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Mi "odio a Stalin"[1]

 

 

4 de enero de 1937

 

 

 

Todavía me resta hablar acerca de mi supuesto “odio” hacia Stalin. En el juicio de Moscú se habló mucho de este factor de mi política. Vishinski, los edi­toriales de Pravda, los órganos de la Internacional Comunista acompañan los panegíricos dedicados al “Jefe” con disgresiones sobre mi odio hacia Stalin. Stalin es el creador de “la vida feliz”. Sus oponentes derrotados lo envidian y “odian”. ¡Estos son los profundos análisis psicoanalíticos de los lacayos!

Es cierto que siento una hostilidad implacable, llá­mese odio si se quiere, hacia la casta de voraces adve­nedizos que oprime al pueblo en nombre del socia­lismo. Pero no hay nada personal en ello. He seguido desde muy cerca todas las etapas de la degeneración de la revolución y de la casi automática usurpación de sus conquistas; con toda tozudez y meticulosidad he buscado la explicación de estos fenómenos en las condi­ciones objetivas; ello me impide concentrar mis pensa­mientos y sentimientos en una persona específica, iden­tificar la estatura del hombre con la gigantesca sombra que proyecta sobre la pantalla de la burocracia. No creo estar errado cuando afirmo que jamás he respetado a Stalin hasta el punto de odiarlo.

Si excluimos un encuentro casual, durante el cual no hubo intercambio de palabras, que se produjo en 1911 en Viena, en la casa de Skobelev (luego ministro del Gobierno Provisional), no conocí a Stalin hasta mayo de 1917, en Petrogrado, donde llegué tras ser liberado de un campo de concentración canadiense.[2] En esa época yo lo veía como un militante más en el cuartel general de los bolcheviques, menos destacado que otros. No es orador. Sus escritos son incoloros. Sus polémicas son groseras y vulgares. En ese período de asambleas de masas, imponentes manifestaciones y luchas, era casi inexistente desde el punto de vista político. En las reuniones de la dirección bolchevique permanecía en la sombra. Su lentitud intelectual le impedía mantenerse a la par de los acontecimientos. No sólo Zinoviev y Kamenev, sino también el joven Sver­dlov, e inclusive Solnikov, tenían mayor participación en las discusiones que Stalin, quien durante todo el año 1917 se mantuvo a la expectativa.[3] Los historiadores que intentan atribuirle un papel dirigente en 1917 (a través de un inexistente “Comité de Insurrección”) son falsificadores insolentes.[4]

Después de la toma del poder Stalin adquirió mayor confianza, pero se mantuvo en la sombra. Observé que Lenin lo promovía constantemente. Pensé, sin darle mayor importancia al asunto, que Lenin lo hacia movido por consideraciones de índole práctica, no por simpatía personal. Poco a poco comprendí cuáles eran esas consideraciones. Lenin apreciaba su carácter firme, su tenacidad, inclusive su astucia, que para él eran cuali­dades indispensables en un militante. No esperaba que Stalin aportara ideas, iniciativa política ni facultades creadoras. En un momento de la guerra civil le pre­gunté a Serebriakov, quien en esa época se desempe­ñaba junto con Stalin en el Comité Militar Revolucio­nario del Frente Sur,[5] si no podía arreglarse sin Stalin para economizar fuerzas. Serebriakov lo pensó durante un instante y respondió: “No, no puedo presionar como lo hace Stalin. No es mi especialidad”.

Lenin apreciaba en Stalin esa capacidad de “presio­nar”. Stalin adquiría mayor confianza a medida que se fortalecía el aparato estatal, destinado precisamente a “presionar”. Agreguemos: a medida que el estado liquidaba el espíritu de 1917.

El hábito, tan en boga, de equiparar a Stalin con Lenin es vergonzoso. En términos de personalidad Stalin ni siquiera resiste la comparación con Mussolini o Hitler. Estos dos dirigentes victoriosos de la reacción italiana y alemana, a pesar de lo paupérrimo de su ideología fascista, han demostrado iniciativa, capacidad de despertar a las masas y abrir nuevos caminos. No po­demos decir lo mismo de Stalin. Surgió del aparato, es inconcebible sin él. Sólo puede acercarse a las masas por intermedio del aparato.

Stalin pudo elevarse por encima del partido cuando el deterioro de las condiciones sociales en la época de la NEP le permitió a la burocracia elevarse por encima de la sociedad. Al principio, su propio ascenso lo sor­prendió. Avanzó en forma vacilante, circunspecta, siempre listo para retroceder. Zinoviev, Kamenev y, en menor medida, Rikov, Bujarin y Tomski lo apoyaron y promovieron para hacerme contrapeso.[6] Ninguno de ellos pensaba que Stalin los desecharía. En el “triunvirato” Zinoviev mantenía una actitud cautelosa y protectora hacia Stalin; Kamenev lo trataba en forma irónica. Recuerdo que en una sesión del Comité Central Stalin empleó la palabra “purista” en forma equivocada (frecuentemente comete errores de lenguaje). Kamenev me miró con sorna, como si dijera: “No hay nada que hacer; acéptelo tal como es”. Bujarin opinaba que Koba -el seudónimo de Stalin en la clandesti­nidad- “tenía carácter” (Lenin decía que Bujarin era “más blando que la cera”) y que “nosotros” necesita­mos gente firme: si es ignorante e “inculto” “noso­tros” debemos ayudarlo. Esta idea fue la base del bloque Stalin-Bujarin tras la ruptura del triunvirato. Las circunstancias sociales y personales ayudaron a elevarlo.

En 1923 ó 24 sostuve una conversación privada con Ivan Nikitich Smirnov, posteriormente fusilado junto con Zinoviev y Kamenev:

-¿Stalin candidato a dictador? Pero es absoluta­mente incoloro e insignificante.

-Incoloro sí -dije-, insignificante no.

Dos años después sostuve una conversación sobre el mismo tema con Kamenev quien, a pesar de la evidencia, consideraba a Stalin un dirigente “a escala distrital”. Esta caracterización irónica contiene una pizca de verdad, pero sólo una pizca. Ciertos aspectos del inte­lecto tales como la astucia, la perfidia, la capacidad de explotar los instintos más bajos de la naturaleza huma­na, están muy desarrollados en Stalin y, unidos a su fuerza de carácter, le proporcionan poderosas armas. Pero no para cualquier tipo de lucha, evidentemente. La lucha por la liberación de las masas exige otras cuali­dades. Pero si se trata de escoger a los individuos que integrarán el sector privilegiado, de asegurar su cohe­sión sobre la base del espíritu de casta, de reducir a las masas a la impotencia y disciplinarlas, las cualida­des de Stalin son invalorables. Gracias a esas cualida­des se convirtió, y con justicia, en el dirigente del termidor.

Y, sin embargo, es un individuo mediocre. Es incapaz de generalizar y de prever. Su inteligencia carece de originalidad y vuelo, es incapaz de pensar en forma lógica. Cada frase de sus discursos sirve a un fin prác­tico; jamás un discurso suyo se eleva al nivel de una estructura lógica. Esta debilidad es su fuerza. Hay tareas históricas que sólo se pueden realizar si uno renuncia a la generalización; hay períodos en que la capacidad de generalización y previsión es un obstáculo para el éxito inmediato; así son los períodos de deca­dencia y reacción. Helvecio dijo una vez que toda época encuentra hombres de la estatura que requiere y cuando no los encuentra, los inventa. Marx escribió del general Changarnier, hoy olvidado, “Ante la falta total de grandes personalidades, el partido del Orden se vio obligado a dotar a un solo individuo de la fuerza que le faltaba a su clase e inflarlo hasta convertirlo en un prodigio” [Las luchas de clases en Francia, 1848-50, Editorial Progreso, Moscú, 1969]. Para terminar con las citas, podemos aplicarle a Stalin lo que dijo Engels sobre Wellington: “Es grande a su manera, todo lo grande que se puede ser sin dejar de ser mediocre”. La grandeza individual es, por definición, una función social.

Si Stalin hubiera podido prever a dónde le llevaría su lucha contra el “trotskismo”, es indudable que no la hubiera llevado a cabo a pesar de la perspectiva de triunfar sobre sus adversarios. Pero no previó nada. Los pronósticos de sus adversarios, de que se convertiría en sepulturero de la revolución y del partido y en el jefe del termidor le parecían fantasiosos. Creyó en el poder de la burocracia para resolver todos los proble­mas. La falta de imaginación creadora, la incapacidad de generalización y de previsión mataron al revolucio­nario que había en él. Los mismos rasgos le permitie­ron encubrir el ascenso de la burocracia termidoreana con el manto del viejo revolucionario.

Stalin ha desmoralizado sistemáticamente a ese aparato que, a su vez, lo alimenta. Los rasgos de carác­ter que le permitieron organizar los fraudes jurídicos y asesinatos legales más abominables de la historia for­man parte de su personalidad. Pero necesitó años de omnipotencia totalitaria para investirlos de su apocalíp­tica envergadura. Ya hablé de su astucia y su falta de escrúpulos. En 1922 Lenin se pronunció contra la pos­tulación de Stalin para el puesto de secretario general: "Este cocinero sólo preparará platos picantes". En 1923, en una conversación privada con Kamenev y Jerjinski, Stalin confesó que su mayor placer era elegir la víctima, preparar la venganza, golpear y luego acos­tarse a dormir.[7]

“Es una mala persona -me dijo Krestinski-, tiene ojos amarillos”. La misma burocracia que lo necesitaba no lo quería.

A medida que el poder de la burocracia se volvía más absoluto, más se definían los rasgos criminales del carácter de Stalin. Krupskaia, quien durante algunos meses de 1926 militó en la Oposición, me dijo que los sentimientos de Lenin para con Stalin en el último período de su vida eran sumamente desconfiados y profundamente hostiles.[8] Estos sentimientos están expresados en el testamento en forma muy moderada. “Volodia me dijo: ‘El (Stalin) carece del más elemental sentido del honor’. ¿Entiendes? ¡La más elemental decencia humana!” En su última carta Lenin rompe toda relación personal y partidaria con Stalin.[9] “Podemos imaginar la amargura que debía embargar al hombre enfermo para permitirle llegar hasta ese punto”. Sin embargo, el “stalinismo” auténtico empezó a actuar libremente sólo después de la muerte de Lenin.

No, el odio personal es un sentimiento demasiado estrecho, provinciano e íntimo como para ejercer alguna influencia sobre una lucha histórica cuya enver­gadura sobrepasa enormemente a la de cualquiera de sus participantes. De más está decir que Stalin, sepul­turero de la revolución y organizador de crímenes inau­ditos, merece el castigo más severo. Pero ese castigo no es un fin en sí mismo, ni exige medidas especiales. Deberá ser -y será- fruto de la victoria de la clase obrera sobre la burocracia.

Con ello no quiero empequeñecer la responsabili­dad personal de Stalin. Todo lo contrario: la enverga­dura inigualada de sus crímenes es tal, que a ningún revolucionario serio se le ocurriría cobrar la deuda mediante un acto terrorista. Nuestra única satisfacción política y moral está en la caída del stalinismo provo­cada por la victoria revolucionaría de las masas. Y esta caída es inevitable.

Para terminar con el tema del “odio” de la “sed de poder”, diré que, a pesar de las grandes pruebas de los últimos años, jamás he caído en esa “desesperación” que me atribuyen la prensa soviética, los fis­cales stalinistas y los imbéciles “amigos de la URSS” en el extranjero. Jamás en estos trece años me he sen­tido quebrado ni vencido. Jamás he dejado de contem­plar con desprecio a los calumniadores y sus calumnias. Pienso que la escuela de las grandes conmociones his­tóricas que me ha formado, me enseñó a medir los acontecimientos sobre la base de su ritmo propio, no en base en la mezquina vara de la suerte personal. Sólo puedo sentir lástima mezclada con ironía por los hombres que creen que su vida no vale nada porque perdieron una cartera ministerial. El movimiento al que sirvo ha atravesado por ascenso, reflujos y nuevos ascensos. En este momento atraviesa por un gran retro­ceso. Pero las condiciones objetivas de la economía y de la política mundial le crean posibilidades para un ascenso prodigioso que superará ampliamente todo lo conocido. Prever claramente el futuro, prepararlo en medio de las dificultades del momento, contribuir a la formación de nuevos cuadros marxistas: he aquí mi única tarea... El lector sabrá disculpar estas disgresiones personales, motivadas por el fraude judicial.



[1] Mi “odio hacia Stalin”. Les crimes de Staline. Traducido del francés [al inglés] para la primera edición [norteamericana] de Escritos 37-38 por A.L. Preston.

[2] Matvei Skobelev (1885-?): menchevique, fue ministro de Trabajo del Gobierno Provisional, instaurado tras la revolución que derrocó al zarismo en febrero de 1917. Al volver a Rusia desde Estados Unidos des­pués de la revolución de febrero, Trotsky fue secuestrado de su barco y encarcelado en un campo de concentración canadiense por las autorida­des británicas, por considerarlo peligroso para el gobierno ruso y los aliados en general. Permaneció allí durante un mes, hasta que el Gobier­no Provisional obtuvo su libertad a instancias de Lenin.

[3] Iakov Sverdlov (1885-1919): presidente del Comité Ejecutivo de los soviets, secretario del Comité Central bolchevique y presidente de la República Soviética Rusa, véase el panegírico de Trotsky en Portraits, Political and Personal. Grigori Sokolnikov (1888-1939), destacado agitador en 1917, ocupó varios cargos importantes en el gobierno soviético. El segundo proceso de Moscú lo sentenció a diez años de cárcel.

[4] Sobre la falsificación de la historia del partido, véase “Un venerable Smerdiakov” en Escritos 35-36.

[5] Leonid Serebriakov (1870-1937): ocupó puestos importantes en la in­dustria durante los años veinte. Durante un breve periodo militó en la Oposición de Izquierda, fue expulsado (1927), se retractó (1929) y pudo reingresar al partido (1930), pero fue fusilado después del segundo proceso de Moscú.

[6] Alexei Rikov (1881-1938): presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo en 1924-30, y Nikolai Bujarin (1888-1938), presidente de la Comintern en 1926-29 y director de Pravda en 1918-29, eran los dirigentes máximos de la Oposición de Derecha. Aliados de Stalin contra la Oposi­ción de Izquierda (1923 a 1928), capitularon en 1929, pero fueron ejecuta­dos después del tercer juicio de Moscú, en 1938.

[7] Felix Jerjinski (1877-1926): fundador del Partido Socialista de Polo­nia y Lituania. Fue el primer comisario del interior y primer jefe de la Cheka (luego llamada GPU). Nikolai Krestinski (1883-1938), secretario del Comité Central bolchevique en 1919-21 y embajador en Alemania a partir de 1921. Fue ejecutado después del tercer proceso de Moscú.

[8] Nadejda Kruspskaia (1869-1939): bolchevique de la vieja Guardia, era la compañera de Lenin. Cumplió un papel de gran importancia en la clandestinidad y en la organización de la socialdemocracia rusa en el exilio. Durante un breve período (1926) militó en la Oposición Conjunta.

[9] Véase la carta de Lenin del 5 de marzo de 1923, donde amenaza a Stalin con romper relaciones con él, en Lenin’s Fight Against Stalinism [La lucha de Lenin contra el stalinismo] (Nueva York, Pathfinder Press, 1975).



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