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¡Señal de alarma![1]

 

 

3 de marzo de 1933

 

 

 

Sería un acto de cobardía o de semiceguera, minimizar los alcances del peligro: la catástrofe acecha al Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique), partido gobernante del primer estado obrero. Sólo la lucha abnegada de los obreros avanzados puede impedirlo.

La situación es tan peligrosa que limitarse a pronunciar frases o insinuaciones es hacerse cómplice de la fracción dominante que está socavando la Revolución de Octubre. Bajo el régimen stalinista, los enemigos de clase están mejor informados que la propia clase obrera de lo que pasa o de lo que se está por hacer. Los posibles intentos de los contrarrevolucionarios de aprovechar nuestra crítica sin tapujos no representan ni la centésima parte del peligro que resulta de las calumnias maliciosas difundidas por la burocracia o del silencio forzoso de la vanguardia proletaria.

En un sentido histórico amplio, la situación de la Unión Soviética no puede ser tan desesperada como la del capitalismo mundial, atrapado en un callejón sin salida. Esta perspectiva histórica general no sólo justifica plenamente la Revolución de Octubre, en la medida en que ésta necesite justificación, sino que de antemano escarnece por ultrarreaccionarios todos los planes de la democracia pequeñoburguesa (mencheviques, socialrevolucionarios,[2] etcétera), que se reducen inevitablemente a la restauración del capitalismo “democrático”. En la eventualidad de una victoria de la contrarrevolución, a la hidra soviética le crecerán nuevas cabezas por cada una que le corten. Pero esto de ninguna manera significa que uno pueda quedarse cruzado de brazos mientras la burocracia stalinista destruye el régimen soviético actual. En este caso, calcular en términos históricos es calcular en décadas. En última instancia, la caída del régimen soviético sólo sería un episodio histórico. Pero, de ocurrir, se convertiría en uno de los episodios más terribles de toda la historia. Nuestra única tarea consiste en impedirlo. Mientras tanto, el peligro se acerca más y más. ¡ Que suene la alarma!

¡Tenemos que dar la señal de alerta!

 

El sabotaje burocrático de la construcción socialista que se oculta bajo el disfraz de la dirección infalible

 

Gracias a inmensos sacrificios y a increíbles privaciones de los trabajadores, ha sido posible generar un poderío técnico y se han obtenido conquistas productivas extraordinarias. La Revolución de Octubre demuestra ante la humanidad las potencialidades inherentes al socialismo en términos de acero, cemento y kilovatios de energía eléctrica. Pero en este mismo período la dirección burocrática, complaciente e irresponsable, incapaz de prever, e intolerante con toda critica, cegada por el espejismo del socialismo en un solo país, ha llevado a la economía nacional al borde del caos total. Inmensas desproporciones y carencias se devoran las conquistas industriales y los avances tecnológicos. Nadie se toma la molestia de pedir la opinión a los obreros y campesinos respecto del problema fundamental de la vida de la nación: vaya modo de obrar y que manera de ahorrar para el futuro. La burocracia, mientras rechaza el criterio objetivo de los hechos, no reconoce otra ley que la de sus decretos arbitrarios: remplaza los planes por órdenes, y los balances por la coerción. Sencillamente sus actos no obedecen a criterios de planeamiento. La tarea más compleja, no sólo jamás resuelta, sino ni siquiera nunca planteada la de establecer planes y normas para lograr la armonía recíproca entre las ramas de la economía en expansión de un inmenso país tarea que, por su propia naturaleza, es insoluble sin el concurso de la experiencia cotidiana, sin el balance crítico de la experiencia colectiva, y finalmente sin la expresión de las necesidades y exigencias de millones de personas, esta tarea global, gigantesca, nacional, histórica, es resuelta en los sagrados recintos oficiales, en el Secretariado del Comité Ejecutivo Central, según su estado de ánimo o lo que diga tal o cual spetz [tecnócrata]. ¿Podría haber algo más monstruoso?

Si al Politburó[3] lo integraran siete genios universales, siete Marxs o siete Lenines, sería igualmente incapaz, por si solo, y a pesar de toda su imaginación creadora, de ejercer el mando sobre una economía de ciento setenta millones de habitantes. Ese es, precisamente, el eje de la cuestión. El Politburó de los Marxs y los Lenines jamás se hubiera planteado semejante tarea. Pero el Politburó que ocupa el gobierno está integrado por burócratas de segunda categoría, ebrios del poder que le arrancaron al partido, y preocupados, ante todo, por mantener su exagerado prestigio personal.

¿Ha pasado mucho tiempo desde que estos hombrecillos repetían que su mal elaborada fórmula de la alianza de obreros y campesinos era la base de todas las bases? ¿Cuánto hace que adoraban al campesino medio? ¿Y cuánto que ignoraban la existencia misma del kulak? ¿Cuántas eras transcurrieron desde que rechazaron el programa de industrialización planificada en aras de preservar un supuesto “vínculo” entre la ciudad y la aldea? Asustados por las consecuencias de su propia negligencia, se arrojaron a la aventura de la colectivización total. Son veinticinco millones de campesinos aislados, que hasta ayer constituían la única fuerza motriz para desarrollar la agricultura -fuerza ávida, flaca como el rocín del campesino pero fuerza al fin y al cabo- a los que la burocracia trató de eliminar de golpe mediante las órdenes emitidas por doscientas mil oficinas administrativas de granjas colectivas, carentes de equipos técnicos, preparación y apoyo de los propios campesinos.

El exagerado viraje en la distribución del ingreso nacional -de la aldea a la ciudad, de la industria liviana a la industria pesada-, las peligrosas desproporciones dentro de la industria, redujeron demasiado el funcionamiento eficiente de la fuerza laboral y de la inversión de capital. Así, el eslabón económico entre la industria estatal y el campesinado se rompió antes de ser forjado. El chervonets [unidad monetaria oro], en el bolsillo del campesino, guarda con las mercancías la misma relación que el billete de lotería con el premio. La nueva forma del eslabón, que es tan importante para la perspectiva de transformación de la aldea, o sea el eslabón productivo, expresado en tractores y maquinaria agrícola, perdió inmediatamente toda fuerza de atracción a los ojos del campesino en tanto éste no vio sus verdaderos frutos. Hasta el momento han sido colectivizadas quince millones de propiedades campesinas; a las diez millones de empresas privadas se las colocó en una situación tal que queda oculto el hecho de que el trabajo agrícola primitivo, en pequeña escala, es superior a la colectivización realizada de manera puramente burocrática. Así, mediante una combinación de métodos, la burocracia logró debilitar, cuando no matar, en los campesinos todo estimulo para el trabajo. La cosecha, ya de por sí pobre, empezó a disminuir peligrosamente. Cada temporada se reduce catastróficamente el suministro de materias primas para la industria y de alimentos para las ciudades. Las intolerables condiciones de trabajo provocan rotación de la mano de obra en las fábricas, ausentismo por enfermedades fingidas, trabajo a desgano, desgaste de maquinarias, productos mal terminados y, en general, mala calidad en la producción. Toda la economía planificada se derrumba bajo este golpe.

 

Inflación monetaria

 

La burocracia se ha librado no sólo del control político ejercido por las masas sino también del control automático del chervonets. Todas las cifras preliminares relativas al presupuesto económico, la calidad de la producción, costos básicos y productividad del trabajo desaparecieron como el polvo ante el viento de la inflación, que liquidó totalmente la unidad de valor estable. También en este caso se trató de remplazar la realidad económica por la supervisión burocrática; se impuso el evangelio de las “seis condiciones de Stalin” para cumplir la función de un sistema de moneda corriente estable. Es lo mismo que servir en la mesa las páginas de un libro de cocina en lugar de alimentos.

La inflación monetaria significa para las masas un impuesto cada vez mayor a su nivel de vida. Al aniquilar el interés del obrero con el salario a destajo, al provocar la indignación del campesino con la congelación de precios de los productos agrícolas la inflación brinda ganancias inmensas a la especulación y al especulador.

Es mentira que en la construcción socialista no hay que temer la inflación. Por el contrario, durante las primeras etapas de la economía planificada -que abarca una serie de planes quinquenales- la inflación es sumamente peligrosa, por no decir fatal. Precisamente un plan se autorregula al verse obligado a equilibrar los gastos e ingresos sin recurrir a la inflación. Decir que la existencia misma del plan anula el peligro de inflación equivale a afirmar que la presencia de la bitácora en el barco elimina el peligro de que el mismo haga agua. La inflación monetaria se convierte en fuente de inflación crediticia. Las brechas del plan se llenan con papel impreso. Los criterios reales ceden ante los criterios ficticios. Se destruye desde adentro a la economía planificada. En todas las oficinas de la comisión de planificación estatal, donde las instrucciones contradictorias de la burocracia se traducen en estadísticas, habría que colgar el siguiente cartel de advertencia: “La inflación es la sífilis de la economía planificada”.

 

¿ Quién se impondrá?

 

El elevado costo de las granjas colectivas prematuras, rudimentarias, burocráticas y la ruptura del eslabón entre la agricultura y la industria paralizan la voluntad del campesino en el terreno de la actividad económica. Para restaurar parcialmente los intereses personales del campesino la dirección stalinista ha legalizado el mercado libre dentro de límites bien precisos, enmascarándolo con el rótulo jesuítico de comercio de granjas colectivas. La exclusión de los comerciantes -intermediarios- en la legalización del comercio privado provoca una tremenda inestabilidad en los precios, una carrera de especulación atomizada y, por consiguiente, más irracional. Los precios en los mercados superaron inmediatamente los límites fijados por el gobierno soviético en mil, mil quinientos o dos mil por ciento. Como es lógico suponer, el campesinado colectivizado envió el pan y otros productos a los mercados ajenos a la órbita estatal. “En eso consiste el aspecto negativo del comercio de las granjas colectivas”, afirma Stalin, aunque sin sacar conclusiones. ¡“Aspecto negativo”! Pero el solo hecho de que el campesino colectivizado prefiera los canales del comercio privado y la especulación al comercio planificado con el estado significa que el eslabón económico entre el estado y el campesinado ni siquiera ha comenzado a forjarse.

El libre comercio, al elevar a las alturas más extremas el nivel del termómetro que registra los precios, puso al descubierto la enfermedad maligna que corroe al organismo económico. La lucha contra ese mal exigía una revaluación radical de los planes económicos y una revisión no menos radical de los métodos administrativos. Sin embargo, la burocracia, asustada ante los hechos registrados, resolvió atacar el fenómeno y no la causa. Molotov proclamó la inmediata “regulación” de los precios del mercado. Parece que los centros económicos ya han empezado a tomar esa medida. ¡Como si fuera posible bajar la temperatura del organismo afiebrado disminuyendo el punto cero en la escala del termómetro! Es necesario curar la economía. Es necesario reconocer abiertamente que la pregunta ¿quién se impondrá?, digan lo que digan las baladronadas oficiales, no sólo no está resuelta sino que las condiciones necesarias para su resolución han empeorado enormemente como resultado de la coerción burocrática, incesante y descoordinada, sobre el tejido vivo de la economía.

La superposición de los precios, fijados convencionalmente con los del mercado libre; la transición de la recolección planificada de los productos de las granjas colectivas -es decir, la apariencia de comercio entre el gobierno y el campesinado- a los impuestos sobre los cereales, la carne y la leche; la lucha, no por la supervivencia sino contra la misma muerte, contra el pillaje masivo de las propiedades de las granjas colectivas y el ocultamiento masivo de dicho pillaje; la movilización militar a ultranza de todo el partido para la lucha contra el sabotaje de los kulakis, después de haber “liquidado” al kulak como clase; simultáneamente con todo esto, la desnutrición en las ciudades, la vuelta al sistema de tarjetas de racionamiento y, por último, la restauración del sistema de pasaportes: ¿qué significan estas medidas, independientemente de que sean o no acertadas, sino el retorno, en 1932, a esa cruenta lucha entre las tendencias capitalistas y socialistas que caracterizó los años 1918-1919?

La burocracia se aferra cada vez más fuertemente a la palanca administrativa en lugar de destrozar la máquina que restringe el interés personal del campesino, teniendo en cuenta la verdadera situación de la agricultura. Se ha resuelto “poner” al frente de las granjas colectivas, que se supone son cooperativas de producción voluntarias, a comunistas que obedezcan las órdenes del centro gobernante. Al mismo tiempo, el Comité Ejecutivo Central atestigua que los comunistas de las aldeas se impregnan del espíritu de la oposición campesina, lo que significa que hay que efectuar una purga masiva. Mientras tanto, se necesita no menos de un millón y medio de comunistas para ocupar los puestos de mando en las granjas colectivas.

¿De dónde los van a sacar?

Imponer una dirección económica sobre las granjas colectivas de acuerdo con los deseos del partido significa socavar no sólo las granjas colectivas sino también la autoridad del partido; supone sustituir la tarea de la competencia económica por una nueva dosis de coerción administrativa; y de ninguna manera implica superar la NEP sino retroceder al “comunismo de guerra”, si bien en un plano histórico más elevado.

 

Balance del Primer Plan Quinquenal

 

El cierre del Primer Plan Quinquenal coincidió con una agudización de las dificultades económicas como no se veía desde la Guerra Civil. Pero la burocracia lleva una doble vida: una para mostrar, otra que es ... la realidad. Extrapola esta dualidad a todos los terrenos, incluso al de las estadísticas económicas. Stalin insiste, cronómetro en mano, en que si el plan se cumplió en un 93,7% y no en un 100% sólo se debe a que la amenaza de la intervención japonesa, imposible de prever en el momento de su formulación, se trago ese 6,3% que falta. En otras palabras, las previsiones del CEC quedaron confirmadas por el cumplimiento de un plan gigantesco, que constituye la primera experiencia hecha por la humanidad en ese terreno. El proceso abarca la vida de toda una nación de ciento setenta millones de habitantes y, para colmo, fue formulado con cinco años de anticipación!

En el mejor de los casos, esta asombrosa precisión en la identidad entre el proyecto y la realización debe suscitar la mayor desconfianza hacia el informe en cualquiera que conozca el abecé del problema. Basta señalar que, según reconoció Molotov, la productividad de la industria creció en 1932 en un 8,5%, contra el 36% que marcaba el plan anual! ¿Adónde habrá ido a parar esa inmensa rémora, así como las de años anteriores? Stalin bien puede presentar estadísticas falsas para engañar así conscientemente a los obreros y campesinos. Las cifras del informe se dan siempre en rublos. Esta herramienta elástica constituye la clave para comprender la asombrosa coincidencia de los datos iniciales con los finales. Por ejemplo, en las estadísticas referidas a la construcción, el tremendo excedente en el saldo de inversiones aparece como una gran hazaña que supera con amplitud lo previsto inicialmente en el plan, cuando, en realidad, los resultados materiales de la construcción están muy retrasados respecto de las cifras previstas.[4]

Nada más lejos de nuestro pensamiento que considerar el cumplimiento del plan como algo librado a la buena de Dios: el cumplimiento de los objetivos del plan quinquenal en seis, siete u ocho años nos hubiera parecido un éxito grandioso, siempre y cuando se paliaran las desproporciones y se elevara el nivel de vida de las masas. Pero es precisamente respecto de estos criterios, que son los más importantes, donde las pruebas resultan más desfavorables.

Los creadores del plan proclamaron que su tarea consistía en “elevar al país a un nivel de desarrollo material y cultural nuevo, jamás visto”. Para los dos primeros años se preveía una disminución de la escasez de mercancías, para los dos años siguientes el comienzo de la superabundancia de bienes. Durante el quinto año, el consumo de productos industriales debía aumentar, según los diversos rubros, en un ciento cincuenta, un doscientos y un doscientos cincuenta por ciento. Se calculó un aumento del veinticinco por ciento en el consumo de carne, del cincuenta por ciento en el de productos lácteos, etcétera. Pero la realidad demuestra una intolerable escasez de mercancías, la provisión de pan ha disminuido enormemente la carne y los productos lácteos se han convertido en artículos de lujo. Y la única respuesta a todo esto es la nueva teoría de que el socialismo no es la organización de la sociedad en función del consumo. ¡Este consuelo se asemeja demasiado a una burla! En medio de las nuevas fábricas, talleres, minas, granjas colectivas y soviéticas, los obreros y campesinos se sienten rodeados por fantasmas gigantescos, indiferentes ante los destinos humanos. Las masas están presas de una gran desilusión. La población consumidora ya no entiende para qué empeña al máximo sus fuerzas productivas.

Si Stalin hubiera confesado abiertamente: “Los resultados obtenidos no coinciden con los esperados porque descuidamos mucho, sobrestimamos muchísimo y no cumplimos muchísimo más”, las masas trabajadoras por supuesto no le habrían cantado ditirambos a la dirección, pero se hubiesen hecho cargo de la confesión y, probablemente, le habrían permitido a la dirección un respiro adicional. Pero Stalin dijo que el plan era maravilloso, y así la dirección alcanzó la cumbre y lo proyectado se cumplió a la enésima potencia. Si es así, ¿qué pasa con los lamentables resultados obtenidos? Stalin les impone a las masas la idea de que no es él, Stalin, el que está equivocado, sino que son los mismos elementos del plan. La burocracia identifica su propia ceguera con el socialismo y, mientras salvaguarda su propia reputación de infalible, desprestigia el socialismo ante los obreros y, sobre todo, ante los campesinos. Parecería que la burocracia tratara conscientemente de obligar a las masas a buscar una salida fuera del socialismo.

 

El Segundo Plan Quinquenal

 

La Decimoséptima Conferencia del partido, reunida en febrero de 1932, aprobó las directivas del Segundo Plan Quinquenal. Para ello se fijó un coeficiente anual de crecimiento industrial del veinticinco por ciento. Stalin explicó que en el proceso de especificación y cumplimiento se superaría ese coeficiente. La Oposición de Izquierda lanzó su advertencia contra los saltos mortales en la industrialización. Pero sus militantes fueron acusados de contrarrevolucionarios, encarcelados e incomunicados.

Once meses más tarde, en enero de 1933, Stalin declaró sorpresivamente que el coeficiente de crecimiento del Segundo Plan Quinquenal sería del trece por ciento anual. Nadie osó contradecirlo ni hacer referencia a las resoluciones del año anterior. De esa manera los resultados del Primer Plan Quinquenal sepultaron los proyectos fantásticos del Segundo sin dar tiempo siquiera a que éste remplazara a aquél. En la actualidad, no existe ningún Segundo Plan Quinquenal. Tampoco hay la menor posibilidad de elaborarlo, en vista de la situación caótica de la economía al cierre del Primero. El plenario de enero bosquejó sólo vagas directivas. Pasará bastante tiempo hasta que se formule el Segundo Plan Quinquenal, que sufrirá más de un cambio.

De hecho se demostró que el corriente año, 1933, no entra en ese plan. Las cifras de control se han establecido independientemente de la perspectiva general. Es evidente que al proyectar el plan para 1933 se pretendía paliar las desproporciones y ocultar los enormes vados heredados del Primer Plan Quinquenal.

Los informes de Molotov y Orjonikije[5] trataron de ridiculizar nuestra propuesta de poner al año 1933 bajo el signo de la “reconstrucción general de la economía soviética”. Los informantes declararon que en 1933 se construirían nuevas empresas.

¡ Como si nosotros excluyéramos este hecho, como si insistiéramos en remendar los zapatos viejos y no en “reconstruir” la economía en su conjunto! La lucha por hacer volver la balanza al punto de equilibrio supone necesariamente seguir construyendo; pero el título de ese capítulo debe ser “corrijamos los errores del pasado”, no “acumulemos nuevos errores”.

Así, bajo los golpes de una crisis que no previó y cuya existencia no reconoce abiertamente, después del estallido la dirección se ha visto obligada a retroceder en el terreno de la industrialización como antes en el de la colectivización. Sin embargo, realiza sus maniobras de retirada en forma furtiva, parcial, carente de plan, ocultando el significado de sus acciones tanto a los demás como a sí misma, para mantener y aun redoblar sus métodos de mando descaradamente burocráticos. El nuevo zigzag de la táctica stalinista constituye una prueba irrefutable del profundo disloque de la economía soviética; pero el stalinismo es absolutamente incapaz de encontrar una vía para salir del desastre.

 

Las tendencias bonapartistas en el partido

 

Con este trasfondo de silencio forzoso e irresponsabilidad, los peligros inherentes a la crisis económica se duplican o triplican. Cuanto más cae la dirección en bancarrota, cuanto más despóticos son los métodos que emplea, más aumenta la resistencia de las personas y las cosas. La camarilla gobernante parte del supuesto de que toda discordancia, oposición, resistencia, insatisfacción, pasividad y fricción, engendradas por los escollos objetivos, los cálculos errados y las privaciones, reflejan la actividad del enemigo de clase. La burocracia que hasta 1928 proclamaba que el peligro de los kulakis era un señuelo inventado por la Oposición de Izquierda descubre ahora, después de “la liquidación de los kulakis como clase”, que el peligro kulak está aquí, allá, en todas partes, dentro de las granjas soviéticas y colectivas, en los depósitos de tractores y maquinarias, en las fábricas, talleres e instituciones estatales, en las organizaciones partidarias, en el seno mismo del Comité Central. La burocracia, cuando se mira al espejo, no reconoce que la imagen que contempla es la del “saboteador” que cree ver a cada paso. Por otra parte, es cierto que el disloque de las relaciones económicas y el aumento del descontento general constituyen un caldo de cultivo para los gérmenes de la contrarrevolución burguesa.

Con su avance violento, las desproporciones económicas -empezando por la escisión entre la ciudad y la aldea y terminando por los “restos” y “remanentes” de psicología burguesa en el kulak- aumentan en el país la insoportable tensión de la política económica, lo que obliga a la burocracia a continuar con la supresión de toda actividad social soviética, alimentando así el embrión maligno del régimen bonapartista.

La represión se convierte en el principal método de administración económica. La recolección de semillas y los preparativos para la siembra de primavera toman todos los rasgos de una guerra civil. La lucha contra el desgano, provocada por la apatía, fruto del hambre, se realiza mediante castigos brutales. Se enfrenta la escasez de alimentos con expulsiones en masa de las ciudades. La prensa saluda la introducción del sistema de pasaportes como una victoria del socialismo.

El timonel de la Revolución de Octubre, el constructor del Partido Bolchevique y del estado soviético, es aplastado, destrozado, pisoteado, desmoralizado u obligado a refugiarse en la clandestinidad. La dictadura del aparato que aplastó al partido ha sido remplazada por la dictadura personal. Esta escoge, dentro del aparato, a los elementos dignos de confianza. En efecto, ya nadie cree en el “líder” cuya infalibilidad ha provocado una serie de desastres terroríficos. Todos saben y comprenden que las tácticas de Stalin lo han llevado a un callejón sin salida y que él mismo no sabe hoy lo que hará mañana. Pero cuanto más apoyo pierde el aparato entre las masas, cuanto mayor el aislamiento de los dignos y más dignos de confianza, más sentido es el homenaje que se tributa a la sagacidad del “amado líder”. El juramento personal de lealtad ha remplazado completamente la lealtad hacia el programa. Sólo se permite la publicación de los artículos y discursos que repiten las máximas proféticas del líder. La voz de toda la prensa soviética se ha convertido en la voz del servilismo más grosero y repugnante. ¡Es imposible contemplar la profanación del programa del partido, la bandera pisoteada de la Revolución de Octubre, sin llorar de vergüenza!

 

La defensa de la URSS

 

Es de por sí evidente la enorme importancia de las conquistas de la industrialización desde el punto de vista del fortalecimiento técnico del Ejército Rojo y de la Armada Roja. La situación mundial impone a las fuerzas armadas de la Unión Soviética un papel de importancia excepcional, tanto en el oeste como en el este. Pero precisamente en este terreno la política de las ilusiones puede resultar peligrosa y criminal. No cabe reducir el Ejército Rojo a la mera técnica militar. En la guerra, el rol del pan y la carne no es menor que el de las municiones de artillería; la importancia del caballo no es inferior a la del tractor. Los obreros y campesinos son las reservas de las fuerzas vivas del ejército. El estado de ánimo de los trabajadores determina el estado de ánimo del ejército. En una guerra de grandes proporciones, la técnica militar es una consecuencia de la economía en su conjunto, a la que exige coherencia interna y capacidad de funcionar sin desperfectos.

Si Stalin quiere justificar las privaciones materiales que sufren los trabajadores como el sacrificio que éstos colocan en el altar de la defensa del estado, esta explicación es tan falsa como las cifras finales del Primer Plan Quinquenal. En realidad, la brecha que separa a la industria de la agricultura golpea directamente al ejército y drena el poderío soviético en la escena internacional. Los imperialistas japoneses no podrían hacer gala de tamaña insolencia, ni el fascismo alemán gozaría de tanta libertad de acción, si la economía soviética no hubiera llegado a tan alto grado de desorden. La religión stalinista del pacifismo, tanto en su variedad Ginebra como en su variedad Amsterdam, es la religión de la debilidad. Hoy la principal defensa del estado proletario pasa por la desintegración del capitalismo mundial. Pero si bien éste es un elemento muy importante, no constituye el único medio de defensa. Para ganar la iniciativa a escala mundial es necesario rehabilitar los cimientos económicos del estado soviético.

 

La Comintern stalinizada

 

Si dejamos de lado por un momento los daños provocados consciente e inconscientemente por la burocracia, la difícil situación interna de la URSS tiene su origen en el atraso económico del país y el aislamiento internacional del estado obrero. Pero ello es fruto de las tácticas de la Comintern. La sobrestimación jactanciosa de las conquistas internas de la URSS es tan criminal como la subestimación de las tareas de la revolución internacional. Es absolutamente esencial construir la economía soviética, paso a paso fortaleciendo así los cimientos de la dictadura del proletariado y preparando los elementos de la sociedad socialista del futuro... pero eso no basta. Si la burguesía europea aplasta a los obreros con el garrote del fascismo y retrasa por décadas el triunfo de la revolución, no habrá éxito económico que pueda salvar a la Unión Soviética. El problema del cerco capitalista nos lleva a considerar la estrategia y tácticas de la Internacional Comunista, su cadena de errores y crímenes.

Dentro de la URSS, la burocracia stalinista, que dispone de los poderosos recursos del estado, podría seguir ocultando durante unos cuantos años la bancarrota de su política y malgastando el capital social de la revolución, pero sin provocar consecuencias desastrosas. En la arena mundial, donde es obligatoria la lucha franca contra la socialdemocracia y todas las demás fuerzas de la sociedad burguesa, la política del centrismo burocrático ha demostrado ser, en todos los países y hasta el último rincón de la tierra, un sabotaje sistemático, si bien inconsciente, a la revolución proletaria. En los últimos diez años los aportes de la dirección stalinista a la lucha de la vanguardia proletaria internacional no consistieron más que en errores, confusión, desmoralización y derrota. Bulgaria, Alemania (1923), Estonia, nuevamente Bulgaria (1924), China (el período del bloque con Chiang Kai-shek y todas las tácticas empleadas posteriormente), Inglaterra (el Comité Anglo-Ruso), España (el período de la revolución): he aquí un inventario geográfico, necesariamente incompleto de los inmensos daños perpetrados por la burocracia centrista en el terreno de la revolución internacional. Ningún “pacto de no agresión” compensará en lo más mínimo el creciente aislamiento de la Unión Soviética.

No queda un solo miembro sano en el organismo del capitalismo mundial. El reformismo apuró hasta el fondo la copa de su sagacidad servil y obsecuente, y aparece ante el proletariado con toda su impotencia, marcada por su traición. En la Unión Soviética -insisten los stalinistas- se ha cumplido el plan quinquenal y se garantiza el socialismo. ¿Qué espera, pues, la Comintern para derrocar a las organizaciones socialdemócratas, podridas hasta la médula, agrupar en torno a sí a las masas proletarias para dirigirlas a la conquista del poder? A pesar de ello, el comunismo oficial, en todas partes, pierde posiciones e influencia, se aísla de las masas, y finalmente es expulsado de los sindicatos. En el mejor de los casos las secciones de la Comintern sirven ahora de lugares de paso para los desocupados.

El proceder de la Comintern en Alemania es la culminación trágica del derrotismo internacional de la fracción stalinista. Si se hubiera impuesto conscientemente el objetivo de salvar de la desintegración a la socialdemocracia, agobiada por sus crímenes, y allanarle al fascismo la vía más corta al poder, no habría podido formular una táctica mejor que la que empleó. Stalin llevó a Chiang Kai-shek al poder como sí se tratara de un aliado; le facilitó a Hitler su ascenso al garantizar la división del trabajo entre las burocracias socialdemócrata y comunista. Ocultándose tras fraseologías diferentes, ambas encabezaron y siguen encabezando una política de derrota, de dispersión de fuerzas y cobardía. Los resultados saltan a la vista. Servir al enemigo de clase mientras aparenta librar una lucha irreconciliable contra él: ¡he ahí la maldición que pende sobre el centrismo!

 

Los agrupamientos en el PCUS y en la Comintern

 

El curso de los acontecimientos en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética demuestra que la crisis económica se ha transformado en crisis de la revolución; ésta se abre camino en forma cada vez más resuelta, desde abajo hacia arriba, a través de los aparatos estatal y partidario.

La élite de la fracción stalinista, agrupada en torno a un “líder” plebiscitario en el que ya no confía, hace esfuerzos denodados por no caer. La primera premisa para lograrlo es impedir el despertar del partido. La represión contra la oposición ha llegado a un grado superior al de 1928, cuando se prometió “liquidar” de una vez por todas a toda oposición. Los golpes principales, lógicamente, van dirigidos contra los bolcheviques leninistas, la única fracción cuya autoridad ha crecido inconmensurablemente y sigue en aumento.

Dos hechos muy recientes son sumamente reveladores del estado del partido: el arresto y deportación de los dirigentes de la Oposición de Izquierda que se entregaron hace cuatro años y la capitulación total y definitiva de los dirigentes de la Oposición de Derecha. Un par de meses después de la ruidosa deportación de Zinoviev y Kamenev a Siberia, Stalin arrestó a I. N. Smirnov, Preobrashenski, Ufimtsev, Ter-Vaganian[6] y a alrededor de cien militantes de la Oposición de Izquierda ligados a los anteriores. Es necesario captar la importancia de este hecho en toda su magnitud. Todos ellos viejos bolcheviques que constituyeron el partido, lo sostuvieron en los años de clandestinidad, participaron en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil y crearon con nosotros la fracción bolchevique leninista. Cuando la presión de la escasez de alimentos obligó a Stalin a virar abruptamente hacía la industrialización planificada y la lucha contra el kulak (febrero de 1928) un sector importante de la Oposición de Izquierda se asustó ante la perspectiva de una ruptura, creyó en el viraje y capituló ante la burocracia. El impacto político de este hecho fue muy grande, puesto que fortaleció la posición de la burocracia stalinista y durante mucho tiempo dificultó el ingreso a las filas de la Oposición de Izquierda. Hoy hacemos el balance de la experiencia realizada por los capituladores honestos, sinceros, no arribistas: ¡tras deportar a Zinoviev y Kamenev, Stalin arrestó a Smirnov, Preobrashenski, Ufimtsev y demás! Este golpe a la dirección estuvo precedido, el año anterior, por el arresto de varios cientos de capituladores de base que se habían adelantado a sus dirigentes en el retorno a la senda de la Oposición de Izquierda. Durante los dos últimos años se ha operado un cambio verdaderamente grande en la conciencia del partido, porque los reagrupamientos en la cumbre no son sino reflejos tardíos y diluidos de los procesos profundos que se producen en el seno de las masas. He aquí una demostración extraordinariamente clara del poder latente de una línea política correcta y consecuente: individuos aislados y grupos que sobresalen inclusive por sus cualidades revolucionarias suelen a veces pasarse al campo enemigo, bajo la influencia de circunstancias eventuales, pero, en última instancia, la marcha de los acontecimientos los obliga a volver a la vieja bandera combatiente.

La capitulación absoluta de Rikov, Tomski y Bujarin tiene un significado enteramente diferente, pero no menos sintomático. Las falanges políticas de estos dirigentes penetran profundamente en el campo del enemigo de clase. Más de una vez comentamos que la agudización de la crisis de la revolución inevitablemente llevaría a la pequeña cabeza bolchevique de la Oposición de Derecha a chocar con su fornida cola contrarrevolucionaria. Ya llegó ese momento. Alarmados por el estado de ánimo de sus propios partidarios, los dirigentes de la Oposición de Derecha se arrodillaron ante la dirección oficial. Y pudieron practicar esta operación quirúrgica con relativa facilidad ya que, por feroz que fuera la lucha en determinados momentos, seguía siendo una pugna entre los matices de izquierda y derecha en el campo del centrismo burocrático.

De esta manera, la capitulación de los dirigentes de la derecha refleja la diferenciación operada en el seno de la Oposición de Derecha que, si bien seguía siendo amorfa en el último período, era indudablemente la agrupación más grande. Decenas de miles de trabajadores, incluyendo algunos miembros del partido, descorazonados por el aventurerismo económico de la burocracia y engañados por la demagogia antitrotskista, gravitaron hacia el bando de los dirigentes del ala derecha, proceso tanto más natural cuanto que, con toda honestidad, tendían a interpretar la política de Stalin como la aplicación directa del “trotskismo”. La diferenciación en el seno del ala derecha significa liberar a estos elementos proletarios de las influencias termidorianas y su acercamiento inevitable a la Oposición de Izquierda, ya que en el presente los rasgos verdaderos de ésta comienzan a aparecer nítidamente a la luz de su propia experiencia personal.

Las características de los agrupamientos políticos en el partido comienzan a aparecer con nitidez, y su nivel de reservas surge con toda claridad. En concomitancia con ello, “Oposición Obrera” y “Centralismo Democrático”[7] han desaparecido de la escena política. Los elementos proletarios de estos grupos intermedios de la oposición de los últimos años se vuelven hacía los bolcheviques leninistas, la única fracción que posee un programa claro, probado al calor de los acontecimientos, y que no ha arriado sus banderas un solo instante.

Se puede observar, aunque no tan claramente, que a nivel internacional se desarrolla un proceso análogo. Durante el período en que el centrismo dominante, incapaz siquiera de plantearse el problema de un congreso internacional, renunció completamente a dar respuesta a las cuestiones más candentes de la revolución mundial; durante el período en que el ala derecha (brandlerista), en virtud de las leyes centrífugas que gobiernan al oportunismo, dejó de existir como tendencia internacional, los bolcheviques leninistas, y sólo ellos, fueron capaces de celebrar una conferencia internacional en las difíciles circunstancias imperantes; en ella respondieron claramente a los problemas más importantes y de más difícil solución que conoció el movimiento proletario mundial desde que comenzó la etapa posleninista.

Sea cual fuere la senda que tome el desarrollo de la revolución proletaria en los próximos años -depende directamente del resultado de la lucha contra el fascismo en Alemania y del cambio de rumbo en la URSS-, es indudable que a la Oposición de Izquierda se le ha abierto un período de alza a nivel internacional. Dos sectores, los centristas y los reformistas, hacen ceremonias oficiales para honrar el quincuagésimo aniversario de la muerte de Marx. Pero de ahora en adelante, el destino del marxismo revolucionario, es decir, de la generación política bolchevique, está indisolublemente ligado al de la Oposición de Izquierda.

 

La reconstrucción fundamental de la economía

 

Al evaluar las posibilidades y tareas de la economía soviética, los bolcheviques leninistas no parten de la abstracción hueca del socialismo en un solo país sino del verdadero proceso histórico en sus relaciones con el mundo y sus contradicciones vivas. Solamente los cimientos construidos por la Revolución de Octubre pueden salvar al país de correr la misma suerte que China o la India, y garantizar, en esta época de transición, verdaderos éxitos en el camino de la transformación de la sociedad capitalista en socialista. Las discusiones relativas a nuestra supuesta “negación” del carácter proletario de la Revolución de Octubre constituyen una mezcolanza de escolasticismo, ignorancia y mentiras. El meollo del problema reside en que es imposible seguir distintas líneas sobre las bases políticas y sociales de la Unión Soviética. Lo que resta por resolver es: ¿cuál de ellas?

Para curar una economía que la dirección de los epígonos ha desorganizado en tan alto grado, vale decir, para mitigar las desproporciones, fortalecer el vínculo entre la ciudad y el campo, crear una unidad monetaria estable y mejorar la situación de los trabajadores, es necesario, en primer término, poner fin a los enredos y mentiras de la burocracia. El término que mejor define el carácter general de las medidas económicas impuestas por la situación imperante es la palabra retirada. Justamente porque se ha colectivizado tanto terreno de un solo golpe el gobierno obrero no encuentra los medios para impedir el derrumbe de las granjas colectivas. Las medidas de represión demostrarán, inevitablemente, su impotencia. La única vía correcta es la de sacrificar la cantidad en aras de mejorar la calidad. En el plano político, se puede formular la misma tarea en estos términos: sacrificar espacio para ganar tiempo.

Es necesario evaluar la fuerza de las tendencias centrifugas que actúan en las granjas colectivas y presentarles una salida racional apelando al campesinado pobre, al obrero agrícola y a los mejores elementos de las granjas colectivas. Hay que mantener y desarrollar las granjas colectivas que hayan demostrado su viabilidad o puedan demostrarla en el futuro próximo. Y esto sólo puede ser evaluado en base a los recursos disponibles y al interés personal que prueben sus integrantes.

Desde luego, los stalinistas volverán a decir que nuestra disposición a retroceder de la colectivización del sesenta por ciento a la colectivización del cuarenta o del veinticinco por ciento (el porcentaje debe ser determinado a través de la realidad económica, y no fijado burocráticamente a priori) es “capitulación”, “restauración del capitalismo”, etcétera. Si es así, que estos valientes nos digan por qué no cumplieron su intención original de colectivizar toda la tierra. Que expliquen por qué decretaron una meta imaginaria, cuya realización resultó imposible, y de la cual la burocracia comenzó ya a batirse en retirada. No hay que dejarse asustar por las mentiras pseudorrevolucionarias que ésta proclama. Huir de las conquistas revolucionarias sin presentar batalla equivale a traicionar. Pero evitar el aventurerismo burocrático es una exigencia del realismo revolucionario. Respecto de la economía rural, lo que hay que hacer en primer término y a toda costa es volver a imponer la vigencia de la consigna: ¡Dirigir, no arrasar!

Es inevitable que la diferenciación en el seno del campesinado se prolongue por un período largo. Habrá granjas colectivas ricas y pobres; dentro de algunas granjas aisladas no sólo subsistirán las diferencias sociales sino que se agudizarán junto con el desarrollo de las fuerzas productivas. Y por encima de todo eso, ¡quedan diez millones de predios en manos privadas! Con la masa campesina se debe establecer una relación tal que le impida a la “liquidada” clase de los kulakis enfrentar al campesinado contra el estado soviético. Hay que ponerse de acuerdo con el campesino. Hay que hacerle concesiones al campesino medio. Pero sin dejar de fortalecer económicamente a los pobres de las aldeas mediante sistemas impositivos, crediticios y cooperativos, provisión de tractores y maquinarias adecuados, etcétera. También es importante tener en cuenta algún sistema de estímulos para la acumulación con respecto a los campesinos individuales, a las granjas colectivas más prósperas y a los campesinos colectivizados más pudientes. Es evidente que se debe rechazar la locura de la liquidación mecánica total, absoluta e incondicional del kulak. Es preciso comprender y reconocer que el kulak existe no como “resto” o “remanente psicológico” sino como factor económico y social. Finalmente hay que volver a la línea de limitar sistemáticamente las tendencias explotadoras del kulak; hay que hacerlo seriamente, durante un período prolongado, prácticamente hasta el triunfo del proletariado en Occidente.

Semejante sistema de actividades combinadas sólo podrá ser aplicado con éxito si se organiza a los sectores empobrecidos del campesinado en un sindicato de campesinos pobres, que será el principal baluarte del partido en la aldea.

Se requiere subordinar el ritmo de industrialización a la tarea de recuperar el equilibrio dinámico de la economía en su conjunto. Hay que poner fin a la práctica de perpetuar los errores que contiene el plan simplemente porque las instrucciones de ayer los santificaron. Se debe revisar drásticamente el programa de tareas fundamentales y eliminar de inmediato todas las que superen las posibilidades reales del país. La pérdida inevitable de miles de millones será la salvaguarda contra la pérdida de decenas de miles de millones en el futuro.

Desde ahora puede afirmarse con certeza que el coeficiente de crecimiento industrial del diez por ciento, fijado para 1933 con el único objetivo de no romper demasiado violentamente con las primeras etapas aventureristas de ayer resultará absolutamente irrealizable. En 1932, la industria creció en un 8,5%, contra el 36% que estipulaba el plan. Hay que tomar como punto de partida los logros reales de 1932 para poder incrementar los coeficientes mediante el fortalecimiento gradual de la infraestructura.

Al disminuir los ritmos, se liberarán recursos que deben canalizarse inmediatamente hacia el consumo y la industria liviana. “Es necesario mejorar a toda costa la situación de los trabajadores” (Rakovski). Durante la construcción del socialismo la gente tiene que vivir como seres humanos. No podemos perder de vista que se trata de una perspectiva de décadas, y no de una campaña militar o un “sábado”[8] o simplemente un caso aislado que requiere una concentración excepcional de fuerzas. El socialismo será obra de las generaciones futuras, pero hay que organizar las cosas de manera tal que las generaciones actuales puedan cargar con todo su peso. Se debe reimplantar un sistema monetario estable, que será el único regulador digno de crédito de la economía planificada en esta etapa de su desarrollo. Sin ello, la locomotora de la economía planificada de ninguna manera llegará a la cima de la montaña.

 

¡Por un régimen partidario honesto!

¡Por la democracia soviética!

 

No se necesita una nueva revolución para salvar y fortalecer la dictadura. Bastará con una reforma profunda, global y muy bien pensada. El problema reside en quién lo hará. Y no es cuestión de personas o camarillas, sino del partido.

Todo el mundo sabe que el partido dominante en la URSS debe ser purgado de agentes del enemigo de clase, arribistas, termidorianos y simples buscadores de tarjetas de racionamiento. Esta tarea no compete a la camarilla burocrática, sólo el propio partido revivido, y más exactamente su núcleo proletario, es capaz de librarse de elementos extraños y hostiles.

La estrangulación que sufrió el partido en los últimos diez años es la contrapartida de los interminables ataques contra la Oposición de Izquierda. Será imposible reanimar al partido si la Oposición no retorna a sus filas. Esa es nuestra primera reivindicación, y llamamos a todos los comunistas, jóvenes comunistas y obreros conscientes a apoyarla.

Dirigimos también esta consigna a la Oposición de Derecha. No confiamos en las selecciones de Stalin-Menjinski-Iagoda,[9] que no se guían por el criterio de los intereses de la revolución proletaria sino por los de su camarilla. La expulsión del partido de los verdaderos oportunistas -ni qué hablar de los elementos termidorianos- debe realizarse abierta y libremente, por voluntad de las masas partidarias.

Está en juego la suerte del partido y del régimen soviético. Lenin consideraba que la democratización del gobierno era la tarea más importante de la dictadura. “Todos los cocineros deben aprender a gobernar”. El proceso real ha sido el opuesto. El número de gobernantes no creció hasta incluir a “todos los cocineros”; se redujo a un solo chef, y para colmo especialista en platos muy condimentados. El régimen político se ha vuelto intolerable para las masas, así como el nombre del líder de ese régimen les resulta cada vez más odioso.

Ya en 1926 se acusó a Stalin de prepararse para ocupar el puesto de sepulturero del partido y de la revolución. En el curso de los últimos seis años, casi llegó a cumplir ese papel. La consigna “¡Abajo Stalin!” se difunde por todas partes, dentro y fuera del partido. No es necesario explicar el origen y la creciente popularidad de este “proverbio”. Pero para nosotros es incorrecto; el problema no atañe a la persona de Stalin sino a su fracción. Es cierto que en los dos últimos años su alcance se ha reducido enormemente. Pero todavía abarca a miles de funcionarios del aparato. Otros miles y decenas de miles que han abierto los ojos respecto de Stalin siguen apoyándolo por temor a lo desconocido. A la consigna “¡Abajo Stalin!” se la puede entender, e inevitablemente llegará a tener ese contenido, como una consigna por el derrocamiento de la fracción que ocupa actualmente el poder y, más aun, por el derrocamiento del aparato. Lo que queremos no es derrocar el sistema sino dirigir los esfuerzos de los mejores elementos proletarios a reformarlo.

Desde luego, hay que poner fin al régimen bonapartista de un solo líder a quien todos deben adorar; hay que poner fin a esta perversión vergonzosa de la concepción del partido revolucionario. Pero lo importante no es la expulsión de individuos sino el cambio de sistema.

La camarilla stalinista difunde persistentemente el rumor de que la Oposición de Izquierda no volverá al partido si no es con la espada en la mano, y que su primera tarea será vengarse implacablemente de sus adversarios. Debemos refutar, repudiar, denunciar esta calumnia venenosa. La venganza no es una actitud política. Los bolcheviques leninistas jamás se dejaron arrastrar por ese sentimiento en el pasado; menos aun lo harán en el futuro. Demasiado bien conocemos las razones históricas que empujaron a decenas de miles de militantes del partido al callejón sin salida del centrismo burocrático. Nuestra motivación son las necesidades de la revolución, no la venganza. No hacemos excepciones apriorísticas. Estamos dispuestos a trabajar hombro a hombro con todos los que se muestren a favor de la reconstrucción del partido y que deseen impedir la catástrofe.

¡Por un régimen partidario honesto! Esto significa un régimen que permita a los militantes del partido decir de viva voz lo que piensan, que elimine el engaño, marca de fábrica del monolito stalinista, que no tenga dirigentes vitalicios, que reelija libremente todos los organismos de dirección en congresos del partido, que posea un aparato para servir al partido y un partido para servir a la clase obrera.

¡Por La democracia soviética! Quiere decir que el partido dirige la dictadura proletaria pero no estrangula las organizaciones de masas de los trabajadores por el contrario, fomenta su iniciativa e independencia. Debe introducirse el voto secreto en los sindicatos y soviets para la elección de sus organismos ejecutivos. Este es uno de los medios más importantes para disciplinar el aparato y subordinarlo al partido. Esta medida tiene que ser aplicada gradualmente, extendiendo sus alcances según los resultados de su puesta en práctica.

Los grupos surgidos históricamente en el seno del Partido Bolchevique deben realizar todas sus actividades en el marco de los estatutos. Mediante una discusión libre de persecuciones y calumnias personales hay que preparar un congreso de emergencia del partido. Solo la lucha logrará tal objetivo. Los bolcheviques, de a cientos y de a miles, deben elevar su voz de protesta contra la camarilla usurpadora que pisotea al partido y conduce la revolución a la ruina. “¡Exigimos un congreso partidario honesto!” Que esta consigna unifique a la Oposición de Izquierda con todos los militantes del partido dignos de ese nombre.

Y con respecto a la Comintern hay que desplegar la misma actividad. Solo un cambio radical de su política, sobre todo en Alemania, podrá salvar a la Tercera Internacional de una degeneración mayor y del derrumbe total. También en este caso el viraje político es inseparable del cambio de régimen. El primer paso debe ser el reingreso a la Oposición de Izquierda en todas las secciones. El segundo paso, que todas las secciones nacionales se reúnan en congresos democráticos. El congreso mundial de la Internacional Comunista es la consumación de la tarea.

La Oposición de Izquierda ha expuesto en numerosos documentos su posición programática sobre todo lo que atañe a la revolución mundial y la ha consolidado en las tesis de la preconferencia internacional de los bolcheviques leninistas celebrada a principios de febrero del corriente año. La Oposición de Izquierda reingresará a las filas de la Comintern con ese programa, y no con la espada de la venganza. Ya en el próximo congreso mundial pondrá ese programa sobre la mesa.

Hace dos años y medio, la Oposición de Izquierda hizo sonar la alarma ante el peligro del fascismo alemán. La burocracia stalinista, con la complacencia y ceguera que la caracterizan, nos acusó de “sobrestimar” al nacionalsocialismo, e inclusive de “histeria” Los hechos proporcionaron las pruebas inapelables.

Hoy -no por primera vez, pero sí con fuerza decuplicada- hacemos un llamado ante la situación de la URSS. En este caso, el peligro inmediato no es externo sino interno. Su fuente principal es el centrismo burocrático.

Llamamos a todos los revolucionarios auténticos, a todos los obreros conscientes, a todos los leninistas que siguen siéndolo, a luchar contra el peligro. La tarea es difícil y la lucha costará vidas. Pero hay que librarla hasta el fin. Hay que estrechar filas, fortalecer a los cuadros, extender los vínculos. Ninguna represión, ninguna provocación, ninguna persecución paralizará nuestros esfuerzos, porque el trabajo de la Oposición de Izquierda dentro del partido se realiza en una atmósfera cada vez más favorable.

¡Bolcheviques de la Unión Soviética, bolcheviques del mundo! ¡La economía soviética corre peligro! ¡La dictadura del proletariado corre peligro! ¡La revolución internacional corre peligro!

La historia ha colocado sobre todos vosotros, sobre todos nosotros, una responsabilidad inconmensurable.



[1] ¡Señal de alarma!. The Militant, 18 y 25 de marzo de 1933.

[2] El Partido Social-Revolucionario (SR o eserista): expresión política de los narodnikis (populistas) rusos. Antes de la Revolución de octubre era el partido de mayor influencia en el campesinado. Kerenski fue dirigente de su ala derecha. Los eseristas de izquierda integraron un gobierno de coalición con los bolcheviques después de la revolución, pero no tardaron en pasar a la oposición “desde la izquierda”; organizaron acciones contrarrevolucionarias.

[3] El Buró Político (Politburó): organismo máximo de dirección del PCUS, aunque teóricamente estaba subordinado al Comité Central. El primer Buró Político, formado en 1919, estaba integrado por Lenin, Trotsky, Kamenev, Krestinski y Stalin. En 1922 se sumaron dos miembros más. En 1933 sus miembros eran Stalin, Andreiev, Kaganovich, Kalinin, Kirov, Kosior, Kuibishev, Molotov, Orjonikije y Voroshilov.

[4] Estudiaremos el balance del Primer Plan Quinquenal detalladamente en un libro sobre la economía soviética que se encuentra en preparación [Nota de León Trotsky]

[5] G.K. Orjonikije (1886-1937): dirigente de la fracción stalinista, tenía a su cargo la industria pesada. Aun no se conocen les circunstancias de su muerte.

[6] Ivan N. Smirnov (1881-1936): bolchevique de le Vieja Guardia, fue un héroe de la Guerra civil, sobre todo en Siberia. Como miembro de la Oposición de Izquierda, fue expulsado del partido en 1927. En 1929, tras su capitulación, fue rehabilitado y nombrado director de las fábricas automotrices de Nijni-Novgorod. Fue arrestado nuevamente el 1º de enero de 1933, y permaneció en la cárcel hasta 1936, año en que fue juzgado y ejecutado. Evgueni A. Preobrashenski (1886-1937): secretario del Comité Central del PC en 1920-1921, autor de La nueva economía (1926), donde analiza los problemas de la economía soviética. Miembro de la Oposición de Izquierda, fue expulsado del partido en 1927, rehabilitado en 1929, expulsado en 1931 y nuevamente rehabilitado poco después. Apareció en público por última vez en el Decimoséptimo Congreso del Partido (1934) donde, al igual que otros ex militantes de la Oposición de Izquierda se autocriticó por su pasado y denunció a Trotsky. Durante las purgas siguientes se negó a firmar una confesión y fue fusilado sin juicio previo. Vagarshak Ter- Vaganian (1893-1936): bolchevique de la Vieja Guardia, fue el dirigente de la revolución soviética en Armenia. Escribió numerosas obras referidas al problema nacional, y fue el primer director del periódico comunista Pod Znameniem Marxisma (Bajo la Bandera del Marxismo). Miembro de la Oposición de Izquierda fue expulsado del partido en 1927, capituló en 1929 y fue enviado al exilio en 1933. Ejecutado después del primer juicio de Moscú.

[7] Oposición obrera y Centralismo Democrático eran fracciones del PCUS que surgieron a principios de la década del 20, en vida de Lenin; sus posiciones eran semisindicalistas y ultraizquierdistas. Se aliaron a la Oposición Conjunta en 1926 y sus dirigentes fueron expulsados y exiliados junto con los de la Oposición de Izquierda. Los principales dirigentes de la Oposición Obrera fueron A.G. Shiliapnikov, comisario de trabajo, y Alexandra Kollontai. Los principales dirigentes de los decemistas o centralistas democráticos eran Vladimir M. Smirnov y T.V. Sapronov.

[8] Se llamaba sábados rojos a las jornadas de trabajo voluntario de la Guerra Civil, durante los que se efectuaban trabajos en los transportes, la construcción, etcétera, sin retribución.

[9] Henry Iagoda: jefe de la policía secreta. Supervisó la organización del primer juicio de Moscú de 1936 pero fue juzgado y ejecutado él mismo en el de 1938.



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