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EL SOCIALPATRIOTISMO RUSO

Apuntes sobre Plejánov

Nashe Slovo, Nro. 216, 14 de octubre de 1915

La guerra ha sentado el balance del socialismo de toda una época y ha pesado en su balanza a los jefes. Entre estos últimos ha rechazado despiadadamente a Plejánov. Era un hombre eminente. Es doloroso pensar que toda la joven generación proletaria que se adhirió al movimiento tras 1914 sólo conoce a Plejánov como al protector de los Alexinsky, como al colaborador de Avxentiev, al émulo de Brechkovskaya, es decir al Plejánov de la decadencia, al Plejánov del patriotismo. Era un hombre eminente. Y es una gran figura en la historia del pensamiento social ruso.
Plejánov no creó la teoría del materialismo histórico, no la enriqueció con nuevas conquistas científicas. Pero la introdujo en la vida rusa. Y este es un inmenso mérito. Era necesario vencer los prejuicios del “revolucionarismo” primitivo de la clase intelectual rusa, presuntuosa en su estado atrasado. Plejánov “nacionalizó” la teoría marxista y, por ello mismo, desnacionalizó el pensamiento revolucionario ruso. Con Plejánov habló por primera vez la lengua de la ciencia verdadera, se unió al movimiento obrero mundial, descubrió a la revolución rusa sus posibilidades y sus perspectivas reales y le encontró una base en las leyes objetivas del desarrollo económico.

Georgi Plejanov

Plejánov no creó la dialéctica materialista, pero fue el convencido y ardiente defensor de ella en Rusia desde 1880. Ahora bien, para hacerlo se necesitaban perspicacia, amplia visión y un gran ardor de pensamiento. A estas cualidades Plejánov añadía las del talento en la expresión y el arte del humor. La primera caballería rusa del marxismo esgrimió la espada a las mil maravillas. ¡Cuántas heridas, a veces mortales, les infringió a sus adversarios, y en particular al epígono del movimiento de los narodniki, a Mijailovsky! Para apreciar debidamente la fuerza de su pensamiento sería preciso hacerse una idea de la atmósfera de prejuicios subjetivistas, idealistas y otros que reinaba entonces en los círculos radicales de Rusia y de la emigración rusa. Sin embargo, esos círculos representaban lo que Rusia había producido de más revolucionario en la segunda mitad del siglo XIX.
Afortunadamente, el desarrollo intelectual de la juventud obrera de la época actual sigue una vía completamente diferente. Nos separa un abismo de la época en la que se desarrollaban las peripecias del duelo Beltov-Mijailovsky(1) Por eso la forma de las mejores obras, es decir de las obras de polémica más brillantes de Plejánov, ha envejecido como la del Anti-Dühring de Engels. Los puntos de vista de Plejánov son infinitamente más comprensibles a los obreros de hoy en día que los de aquellos a los que combatía. También el lector debe prestar mucha más atención e imaginación para representarse las concepciones de los narodniki y de los subjetivistas que para comprender la fuerza y justeza de los golpes de Plejánov. Por eso os libros de Plejánov no pueden alcanzar ahora una gran difusión. Pero todo marxista deseoso de ampliar su horizonte filosófico tendrá que recurrir, inevitablemente, a la fuente del pensamiento marxista en Rusia, a Plejánov. Para ello tendrá que trasladarse a la atmósfera ideológica del movimiento radical ruso de 1860 a 1890, tarea difícil. Pero se verá recompensado de sus esfuerzos por el desarrollo de su horizonte y por el goce estético que ofrece el espectáculo del pensamiento preciso, luminoso, en lucha contra los prejuicios, la rutina y la idiotez.
Aunque fuertemente influenciado por los escritores franceses, el Plejánov publicista procede directamente de la antigua escuela rusa (Belinsky, Herzen, Chernichevsky). Poseía la forma amplia, no temía las digresiones, citas, bromas propias para entretener al lector. En nuestra época, en la que se busca la concisión, en la que hacen furor las abreviaciones, la forma de Plejánov parece trasnochada. Pero refleja toda una época y, en su género, es excelente. Sin embargo, la escuela francesa dejó su huella sobre Plejánov, habituándolo a la exactitud de las fórmulas y a la claridad de la exposición.
El Plejánov orador poseía las cualidades, como también los defectos, del escritor. Las obras de Jaurès, incluso las históricas, causan la impresión de un discurso; cuando Plejánov habla, se escucha al escritor. Por ello los libros de Jaurès fatigan por su elocuencia continua mientras que los discursos de Plejánov causan frecuentemente la impresión de buenos artículos.
Plejánov descollaba en las disputas teóricas en las que se complacían generaciones enteras de intelectuales revolucionarios rusos. Donde era más débil era en los discursos puramente políticos destinados a llevar al auditorio a una conclusión práctica, a animarlo con una voluntad única. En esas ocasiones era observador, crítico o publicista, pero jamás jefe. Su destino le impedía dirigirse directamente a la masa, llamarla a la acción, conducirla. Sus lados débiles tienen el mismo origen que sus méritos: era un precursor, el primer caballero del marxismo en Rusia.
Hemos visto que Plejánov no tiene prácticamente trabajos susceptibles de formar el alimento corriente de la clase obrera. Se podría hacer una excepción con la Historia del pensamiento social ruso; pero esta obra está lejos de ser irreprochable; las tendencias conciliadoras y patrióticas del Plejánov del último período ya habían socavado los fundamentos teóricos. Empotrado en las contradicciones irreductibles del socialpatriotismo, Plejánov, sin recusar la teoría de la lucha de clases, comenzaba a buscar en otras partes directivas que creía encontrar bien en el interés nacional, bien en los principios éticos abstractos. En sus últimos escritos hacía concesiones monstruosas a la moral normativa, que se esforzaba en convertir en el criterio de la política (“Una guerra defensiva es una guerra justa”). En su introducción a la Historia del pensamiento social ruso limita la lucha de clases, únicamente la admite en el interior del país y la reemplaza por la solidaridad nacional en las relaciones internacionales(2). Ya no se trata de Marx, sino de Sombart. Solo quienes saben qué implacable lucha entabló Plejánov durante décadas contra el idealismo, en general, y la filosofía normativa en particular, contra la escuela de Brentano y sus falsificadores, el pseudomarxista Sombart, comprenderán la profundidad de su decadencia cuando cayó bajo la impronta de la ideología nacionalista y patriótica.
Pero esta decadencia era previsible: la tragedia de Plejánov, como su mérito, provienen de que era un precursor. No era el jefe del proletariado en acción, solo el anunciador. En su polémica, defendía los métodos del marxismo, pero no tenía la posibilidad de aplicarlos. A pesar de su larga estancia en Suiza, se mantuvo como un típico emigrado ruso. No le interesaba casi el socialismo cantonal suizo, oportunista y teóricamente débil. El partido ruso no existía. El lugar de este partido lo ocupaba en el caso de Plejánov el estrecho círculo de sus partidarios del “Grupo de Emancipación del Trabajo”, (Plejánov, Axelrod, Zasulich y Deutsch, este último en la cárcel). Cuanto más se esforzaba Plejánov en consolidar la base teórica y filosófica de su posición, más carecía de base política. Observador del movimiento obrero europeo, frecuentemente cerraba los ojos ante las mezquinas disputas, la pusilanimidad, los compromisos de los partidos socialistas; pero combatía incansablemente la herejía en la literatura socialista.
Este desequilibrio entre la teoría y la práctica fue fatal para Plejánov. A pesar de sus conocimientos doctrinales, se vio desamparado ante los grandes acontecimientos políticos. La revolución de 1905 ya le cogió desprevenido. Este brillante y profundo teórico del marxismo se orientaba a las tientas en los acontecimientos de la revolución, le faltaba seguridad, salía con evasivas, rehusaba toda respuesta clara e intentaba escoger fórmulas algebraicas o anécdotas espirituales, a las que era muy dado en particular.
Vi por primera vez a Plejánov hacia finales de 1902, cuando terminaba su brillante campaña contra el movimiento de los narodniki y el revisionismo, y tenía que enfrentarse a las cuestiones políticas de la próxima revolución. En resumidas cuentas, para Plejánov comenzaba la época de la decadencia. Solo tuve una vez la oportunidad de ver y escuchar a Plejánov con toda su fuerza y gloria: fue en el 2º Congreso del partido (julio de 1903), en Londres, en la comisión del programa. Los representantes del grupo de la “Causa Obrera”, Martinov y Akimov, los del Bund, Lieber y otros, y algunos delegados provinciales, buscaban la forma de introducir enmiendas, en su mayoría pobres y teóricamente erróneas, en el programa del partido elaborado principalmente por Plejánov. En los debates, Plejánov se superó a sí mismo y se mostró implacable. Ante cada cuestión planteada, incluso insignificante, desplegaba todos los recursos de su extraordinaria erudición y obligaba a los oyentes, y los mismos adversarios, a reconocer que la cuestión no hacía más que empezar allí donde creían que estaba resuelta. Poseyendo en la cabeza una concepción clara, científica, de su programa, seguro de sí mismo, de sus conocimientos, de su fuerza, con un destello alegre e irónico en la mirada, los mostachos en punta, el gesto ligeramente teatral pero vivo y expresivo, Plejánov deslumbraba a los oyentes con su ciencia y espíritu incomparables. La admiración recorría todos los rostros; toda la asamblea, inclusos sus adversarios, quedaba prendada de sus labios.
En las cuestiones de táctica y organización en ese mismo congreso, Plejánov estuvo mucho más débil; a veces incluso parecía acaparado por la impotencia, hasta el punto de dejar perplejos a los mismos que acababan de admirarlo en la discusión del programa.
En el Congreso Internacional de París, en 1889, Plejánov ya había declarado que si la revolución triunfaba en Rusia solo podría hacerlo como revolución obrera. Dicho de otra forma, no había ni habría en Rusia democracia burguesa revolucionaria capaz de alcanzar la victoria. De ello resultaba que la revolución victoriosa no podría más que acabar con la transmisión del poder a manos del proletariado. Sin embargo, Plejánov retrocedía horrorizado ante esta conclusión. Por ello mismo renunciaba prácticamente a sus antiguos principios. No adoptó otros nuevos. De ahí su impotencia política, sus fluctuaciones que terminaron en la caída en los abismos del patriotismo.
Durante la guerra, como durante la revolución, no les quedó otro remedio a los discípulos fieles de Plejánov que combatirlo sin piedad.
Los partidarios y los admiradores de Plejánov en la decadencia, a menudo imprevistos y desprovistos de talento, tras su muerte han reunido en una edición especial todo lo más erróneo que dijo. Con ello han ayudado a separar al falso Plejánov del verdadero. El gran Plejánov nos pertenece completamente. Nuestro deber es restaurar su fisonomía moral e intelectual para la joven generación. Estas breves líneas no pueden ser consideradas, evidentemente, como el comienzo de esta tarea. Ahora bien, hay que realizarla: es de las más necesarias y agradables. Ya es hora de escribir un libro sobre Plejánov digno de él.

1. Bajo el pseudónimo de Beltov, Plejánov logró engañar en 1895 a la censura zarista pasando su mejor panfleto, el más brillante: La concepción monista de la historia.
2. “El desarrollo de toda sociedad dividida en clases está determinado por el desarrollo de esas clases y por sus relaciones mutuas, es decir, en primer lugar, por su lucha entre ellas para la forma de la organización social interna, y, en segundo lugar, por su colaboración, más o menos amistosa, cuando se trata de la defensa del país contra las agresiones externas.” (Plejánov, Historia del pensamiento social ruso, Moscú, 1919, página 11)



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