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El ILP y la nueva internacional[1]

 

 

4 de septiembre de 1933

 

 

 

Luego de un breve intervalo vuelvo a ocuparme de la política del Partido Laborista Independiente. El motivo es la declaración de la delegación del ILP a la Conferencia de París, que permite hacerse una idea cla­ra de la orientación general que está tomando esta organización así como de la etapa en la que se encuen­tra ahora.

La delegación considera necesario llamar a un con­greso mundial de "todos" los partidos revolucionarios, comenzando con los que adhieren a la Tercera Inter­nacional. "Si la Tercera Internacional demuestra que no está dispuesta a cambiar su táctica y su organización habrá llegado el momento de considerar la formación de una nueva internacional". Esta frase contiene la esencia misma de la actual política del ILP. Luego de girar decididamente hacia la izquierda, hacia el comunismo, los miembros de este partido se rehúsan a creer que la Internacional Comunista, que dispone de nume­rosos cuadros y medios materiales y técnicos, esté perdida para el movimiento revolucionario. Es necesa­rio, dicen, probar una vez mas la capacidad o incapa­cidad de la Comintern para cambiar su política.

Es incorrecto, incluso ingenuo, plantear la cuestión de esta manera. La capacidad o incapacidad de un par­tido no se determina en un congreso sino en la lucha cotidiana, especialmente en los momentos de gran peligro, de decisiones trascendentales y de acciones de las masas. Después del triunfo de Hitler, por el que le cabe a la Comintern una responsabilidad directa, su dirección no sólo no cambió su política sino que inten­sificó sus métodos desastrosos. Esta prueba histórica pesa mil veces más que todas las declaraciones que puedan hacer en un congreso los representantes de la Comintern. No hay que olvidar que los congresos representan los elementos de "parlamentarismo" que existen dentro del propio movimiento obrero. Aunque el parlamentarismo es inevitable y necesario, no puede agregar nada fundamentalmente nuevo a lo que se logró en la lucha de masas. Esto no se aplica solamente al parlamentarismo del estado burgués sino también a las instituciones "parlamentarias" del propio proletariado. Tenemos que orientarnos por la actividad real de las organizaciones obreras y no esperar milagros de los propuestos congresos mundiales.

Durante diez años (1923 a 1933) la Oposición de Izquierda actuó como fracción de la Comintern, esperando mejorar su política y su funcionamiento a través de la crítica sistemática y la participación activa en su vida interna y en la de sus secciones. Por lo tanto, la Oposición de Izquierda tiene una colosal experiencia internacional. No hubo un solo acontecimiento histórico importante que no haya obligado a la Oposición de Izquierda a contraponer sus consignas y métodos a los de la burocracia de la Comintern. Los partidos obreros de Occidente conocen relativamente poco las luchas entabladas alrededor de los problemas de la economía soviética y del régimen del Partido Comunista de la Unión Soviética, de la Revolución China, del Comité Anglo-Ruso, etcétera.[2] Pero hay dos capítulos de esta lucha que sucedieron a la vista de los obreros avanza­dos de todo el mundo: los que se refieren a la teoría y la práctica del "tercer periodo" y a la estrategia de la Comintern en Alemania.

Si de algo se puede acusar a la Oposición de Izquier­da no es precisamente de impaciencia por romper con la Comintern. Sólo después que el Partido Comunista Alemán, que contaba con millones de votos, se demos­tró incapaz de ofrecer la menor resistencia a Hitler, y después que la Comintern se negó a reconocer no sólo lo erróneo de su política sino hasta el mismo hecho de la derrota del proletariado (¡en realidad el triunfo de Hitler es la mayor derrota del proletariado en la historia de la humanidad!) y remplazó el análisis de sus errores y crímenes por una nueva campaña de persecución y calumnia contra los verdaderos marxistas, recién entonces dijimos: ya nada puede salvar a esta gente. La catástrofe alemana y el rol que jugó en ella la Comin­tern es infinitamente más importante para el proleta­riado mundial que cualquier maniobra organizativa, congreso, declaración ambigua, acuerdo diplomático, etcétera. La historia ya pronunció su juicio sobre la Comintern. No cabe apelación para este veredicto.

La historia de la Comintern es casi desconocida para los miembros del ILP, que recién tomaron el camino revolucionario. Además, ninguna organización aprende solamente de los libros y los archivos. El ILP quiere realizar independientemente una experiencia que otros ya han realizado a escala mucho más amplia. Si esto implicara solamente la pérdida de unos meses sería posible reconciliarse con la idea, pese a que en nuestra época un mes es mucho más precioso que varios años en otra etapa. Pero el peligro está en que, al pretender "probar" a la Comintern acercándose a ella, el ILP, sin darse cuenta, puede seguir el camino de la Comintern e ir a la ruina.

En Gran Bretaña, como en la mayoría de los viejos países capitalistas, el problema sindical sigue siendo el más importante de la política proletaria. En este terre­no los errores de la Comintern son innumerables. No hay de qué asombrarse; en el plano sindical es donde más evidentemente se revela la incapacidad de un par­tido para establecer correctas relaciones con la clase obrera. Por eso considero necesario detenerme en esta cuestión.

Los sindicatos se formaron en la época de surgi­miento y avance del capitalismo. Su objetivo era elevar el nivel material y cultural del proletariado y ampliar sus derechos políticos. Este trabajo, que en Inglaterra duró más de un siglo, les conquistó a los sindicatos una tremenda autoridad entre los obreros. La decadencia del capitalismo británico, en el marco de la decadencia del sistema capitalista mundial, minó las bases del trabajo reformista de los sindicatos. El capitalismo sólo puede continuar manteniéndose si disminuye el nivel de vida de la clase obrera. En estas condiciones los sin­dicatos se pueden transformar en organizaciones revolucionarias o en lugartenientes del capital que in­tensifica la explotación de los trabajadores. La buro­cracia sindical, que resolvió satisfactoriamente su propio problema social, tomó el segundo camino. Toda la autoridad de que gozaban los sindicatos la volvió en contra de la revolución socialista e incluso en contra de cualquier intento de los trabajadores de resistir los ata­ques del capital y la reacción.

Desde ese momento, la tarea más importante del partido revolucionario pasó a ser liberar a los trabajadores de la reaccionaria influencia de la burocracia sindical. En este terreno decisivo, la Comintern reveló su incapacidad total. En 1926-1927, especialmente en la época de la huelga de mineros y de la huelga general, es decir, en el momento de los mayores crímenes y traiciones del Consejo General del Congreso Sindical, la Comintern cortejó obsequiosamente a los más encum­brados rompehuelgas, los favoreció con la autoridad de que gozaba ante las masas y los ayudó a conservar su puesto. De esa manera el Movimiento de la Minoría[3] recibió un golpe fatal. Asustada por los resul­tados de su propio trabajo, la burocracia de la Comin­tern se fue al otro extremo, al ultrarradicalismo. Los excesos fatales del "tercer período" se debieron al afán de la pequeña minoría comunista de actuar como si tuviera detrás de ella a la mayoría. Aislándose cada vez más de la clase obrera, el Partido Comunista opuso a los sindicatos, que nucleaban a millones de trabaja­dores, sus propias organizaciones sindicales, suma­mente obedientes a la dirección de la Comintern pero separadas de la clase por un abismo. No se le podía hacer mejor favor a la burocracia sindical. Si ésta contara entre sus atribuciones otorgar la Orden de la Jarretera,[4] hubiera condecorado a todos los dirigentes de la Comintern y de la Profintern.[5]

Como ya se dijo, en esta etapa los sindicatos no juegan un rol progresivo sino reaccionario. Sin embar­go, todavía nuclean a millones de trabajadores. No hay que creer que los obreros son ciegos y no advierten el cambio del rol histórico de los sindicatos. ¿Pero qué pueden hacer? Los zigzags y aventuras del comunismo oficial comprometieron seriamente la vía revolu­cionaria ante los trabajadores de izquierda. Los obreros se dicen: los sindicatos son malos, pero sin ellos las cosas podrían ser todavía peores. Esta sicología es pro­pia del que está en un callejón sin salida. Mientras tanto, la burocracia sindical persigue aun más audaz y desvergonzadamente a los trabajadores revoluciona­rios, remplazando la democracia interna por la acción arbitraria de una camarilla, transformando a los sindi­catos esencialmente en una especie de campo de con­centración para los trabajadores durante la decadencia del capitalismo.

En estas condiciones surge fácilmente la idea de si no es posible superar los sindicatos. ¿No se puede sustituirlos por algún tipo de organización nueva, no corrompida, como los sindicatos revolucionarios, los comités de taller, los soviets y otras similares? El error fundamental de estos intentos es que reducen a experi­mentos organizativos el gran problema político de cómo liberar a las masas de la influencia de la burocracia sindical. No es suficiente ofrecerle a las masas una nue­va dirección hay que buscar a las masas donde ellas están, para dirigirlas.

Los izquierdistas impacientes dicen a veces que es imposible ganar los sindicatos porque la burocracia uti­liza el régimen interno de estas organizaciones para sal­vaguardar sus propios intereses, recurriendo a las más bajas maquinaciones, represiones e intrigas, al estilo de la oligarquía parlamentaria de la era de los "munici­pios podridos". ¿Por qué entonces perder tiempo y energías? En realidad, este argumento se reduce a abandonar la lucha real para ganarse a las masas, utilizando como pretexto la corrupción de la burocracia sindical. Se lo puede desarrollar más todavía: ¿Por qué no abandonar todo el trabajo revolucionario, dadas las represiones y provocaciones de la burocracia guberna­mental? No hay ninguna diferencia de principios, ya que la burocracia sindical se ha convertido definitivamente en parte del aparato económico y estatal capita­lista. Es absurdo creer que se podría trabajar contra la burocracia sindical contando con su ayuda o siquiera con su consentimiento. En la medida en que se defien­de por medio de la persecución, la violencia, las expul­siones, en que frecuentemente recurre a la ayuda de las autoridades gubernamentales, tenemos que aprender a trabajar discretamente en los sindicatos, encontrando un lenguaje común con las masas pero no descubrién­donos prematuramente ante la burocracia. Precisamen­te en la época actual, cuando la burocracia reformista del proletariado se transformó en la policía económica del capital, el trabajo revolucionario en los sindicatos, llevado a cabo inteligente y sistemáticamente, puede producir resultados decisivos en un plazo relativamente breve.

Con esto no queremos decir que el partido revolu­cionario cuenta con la garantía de que los sindicatos serán totalmente ganados para la revolución socialista. El problema no es tan simple. El aparato sindical logró en gran medida independizarse de las masas. La burocra­cia sindical es capaz de mantener sus posiciones mucho después de que las masas se hayan vuelto en contra de ella. Pero precisamente esta situación, cuando las masas ya sienten hostilidad hacia la burocracia sindical pero ésta todavía puede disfrazar la opinión de la organización y sabotear nuevas elecciones, es la más favorable para la creación de comités de taller, consejos obreros y otros organismos que satisfacen las necesida­des inmediatas en un momento determinado. Inclusive en Rusia, cuando se dio la Revolución de Octubre, los mencheviques tenían en sus manos la administración de los sindicatos, y eso que éstos no contaban con nada parecido a la poderosa tradición de los sindicatos británicos. Habiendo perdido a las masas, estas admi­nistraciones que ya no podían sabotear la revolución proletaria todavía eran capaces de sabotear las elec­ciones en los aparatos.

Es absolutamente necesario preparar ya a los obreros avanzados en la idea de crear consejos obreros y comités de taller en el momento de un cambio brusco. Pero sería un gran error "divagar" en la práctica con la consigna de los consejos de taller, consolándose con la "idea" de la carencia de un trabajo y una influencia reales en los sindicatos. Oponer a los sindicatos exis­tentes la idea abstracta de los consejos obreros signi­ficaría volver en contra de uno mismo no sólo a la buro­cracia sino también a las masas, privándose así de la posibilidad de preparar el terreno para la creación de los consejos obreros.

En este plano la Comintern ganó no poca experiencia: luego de crear sindicatos obedientes, es decir puramente comunistas, logró que sus secciones les resulta­ran hostiles a las masas obreras, condenándose así a la impotencia total. Esta es una de las causas más impor­tantes del fracaso del Partido Comunista Alemán. Es cierto que el Partido Comunista británico, por lo que es­toy informado, se opone a la consigna de consejos obreros en las condiciones actuales. Superficialmente esto puede parecer una apreciación realista de la situa­ción. En realidad, el Partido Comunista británico rechaza una forma de aventurerismo político en favor de otra, más histérica todavía. La teoría y la práctica del social-fascismo y el rechazo de la política del frente úni­co crean obstáculos insuperables para el trabajo en los sindicatos, ya que cada sindicato es por naturaleza un frente único de hecho entre los partidos revolucionarios y las masas reformistas y sin partido. En la medida en que el Partido Comunista británico se demostró incapaz, incluso después de la tragedia alemana, de aprender nada y armarse nuevamente, una alianza con él puede liquidar al ILP, que recién entró en una etapa de aprendizaje revolucionario.

Sin duda, los seudo comunistas invocarán el último congreso sindical, que declaró que no se puede hacer frente único con los comunistas contra el fascismo. Sería la mayor de las tonterías aceptar esta demostración de sabiduría como el veredicto final de la historia. Los burócratas sindicales se pueden permitir esas execrables formulaciones sólo porque no están inmediatamente amenazados por el fascismo o el comunismo. Cuando la amenaza del fascismo penda sobre la cabeza de los sindicatos, si el partido revolucionario aplica una política correcta las masas sindicales sentirán un irre­sistible impulso hacia la alianza con el ala revoluciona­ria y arrastrarán incluso a un sector del aparato. Por el contrario, si el comunismo se transformara en una fuerza decisiva, amenazando al Consejo General con la pér­dida de sus posiciones, honores e ingresos, los Sres. Citrine[6] y Cía. indudablemente formarían un bloque con Mosley[7] y Cía. en contra de los comunistas. Así, en agosto de 1917 los mencheviques y social-revolucionarios rusos[8] repudiaron junto con los bolcheviques al general Kornilov.[9] Dos meses después, en octu­bre, peleaban hombro a hombro con los kornilovistas en contra de los bolcheviques. Y en los primeros meses de 1917, cuando los reformistas todavía eran fuertes, proclamaban, igual que Citrine y Cía. la imposibilidad de aliarse con una dictadura, ya sea de derecha o de izquierda.

La clara comprensión de sus objetivos históricos de­be unificar al partido proletario revolucionario. Esto supone un programa con una base científica. A la vez, el partido revolucionario tiene qué saber cómo estable­cer relaciones correctas con la clase. Ello exige una política de realismo revolucionario, igualmente ajeno a la ambigüedad oportunista y al retraimiento sectario. Desde la perspectiva de estos dos criterios estrecha­mente relacionados, el ILP tendría que revisar su rela­ción con la Comintern y con todas las demás organiza­ciones y tendencias de la clase obrera. Esto determina­rá ante todo la suerte del propio ILP.



[1] El ILP y la nueva internacional. The Militant, 30 de septiembre de 1933.

[2] Sin embargo, se puede encontrar este material en una serie de estudios y documentos parcialmente publicados también en idiomas extranjeros. Para los camaradas ingleses son muy importantes las publicaciones de la Liga Norteamericana (Pioneer Publishers). Quien desee conocer seriamente la década de lucha de la Oposición de Izquierda por la reforma y mejora de la Comintern debe estudiar todos estos documentos. [Nota de León Trotsky.]

[3] El sindicato de los mineros británicos protagonizó una enconada huelga desde el 1° de mayo hasta noviembre de 1926. En solidaridad con ella y por reivindicaciones propias, el Congreso Sindical Británico llamó a una huelga general que comenzó el 3 de mayo de 1926, pero el reformista Consejo Gene­ral del Congreso Sindical la levantó a los nueve días. El Movimiento de la Minoría era la izquierda dentro del Congreso y los sindicatos; Trotsky le criticaba al Partido Comunista británico no haber dado una dirección revolucionaria a ese movimiento o una alternativa frente a los burócratas sindicales "de izquierda".

[4] La Orden de la Jarretera es un alto titulo honorífico británico.

[5] La Profintern, Federación Sindical Roja, fue organizada por Moscú en 1921 en oposición a la reformista Federación Sindical International.

[6] Walter Citrine (n 1887): fue secretario general del Congreso Sindical Británico entre 1926 y 1946. En 1935 se lo nombró caballero por sus servicios al capitalismo británico y en 1946 se convirtió en barón.

[7] Oswald Mosley (n. 1896): abandonó el Partido Laborista británico para convertirse en líder de la Unión Británica de Fascistas y Nacionalsocialistas.

[8] EI Partido Social Revolucionario (eserista), fundado en 1900, pronto se convirtió en la expresión política de loa narodnikis (populistas) rusos; antes de la Revolución de 1917 era la corriente que más influencia tenía entre los campesinos. Kerensky dirigía su ala derecha. Los eseristas de izquierda después de la Revolución de Octubre, formaron gobierno con los bolcheviques, pero al poco tiempo se pasaron a la oposición "desde la izquierda", organizando acciones contrarrevolucionarias.

[9] Lavr G. Kornilov (1870-1918): general zarista que era comandante del frente sudoccidental en 1917, pasó a ser comandante en jefe de Kerensky en julio de 1917 y en septiembre de ese año dirigió un putch contrarrevolucionario contra Kerensky. Arrestado, se escapó para dirigir a las fuerzas contrarrevolucionarias; lo mataron en abril de 1918.



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