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Durante el proceso de Moscú[1]

 

 

25 de enero de 1937

 

 

 

1. ¿Cuál es el objeto de la conspiración?

 

Existen crímenes horribles, monstruosos, grotes­cos. Así fueron los crímenes de Macbeth. Así fueron los crímenes de César Borgia. Así son los crímenes de Sta­lin en los procesos de Moscú. Pero si el criminal no es un demente, el crimen debe obedecer a algún motivo personal o político. Radek y Piatakov se han confesado culpables de crímenes odiosos. Pero el problema radica en que estos crímenes no tienen sentido. Emplearon el terror, el sabotaje y la colaboración con los imperialistas -dicen las acusaciones- para restaurar el capitalismo en la URSS. ¿Por qué? Durante todas sus vidas lucharon contra el capitalismo. Hasta hace pocos días escribían artículos y pronunciaban discursos para demostrar la inmensa superioridad del sistema soviético sobre el capitalismo. La supuesta actividad conspi­rativa (1932-36) coincidió con el período de la gran de presión mundial, desocupación, ascenso del fascismo, etcétera. ¿Acaso Radek y Piatakov se convencieron de la superioridad del capitalismo en un período como es­te? Los cables periodísticos no lo dicen. Aparentemente, los acusados no tienen nada que decir acerca de la tremenda conmoción interna que sufrió su pensamiento. ¡No es de extrañar! No tienen nada que decir. No hubo conmoción y, a juzgar por las circunstancias, no podía haber conmoción.

¿Acaso actuaron movidos por motivos personales: sed de poder o de riquezas? Pero hasta hace muy poco tiempo ambos ocupaban cargos muy altos en el gobier­no soviético y poseían un nivel de vida acorde con los mismos: buenas viviendas, casas veraniegas, automóviles, etcétera. Ningún otro régimen podría brindarles una situación mejor.

Pero quizá se sacrificaron en aras de su amistad hacia mí; dicho de otra manera, quisieron vengar mi expulsión de la Unión Soviética en la persona de Sta­lin. ¡Es una hipótesis absurda! Los actos, discursos y artículos escritos por Radek y Piatakov en los últimos nueve años demuestran que habían dejado de ser mis amigos para convertirse en enemigos acérrimos. Todos los corresponsales extranjeros en Moscú que exaltan a Stalin y enlodan mi nombre (Duranty es un buen ejemplo) se inspiraban en Radek ¿No es inverosímil que estos hombres hayan abandonado el socialismo, la obra de su vida, y se hayan entregado al verdugo para vengarme?

Por último, los atentados terroristas contra la cúpula dominante resultan concebibles como actos de venganza (aunque cualquier político inteligente se daría cuenta de que los actos terroristas provocarían en primer término el exterminio de la Oposición). Pero no, para los acusados, el terrorismo individual no era bastante; querían... restaurar el capitalismo. ¡Lo deseaban hasta tal punto que entraron en contacto con el fascismo alemán y el militarismo japonés! ¿Creen acaso que un régimen capitalista nos daría, a ellos y a mí, puestos políticos de dirección? La base política del proceso es tan insensata que hasta resulta difícil formularla de manera inteligible.

Sin embargo, empezamos a descubrir el sentido de las “confesiones” de Radek, Piatakov y los demás si nos olvidamos de las personalidades, la sicología, los objetivos y los métodos de los acusados, y tenemos en cuenta los intereses de la camarilla burocrática y los objetivos personales de Stalin, quien emplea a los acusados como herramientas mecánicas. En la actua­lidad, la base del sistema soviético está asentada sobre los principios de “¡El estado soy yo!” y “¡El socialismo soy yo!” Quien lucha contra Stalin, lucha contra el socialismo. Esta es la idea que se inculca constantemente a las masas populares de la URSS. Criticar el despotismo y los privilegios de la burocracia equivale a aliarse con los enemigos del socialismo. Stalin está por encima de la crítica, del partido y del estado; ergo, sólo se lo puede derribar asesinándolo. Por consiguiente, quienes pasan a la oposición se ubican junto a los terroristas. Tal es la lógica interna del bonapar­tismo. Los testimonios de los acusados, fácticamente insostenibles y sicológicamente ilógicos desde el punto de vista de los propios acusados, resultan racionales si se los mira con la óptica de la camarilla domi­nante. Stalin emplea el terror para imponerles su propia sicología e intereses. Esto explica la mecánica interna de los procesos de Moscú.

 

2. El testimonio de Radek

 

Los testimonios de los acusados se derrumban al menor roce con los hechos, los documentos, la crono­logía y la lógica. Según el testimonio de Radek, yo le escribí acerca de la necesidad de matar a Stalin, Kirov y Voroshilov,[2] y de desmembrar a la URSS. Las cartas de este tipo suponen que entre nosotros existía una solidaridad y confianza totales. Nada de eso. Radek solo pudo impresionar a los periodistas extranjeros. Nin­guno de los dirigentes bolcheviques lo tomó jamás en serio. Lenin lo trataba con abierto desprecio. En 1928, estando yo en el exilio dentro de la URSS, mis amigos me escribían acerca de Radek en tono de absoluta desconfianza. Esas cartas están en mi poder. Después de la capitulación, la desconfianza se trasformó en desprecio. Poseo documentos que demuestran que Radek era, para mí, no sólo un capitulador, sino tam­bién un traidor. En el verano de 1929, en Constanti­nopla, recibí la visita de Blumkin, ex funcionario de mi secretariado militar. Al volver a Moscú, Blumkin le relató el encuentro a Radek. Este lo traicionó. En esa época, la GPU todavía no se había rebajado hasta el punto de acusarnos de “terrorismo”. Sin embargo, fusilaron a Blumkin, sin juicio y en secreto. He aquí lo que escribí el 25 de diciembre de 1929 en el Biu­lleten de la Oposición rusa, basándome en cartas reci­bidas desde Moscú: “Conocemos muy bien la cháchara nerviosa (de Radek). Ahora está completamente desmoralizado, característica común de todos los capituladores... Tras perder hasta el último vestigio de equilibrio moral, no se detuvo ante la peor canallada.” Más abajo se lo tacha de “masa de gelatina histérica”. Las cartas relatan con detalles como, “después de su conversación con Radek, Blumkin comprendió que lo habían traicionado”.[3] ¿Acaso uno escribe estas cosas acerca de un aliado o persona de confianza?

Para salvar su vida, Radek manifiesta ante el tribu­nal que él no aceptó mis propuestas criminales. ¿Podría yo haber hecho propuestas terroristas a una persona, sin estar convencido de antemano de su solidaridad? ¿O, peor aún, a alguien que se había desacreditado ante mis ojos no sólo con la capitulación, sino también con la traición a Blumkin, por no hablar de los cente­nares de artículos envenenados que escribió contra mi persona, mis posiciones y mis compañeros?

Radek declaró que “confesó” después que todos los demás. He aquí la clave del mecanismo inquisitorio de las confesiones: quien no confiesa es fusilado durante la indagación. ¿Qué ha sido de los acusados Arkus, Gaven, Karev, Kuklin, Medvede, Putna, Fedtov, Sharov, Gaevski, Riutin, Shatskin y tantos más?[4] A la mayoría los fusilaron por negarse a seguir el libreto de Stalin en el tribunal. Los demás siguen en el laboratorio. Es por eso que Radek, tras un intento de resistencia moral, se sintió obligado a asumir el papel indigno de testigo falso en su contra y, sobre todo, en contra mía. Su comportamiento en el tribunal demuestra que no quiere morir. No, no ha perdido las esperanzas de salvarse. ¿Resulta difícil de creer des­pués del juicio de Zinoviev? Únicamente para aquellos que comen tranquilamente su bistec en un cómodo salón.

Se dice que Radek me envió las cartas ocultas en la encuadernación de un libro. Me consta que Radek no es encuadernador. Eso significa que en Moscú hay un encuadernador profesional que cumple tareas secretas para Radek. ¿Por qué no figura en el proceso? ¿Por qué Radek no lo nombra? ¿Por qué ni el fiscal ni el magis­trado le preguntan a Radek acerca de este detalle, al que cualquier abogado le daría gran importancia? Muy sencillo: porque el magistrado y el fiscal le ayudan a Radek a ocultar la endeblez fáctica de su “confesión”. ¡Sin esa ayuda el juicio sería imposible!

 

3. Vladimir Romm

 

Desconozco a Vladimir Romm por completo, jamás he tenido trato con ninguna persona de ese nombre. No conozco el nombre con que firmaba sus artículos en Izvestia. Digamos de paso que durante mi último exilio (1929-37) jamás me suscribí a Izvestia y que sólo leí alguna edición que cayó en mis manos por casualidad. Estoy al tanto de los sucesos de la URSS a través de Pravda. Este hecho es fácil de verificar mediante los archivos postales. Pero si Vladimir Romm gozara de mi confianza, es de suponer que me interesarían sus despachos desde Washington.

Romm, testigo sentado entre bayonetas, manifestó que había actuado de intermediario entre Radek y yo, que había llevado cinco cartas de Radek a mí ocultas en la encuadernación de varios libros. No se sabe qué decían esas cartas. Tampoco se sabe cómo Romm, resi­dente en Estados Unidos, pudo haber cumplido su función de intermediario. Quizás los misteriosos libros siguieron la ruta Moscú-Washington-Oslo. Si es así, la conspiración se destaca por su ritmo inusitadamente lento. Sin embargo, quizá la ambigüedad en este caso se deba a la parquedad de los despachos noticio­sos enviados desde Moscú.

El mismo Romm, quien por alguna razón aparece como testigo y no como acusado, afirma que se reunió conmigo en “un callejón oscuro en un parque cercano a París”. ¡Qué imprecisión! Hubieran bastado un par de preguntas en el juicio para demostrar que Romm miente, siguiendo las órdenes de la GPU. Yo no viví en París. Durante algunos meses viví a 125 kilómetros de París. Mi nombre era conocido por tan solo dos o tres altos funcionarios policiales, quienes me impusieron el incógnito para evitar manifestaciones o atentados fascistas y stalinistas. Solamente mis amigos más cer­canos, mis guardaespaldas, conocían mi dirección. Pre­gunto: ¿cómo, a través de quién, logró Romm entrar en contacto conmigo? Que nombre al intermediario. Más aun: ¿cómo se puso en contacto con esa persona? ¿A través de quién concertó la cita en el parque? ¿De qué parque se trata? ¿Tenía un mapa donde estaba señalado el “callejón oscuro”? ¿Llegué a pie o en automóvil? ¿Sólo o con guardaespaldas? ¿En qué fecha tuvo lugar la cita? Romm no puede haber olvidado una fecha tan importante. ¿Qué aspecto presentaba yo?

Por mi parte, a través de mis cartas y diarios perso­nales y de los testimonios de mi guardia personal podría establecer con toda precisión donde me encon­traba el día de la cita imaginaria: a 125 kilómetros de París, o a 1.750 kilómetros de esa ciudad, en el depar­tamento de Isère, donde permanecí durante la mayor parte de mi estadía en Francia. La atención que me concede la prensa, mis muchos enemigos y las condi­ciones generales de mi vida en el exilio son todos fac­tores por los cuales me resulta imposible salir de mi retiro para hacer viajes misteriosos a un “oscuro callejón” innominado. ¡Quienes quieran verificarlo sólo tienen que familiarizarse con mis condiciones de vida en México!

Sin embargo, no resulta difícil adivinar por qué Romm no mencionó fechas, lugares, ni intermediarios. La GPU se quemó los dedos en el juicio de los dieciséis cuando el acusado Goltsman sí mencionó la fecha y el lugar precisos de su cita con un “intermediario”, mi hijo: el 23-25 de noviembre de 1932 en el Hotel Bristol. Pero mi hijo pudo demostrar con pruebas de carácter oficial (un telegrama del ministro francés Herriot, su pasaporte y el testimonio de nume­rosos testigos) que jamás había estado en Copenhague. En cuanto al Hotel Bristol, la GPU lo descubrió en una antigua edición de la guía Baedeker: el hotel fue derri­bado en 1917. No es de extrañar que la GPU prefiera los “callejones oscuros”. Y es ¿con esta clase de tretas y engaños que ellos quieren demostrar... ¡que yo estoy aliado con la Gestapo!



[1] Durante el proceso de Moscú. Con autorización de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido del ruso [al inglés] para esta obra por George Saunders. Apareció por primera vez [en español] en El Universal, 26 de enero de 1937.

[2] Kliment Voroshilov (1881-1969): uno de los primeros partidarios de Stalin, fue miembro del Buró Político a partir de 1926 y comisario de Defensa en 1925-40.

[3] Son extractos de una “Carta desde Moscú”, firmada “N” y publicada bajo el título de “Cómo asesinó Stalin a Blumkin: Radek en el papel de Judas”, The Militant, 22 de febrero de 1930.

[4] N.A. Karev: historiador, tuvo participación en el juicio de Zinoviev y Kamenev. Vitovt Putna (1887-1937), comandante de un cuerpo del Ejér­cito Rojo, participó en los juicios de Zinoviev-Kamenev y Piatakov­-Radek, pero él mismo no fue juzgado. Junto con otros oficiales rojos, fue acusado de traición y fusilado en junio de 1937. Y. V. Sharov, procesado en el juicio de Zinoviev-Kamenev de enero de 1935, fue condenado a pri­sión. M.N. Riutin, destacado propagandista soviético y miembro de la Oposición de Derecha, fue arrestado en 1932 y expulsado del partido por difundir un programa donde criticaba a Stalin y abogaba por reformas democráticas. L. Shatskin, ideólogo a quien se había acusado de partici­par en un inexistente bloque de derecha e izquierda en 1930.



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