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En vísperas del Decimoséptimo Congreso[1]

 

 

20 de enero de 1934

 

 

 

El próximo congreso del partido gobernante en la Unión Soviética se convoca para que dé su aprobación a la dirección política, al plan económico y al trabajo de la Comintern, de acuerdo con fórmulas ya preparadas de antemano. Sin embargo, estas tres cuestiones tan relacionadas entre sí plantean una cantidad de canden­tes interrogantes que el congreso no puede y no quiere responder, no porque esas cuestiones entren en conflicto con los intereses del estado obrero sino porque su sola enunciación es incompatible con los intereses de la burocracia dominante.

En primer lugar, ¿por qué se tardó tres años y ocho meses en convocar el congreso ordinario del partido? Entre 1903 y 1907, cuando reinaban las peores condiciones de lucha clandestina y en el exilio, se reunieron cuatro congresos: en Bruselas-Londres, en Ginebra, en Estocolmo y nuevamente en Londres. Los años de reacción y la declinación total del partido en ese momento interrumpieron la sucesión regular de congresos. Tan solo en 1912 se reunió en Praga una conferencia bolchevique, equivalente a un congreso por su importancia. Ni bien comenzó a resurgir el movimiento revolucionario (1912-1914) estalló la guerra.

En abril de 1917 se convocó una conferencia partidaria, también esta vez tan relevante como un congre­so. Cuatro meses después, en agosto de 1917, en condi­ciones de semilegalidad, se reunió el Sexto Congreso del partido, que sentó las premisas políticas de la Insurrección de Octubre. Ocho meses después se convocó un nuevo congreso partidario para resolver las diferencias sobre Brest-Litovsk. Los cinco congre­sos siguientes se reunieron con intervalos regulares de un año, y cada uno de ellos marcó un momento importante en el desarrollo del partido y de la política soviética. Cada congreso estuvo precedido de una discusión que se llevó a cabo con plena libertad.

Así se funcionaba antes de la muerte de Lenin y de la declaración de guerra contra el "trotskismo". Ya el Decimotercer Congreso y el Decimocuarto se llevaron a cabo con gran demora, provocada por las maniobras burocráticas a espaldas de las masas. Contrariando los estatutos partidarios, el Decimoquinto Congreso se convocó más de dos años después que el Decimocuarto; había que aplastar a la oposición. En el otoño de 1927 el Comité Central decidió -aunque los estatutos no podían acordarle ese derecho- convo­car cada dos años los futuros congresos. Esta resolución no se tomó sin fricciones internas dentro del propio aparato; era difícil explicar abiertamente por qué se privaba al Partido Bolchevique, el partido gobernante, de un derecho de que gozó cuando estaba en la clandes­tinidad revolucionaria: el derecho de controlar a su aparato y darle instrucciones para el futuro. Sin embar­go, el Decimosexto Congreso (junio de 1930) se reunió tan solo dos años y medio después del Decimoquinto (enero de 1928), contraviniendo, así, también, los nuevos estatutos. Finalmente, entre el Decimosexto Congreso y el Decimoséptimo transcurrirán tres años y dos tercios. Durante esos veinte meses en que el Comité Central dirigió por usurpación, no sólo de hecho sino también según la letra de los estatutos, ni una voz de protesta se elevó en el partido. Se debió a dos razones: 1) nadie cree que el congreso del aparato sirva para cambiar nada en la actividad del grupo domi­nante; 2) si alguien, en su simplicidad, tratara de protestar, sería inmediatamente expulsado del partido. En la purga que precedió al congreso se expulso por pecados menores a decenas de miles de personas. Así como en el período clásico del bolchevismo los congresos iban precedidos de una discusión que duraba varias semanas, el actual congreso fue precedido por una purga burocrática que duró medio año. En estas condiciones, el congreso no será más que una llamativa mascarada de la burocracia.

Los liberales y los socialdemócratas a menudo hacen una analogía muy superficial entre el bolchevismo y el fascismo. El difunto Serrati,[2] ex dirigente de los maximalistas italianos y comunista los últimos años de su vida, me dijo en 1924: "Para vergüenza nuestra, Mussolini aprendió de los bolcheviques mas que nosotros." No hace falta explicar que los objetivos de las dos principales corrientes mundiales son irrecon­ciliables: una quiere perpetuar la decadente sociedad capitalista por medio del dominio policial universal, otra quiere liquidar las clases y los estados con los métodos de la dictadura revolucionaria liberando así a la sociedad y al ser humano. Pero los enemigos morta­les a menudo intercambian las armas en el transcurso del combate. Es un hecho que si en su lucha por el poder los fascistas tomaron mucho de los bolcheviques, en el último período la burocracia soviética se familiarizó con muchos rasgos del fascismo victorioso, en primer lugar librándose del control del partido e implantando el culto al líder.

Es imposible leer la prensa soviética sin sentir embarazo y a veces vergüenza; en cada columna, en cada artículo, en cada telegrama e informe de una reunión se rinde honores y loas al "líder" con las mismas expresiones inmutables y universalmente obligatorias. Hasta un periodista como Louis Fischer,[3] que no es muy crítico respecto a la burocracia soviética, tuvo que señalar lo insufrible que resultan estos panegíricos estandarizados.

Es absolutamente evidente la relación entre la deificación del líder y los líderes (a los dirigentes loca­les se los endiosa dentro de los límites de un territorio determinado) y la violación de los estatutos, la aboli­ción de la crítica a la dirección, la convocatoria de los congresos a intervalos arbitrarios, después de purgas más arbitrarias todavía. El conjunto de estos fenó­menos significa la liquidación del partido como entidad política activa que controla, elige y renueva su aparato. La primera pregunta que surge antes de la convocatoria del congreso es: ¿dónde y por qué desapareció el Partido Bolchevique?

El desarrollo social en general y la dictadura proletaria en particular no se ajustan a un proceso y normas puramente racionales. Es ingenuo decir que el estado soviético no es una dictadura del proletariado simplemente porque esa determinada forma de dicta­dura no se corresponde con nuestras concepciones a priori. Pero tan inadmisible como juzgar la realidad de acuerdo a normas ideales, y no menos peligroso, es convertir la realidad soviética en una norma ideal. El fracaso histórico de la Comintern se debe fundamen­talmente a que proclamó como imperativo categórico al estado soviético, o más precisamente a la burocracia soviética. Mientras tanto, tanto el proletariado inter­nacional como la burocracia soviética necesitan urgen­temente una crítica marxista libre, sin obstáculos.

La aspereza de la dictadura está determinada por la necesidad de suprimir la resistencia de las clases dominantes ya derrocadas y minar sus raíces económi­cas. Pero según la teoría oficial esta tarea básica del estado obrero ya está realizada en lo fundamental. El Segundo Plan Quinquenal no hará más que completarla. La Decimoséptima Conferencia del partido ya decidió -resolución que ahora repiten continuamente- que la tarea del Segundo Plan Quinquenal no es sólo la "liquidación de los elementos capitalistas y de las clases en general" sino "la liquidación total de las causas que provocan las diferencias y explotación de clases". En las condiciones que creará el Segundo Plan Quinquenal el poder estatal ya no tendrá nada que hacer. Por supuesto, la lucha contra los enemigos externos exigirá también en una sociedad socialista una poderosa organización militar, pero de ningún modo una coerción gubernamental interna ni un régimen de dictadura de clase. Cuando desaparecen las causas también lo hacen las consecuencias.

En realidad, ninguno de los gobernantes de la URSS cree en esa perspectiva. El Segundo Plan Quinquenal, que calcula la liquidación total y absoluta de las dife­rencias de clase, no prevé mitigar la coerción guber­namental ni reducir el presupuesto de la GPU. La burocracia gobernante no se prepara para abandonar sus posiciones de mando; por el contrario, las refuerza con nuevas garantías materiales. La coerción, aun dentro de los marcos formales del partido, es más dura que durante la Guerra Civil. Además, en todos los discursos y artículos oficiales se plantea la perspectiva de intensificar los métodos de la dictadura. La evidente diferencia entre la perspectiva económica y la política demuestra irrebatiblemente que la burocracia domi­nante no sabe cómo hacer para que ambos extremos se encuentren teóricamente.

Es cierto que los jóvenes teóricos soviéticos intentaron presentar las cosas de tal modo que aparezca que el crecimiento socialista del país y la liquidación de las clases están llevando, ante nuestros propios ojos, a la mitigación y el debilitamiento de las funciones puramente estatales. Algunos les creyeron. Louis Fischer, en una de sus no muy afortunadas incursiones por el reino de la teoría, trató de presentar la fusión del Comisariado de Comercio con los sindicatos como el comienzo de la liquidación del estado. En realidad, se trata sólo de la fusión de dos aparatos burocráticos. Los nuevos estatutos del partido, que serán ratificados por el Decimoséptimo Congreso, plantean un giro decisivo hacia la fusión del estado y del partido -¿pero có­mo?- con el remplazo formal y definitivo del partido y de los soviets de masas por el simple aparato burocrá­tico. No se trata de la "disolución" del estado en el sentido que le da Engels al término sino, por el contrario, de su mayor concentración burocrática. No sorprende que los gobernantes hayan reprendido severa­mente a los descuidados teóricos jóvenes por intentar sacar conclusiones políticas de la "liquidación de las clases"

La disolución del partido en el sentido socialista de la palabra presupone la liquidación de la política en general y por lo tanto también de la coerción estatal, y significa acercarse a un tipo de sociedad anarquista, de ningún modo a un régimen burocrático. ¿Es esto lo que sucede en realidad? En la URSS "la política" desapareció solamente para las masas. Toda la política está monopolizada, centralizada, personalizada. Sería muy ingenuo pensar que la causa de la constante "deificación" del líder está en el mal gusto personal y la obsecuencia oficial. Esta explicación puramente sicológica no explica nada. En realidad, la deificación del líder es un elemento necesario del actual régimen político de la URSS. Dado que a los obreros se les niega la posibilidad de elegir y dirigir su aparato, hace falta otra instancia para resolver los problemas estatales. Hay que dirimir desde arriba los desacuerdos que se suscitan dentro de la burocracia incontrolada, y sólo lo puede hacer el líder, que no es más que la personificación del aparato.

Pero si ahora no se trata de la disolución del estado sino de su intensificación, tiene que haber profundas contradicciones sociales que originen este proceso. ¿Dónde debemos buscarlas?

Radek, polemizando en 1932 con el autor de estas líneas en las columnas de Das Berliner Tageblatt [El Diario de Berlín], nos explicaba con su acostumbrada ligereza que el socialismo no significa más que la nacionalización de los medios de producción y distri­bución; si los hijos de los obreros no tienen leche suficiente hay que atribuirlo a la escasez de vacas y no a la ausencia del socialismo. Pese a su cautivante simplicidad, esta teoría es radicalmente falsa. El socialismo no presupone únicamente la nacionaliza­ción de los medios de producción sino también la capa­cidad de éstos para satisfacer todas las necesidades humanas. Precisamente por esto los pioneros afirmaron que la sociedad socialista sólo es posible con un deter­minado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.

Es cierto que los socialdemócratas sacaron de esta proposición la conclusión reaccionaria de que el prole­tariado ruso no debía tomar el poder. También llegaron a esta conclusión respecto a la Alemania de 1918 y, a través de los oficiales de Noske, se la impusieron por la fuerza a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo.[4] Pero las conclusiones de la socialdemocracia no son menos falsas que las de Radek. La teoría de Kautsky, Otto Bauer, León Blum y otros supone una evolución sumamente armoniosa de las formas sociales; cuando llegan a la necesaria madurez, las fuerzas productivas invitan a los Señores Dirigentes Socialistas a tomar el poder. Todo sucede dentro de los marcos de la democracia, muy cómodamente para todos los protagonistas. Pero en realidad la principal característica del desarrollo histórico es la constante ruptura del equilibrio entre las fuerzas productivas y la política, dentro de las propias fuerzas productivas -por ejemplo entre la industria y la agricultura-, entre el peso social de la burguesía y el del proletariado, entre la fuerza potencial del proletariado y la fuerza real del partido, etcétera. Las contradictorias condiciones históricas obligaron al proletariado ruso a ser el pri­mero en tomar el poder, aunque desde el punto de vista de los "sensibles" cálculos socialistas habría sido infinitamente más ventajoso que lo hiciera antes el proletariado de Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. Sin embargo, si el proletariado ruso hubiera obedecido a los mencheviques y no hubiese tomado el poder en 1917 y nacionalizado los medios de producción, Rusia se habría condenado a sufrir la misma suerte que China.

Sin embargo, con la dictadura del proletariado no desaparecieron las desproporciones del desarrollo cultural tardío y desparejo; simplemente tomaron formas irreconocibles. Las fuerzas productivas de la URSS avanzan ahora en forma nacionalizada, pero todavía están atravesando etapas que los países capitalistas adelantados superaron hace mucho, especialmente si se calcula sobre una base per capita. De aquí surgen, pese a la "liquidación de las clases", las contradicciones sociales de la sociedad soviética y la gran confusión teórica de los dirigentes.

El socialismo, o sea una sociedad con producción y distribución armoniosas, presupone siempre que todos los niños pueden tomar leche hasta hartarse. Si las vacas están nacionalizadas pero su numero es insuficiente o sus ubres están secas, todavía no hay socia­lismo, porque la falta de leche provocará conflictos entre la ciudad y la aldea, entre los koljoses [granjas colectivas], los sovjoses [granjas estatales] y los campesinos individuales, entre los distintos sectores del proletariado, entre todos los trabajadores y la burocra­cia. Precisamente estos agudos y constantes conflictos que inevitablemente adquieren carácter social y, en su desarrollo, un carácter de clase, exigen la poderosa intervención desde arriba, es decir la coerción estatal. A veces vemos cómo la pelea por la leche lleva a la destrucción intencional del ganado, lo que obliga a las autoridades gubernamentales a desnacionalizar la vaca devolviéndola a los campesinos como propiedad privada. Hace muy poco que el gobierno se vio forzado, por las mismas razones, a transferir los caballos a los campesinos para que los utilicen en sus tareas coti­dianas. La clave del enigma de la omnipotencia buro­crática reside en estos simples hechos. Afirmamos, y no sólo a modo de paradoja, que así como algunas religiones antiguas, también a causa de la insuficiencia de ganado, se basaban en el buey Apis, la religión de la soberanía burocrática también se basa en la vaca, no en la que existe sino en la que falta.

Por supuesto, el problema no se agota en la leche; sólo comienza en la leche y el pan. Las contradicciones atraviesan todo el sistema de relaciones económicas y sociales. Pero esta cuestión es demasiado complicada y exige un artículo especial.



[1] En vísperas del Decimoséptimo Congreso. The Militant, 10 de febrero de 1934.

[2] Giacinto Serrati (1872-1926): destacado dirigente del Partido Socialista Italiano y director de su diario central, ¡Avanti!, de 1915 a 1923. En 1920, en el Segundo Congreso de la Comintern, apoyó la posición de mantener la unidad con los reformistas, por lo que le cupo alguna responsabilidad por la derrota de los obreros italianos en el otoño de 1920. Posteriormente entró al Partido Comunista Italiano.

[3] Louis Fischer (1896-1970): fue corresponsal en Europa de The Nation [La Nación] desempeñándose fundamentalmente en la Unión Soviética; escribió varios libros sobre política europea. Trotsky lo consideraba un apologista de los stalinistas.

[4] Gustav Noske (1868-1946): dirigente de derecha de la socialdemocracia alemana y ministro de guerra en el gabinete que aplastó la Revolución de 1918. Karl Liebknecht (1871-1919): primero acató la disciplina socialdemócrata y el 4 de agosto de 1914 votó en el Reichstag a favor de los créditos de guerra. Pero después rompió la disciplina, se opuso públicamente a la guerra y organizó la oposición a ésta. Después que colaboraron en la fundación del Partido Comunista Alemán él y Rosa Luxemburgo fueron asesinados por orden del gobierno en enero de 1919.



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