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El cuatro de Agosto[1]

 

 

4 de junio de 1933

 

 

 

Los que son incapaces de responder a los argumen­tos fundamentales se ocultan tras consideraciones de tipo secundario. Tanto los brandleristas como los sta­linistas se enfurecen por nuestra comparación del 5 de marzo de 1933 con el 4 de agosto de 1914. Si dejamos de lado los arranques de indignación moral, o los simples insultos, todas las objeciones se reducen a lo siguiente: a) en 1914 la socialdemocracia apoyó al gobierno de Guillermo II; la burocracia stalinista jamás dio el menor indicio de que va a apoyar al gobierno de Hitler; b) el Partido Comunista Alemán sigue traba­jando, publicando, en fin, luchando; seria un error "subestimar" sus fuerzas. La socialdemocracia no murió después del 4 de agosto; siguió existiendo, inclu­sive llegó al poder.

Ninguna analogía histórica es válida fuera de ciertos limites que la justifican. Sabemos perfectamente bien que el PC Alemán stalinista es distinto de la socialde­mocracia prebélica y que el 5 de marzo -tanto por su carácter como por sus resultados - es distinto del 4 de agosto. Utilizamos la analogía para decir que, así como el rol progresista del partido de Bebel[2] llegó a su fin en el umbral de la guerra, el papel revolucionario del PC Alemán llegó a su fin en el umbral de la dic­tadura fascista. Quienes complican esta analogía con consideraciones que no guardan relación con el proble­ma demuestran su incapacidad para razonar en tér­minos históricos concretos, es decir, para pensar dialécticamente.

Lenin comparó la paz de Brest-Litovsk con la paz de Tilsit.[3] No es difícil refutar esta analogía con decenas de verdades elementales: Prusia luchaba por su inde­pendencia nacional, los soviets por defender un nuevo régimen social; la paz de Tilsit fue firmada por la mo­narquía, la de Brest-Litovsk por el partido del prole­tariado, etcétera. Pero ninguno de estos lugares comu­nes se refiere a la esencia del problema que nos intere­sa. Nos vimos obligados a firmar la paz de Brest­ Litovsk para no sucumbir completamente ante el ene­migo y reagrupar nuestras fuerzas a fin de seguir lu­chando por la libertad. En este sentido se puede hablar de una "paz de Tilsit".

Los stalinistas y los brandleristas rechazaron tam­bién la analogía entre el régimen prefascista en Alema­nia (gabinetes "presidenciales") y el bonapartismo. Enumeraron docenas de rasgos que diferenciaban al régimen Papen-Schleicher del bonapartismo clásico, ignorando siempre el rasgo fundamental que los hacía similares: la preservación del equilíbrio entre dos cam­pos irreconciliables. No hay nada peor que el pensa­miento pseudomarxista que, presuntuosamente, se detiene precisamente en el punto donde comienza el meollo de la cuestión. La analogía con el bonapartismo, precisada y concretada, no sólo clarifica el rol del últi­mo gabinete Giolitti[4] en su maniobra con los fascis­tas y los socialistas, sino que también da luces sobre el actual régimen transicional de Austria. Ahora ya se puede hablar de la necesidad lógica de un periodo de transición "bonapartista" entre el parlamentarismo y el fascismo. El ejemplo de Austria demuestra la enorme importancia que tiene, o mejor, que debería tener, la demarcación exacta entre el bonapartismo y el fascismo para la aplicación de la práctica política. Pero el pensa­miento formalista en lugar de hacer un análisis social, repite criterios prefabricados y sustituye las analogías concretas y ricas en contenido por débiles palabras ca­rentes de sentido. Por ello, al igual que el buey de la fábula rusa que se encontraba siempre ante una nueva puerta, tales elementos son sorprendidos y golpeados por cada nueva situación histórica.

"La socialdemocracia no murió después del cuatro de agosto." ¿Tratan los sofistas de afirmar que la con­signa del nuevo partido, proclamada después del cua­tro de agosto, era falsa? Obviamente no lo hacen, pero es precisamente allí donde radica el problema. La socialdemocracia continuó existiendo después del cua­tro de agosto pero únicamente como partido laborista democrático de la burguesía imperialista. Su función histórica había cambiado. Fue eso tan solo lo que jus­tificó el nacimiento de la Tercera Internacional.

¿Intentan ellos decirnos que el Partido Comunista Alemán seguirá siendo una organización de masas a pesar de la catástrofe que lo borró para siempre de la mente del proletariado como partido revolucionario? Pensamos que nada puede justificar una hipótesis tal: ella descansa sobre una analogía formal y abstracta con el destino del reformismo. La vieja socialdemocracia agrupaba a elementos revolucionarios junto con ele­mentos oportunistas. El 4 de agosto terminó de elimi­nar a las tendencias revolucionarias y determinó su transformación en un partido demócrata conservador. El Partido Comunista Alemán planteó una tarea revo­lucionaria para sí mismo y para las masas, y por eso debió luchar siempre encarnizadamente contra la socialdemocracia. Precisamente en este terreno de­mostró su bancarrota ante la prueba decisiva. No se regenerará como partido revolucionario. ¿Podrá seguir existiendo de otra forma, con otras funciones políticas? Tal vez, pero no como organización de masas del pro­letariado alemán sino solamente como agencia de la burocracia stalinista. No le queda otra posibilidad política.

Ya en la mañana del 5 de marzo el que comprendía la catástrofe y cuál fue la política que la provocó, podía y debía formular este pronóstico. En ese momento había tan sólo una objeción válida: el partido todavía puede salvar la situación si, bajo la influencia de la te­rrible derrota, efectúa un cambio claro y brusco de su política y de su régimen, empezando por reconocer clara y honestamente sus propios errores. Ya entonces, en base a todo lo ocurrido, creíamos imposible que se produjera el milagro del despertar crítico del partido; pero, aun en el caso de que hubiera ocurrido, el Partido Comunista Alemán no se habría salvado como organiza­ción; algunos crímenes políticos son imperdonables. Pero hoy ya no sirve especular sobre el tema. La prueba ya pasó. Ya ni puede hablarse del despertar político del partido oficial. Al contrario, la burocracia ahogó los últimos chispazos de pensamiento crítico. Nada ilus­tra mejor el derrumbe del PC Alemán que el hecho de que, al día siguiente de la gran catástrofe, en lugar de efectuar un análisis teórico de los acontecimientos, hizo todo lo posible por impedir la clarificación median­te una verdadera campaña de insinuaciones, calum­nias, provocaciones y persecuciones.

Otra objeción podría ser el ejemplo de 1923[5] cuando el partido tampoco cumplió con su deber pero no se derrumbó. No negamos la importancia y las lec­ciones de ese ejemplo; pero hay que sacar las conclu­siones adecuadas. En primer lugar, la forma, los alcances y las consecuencias de la derrota de 1923 no pueden compararse con los de la catástrofe de 1933. En segun­do lugar, los obreros no olvidan el pasado; ahora el par­tido tendrá que pagar por todos los crímenes cometi­dos, incluyendo la capitulación de 1923. Finalmente, el Partido Comunista Alemán exigió en 1923 un cambio general de su aparato dirigente que es lo más importante, desde una perspectiva política. El problema no radi­ca en si el Comité Central era mejor o peor que el anterior sino en el hecho de que el presidium de la Comintern se haya visto forzado a responder al descontento y la protesta general en el partido, expul­sando a la dirección brandlerista para calmar los ánimos. Una maniobra tal ya no es posible: el aparato se halla completamente desvinculado de las masas y no hay caso en corregirlo a través de las elecciones; ante los ojos de las masas, el presidium de la Comintern está excesivamente ligado al aparato de Thaelmann por su lucha contra la Oposición. El hecho de que la burocracia stalinista no sólo niegue los errores que condujeron a la derrota, sino que niega también la derrota misma, sólo sirven para agravar sus errores y llevarla a la ruina total.

Ahora el problema no consiste en tratar de preser­var a un aparato desvinculado de las masas, lo cual sería una tarea reaccionaria y utópica, sino en salvar a los mejores elementos proletarios del estado de indife­rencia, desconcierto y pesadumbre y en sacarlos de su empantanamiento. Es absolutamente imposible lograr este objetivo tratando de inspirar vanamente la fe en un milagro. Es necesario presentar un balance honesto del pasado y conducir las fuerzas de los obreros avanzados hacía la construcción de un partido bolchevique para una nueva etapa histórica.



[1] El Cuatro de Agosto. The Militant, 8 de julio de 1933.

[2] August Bebel (1840-1913): fundó, junto con Wilhelm Liebknecht, el Par­tido Socialdemócrata alemán. Bajo su dirección, el partido se volvió una potencia. Esta dirección rechazó formalmente el revisionismo pero es responsa­ble del crecimiento de las tendencias oportunistas que coparon el SPD poco después de su muerte.

[3] El Tratado de Tilsit (7 de julio de 1807): firmado por el zar Alejandro I y Napoleón, en los términos dictados por éste, tras la derrota de las fuerzas austriacas y rusas a manos de los franceses.

[4] Giovani Giolitti (1842-1928): fue primer ministro de Italia antes del ascenso de Mussolini al poder.

[5] El ejemplo de 1923 es una referencia a la crisis prerrevolucionaria alemana. Los errores de la dirección del PC Alemán permitieron que el régimen sobreviviera.



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