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EL COLAPSO DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL

Haase, Ebert y David

Nache Slovo, Nro. 175, 27 de agosto de 1915

El 4 de agosto de 1914 Haase emitió su declaración en defensa de los primeros cinco mil millones para créditos de guerra. En la sesión de diciembre del Reichstag hizo lo mismo Ebert. En otra sesión corriente, el voto para el crédito de diez mil millones, fue defendido en nombre de la socialdemocracia por David. Estos nombres y lo súbito del desplazamiento de las mismas funciones de uno a otro tienen un carácter simbólico.

Hugo Haase

Haase adquirió su influencia en el partido durante el periodo en que la revolución rusa fortalecía su ala izquierda. Ebert, burócrata del partido, trabajador, enérgico y competente, había expresado siempre la línea centrista oficial. David era del sur, un “hombre de estado” de Baden, filisteo educado y un gran hombre para las pequeñas cosas. Las tres figuras estaban estrechamente unidas en las luchas anteriores a la guerra en relación al tema de los créditos. David representaba a los sureños por su significativo apoyo al presupuesto del Gran Duque. En el Congreso de Dortmund(1), donde se había planteado la cuestión, Haase, como líder del ala izquierda, que tenía sus sesiones propias, se presentó al comité central con un ultimátum: votar por los presupuestos debe ser considerado incompatible con la adhesión a la socialdemocracia. El punto de vista oficial del comité central, próximo a la posición del ala izquierda, fue enunciado en el congreso nada menos que por Ebert, debido a la enfermedad de Bebel. ¡Y entonces vino la guerra! Haase, que consideraba impensable para un socialdemócrata votar créditos de gastos público para las presas de Baden, presentaba ahora su justificación para aquella “tarea” oficial en la que todos los horrores y desgracias del sistema capitalista encontraban su más horrible y desgraciada manifestación. Haase no pudo seguir y se pasó a las filas de la semioposición inestable y sin carácter de centro-izquierda.

Friedrich Ebert

Ebert, defensor oficial de las resoluciones del partido que prohibían los créditos para el estado capitalista, asumió la tarea, sin preparación evidente para este papel, y se vio pronto echado del sitio; a la tribuna del Reichstag subió una pequeña y descarnada figura con maneras de diplomático provinciano, Eduard David, que llega, por fin, a su lugar. No se limita a llevar a cabo su encargo como esclavo sumiso de las circunstancias; se siente en la cumbre, al fin, de la realización de su misión histórica: es su clímax, se alboroza ante su máxima victoria sobre las ideas del marxismo, y da solemnidad a la ceremonia...
Existe un cierto equilibrio entre las ideas y la gente. Quien habla en nombre del partido alemán actual es quien encaja mejor en él. Suficiente imaginar por un minuto, de modo espontaneo y elemental, el hecho de que el reformista David ceda a los Hohenzollern y Bethmann los millones y el apoyo para la sangrienta tarea internacional en nombre del proletariado germano, para calibrar el profundo y aterrador colapso de la socialdemocracia alemana.
Sí, Eduard David ocupa al fin su lugar, a la cabeza de un partido político moralmente decapitado. ¡Mas en vano! Sus opositores no han ocupado todavía el suyo. Liebknecht, que, solo como antes, eleva su voz de protesta, fue contestado con las risotadas de la canalla patriótica y quizá también socialpatriótica. Una veintena de diputados de la oposición no se atrevió a romper la “disciplina” en relación al actual gran líder del proletariado germano, Eduard David: sus cabezas quedaron hundidas en las chaquetas que colgaban en los pasillos de Reichstag junto al estandarte de la socialdemocracia, envuelto en la vergüenza.
Pero en realidad, para nosotros, revolucionarios internacionalistas, no queda espacio donde colgar nuestras cabezas. El triunfo político de David es nuestra victoria ideológica, ya que la simbólica secuencia de los líderes de la socialdemocracia alemana en las tribunas del Reichstag ofrece una expresión física, personalizada, de la idea de que los principios de una política de clase independiente del proletariado son incompatibles con los principios del socialnacionalismo. En el silencio del ala izquierda yace no solamente la falta de carácter, sino también la vergüenza del partido. La lógica de los acontecimientos avanza, más despacio quizá de lo que desearíamos, pero sigue su curso. Está ahogada actualmente la voz de Liebknecht por los triunfantes graznidos de la “unidad nacional”, pero un oído atento no puede dejar de escuchar, en el fondo del griterío, la señal de alarma para un mañana en el que la historia comenzará a ajustar sus cuentas.
Quien aparece hoy último reirá más fuerte en el análisis definitivo.

1. Parece referirse a un congreso provincial de la socialdemocracia alemana, ya que no hubo ningún congreso nacional en esta ciudad.



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