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La decapitación del Ejercito Rojo[1]

 

 

17 de junio de 1937

 

 

 

¿Es necesario seguir buscando detalles, estudiando las actas letra por letra, reuniendo los argumentos necesarios para refutar los cargos, sometiendo los métodos del fraude judicial al análisis microscópico? El propio Stalin nos proporciona los argumentos para refutarle en escala incomparablemente mayor. Día tras día llegan noticias espectaculares de la URSS para demostrar que el régimen está atrapado en su última crisis, lo que podríamos llamar su agonía mortal si esa analogía con los seres vivos no hiciera pensar en un lapso excesivamente breve.

La “Vieja Guardia”, en cuyo nombre se lanzó la guerra contra el “trotskismo” en 1923, fue liquidada políticamente hace ya tiempo. Ahora Stalin ha consumado su exterminio físico siguiendo su estilo, donde el salvajismo sádico se combina con la pedantería burocrática. Sin embargo, sería demasiado superficial explicar las medidas asesinas y suicidas de Stalin exclusivamente sobre la base de su ansia de poder, crueldad, espíritu vengativo y demás cualidades personales. Hace tiempo ya que Stalin ha perdido todo control sobre su propia política. La burocracia en su conjunto ha perdido el control de sus reflejos de autodefensa. La nueva oleada represiva, que supera todos los límites de lo concebible, le fue impuesta a la burocracia como consecuencia lógica de sus acciones represivas anteriores. Cualquier régimen obligado a montar fraude tras fraude ante los ojos del mundo entero y a ampliar automáticamente el círculo de sus víctimas está condenado inexorablemente.

Después de los primeros experimentos, Stalin se vio obligado a desistir de los procesos públicos. Ello se debe, según se dijo en forma oficiosa a que el país tiene “tareas más importantes”. Bajo esta consigna, los “amigos” occidentales de la Unión Soviética lanzaron la campaña contra todo intento de realizar un contraproceso. Al mismo tiempo, en distintas partes de la Unión Soviética se descubren continuamente nuevos centros de “trotskismo, sabotaje y espionaje”. De acuerdo con las cifras oficiales, ochenta y tres “trotskistas” han muerto ante el pelotón de fusilamiento en el Lejano Oriente soviético desde principios de mayo hasta la fecha.[2] La obra continúa; nada se informa acerca de los procesos ni siquiera los nombres de las víctimas.

¿Quiénes son los fusilados? Probablemente algunos son espías auténticos. Esta es una especie que prolifera en el Lejano Oriente soviético. Otros son militantes de oposición, descontentos e insatisfechos. Un tercer sector está integrado por los provocadores que sirvieron para vincular a los “trotskistas” con los espías y, por lo tanto, son testigos peligrosos. Pero existe un cuarto sector, cuyas filas crecen, integrado por parientes, amigos, subordinados y conocidos de los fusilados, personas que conocen la verdad de los juicios y, aunque no pueden protestar, sí pueden hablarles a otros sobre los crímenes de Stalin.

Lo que sucede hoy en los niveles inferiores, sobre todo en las zonas alejadas, donde los asesinatos son anónimos, puede deducirse sobre la base de lo que sucede en los niveles superiores. Stalin no pudo montar el proceso de Bujarin y Rikov en el momento oportuno porque los acusados se negaron a “confesar”. Fue necesario continuar su reeducación. De acuerdo con distintos informes, Rikov y Bujarin, ex jefe de estado y ex presidente de la Comintern, respectivamente, fueron sentenciados, a puertas cerradas, a ocho años de prisión; de la misma manera, en julio de 1935, entre dos juicios públicos, Kamenev fue sentenciado, a puertas cerradas, a diez años de prisión. Esta analogía nos obliga a sacar la conclusión de que la sentencia de Rikov y Bujarin no es definitiva. La prensa, encabezada por el vulgar analfabeto Mejlis, ex secretario privado de Stalin,[3] exige el “exterminio” de los enemigos del pueblo. Lo más sorprendente - si es que uno puede darse el lujo de sorprenderse - es que ahora acusen a Rikov y Bujarin de “trotskistas”. Después de todo, los golpes más duros de la Oposición de Izquierda se dirigían invariablemente contra la derecha, encabezada por Rikov y Bujarin. Y en la lucha contra el trotskismo, sólo Bujarin pudo proporcionarle a Stalin un remedo de doctrina sobre la cual basarse - en la medida en que se basó en doctrina alguna - por un lapso de varios años. Hoy resulta que los innumerables artículos y libros antitrotskistas de Bujarin, escritos que sirvieron para educar al aparato de la Comintern, no fueron sino una cobertura para ocultar su colaboración con el terrorismo trotskista. Es como si el arzobispo de Canterbury difundiera propaganda atea al amparo de su investidura eclesiástica. Pero, ¿quién se preocupa hoy en día por semejantes disparates? Los que conocen el pasado han muerto, o callan por temor a ser exterminados. Los lacayos de la Comintern, que hace pocos años se arrastraban en el polvo ante un Bujarin, ahora exigen su crucifixión por “trotskista” y enemigo del pueblo.

En una etapa revolucionaria las masas populares estrechan filas. Por el contrario, en una etapa reaccionaria se imponen las fuerzas centrífugas. Durante los últimos catorce años, en el Partido Bolchevique no se ha cerrado ni una brecha, sanado ni una herida, resuelto ni un conflicto. Las capitulaciones y actos de autodenigración no han contribuido a ello. Las fuerzas centrífugas operan sobre las grietas más pequeñas hasta convertirlas en abismos insalvables. Cualquiera que quede atrapado en la grieta, siquiera mínimamente, está irremediablemente perdido.

La mayor parte de la “Vieja Guardia”, es decir, los bolcheviques que actuaron en la clandestinidad bajo el zarismo, ha sido exterminada. Ahora los máuseres de la GPU apuntan a la generación siguiente, la que surgió durante la Guerra Civil. Desde luego que en los procesos anteriores algunos jóvenes estuvieron en el banquillo junto con los de la Vieja Guardia. Pero eran elementos secundarios, introducidos con el fin de redondear la amalgama. Ahora se pone sistemáticamente a prueba a la generación de los que tienen cuarenta años, que ayudó a Stalin a exterminar a la Vieja Guardia. No son elementos casuales, sino estrellas de segunda magnitud.

Postishev llegó al puesto de secretario del Comité Central gracias a su participación entusiasta en la lucha contra el trotskismo. En 1933, en Ucrania, Postishev purgó a los - aparatos del estado y del partido de elementos “nacionalistas”, arrastró al comisario del pueblo Skripnik al suicidio, acusándolo falsamente de “protector de los nacionalistas”.[4] El hecho provocó gran sorpresa en el partido, por cuanto el año anterior Skripnik, bolchevique de la Vieja Guardia, miembro del Comité Central y cien por ciento stalinista, había sido agasajado con todo esplendor en Jarkov y Moscú, en casión de su cumpleaños. En 1933 publiqué el siguiente comentario: “El hecho de que el sistema stalinista requiera esta clase de sacrificios demuestra cuáles son las contradicciones que lo desgarran, inclusive en la cumbre.” (Biulleten Oppozitsii, Nº. 36-37, octubre de 1933 [véase “El suicidio de Skripnik” en Escritos 32-33] ). Ahora cuatro años más tarde, resulta que acusan a Postishev, quien en virtud de sus hazañas fue nombrado sátrapa de Ucrania, de protector de nacionalistas. Al caer en desgracia fue transferido a la región del Volga. Podemos suponer que esta situación no se prolongará. No hablemos de heridas: ahora ni siquiera se sanan los rasguños. No importa el camino, que tome Postishev - el suicidio o la confesión de crímenes no cometidos -: su suerte está sellada.

En Bielorrusia se ha suicidado el presidente del Comité Ejecutivo Central Cherviakov.[5] En el pasado estuvo vinculado a la derecha, pero algunos años atrás se había sumado a la lucha contra este sector. Un despacho oficial vergonzoso declara que Cherviakov, quien por ley gozaba de los mismos derechos que Kalinin,[6] puso fin a su Vida Por “razones familiares”. Después de todo, Stalin no tuvo ocasión de acusar al presidente de la República Soviética Bielorrusa de agente alemán. Pero, simultáneamente con el suicidio, el comisario del pueblo de Bielorrusia, hombre estrechamente ligado a Cherviakov, fue arrestado en Minsk. ¿También por “razones familiares”? Si consideramos a la burocracia como una “familia”, debemos reconocer que ha llegado a un estado en que sus vínculos internos se han vuelto sumamente laxos.

Muchísimo más sorprendente (nuevamente, si es que uno puede dar el lujo de sorprenderse) es la trayectoria de Iagoda, el colaborador más estrecho de Stalin durante toda la última década. Jamás Stalin confió tantos secretos al Buró Político como al jefe de la GPU. Iagoda era un canalla: eso lo sabían todos. Pero, en primer lugar, no era ni más ni menos canalla que sus colegas. En segundo lugar, precisamente porque era un canalla hecho y derecho, Stalin lo necesitaba para llevar a cabo las tareas más sucias. Toda la lucha contra la Oposición, que tomó la forma de una cadena interminable de calumnias y fraudes, se llevó a cabo bajo la dirección de Iagoda, según los lineamientos marcados directamente por Stalin. Y he aquí que este guardián del estado, exterminador de la vieja generación del partido, resulta ser un criminal y un traidor. ¿Confesará de acuerdo con el ritual elaborado por él mismo? Eso no cambiará su suerte. Mientras tanto, la prensa mundial se pregunta con toda seriedad si Iagoda no estaba vinculado a los... trotskistas. ¿Por qué no? Si Bujarin encubrió sus vínculos con los trotskistas exterminándolos en el terreno de la teoría, Iagoda hizo lo propio exterminándolos físicamente.

Pero las noticias más asombrosas son las referidas al Departamento de Guerra, en sus más altos niveles. Tras decapitar al aparato partidario y de los soviets, Stalin procede a hacer lo mismo con el ejército.

El 11 de mayo, el célebre mariscal Tujachevski fue relevado sorpresivamente de su puesto de vicecomisario de defensa y transferido a un puesto de segundo orden en provincias. En los días siguientes sucedió lo mismo con los comandantes de los distritos militares y con los generales más destacados. Estas medidas no presagiaban nada bueno. El 16 de mayo se promulgó un decreto de creación de consejos militares para asumir el mando en los distritos militares y navales. Evidentemente, existía un conflicto grave entre el mando político y el cuerpo de oficiales.

Durante la Guerra Civil yo introduje los “Consejos Militares Revolucionarios”. Cada consejo estaba integrado por un alto oficial y dos, en algunos casos tres, miembros políticos. Aunque el oficial jefe retenía formalmente el pleno poder de mando, sus órdenes no entraban en efecto si no eran refrendadas por los miembros políticos del consejo. Esta medida de reaseguro, a la que consideramos un mal temporario, se hizo necesaria debido a la falta de oficiales de confianza y a la desconfianza manifestada por los soldados inclusive hacia los comandantes leales. Esperábamos que la creación gradual de un cuerpo de oficiales rojos pondría fin a los consejos y restablecería el principio del mando unificado, necesidad inexorable de la ciencia militar.

Frunze, quien en 1925 me remplazó como jefe del Departamento de Guerra, introdujo el mando unificado a ritmo acelerado.[7] Voroshilov, su reemplazante, siguió el mismo camino. Se diría que el gobierno soviético ya había tenido el tiempo suficiente para educar a un cuerpo de ofíciales dignos de confianza y eliminar así la onerosa necesidad de utilizar a los comisarios políticos para vigilar a los jefes militares. Pero la realidad fue distinta. En vísperas del vigésimo aniversario de la revolución, la oligarquía de Moscú impone una administración colectiva sobre el ejército. Los nuevos Consejos Militares no llevan el nombre de “revolucionarios”. Y, en verdad, no tienen nada que ver con sus prototipos. Mediante los Consejos Militares de la guerra civil, la clase revolucionaria ejercía su control sobre los técnicos militares provenientes de las filas enemigas. La tarea de los consejos de 1937 es ayudar a la oligarquía, encaramada sobre la clase revolucionaria, a proteger su poder usurpado de toda intromisión por parte de sus propios generales y mariscales.

Cuando Tujachevski fue degradado, todas las personas informadas se preguntaron, ¿quién se hará cargo de la defensa soviética? El reemplazante de Tujachevski es el mariscal Iegorov, teniente coronel durante la Guerra civil, hombre indeciso y mediocre.[8] Shaposhnikov, nuevo jefe de estado mayor, es un culto oficial del viejo ejército, hombre carente de talento estratégico y de iniciativa.[9]¿Y Voroshilov? No es ningún secreto que Voroshilov, “militante de la Vieja Guardia”, es una figura decorativa y nada más. En vida de Lenin, a nadie se le ocurrió postularlo para el Comité Central. Durante la Guerra Civil Voroshilov combinó su innegable valentía personal con una falta total de talento militar y administrativo y una visión completamente estrecha y provinciana. Si hoy ocupa un puesto en el Buró Político y es, además, comisario del pueblo de Defensa, eso se debe únicamente a que, desde Zarizin, apoyó la oposición de Stalin a esa estrategia militar que garantizó la victoria en la Guerra Civil.[10] Digamos de paso que ni Stalin, ni ningún otro miembro del Buró Político, jamás abrigó la menor ilusión respecto de Voroshilov como jefe militar. Por eso lo rodearon de colaboradores idóneos. Los verdaderos jefes del ejército en los últimos años eran dos hombres: Tujachevski y Gamarnik.

Ninguno de los dos perteneció a la Vieja Guardia. Los dos se destacaron en la Guerra Civil, no sin ayuda del autor de estas líneas. Tujachevski demostró ser un estratega de gran talento. Sin embargo, le falta capacidad para evaluar una situación militar desde todos los ángulos. En todas sus estrategias había un elemento de aventurerismo. Por eso hubo entre nosotros algunos choques que, no obstante, se resolvieron de la manera más fraternal. Me vi obligado a criticar su intento de crear una “Nueva doctrina militar”, basada en algunas fórmulas marxistas elementales, estudiadas con ligereza.[11] Sin embargo, no olvidemos que Tujachevski, hombre muy joven en aquel momento, había saltado con excesiva rapidez de las filas de la oficialidad zarista al bando bolchevique. De allí en adelante se dedicó al estudio serio no del marxismo (que nadie estudia hoy día en la URSS), sino de la ciencia militar. Adquirió conocimientos de las técnicas militares modernas y cumplió el papel de mecanizador del ejército con cierto éxito. ¿Hubiera logrado adquirir ese equilibrio de fuerzas internas sin el cual no se puede ser un gran comandante de operaciones? Sólo una nueva guerra - en la cual Tujachevski habría desempeñado el papel de generalísimo - hubiera podido demostrarlo.

Jan Gamarnik, nacido en el seno de una familia judía ucraniana, se destacó en la Guerra Civil por su talento político y administrativo, aunque solamente a escala provinciana. En 1924 fue mencionado como “trotskista” ucraniano. Yo ya había roto mis vínculos personales con él. El triunvirato (Zinoviev, Stalin, Kamenev) que dirigía al país, trató de arrancar a los “trotskistas” más capaces de su entorno natural, colocarlos en nuevas situaciones y, en lo posible, comprarlos con la perspectiva de una buena carrera. Gamarnik pasó de Kiev al Lejano Oriente, donde no tardó en ascender en la escala administrativa; ya había dejado de ser “trotskista” en 1925, dos o tres años antes de las capitulaciones de los procesados más destacados de los últimos juicios. Terminada su “reeducación”, Gamarnik pasó a Moscú para ponerse a la cabeza del Departamento Político de la Marina y del ejército. Durante diez años ocupó cargos de importancia en el centro mismo del aparato partidario y colaboró diariamente con la GPU. ¿Es concebible que, en semejantes circunstancias, llevara una doble vida: una pública, para el mundo exterior, y una privada? Gamarnik, miembro del Comité Central, el más alto representante del partido gobernante en el ejército, era, al igual que Tujachevski, carne de la carne y sangre de la sangre de la casta dominante.

Siendo así, ¿por qué cayó el hacha sobre estos dos jefes de las fuerzas armadas? Zinoviev y Kamenev perecieron porque su pasado los hacía parecer peligrosos: también, y esto es lo más importante, porque Stalin pensaba que su fusilamiento sería un golpe mortal para el “trotskismo”. Piatakov y Radek, ex trotskistas prominentes, resultaron ser los únicos personajes aptos para un nuevo proceso que corrigiera los errores de la primera amalgama, que había resultado demasiado grosera. Ni Tujachevski, ni Gamarnik resultaban útiles para estos fines. Tujachevski jamás había sido trotskista. Gamarnik sí, pero en una época en que nadie lo conocía. ¿Por qué, entonces, se instruyó a Radek para que nombrara a Tujachevski durante la indagación preliminar? ¿Y por qué aparece el nombre de Gamarnik, después de su misteriosa muerte, en la lista de “enemigos del pueblo”?

Como educador del cuerpo de mando y futuro generalísimo, Tujachevski necesariamente debía valorar a los jefes militares de talento. Putna era uno de los oficiales más brillantes del estado mayor. ¿Es verdad que Tujachevski solicitó ciertos informes a Radek por intermedio de Putna? Radek era el vocero oficioso de la política exterior. Putna era agregado militar en Inglaterra. Es posible que Tujachevski utilizara los servicios de  Putna para obtener informes de Radek, así como el propio Stalin utilizaba los escritos de Radek para confeccionar sus discursos. Sin embargo, también es posible que todo el episodio, como tantos otros, sea un invento. Eso no cambia las cosas. Es indudable que Tujachevski intercedió por Putna y por muchos otros oficiales inmiscuidos en las amalgamas de la GPU. Había que darle una lección. ¿Cuál fue el papel de Voroshilov en todo esto? Hasta el momento lo que había determinado la política de Voroshilov era su vinculación con Stalin, mucho más que su vinculación con el ejército. Además, un hombre estrecho de miras e irresponsable como Voroshilov no debía sentir gran amistad por su muy talentoso vicecomisario. Ese bien puede haber sido el origen del conflicto.

Gamarnik participó en todas las grandes purgas del ejército e hizo lo que se le ordenó. Pero allí se trataba de militantes de la Oposición, elementos descontentos, tipos sospechosos, por consiguiente, todo se hacía en aras de los intereses del “estado”. Pero durante el año anterior se hizo necesario expulsar del ejército a personas culpables de nada, pero que, en virtud de su pasado, de los puestos que ocupaban, o simplemente de algún factor casual, resultaron útiles en el proceso de organización de los nuevos fraudes judiciales. Gamarnik, al igual que Tujachevski estaba atado a muchos de estos jefes militares por lazos de amistad y camaradería. Como jefe del Departamento Político del Ejército y la Marina, Gamarnik se vio obligado a entregar a sus colaboradores a Voroshilov y, además, participar en la fabricación de acusaciones falsas. Es probable que al entrar en conflicto con la GPU se quejara de Iejov... ¡ante Stalin! Eso bastó para ponerlo en peligro.

Es posible que los intereses de la defensa llevaran a los comandantes de distrito y a los generales más responsables a interceder por Tujachevski. El torbellino de transferencias y arrestos de mayo y junio no pueden ser fruto sino del pánico en la cúpula. El 31 de mayo Gamarnik se suicidó, o murió fusilado. Los comandantes de distritos militares ocuparon sus nuevos puestos e inmediatamente fueron arrestados y puestos a disposición de los tribunales. Luego se arrestó a Tujachevski, que acababa de asumir funciones en Samara, a Iakir, que acababa de ser transferido a Leningrado, a Uborevich, comandante del distrito militar de Bielorrusia; a Kork, director de la Academia Militar, a Feldman, jefe de la Oficina de Personal del Ejército; a Eideman, presidente de la Osoaviajim [Sociedad para la Promoción de la Defensa, la Aviación y la Química]; a Putna, ex agregado militar en Tokio y en Londres, a Primakov, general de caballería.[12] El arresto de los dos últimos fue un poco anterior. Los ocho fueron fusilados.

El ejército se habrá conmovido hasta en sus fibras más íntimas. Todos se debían hacer la misma pregunta: ¿Por qué fusilaron a los héroes legendarios de la Guerra Civil, oficiales y organizadores talentosos, jefes del Ejército Rojo que hasta ayer eran los puntales y la esperanza del régimen? Recordemos brevemente quiénes son.

Mientras Tujachevski, oficial del ejército del zar, se pasaba al bando bolchevique, Iakir, estudiante enfermo de tuberculosis, se convertía en comandante rojo. Desde el principio Iakir demostró poseer los recursos y la imaginación de un estratega. Más de un oficial veterano contempló con asombro a este comisario alto y delgado que trazaba operaciones con un fósforo sobre un mapa militar. Iakir demostró su devoción a la revolución y al partido en forma mucho más directa que Tujachevski. Cuando finalizó la guerra civil se dedicó a estudiar con ahínco y seriedad. Su prestigio era grande y merecido.

Junto a Iakir ubicaremos a Uborevich, un comandante de operaciones menos brillante que aquél, pero probado y digno de confianza. A estos dos hombres se les confió la defensa del frente occidental, y durante años se prepararon para los papeles que deberían cumplir en la próxima gran guerra.

Kork, graduado de la academia militar zarista, dirigió victoriosamente uno de los cuerpos de ejército durante los años críticos; posteriormente comandó un distrito militar y, por último, se hizo cargo de la Academia Militar como sucesor de Eidemann, hombre del círculo de Frunze.

Eidemann dirigió la Osoaviajim, el vínculo entre la población civil y el ejército.

Putna era un general joven y culto, con una visión internacional. Feldman concentraba en sus manos la supervisión directa del personal de mando, lo cual demuestra que gozaba de gran confianza. Después de Budenni, Primakov era indudablemente el más brillante de los oficiales de caballería.[13]

Puede decirse sin exagerar que en todo el Ejército Rojo no queda un solo hombre con excepción de Budenni, cuya popularidad, por no hablar de talento y conocimientos, pueda compararse con la de los supuestos criminales. Por lo tanto, ¡la decapitación del Ejército Rojo se llevó a cabo con plena conciencia de sus implicancias!

Se debe prestar especial atención a la forma como se organizó el juicio: un grupo de generales, encabezados por Budenni y presididos por Ulrich, burócrata de baja estofa, impusieron a sus camaradas de armas una sentencia dictada por Stalin desde el Secretariado. Así, el diablo puso a prueba la verdad. De ahora en adelante, los jefes militares sobrevivientes están atados a Stalin por la vergüenza con que éste los cubrió. Pero el sistema de intrigas es todavía más profundo.

Stalin temía no sólo a Tujachevski, sino también, a Voroshilov. Prueba de ello es el nombramiento de Budenni como comandante del distrito militar de Moscú. Budenni, antiguo suboficial de caballería, siempre despreció a Voroshilov por su diletantismo militar. Cuando trabajaban juntos en Zarizin, más de una vez llegaron a amenazarse con sus pistolas. Los puestos importantes que ocupaban les obligaron a moderar la expresión externa de su enemistad, pero no la paliaron. Ahora Budenni ejerce el Poder militar en la capital para hacerle contrapeso a Voroshilov. ¿Cuál de los dos estará en la próxima lista de ejecutados? El futuro lo dirá.

La acusación de que Tujachevski, Iakir y los demás eran agentes alemanes es tan absurda y descarada que no merece una refutación. Ni siquiera Stalin tenía esperanzas de que la sucia calumnia fuera creída en el exterior. Pero debía encontrar argumentos abrumadores que justificaran el exterminio de estas personas talentosas e independientes a los ojos de los obreros y campesinos rusos. Confía lograrlo mediante el impacto hipnótico de una prensa y una radio totalitarias.

Pero ¿ Cuál es el verdadero motivo de extermino de los generales soviéticos? Sólo se pueden plantear hipótesis, basadas en una serie de síntomas directos e indirectos. Ante el peligro de guerra inminente, los comandantes más responsables no dejarían de alarmarse por el hecho de que Voroshilov fuera el comandante supremo de las fuerzas armadas. No cabe duda de que estos sectores postularon a Tujachevski como reemplazante de Voroshilov. En esta primera etapa, los generales trataron de ganar para su “conjura” a Stalin quien desde hacía tiempo tenía su habitual juego ambiguo, explotando la rivalidad entre Voroshilov y Tujachevski.

Tujachevski y sus partidarios sobrestimaron sus fuerzas. Ante la situación de tener que optar, Stalin prefirió a Voroshilov, quien siempre fue una herramienta sumisa, y entregó a Tujachevski a los verdugos, ya que éste podía convertirse en un adversario peligroso. Perdidas sus esperanzas, encolerizados por la “traición” de Stalin, los generales habrán discutido cómo liberar al ejército del yugo del Buró Político. De ahí a una conspiración hecha y derecha hay un largo trecho. Pero para un régimen totalitario, ya está dado el primer paso.

Sopesando la trayectoria y las características personales de los fusilados, resulta difícil pensar que los unía un programa político común. Pero es posible que el sector encabezado por Tujachevski tuviera un programa para la defensa nacional. No olvidemos que después del ascenso de Hitler al poder Stalin se esforzó por mantener relaciones cordiales con Alemania. Los diplomáticos soviéticos no mezquinaron sus declaraciones en favor del fascismo, declaraciones que hoy provocarían escándalo. Stalin sentó las bases de esta política: “Lo más importante es proteger la construcción del socialismo en nuestro país. La democracia y el fascismo no son antípodas, sino gemelos. Francia no nos atacará, y podemos neutralizar la amenaza alemana si colaboramos con ese país”. Ante esta señal, los jefes militares, trataron de mantener relaciones cordiales con los agregados militares, ingenieros e industriales alemanes, para convencerlos de que la colaboración entre los dos países resultaba una posibilidad real. Algunos generales aceptaron esta línea política con mayor convicción, cuanto mayor era su disposición a aceptar la tecnología y la “disciplina” alemanas.

Sin embargo, las circunstancias obligaron a Stalin a contrapesar sus relaciones “amistosas” con Alemania mediante un pacto de defensa con Francia. Hitler no podía aceptar semejante cosa. Necesitaba tener las manos libres en ambas direcciones. Respondió al acercamiento entre Moscú y París con un fuerte desaire a Stalin. Poco después, Mussolini hizo lo propio. A pesar de sus primeras intenciones, Stalin se vio obligado a descartar la teoría de los “gemelos” y enderezar el rumbo hacia la amistad con las “democracias” occidentales. Se efectuó un relevo simbólico en el ministerio de Asuntos Exteriores: Krestinski, lugarteniente de Litvinov y ex embajador soviético en Alemania fue reemplazado por el ex embajador en Francia, Potemkin.[14] No resultaba tan fácil efectuar cambios en la cúpula militar: la casta militar es, por su esencia, mucho más numerosa y menos elástica que el cuerpo diplomático.

Si es verdad que Tujachevski adhirió a la orientación proalemana (de lo cual no estoy seguro), no lo hizo como agente de Hitler, sino como patriota soviético, basado en determinadas consideraciones estratégicas y económicas compartidas por el propio Stalin. Por otra parte, es indudable que algunos generales se sentían comprometidos por sus declaraciones de amistad con Alemania. En vista de la necesidad de maniobrar y dejar ambas puertas abiertas durante un largo periodo, Stalin se abstuvo conscientemente de dar a sus generales la señal de retirada. Creyendo contar con su apoyo, es posible que los generales se excedieran en sus planes. Por otra parte, es muy posible que Voroshilov, quien, por ser miembro del Buró Político, ya estaba informado del cambio de orientación, le permitiera a Tujachevski exceder los límites de la disciplina militar y partidaria y luego le exigiera, con su deslealtad característica, un brusco golpe de timón. Repentinamente, el problema de si se debía mantener la amistad con Alemania o con Francia, se trasformó en la pregunta. “¿Quién manda en el ejército: Voroshilov, miembro del Buró Político, o Tujachevski, respaldado por la crema del cuerpo de mando?” Y dado que no existe opinión pública, ni partido, ni soviets, y que el régimen ha perdido el último vestigio de flexibilidad, todos los problemas agudos se resuelven con ayuda del Máuser. Por su parte, Stalin no se opuso al sangriento ajuste de cuentas, puesto que la necesidad de demostrarles su buena fe a los nuevos aliados internacionales lo obligó a encontrar chivos emisarios de su política de ayer.

¿Qué relación existía entre los generales y la Oposición de Izquierda? Los periódicos de Moscú calificaron a Gamarnik de “trotskista”, después de su muerte. Meses atrás, en los procesos de Zinoviev y Kamenev se dijo que Putna era “trotskista”. Pero los demás no recibieron este horrible rótulo ni antes del proceso, ni tampoco durante el mismo, ya que es de suponer que ni jueces ni acusados tenían razón alguna para realizar esta comedia a puertas cerradas. Pero la falta de vínculos directos con el trotskismo no fue el único factor que impidió que Tujachevski, Iakir, Uborevich, Eideman y los demás recibieran ese mote; también existía el deseo de no exagerar la influencia trotskista en el ejército. Sin embargo, en el orden del día de Voroshilov, publicado al día siguiente del fusilamiento, se tachaba a todas las víctimas de trotskistas. Ya hemos visto que los fraudes tienen su propia lógica: si los generales y los trotskistas sirvieron a Alemania con el fin de “restaurar el capitalismo”, entonces Alemania debió reunirlos en defensa de sus intereses. Por otra parte, el “trotskismo” se convirtió hace mucho tiempo en un concepto global, que abarca a todo lo que merece el exterminio.

Todo nuestro análisis de la decapitación del ejército contiene un fuerte elemento conjetural. Quizás los detalles, que no se conocerán rápidamente, sean diferentes. Pero el significado político de esta sangría ya resulta claro. Si Stalin hubiese querido salvar a los generales, hubiera podido dejarles abierta la ruta de retirada. Pero no quiso. Teme mostrar debilidad. Teme al ejército. Teme a su propia burocracia.

Con justa razón. Los miles de millares de funcionarios y comandantes que provienen de las filas del bolchevismo apoyaron a Stalin en el último período por convicción, no por miedo. Pero los últimos acontecimientos despertaron sus temores: temor por la suerte del régimen y por la suya propia. Los que ayudaron a Stalin a ascender resultan cada vez menos aptos para mantenerlo en las cumbres vertiginosas. Por eso se ve obligado a renovar sus instrumentos de poder con frecuencia creciente. Al mismo tiempo, teme que los nuevos instrumentos elijan a un nuevo jefe para encabezarlos.

El peligro es mayor en el caso del ejército. Cuando la burocracia se libera del control popular, la casta militar trata inevitablemente de liberarse del yugo de la burocracia civil. El bonapartismo tiende siempre a asumir la forma de dominación por la fuerza de las armas. Es probable que, independientemente de las ambiciones reales o supuestas de Tujachevski, el cuerpo de oficiales haya adquirido una conciencia creciente de su superioridad respecto de los dictadores de oficina. Por otra parte, Stalin no podía desconocer que la dominación policíaca del pueblo, fortalecida mediante la jerarquía de secretarios partidarios, podría ser ejercida en forma más sencilla y directa por uno de los “mariscales”, respaldado por el aparato militar. El peligro era inminente. Por el momento no existía una conjura: eso es seguro. Pero ya estaba a la orden del día. La sangría tuvo un carácter preventivo. Stalin aprovechó un incidente “feliz” para darle al cuerpo de oficiales una lección sangrienta.

Sin embargo, se puede decir a priori que esta lección no detendrá a nadie ni a nada. Stalin pudo desempeñar con éxito el papel de sepulturero del bolchevismo porque él mismo es un bolchevique de la Vieja Guardia. La burocracia debió emplear esta máscara para ahogar a las masas y aplastar el cascarón hueco de la tradición espartana. Pero los partidarios del termidor no constituyen un campo homogéneo. Su estrato superior Privilegiado está integrado por individuos que todavía no han cortado todos sus vínculos con las tradiciones bolcheviques.

El régimen no termina en la capa intermedia de los Postishev, Cherviakov, Tujachevski, Iakir, por no hablar de los Iagoda. Les sigue otra capa, encabezada por funcionarios indiferentes, individuos tramposos y arribistas. Nadie conoce las intenciones de estos sectores mejor que Stalin. Por eso piensa que, ahogadas las masas y exterminada la Vieja Guardia, la salvación del socialismo depende exclusivamente de él.

Aquí no se trata solamente de crueldad personal y avidez de poder. Stalin no puede dejar de bregar por la confirmación jurídica de su poder personal, sea en calidad de “Líder” vitalicio, presidente con poderes extraordinarios o, por último, emperador coronado. Al mismo tiempo, no puede liberarse del temor de que en el seno de la burocracia, sobre todo del ejército, Existirá oposición a sus planes cesaristas. Esto significa que, antes de caer al abismo - con o sin su corona - Stalin tratará de exterminar a los mejores elementos del aparato estatal.

Sea como fuere, el Ejército Rojo ha sufrido un golpe terrible. Los últimos fraudes judiciales troncharon muchas cabezas. La moral del ejército se ha conmovido hasta los cimientos. Stalin sacrificó los intereses de la defensa soviética en el altar de la autodefensa de la casta dominante. Después de los procesos de Zinoviev y Kamenev, Radek y Piatakov, el proceso de Tujachevski, Iakir y los demás señala el principio del fin de la dictadura stalinista.



[1] La decapitación del Ejército Rojo. Biulleten Oppozitsii, julio-agosto de 1937. Traducido del ruso [al inglés] para la primera edición [norteamericana] de los Escritos 37-38 por George Saunders. The Militant del 4 de octubre de 1941 publicó algunos extractos del presente artículo.

[2] De acuerdo con despachos más recientes, provenientes de Moscú, esta cifra se ha elevado a 214 [nota de los editores de Biulleten Oppozitsii].

[3] Lev Mejlis (1889-1953): miembro del consejo editorial de Pravda a partir de 1937. En 1937 pasó a encabezar la sección política del Ejército Rojo.

[4] Pavel Postishev (1888-1940): bolchevique de la Vieja Guardia, entró al Buró Político en 1928 y luego fue secretario del PC ucraniano. Fue arrestado en 1938 y ejecutado dos años más tarde. Nikolai Skripnik (1872-1933), comisario del interior y de educación de Ucrania y miembro del Comité Central ucraniano. Se suicidó en 1933. Véase “El suicidio de Skripnik”, Escritos 32-33.

[5] Alexander Cherviakov (1892-1937): presidente del Soviet Supremo de Bielorrusia, se suicidó al iniciarse la destrucción del partido bielorruso. Se lo acusó póstumamente de “nacional-fascista”.

[6] Mijail Kalinin (1875-1946): bolchevique de la Vieja Guardia, fue miembro del Comité Central bolchevique y, a partir de 1919. presidente del Comité Ejecutivo Central de la URSS.

[7] Mijail Frunze (1885-1925): ocupó cargos militares importantes durante la guerra civil y sucedió a Trotsky como presidente del Consejo Militar Revolucionario de la República a partir de 1925.

[8] Alexander Iegorov (1885-193?): veterano de la guerra civil rusa, fue jefe del estado mayor a partir de 1935. Desapareció después de la ejecución de Tujachevski.

[9] Boris Shaposhnikov (1882-1946): uno de los pocos comandantes militares que escapó a la muerte o a la cárcel durante las purgas. En los años treinta fue jefe de estado mayor y vicecomisario de defensa.

[10] Durante la guerra civil, la ciudad de Zarizin, tradicional centro partisano guerrillero, era el cuartel general del Décimo Ejército, comandado por Voroshilov. Bajo la influencia de Stalin se convirtió en el centro de la “oposición” militar, contraria a la utilización de especialistas militares del viejo ejército zarista y a la centralización del Ejército Rojo bajo un mando único. El Octavo Congreso del partido (marzo de 1919), amonestó al grupo de Zarizin y ratificó la política militar de Trotsky, a la sazón jefe del Ejército Rojo. En 1919 el grupo empezó a desobedecer órdenes directas y a poner en peligro al país en la guerra civil, por lo cual Lenin y Trotsky ordenaron el traslado de Voroshilov a Ucrania.

[11] Los escritos de Trotsky sobre este tema reunidos en Military Writings (Pathfinder Press, 1971).

[12] I.P. Uborevich (1896-1937) y A.I. Kork (1887-1937): comandantes destacados durante la guerra civil, y Robert Eidemann (1895-1937), todos generales del Ejército Rojo, fueron ejecutados por participar en la supuesta conspiración de Tujachevski.

[13] Semion Budenni (1883-1973): héroe de la guerra civil, fue uno de los pocos comandantes que escapó a la muerte o la cárcel durante las purgas.

[14] Vladimir Potemkin (1878-1946): ocupó cargos diplomáticos importantes durante dos décadas. Fue embajador en Grecia, Italia y Francia, luego viceministro de Relaciones Exteriores y comisario de Educación.



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