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EN LA RUTA DE LA TERCERA INTERNACIONAL

Karl Liebknecht y Hugo Haase

War and revolution, vol. 2, 22 de mayo de 1922

Liebknecht no estuvo presente en Zimmerwald (estaba prisionero del ejército de los Hohenzollern antes de verse prisionero del estado), pero su nombre se escuchó más de una vez en la conferencia. La lucha que hacía trizas al socialismo europeo, cómo más tarde al socialismo norteamericano, ¡adquiría tal resonancia! Liebknecht era nuestro principal apoyo: una prueba, un ejemplo vivo en la campaña contra el socialpatriotismo de los países de la Entente. Los socialpatriotas franceses y rusos citaban con descaro los discursos de Liebknecht para sacar de ellos las pruebas de los crímenes del militarismo germánico y la pureza de los derechos de la Entente. No hacían más que eco a la prensa capitalista.

Karl Liebknecht

Yo conocía a Karl Liebknecht desde hacía varios años, aunque muy raramente me encontraba con él. Expansivo y entusiasmándose ligeramente, contrastaba claramente con la insignificante y monótona fauna de los burócratas del partido. Ya se distinguía por su físico. Sus labios plenos y sus cabellos negros rizados le hacían parecerse a un “indígena” aunque fuese un puro alemán. Liebknecht siempre fue medio extranjero en la casa de la socialdemocracia, siempre presta a los compromisos. No se entregaba a análisis personales sobre el desarrollo histórico, no se ocupaba con previsiones teóricas sobre el mañana, pero su instinto sincero y profundamente revolucionario siempre lo ponía en el recto camino a pesar de las dudas. Bebel conocía a Liebknecht desde la infancia y lo trataba como a un adolescente igual que Wilhelm Liebknecht [el padre de Karl] había tratado a Bebel. Soportaba, no sin una ironía simpática, las indignadas protestas de Liebknecht contra la política oportunista del partido: se pellizcaba la punta de los labios de su fina boca, pero no cedía ante Karl. Y la palabra de Bebel, casi hasta su muerte, tenía una importancia decisiva en el partido.
Liebknecht era un revolucionario auténtico y un internacionalista convencido. Consagraba una importante parte de su tiempo y esfuerzos a actividades ajenas a la socialdemocracia alemana. Mantenía estrechas relaciones con los revolucionarios rusos y polacos. Estaba ligado por amistad con alguno de ellos. Ayudaba a los otros. Algún tiempo después de la muerte de su primera esposa, se casó con una rusa. Los acontecimientos de la revolución rusa le conmovieron de forma extraordinaria. Igual que nosotros, presentía la victoria de la contrarrevolución. Dedicaba buena parte de sus energías a una propaganda antimilitarista entre los jóvenes. Las altas instancias del partido no miraban con buenos ojos esa incesante actividad. La justicia se ocupó de Liebknecht, que, mediante esos contactos con los jueces, adquirió el instinto combativo necesario, y, además, la posibilidad de observar a fondo y juzgar al funcionario medio del partido, molesto con quien turbaba una existencia tan tranquila. Liebknecht hervía y se indignaba, no por él, sino por el partido.
Así fue como le sorprendió la guerra que, no caben dudas, al principio al menos, le superó. Durante varias semanas buscó su camino, después lo encontró y ya no lo abandonó. Cayó como combatiente de la guerra civil (entre una barricada y otra) habiendo dado a la revolución todo lo que podía dar. Toda su incomparable personalidad tuvo tiempo para desarrollarse al máximo durante la guerra. Su lucha contra la soldadesca todopoderosa y miserable de los Hohenzollern, contra los lacayos repletos de cobardía y autosatisfacción, contra los burócratas del partido que lanzaron a sus pandillas contra él, se mantendrá como símbolo de un heroísmo de gran alcance moral. El nombre de Karl Liebknecht despertará inevitablemente ecos en los siglos venideros.
Hugo Haase estuvo ausente en Zimmerwald, a pesar de los rumores que anunciaban su llegada. La conferencia no perdió nada con su ausencia pues es casi imposible que Haase hubiese podido ofrecerle más de lo que le ofreció Lebedour.
Sin embargo, necesitamos hablar un poco de Haase. A la cabeza de la oposición moderada socialdemócrata, Haase devino durante la guerra el “guía” que Bebel designó casi oficialmente como su sucesor. Haase era un abogado de Königsberg, un provinciano sin amplias miras, sin gran temperamento político, pero honestamente dedicado al partido. En tanto que orador, era seco, nada original, con un fuerte acento de Königsberg. No era un escritor en absoluto. A principios de siglo se dedicó al estudio de la filosofía kantiana, pero ésta no imprimió en él ningún trazo profundo. A instancias de Liebknecht, Haase estaba muy ligado con los revolucionarios rusos: por Königsberg pasaban numerosas vías ilegales que permitían hacer transitar por Rusia a emigrados y literatura clandestina. En 1903, cuando la policía alemana emprendió una acción enérgica contra el contrabando revolucionario, Haase se mostró como el más encarnecido defensor de los revolucionarios rusos.

Hugo Haase

Bebel sentía una fuerte inclinación hacia Haase. El idealismo de este último le encantaba al anciano. Haase estaba desprovisto de todo idealismo elevado revolucionario, pero tenía el suyo, más estrecho y más prosaico. Por ejemplo, para consagrarse mejor a las tareas del partido, renunció a su despacho de abogado en Königsberg (rasgo que no es frecuente entre los altos burócratas socialdemócratas). Bebel, con gran perplejidad de los revolucionarios rusos, recomendó de forma insistente a Haase para el puesto de segundo presidente del comité central del partido. Afable y atento en sus relaciones personales, Haase se mantuvo en política, casi hasta el final, como lo que era por naturaleza: un honorable demócrata de provincias, sin amplitud de miras, sin temperamento revolucionario. En circunstancias críticas, evitaba mucho las decisiones muy claras, recurriendo a medidas a medias y a la espera. Nada de sorprendente hubo, pues, en que los Independientes lo escogieran como a uno de sus jefes. Conservó ese puesto hasta su muerte.



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