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En Noruega “socialista”[1]

 

 

Diciembre 1936

 

 

 

Mi esposa y yo permanecimos durante unos dieciocho meses junio de 1935 a septiembre de 1936 en Weksal, una aldea situada a cincuenta kilómetros de Oslo.[2] Vivíamos en la casa de Konrad Knudsen, director de un periódico obrero. Era la residencia que nos había asignado el gobierno noruego Nuestra vida era totalmente pacífica y ordenada, casi podría decirse pequeño-burguesa. Los demás habitantes de la casa no tardaron en acostumbrarse a nuestra presencia, y se creó una relación silenciosa, pero muy cordial, entre nosotros y las personas que nos rodeaban. Una vez por semana íbamos con los Knudsen a ver viejas películas de Hollywood. De vez en cuando, sobre todo en el verano, recibíamos visitas, principalmente de miembros del ala izquierda del movimiento obrero La radio nos mantenía al tanto de los sucesos mundiales; habíamos empezado a utilizar este maravilloso e insoportable invento tres años antes. Nada nos provocaba mayor asombro que los pronunciamientos oficiales de los burócratas soviéticos. Estos individuos hablan por las ondas de radio como si estuvieran en sus oficinas privadas. Ordenan, amenazan, riñen: no tienen el menor respeto por las reglas más elementales de la prudencia con respecto a los secretos de estado. Sin duda, los estados mayores enemigos deben obtener informes invalorables de los discursos intempestivos de los líderes soviéticos grandes y pequeños. Y todo esto sucede en un país donde la mera sospecha de pertenecer a la oposición implica la acusación de espionaje.

La llegada del correo a Weksal era el mejor momento del día. Hacia la una de la tarde empezábamos a aguardar impacientemente al cartero lisiado quien con su trineo en el invierno y su bicicleta en el verano, nos traía un gran paquete de cartas y periódicos con sellos de todos los países del mundo. El insólito volumen de nuestro correo le provocó al comisario de policía de Honefoss (una aldea vecina de cuatro mil habitantes) más de una noche de insomnio. Lo propio ocurría con el gobierno socialista de Oslo pero eso no lo supimos hasta más adelante.

¿Por qué estábamos en Noruega? Creo que debo decir dos palabras al respecto. Durante un cierto tiempo el Partido Laborista noruego perteneció a la Internacional Comunista.[3] Luego se separó de la Comintern (y la culpa dé ello no debe achacársele exclusivamente a ésta). pero no se afilió a la Segunda Internacional[4] por considerarla demasiado oportunista. Al llegar al poder en 1935, este partido todavía mantenía algunos vínculos con su pasado. Inmediatamente solicité una visa a Oslo, con la esperanza de proseguir mi trabajo literario en paz en este país pacífico.

Tras algunas vacilaciones y rencillas, los dirigentes del partido me concedieron la visa. Gustosamente me comprometí por escrito a no intervenir en la vida interna del país, etcétera, puesto que no tenía la menor intención de inmiscuirme en la política noruega. En mis primeros contactos con los dirigentes laboristas percibí claramente el olor mustio de ese conservadorismo provinciano que las obras de Ibsen denuncian tan vigorosamente. Y a pesar de invocar a Marx y Lenin en lugar de la Biblia y Lutero, el Arbeiderbladet, estaba imbuido de esa mediocridad estrecha y bienintencionada que suscitaba el desprecio total de Marx y Lenin.[5]

El gobierno "socialista" se esforzó al máximo por parecerse en todo lo posible a sus predecesores reaccionarios. Los viejos funcionarios burocráticos permanecieron en sus puestos. ¿Para bien, o para mal? Mi experiencia no tardó en convencerme de que los viejos funcionarios burgueses suelen poseer una visión más amplia y un sentido de la dignidad más profundo que los señores ministros "socialistas". Mis únicos contactos con los círculos gubernamentales se redujeron a una visita oficiosa de Martin Tranmael (quien durante su estadía en Estados Unidos había militado -¡oh, locuras juveniles!- en el IWW) y del ministro de justicia Trygve Lie.[6] No mantuve contactos con la izquierda para evitar cualquier sospecha de participación en la política local.

Mi esposa y yo vivíamos en total aislamiento, sin que se nos ocurriera autocompadecernos. Habíamos establecido relaciones muy amistosas con los Knudsen la política estaba excluida de nuestras conversaciones por acuerdo tácito. En los momentos en que mi enfermedad me lo permitía, trabajé en La revolución traicionada, donde quise explicar las causas por las cuales la burocracia soviética había triunfado sobre los soviets, el partido y el pueblo, y señalar las perspectivas del desarrollo futuro de la URSS. El 5 de agosto (de 1936) envié las primeras copias del manuscrito a los traductores franceses y norteamericanos. Ese mismo día partimos con Konrad Knudsen y su esposa hacia el sur de Noruega para pasar dos semanas a orillas del mar. Pero a la mañana siguiente, mientras seguíamos en viaje, nos enteramos de que un grupo de fascistas se había introducido en la casa para robar mi archivo. No era difícil: no había guardia en la casa, ni candados en los roperos y estanterías. Los noruegos están tan acostumbrados a su ritmo pacifico de vida que no habíamos podido convencer a nuestros amigos para que tomaran algunas precauciones elementales.

Los fascistas llegaron a medianoche, exhibieron falsas credenciales policiales y trataron de iniciar el "allanamiento". Esto despertó las sospechas de la hija de nuestros anfitriones: sin perder la calma, se paró en la puerta de mi dormitorio y declaró que no permitiría la entrada de nadie. Cinco fascistas, carentes de experiencia en esta clase de cosas, vieron frustradas sus intenciones por una muchacha joven. Mientras tanto, su hermano menor salió a dar la alarma; aparecieron los vecinos con sus ropas de dormir. Los violadores, asustados, huyeron llevándose algunos papeles tomados al azar de un escritorio. Al día siguiente la policía no tuvo la menor dificultad en establecer su identidad.

Parecía que la vida volvía a su cauce normal. Pero al proseguir nuestro viaje hacia el sur, percibimos que un automóvil con cuatro fascistas, dirigidos por el ingeniero N., su director de propaganda, seguía al nuestro. Logramos deshacernos de ellos al final del viaje, cuando impedimos que su automóvil subiera a la balsa que nos llevaría a la otra orilla del fiordo. Gozamos de diez días de paz en una solitaria cabaña de pescadores construida sobre las rocas de la islita.

Se acercaban las elecciones al Storting (parlamento) y los candidatos de la oposición buscaban algún problema espectacular que diera mayor interés a sus aburridos programas. Los periódicos del gobierno (Noruega tiene tres millones de habitantes, pero el Partido Laborista publica treinta y cinco diarios y diez semanarios) lanzaron una campaña antifascista bastante moderada. La prensa de la derecha respondió con una violenta campaña en contra mío y del gobierno que me había concedido la visa. Recopiló artículos políticos míos que habían aparecido en distintos países, los tradujo apresuradamente y los publicó con titulares sensacionalistas. Repentinamente me convertí en el eje de la política noruega.

El ataque de los fascistas había despertado gran indignación entre los obreros. "Debemos echar aceite sobre las aguas agitadas", observaron los dirigentes socialdemócratas con aire sabihondo. "¿Por qué?" "Para evitar que los obreros despedacen a los fascistas". La experiencia de varios países de Europa no les había enseñado nada; preferían esperar que los fascistas los despedazaran a ellos. Me aparté de toda la polémica, inclusive en mis conversaciones privadas porque cualquier expresión podía llegar a la prensa. Solo hube de encogerme de hombros y esperar. Durante varios días seguí escalando las rocas y pescando.

Mientras tanto, en el Este empezaba a formarse el frente de tormenta. Allí se disponían a revelarle al mundo que yo conspiraba con los nazis para destruir los soviets. El asalto de Weksal y la violenta campaña de la prensa fascista se produjeron en un momento incómodo para los intereses de Moscú. Ante estos acontecimientos inoportunos, ¿se verían obligados a detener sus planes? Al contrario, los acontecimientos noruegos servirían para acelerar la puesta en escena del juicio de Moscú.[7]

De más está decir que la embajada soviética en Oslo no perdió el tiempo. El 13 de agosto recibimos la visita del Sr. Swen, jefe de la policía criminal de Oslo, quien llegó en avión; deseaba interrogarme en calidad de testigo acerca del asalto fascista. Este interrogatorio apresurado, realizado por orden del ministro de Justicia no presagiaba nada bueno. Swen me mostró una carta (de contenido completamente inocuo) que yo había enviado a un amigo en París y que ya había aparecido en la prensa noruega. Me pidió que rindiera cuentas de mis actividades en Noruega. Para justificar su interrogatorio, el funcionario policial dijo que los invasores de mi casa hacían hincapié en el carácter criminal de mis actividades. El abogado fascista exigía que se me juzgara por participar en "conspiraciones que podrían arrastrar a Noruega a la guerra con otros estados". La conducta del Sr. Swen fue por demás correcta. Evidentemente comprendía que las preguntas que me hacía por orden superior estaban fuera de lugar. Al final de mi prolongado testimonio, el Sr. Swen informó a la prensa que ninguna de mis actividades era contraria a las leyes, ni atentaba contra los intereses de Noruega. Nuevamente creímos que "el incidente estaba terminado". En realidad, apenas comenzaba.

El ministro de Justicia, reciente ex miembro de la Internacional Comunista, no compartía el liberalismo del jefe de policía. El primer ministro Nygaardsvold se mostró menos dispuesto a la indulgencia. Ardía en deseos de demostrar su firmeza, pero no hacia los fascistas culpables de asalto en Weksal. Mis asaltantes permanecieron en libertad, protegidos por la constitución democrática.

El 14 de agosto la agencia soviética Tass anunció el descubrimiento de una conjura terrorista trotskista-zinovievista. Nuestro anfitrión, Konrad Knudsen, escuchó la noticia por la radio. Pero en la isla no había electricidad, las antenas eran muy primitivas y, para colmo, esa noche la radio no funcionaba bien... grupos trotskistas... actividad contrarrevolucionaria..." es todo lo que Knudsen pudo captar.

-¿Qué significa?- preguntó.

-Algo muy sucio -le respondí yo- pero no sé exactamente qué.

Hacia la madrugada llegó de la aldea vecina de Kristiansand un periodista amigo que había tomado notas del comunicado de Tass. Aunque estaba preparado para cualquier cosa, no podía creer lo que veía, tan indignante me parecía el documento, con su mezcla de vileza, insolencia y estupidez.

-Terrorismo, vaya y pase -repetí, anonadado-. Puedo comprender esa acusación. ¡Pero, la Gestapo! ¿Esta usted seguro de que dijo "Gestapo"?[8]

-Sí-

-Quiere decir que, inmediatamente después del ataque fascista, los stalinistas me acusan de aliado de los fascistas.

-No cabe duda.

-Pero, ¡todo tiene un límite! Este comunicado sólo puede ser obra de un provocador borracho y, para colmo, analfabeto.

Inmediatamente le di al periodista mi primera declaración acerca del juicio ("Queremos conocer los hechos", en Escritos 35-36). Era necesario prepararse para la lucha, porque se preparaba un golpe terrible. El Kremlin debía tener razones poderosas para comprometerse con un fraude tan escandaloso.

El juicio sorprendió a la opinión pública y a la propia Internacional Comunista. A pesar de su hostilidad hacia mi, el Partido Comunista Noruego había realizado un acto de protesta por el asalto de Weksal el día 14 de agosto... escasas horas antes de que Tass me declarara aliado de los fascistas. El órgano stalinista francés l’Humanité publicó un cable fechado en Oslo donde decían que, dado que los fascistas me habían hecho una "visita de cortesía", el gobierno noruego consideraba que mi entrevista nocturna con ellos constituía una intromisión en la vida política del país. Hace tiempo ya que los caballeros de l’Humanité perdieron toda vergüenza y siempre están dispuestos a todo con tal de justificar sus salarios.

A partir de mi primera declaración a prensa exigí una investigación pública y exhaustiva de las acusaciones de Moscú. Dirigí una carta abierta al Sr. Swen para completar mi testimonio ("Carta abierta al jefe de policía de Oslo". Escritos 35-36). En el momento de otorgarme la visa, decía mi carta, el gobierno noruego sabía perfectamente bien que yo era revolucionario y uno de los que impulsa la creación de una nueva internacional. Aunque me abstenía estrictamente de intervenir en los asuntos internos de Noruega, no creía -ni creo- que el gobierno noruego tuviera derecho a controlar mi actividad literaria en otros países, sobre todo teniendo en cuenta que ninguno de mis libros y artículos había sido objeto de procedimientos legales. Mi correspondencia estaba imbuida de las mismas ideas que mis libros. No es mí culpa si dichas ideas no son del agrado de fascistas y stalinistas. Últimamente se me hacen acusaciones que superan todo lo dicho por la prensa reaccionaria sobre mi persona. La radio de Moscú me acusa de crímenes inauditos. Si en esas acusaciones hubiera siquiera un átomo de verdad. realmente yo no merecería la hospitalidad del pueblo noruego, ni de ningún otro pueblo. Pero estoy dispuesto a responder a las acusaciones de inmediato, frente a cualquier comisión investigadora imparcial, frente a cualquier tribunal público. Y me comprometo a demostrar que los verdaderos criminales son los fiscales.

Esta carta apareció en la mayoría de los periódicos noruegos. Es de notar que, desde el comienzo, la prensa noruega mantuvo una actitud suspicaz hacia el juicio de Moscú. Martin Tranmael y sus correligionarios habían sido miembros de la Internacional Comunista hasta poco tiempo antes: ¡conocían a la GPU y sus métodos![9] Además, la opinión pública de las masas trabajadoras, irritada por el ataque fascista, me era totalmente favorable. La prensa de derecha perdió la cabeza. Ayer decía que yo actuaba en acuerdo secreto con Stalin para preparar la revolución en España, Francia, Bélgica y, por supuesto. en Noruega. Sin renunciar a esta posición, salió en defensa de la burocracia moscovita contra mis ataques terroristas...

Volvimos a Weksal en momentos en que finalizaba el juicio de Moscú. Con ayuda del diccionario descifré los cables de Tass en los periódicos de Oslo. Me sentía como en un manicomio. Los periodistas nos asediaban: las agencias telegráficas noruegas seguían publicando mis respuestas y difundiéndolas por el mundo. En ese momento llegaron dos jóvenes amigos, quienes habían sido mis secretarios: Erwin Wolf, de Checoslovaquia, y Jean van Heijenoort, de Francia.[10] Nos ayudaron muchísimo durante esos días frenéticos y ansiosos en que aguardábamos los resultados de dos procesos: el de Moscú y el de Oslo.

Si Moscú no ejecutaba a los acusados, nadie prestaría crédito a las acusaciones. Yo estaba convencido de que habría ejecuciones. Sin embargo, no pude dar crédito a mis oídos cuando escuché al locutor de la radio de París informar, con voz temblorosa, que todos los acusados, entre los cuales se hallaban cuatro miembros de la Vieja Guardia del Comité Central bolchevique, habían sido fusilados por orden de Stalin. No me asombró la ferocidad de la masacre. La época de las guerras y de las revoluciones es cruel, pero es nuestra época: nuestra patria en el tiempo. Me asombró la frialdad premeditada del fraude judicial, el gangsterismo moral de la camarilla que detenta el poder, el intento de engañar a la opinión pública mundial en semejante escala: por toda la tierra, por toda una generación, por varias generaciones.

-"Caín Dshugashvili (Stalin) ha llegado a la cumbre de su destino"- le dije a mi esposa tras el primer momento de asombro. La prensa internacional reaccionó con evidente desconfianza hacia el proceso de Moscú. La organización profesional Amigos de la Unión Soviética calló, desorientada. Con bastantes dificultades Moscú puso en marcha la compleja red de organizaciones "amistosas" controladas total o parcialmente por él. Poco a poco la máquina internacional de calumnias empezó a funcionar; no le faltaba lubricante. La principal correa de transmisión fue, naturalmente. el aparato de la Internacional Comunista. El periódico comunista noruego, que hasta ayer me defendió de los fascistas, cambió repentinamente su música. Empezó a exigir mi expulsión y, sobre todo, que se me amordazara. Las funciones de la prensa de la Comintern son conocidas. En el tiempo que resta después de realizar las tareas menores de la diplomacia soviética, lleva a cabo los trabajos más sucios de la GPU. Los cables zumbaban de Moscú a Oslo. Se trataba, en primer termino, de impedir que yo desenmascarara el fraude judicial. Los esfuerzos no fueron en vano. Se produjo un giro repentino en las cúpulas noruegas, giro que el Partido Laborista no percibió y luego no comprendió. No tardaríamos en comprender sus causas ocultas.

El 26 de agosto, mientras ocho funcionarios policiales vestidos de paisano ocupaban el patio de nuestra casa, el jefe de policía, Askvig, y un funcionario de la Oficina Central de Pasaportes a cargo de la supervisión de los extranjeros, vinieron a visitarnos. Estos señores importantes me invitaron a firmar un documento con nuevas condiciones para residir en Noruega. Debía abstenerme de escribir sobre cuestiones políticas del momento y de conceder entrevistas; debía someterme a la inspección policial de toda mi correspondencia, saliente y entrante. El documento oficial no hacia la menor alusión al proceso de Moscú: como único ejemplo de mis trasgresiones mencionaba un artículo sobre la situación política francesa publicado en el semanario norteamericano Nation y mi carta abierta al jefe de la policía criminal, Sr. Swen. Evidentemente, el gobierno noruego echaba mano del primer pretexto que se le ocurría para ocultar las verdaderas causas de su cambio de actitud. Después comprendí por qué solicitaban mi firma: de acuerdo con la constitución del país, no se pueden restringir las libertades de un individuo sin el correspondiente proceso judicial. El ingenioso ministro de justicia tuvo que llenar este vacío en la ley fundamental del país invitándome a que me atara de pies y manos por propia voluntad. Mi respuesta fue una negativa categórica.

El ministro me informó inmediatamente que no se me permitiría ver a periodistas. Intermediarios, ni terceros en general y que próximamente el gobierno nos asignaría una nueva residencia a mi esposa y a mí.

Intenté. por correo, que el ministro comprendiera ciertas verdades fundamentales: que el control de mi actividad literaria no entra en la jurisdicción de un empleado de la Oficina de Pasaportes; que impedirme toda comunicación con la prensa en momentos en que yo era objeto de toda clase de calumnias equivalía a solidarizarse con los acusadores. Todo esto era muy cierto, pero... ¡la embajada soviética disponía de argumentos más convincentes!

A la mañana siguiente los agentes de la policía me condujeron a Oslo para ser interrogado, siempre en calidad de "testigo" del ataque fascista. Al magistrado examinador no le interesaban los hechos. Me interrogó durante dos horas acerca de mis actividades políticas, mis vínculos y las visitas que recibía. Se produjeron prolongados debates acerca de si mis artículos criticaban a otros gobiernos. De más esta decir que me negué a discutir esa cuestión. El magistrado concluyó que esta actitud violaba el acuerdo que yo había firmado, acerca de abstenerme de toda acción hostil contra otros estados. Respondí que solamente los regímenes totalitarios consideran que estado y gobierno son la misma cosa. Para los regímenes democráticos, la crítica al gobierno no constituye un ataque contra el estado. Si no ¿qué sería del sistema parlamentario? La única interpretación sensata del acuerdo original era que yo me había comprometido a no realizar actividades ilegales ni clandestinas en Noruega. Pero jamás se me había ocurrido pensar que, estando en Noruega, yo no podría publicar artículos en otros países, artículos que de ningún modo contravenían las leyes de los mismos. El juez tenía otras ideas al respecto o, al menos, otras instrucciones; no resultaban muy claras, por cierto, pero sí bastaban para causar mi arresto domiciliario.

Del tribunal me llevaron al despacho del ministro de Justicia, quien me recibió acompañado por sus más altos funcionarios. Me invitó a firmar una versión levemente modificada del documento del día anterior, donde yo aceptaba la vigilancia policial.

-Si me quiere arrestar -pregunté-, ¿para qué necesita mi autorización?

-Sin embargo- respondió el ministro con aire sabihondo- entre el arresto y la libertad total existe una situación intermedia.

-Eso es una ambigüedad, o una trampa. ¡Prefiero que me arresten!.

El ministro me hizo esa concesión e inmediatamente dio las órdenes pertinentes. Los agentes policiales apartaron bruscamente a Erwin Wolf, quien me había acompañado y se disponía a volver conmigo. Cuatro policías, esta vez uniformados, me condujeron a Weksal. En el patio vi cómo otros agentes sacaban a van Heijenoort a empujones de la casa. Mi esposa salió asustada. Me obligaron a permanecer en el automóvil mientras preparaban el aislamiento de nuestros cuartos. La policía ocupó la sala de estar y cortó el cable del teléfono. Quedamos prisioneros. La dueña de casa nos traía las comidas bajo la vigilancia de dos policías. Las puertas de nuestros cuartos permanecían constantemente entornadas. El 2 de septiembre nos trasladaron a Sundby, una aldea de Storsand situada a treinta kilómetros de Oslo, al borde de un fiordo.

Allí vivimos durante tres meses y veinte días bajo la vigilancia de trece agentes de la policía. Nuestra correspondencia era revisada por la Oficina Central de Pasaportes, y esta agencia no veía razón alguna para trabajar con rapidez. No se nos permitían visitas. Para justificar este procedimiento, contrario a la constitución noruega, el gobierno debió aprobar una ley ad hoc. Mi esposa fue arrestada sin ninguna explicación.

Diríase que los fascistas noruegos podían celebrar una victoria. En realidad, no fueron ellos los vencedores. El secreto de mi arresto domiciliario era sencillo. El gobierno de Moscú amenazó con el boicot al comercio noruego y dio algunos ejemplos concretos de la seriedad de la amenaza. Los navieros sitiaron a los ministerios:

"Hagan lo que les plazca, pero déjennos comerciar con Moscú"

La marina mercante del país, la cuarta en el mundo, tiene un peso decisivo en los asuntos públicos, y los burgueses navieros trazan la política, independientemente de quién ocupe los ministerios. Stalin empleó el monopolio del comercio exterior para impedir que yo desenmascarara el fraude judicial. Los círculos financieros noruegos acudieron en su ayuda. Los ministros socialistas se justificaron diciendo: "¡No podemos sacrificar los intereses vitales del país por Trotsky!". Ese fue el motivo de mi arresto.

El 17 de agosto, tras las espectaculares revelaciones fascistas y las acusaciones de Moscú, Martin Tranmael escribió en Arbeiderbladet: "Durante su permanencia en nuestro país Trotsky está sometido estrictamente a las condiciones que le fueron impuestas a su arribo." Ahora bien, en su carácter de director del periódico, Tranmael conoce mi actividad literaria -sobre todo los artículos que constituirían la base del informe de la Oficina de Pasaportes- mejor que nadie. Pero apenas el gobierno aprobó el informe (realizado por orden de Moscú), Tranmael comprendió que en este asunto el gran culpable era Trotsky. ¿Por qué no había renunciado a sus ideas o, por lo menos, al derecho de expresarlas? En ese caso hubiera podido gozar pacíficamente de los beneficios de la democracia noruega.

Aquí cabe, quizás, una breve disgresión histórica. El 16 de septiembre de 1928 llegó a Alma Ata una delegación especial de la GPU para exigirme que me abstuviera de toda actividad política,[11] amenazándome con tomar medidas coercitivas si me negaba a hacerlo.

Le escribí al Comité Central:

"Exigirme que renuncie a toda actividad política es exigirme a que abandone la lucha por la causa del proletariado internacional, lucha que libro incesantemente desde hace treinta y dos años, es decir, desde el comienzo de mi vida consciente... El poder histórico de la Oposición radica en que, a pesar de su aparente y momentánea debilidad, mantiene sus dedos sobre el pulso del proceso histórico mundial: percibe claramente la dinámica de las fuerzas sociales; prevé el futuro y se prepara conscientemente para enfrentarlo. Si renuncio a mi actividad política, renuncio a prepararme para el futuro. En el mensaje al Sexto Congreso de la Internacional Comunista, la Oposición previó el ultimátum que se me envía: ’Solo una burocracia completamente desmoralizada podría exigirles a los revolucionarios que abandonen la actividad política. Sólo un despreciable renegado podría someterse a esa exigencia.’ No veo razón alguna para cambiar estas palabras."

En respuesta a esta declaración, el Buró Político resolvió exiliarme y me envió a Turquía. Me negué a renunciar a mi actividad política y lo pagué con el exilio. Ahora el gobierno noruego exigía que yo pague mi exilio renunciando a mi actividad política. No, señores demócratas, eso es algo que no puedo aceptar.

En la citada carta al Comité Central, expresé la convicción de que la GPU se preparaba para encarcelarme. Me equivoqué. El Buró Político me exilió. Pero lo que Stalin no se atrevió a hacer en 1928, los "socialistas" noruegos lo hicieron en 1936. Me encarcelaron porque me negué a poner fin a la actividad política que constituye la esencia de mi vida, que le da su sentido. El órgano oficial del gobierno se justificó afirmando que ya han pasado los tiempos en que grandes exiliados como Marx, Engels y Lenin podían decir lo que quisieran contra los gobiernos de los países que les daban asilo.[12] "Hoy existen relaciones muy distintas y Noruega debe tenerlas en cuenta."

Es indudable que el capital monopolista ha golpeado implacablemente a la democracia y sus garantías. Y esa triste frase de Martin Tranmael, ¿no nos da una idea de cómo los socialistas piensan emplear esa democracia, de la que tanto se ha abusado, para trasformar la sociedad? Por otra parte, ¡en ningún otro país democrático se hubiera podido violar las normas legales con tanto cinismo como en Noruega! Nos arrestaron el 28 de agosto; el 31 el gobierno promulgó un decreto real donde se arrogaba el derecho de someter a arresto domiciliario a los extranjeros "indeseables". Aun reconociendo la legalidad del decreto -que fue cuestionada por varios juristas-, durante tres días fuimos arrestados arbitrariamente y por la fuerza. Pero esto fue sólo el comienzo: las cosas irían de mal en peor.

Los primeros días del arresto domiciliario fueron como una cura de descanso después de la tensión nerviosa del juicio de Moscú. Era bueno estar solos, sin noticias, sin telegramas, sin correspondencia, sin teléfono. Pero a partir del primer periódico el arresto se convirtió en una tortura. Es asombroso el papel que juega la mentira en la vida social Se suelen distorsionar los hechos sencillos más que los otros. No me refiero a las distorsiones insignificantes, que son fruto de contradicciones sociales, antagonismos secundarios y taras sicológicas. Me refiero a las formidables mentiras difundidas por la poderosa maquinaria del gobierno, que llegan a todas partes y a todas las personas. Ya lo habíamos comprobado durante la guerra, cuando todavía no existían los regímenes totalitarios. En esa época, la mentira seguía siendo diletante y tímida. Ya hemos superado ampliamente esa etapa en nuestra era de la mentira absoluta, de la mentira completa y totalitaria, difundida por los monopolios de la prensa escrita y radial para encarcelar a la conciencia social.

Durante las primeras semanas de detención nos prohibieron la radio. Nuestro vigilante era el Sr. Konstad, director de la Oficina Central de Pasaportes, a quien la prensa liberal calificaba cortésmente de semi-fascista. Además de sus caprichos y arbitrariedad, su forma de actuar nos enfurecía. Empeñado en mantener la coherencia de los métodos policiales, Konstad pensaba que la radio era incompatible con el régimen del arresto domiciliario. Sin embargo, se impuso la tendencia liberal del gobierno y recibimos una radio.

Beethoven era un gran consuelo, pero había poca música. Generalmente nos veíamos obligados a escuchar a Hitler, a Goebbels o a algún orador de Moscú.[13] Nuestros pequeños cuartos se vieron inundados por el lodo de la mentira. Los oradores de Moscú mentían en distintos idiomas y a distintas horas del día y de la noche... siempre sobre el mismo tema: cómo y por qué yo había organizado el asesinato de Kirov.[14] (Cuando Kirov estaba vivo, yo no le prestaba más atención que a los generales chinos.) Los oradores, invariablemente ignorantes y groseros, recitaban interminables letanías a las cuales sólo la mentira les daba alguna coherencia.

"Aliado a la Gestapo, Trotsky piensa provocar la caída de la democracia en Francia, la victoria de Franco en España, la caída del socialismo en la URSS y. sobre todo, la pérdida de nuestro gran líder, nuestro genio, nuestro amado..." La voz del locutor era triste y a la vez insolente. Evidentemente, este mentiroso profesional despreciaba a Francia, a España y el socialismo. Pensaba en su pitanza. Después de unos minutos la cháchara se volvía insoportable. Varias veces al día nos preguntábamos, avergonzados: ¿es posible que la raza humana sea tan estúpida? Y, con la misma frecuencia, mi esposa y yo nos decíamos: "No pueden haber caído tan bajo".

A Stalin no le preocupaba la verosimilitud. Había asimilado las técnicas psicológicas del fascismo, que consisten en ahogar las criticas bajo un colchón de mentiras. ¿Debíamos refutar, desenmascarar las mentiras? No nos faltaban materiales. En nuestros papeles y memorias mi esposa y yo teníamos una cantidad inmensa de datos para descubrir las mentiras. Día y noche, a cada instante, recordábamos hechos, cientos de hechos, miles de hechos, cada uno de los cuales destruía una acusación o una "confesión voluntaria".

En Weksal, antes del arresto, yo había dictado un trabajo en ruso sobre el juicio de Moscú. Ahora carecía de secretarios, debía escribir todo a mano. Y no era esta la principal dificultad. Mientras yo escribía notas, verificaba cuidadosamente las fuentes, hechos y fechas que citaba, mientras pensaba una y otra vez "¿no es vergonzoso responder a semejantes infamias?", las imprentas de todo el mundo rodaban a toda velocidad, difundiendo nuevas y apocalípticas mentiras a través de millones de periódicos, y los locutores de Moscú envenenaban las ondas radiales.

¿Cuál sería la suerte de mi folleto? ¿’Lo dejarían salir del país? La ambigüedad de nuestra posición nos creaba dificultades. El presidente del consejo y el ministro de Justicia eran partidarios del encarcelamiento total. Los demás ministros temían que la opinión pública se volcara contra esa medida. Las preguntas que formulé para conocer mis derechos no obtuvieron respuesta. Si hubiera constatado que el trabajo literario, inclusive el de autodefensa, me estaba vedado, lo hubiera abandonado momentáneamente para leer a Hegel: allí estaba el libro sobre mi escritorio.[15] Pero el gobierno no me prohibía nada en términos claros e inequívocos. Se limitaba a confiscar los escritos que enviaba a mi abogado, a mi hijo y a mis amigos. Tras trabajar duramente para redactar el documento, esperaba, con impaciencia, la respuesta del destinatario. Pasa una semana, a veces dos. Entonces llegaba un suboficial de policía con un papel, firmado "Konstad", con la noticia de que tales y cuales cartas y documentos no serían enviados. Ninguna explicación: sólo una firma. Pero, qué firma! Vale la pena reproduciría en todo su esplendor:

¡No es necesario ser grafólogo para comprender en manos de quién estaba nuestra suerte por orden del gobierno!

Sin embargo, la jurisdicción del Sr. Konstad sólo abarcaba nuestra vida espiritual: radio, correspondencia y periódicos. Nuestras personas estaban en manos de dos altos funcionarios policiales: los señores Askvig y Jonas Líe. El escritor noruego Helge Krog. cuyos juicios merecen confianza, dice que ambos son fascistas. Su comportamiento fue mejor que el de Konstad. Pero esto no altera el fondo político. Los fascistas asaltan mi casa. Stalin me acusa de mantener una alianza con los fascistas. Para impedir que yo refute las mentiras obliga a sus aliados democráticos a encarcelarme. El resultado es que nos encarcelan bajo la vigilancia de tres funcionarios fascistas. Ningún jugador de ajedrez, en sus fantasías más febriles, podría imaginar semejante desarrollo de las piezas.

Sin embargo, no podía aceptar pasivamente acusaciones tan abominables. ¿Qué podía hacer? Podía formular cargos contra los stalinistas y fascistas noruegos que me calumniaban a través de la prensa, para demostrar la falsía de las acusaciones de Moscú. Lo intenté, pero el 29 de octubre el gobierno promulgó una ley especial autorizando al ministro de Justicia a negar el recurso de acción legal a cualquier "extranjero arrestado". El ministro no tardó en valerse del nuevo derecho. La primera ilegalidad sirvió para justificar la segunda.

¿Por qué el gobierno tomó una medida tan escandalosa? Por la misma razón. La pequeña hoja comunista de Oslo, que hasta ayer hacía gala de servilismo abyecto ante el gobierno, empezó a amenazarlo de manera intolerablemente arrogante: el ataque de Trotsky contra el prestigio de los tribunales soviéticos", ¡tendría consecuencias económicas nefastas para Noruega! ¿El prestigio de los tribunales soviéticos? Pero éste sufriría menoscabo si yo lograba demostrar la falsedad de las acusaciones de Moscú ante un tribunal noruego. Eso era precisamente lo que temía el Kremlin.

Traté de enjuiciar a mis calumniadores en otros países, en Checoslovaquia y Suiza. El resultado no se hizo esperar: el 11 de noviembre el ministro de Justicia me dirigió una carta grosera (diríase que para los ministros socialistas noruegos la grosería es un símbolo de poder), donde me prohibía emprender acciones legales en ningún país. Para proteger mis derechos en otro país debía antes "abandonar Noruega". En estas palabras había una amenaza apenas velada de expulsión, de entregarme a la GPU. Así interpreté este documento en una carta a mi abogado francés, Gérard Rosenthal. El censor noruego me permitió enviarla, confirmando así su contenido. Mis amigos, alarmados, comenzaron a golpear a todas las puertas para conseguirme una visa. El resultado de sus esfuerzos fue que se me abrieron las puertas del lejano México. Pero volveremos sobre esto.

El otoño fue neblinoso y con lluvias. Sería difícil describir la atmósfera de Sundby: una casa de madera, parte de la cual estaba ocupada por policías lentos y pesados que fumaban sus pipas, jugaban a los naipes y al mediodía me traían los periódicos cargados de calumnias, o los mensajes de Konstad con su inevitable firma. ¿Qué pasaría? Ya el 15 de septiembre había tratado de advertir a la opinión pública, a través de la prensa, de que Stalin se vería obligado a realizar un segundo juicio de Moscú tras el desastre del primero. Predije que en esta ocasión la GPU trasladaría la base de operaciones de la conspiración a Oslo. Con ello, traté de cerrarle el camino a Stalin, impedirle poner en escena el segundo acto, quizá salvar a los acusados. ¡En vano! Confiscaron mi mensaje. En una carta a mi hijo escribí una respuesta al servil panfleto del abogado inglés Pritt.[16] Pero dado que el "abogado de Su Majestad" defendía a la GPU, el gobierno noruego se sintió en la obligación de defender a Pritt: confiscaron el mensaje. Escribí a la Federación Sindical Internacional para recordarle, entre otras cosas, el trágico fin del dirigente sindical soviético Tomsky y exigirles que actuaran enérgicamente.[17] El ministro de justicia confiscó la carta.

Día a día se ajustaba el nudo. Nos prohibieron los paseos. Nos prohibieron las visitas. Los censores retenían nuestras cartas y telegramas durante una semana o más. En sus entrevistas con la prensa, los ministros atacaban cobardemente a sus prisioneros. El escritor Helge Krog anota que el antagonismo del gobierno para conmigo aumentaba día a día, y agrega: "No es inusual que las personas se vuelvan hostiles para con aquellos a quienes han perjudicado, para con aquellos hacia quienes tienen sentimientos de culpa..."

Cuando recuerdo el período de arresto domiciliario, debo agregar que jamás, en ningún momento de mi vida -y he vivido muchas cosas- ningún gobierno me persiguió con tan miserable cinismo como el gobierno "socialista" noruego. Durante estos cuatro meses, los ministros, empapados de hipocresía democrática, me ataron de pies y manos para impedirme protestar contra el crimen más grande que conozca la historia.



[1] En Noruega "socialista". De Les crimes de Staline (Grasset, París, 1937). Traducido del francés [al inglés] para la primera edición [norteamericana]de esta obra por Ruth Schein

[2] Natalia Sedova (1882-1962): esposa de Trotsky, trabajó en el comisariado de Educación soviético durante varios años a partir de la revolución de 1917. En 1941 empezó a tener diferencias con la Cuarta Internacional y cortó sus relaciones con la misma en 1951.

[3] Partido Laborista Noruego (NAP): el gran partido de la clase obrera noruega. Rompió con la Segunda Internacional y se afilió a la Comintern en 1919; rompió con ésta en 1923. A mediados de los años treinta mantenía vínculos con el Buró de Londres, pero luego volvió a la Segunda Internacional. En 1935 llegó al poder en Noruega, concedió asilo a Trotsky, pero lo sometió a arresto domiciliario y al silencio después del primer juicio de Moscú. La Internacional Comunista (llamada también Tercera Internacional o Comintern) fue fundada en 1919 bajo la dirección de Lenin como sucesora revolucionaria de la Segunda Internacional. Stalin la disolvió en 1943 como gesto de buena voluntad para con sus aliados imperialistas.

[4] Segunda Internacional: fundada en 1889 como organización laxa de partidos socialdemócratas y laboristas, que reunía en sus filas a elementos tanto revolucionarios como reformistas. Su papel progresivo llegó a su fin cuando las secciones más importantes, violando los principios más elementales del socialismo, apoyaron a sus gobiernos imperialistas en la primera guerra mundial. Se desintegró durante dicha guerra, pero resurgió en 1919 como organización totalmente reformista.

[5] Carlos Marx (1818-1883): fundador, junto con Engels, del socialismo científico y uno de los dirigentes de la Primera Internacional (1874-76). V. I. Lenin (1870-1924) devolvió al marxismo su carácter de teoría y práctica de la revolución en la época imperialista, después de su envilecimiento por los oportunistas, revisionistas y fatalistas de la Segunda Internacional. Fundó la tendencia bolchevique, la primera que construyó el tipo de partido que se necesita para dirigir una revolución obrera. Fundó la Internacional Comunista y participó en la elaboración de sus principios, estrategia y tácticas. Preparó la lucha contra la burocratización del PC ruso y del estado soviético, pero murió antes de poder llevarla a cabo.

[6] IWW (Industrial Workers of the World [Obreros Industriales del Mundo]): fundada en Chicago en 1905, era un sindicato industrial anticapitalista y revolucionario. Rechazaba la acción política y el trabajo en el sector más masivo del movimiento obrero norteamericano. Fue reprimido duramente por el gobierno durante la Primera Guerra Mundial. Esto inició su decadencia, que se aceleró con la fundación del PC en 1919. Trygve Lie (1896-1968) fue asesor legal del NAP, luego ministro de Justicia de Noruega en 1935-39. Arrestó e incomunicó a Trotsky para impedirle su defensa frente a las calumnias de los juicios de Moscú. Fue ministro de Relaciones Exteriores en 1941-46 y secretario general de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial, 1946-53.

[7] En agosto de 1936 Stalin lanzó el primer gran juicio de Moscú, basado en las confesiones de los acusados. Estos eran dieciséis, encabezados por Zinoviev y Kamenev, bolcheviques de la Vieja Guardia. Se los acusaba del intento de asesinar a los dirigentes soviéticos y de conspirar con el fin de restaurar el capitalismo. Loa dieciséis fueron ejecutados. Trotsky y su hijo León Sedov eran los acusados principales in absentia en estos procesos.

[8] Gestapo: policía secreta de los nazis. José Stalin (1879-1953), social-demócrata a partir de 1898, ingresó a la fracción bolchevique en 1904 y al Comité Central en 1912. Después de la revolución de febrero de 1917 y antes de que Lenin regresara y reorientara a los bolcheviques hacia la toma del poder, Stalin era partidario de la conciliación con el Gobierno Provisional. Fue comisario de nacionalidades en el primer gobierno soviético y secretario general del PC a partir de 1922. En 1923 Lenin pidió que se lo relevara de ese puesto, porque lo estaba utilizando para colaborar en la burocratización de los aparatos partidario y estatal. A partir de la muerte de Lenin (1924), Stalin eliminó gradualmente a sus adversarios más importantes, empezando por Trotsky, hasta que en los años treinta se convirtió en dictador virtual del partido y de la Unión Soviética. Los conceptos principales que se vinculan a su nombre son "socialismo en un solo país", "socialfascismo" y "coexistencia pacífica".

[9] GPU: iniciales de uno de los nombres de la policía política soviética, otras son Cheka, NKVD, MVD. KGB, pero GPU es el más utilizado.

[10] Erwin WoIf (1902-1937): trotskista checo y miembro del Secretariado Internacional, fue secretario de Trotsky en Noruega. En 1937 fue secuestrado y asesinado por la GPU en España. Jean van Heijenoort (1912- ) fue secretario de Trotsky en los cuatro países donde trascurrió su último exilio.

[11] Después de su expulsión del partido en noviembre de 1927, Trotsky fue exiliado a Asia Central a principios de 1928. Permaneció allí durante un año y luego fue exiliado a Turquía a principios de 1929.

[12] Federico Engels (1820-1895): colaborador de Marx durante toda la vida de éste y, con él, fundador del socialismo científico. Fue dirigente de las internacionales Primera y Segunda.

[13] Joseph Goebbels (1897-1945): nazi, ministro de propaganda y esclarecimiento nacional desde 1933 hasta que se suicidó, tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Adolfo Hitler (1889-1945), jefe del partido nazi, fue elegido canciller de Alemania en enero de 1933 y condujo a Alemania a la Segunda Guerra Mundial.

[14] Serguei Kirov (1886-1934): miembro del Comité Central del PCUS a partir de 1923 y secretario de la organización de Leningrado a partir de 1926. Su asesinato señaló el comienzo de las purgas que culminaron en los juicios de Moscú y en el exterminio de todos los restos de la dirección de la Revolución Rusa. Leonid Nikolaev, el asesino, fue juzgado a puertas cerradas y fusilado en diciembre de 1934. El asesinato fue resultado de un error cometido por la policía secreta soviética en un intento por fabricar una conspiración que pudiera utilizarse para acusar a Trotsky de terrorismo. Todavía se desconocen muchos detalles del hecho, a pesar de que Nikita Jruschov declaró que la versión oficial era falsa, en su famoso discurso ante el Vigésimo Congreso del PCUS (1956).

[15] Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831): el más destacado filósofo alemán de la primera mitad del siglo XIX, desarrolló el sistema dialéctico. Tuvo influencia sobre Marx, quien tomó de él aspectos fundamentales de su método dialéctico de razonamiento, pero volviéndolo "cabeza arriba", es decir, sobre una base materialista y no idealista.

[16] Denis M. Pritt (1858-1972): abogado británico y parlamentario laborista, 1935-50. Admirador incondicional de Stalin, decía que el juicio de Moscú era "un ejemplo para el mundo entero". La respuesta de Trotsky al panfleto de Pritt era el borrador de un largo articulo, incorporado luego a "¡Vergüenza!" (Escritos 35-36).

[17] La Federación Sindical Internacional (FSI): dominada por la socialdemocracia, tenía su sede en Amsterdam. Mijail Tomski (1886-1936), bolchevique del ala derecha, se opuso a la insurrección de octubre de 1917. Como jefe de los sindicatos soviéticos y miembro del Buró Político, fue estrecho colaborador de Stalin durante los años veinte, hasta que se plegó a la lucha de la derecha, encabezada por Bujarin, contra Stalin. Se suicidó durante el primer juicio de Moscú. La segunda carta de Trotsky a la FSI, fechada el 22 de octubre de 1936. estaba firmada por Michael Puntervold, su abogado noruego (véase Escritos 35-36).



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