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Hasta la calumnia debe tener algún sentido[1]

Una discusión con los stalinistas que reflexionan

 

 

5 de agosto de 1933

 

 

 

En cualquier ocasión que se les presenta, los stali­nistas repiten que los bolcheviques leninistas, a los que llaman "trotskistas" trabajan en favor de la inter­vención militar a la URSS. Este desvergonzado absurdo tiene el objetivo de desorientar a las personas mal infor­madas. El hombre valiente, honesto, debe decirse: "Es imposible que sea todo un invento; algo de verdad ha de haber en eso." Y, desgraciadamente, en el mun­do hay muchas de esas personas valientes.

¿Cómo comprender el hecho de que "los trotskistas" apoyen la intervención? ¿Significa eso que los bolcheviques leninistas están junto al imperialismo en la lucha contra la URSS, es decir, que están material o políticamente interesados en derrocar el estado obrero con el auxilio militar de la burguesía imperialista? Hay gente que llega a afirmarlo. En la mayoría de los casos se trata de chapuceros arribistas a los que no les interesa en lo más mínimo la intervención, la revolu­ción, el marxismo y las ideas en general; simplemente sirven al patrón del momento, al que no dudarán en traicionar cuando llegue la hora del peligro.

En ultima instancia, estos udarniks [matones] de la calumnia continúan la tradición de los reaccionarios que desde 1914, y especialmente desde 1917, repetían que Lenin y Trotsky eran agentes del estado mayor alemán. Después de quince o veinte años -en el transcurso de los cuales ocurrieron acontecimientos tales como la Revolución de Octubre, la Guerra Civil, la creación de la Tercera Internacional y la lucha intransigente de los bolcheviques leninistas por mantener en alto las bande­ras de Marx y Lenin contra la burocracia en degenera­ción- los stalinistas desenterraron del barro la acusa­ción fabricada por el espionaje militar [zarista], por Miliukov, Bourtzev y Kerenski.[2]

Otros burócratas más prudentes no se animan a plantear la cuestión al estilo del contraespionaje zarista y británico. Agregan una sabia palabra: los trotskistas -dicen- ayudan objetivamente a la contrarrevolución y a la intervención. Esta fórmula que pretende ser obje­tiva carece, en realidad, de todo contenido. Cualquier error del partido revolucionario favorece directa o indi­rectamente al enemigo, pero aquí reside precisamente el problema: ¿quién comete el error? Los bolcheviques leninistas demostramos (y los acontecimientos justifi­caron nuestros argumentos) que la política de la buro­cracia stalinista en China favoreció a la burguesía y al imperialismo extranjero contra los trabajadores, en Gran Bretaña a los reformistas contra el comunismo, en la URSS a los termidorianos y bonapartistas[3] contra la Revolución de Octubre, en Alemania, finalmente, a Hitler contra el proletariado. ¿Es cierto esto, o no? Este es el problema decisivo.

Por supuesto, nuestra crítica no contribuye a elevar el prestigio de la fracción stalinista, pero, ¿se puede poner en el mismo plano el prestigio de la burocracia y los intereses vitales del proletariado mundial? La burocracia stalinista, que dispone abundantemente de los servicios de innumerables publicaciones, periódi­cos, "teóricos", periodistas, ni siquiera intentó refutar nuestras críticas. ¿No es realmente asombroso que la Comintern no disponga de un libro donde se analicen las lecciones que se derivan de los acontecimientos ale­manes de 1923,[4] de la insurrección búlgara y de una cantidad de acontecimientos menos importante?[5] Del mismo modo, después del miserable informe de Heckert le hicieron la cruz al estilo y al análisis de las causas del triunfo del fascismo alemán. Al decir que nuestra crítica es contrarrevolucionaria, la burocracia stalinista lo único que demuestra es que nos rebelamos contra el principio de su infalibilidad. Este principio no requiere demostración; en la URSS cualquiera que lo ponga en duda es expulsado de la organización y ence­rrado en prisión; después se priva de su vivienda y de su pan a la familia del criminal.

¿Pero es correcta o no la crítica de la Oposición? ¿Qué tiene que ver con ella la intervención militar? Sin embargo, en su desesperación por encontrar argumen­tos más efectivos para justificar la exterminación de los leninistas, los stalinistas levantan esta acusación con frecuencia y obstinación cada vez mayores. Su razonamiento se construye más o menos sobre la siguiente base: los "trotskistas" dicen que el socialismo en un solo país es imposible, que en la URSS los kulakis [campesinos ricos] no están destruidos, que la socialdemo­cracia no es fascismo: en consecuencia... los "trotskis­tas" presionan a favor de la intervención. Esta conclu­sión de ninguna manera se desprende de las premisas. No hace falta reflexionar mucho para convencerse de que la conclusión está en contra de las premisas. Los propios stalinistas repitieron en innumerables ocasio­nes que es, precisamente, el éxito en la construcción del socialismo lo que agudiza el odio de los imperialis­tas hacia la URSS y lo que hace más inminente el peli­gro de intervención. Pero, ¿acaso los bolcheviques leni­nistas no declaran que los éxitos reales están lejos de ser tan grandes como lo afirma la fracción stalinista? Entonces, ¿cómo puede esta crítica empujar a la burguesía a la intervención? ¡Que nos lo expliquen ellos!

Nadie que conozca algo negará que la hostilidad de la burguesía mundial se origina en el temor de que la revolución proletaria se extienda a otros países. De cualquier manera, este peligro afecta mas directamente a la burguesía mundial que la "liquidación" de las cla­ses en la URSS. Como bien se sabe, los bolcheviques leninistas acusan a la burocracia stalinista de haber renunciado prácticamente a la política de la revolución mundial. Tengan o no razón, esa acusación debería disminuir y no aumentar el peligro de intervención. Y por cierto hay decenas y centenares de ejemplos que demuestran que la burguesía piensa que la política del "socialismo en un solo país"[6] es mucho más realis­ta, inteligente, "nacional" que la del "trotskismo", es decir, que la política de la revolución proletaria interna­cional. La crítica de la Oposición de Izquierda no puede más que fortalecer las posiciones diplomáticas del stali­nismo. Campbell, que es un burgués serio,[7] demostró la necesidad de reconocer a la Unión Soviética refirién­dose a la aclaración de Stalin de que con la expulsión de Trotsky se liquidó la orientación hacia la revolución mundial. Es cierto que Stalin desautorizó estas pala­bras. Supongamos que no se las dijo a Campbell el propio Stalin sino alguno de sus socios; supongamos que Campbell las puso en boca de Stalin para impre­sionar más. Eso no cambia el asunto en lo mas mínimo. Campbell plantea como rasgo positivo de Stalin lo que la Oposición de Izquierda considera negativo, y la burguesía norteamericana, desde su punto de vista, tiene razón.

De cualquier modo, acusar a la burocracia stalinista de estar nacionalmente limitada no obstaculiza sino facilita las relaciones "normales" e incluso "amisto­sas" con los estados burgueses. ¿Qué pasa entonces con la charla sobre la intervención? Sin embargo, se podría decir que no explicamos con exactitud la base de la argumentación stalinista. Veamos su prensa oficial. Tenemos a mano el último numero de l’Humanité (del 2 de agosto). Superemos nuestra natural repug­nancia ante la calumnia y veamos los argumentos de los funcionarios de l’Humanité. Como ejemplo de contrarrevolución "trotskista" se cita a Simone Weil:[8] "La diplomacia del estado ruso, tanto en caso de guerra como en caso de paz, nos inspira tanta o más descon­fianza que la de los estados capitalistas." Luego citan a Prader, un supuesto trotskista: "El poder que domina en la URSS no tiene nada en común, pese a sus menti­ras, con la Revolución de Octubre." Respecto a estas dos citas, cuya autenticidad no podemos garantizar, los redactores dicen: "He aquí, palabra por palabra, la misma calumnia que aparece en la prensa de los demás rusos blancos[9] o contrarrevolucionarios franceses, en Vozrozdenie [Renacimiento] del general Miller, en Posledni Novosti [Ultimas Noticias] y en Le Populaire[10] de Blum-Rosenfeld."

De modo que los rusos blancos acusan a la diploma­cia soviética de haberse rebajado al nivel de la diplo­macia burguesa o de haber traicionado la herencia de la Revolución de Octubre. ¿Se puede imaginar algo más estúpido o más ridículo? Y con el fin de demostrar lo que es él realmente, el infortunado funcionario trata de volar más alto de lo que en verdad puede: "las acusaciones de ambos bandos coinciden palabra por pala­bra"

En realidad, la prensa de los blancos se esfuerza al máximo para demostrar a los gobiernos burgueses que la burocracia stalinista continúa la tarea criminal de la Revolución de Octubre, que no se limita a objetivos nacionales sino que aspira igual que antes a la revolu­ción mundial, que por eso son errores fatales el Pacto Franco-Soviético de no agresión y el reconocimiento de los soviets por España. En otras palabras, la prensa reaccionaria rusa y mundial se esfuerza en demostrar que la diplomacia soviética no está "europeizada", es decir, que no está aburguesada, y considera esta supuesta negativa al aburguesamiento una base sufi­ciente para la intervención; por lo menos presentan cierta lógica. Pero los stalinistas no plantean más que absurdos. Los blancos odian vehementemente a los soviets, y precisamente por eso buscan argumentos políticos. Es totalmente diferente cuando un funciona­rio defiende una causa que le es extraña; pone en la misma bolsa todos los absurdos que se le vienen a la cabeza.

El funcionario recibe la orden para ese día: relacionar a Trotsky con los emigrados blancos a fin de jus­tificar de ese modo la represión a Rakovski[11] y a miles de irreprochables bolcheviques. ¿Cómo actúa en este caso el indiferente funcionario? Por cierto, no se lanza a una polémica con Trotsky o sus camaradas; de tal polé­mica no saldría nada bueno. No cuenta con hechos ni con argumentos; ¿dónde encontrarlos? Encuentra dos citas aisladas que no guardan ninguna relación con Trotsky y pone a trabajar su cerebro para identificarlas con la posición de los guardias blancos, directamente opuesta en la letra y en el espíritu. Y para demostrar su celo, el funcionario agrega: "palabra por palabra". Ni siquiera se preocupa por dar a su calumnia una apa­riencia de sensatez. No es de extrañarse, entonces, si los obreros avanzados le vuelven cada vez más las es­paldas al deshonesto, ignorante y traidor funcionario.



[1] Hasta la calumnia debe tener algún sentido. The Militant, 16 de septiembre de 1933. The Militant era el periódico de la Liga Comunista de Norteamérica, sección de la Liga Comunista Internacional. Firmado "G.G."

[2] Pavel Miliukov (1859-1943): dirigente del Partido Cadete, fue ministro de relaciones exteriores entre marzo y mayo de 1917 del Gobierno Provisional ruso; notorio enemigo de la Revolución Bolchevique. Vladimir Bourtzev (1862-1942): se ganó su fama por haber descubierto a unos doscientos agentes provocadores infiltrados en el Partido Social Revolucionario. Estuvo contra la Revolución de Octubre y se exilió en París. Alexander Kerensky (1882-1970): fue miembro del Partido Social Revolucionario Ruso y cabeza del gobierno derrocado por los bolcheviques, en 1917.

[3] En el Termidor de 1794 (fue el mes, según el nuevo calendario francés) en que fueron derrocados los jacobinos revolucionarios, encabezados por Ro­bespierre, lo que inauguró una etapa de reacción política que culminó en 1799 con la toma del poder por Napoleón Bonaparte. Trotsky llamaba termidoria­nos a los burócratas soviéticos porque consideraba que su política le preparaba el camino a la contrarrevolución capitalista.

En la década del 30 el bonapartismo fue un concepto central en todos los escritos de Trotsky. Analizaba dos tipos de bonapartismo, el burgués y el soviético. El primero, decía, aparece durante los períodos de aguda crisis social, generalmente con un gobierno que parece elevar por encima de la nación y de las clases en lucha para mejor salvaguardar el sistema capitalista: "Esta­mos frente a una dictadura militar-policial, apenas oculta tras al decorado del parlamentarismo." Pero insistía en que no se puede equiparar el bonapartismo burgués con el fascismo, aunque ambos sirven a los intereses del capital. Recién en 1935 la posición de Trotsky sobre el bonapartismo soviético alcanzó su forma más acabada. Ver su artículo de ambos tipos de bonapartismo en Bonapartismo y fascismo, del 15 de julio de 1934, y en El estado obrero, termidor y bonapartismo, del 1° de febrero de 1935, ambos en Escritos 1934-1935.

[4] En 1923, la invasión francesa al Ruhr, a causa de que Alemania no había pagado a tiempo las reparaciones, provocó una situación revolucionaria que volcó rápidamente a la mayoría de la clase obrera alemana al apoyo al Partido Comunista. Pero la dirección del PC, encabezada por Heinrich Brandler y August Thalheimer, vaciló, perdió una oportunidad excepcionalmente fa­vorable para conducir la lucha por el poder y permitió que los capitalistas alemanes recobraran su equilibrio antes de que terminara el año. La responsabilidad que le cupo al Kremlin por haber desperdiciado esta oportunidad fue uno de loe factores que condujeron a la formación de la Oposición de Izquierda rusa a fines de 1923.

[5] En junio de 1923 fue derrocado por las fuerzas de la reacción el gobierno búlgaro del dirigente campesino Stambuliski. El Partido Comunista permaneció neutral y luego fue ferozmente reprimido por la reacción triunfante y obli­gado a pasar a la clandestinidad. El PC negaba haber sido derrotado y en septiembre intentó revertir la situación con un putch condenado de antemano a la derrota.

[6] El socialismo en un solo país fue la teoría proclamada por Stalin en 1924 y luego incorporada al programa y la táctica de la Comintern. Pasó a ser la cobertura ideológica del abandono del internacionalismo revolucionario a favor de un estrecho nacionalismo y se la utilizó para justificar la conversión de los partidos comunistas de todo el mundo en dóciles peones de la política exterior del Kremlin. Ver la crítica de Trotsky en al libro escrito en 1928 The Third International after Lenin, Pathfinder Press. (En castellano, La Tercera Internacional después de Lenin, Buenos Aires, Yunque, 1975.)

[7] Thomas Campbell. Ingeniero agrícola de Montana, trabajó en la Unión Soviética como consejero técnico. Tuvo una entrevista con Stalin, que narra en su libro escrito en 1932 Rusia, ¿mercado o amenaza? Varios meses des­pués, luego que Trotsky comentó la importancia de las declaraciones de Stalin a Campbell (ver Escritos 1932-1933), aquél negó haber sido correctamente citado.

[8] Simone Weil (1909-1943): intelectual radical francesa que se convir­tió al misticismo y al catolicismo antes de dejarse morir de hambre en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a lo que deja entrever Deutscher en El profeta desarmado, nunca se unió a los bolcheviques leni­nistas.

[9] Rusos blancos, guardias blancos y blancos son las denominaciones que se da a las fuerzas contrarrevolucionarias rusas posteriores a la Revolución de Octubre.

[10] Le Populaire (El Popular): diario del Partido Socialista Francés. O. Rosenfeld era miembro de su redacción.

[11] Cristian Rakovski (1873-1941): figura dirigente del movimiento revolucionario en los Balcanes antes de la Revolución Rusa. En 1918 fue nombrado presidente del Soviet de Ucrania y posteriormente fue embajador en Londres y en París. Fue uno de les primeros dirigentes de la Oposición de Izquierda rusa; en 1928 se lo deportó a Siberia, donde se enfermó, se lo privó de toda atención médica y quedó aislado. En 1934 abandonó la lucha contra el stalinismo, pero su capitulación no lo salvó. En 1938 fue uno de los principales acusados en el tercer juicio de Moscú, donde lo condenaron a 20 años de prisión.



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