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Una entrevista narrada por C.A. Smith[1]

 

 

29 de agosto de 1933

 

 

 

Fue todo muy emocionante. Me condujeron a medianoche a una estación de París; me hicieron tomar un tren sin que yo supiera cual era mi destino; siguien­do instrucciones, abandoné el tren a determinada hora; me reconoció un camarada, al que se le había enviado telegráficamente una descripción mía; luego, otro viaje; para ser admitido tuve que atravesar varios obstáculos, y finalmente León Trotsky en persona me saludaba con calurosa afectividad.

Inmediatamente nos pusimos a trabajar y durante diez horas, interrumpiendo solamente para comer, importuné con mis preguntas a uno de los más distin­guidos revolucionarios del mundo. Imposible no dejarse impresionar por la enorme vitalidad de ese hombre y no quedar seducido por su franca y entusiasta amabilidad. La clara exposición analítica, complemen­tada con abundantes y vividas imágenes y efectivas metáforas, hacían de la conversación un deleite tanto intelectual como estético.

"Usted sabe -dije- que en la Conferencia de París de partidos socialistas revolucionarios el Partido Laborista Independiente votó en contra de la moción principal (porque consideramos desequilibrada y exagerada la condena a la Comintern) y también en contra de la propuesta de formar una Cuarta Interna­cional. En consecuencia, nos interesa especialmente saber: a) sus críticas principales a la Comintern; b) por qué desecha usted la posibilidad de reformarla; c) qué actividades propone encarar."

Las críticas de Trotsky, expresadas con gran elo­cuencia y claridad, se dirigen tanto a la política como a la organización de la Internacional Comunista. Respec­to a esta última, señaló que es burocrática y corrup­tamente burocrática la primera. Está prohibida la discusión, se considera la crítica como una deslealtad y se expulsa como herejes a todos los que se oponen a los dirigentes burocráticos.

La autocrítica bolchevique, dijo Trotsky, es una gloria del pasado. En los viejos tiempos, aun durante la Guerra Civil la libertad de discusión era total. En el Ejército Rojo había una perfecta disciplina militar con severos castigos, pero en las discusiones políticas los soldados, como miembros del partido, frecuentemente atacaban a Lenin (así como al propio Trotsky) o al conjunto del Comité Central y los criticaban despiada­damente. Durante la Guerra civil se reunió un congreso por año, y hubo congresos extraordinarios en situacio­nes de emergencia; ahora hace cinco años que no se convoca al congreso de la Comintern.

El Buró Político del Partido Comunista de la Unión Soviética cambia por decreto a los funcionarios del presidium de la Comintern. Brandler, el dirigente del Partido Comunista Alemán, criticó la política de la Comintern en Alemania. Le llamaron a Moscú y allí lo tuvieron detenido varios años; finalmente logró escapar con métodos extraordinarios. Si alguien se niega a ir a Moscú cuando le ordenan que se presente es inmediatamente expulsado del partido.

Esta supresión de la crítica interna, insistió Trotsky, es producto de la determinación de la fracción stalinista de mantener el control aferrándose a una política equivocada. Pero el propio dominio burocrático influye en la política. La mentalidad burocrática desconfía esencialmente de las masas y en consecuencia desa­rrolla las características comunes a la burocracia de todas las épocas y lugares. Específicamente, la actual burocracia rusa se diferencia de las burocracias bur­guesas de los países capitalistas en que la primera desea mantener a la Unión Soviética y las otras quieren liquidarla. Sin embargo, son genéricamente idénticas en sus perspectivas y sus métodos.

Se toman decisiones sin consultar a la base y se utiliza toda clase de mentiras, ocultamientos y repre­siones para obligar a aceptar la línea planteada por el Ejecutivo, que a menudo no tiene ningún contacto con la situación que pretende controlar. Además, la burocracia nunca se atreve a admitir sus errores, tanto más graves cuanto más se considera infalible a sí misma. La catástrofe alemana constituye el ejemplo más evi­dente de esta negativa a admitir los errores.

Trotsky declaró que la línea aplicada allí por la In­ternacional Comunista fue trágicamente errónea, y mu­chos de los dirigentes comunistas más capaces asilo reconocieron. Llevó a los obreros alemanes a un desas­tre seguro, ya previsto anteriormente. Sin embargo, in­mediatamente después, la Internacional Comunista de­claró solemnemente que su línea había sido correcta.

La historia del Comité Anglo-Ruso refleja la misma desconfianza en las masas; en esa ocasión la Interna­cional Comunista reconoció a la burocracia sindical como representante de los obreros, aun durante su traición a la huelga general de 1926 y, lo que es peor, después de ella. La desconfianza burocrática se demostró en los terribles errores de conducción que cometió la Internacional Comunista en la revolución china, a la que colocaron bajo la dirección del Kuomintang bur­gués, el que, como lo había predicho Trotsky, pronto la traicionó masacrando y torturando a los revolucionarios.

La desconfianza burocrática se demuestra repeti­damente, continuó Trotsky, en la actitud de la Internacional Comunista hacia las demás organizaciones; a pesar de la consigna de "frente único por abajo", el objetivo no es tanto movilizar a los trabajadores revolucionarios sino apoderarse de los aparatos organi­zativos. Todo esto, reforzado por el control financiero de la burocracia de la Internacional Comunista sobre sus secciones nacionales, crea una mentalidad depen­diente, de obediencia ciega, que es la antítesis del espíritu critico e independiente propio de un revolu­cionario.

"¿Cuáles fueron los errores de la Comintern en Alemania?", interrumpí.

"Los errores se continuaron durante diez años: se dejó pasar la situación revolucionaria en 1923 (ocupa­ción del Ruhr);[2] se planteó el levantamiento armado después que la relación de fuerzas cambió completa­mente en contra del proletariado; se dio un vuelco hacia el ’coqueteo’ con la socialdemocracia (1925-1926); se dio otro giro hacia el aventurerismo (’tercer periodo’, conquistar la calle, etcétera); política radicalmente falsa hacia los sindicatos; se sustituyó el trabajo edu­cativo por el ’ultimatismo’; se crearon minúsculos sindicatos paralelos, es decir, se aisló al partido de la clase; se lanzó la teoría del social-fascismo renunciando a la política de frente único; se hizo agitación nacio­nalista adaptándose al fascismo (’liberación nacional’ de Alemania, participación en el plebiscito prusiano junto con los nazis);[3] se destruyó sistemáticamente todos los grupos de autodefensa creados por las organizaciones obreras locales.

"La socialdemocracia y el fascismo no son gemelos, como declaró la Internacional Comunista -insistió Trotsky-. Es cierto que la socialdemocracia apoya a la burguesía, pero (y a pesar de los dirigentes traidores) no apoya al fascismo, cuyo triunfo significa el exterminio de la socialdemocracia como partido."

"¿Cuáles son sus críticas principales a la política actual de la Internacional Comunista?", pregunté.

"Fundamentalmente, la teoría del ’socialismo en un solo país’ y la política ’centrista’ que de allí se deriva." Trotsky definió el centrismo como la suma de odas las tendencias que están entre el marxismo y el reformismo y oscilan entre uno y otro. La burocracia de la Internacional Comunista tiende a volverse reformista pero no puede hacerlo porque está ligada al estado soviético. Pero tampoco puede ser revolucionaria porque abandonó la teoría de la revolución mundial. De allí que oscile entre ambos polos y siga siendo centrista.

"En segundo lugar, la teoría del ’socialismo en un sólo país’ no es un principio abstracto sino un problema de vida o muerte. La actual crisis del capitalismo no surge solamente de la contradicción entre las fuerzas productivas y la propiedad privada sino también de la contradicción entre las fuerzas productivas y los estados nacionales. El objetivo del socialismo no con­siste en mantener las fuerzas productivas dentro de las fronteras de un estado aislado sino, por el contrario, en organizarlas a escala mundial. Y esto presupone la revolución mundial, que debería ser la base de la Comintern."

Esto no es incompatible con la rápida industria­lización de Rusia. En 1923 fue Trotsky quien exigió de palabra y por escrito un plan quinquenal, mientras Stalin lo acusaba de optimista. Cuando la burocracia se convirtió al optimismo cayó en el otro extremo y en el error del "socialismo en un solo país".

"¿Está usted de acuerdo en que lo antes posible se haga un boicot de la industria y el transporte a la Alemania fascista?"

"Sí, lo más rápido posible eligiendo el momento adecuado; sólo es un problema de capacidad."

"En la Conferencia de París -dije- el Partido Laborista Independiente exigió una resolución llamando a una manifestación de protesta o a una huelga de duración limitada contra algunas barbaridades espe­cíficas de los nazis, pero se voto en contra."

"Esta vez el Partido Laborista Independiente expresó una política revolucionaria perfectamente correcta", contestó Trotsky.

Luego pregunté: "¿Por qué desespera usted de que la Comintern corrija su política?"

"En primer lugar, porque no hay democracia en el partido y se expulsa a quienes con una actitud crítica pretenden corregir su línea. En segundo lugar, esta lucha no es de origen reciente; comenzó hace diez años. Alemania constituye el ejemplo crucial. Si lo que allí pasó no convence a la burocracia de sus errores, no hay nada que pueda lograrlo. Si el Partido Laborista Independiente todavía va a esperar un tiempo, ¿cuánto lo hará y qué evidencias lo dejarán satisfecho? La destrucción de los soviets, que ahora están en peligro, sería seguramente un precio demasiado alto a pagar por el esclarecimiento del Partido Laborista Inde­pendiente."

"¿Qué cree usted que hay que hacer?"

"Formar la Cuarta Internacional -dijo Trotsky- para nuclear a todos los revolucionarios que aceptan los principios de Marx y Lenin y comprenden que la Segunda y la Tercera Internacional están en bancarro­ta, la primera por su reformismo reaccionario y la segunda por su centrismo burocrático. Sin embargo, nosotros, la Oposición de Izquierda, estamos dispues­tos a hacer un frente único con la burocracia de la Comintern con el propósito específico de defender a la Unión Soviética."

"¿Y qué aconseja usted al Partido Laborista Inde­pendiente?"

"Seguir independiente a toda costa hasta que haya completado su transición del reformismo a la revolución, de sus bases empíricas a bases revolucio­narias. Ustedes necesitan adquirir una visión firme de la teoría revolucionaria del estado capitalista, una evaluación correcta de las fuerzas económicas y sociales, una información adecuada sobre el movimiento de la revolución y la reacción fuera de Gran Bretaña y un plan definido respecto al proceso revolucionario dentro de su país, un plan flexible en los detalles pero rígido en los principios."

Lamentablemente me tuve que despedir para tomar el tren nocturno a París. Más de una vez me volví para saludar la erguida figura del ex dirigente del Ejército Rojo, que seguía haciendo ademanes de despe­dida. Aunque no estaba dispuesto a aceptar todas sus conclusiones, me alegré de haberlo escuchado expresar sus opiniones. Creemos que lo mismo les sucederá a la mayoría de los socialistas revolucionarios británicos.



[1] Una entrevista narrada por C.A. Smith. The New Leader (británico), 13 de octubre de 1933. Charles Andrew Smith, miembro del Consejo Administrativo Nacional que concurrió a la Conferencia de París, fue designado allí por otros dirigentes del ILP para entrevistar a Trotsky en Saint-Palais.

[2] La ocupación francesa del Ruhr de 1923 no constituyó por sí misma la situación revolucionaria en Alemania a la que alude Trotsky sino simplemente precipitó las oportunidades revolucionarias que se le abrieron al Partido Comunista.

[3] Los stalinistas alemanes agitaron en favor de la "liberación nacional" de Alemania para competir con los nazis como adalides del nacionalismo alemán opuesto al opresivo Tratado de Versalles. Sólo los nazis se beneficiaron con esta competencia. En el verano de 1931 los nazis exigieron un referéndum para disolver el Landtag prusiano, lo que significaba liquidar el gobierno socialdemócrata del estado más poblado de Alemania. Los stalinistas alemanes primero apoyaron a los socialdemócratas contra los fascistas, pero al recibir órdenes de Moscú cambiaron abruptamente de posición y apoyaron la campaña fascista por el plebiscito. Los obreros prusianos se rebelaron contra esta estupidez y se negaron a votar, de modo que los fascistas recibieron menos de la mitad de los veinticinco millones de votos necesarios para ratificar el referéndum. A menudo se hace referencia a este incidente llamándolo "el referéndum rojo".



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