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La composición social del partido[1]

 

 

10 de octubre de 1937

 

 

 

Estimado camarada Cannon:

 

Temo que el carácter fragmentario de mis cartas anteriores pueda provocar malentendidos. Insisto en que, en el próximo periodo, la línea general del desa­rrollo de la Cuarta Internacional estará ligada a una nueva crisis y a la desintegración inevitable de la política frentepopulista y de la Tercera Internacional. Esta perspectiva me parece muy importante para la orientación general. He escuchado que algunos cama­radas son, si no pesimistas, más o menos proclives a aceptar que el crecimiento de nuestra organización será muy dificultoso y lento. Por consiguiente, la pers­pectiva de un agudo viraje que puede abrirnos las mayores posibilidades es necesaria no sólo para tener una orientación clara, sino también para el estímulo moral.

Sin embargo, la perspectiva señalada más arriba es demasiado general. No sabemos con precisión cuándo comenzará la crisis y con qué ritmo y en qué medida su primera fase influirá al movimiento obrero y a sus organizaciones políticas. Es posible, inclusive probable, que el año próximo sea un periodo de transición antes del inicio del “gran viraje”. El documento fundamental [del próximo congreso] debe mencionar esa posibilidad para impedir que cunda la confusión y la desmoralización.

Pero existe un problema que, independientemente de la mayor o menor rapidez del proceso en el próximo periodo, tiene para nosotros una importancia enorme: me refiero a la composición social del partido. Debe prestársele la mayor atención.

El partido sólo tiene una minoría de auténticos obreros de fábrica. Al comienzo esto es inevitable para cualquier partido obrero revolucionario, especialmente en Estados Unidos. Los elementos no proletarios constituyen una levadura muy necesaria, y creo que podemos enorgullecernos de la buena calidad de estos elementos. Pero existe el peligro de que en el próximo periodo el partido reciba más “levadura” de la que necesita. Es muy probable que la desintegración del Partido Comunista no comience entre los obreros, sino entre los intelectuales, más sensibles a las ideas y menos leales a la organización. La afluencia de la nueva generación de intelectuales hacia el Partido Comunista se detendrá inclusive antes de la desintegración franca de la organización stalinista. Debido a ello podemos prever una afluencia de nuevos elementos intelectuales hacia nuestras filas. Nuestro partido puede ser inundado por elementos no proletarios, e inclusive perder su carácter revolucionario. Naturalmente, no se trata de impedir la afluencia de intelectuales mediante métodos artificiales (el malthusianismo político sería, en el mejor de los casos, prematuro), sino orientar en la práctica a toda la organización hacia las fábricas, las huelgas, los sindicatos. Me parece que esta debería ser una de las tareas más importantes del próximo congreso; si no se la aborda en una sesión pública, puede hacerse en una comisión cerrada, o en una comisión especial con la participación de prácticamente todos los delegados.

La orientación del conjunto del partido hacia el trabajo en fábrica está íntimamente vinculada al problema de la estructura organizativa del partido. En vista de nuestro escaso número y de nuestra brevísima experiencia en el trabajo de masas, no creo que pudiéramos establecer reglas tajantes para la organización partidaria en este momento. Debemos dejarles un cierto margen de maniobra a las organizaciones locales. En cuanto al Comité Nacional, para que pueda improvisar, adaptar y elegir los métodos y formas más adecuadas para abordar nuestras nuevas tareas, sería funesto imitar a un partido grande, con sus normas de actividad. No hay peor burocratismo que el burocratismo de un pequeño organismo que sacrifica las tareas prácticas en aras de un aspecto imponente. No debemos renunciar a los métodos guerrilleros, pero debemos continuarlos a condición de que el Comité Nacional controle y dirija esta actividad guerrillera. Un ejemplo concreto: no podemos dedicar fuerzas suficientes o iguales a todas las fábricas. En el próximo periodo, la organización local puede concentrar su actividad en una, dos o tres fábricas de su zona. Si en una de ellas tenemos dos o tres obreros, podemos crear una comisión especial de apoyo con cinco no obreros, con el fin de ampliar nuestra influencia en dichas fábricas.

Lo mismo puede hacerse en los sindicatos. No podemos afiliar a los no obreros a los sindicatos obreros. Pero sí podemos construir con éxito comisiones de apoyo para el trabajo oral y literario vinculadas a nuestros camaradas en los sindicatos. Las condiciones inquebrantables deberían ser: no darles órdenes a los obreros, sino ayudarlos, hacer sugerencias, armarlos con hechos, ideas, prensa fabril, volantes, etcétera.

Semejante colaboración sería de un enorme valor pedagógico, por un lado, para los camaradas obreros y, por el otro, para los no obreros que necesiten una sólida reeducación.

Por ejemplo, en vuestras filas hay un sector importante de elementos judíos no obreros. Pueden constituir una levadura muy valiosa si el partido logra sacarlos gradualmente de un medio cerrado y vincularlos a los obreros fabriles en la actividad cotidiana. Creo que esa orientación también generaría una atmósfera más sana en el partido. Naturalmente, no es necesario subrayar que un sector importante de los militantes judíos debe concentrar sus fuerzas especialmente en el trabajo entre las masas judías.

Repito: la distribución y alineación de nuestras fuerzas no debe responder a un esquema apriorístico, sino a las tareas concretas y concretamente elaboradas en distintas partes del país, o inclusive de una ciudad. Sólo podemos sentar una norma general: el militante del partido que en tres o seis meses no gana a un obrero nuevo para el partido no es un buen militante.

Si nos diéramos esa orientación general y si verificáramos los resultados prácticos semana a semana, evitaríamos un gran peligro, a saber: que los intelectuales y los trabajadores de cuello blanco suprimieran a la minoría obrera, la condenaran al silencio y trasformaran al partido en un club de discusión de alto nivel, pero absolutamente inhabitable para los obreros.

La selección de funcionarios del partido de abajo hacia arriba debe obedecer al mismo criterio. Naturalmente, no podemos elegir exclusivamente obreros, ni siquiera una mayoría de obreros. No todos los obreros están a la altura de la tarea. Pero todo funcionario debe estar atento a los problemas y necesidades del obrero. Muchos intelectuales y semintelectuales aterrorizan a los obreros mediante generalidades abstractas y paralizan la voluntad de actuar. El funcionario de un partido revolucionario debe tener en primer término buen oído, y sólo en segundo término buena lengua.

Como ve, las dos terceras partes de mi carta son “generalidades” abstractas, muchas de las cuales son demasiado elementales Yo mismo lo sé muy bien, pero para evitar malentendidos prefiero darle aún elementos superfluos, con la seguridad de que usted es plenamente consciente de las peculiaridades de la situación en que se encuentra un observador lejano.

Con mis mejores deseos,

 

Fraternalmente,

Hansen [Trotsky]

 

P.D. - Debemos elaborar, en la forma que corresponda, las mismas reglas para el trabajo y captación de la organización juvenil; en caso contrario, corremos el riesgo de trasformar a los buenos elementos jóvenes en diletantes revolucionarios, en lugar de combatientes revolucionarios.



[1] La composición social del partido. Del archivo de James P. Cannon. Con autorización de la Library of Social History. Carta a Cannon.



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