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EL COLAPSO DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL

Karl Kautsky

Moscú-Simbirsk, 18 de marzo de 1919
Moscú, 24 de abril de 1922

El diario Nache Slovo tuvo que zanjar sus cuentas con Kautsky. La autoridad internacional de éste todavía era muy fuerte en vísperas de la guerra imperialista, aunque no alcanzaba ni de lejos el nivel que tenía a principios de siglo y, particularmente, durante la primera revolución rusa. Sin la menor duda Kautsky era el teórico con más talento de la Segunda Internacional y, durante más de la mitad de su vida representó y “encarnó” las mejores tendencias de esa internacional. Propagandista y divulgador del marxismo, Kautsky consideraba su misión de teórico encaminada a llevar a la reforma y a la revolución; pero únicamente consideraba como realidad la reforma. Consideraba a la revolución como un punto de vista teórico, como una perspectiva histórica.
La teoría darwinista del origen de las especies abarca al reino vegetal y al animal en todas sus dimensiones. La lucha por la vida, la selección natural prosigue de forma constante. Si pudiese existir un observador que dispusiese de mil años de vida (tiempo indispensable para las observaciones cósmicas) establecería, sin la menor duda, que en determinadas épocas el proceso de la selección natural es casi imperceptible, que las especies conservan los caracteres propios y parecen ser encarnaciones de la ideas-tipo platónicas; en el medio geográfico, y en el mundo vegetal y animal, existen épocas de ruptura, períodos de crisis geobiológica, cuando las leyes de la selección natural se expanden con toda su crudeza y encuentra su cumplimiento sobre los cadáveres de la fauna y la flora. En el marco de esa gigantesca perspectiva, la teoría de Darwin se mantiene ante todo como la teoría de las épocas críticas en el desarrollo de todo lo que vive.
La teoría de Marx del proceso de la historia abarca toda la historia del hombre organizado colectivamente. Pero en las épocas de equilibrio en la sociedad, la sumisión de las ideas a los interese de clase y al sistema de la propiedad permanecen ocultos. Los períodos de revolución son la mejor escuela del marxismo, cuando la lucha de las clases adquiere el carácter de una guerra civil y los sistemas de gobierno, los derechos y la filosofía, quedan al descubierto como órganos al servicio de las clases. La teoría marxista misma fue formulada en una época prerrevolucionaria, cuando las clases buscaban una nueva orientación, y fue establecida definitivamente tras las experiencias de la revolución y de la contrarrevolución de 1848 y de los años siguientes.
Kautsky no poseía esa irreemplazable experiencia revolucionaria. Se impregnó del marxismo y lo vulgarizó como un buen maestro de escuela del socialismo científico. El máximo de su actividad se manifestó durante el período de degradación que siguió al aplastamiento de la Comuna hasta la primera revolución rusa. El capitalismo se volvió a levantar con toda su pujanza. Las organizaciones obreras crecían casi automáticamente, pero “el objetivo a alcanzar a cualquier precio”, a saber, la revolución social y proletaria, se diferenciaba del movimiento y sólo conservaba ya una existencia puramente académica. De ahí el aforismo de Bernstein: “El movimiento lo es todo… el objetivo a alcanzar no es nada…” ¡En tano que filosofía de un movimiento obrero, esta afirmación es un contrasentido y una trivialidad! Pero en tanto que característica de la mentalidad de la socialdemocracia alemana durante el cuarto de siglo que precedió a la guerra, esa opinión de Bernstein es completamente significativa: la lucha reformadora cotidiana tomó una cadencia absolutamente regular, “el objetivo a alcanzar a cualquier precio” se estancó bajo la dirección de Kautsky.

Defendía incansablemente el carácter revolucionario de la doctrina de Marx y Engels, aunque, al respecto, la iniciativa de la resistencia a las tendencias revisionistas pertenecía a los elementos decididos, como Rosa Luxemburg, Plejánov y Parvus. Pero políticamente se reconcilió con la socialdemocracia, sin ver su profundo oportunismo y sin poder darle un carácter decisivo a la táctica del partido. Por su parte, la burocracia dirigente se reconcilió con el radicalismo teórico de Kautsky. Esta combinación del oportunismo práctico y de los principios revolucionarios encontró su máxima realización en la persona del obrero tornero August Bebel, jefe indiscutible durante casi cincuenta años. Bebel apoyaba a Kautsky en el dominio de la teoría, siendo para este último una autoridad incuestionable en las cuestiones políticas. Únicamente Rosa Luxemburg revolucionaba a veces a Kautsky con más ardor del que deseaba Bebel. La socialdemocracia alemana ocupaba el lugar dirigente en el seno de la Segunda Internacional. Kautsky era su teórico reconocido y, también parece ser, su inspirador. Salió vencedor del combate con Bernstein. En el congreso de Ámsterdam en 1904, donde
se condenó el “ministerialismo socialista francés” (millerandismo), se adoptó la resolución de Kautsky que así se convirtió en el teórico probado, en el jefe de filas del socialismo internacional. Fue el período supremo de su influencia. Sus enemigos y oponentes lo apodaban “el Papa de la Internacional”. Recuerdo que su vieja madre, autora de novelas tendenciosas, recibió en su 75 cumpleaños las felicitaciones de los socialistas italianos dirigidas “allá mamma del Papa” (a la madre del Papa).
La revolución de 1905 fortaleció las tendencias radicales del movimiento socialista obrero internacional y reforzó de forma extraordinaria la autoridad teórica de Kautsky. En las cuestiones internacionales de la revolución, tomó (cierto que bastante más tarde que otros) una posición definitiva y pudo prever la formación de un gobierno socialdemócrata revolucionario en Rusia. Bebel, en sus frecuentes entrevistas, se burlaba con una sonrisa irónica del “seductor Charles”. El partido alemán abordó la siguiente cuestión: ¿se necesitaba una dirección común y una revolución radical? Esta discusión marcó el punto culminante de la carrera de Kautsky. Después vino el declive.
Me encontré con Kautsky por primera vez en 1907, tras mi evasión de Siberia. La derrota de la revolución todavía no era evidente. La influencia de Rosa Luxemburg sobre Kautsky era preponderante en aquella época. La autoridad de este último era indiscutible para todas las fracciones de la socialdemocracia rusa.
No sin agitación interior, subí la escalera de la pequeña casa tan aseada, calle Fridenay, en Berlín. Kautsky, pequeño anciano de cabellos blancos y ojos claros, me saludó en ruso, “buenos días”, y esta recepción, junto a todas las excelentes impresiones que yo tenía de sus obras científicas, formó un conjunto muy seductor. Me di cuenta, a continuación, de que esa amabilidad provenía de su indiscutible autoridad, que le confería una total confianza en sí mismo. Sin embargo, la entrevista tuvo pocos resultados. Tenía el espíritu seco, anguloso, no era de réplica fácil, le faltaba psicología y se dejaba llevar al esquematismo. Además, sus bromas eran banales. Por todos esos motivos se le puede considerar como un orador de segundo orden.
En Rusia la revolución estaba derrotada, el proletariado aplastado y el socialismo obligado a refugiarse en la clandestinidad; la burguesía liberal buscaba la forma de reconciliarse con la monarquía sobre la base de un programa imperialista: una decepción completa ante los métodos revolucionarios se abrió paso brutalmente en las filas de la internacional. El oportunismo se tomaba la revancha. Durante esos tiempos, las relaciones entre los estados capitalistas se tensaban cada vez más; se aproximaba el desenlace. Los partidos socialistas debían zanjar el dilema: ¿estar a favor del gobierno nacional o contra él? O era necesario aplicar la teoría revolucionaria o seguir la línea oportunista hasta el final. Toda la autoridad de Kautsky consistía en la conciliación del oportunismo en política y del marxismo en teoría.
El ala izquierda (Rosa Luxemburg) exigía respuestas precisas. Por otra parte, los reformistas pasaban al ataque en todo el frente. Kautsky, cada vez más desorientado, combatía más ásperamente al ala izquierda, se acercaba a los partidarios de Bernstein, esforzándose en vano en conservar el objetivo marxista. Cambió de tal forma en ese período que incluso su apariencia se vio afectada; su habitual calma despareció por completo y sus ojos reflejaban una nada habitual agitación.
La guerra sacó a la luz del día toda la mentira y podredumbre del “kautskysmo”. Kautsky aconsejaba al mismo tiempo no abstenerse de votar los créditos para “Guillermo” y no votarlos con “reservas”. Durante los meses siguientes vio la luz una polémica explicando lo que realmente Kautsky había aconsejado hacer. “La internacional es el instrumento de la paz, no de la guerra.” Kautsky se aferraba a esta fórmula banal y vacía como a un salvavidas. Al mismo tiempo que criticaba los desbordamientos del chovinismo, Kautsky preparaba la reconciliación de todos los socialpatriotas tras la
guerra. “Todos los seres humanos se equivocan, pero, a pesar de ellos, la guerra pasará y volveremos a partir de cero.” … Durante el aplastamiento de la revolución alemana, Kautsky devino una especie de ministro de la república burguesa. Propuso una ruptura completa con la Rusia soviética (“No tiene importancia, se hundirá en algunas semanas”) y se arrodilló ante Wilson… ¡Con cuánta crudeza se venga la dialéctica de la historia de uno de sus apóstoles!



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