, cuando el movimiento obrero, aplastado por las leyes de excepción, era desgastado por la lucha fraccional entre “radicales” y “moderados”, lucha que reflejaba las dificultades de adaptación de una clase socialmente irreconciliable con las normas políticas y legales de un estado pseudo-constitucional. Una facción, los “radicales”, rechazaba completamente el “juego del parlamentarismo”, la lucha por las reformas y el uso de métodos “legales” para recobrar apoyo y acción. Transformando la irreductibilidad de clase del proletariado en desnuda fraseología anarquista sobre el “gran día” cercano, los “radicales” perdieron el rumbo con su terrorismo en las fábricas y sus expropiaciones para el “trabajo preparatorio”. El otro grupo reflejaba la necesidad de ajustar las todavía débiles capas avanzadas de los obreros a las condiciones normales de Austria, legales o ilegales; estaba constituido por legalistas y reformistas a todo trance y su rasgo fundamental era el oportunismo de la debilidad; aspiraban al apoyo en una fuerza “benévola”: la democracia nacional o el gobierno de la “Reforma Social”. Habiendo roto con la democracia germana, en cuyas filas había comenzado su vida política, editó Adler en 1886 el periódico legal Gleichheit (Igualdad), primer periódico socialdemócrata en suelo austriaco. A pesar de que imperaban las leyes de excepción, el periódico tomó pronto un cariz militante, pero los obreros “radicales” desconfiaron de él los primeros días, pues, como era legal, llevaría la marca del diablo. El gobierno presintió en Adler un político de gran influencia y un enemigo peligroso y cerró los ojos al periódico e intentó de ese modo comprometerlo, junto al editor, ante los ojos de los obreros. Adler adoptó un tono todavía más fuerte. El gobierno lo soportó ladinamente. Usando esa riqueza de recursos que le había permitido siempre pensar los distintos aspectos de la situación y extraer todo lo posible de ella, Adler se embarcó en un agudo y singular duelo con la policía: de número a número aumentó la firmeza del tono, poniendo a prueba la tolerancia de los maquiavelos vieneses y el grado de su estupidez. Entretanto, la desconfianza de los trabajadores se deshizo. El instinto los llevó al convencimiento de que bajo esta prensa legal se escondía parte de su propio espíritu. La mutua y fanática hostilidad entre radicales y moderados fue erradicada, terminó el extremismo de cada tendencia y pudo prepararse la base para la unificación. Hacia las navidades de 1888, el congreso del partido, reunido en Heinfeld, adoptó el programa elaborado por Adler y ambas alas al fin se reconciliaron. Finalizaba la prehistoria del movimiento obrero austriaco para dar paso a su historia.
Al fin, en 1889, el gobierno reacciono y Glechheit fue suprimido. Era demasiado tarde: el periódico de los trabajadores se había convertido en una necesidad y Adler fundó Arbeiter-Zeitung, que todavía existe. Digamos de paso que estos dos periódicos absorbieron considerablemente la fortuna privada de Adler.
Al terminar la década de los ochenta, Adler pasó a ser el líder reconocido e indiscutible de la socialdemocracia austriaca. Líder es una palabra que tiene un doble sentido. Los líderes no sólo conducen a las masas, sino que, a su vez, las siguen. “Desde hace bastante tiempo [dijo Adler en uno de los congresos] concentro mi atención no solamente en los pensamientos, sino también en los hábitos de las masas.” Seguir a las masas es tan difícil como guiarlas. Al fin, se trata de la misma cosa. No se debe cultivar exclusivamente el arte de dirigir el oído hacia las masas, sino también el de traducir sus confusos interrogantes al lenguaje de la consciencia política y el de distinguir sus demandas. Adler estaba atado par los cuatro costados con las masas par un vínculo profundo que constituía la fuerza principal de su vida política, en la que mantuvo este lazo moral con más fuerza que cualquier otra cosa. “Estaré más dispuesto [dice] a cometer un error junto a las masas que a tener razón contra ellas.”
Un líder de un moderno partido obrero europeo es una parte pequeña del poderoso aparato organizativo, que, como cualquier mecanismo, es en sí mismo estático y no genera energía, que sólo provendrá de su aplicación apropiada. Al mismo tiempo es con frecuencia, en todas las grandes acciones históricas, un obstáculo, y el movimiento de masas tiene que comenzar por vencer la inercia de la organización socialdemócrata, como la fuerza viva del vapor debe vencer la inercia de la maquina antes de poner en movimiento el volante.
El aparato vincula a los dirigentes con las masas y al mismo tiempo los separa de ellas. Refracta sus hábitos, limita sus pasiones y además disgrega las ideas directrices de los dirigentes. En su estructura, al lado mismo de las encarnaciones activas de la energía y el idealismo de las clases jóvenes, existen muchos lugares ocupados por elementos que están, por una parte, demasiado alejados de las masas para sentir directamente su pulso, y, por otra parte, insuficientemente dotados de la capacidad histórica de las ideas para comprender el movimiento en su totalidad; en su estructura, junto a la admirable herencia del movimiento, conviven, de hecho, no pocos burócratas, no sólo en el sentido técnico, sino también en el intelectual; se trata, en realidad, de algunos filósofos profesionales y brillantes figurones de salón siempre dispuestos a contraponer sus pequeñas ideas a los “prejuicios” del desarrollo histórico.
En el arte de vencer tendencias centrifugas y conciliar diferentes posiciones, simpatías, prácticas y temperamentos en un vínculo vivo, Adler no tiene igual. Actúa no solo bajo la presión de las masas, sino también por la fuerza de su superioridad personal, sus recursos para la diplomacia interna y su comprensión psicológica de los hombres. Es suave, pero también crudo; no sólo amonesta y somete con su encanto, sino también sabe herir con la ironía. Algunos jóvenes políticos austriacos podrán contar muchas historias al respecto, especialmente los que habían entrado en el partido con la firme creencia de que una familiaridad superficial con el Derecho Romano basta para garantizar a una persona el derecho inapelable a conducir el destino de la clase obrera.
Además de estar libre de cualquier fanatismo y del fetichismo de las palabras, Adler era todavía algo más: en extremo irrespetuoso ante mociones y resoluciones de principios. Considera que un mismo pensamiento puede ser expresado de diferentes maneras y toma la iniciativa de sacrificar un cuarto de su propia idea en beneficio de la unificación del partido sobre los restantes tres cuartos; si no puede conseguirlo, lo intentará con un tercio, o incluso con más. “Sí, he entrado en la historia del partido como un increíble optimista, como un hombre a quien le es indiferente hacer las cosas de un modo u otro, pues ello no va a preocuparme en absoluto.” Conoce a la perfección la senda de los compromisos, y cómo forzar a los oponentes de su partido para llegar a un arreglo. Desempeña este tipo de papel tanto en el congreso austríaco como en los congresos de la [Segunda] Internacional y más de una vez se le reprocha haber formado su opinión sólo después de haber oído a todos los ponentes. Y hay mucho de verdad en ello. En cada situación, Adler busca incansablemente fórmulas conciliadoras sin importarle un ardite el lograrlo “de un modo u otro”.
Adler no es un teórico, si tenemos en cuenta su capacidad psicológica o la naturaleza de su actividad. Es un político de la cabeza a los pies. En varias ocasiones se llamó orgullosamente a sí mismo un agitador. Pero a medida que el partido y sus tareas crecían, su tiempo y energía se ponían más al servicio de un liderazgo de mayor envergadura. Y esto implica mucho: pronunciar la última palabra sobre las cuestiones inmediatas de táctica y sobre la dirección de las tareas parlamentarias del grupo, las complicadas tareas administrativas y financieras (clubs de obreros, imprentas, etc.) y, finalmente el trabajo entre bambalinas de las negociaciones, acuerdos, tramoyas y reordenamientos sin los cuales ninguna organización humana, y menos aun siendo austríaca, podría vivir. Naturalmente que Adler se alejó silenciosamente del periodismo (aunque era, por su delicada expresividad y agudeza, un excelente publicista político) y vióse también obligado a restringir cada vez más las presentaciones directas ante las masas, al tiempo que iniciaba su degeneración oportunista.
En su impaciencia por asir del cuello cada momento histórico y agotar las posibilidades de cada situación política, Adler se parece a Jaurès. Por detrás de esta semejanza, ¡qué enorme diferencia! “Nosotros los alemanes [decía Adler en una de las comisiones del Congreso de Stuttgart] no tenemos inclinaciones hacia el barroquismo político por el que ustedes, franceses, sienten gran debilidad... Sí, Vaillant [contestó ante una réplica] sé que usted es un francés con alma alemana, pero también está obligado a hablar el lenguaje de su país.” Un importante aspecto de la personalidad psicológica de Adler es su aversión a lo decorativo; su mente es en extremo concreta y despiadadamente penetrante. Estas mentes de fuerza analítica, a diferencia de las sintetizadoras, tienden habitualmente al escepticismo, del que se defienden, si pueden, con la ironía, don que Adler manejaba en el más alto grado.
“El oficio de profeta político es ingrato, especialmente en Austria.” Tal era el estribillo continuo de los discursos de Adler. En el mismo Congreso de Stuttgart, cierto representante de los sindicatos que se había volcado al misticismo (¡las cosas que ocurren con los anglosajones!), al concluir su discurso, informó a la audiencia que había tenido recientemente la visión de que la revolución social ocurriría en 1910. Al traducir el discurso a los distintos idiomas, el intérprete francés dejó de lado, magnánimamente, esta profecía, mientras que el honesto traductor alemán afirmó abiertamente que el final del discurso era una sarta de tonterías. El episodio produjo grandes risas. “De cualquier modo [Adler resumió su reacción en el pasillo], personalmente prefiero pronósticos hechos sobre bases apocalípticas a profecías sobre bases de la comprensión materialista de la historia.” Era, desde luego, una broma, aunque, sin embargo, se trataba de algo más: un total escepticismo en cuanto a la posibilidad de diagnósticos políticos en su país donde todas las cartas están caóticamente entremezcladas por el juego del proceso histórico y por la confusión de los gobernantes.
Adler, que continúa siendo buen psiquiatra y había practicado la psiquiatría como profesión original, manifiesto más de una vez en su expresivo estilo: “Quizás sea precisamente el hecho de mi aprendizaje, en los buenos tiempos, del manejo de los locos en el hospital lo que me preparó para manejarme con las figuras políticas austríacas”. Y de aquí que nuevamente, cuando la situación política en “esta” Austria comienza a parecerle sin esperanzas, Adler, según sus propias palabras baja un tomo sobre investigación psiquiátrica de su biblioteca y, sacudiéndole el polvo con la familiaridad de su acercamiento al mundo espiritual de los lunáticos, deja a un lado con un suspiro: “No, todavía no está todo perdido...”
Como orador, sabe matizar muy bien. Quien esperé imágenes gráficas, una voz poderosa, una variedad se gestos y pasiones desatadas, debe escuchar a Jaurès. Quien exija del orador un estilo perfecto y refinado y gesto igualmente preciso, debe escuchar a Vandervelde. Adler no ofrece lo uno ni lo otro. Posee una voz naturalmente agradable, pero sin potencia, y, además, no puede controlarla: la malgasta de mala manera, y hacia el final del discurso carraspea y tose. Sus gestos son pobres, aunque expresivos. Debería agregarse que es demasiado balbuceante, también, al comienzo de sus discursos. Y, sin embargo, es uno de los más notables oradores de Europa. En sus discursos, como en toda su personalidad y actividad, el elemento decorativo exterior queda reducido al mínimo. Todo modelo o patrón, aunque fuera del tipo más elaborado, está totalmente fuera lugar.
Cada uno de sus discursos es un discurso aparte. Nunca desarrolla posiciones ya preparadas en relación al tema, sino que despliega la lógica interna de cada ocasión. Se entusiasma por las caracterizaciones personales y por caracterizar la peculiaridad del momento, y mientras habla, sopesa el problema. No coloca simplemente una cifra o un fenómeno dentro de una categoría políticamente conocida, sino que enfrenta su objeto como un analista científico (frecuentemente como un psiquiatra), gira lentamente el objeto alrededor de su eje y relata lo que va encontrando allí; si el objeto es una figura viva, un oponente político, se sentirá éste, sin duda, durante la operación, como en un asador, dorándose por los cuatro costados. La más poderosa arma de Adler es su ironía profunda, porque está llena de contenido moral; y, sin embargo, fácilmente comprensible y detalladamente real. Como polemista, está fuera de toda comparación, No desdeña, desde luego, la oportunidad que le brindan los tropiezos secundarios de su oponente, aunque su tarea principal es siempre descubrir la más importante y fundamental estupidez en la conducta del partido hostil o del gobierno. La estupidez y nada más. Adler raramente se toma el trabajo de dirigirse abiertamente a las contradicciones históricas objetivas que subyacen en las posiciones de los partidos y de los políticos. El mismo tiene mucho de político, es demasiado subjetivo, y se siente muy poco historiador para hacer eso. Toma la política como lo que es, el trabajo vivo de gente viva, hacia quienes se considera con derecho a pedir motivos y decisiones, y a quienes, con una sorprendente inventiva, les descubre que el móvil de sus actos ha sido la estupidez o incluso la cobardía. Y cuando habla y despliega las más precisas, persuasivas y mordaces palabras para sus pensamientos, acompañando su esfuerzo con artificios expresivos que se encienden como relámpagos de ironía, aun los defectos orgánicos de su hablar parecen volverse esenciales: las cortas pausas se ordenan con sus tartamudeos, como si pudieran llevar al oyente más cerca del trabajo creativo del orador, como si el material estuviese resistiéndose sin doblegarse al primer golpe del cincel.
Adler, conversador único, escucha durante las conversaciones no sólo las palabras y las ideas; ausculta también la fuerza latente que mueve al hombre a producir sus pensamientos y palabras con frecuencia sólo para enmascararse, y no tiene igual pulsando este teclado íntimo, de ahí que una conversación con él resulte no solamente un enorme placer, sino también una tensión constante.
La primera vez que fui a ver al “Doctor” (tal era el apelativo familiar) fue en octubre de 1902, en ruta desde una lejana provincia del este. Tenía dinero apenas suficiente para el viaje hasta Viena. Después de algunos cabildeos me dirigí a las oficinas del Arbeiter-Zeitung que se encontraba en aquella época todavía en Mariahliferstrasse en un local alquilado (dos años más tarde, el periódico se trasladó a un magnifico edificio propio). Era domingo y no se veía nadie por allí.

“¿Puedo ver a Adler?”, pregunté a un hombre que bajaba las escaleras. “¿Hoy? De ninguna manera.”
“Pero es que se trata de una cuestión urgente.” “Pues tendrá que postergarla hasta el lunes.”
“Pero es que se trata de una cuestión muy urgente.”
“Aunque trajera nuevas sobre el asesinato del zar de Rusia en Petrogrado, ello no le daría a usted derecho de interrumpir el descanso dominical del doctor… Estamos en vísperas de las elecciones del Landtag. Adler estuvo hablando en siete mítines ayer. Estuvo ocupado en la edición del periódico hasta las cuatro de la mañana y ahora, como usted ve, son las nueve en punto. Al final descubrí la dirección del doctor y me dirigí a su piso. Un hombrecito de hombros corvos y redondos vino a mi encuentro; sus parpados estaban hinchados sobre un rostro cansado que transmitía, con rara expresividad, que este hombre era demasiado inteligente para ser simplemente bueno, pero que era aún demasiado bueno para mitigar circunstancias inesperadas.
Perdóneme, doctor, por interrumpir su descanso dominical...”
“Continúe, continúe”, dijo con severidad, pero en tono sincero, que animaba más que desanimaba.
“Soy ruso...”
“No tiene usted que esforzarse en explicármelo, ya tuve tiempo de darme cuenta...”
Mi embarazo y mi torpeza, metido en la sintaxis alemana, crecían a medida que explicaba de qué se trataba. Al mismo tiempo me sentí objeto de rápidas y atentas observaciones.
“¿Es verdad eso? ¿Es eso lo que le han dicho a usted en la oficina? No lo tome a mal. Si algo así ocurre realmente en Rusia puede darme un timbrazo hasta en la
noche.”

La segunda vez que vi a Adler fue en febrero de 1905, camino a Petrogrado. Una corriente de exiliados fluía hacia Rusia, de vuelta. Adler estaba enteramente ocupado con los asuntos de los rusos y conseguía pasaportes, dinero, etc.
“Acabo de recibir [me dijo] un telegrama de Axelrod, que me dice que Gapón había llegado al extranjero y se había declarado socialdemócrata. Usted sabe, habría sido mejor para él no haber aflorado a la superficie después del 9 de enero. Si hubiera desaparecido, una hermosa leyenda quedaría de él en la Historia. Pero en la emigración no será más que una figura cómica. Usted [agregó con un brillo en los ojos que suavizaban la dureza de su ironía] es mejor tener esta gente como mártires de la Historia que como camaradas de partido.”
Durante mis seis años de permanencia en Viena pude observar a Adler de cerca, con cierta frecuencia, como político y como líder del partido; como parlamentario, orador de masas y conversador. Y de todas las impresiones sobresale una fundamental: la inagotable generosidad de su naturaleza, entregada incesantemente a preservar inviolable un capital esencial que no tenía precio: personalidad humana por la “gracia de Dios”.

PS. Una caracterización psicológica de Victor Adler no debe ser confundida con una crítica de su política. De las más atractivas figuras de la II Internacional, Victor Adler llevó, sin embargo, hasta el extremo las tendencias reformistas y nacionalistas que destruyeron los partidos de la Segunda Internacional en el momento de su prueba histórica decisiva.



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