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Dudas, vacilaciones y temores[1]

 

 

Otoño de 1933

 

 

 

A la sección belga

 

Estimados camaradas:

 

Leí con gran interés el número 10 del boletín interno de ustedes, que confirma el informe sobre las negociaciones con la Liga de los Comunistas Internacionalistas. Me encantó la precisión con que mis amigos plantean los problemas. Por otra parte, las palabras del camarada Hennaut me produjeron una impresión sumamente desagradable. Tal como está ahora, constituye el prototipo de la confusión política e ideológica. No hay un solo problema sobre el que aporte algo más que dudas, vacilaciones y temores. ¡Esto es fatal para una persona que pretende ser revolucionaria!

¡Los cuatro primeros congresos de la Comintern!

Pero "algo" anduvo mal en ellos, ya que los resultados fueron tan lamentables. ¿Cuál fue el error? Hennaut no lo sabe. En realidad, quien está totalmente equivo­cado es el camarada Hennaut. Cree que la suerte de la Comintern no estuvo determinada por la lucha de las fuerzas sociales vivas sino por algún "error" original que hay que descubrir, como si se tratara de un cálculo matemático. Profundizando esta línea podemos decir: de las enseñanzas de Marx surgieron tres internacio­nales, y las tres fueron al desastre; por lo tanto, hay que buscar algún "error fundamental" en Marx. Podemos ir más allá todavía y decir que a pesar de la ciencia la gente continúa sufriendo y soportando calamidades; es evidente que hay algún "error fundamental" en la ciencia. El problema no está encarado con una perspec­tiva histórica o dialéctica sino dogmáticamente, en el espíritu de la Iglesia Católica, que explica todos los males del hombre por el pecado original. La teoría de Souvarine acerca de la Comintern también es la teoría del pecado original. Y Hennaut, por cierto, se convirtió en discípulo de ese estéril escolástico llamado Souva­rine.

Según Hennaut (es decir Souvarine), en Alemania nuestra línea política fue equivocada desde el principio al fin. Hay que disponer de una buena dosis de imper­tinencia para hacer tal afirmación. ¿Dónde reside nues­tro error? No en nuestros análisis, ni en nuestros pronósticos, ni en nuestras directivas, sino en haber llamado a los obreros comunistas a presionar a su partido para obligarlo a adoptar una política correcta. En lugar de ello tendríamos que haberles dicho a los obreros: no desperdicien esfuerzos, no vale la pena, la Comin­tern ya está hundida. Al mismo tiempo Hennaut opina que la situación no estaba madura para crear una nueva internacional. Entonces, ¿qué propuesta práctica les teníamos que hacer a los trabajadores, rechazar la vieja internacional sin construir una nueva? Y después podíamos irnos todos a dormir. ¡Nuestro error! Estos pedantes divorciados de la realidad consideran un error que, sin esconderles nada a los obreros pero también sin desmoralizarlos, nos hayamos empeñado en ayu­darlos a aprovechar al máximo esa situación determi­nada. Cualquier dirigente de una huelga actuaría del mismo modo. ¡Si no, no sería un dirigente sino un capi­tulador indigno de confianza! Hennaut piensa que la manera de recuperar la salud es comenzar una "discu­sión" con Souvarine, los bordiguistas,[2] Urbahns y otros grupos de los que no cabe esperar nada. ¡Como si esta discusión no se hubiera realizado en los años recientes, como si no hubiera sufrido la prueba de los acontecimientos, como si un debate de mesa redonda en una "conferencia" pudiera agregar algo a la expe­riencia política ya esclarecida por una larga discusión teórica!

Tenemos que ver, dice Hennaut, si no hay algo "correcto" en Souvarine y en todos los grupos y grupúsculos "comunistas". El propio Hennaut no se decide a plantear clara y simplemente qué encontró de correcto en ellos. Nos recomienda "buscar". Pero toda nuestra tarea cotidiana consiste en buscar la respuesta más precisa a cada interrogante. Hemos elaborado nuestros métodos; tenemos nuestras respuestas, nuestras críticas a las otras posiciones. Hennaut no le da su visto bueno a este enorme trabajo colectivo, pasa por alto todo lo que hemos hecho y propone dedicarse a "investigar" y "discutir", como si hubiéramos nacido hoy. ¡Una posición estéril, totalmente impreg­nada de souvarinismo!

Resulta particularmente ingenua la afirmación de que nuestra participación en la Conferencia de París, donde "nos sentamos a la misma mesa" con el PUP y otros grupos, constituye un "error oportunista" ¡Entonces, para Hennaut, lo que unifica no son los principios… sino la mesa! No dice nada sobre el contenido de nuestra declaración y de nuestra reso­lución, apoyada por cuatro firmas. Olvida o no puede comprender que hemos mantenido una completa liber­tad de acción y de crítica frente a nuestros aliados. El hecho de que el SAP y el OSP, sin reservas y por lo tan­to totalmente equivocados, hayan apoyado la resolución de los siete, con seguridad demuestra que nuestros aliados no lograron la claridad indispensable para los marxistas. ¿No fuimos los primeros en denunciar este error en nuestra prensa? A través de la crítica y del tra­bajo conjunto podemos ayudar a nuestros aliados a alcanzar esa claridad.

Los argumentos de Hennaut en contra de la lucha por la Cuarta Internacional no son menos falsos y ale­jados de la realidad que el resto de sus racionalizacio­nes. "Para la creación de la Tercera Internacional -di­ce- fueron necesarias la guerra y la Revolución Rusa." Muchos repiten esta fórmula sin reflexiones ni reser­vas. La guerra no facilitó la tarea de la revolución; por el contrario, la dificultó enormemente, sobre todo a nivel internacional. Por eso, todos los escépticos como Hennaut consideraron entonces "inoportuna" e incluso "absurda" la consigna por la Tercera Internacional. Ahora, en cierta medida, el fascismo juega el rol que entre 1914 y 1918 jugó la guerra, y más aun si tenemos en cuenta que el fascismo está preparando una nueva guerra. Pero -dice Hennaut- para crear la Tercera Internacional fue necesaria la Revolución Rusa. ¡Nota­ble descubrimiento! ¿Acaso la Revolución Rusa cayó del cielo? El requisito indispensable para que el pro­letariado triunfara en Octubre fue el Partido Bolchevi­que, no imbuido del espíritu de Stalin-Kamenev[3] (marzo de 1917), sino del de Lenin. En otras palabras, fue necesario que Lenin, ya al principio de la guerra y en las condiciones más difíciles y desfavorables, comenzara a luchar por la Tercera Internacional sin tener en cuenta a los escépticos, a los que frenan y confunden todo. La Internacional Comunista no se creó en 1919, en el Primer Congreso (que fue una simple formalidad) sino en el proceso previo, bajo el flameante estandarte de la Tercera Internacional. De esta analogía histórica se deduce automáticamente cuáles son nuestras tareas inmediatas.

Con esta carta no pretendo interferir en lo más mínimo en las negociaciones de ustedes. No podré menos que alegrarme si el grupo de Hennaut, o parte de él, se une a nuestra sección. Pero la idea de Hennaut de que la condición para el éxito futuro es la reunión de todos los náufragos opositores a la Tercera Interna­cional es radicalmente errónea. No hay que considerar y caracterizar a estos náufragos de acuerdo a sus nom­bres y pretensiones sino a su verdadero contenido teóri­co y político. Cualquiera que tiene algo que decir no espera hasta un congreso general a realizarse en fecha incierta; publica sus ideas en un programa, en tesis, artículos y discursos. Lo único que demuestra el que supone que su salvación vendrá de una futura conferen­cia que tendrá que encontrar "algo", descubrir "algo", es que no tiene ninguna idea. No me caben dudas de que ustedes lo ven tan claramente como yo.

 

Con mis mejores deseos de éxito,

 

G. Gourov [León Trotsky]



[1] Dudas, vacilaciones y temores. Boletín Interno, Liga Comunista Internacional, edición en inglés por la Liga Comunista Norteamericana, N° 2, septiembre de 1934. Firmado "G. Gourov". En el otoño de 1933 la sección belga de la Oposición de Izquierda abrió negociaciones para una posible fusión con la Liga Comunista Internacionalista belga. Esta última, dirigida entonces por A. Hennaut, surgió de una escisión con la Oposición de Izquierda, en 1930. En 1933, el intento de fusión fue infructuoso.

[2] Amadeo Bordiga (1889-1970): uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, en 1929 fue expulsado de la Comintern acusado de "trotskista". La Oposición de izquierda trató de trabajar con los bordiguistas pero no pudo hacerlo a causa del inveterado sectarismo de éstos.

[3] El espíritu de Stalin-Kamenev (marzo de 1917) es una referencia al acercamiento conciliador por parte de Stalin y Kamenev al Gobierno Provisional capitalista durante las semanas posteriores a la Revolución de Febrero. Tan sólo en abril de 1917, cuando Lenin retornó a Rusia, el Partido Bolchevique volvió a orientarse hacia la lucha por el poder, ahora en contra del Gobierno Provisional.



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