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Notas de un periodista[1]

 

 

12 de diciembre de 1933

 

 

 

Koltzov en París

 

Con sus cables desde París, Koltzov, el corresponsal de Pravda, mantiene informados a los obreros rusos sobre la marcha del juicio de Leipzig. He aquí lo que escribe:

"Karwahne, ex trotskista y actual diputado nazi al Reichstag, ocupa el sitial de los testigos. El rol que jue­ga actualmente se corresponde muy bien con su pa­sado [...] Lo más notable de la deposición de Karwahne es que está enteramente dedicada a la defensa del gru­po trotskista de Katz, que luchó, según él, contra el insoportable régimen interno del Partido Comunista Alemán. Un diputado fascista defendiendo las tesis trotskistas en un juicio fascista y en presencia de com­batientes comunistas que van a ser condenados a muerte: ¡ésta es la cosecha de las semillas sembradas por las enseñanzas trotskistas!"

Los stalinistas se pasaron y siguen pasándose al nacionalsocialismo de a decenas de miles. Muchos actuaron como testigos en el juicio de Leipzig. Por supuesto, entre los renegados podría haber algún ex miembro de la Oposición de Izquierda. Pero ni el grupo de Ivan Katz ni Karwahne tuvieron nunca la menor conexión con "el trotskismo". Karwahne no sólo renunció a las ideas del Partido Comunista, del cual fue miembro alguna vez, sino también a las ideas semianarquistas del grupo de Ivan Katz. Sin embargo, Koltzov se niega a perdonarle su pasado. Koltzov es inexorable en lo que hace al pasado. ¿Será tal vez por­que su propio pasado no es totalmente inmaculado?

No, ésa no es la razón. Koltzov es la consumación del arribista. En la época de la Revolución de Octubre fue el más furioso enemigo de los bolcheviques, durante la Guerra Civil andaba por Ucrania trabajando para los periódicos de Petlura y de otros guardias blancos. Después que el Ejército Rojo echó a los blan­cos de Ucrania apareció en Moscú. Muy consciente de que no tenía otra alternativa, Koltzov ofreció poner su brillante pluma al servicio de la dictadura proletaria, naturalmente a condición de que se le diera vivienda y una payok [tarjeta de racionamiento] privilegiada. El entonces director de Pravda, Bujarin, se vio en un aprieto considerable. "Su pluma es muy brillante -dijo- pero su personalidad es horriblemente sucia."

Después del surgimiento de la Oposición de Iz­quierda, durante mucho tiempo, Koltzov no supo qué camino tomar y trató de asegurarse por ambos lados. Además, por un problema de constitución congénita, ya se había acostumbrado a menear el rabo delante de Sosnovski,[2] el más destacado e influyente de los perio­distas soviéticos. Cuando se envió al exilio a los dirigentes de la Oposición de Izquierda (diciembre de 1927), Koltzov comenzó a echar pestes sobre Sosnovski para purificarse totalmente ante los ojos de los gober­nantes.

No le salió del todo barato. En el Teatro Bolshoi de Moscú la esposa de Sosnovski le abofeteó la cara. Los miembros de la Oposición de Izquierda, pero tam­bién hasta los más rígidos burócratas, aplaudieron calurosamente el "gesto" de la enérgica revoluciona­ria; todos, sin excepción, estuvieron de acuerdo en que nunca una cachetada llegó tan expeditiva y apropiadamente a destino.

Después de esta breve información biográfica, confiamos en que no harán falta mayores comentarios sobre los comunicados parisinos de Koltzov respecto al "trotskismo" de Karwahne.

 

Una calabaza en la oficina del director

 

Pravda entra en éxtasis al describir cómo un direc­tor de una planta productora de instrumentos de precisión se ocupa al mismo tiempo de un jardín, una man­tequería, una granja de conejos, etcétera. "Este verano -escribe el periódico-, durante la sequía, los obreros se iban al término de la jornada de trabajo con sus baldes al sovjoz [granja estatal] y regaban [...] las plantas para salvarlas de la sequía." Se nos habla aquí de la huerta de una fábrica. ¿Pero qué pasa, en este caso, con la jornada laboral de siete horas? Pravda, todavía transportada por el éxtasis, nos informa sobre los resultados del doble trabajo: "las cocinas de la fá­brica estarán totalmente provistas de verduras [...] No se destinará ni una mínima parte al uso individual de los obreros." ¡Qué situación tremenda en cuanto a la provisión de alimentos trasluce este patético artículo!

 

"No solamente, sino también"

 

En 1920, para salvar el sistema de transporte, el congreso del partido, siguiendo la recomendación de Trotsky, instituyó las llamadas secciones políticas en los servicios ferroviarios. Eran organizaciones del par­tido especialmente seleccionadas y militarizadas que controlaban los sindicatos del transporte y las organizaciones partidarias locales. Esta medida de emergen­cia produjo resultados positivos; el transporte mejoró. Pero los obreros adoptaron una actitud hostil hacia estas secciones políticas que infringían la democracia sindical. A comienzos de 1921 se las removió y se restauró el orden normal.

Hoy las secciones políticas controlan una vez más el transporte, pero ahora con poderes irrestrictos. Zimin, el jefe del directorio político, no se demostró demasiado optimista al describir en un informe público la situación en los ferrocarriles, y especialmente los resultados logrados con la restauración de las secciones políticas. A cada momento denuncia las actividades de los blancos, los enemigos y los saboteadores y no deja de señalar que todo esto ocurrió "ante los propios ojos de los comunistas".

El informante no ofrece ninguna explicación de esta falta de interés por parte de los comunistas. Como lo hace notar Zimin, las reformas administrativas introdu­cidas por las secciones políticas fueron continuamen­te resistidas. "Hay que remarcar -dice- que el sabo­taje es corriente no solamente entre los sectores infe­riores sino también dentro del aparato dirigente en las estaciones y en el NKPS [comisariado del pueblo de transporte]" En esta frase casual está impecablemente expresado el espíritu del actual régimen soviéti­co. Durante los primeros años posteriores al cambio los centros de sabotaje eran las oficinas, departamentos y organismos administrativos de toda clase, manejados por los antiguos especialistas. La lucha contra el sabotaje se hacia a través del control desde abajo, de los obreros de base. Hoy esta relación se ha vuelto cabeza abajo: lo que enfurece a Zimin es que el sabotaje tiene lugar no solamente entre los obreros -que es, por así decirlo, lo natural- sino también en los sectores supe­riores, cuya misión es preservar el régimen. Sin que­rerlo, el dictador político del transporte definió a la perfección las bases políticas de toda la dictadura stali­nista.

 

Cómo mejorar la calidad

 

Los redactores de Pravda no explican nada, no critican nada, están más allá de todo. Ellos "llaman la atención", "ponen a consideración" y "exigen explicacio­nes inmediatas". Como está a la orden del día el pro­blema de la calidad de los productos (para ser más pre­cisos, hace años que sucede), Pravda, en un tono que no admite oposición, da normas para mejorar el acero, el calicó y el transporte.

¿Y qué pasa con la calidad del propio Pravda? Evidentemente no hay nadie que le "llame la atención" y lo "ponga a consideración". Mientras tanto, la calidad de este periódico, que dispone de excepcionales recursos y posibilidades, es bajísima. Se imprime en el peor papel; se distingue entre los periódicos de todo el mundo por su color ceniciento y su textura porosa. La impresión es horrible, la tipografía feroz. Pero lo peor es el propio periódico como tal. En lugar de noticias, una charla incesante. En lugar de artículos políticos, decretos administrativos. Cada columna desborda de loas al "líder genial", al "más grande teórico", etcétera. Y todo esto escrito en el estilo de algún funcio­nario frustrado al que se puso a cargo de la "ideología" porque no sirve para ninguna otra cosa.

 

El enemigo de clase

 

Hacia fines de octubre los ingenieros, técnicos y obreros de la mina Butovka, en la región del Don, hicieron públicos en una carta a Stalin los éxitos alcan­zados. "La primera victoria -escriben- no fue fácil; los agentes del enemigo de clase, ocultos tras la blusa del minero, nos hicieron una oposición furiosa y en las tinieblas de las minas llevaban a cabo sus oscuros designios, tratando de descomponer las máquinas, inun­dar los pozos y obstruir las vetas."

"El enemigo de clase oculto tras la blusa del minero" no es otro que el obrero descontento. El resu­men de la carta muestra con trágica elocuencia que no se trata de elementos aislados y desmoralizados sino de una lucha de masas, de una guerra civil en las minas. Si no fue fácil vencer el sabotaje, se debió a que los vencedores no contaban con apoyo de masas. Los autores de la carta no se hacen ilusiones en cuanto a la estabilidad del "triunfo" en tales condiciones. "No vamos a dejar que las cosas queden aquí -escri­ben-; no podemos hacerlo. Sabemos que el enemigo de clase y los saboteadores no han sido aplastados. Se ocultan esperando el momento oportuno para ejecutar su trabajo destructivo."

Pese a la terminología bizantina que se ven obliga­dos a utilizar, los autores de la carta señalan claramente cómo y por qué el obrero se convirtió en un enemigo de clase. Al enumerar los triunfos la carta admite casualmente que "en lo que hace a la elevación de las condi­ciones de vida y culturales [...] todavía continuamos retrasados". ¿Qué se esconde detrás de estas palabras? Su inventario de éxitos y triunfos nos responde parcialmente: "El cultivo individual está ampliamente extendido en nuestra mina [...] Nuestros cuadros se han asegurado una provisión de verduras para todo el invierno." El periódico destaca en negrita esta última frase para acentuar la profundidad del éxito. Las huer­tas individuales implican que después de una dura jornada de trabajo el obrero tiene que cultivar una pequeña parcela de tierra al estilo de un campesino chino; como consecuencia de esta doble tarea los cuadros obreros, es decir la aristocracia de la mina, tiene garantizada la provisión de verduras para todo el invierno.

¡Esa es la realidad, aun contemplada a través del prisma de los laudatorios despachos oficiales!

 

Purgando al partido

 

Hizo falta una buena cosecha en Ucrania y que Roosevelt reconociera al gobierno soviético para que la burocracia stalinista consintiera graciosamente en convocar el congreso del partido, después de un inter­valo de tres años y medio. El objetivo del congreso no es determinar la política a seguir en las difíciles condi­ciones actuales sino cantar loas a los líderes por estos éxitos episódicos.

Pero aunque se dieron las condiciones mencio­nadas, se creyó necesaria una purga previa a la convo­catoria del congreso. Se realizó en base a variados cri­terios. No cabe duda de que se barrió a cierta cantidad de bandidos y enemigos de clase. Con el régimen actual es imposible calcular el porcentaje que quedó en el partido. Pero el objetivo fundamental de la chistka [purga] era aterrorizar al partido antes del congreso. Por supuesto, el partido está suficientemente atemorizado sin una purga. ¿Pero quién puede decir? ¿Y si la insatisfacción latente en las masas estalla abiertamente en una discusión previa al congreso?... En consecuencia, la preparación del congreso no fue una discusión sino una purga. Esta vez había que eliminar a cualquiera que hubiera evidenciado la menor inclinación a la discusión interna.

Para poder juzgar a través de Pravda la orientación de la chistka se necesita por lo menos tres pares de anteojos. Esta gente se acostumbró tanto a mentir que no puede dejar de hacerlo aun en aquellos casos en que una minúscula partícula de verdad redundaría en beneficio suyo. Pero, de todos modos, una cosa está clara: el "trotskismo" no le deja descansar en paz a la burocracia. Ya no se dice que el "trotskismo" está aplastado y enterrado; por el contrario, la tenden­cia es a exagerar sus fuerzas.

Por todos los artículos y noticias sobre la chistka corre el hilo rojo del trotskismo, y en un doble sentido. Por un lado, se moteja de "trotskistas" a los burócra­tas más comprometidos, cuyas canalladas ya no se pueden ocultar. Por el otro, cae bajo la categoría de "trotskismo" cualquier crítica al burocratismo. Ambos síntomas se excluyen mutuamente. Pero el aparato stalinista no puede admitir a ninguno de los dos; es necesario cargarle al trotskismo la culpa de los crímenes de los stalinistas más odiados por el pueblo, y también es necesario recordarles a los que tienen tendencia a pensar y a ser críticos, a los que son valientes, que si se dejan llevar por sus inclinaciones se los acusará de trotskistas.

Pravda, al resumir los resultados de la purga, se lamenta de los obstáculos que le oponen al aparato los enemigos del partido. "Es característico -escribe el periódico- que en todas estas actividades jueguen un rol muy activo los trotskistas que no han sido descubiertos. Llegan a las chistkas en grupos, desde todas partes, dispuestos a hacer cualquier cosa por salvar a sus compinches para que sigan trabajando. Comúnmente recurren a métodos disimulados. En vez de aparecer abiertamente siembran la semilla de la contrarrevolución haciendo preguntas, acotaciones y dando explicaciones."

Estas palabras tienen el sonido inconfundible de la voz de una burocracia asustada: el enemigo siembra la semilla de la contrarrevolución" con preguntas, acotaciones y explicaciones. ¡Qué tensas deben de estar -o que saturadas de mentiras- las relaciones entre los obreros y los Señores Acusadores si necesitan perseguir con tanta saña las preguntas más ordinarias por temor a que dejen al descubierto la mecánica de la dirección!

 

Incapaces de aprender

 

La resolución del decimotercer pleno del comité ejecutivo de la Comintern (a la que nos referimos minuciosamente en otro lugar de esta edición) nos enseña con gran sabiduría, entre otras cosas, que "el poder soviético es la forma estatal de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, la que garantiza el devenir el devenir de la revolución democrático-burguesa en una revolución socialista (China, etcétera)" La dictadura democrática, a diferencia de la socialista, es una dictadura burguesa (o, accedamos, pequeñoburguesa). Una dictadura burguesa no puede "devenir" en proletaria; entre ellas debe realizarse una revolución proletaria. En una ocasión anterior, la Comintern puso todo su empeño para lograr que el Kuomintang "deviniera" en dictadura del proletariado. Como consecuencia de esa política, el proletaria­do fue totalmente aplastado por el Kuomintang. La Comintern, ni siquiera ahora está dispuesta a cambiar su política a fin de preparar un futuro diferente para el pueblo oriental. La tragedia de Shangai no enseñó nada a los estúpidos del Hotel Lux.



[1] Notas de un periodista. The Militant, 20 y 27 de enero de 1934. Firmado "Alpha". Dicha versión carecía del último párrafo fechado 20 de enero de 1934, traducido por George Saunders del Biulleten Opozitsi, N° 38-39 de febrero de 1934.

[2] Lev Semianovich Sosnovski (1886-1937): destacado periodista soviético, fue, como Rakovski, uno de los primeros partidarios de la Oposición de Iz­quierda y uno de los últimos en capitular.



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