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El derrumbe del Partido Comunista Alemán y las tareas de la Oposición[1]

 

 

9 de abril de 1933

 

 

 

El problema de la suerte del comunismo alemán ocupa ahora el centro de atención de todas nuestras secciones. Por lo que se puede colegir, la mayoría de los camaradas tiende a creer que en Alemania hablar de comunismo es hablar de un partido nuevo. Otros, en cambio, consideran que esa forma de plantear el problema es incorrecta y sostienen que debemos mantener la vieja consigna de "reforma" del partido según los cánones leninistas. Esta es la posición de dos camaradas españoles, de dos camaradas alemanes, que representan a sendos grupos, y de un camarada ruso. No me cabe duda de que sus reparos reflejan el estado de ánimo de buena parte de la Oposición. Seria anormal que la necesidad de efectuar un viraje tan importante no suscitara matices y diferendos en nues­tras filas. Seria indigno de la Oposición mostrarnos incapaces de discutir de manera fraternal, aunque sin tapujos, las diferencias que surgieron. Semejante polé­mica no puede redundar sino en un mayor crecimiento de la Oposición y en el fortalecimiento de la demo­cracia interna. En lo que hace a la esencia de las obje­ciones, no puedo estar de acuerdo con ellas pero sí comprender sus motivaciones psicológicas. El error de los camaradas mencionados reside en que parten de las fórmulas de ayer, no de los hechos de hoy. Debemos aprender a corregir y remplazar las fórmulas a la luz de los nuevos hechos.

Durante los tres últimos años nuestros cálculos se basaron en que el PC Alemán, bajo la presión de las masas, seria capaz de cambiar oportunamente su política. Si definiéramos con toda precisión nuestro pronós­tico de ayer, diríamos: "Todavía no podemos evaluar en qué medida los errores, zigzags y derrotas del pasado han debilitado a la clase obrera alemana ni hasta qué punto el sabotaje de la burocracia stalinista, combinado con la capitulación de la socialdemocracia, logró paralizar las energías del proletariado". Frecuen­temente expresamos nuestra esperanza de que, a medi­da que se acercaba el peligro fascista, las filas del proletariado se estrecharan y provocaran una capacidad de resistencia que le impidiera a Hitler copar todas las posiciones de un solo golpe. Y cada retroceso en el avance de Hitler, aunque éste ya estuviera en el poder, redundaría inevitablemente en una mayor confianza en las filas obreras. A su vez, el comienzo de la guerra civil provocaría la descomposición en el bando gubernamental y en el propio ejército fascista. Por su parte, las vacilaciones del enemigo incrementa­rían la fuerza ofensiva del proletariado, etcétera. Tal era la perspectiva dialéctica que nos parecía probable o que, en todo caso, no quedaba excluida. Y en virtud de ello debíamos -era nuestro deber- agotar todas las posibilidades que brindaba la situa­ción de ayer.

Ahora, en cambio, seria una locura dejarnos guiar por una perspectiva que los acontecimientos han supe­rado. Los camaradas españoles preguntan "¿Es posible que unas pocas semanas liquiden la perspectiva de largos meses de guerra civil?" Claro que sí, ya ocurrió. Pocas semanas, inclusive días, lograron destruir la posibilidad de que se produzca esa variante tan favo­rable con la que contábamos. Hitler se apropió del aparato material del poder. Sin encontrar la menor resistencia, destruyó el aparato del PC, privó a los obreros alemanes de su prensa y obligó a los reformis­tas a romper con la Segunda Internacional y someterse al régimen fascista.

El brusco viraje de la situación se revela claramente en el problema del frente único. Proponer en Alemania el frente único de los dos partidos seria una demostra­ción de estupidez doctrinaria. En una época el aparato socialdemócrata estaba atenazado por el yugo del fascismo en avance y la presión de sus propias masas, había que aprovechar esa situación. Ahora, después de la derrota, la socialdemocracia lame las botas de Hitler y ve en ello su único medio de salvación. Si hace dos años a Breitscheid[2] le pareció necesario asustar a la burguesía con un bloque con los comunistas, ahora Wels y Cía. se muestran deseosos de alejarse osten­siblemente no sólo de los comunistas sino también de la Segunda Internacional.

La propuesta del frente único hoy sólo serviría para poner en ridículo al Comité Central comunista y ayudar a la dirección socialdemócrata. En política no existen las fórmulas absolutas. Las consignas son concretas, es decir, se adecuan a circunstancias especí­ficas. (Por supuesto que lo dicho no excluye, ni siquiera hoy, que las organizaciones comunistas y socialdemó­cratas hagan acuerdos a nivel de fábrica, distrito, etcé­tera; tampoco excluye los acuerdos con otros grupos de izquierda que romperán inevitablemente con la social­democracia oficial.)

El obrero alemán medio, así como el comunista medio, se siente en la situación de un viajero que ha naufragado. La oleada fascista ahogó sus organiza­ciones, su prensa, sus esperanzas en un futuro mejor. Los náufragos no piensan en construir un barco nuevo sino en conseguir refugio y un pedazo de pan. La depre­sión y la indiferencia política son las consecuencias inevitables de tamaña catástrofe. Pero el despertar político de los elementos más resistentes, firmes y valerosos estará inevitablemente ligado a la idea de un barco nuevo.

En cuanto a la caracterización de la situación en que se encuentran las capas más profundas del proleta­riado alemán, atribuyo extrema importancia al informe de que las células nazis expulsaron y reemplazaron a los viejos comités de fábrica. Esta "reforma" se hizo en forma tan silenciosa que ni siquiera apareció un informe en la prensa extranjera. Pero acá no se trata del consejo editorial de un periódico, ni de la Casa Liebknecht (cuartel general del PC), ni siquiera de un bloque parlamentario; es decir, no se trata de algo que sucede por arriba sino de un hecho que afecta a la propia base del proletariado productor: la fábrica. La falta de resistencia ante la expulsión de los comités de fábrica demuestra una aguda parálisis de la voluntad de las masas, fruto de la traición y el sabotaje de las direcciones.

En el transcurso de los últimos años el PC Alemán había llegado a obtener hasta seis millones de votos. Sin embargo, no arrastró a la lucha ni siquiera a cien mil personas. Ni los militantes del partido respondieron al llamado del Comité Central. Esto basta para demos­trar el terrible aislamiento del aparato, que aumen­tará día a día. A las masas no les interesan los matices y las pequeñeces. Aprehenden los hechos en su tota­lidad. Es inevitable que le vuelvan la espalda al partido que adormeció su ansiedad con fórmulas huecas, con balandronadas sobre las victorias del mañana, y luego las llevó a la catástrofe.

Las dos o tres semanas de marzo provocaron un cambio radical en la situación del PC, cambio que en épocas "normales" y "pacificas" no se hubiera produ­cido ni en el transcurso de dos décadas. En general, la época imperialista es una época de virajes abruptos. Hay que aprender a seguirlos atentamente para no tropezar y romperse la cabeza. No debemos engañarnos; tenemos que comprender la catástrofe en toda su magnitud, claro que no para llorar desconsolados sino para emprender la larga y difícil obra que nos espera, según un plan nuevo y sobre bases históricas nuevas.

Casi todos los camaradas que no coinciden con esta evaluación se oponen a trazar una analogía entre el 4 de agosto de 1914 y el 5 de marzo de 1933 pues, vean ustedes, los socialdemócratas traicionaron consciente­mente al proletariado y, así, se acercaron al poder; en cambio, los stalinistas "no supieron" defender al proletariado y dieron con sus huesos en la cárcel. La diferencia es por supuesto, de mucho peso y nada fortuita, pero no debemos exagerar su importancia política. En primer lugar, la mayoría de los socialdemócratas no buscaban, ni siquiera en 1914, hacer carrera sino "salvar" las organizaciones proletarias, así como los dirigentes del PC Alemán, que obedecen ciega­mente las órdenes de la burocracia moscovita, piensan antes que nada en su aparato. En segundo lugar, si en 1914 la socialdemocracia se acercó a las sedes del poder, en 1933, a pesar de su servilismo y obsecuencia, se acercó a las cárceles. No dudamos de que, en defini­tiva, será aplastada y hasta tendrá sus Matteottis.[3]

Pero, ¿acaso eso cambia nuestra evaluación de la política reformista?

Lo que repudiamos en el aparato del PC Alemán no es su "estupidez" ni su "incapacidad" (para emplear los términos que utilizan, de manera totalmente incorrecta, ciertos camaradas) sino su centrismo buro­crático. Se trata de una corriente política específica basada en un estrato social especifico, ante todo en la URSS, y adapta su política a las necesidades de dicho estrato. Hasta antes de los últimos acontecimientos, seguía abierto el interrogante acerca de qué factor se impondría en el seno del PC Alemán -los intereses de la burocracia stalinista o la lógica de la lucha de clases-. Ahora ya hay una respuesta definitiva. Sí acontecimientos de tanta magnitud no pudieron corregir la política del PC Alemán, eso significa que el centrismo burocrático no tiene salida. Y de allí surge la necesidad de un partido nuevo.

"¡Pero el problema se resuelve a escala interna­cional!", exclaman los adversarios, transformando así un pensamiento histórico correcto en una abstrac­ción suprahistórica. El problema de la victoria del proletariado -y no sólo el de su derrota- también se resuelve a escala internacional. No obstante ello, el proletariado ruso, que triunfó en 1917, sigue aguardando a que se produzca la victoria en otros países. Y el proceso opuesto también puede desarrollarse de manera desigual: a la vez que el PC Alemán oficial queda políticamente liquidado, en otros países, princi­palmente en la URSS, el partido no pasó aún por una prueba decisiva. Los acontecimientos se desarrollan sin respetar el tablero de la Comintern.

Pero, ¿acaso la Comintern no es la responsable de la derrota alemana? Decididamente, sí. Sin embargo, en el tribunal de la historia, igual que en un tribunal burgués común, el castigo no recae sobre el principal responsable sino sobre el que cayó preso. Ahora, desgraciadamente, es el aparato del PC Alemán el que está cercado por las tenazas de la historia. La aplica­ción del castigo es verdaderamente "injusta" Pero, en general, la justicia no es uno de los atributos del proceso histórico, y los fallos de ese tribunal son inapelables.

Pero no calumniemos al tribunal de la historia; es mucho más serio que un tribunal burgués. La liquida­ción del PC Alemán es sólo una etapa, y no la última. Si las demás secciones de la Comintern aprenden la lección de Alemania se harán, con toda justicia, acree­doras a un trato indulgente por parte de la historia. En el caso contrario, estarán condenadas. De esta ma­nera, la marcha de la historia les da tiempo para reca­pacitar a las demás secciones. Nosotros, los de la Opo­sición de Izquierda, sólo interpretamos la marcha de los acontecimientos, por eso no rompemos con la Tercera Internacional.

"Pero, ¿cómo podemos construir un partido nuevo en Alemania sin romper con la Comintern?", pregun­tan los que, a pesar de todo, querrían obligar a las contradicciones del proceso histórico a ceñirse a los límites de los estatutos formales. Debo admitir que este aspecto de la cuestión me parece el menos impor­tante. Cuando se nos expulsó de la Comintern y nos constituimos en fracción de la misma, el problema de los estatutos no fue muy importante. Para nosotros es una cuestión de línea política, no de teneduría de libros. Por supuesto, si alguna sección de la Comintern logra reconstruirse sobre bases sanas, utilizaremos ese hecho como punto de partida para apurar la reconstruc­ción de toda la Comintern; en ese caso nuestras rela­ciones formales también mejorarán enormemente. Si, en cambio, la burocracia stalinista lleva a la URSS a la ruina, nadie se acordará de los estatutos: será nece­sario construir una cuarta internacional.

Pero volvamos a Alemania. En los primeros días de marzo, el PC Alemán contaba todavía con un aparato centralizado, con decenas de periódicos, con miles de células, con decenas de miles de militantes, con millones de votos. Nos declaramos parte integrante de ese partido y con ello asumimos, ante el mundo exterior, una responsabilidad por el partido en su conjunto; desde luego, no en función del aparato stalinista sino de las células de base. Con la ayuda de éstas esperábamos, antes de la catástrofe, renovar la dirección del partido. Ahora que el aparato oficial, maniatado por el ultimatismo y la clandestinidad, debe transformarse completamente en una agencia stalinista, ni siquiera se puede pensar en influir sobre él a través de un estrato inferior del cual se encuentra totalmente aislado.

La prensa stalinista de todo el mundo habla, por cierto, de la "regeneración" del PC Alemán clandestino (Rote Fahne [Bandera Roja] ilegal, volantes, etcétera). Ya de antemano resultaba claro que las organizaciones locales, pasado el estupor inicial, empezarían a moverse. El hecho de que el aparato de un partido tan grande, con tanto personal y dinero a su disposición, pueda publicar una cierta cantidad de literatura ilegal y semilegal no tiene nada de sorprendente. Pero debemos repetirlo una vez más: el PC Alemán no tiene un aparato clandestino ligado a las masas. Lo que tiene son los restos de una vieja organización que, por voluntad de Hitler, se encuentra en la clandestinidad, que no es lo mismo. Si el PC Alemán sigue activo se debe a que Hitler recién comienza su tarea de verdugo y a que la reacción todavía no penetró profundamente en el partido. Pero ambos procesos están planteados y se desenvolverán de manera paralela, nutriéndose y acelerándose recíprocamente.

Un partido comunista clandestino necesita gente seleccionada, que comprenda la magnitud de la catástrofe y tenga una perspectiva clara y confianza en su programa. La selección de dichos elementos sólo puede hacerse en base a una crítica implacable del pasado. El derrumbe de la organización de los stalinistas, de por si inevitable hará surgir esos elementos y allanará el terreno a la creación de un partido revolucionario ilegal.

"Pero -responde uno de los camaradas alema­nes- si bien es cierto que el partido está muerto polí­ticamente, organizativamente sigue vivo." Esta fórmu­la revela mejor que ninguna otra lo erróneo de la posi­ción de mi adversario. Un partido políticamente muerto no puede tener una organización "viva", puesto que la organización es tan sólo una herramienta de la política. Si el partido está muerto, debemos hacer público este diagnóstico y las conclusiones pertinentes, para que todos los trabajadores lo sepan. ¿Qué parte de la vieja herencia pasará al patrimonio del partido nuevo? ¿En qué forma se efectuará esa transferencia? ¿Cuáles se­rán las etapas del desarrollo del partido nuevo? ¿Cómo serán las relaciones entre los constructores y los restos de la organización vieja?, son todos interrogantes de gran importancia, cuyas respuestas dependerán de la marcha de la situación en su conjunto. Pero para que esas respuestas no sean falsas ni ilusorias debemos partir de un hecho establecido irrevocablemente por la historia: el partido stalinista está políticamente muerto. No podemos permitirnos ambigüedades ni en­gaños; Sólo servirían para desviarnos de nuestro camino.

El mismo camarada escribe: "La consigna de re­forma carece de significado, puesto que ahora no sabe­mos qué reformar ni cómo hacerlo; pero también nos oponemos a la consigna de partido nuevo, puesto que para nosotros todavia no está sellada la suerte del par­tido viejo". Este camarada, a pesar de ser inteligente y buen observador, acumula una contradicción tras otra. Si el partido está "muerto políticamente", quiere decir que su suerte está sellada. El aparato no lo hará resu­citar; la experiencia demuestra que un aparato puede matar a los vivos pero no resucitar a los muertos. Si la consigna de reforma del partido viejo "carece de signi­ficado", no queda otra que la de partido nuevo.

Lo que más asusta a los adversarios es la relación de fuerzas: los bolcheviques leninistas proclamamos la muerte de una organización grande, que todavía es capaz de publicar diez veces más literatura, disponer de fondos mil veces más grandes que nosotros. Sin embar­go, proclamamos un "partido nuevo" en nombre de la pequeña Oposición de Izquierda. Plantear el problema de esta manera es demostrar que se está totalmente im­buido del fetichismo aparatista. Hoy, como ayer, nues­tra principal tarea es la de formar cuadros. Pero éste es un problema político, no meramente organizativo: los cuadros se forman en base a una perspectiva definida. Volver a insuflar vida a la consigna de reforma del partido significaría proponernos conscientemente un objetivo utópico y, por consiguiente, condenar a nues­tros cuadros a sufrir desilusiones cada vez más agudas. Con esa política la Oposición de Izquierda se convertiría en apéndice de un partido en descomposición, y desaparecería de la escena junto con él.

Uno de los adversarios concuerda con que el partido viejo está liquidado y hasta reconoce en esencia que la creación de un partido nuevo es inevitable; no obstante, trata de retardar el proceso. Sus argumentos pueden sintetizarse de la siguiente manera: sólo el diez por ciento de los militantes, los más valiosos, poseen un espíritu crítico y nos escuchan; el noventa por ciento restante, principalmente militantes nuevos, todavía no comprende los errores del partido. De allí resulta que debemos explicar a ese noventa por ciento, paso a paso, qué ha ocurrido, y a partir de allí iniciar la cons­trucción de un partido nuevo. Este es un enfoque pro­pagandista abstracto, no político -en términos filosóficos: un enfoque racionalista, no dialéctico- del problema.

Seria magnífico poder llevar a una gran escuela al noventa por ciento de los jóvenes comunistas y dictarles un curso completo. Pero, desgraciadamente, este noventa por ciento ya asiste a la escuela de Hitler. Hoy han roto parcialmente no sólo con el partido sino tam­bién con la política en general. Una parte se pasará al fascismo; otra, más numerosa, caerá en la indiferen­cia. Estos procesos se desarrollarán en el curso de las próximas semanas y meses; la contrarrevolución, igual que la revolución, actúa rápidamente. Bajo la influen­cia de la descomposición del partido, del reflujo de las masas y de la esterilidad política del aparato, los mejo­res elementos del partido se preguntarán a sí mismos y preguntarán a los demás: ¿qué hacer? En esta situa­ción, presentarles la consigna de "reforma" sería bur­larse de ellos. En momentos de gran crisis no debemos partir de los cambios que se operan en el estado de ánimo de la base del partido sino de los cambios ob­jetivos que se producen en la situación política. Muchos de los comunistas que todavía temen romper con la burocracia mañana nos culparán de engañarlos, de mantener la ficción del viejo partido; se alejarán de nosotros para pasarse al bando de los brandleristas o de los anarquistas. Se dice que los brandleristas ya llamaron a la creación de un partido nuevo; eso revela que, si bien son oportunistas, son políticos. Si nosotros, con nuestro programa revolucionario, actuamos como doctrinarios, los políticos oportunistas nos barrerán siempre.

Desde el punto de vista práctico, ¿cómo serán nuestras relaciones con la organización stalinista ale­mana en el próximo período? Este es, naturalmente, el problema que más preocupa a nuestros camaradas. ¿Debemos romper con las organizaciones locales del partido viejo?, preguntan nuestros oponentes. No, eso sería absurdo. Tenemos que captar a los revoluciona­rios de todas las organizaciones obreras, princípalmen­te de las células del partido viejo, en la medida en que éstas sigan existiendo. Cuando la Tercera Internacional proclamó su ruptura total con la Segunda, ello no les impidió a los comunistas seguir trabajando durante lar­go tiempo dentro de los partidos socialdemócratas e inclusive ganar a la mayoría del partido francés y a su periódico, L’Humanité. Nuestra política de un partido nuevo, ahora más que antes, no puede ni debe impedirnos trabajar en las células del partido viejo.

Veamos otra objeción: la consigna misma de partido nuevo pondrá a la base en contra de nosotros. Es posi­ble que se produzcan conflictos. Pero en el pasado ya los hubo, a pesar de que la consigna era "reforma". De todas maneras, no debemos dudar que las células activas del partido viejo dedicarán más tiempo al pro­blema de las relaciones con su propio Comité Central que al de nuestras perspectivas. En este terreno pode­mos suponer que se producirán conflictos cada vez más agudos. El Comité Central defenderá a Stalin y se de­fenderá a sí mismo; ése es su objetivo principal. El obrero comunista exigirá respuestas honestas y pers­pectivas claras. Mientras hablábamos de reforma no llamábamos a romper la disciplina. Ahora la situación cambió drásticamente. En las reuniones de célula pro­pondremos que se ponga fin a la distribución de la li­teratura oficial, que no vale nada; que se boicotee al aparato, que se rompa con el Comité Central. Se entien­de que lo haremos con tacto e inteligencia, teniendo en cuenta el nivel de cada célula y las circunstancias. Pero nuestra línea principal será la de partido nuevo. Y debemos estar seguros de que a pesar de esta línea, dada la situación de ilegalidad, nuestras relacio­nes con las células revolucionarias serán infinitamente más amistosas que en el período anterior, cuando sólo queríamos ser fracción.

Tampoco debemos olvidar que el problema no atañe únicamente al PC Alemán. Es muy probable que del derrumbe político de la socialdemocracia, surja un nuevo partido "independiente". ¿Podemos suponer, siquiera por un instante, que el aparato stalinista será capaz de atraer a la socialdemocracia de izquierda, o por lo menos de influir sobre ella de manera revolucio­naria? Esa posibilidad está excluida de antemano. Su ultimatismo, así como su pasado al que no quieren ni pueden renunciar, obligará a los stalinistas a frenar el desarrollo de la oposición socialdemócrata, a desempe­ñar el papel de espantapájaros al servicio de Wels. También este factor coloca imperiosamente a la orden del día la perspectiva del partido nuevo.

Tras la mayor parte de las objeciones políticas y lógicas subyace una posición implícita, de tipo senti­mental: el aparato stalinista sufre los golpes del fas­cismo; muchos camaradas valientes y abnegados empe­ñan todas sus fuerzas para salvar la organización; en tales circunstancias, ¿es licito desalentar a los comba­tientes? Este argumento encuentra su mejor expresión en las siguientes líneas de un poeta ruso: "La ilusión exaltada es, para nosotros, más preciosa que la negrura de la amarga verdad". Pero la filosofía de Pushkin no es la filosofía de Marx. Cuando a principios de siglo combatimos las ilusiones pequeñoburguesas y el aven­turerismo de los socialrevolucionarios, muchas buenas personas, no sólo narodnikis[4] sino también de nuestra organización, rompieron indignadas con la Iskra[5] leni­nista, que, vean ustedes, se permitía criticar implaca­blemente al terrorismo cuando los terroristas morían a manos del verdugo. Nuestra respuesta era: el fin que buscamos con nuestra crítica es precisamente arrancar a los héroes revolucionarios del terrorismo individual para llevarlos a la senda de la lucha de masas. Lo único que el aparato ilegal, apéndice de Manuilski-Stalin, puede traerle al proletariado alemán son nuevos infor­tunios. Debemos decirlo abiertamente y sin demora para impedir que cientos y miles de revolucionarios despilfarren inútilmente sus energías.



[1] El derrumbe del Partido Comunista Alemán y les tareas de la Oposición.The Militant, 6 y 13 de mayo de 1933. Este artículo es la prolongación de la discusión interna en la Oposición de Izquierda Internacional.

[2] Rudolph Breitscheid (1874-1944): Integrante del bloque socialdemócrata del Reichstag, que en 1931 propuso la formación de un bloque SPD-PCA; este último lo rechazó con indignación. En 1933 huyó a Francia, pero fue entregado a la Gestapo por el gobierno de Vichy y murió en el campo de concentración de Buchenwald.

[3] Giacomo Matteotti (1885-1924): diputado por los socialistas reformistas en el parlamento italiano, denunció los fraudes electorales y el terrorismo practi­cado por los fascistas. Los secuaces de Mussolini lo asesináron en 1924.

[4] Los narodnikis (populistas): movimiento de Intelectuales rusos que reali­zaron actividades políticas entre el campesinado entre 1876 y 1879. Luego se dividieron en dos alas, una de las cuales, de tendencia anarquista, fue aplas­tada tras el asesinato del zar Alejandro II en 1881. La otra volvió a separarse: un sector, dirigido por Plejanov, evolucionó hacia el marxismo mientras que el otro fue el precursor del Partido Social Revolucionario.

[5] lskra (La chispa): nombre del periódico del Partido Obrero socialdemó­crata Ruso, publicado en el exterior por marxistas exiliados. Lenin estuvo entre sus fundadores y directores y oriento políticamente la publicación hasta la ruptura de 1903; a partir de entonces fue copada por el ala men­chevique.



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