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Prólogo a los crímenes de Stalin[1]

 

 

5 de julio de 1937

 

 

 

La revolución, en su período de ascenso, pudo ser cruel y brutal, pero fue honesta. Expresaba sus pensa­mientos de viva voz. La política de Stalin es mentirosa. Es allí donde se revela que su pensamiento es reaccio­nario. La reacción miente porque debe ocultar sus ver­daderos fines ante el pueblo. La reacción encaramada sobre una revolución proletaria miente por partida doble. Puede decirse sin temor a exagerar que el ré­gimen termidoreano de Stalin es el régimen más menti­roso de la historia. Desde hace catorce años el autor de estas líneas es el blanco principal de las mentiras ter­midoreanas.

 

Hasta fines de 1933 la prensa moscovita y su sombra, la prensa de la Internacional Comunista, me retrataban como agente norteamericano o británico y me llamaban Mister Trotsky. En el Pravda del 8 de marzo de 1929 hay un artículo dedicado a demostrar que yo era aliado del imperialismo británico (en esa época Moscú no hablaba de “democracia británica”), sin dejar de establecer mi total acuerdo con Winston Churchill. El artículo concluía con las siguientes pala­bras: “¡ Ahora comprendemos por qué la burguesía le paga decenas de miles de dólares!” En esa época eran dólares... ¡no marcos alemanes!

El 2 de julio de 1931, Pravda publica unos docu­mentos groseramente falsificados -los olvidaría al día siguiente- para denunciarme como aliado de Pil­sudski y defensor del tratado pirata de Versalles. En esa época Stalin no defendía el statu quo, sino la “libe­ración nacional” de Alemania. En agosto de 1931, Les Cahiers du bolchevisme, publicación teórica del Partido Comunista Francés, denunció la existencia de “un frente único que va... desde Blum, Paul-Boncour y el estado mayor francés por un lado, a Trotsky por el otro”[2]. ¡Yo era un firme aliado de los países de la Entente!

 

El 24 de julio de 1933 -Hitler ya se había consoli­dado en Alemania- llegué a Francia vía Marsella; el gobierno de Daladier me había concedido una visa. Según las declaraciones retrospectivas de los procesos de Moscú, yo preparaba la derrota de la URSS y Fran­cia. En el proceso de Radek-Piatakov, de enero de 1937, se “comprobó” que, a fines de julio de 1933, yo mantuve una entrevista en el Bois de Boulogne con Vladimir Romm, corresponsal de la agencia Tass, con el fin de crear, por su intermedio, un vínculo entre los terroristas rusos y Hitler y el Mikado. L ’Humanité no lo puso en tela de juicio; el día de mi llegada denun­ció mis relaciones secretas con el señor Daladier. “Al permitir las intrigas de los emigrados blancos y al invitar a Trotsky -dice el periódico de Stalin-Cachin-­Thorez- la burguesía francesa muestra cuál es su ver­dadera política hacia la URSS: discute por necesidad, sonríe por obligación, pero en la trastienda ayuda y apoya a los saboteadores, intervencionistas, conspi­radores, calumniadores y renegados de la revolución... Desde Francia, desde esta caldera antisoviética, puede atacar a la URSS... ¡Es un punto estratégico! Para eso viene Mister Trotsky.” Todas las fórmulas del fiscal Vishinski estaban ahí, con una diferencia: en esta acti­vidad criminal yo actuaba de acuerdo con la burguesía francesa, no con el fascismo alemán.

 

¿Pero quizás el infeliz L ’Humanité no estaba infor­mado? No; el órgano de Stalin en París expresaba muy bien las posiciones de su patrón. Las pesadas ideas de la burocracia moscovita se negaban a salir de la órbita a la que se habían acostumbrado. La alianza con Ale­mania, independientemente del régimen interno de ese país, era un axioma de la política exterior soviética. El 13 de diciembre de 1931, Stalin le dijo al escritor ale­mán Emil Ludwig que: “Si hablamos de nuestra simpa­tía por alguna nación, nos referimos, lógicamente, a los alemanes... Nuestras relaciones con Alemania son tan amistosas hoy como ayer.” Stalin cometió la impruden­cia de agregar: “Algunos políticos declaran o prometen una cosa un día, para olvidarla al día siguiente sin siquiera sonrojarse. Nosotros no podemos actuar de esa manera.”

 

Es cierto que seguía la época de Weimar. Pero la victoria del fascismo no alteró la orientación de Moscú. Stalin se esforzó por obtener la buena voluntad de Hi­tler. En el órgano gubernamental Izvestia del 4 de marzo de 1933, leemos que la URSS es el único país del mundo que no siente hostilidad hacia Alemania, “inde­pendientemente de la forma y composición del gobierno del Reich”. Le Temps del 8 de abril dice: “La opinión pública europea está sumamente preocupada por el advenimiento del señor Hitler y hace abundantes comentarios al respecto; mientras tanto, la prensa de Moscú se mantiene en silencio.” Stalin le volvía la espalda a la clase obrera alemana para tratar de granjearse la amistad del vencedor.

El cuadro resulta claro. Cuando, de acuerdo con la versión retrospectiva inventada a posteriori, yo debía estar organizando mi colaboración con Hitler, la prensa de Moscú y de la Internacional Comunista me presen­taban como agente de Francia y del imperialismo anglo­sajón. Me convirtieron en aliado de los alemanes y japoneses cuando Hitler rechazó la mano cordial que le tendió Stalin y lo obligó a buscar la amistad de las “democracias occidentales”, contrariando sus planes y sus cálculos previos.

Las acusaciones formuladas contra mí no eran ni son sino un complemento de las evoluciones diplomáticas de Moscú. Los distintos cambios de rumbo que se me imputan no contaron con la menor participación de mi parte. Sin embargo, existe una diferencia importante entre las dos versiones opuestas, aunque simétricas, de la calumnia. La primera, que me convirtió en agente de la Entente, tenía un carácter puramente literario. Los calumniadores calumniaban, los periódicos difundían el veneno, Vishinski todavía no salía de las sombras. Es cierto que la GPU fusiló a algunos militantes de la Oposición, acusándoles de espionaje; pero se trataba de asesinatos experimentales, donde las víctimas eran individuos desconocidos. Mientras tanto, proseguía la educación de los magistrados indagadores, jueces y verdugos de Stalin. Necesitaba tiempo para llevar a la burocracia a un grado de desmoralización y a la opi­nión pública mundial a un grado de envilecimiento tales que le permitieran montar los monstruosos fraudes judiciales contra los trotskistas.

Los documentos permiten seguir la evolución de los preparativos a través de todas sus etapas. Más de una vez Stalin se encontró con una resistencia que le obligó a retroceder, para luego proseguir sus actividades en forma más sistemática. Su objetivo era montar una gui­llotina que actuara automáticamente contra cualquier opositor de la camarilla dirigente: quien no apoya a Stalin es agente a sueldo del imperialismo. Este esque­ma grosero, sazonado con el rencor personal, corres­ponde por completo al espíritu de Stalin. Diríase que no dudó por un instante de que las “confesiones” de sus víctimas convencerían al mundo y consolidarían la inviolabilidad del régimen totalitario. Las cosas no sucedieron así. Los procesos se volvieron contra Stalin. Ello no se debe tanto al carácter burdo de los fraudes, como al siguiente hecho: el desarrollo del país ya no soportaba la garra burocrática. La presión de las contra­dicciones crecientes obligó a Stalin a ampliar constante­mente el radio del fraude. La purga sangrienta conti­núa, sin dar señales de llegar a su fin. La burocracia se devora a sí misma y clama frenéticamente por una vigilancia mayor. Es el clamor de un animal herido de muerte.

Recordemos una vez más que todos los miembros del Buró Político de la época de Lenin - la única excep­ción es Stalin - encabezan la lista de traidores: entre ellos se encuentran el ex jefe de la defensa del país durante la guerra civil, dos ex dirigentes de la Interna­cional Comunista, el ex presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, el ex presidente del Consejo de Defensa y Trabajo, el ex jefe de los sindicatos soviéticos. Siguen muchos miembros del Comité Central y del gobierno. Se dice que Piatakov, jefe de la industria pesada, organizaba el sabotaje, Lifshits, vicecomi­sario del pueblo de transportes, era agente de Japón y organizador de los descarrilamientos; Iagoda, jefe supremo de las fuerzas de seguridad, era un criminal y un traidor; Sokolnikov, vicecomisario del pueblo de relaciones exteriores, era agente de Alemania y Japón, junto con Radek, el periodista más influyente del ré­gimen. Más aun: todo el alto mando del ejército estaba al servicio del enemigo. El mariscal Tujachevski, envia­do recientemente a Inglaterra y Francia a familiarizarse con las últimas técnicas militares, vendió secretos a Alemania...; Gamarnik, jefe político del ejército, era un traidor. Recientemente, los representantes de los ejércitos francés, inglés y checoslovaco rindieron home­naje a la capacidad organizativa de Iakir, por la forma en que condujo las maniobras militares en Ucrania. Este Iakir preparaba la conquista de Ucrania por Hitler. El general Uborevich, responsable de la defensa en el frente occidental, se preparaba a entregar la Rusia Blanca al enemigo. Los generales Eidemann y Kork, ex comandantes de la Academia Militar, destacados comandantes en la guerra civil, instruían a sus alumnos para obtener derrotas, no victorias. Decenas de oficia­les superiores, menos conocidos, pero no menos impor­tantes, son acusados de traición. Los destructores, saboteadores, criminales y espías llevaron a cabo su obra criminal durante años. Pero si los Iagodas, Piata­kovs, Sokolnikovs, Tujachevskis y demás eran espías, ¿de qué sirven los Stalins, Voroshilovs y demás “líde­res” ? ¿De qué sirve exigirle vigilancia a un Buró Político que ha hecho gala de tanta ceguera y falta de realismo?

La última purga desacredito al régimen hasta un punto tal que la prensa mundial se pregunta seria­mente si Stalin no se ha vuelto loco. ¡Es una hipótesis demasiado simplista! Primero se dijo que Stalin debió su triunfo a su brillante intelecto. Posteriormente, cuando los reflejos de la burocracia se volvieron convul­sivos, los admiradores de ayer empezaron a pregun­tarse si el líder no había perdido el juicio. Las dos apre­ciaciones son igualmente falsas. Stalin no es ningún “genio”. En sentido literal, ni siquiera es un hombre inteligente, si inteligencia significa capacidad de aprehender los fenómenos en sus correlaciones y desa­rrollo. Pero tampoco está loco. La ola del termidor lo alzó en su cresta. Creyó que la fuente de sus fuerzas estaba en sí mismo. La casta de advenedizos que lo proclamó genio se corrompió y desmoralizó rápidamente. La tierra de la Revolución de Octubre exige un cambio de régimen. La situación de la camarilla domi­nante no le permite tener una política racional. La locu­ra no es de Stalin, sino de un régimen que ha agotado sus posibilidades. Esta explicación no justifica moral­mente a Stalin en lo más mínimo. Saldrá de escena como uno de los personajes más sucios de la historia humana.

Este libro fue escrito por partes y en diversas cir­cunstancias. En principio debía ser una refutación del proceso de Zinoviev y Kamenev (agosto de 1936). Pero el autor no pudo continuar el trabajo debido a su internamiento en Noruega. Pude retomar el manus­crito al cruzar el Atlántico en un buque tanque. Apenas hube llegado al hospitalario México y empezado a orde­nar mis papeles, se inició el proceso de Piatakov y Radek; éste merecía un análisis detallado. Mientras criticaba los juicios de Moscú, tuve tiempo de reunir materiales para la investigación jurídica realizada por el comité Nueva York que asumió mi defensa. Una buena parte de este libro es el discurso que pronuncié ante la Comisión Investigadora que vino de Nueva York a México en abril a escuchar mi versión de los hechos. Por último, cuando ya estaba entregando el manus­crito a los editores, las agencias noticiosas anunciaron el arresto y ejecución de los generales más destacados del Ejército Rojo. Por eso la estructura del libro sigue los acontecimientos muy de cerca. ¡Agrego que al escribir estas páginas hube de observar más de una vez cuán limitados son nuestro vocabulario y la gama de nuestros sentimientos frente a la monstruosidad de los crímenes que se cometen en Moscú!



[1] Prólogo a Los crímenes de Stalin. Traducido del francés [al inglés] pa­ra la primera edición [norteamericana] por A.L. Preston.

[2] Joseph-Paul Boncour (1873-1972): socialista de derecha francés hasta 1931, fue primer ministro en 1932-33 y ministro de Relaciones Exteriores del segundo gobierno de Blum.



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