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EL COLAPSO DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL

Victor y Friedrich Adler

Novy Mir, Nro. 903, 5 de febrero de 1917

Se precipitan los acontecimientos. Nos ha llegado un telegrama anunciando la muerte de Jaurès. Como los diarios llegan de tal forma repletos de odiosas mentiras, no queremos creerlo y permanecemos varias horas entre la duda y la esperanza, mucho más teniendo en cuenta que había llegado un telegrama relatando el asesinato de Poincaré y un levantamiento de los parisinos. Pero muy pronto se desvaneció la esperanza de que la desaparición de Jaurès no fuese más que una falsa noticia… El 2 de agosto, Alemania declaró la guerra a Rusia. Pero la partida de la colonia rusa ya había comenzado. El 3 de agosto visité la nueva sede de la Arbeiter Zeitung, en Winzeil, donde habían ocupado un nuevo inmueble, para conferenciar con los diputados socialdemócratas sobre nuestra suerte futura (la de los rusos).
En la secretaría me encontré con Friedrich Adler, Alias “Dr. Fritz” para diferenciarlo de su padre, Victor Adler, al que simplemente se le denominaba por “Doctor”, sin ningún otro distintivo. De porte bastante alto, delgado, con una generosa frente y cabellos claros, Fritz era un fuera de lo común que tendía a un lenguaje contundente y anécdotas triviales. Había pasado un año y medio en Zúrich en calidad de privat-docent en la cátedra de física y de redactor del diario socialista Volksrecht.
Durante la guerra, el socialismo suizo experimentó una renovación interna total, sus objetivos cambiaron por completo. Los “bonzos” del partido, que creían que el marxismo descansaba en la frase “chi va piano, va sano”(1), pasaron a segundo plano…

Friedrich Adler

Hasta la guerra, el socialismo suizo se caracterizaba por su profundo provincialismo. Adler no pudo resistirlo y volvió a Viena, entró en la redacción del mensual Der Kampf y en el secretariado del partido. Además, asumió la difusión del boletín de combate semanal Das Volk que tenía una gran tirada, principalmente en provincias. Durante las primeras semanas precedentes a la guerra, Fr. Adler se ocupaba de los preparativos de un congreso internacional. Encima de su mesa se extendían sellos especialmente encargados para el congreso y una pila de folletos de toda suerte. El partido ya había gastado más de 20.000 coronas, como se “plañía” el tesorero.
Sería prematuro decir que se podían constatar en el inmueble de la Wienzeile reagrupamientos significativos. ¡No! Esto todavía no se había producido. Pero se notaba claramente el cambio psicológico en la opinión sobre la guerra. Se ha dicho que “ellos” (los miembros del partido) se alegraban de la guerra; maldecían a los rusos y serbios sin distinguir netamente entre pueblos y gobiernos. Demostraban ser nacionalistas convencidos, con un delgado barniz de cultura socialista que desaparecía a toda prisa.
Otros, con Victor Adler a la cabeza, consideraban la guerra como una catástrofe exterior, frente a la que no quedaba otro remedio que “soportarla”. Esta actitud pasiva de atentismo del jefe influyente del partido no era más que un escudo para la frenética agitación del ala “nacional-activista”. Victor Adler, espíritu penetrante y fino, de carácter encantador, en tanto que personalidad estaba muy por encima de su política, que consistía en hábiles compromisos establecidos bajo condiciones desesperantes. Esto le llevaba a un alto grado de escepticismo. Esta actitud, muy individual, superaba la mentalidad de los colaboradores de Adler, en ellos el escepticismo devenía cinismo. La aversión del primero al “artificio de la ciencia” en política se transformaba en sus colaboradores en una burla a los valores fundamentales del socialismo. Este surtido de colaboradores es por sí solo característico y basta para juzgar todo el sistema de Adler senior.
El hijo de Adler, con su temperamento revolucionario intransigente, era hostil a este sistema. Dirigía sus críticas brindando testimonio de toda su desconfianza y odio a su propio gobierno. En el curso de nuestra última entrevista me mostró el más reciente llamamiento del poder a la población: espiar y hacer arrestar a los extranjeros sospechosos. Me habló con un total desprecio de los inicios del desbordamiento del chovinismo. Únicamente su dominio de sí mismo le impedía dar rienda suelta a su excitación interna. Pasó una media hora antes de la llegada del “Doctor”. Éste me propuso que, en su compañía, visitase enseguida la prefectura de policía a fin de entrevistarnos con el jefe de la policía política, un tal Geyer, para asegurarme en cuanto al comportamiento del gobierno hacia los emigrados rusos residentes en Viena.
De camino a la prefectura, en el auto llamé la atención de mi interlocutor sobre el hecho de que Viena había tomado un aire de fiesta. “Quienes parecen contentos son los que no marchan al frente; y su alegría le parece patriótica. Además, aparecen todos los desequilibrados, todos los locos: es su hora.”
“Pero la gente seria permanece en casa, alerta. La muerte de Jaurès solamente es el principio. La guerra concede licencia a todos los instintos, a todas las formas de demencia…”
Psiquiatra, según su antigua especialización, Adler considera los acontecimientos políticos desde un punto de vista psico-patológico. ¡Cuán lejos estaba entonces de pensar que su propio hijo cometería un asesinato político! ... Lo recuerdo aquí de pasada porque la prensa “amarilla” de Adler y toda una serie de publicaciones socialpatrióticas intentaron explicar ese acto desesperado como el acto de un ser desequilibrado e incluso “anormal” (evidentemente estando dada su propia “normalidad” de mala calidad). Pero la medicina oficial de los Habsburgo tuvo que capitular ante la valerosa actitud del terrorista. ¡Con qué glacial desprecio tuvo que responder a las provocaciones de los eunucos del socialpatriotismo, si es que pudo escuchar sus voces desde su celda…!9
Geyer emitió la suposición de que al día siguiente por la mañana se podría dar la orden de internar a los rusos y serbios. “Por supuesto que liberaremos enseguida a los que conocemos, pero pueden producirse actos desconsiderados. Añada usted a eso que, más tarde, no los autorizaremos a abandonar el territorio.”
“En resumidas cuentas, ¿usted me recomienda partir?” – “Absolutamente. Es lo mejor que puede hacer”. – “Bien, mañana marcharé a Suiza con mi familia.” – “Hum… preferiría que lo hiciese usted hoy mismo…”
Esta entrevista tuvo lugar a las tres. A las seis y diez minutos estábamos sentados en el tren que nos llevaba a Zúrich.

PS: La fuerza del pensamiento no igualaba en Fr. Adler al coraje personal. Liberado por la revolución, Adler capituló ante el partido que lo había llevado a la desesperación y que, después, lo había “vendido”. Actualmente Adler ocupa un puesto de dirigente en la Segunda Internacional y Media, al servicio de esa causa que combatió arriesgando la vida…

1. Quien va despacio, va seguro.



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