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La alianza secreta con Alemania[1]

 

 

3 de marzo de 1938

 

 

 

Cuando el joven diplomático Butenko huyó de Rumania a Italia y publicó una declaración de carácter semi-fascista, el comisario del pueblo de asuntos exteriores, el señor Litvinov, se apresuró en asegurar al mundo (17 de febrero de 1938) que tales sentimientos no podían provenir de un diplomático soviético, sino de un impostor de la Guardia Blanca. Pero añadió que si en efecto la declaración había surgido de labios de Butenko, entonces él, comisario del pueblo, no dudaba por un minuto de que tal declaración sólo podía haber sido obtenida a través de la tortura. Tratemos de aplicar con toda la calma posible este dictado autoritario al desarrollo de los sucesos del actual Juicio de Moscú.

Esta vez el asunto se refiere, no a un individuo completamente desconocido como Butenko, sino a Rikov, el ex jefe del gobierno; a Bujarin, antiguo jefe de la Comintern; a una multitud de ministros y embajadores soviéticos, cuyos nombres están unidos indisolublemente a la historia de la Unión Soviética. Estos hombres no sólo escaparon a la Italia fascista en un momento de peligro personal, sino que se colocaron colectivamente a, disposición de las potencias extranjeras con el propósito de desmembrar a la Unión Soviética y de restablecer el capitalismo.

Si el señor Litvinov pensé que las declaraciones cuasifascistas de un solo diplomático joven eran increíbles, ¿no tenemos razón al decir que es mil veces más difícil creer que toda la antigua generación del Partido Bolchevique se ha pasado al campo fascista?

Es verdad que los acusados confesaron su culpa. Pero estas confesiones son capaces de convencernos muchísimo menos de lo que las declaraciones de Butenko convencieron a Litvinov. Además, nos reservamos el derecho de repetir las palabras del diplomático moscovita con una fuerza diez veces mayor: “Tales confesiones sólo pudieron obtenerse de los labios del acusado a través de la tortura.”

Para un hombre, o para varios, sería posible cometer una serie de crímenes horribles, si éstos crímenes los beneficiaran de algún modo. Un individuo podría cometer un crimen absurdo. Pero es imposible aceptar que, en el transcurso de varios años, un grupo de hombres no sólo mentalmente normales sino de una inteligencia superior, cometieran una serie de crímenes tan monstruosos como insensatos. La característica que distingue el actual juicio es la exageración de las antiguas acusaciones, hasta el punto de caer en un absurdo completo y definitivo.

La fórmula de acusación en el caso de Zinoviev, Kamenev y otros (agosto de 1936) declaraba que los conspiradores, por pura “sed de poder” recurrieron a actos terroristas y hasta a una alianza con la Gestapo. En el juicio Radek-Piatakov (enero de 1937) los conspiradores fueron acusados de buscar el poder con el fin de establecer el fascismo en la Unión Soviética. Aceptemos ambas versiones al pie de la letra. Pero en el juicio actual se acusa al autor de estas líneas de haber sido agente de Alemania desde 1921 cuando era miembro del Politburó y jefe del Ejército Rojo y cuando Alemania aún no era fascista. En este punto entramos en dominios de la psicopatología.

En 1921 terminábamos victoriosamente la Guerra Civil. La situación internacional de la Unión Soviética se había estabilizado. La introducción de la Nueva Política Económica (NEP) dio vida a fuerzas económicas dormidas. Teníamos derecho a contemplar el futuro con verdadero optimismo. Una expresión de éste fue mi informe al Tercer Congreso de la Comintern (junio de 1921).[2]

Por otro lado, Alemania andaba a tientas en el callejón sin salida de Versalles.[3] Su fuerza económica había sido minada. Su poderío militar era prácticamente inexistente. Miles de oficiales alemanes se convirtieron en soldados libres que ofrecían sus servicios a muchos países. Aun si admitiésemos - y estoy dispuesto a hacer cualquier concesión a fin de lograr un análisis profundo - que yo aspiré no solamente al poder, sino a la dictadura personal - incluso al precio de la traición y de acuerdos secretos con gobiernos capitalistas - no habría elegido, en ningún caso, a la humillada y desarmada Alemania, la cual necesitaba ayuda y era incapaz de ofrecérsela a otros.

Comunicados de Moscú vinculan mi nombre, al del general von Seeckt en aquel tiempo, jefe del Reichswehr.[4] Esto proporciona un indicio de justificación para la hipótesis que, presumo, se afirmará indirectamente más tarde en el juicio. Es obvio que hasta un sueño delirante está compuesto de algunos elementos reales. Al mismo tiempo, a una mentira sólo puede dársele una apariencia de veracidad, si algunas partículas de verdad se unen a ella. Desde esta perspectiva trataré de descubrir la clase de materiales utilizados por el fiscal como base para construir su superestructura.

Desde el momento del derrocamiento de los Hohenzollern,[5] el gobierno soviético se propuso llegar a una alianza defensiva con Alemania contra la Entente y la paz de Versalles. Pero en aquel tiempo, la socialdemocracia, que tocaba el primer violín en Alemania, temía a Moscú y puso todas sus esperanzas en Londres y especialmente en Washington. Desde su punto de vista, la casta de oficiales del Reichswehr, a pesar de su enemistad política con el comunismo, consideraba necesaria una colaboración diplomática y militar con la república soviética. Puesto que los países de la Entente no tenían ninguna prisa en satisfacer las esperanzas de los socialdemócratas, la orientación “Moscú” del Reichswehr llegó a tener una influencia sobre los círculos gubernamentales. El acontecimiento más notable de este período fue la concreción del acuerde Rapallo que establecía relaciones amistosas entre la Unión Soviética y Alemania (17 de abril de 1922).[6]

En 1921, el comisariado militar que yo dirigía se proponía la reorganización y el rearmamento del Ejército Rojo de acuerdo a la transición de un período de guerra a uno de paz. En nuestra preocupación constante por mejorar la tecnología militar, sólo podíamos esperar cooperación de Alemania. Al mismo tiempo, el Reichswehr, privado por el Tratado de Versalles de oportunidades para desarrollarse, especialmente en los campos de artillería pesada, aviación y guerra química, naturalmente intentaba utilizar a la industria militar soviética como un campo experimental. La iniciación de las concesiones alemanas en la Rusia soviética se dio en un momento en que yo aún estaba sumergido en la Guerra Civil. Potencialmente la más importante de estas concesiones, o más acertadamente, la que más prometía, fue la concedida a la empresa de aviones Junker. Esta concesión implicaba el viaje de cierto número de oficiales alemanes a la Unión Soviética. A su vez varios representantes del Ejército Rojo visitaron Alemania donde se familiarizaron con el Reichswehr y con los “secretos” militares alemanes que les mostraron graciosamente. Por supuesto todo este trabajo se hizo en secreto, ya que la espada de Damocles de las obligaciones de Versalles pesaba sobre la cabeza de Alemania.

Oficialmente el gobierno de Berlín no tomó parte en estas negociaciones y actuó como si no supiese nada de ellas: la responsabilidad formal recaía sobre el Reichswehr. Naturalmente el secreto no podía mantenerse. Agentes de la Entente, especialmente de Francia, lograron establecer sin dificultad alguna, que una fábrica de aviones Junker y unas cuantas empresas operaban cerca de Moscú. Indudablemente París atribuía una importancia exagerada a nuestra colaboración con Alemania. La colaboración no alcanzó gran éxito, porque tanto nosotros como los alemanes carecíamos del capital suficiente para ello. Además la desconfianza mutua era demasiado grande. Sin embargo, los vínculos semiamistosos con el Reichswehr, se mantuvieron aun después de 1923, cuando el actual acusado Krestinski se convirtió en embajador ante Alemania.

En interés de Moscú este trabajo se realizó no por mí como individuo, sino por el gobierno soviético como un todo, más correctamente por su organismo de dirección, el Politburó. Durante toda esta época Stalin fue miembro de éste y tal como lo demostró su conducta futura hasta 1934, cuando Hitler rechazó la ayuda que le brindaba Moscú, Stalin era un tenaz partidario de la colaboración con el Reichswehr y Alemania en general.

El manejo de las concesiones militares ale estaba en manos del actual acusado Rosengoltz, en su calidad de representante de la jefatura del comisariado militar. En vista del peligro de infiltración de espías militares, Dzershinski, jefe de la GPU, en colaboración con Rosengoltz, mantenía las concesiones bajo vigilancia constante.

En los archivos secretos del comisariado militar y de la GPU indudablemente debe haber documentos que se refieren a la colaboración con el Reichswehr en los términos más secretos y conspirativos. A excepción de personas como Stalin, Molotov,[7] Bujarin, Rikov, Rakovski, Rosengoltz, Iagoda y otra docena de individuos o más, el contenido de estos documentos puede aparecer “enigmático”, no solamente al fiscal Vishinski, quien en esa época estaba en el campo de los blancos, sino también a varios de los miembros del actual Politburó.

¿No ofrecerá el fiscal estos documentos como evidencia material con el fin de asombrar a los amistosos periodistas extranjeros? Es posible que nuestra hipótesis sea comprobada antes de que estas líneas lleguen al lector.



[1] La alianza secreta con Alemania. New York Times, 5 de marzo de 1938, donde se titulaba Los pronósticos tácticos de Vishinski. Dicha versión, reimpresa en la primera edición de Escritos 1937-1938, omitió los primeros cinco y medio párrafos. El texto completo se publica aquí por primera vez, con el permiso de la Biblioteca de la Universidad de Harvard.

[2] El Informe sobre la crisis económica mundial y las nuevas labores de la Internacional Comunista de Trotsky, fue presentado el 23 de junio de 1921, para el Tercer Congreso de la Comintern, se encuentra en Los primeros cinco años de la Internacional Comunista, volumen 1.

[3] El Tratado de Versalles fue impuesto por los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Se basó en gravosas indemnizaciones de los países vencidos.

[4] Hans von Seeckt (1866-1936): comandante en jefe del Reichswehr alemán de 1918 a 1926. Entre 1932 y 1935 estuvo en China como consejero militar de Chiang Kai-shek.

[5] Hohenzollern: nombre de la familia gobernante de Prusia y Alemania hasta 1918.

[6] El Tratado de Rapallo (abril de 1922): por él, el gobierno de Alemania fue el primero en conceder reconocimiento diplomático a la Unión Soviética. Además canceló todas las deudas de antes de la guerra y todos los reclamos en los dos gobiernos. A Alemania, que por entonces trabajaba bajo el sistema de Versalles, se le concedió el status de nación más favorecida e importantes concesiones comerciales a cambio de asistencia tecnológica al joven gobierno soviético.

[7] Viajeslav Molotov (n. 1890): antiguo partidario de Stalin y miembro del Comité Central desde 1920, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, 1930-1941 y ministro de asuntos exteriores después de Litvinov (a partir de 1939). Fue eliminado de la dirección por Jruschov en 1957 cuando se opuso a la “desestalinización”.



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