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LA SOCIALDEMOCRACIA AUSTRÍACA

Ante el féretro de Franz Schumayer

Luch (El rayo), Nro. 32, 8 de febrero de 1913

La naturaleza lo había dotado un temperamento ardiente e insaciable, y una capacidad sagrada para indignarse, amar, odiar y maldecir, una y otra vez. Desde su nacimiento había recibido la obligación vital y esencial de no debilitarse nunca y luchar junto a las masas. El partido le había ofrecido la comprensión de las condiciones para la liberación del proletariado. Todo esto en conjunto creó esta magnífica personalidad, bien conocida y amada, y ahora llorada, mucho más allá de las fronteras de Viena y Austria.

Franz Schumayer

El proletariado necesita líderes de las más diversas características. Como estos dirigentes (hijos de la burguesía que rompieron sus viejas cadenas sociales, se rehicieron internamente después e identificaron el significado de la vida en el movimiento y crecimiento de la clase obrera) que juegan un gran papel en la historia de la clase obrera. Primero vinieron los grandes utópicos: Saint-Simon, Fourier y Owen; luego los fundadores del socialismo científico: Marx, Engels y Lasalle, todos de la clase burguesa.
¿Cómo podríamos concebir (en su desarrollo) nuestro partido alemán sin Wilhem Liebknecht y Singer, o sin Kautsky; la socialdemocracia austríaca sin Victor Adler; el socialismo francés sin Lafargue, Jaurès y Guesde? ¿Qué hay de la socialdemocracia rusa sin Plejánov?
A través de estos brillantes disidentes, las clases poseedoras devuelven (a pesar de sí mismas) al proletariado una partícula de esta cultura científica que por esfuerzos seculares han acumulado en la oscuridad, lejos de las masas populares oprimidas.
Y el proletariado puede estar orgulloso de que su misión histórica, como un poderoso imán, atraiga a los espíritus nobles y a los personajes fuertes de las clases poseedoras. Pero mientras la dirección de la lucha política esté sólo en manos de estos líderes, los trabajadores no pueden liberarse de la sensación de que todavía están bajo control político. La conciencia de sí mismos y el orgullo de clase penetran en ellos en gran medida sólo cuando en las primeras filas de los líderes se alinean personajes como ellos que han madurado con ellos y cuyas personalidades encarnan todas las conquistas espirituales y políticas del proletariado. El proletariado puede entonces mirar a esos dirigentes como un espejo donde puede ver los mejores aspectos de su “yo” de clase.
Para el proletariado vienés, en tanto puedo juzgar por cinco años de observación, Franz Schumayer era ante todo un tal espejo de clase.
Rara vez me encontré con Schumayer en un dominio personal. Pero más de una vez lo he escuchado en reuniones públicas, en el parlamento y en los congresos del partido. Lo he visto y oído suficientes veces como para saberlo. No se parecía en lo más mínimo a una naturaleza enigmática, encerrada en sí misma. Era un hombre de acción, un hombre de apremio, de llamamiento, de lucha de calle y de impulso, (en él se encarnaba la acción y en ella se revelaba a sí mismo). De él podemos decir las palabras del filósofo griego: lo llevaba todo en él. Por eso, cuando lo escuchamos, no sólo percibimos su idea expuesta en palabras vivas, siempre hábiles, a su manera, sino que veíamos a Schumayer en acción en un esfuerzo supremo por captar el espíritu de su público.
Cuando imaginamos, de pie detrás de esta espléndida figura hecha de energía y audacia, esa otra figura miserable del asesino socialcristiano, con una Browning asesina en sus manos, el trágico significado de lo que sucedió nos sacude de la cabeza a los pies. Dejaremos de lado la cuestión de las motivaciones directas que guiaron al asesino.
Pero, ¿qué era ese desgraciado, no el individuo, sino como el tipo que realmente conocemos?: era un proletario, un renegado, un desertor de clase. No quería unirse a su clase en su histórico camino. Entre las fuerzas históricamente hostiles, el estado, la iglesia y el capital, cuya existencia se construyó sobre la esclavitud física y la estupidez espiritual de las masas, fue donde el asesino buscó aliados contra su clase cuando ésta trató de imponerle su disciplina colectiva. Los prejuicios arcaicos que rodean la cuna del proletariado, los instintos de servilismo y el egoísmo miserable se encuentran en este renegado; personifica lo peor de todo el pasado de las masas, así como Schumayer personifica los mejores aspectos de su futuro. Y en un salvajismo frenético, ese oscuro pasado de esclavitud resurge contra el futuro.
¿Quién sabe? Tal vez la supuración de una herida interior y la conciencia de apostasía vivían en ese villano; y sumados al desprecio por sí mismo, se convirtieron en odio ciego y celos mortales por todo lo que era bello y elevado en el movimiento socialista: su desprecio por todas las supersticiones, su emancipación de todos los instintos serviles, su valentía moral, su tranquila certeza de victoria. El odio salvaje, eso, disparó la browning.
Lo que los agentes del orden hagan con el asesino, que, por supuesto, se considera a sí mismo un agente del orden y la ley, al final no nos importa. De esta manera no encontraremos satisfacción moral. Todo lo que tenemos que hacer ahora es enterrar este cuerpo con los muertos. Pero Franz Schumayer se queda con nosotros. Sólo enterramos lo que era mortal en él. Pero su espíritu vive en nuestros corazones, el espíritu irreconciliable del tribuno revolucionario.



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