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En el umbral de una nueva guerra mundial[1]

 

 

9 de agosto de 1937

 

 

 

La incertidumbre de los alineamientos internacionales

 

Cada día la prensa escudriña el horizonte en bús­queda de humo y llamas. Para hacer una lista de los posibles calderos de guerra sería necesario recurrir a un libro de geografía elemental. Al mismo tiempo, los antagonismos internacionales son tan complicados y confusos que nadie puede predecir en qué momento estallará la guerra, por no hablar de los alineamientos internacionales. Los fusiles dispararán, pero nadie sabe quién apuntará a quién.

En 1914, el principal factor de incertidumbre era Gran Bretaña. Le preocupaba el "equilibrio" pero hundió a Europa en el abismo. El segundo factor desco­nocido era Italia, que mantuvo una alianza de treinta y cinco años con Alemania y Austria-Hungría, pero finalmente volvió sus fusiles contra sus aliados. Estados Unidos era una esfinge poderosa pero distante que entró en la guerra en la etapa final, decisiva. Los estados pequeños eran otras tantas incógnitas en la ecuación. En cambio, las alianzas austro-germana y franco-rusa fueron desde el principio los factores esta­bles que determinaron el eje de la actividad bélica. Los demás participantes debieron alinearse de acuerdo con estos ejes.

Hoy no queda el menor vestigio de la estabilidad de los "buenos tiempos de antaño". Hoy resulta muchí­simo más dificil pronosticar la política de Gran Bretaña - determinada por las contradicciones de los intereses imperiales en distintas partes del mundo- que antes de agosto de 1914. En todas las cuestiones, el gobierno de Su Majestad se ve obligado a alinearse con los inte­reses de esa dominación, presa de las mayores tenden­cias centrífugas.

La expansión imperialista generó en Italia la nece­sidad de liberarse de una vez por todas de esa tutela excesivamente “amistosa” de Gran Bretaña. Los éxi­tos de Mussolini en Africa y el crecimiento del arma­mentismo italiano significan una amenaza inmediata para los intereses vitales de Gran Bretaña. Y a la inver­sa, la amistad incierta de Italia, será a la larga un ins­trumento que empleará Alemania para lograr la neu­tralidad benévola de Inglaterra. Alemania sólo podría renunciar a esta etapa en el camino de la dominación mundial si lograra un acuerdo con la Unión Soviética. Esta variante no puede excluirse, pero queda en la reserva. Hitler combate la alianza franco-soviética, no por hostilidad principista hacia el comunismo (¡nin­guna persona seria cree ya en el papel revoluciona­rio de Stalin!), sino porque quiere tener las manos libres para el acuerdo con Moscú contra París si no se materializa el acuerdo con Londres contra Mos­cú. Pero el pacto franco-soviético tampoco es un factor de estabilidad. A diferencia de la vieja alianza militar franco-rusa, es una nebulosa. La política francesa, siempre dependiente de Gran Bretaña, oscila entre el acercamiento condicional a Alemania y la amistad in­condicional con la URSS. A mayor tiempo, mayor será la amplitud de la oscilación.

Los estados medianos y pequeños complican aun más la situación. Actúan como satélites celestes, que no saben en torno a cuál planeta deben orbitar. En los papeles, Polonia es aliada de Francia, pero en los hechos colabora con Alemania. Rumania es miembro formal de la Pequeña Entente, pero Polonia trata de arrastrarla, no sin éxito, a la esfera de influencia ítalo-germana. El creciente acercamiento de Belgrado a Roma y Berlín provoca ansiedad, no sólo en Praga, sino también en Bucarest. Por su parte, Hungría teme con toda razón que sus aspiraciones territoriales serán la primera víctima de la amistad entre Roma, Berlín y Belgrado.

Todos quieren la paz, sobre todo los estados que no pueden obtener beneficios de la guerra: los países balcánicos, los pequeños estados del Báltico, Suiza, Bélgica, Holanda, los estados escandinavos. Los minis­tros se reúnen, conciertan acuerdos, pronuncian dis­cursos sobre la paz. Todo parece un teatro de títeres montado sobre el cráter de un volcán. Ninguna de las potencias menores podrá permanecer al margen. Todas verterán su sangre. La idea, que hasta ayer parecía absurda, de que los países escandinavos podrían combatir en distintos bandos, hoy parece pro­bable. Basta que Alemania encuentre apoyo en Suecia y Gran Bretaña en Dinamarca, y las “hermanas” escandinavas se encontrarán en campos antagónicos. Siempre y cuando, lógicamente, Gran Bretaña y Ale­mania peleen entre sí.

Estados Unidos busca afanosamente mantenerse al margen del conflicto europeo. Pero en 1914 ocurría exactamente lo mismo. Es imposible ser una gran potencia, menos aún una superpotencia con impuni­dad. Decretar neutralidad es más fácil que observarla. Además, no sólo existe Europa: también está el Lejano Oriente. Durante la gran crisis industrial que para­lizó a la mayoría de las grandes potencias, Japón se apoderó definitivamente de Manchuria y ahora ha ocu­pado las provincias septentrionales de China, desmem­brando aún más a ese enorme y desgraciado país. La crisis política interna de la URSS, la decapitación del Ejército Rojo y la capitulación lamentable de Moscú en el asunto del archipiélago de Amur dejaron libres las manos de la camarilla militar nipona. Ahora la suerte de todo el Lejano Oriente está en la balanza.

El gobierno de Washington cambia de rumbo. La concentración de la marina en el Pacifico, la construc­ción de acorazados y bombarderos de gran autonomía de vuelo, el desarrollo de comunicaciones aéreas en el Pacífico, el programa de fortificación de los archipié­lagos oceánicos, son testimonio elocuente de que este país renuncia a la política de aislamiento voluntario. Pero tampoco en el Lejano Oriente se puede predecir la combinación de fuerzas con total seguridad. Japón le propone una “entente cordial” a Inglaterra con res­pecto a China, y de esa manera espera reducir gradual­mente la parte del león británico a la ración de un conejo. Sin embargo, antes de resolver si acepta o rechaza la propuesta, Gran Bretaña piensa ampliar su marina, fortificar la base de Singapur y erigir nuevas fortalezas en Hong Kong. Gran Bretaña sigue siendo el principal factor de incertidumbre tanto en Oriente como en Occidente. Y tanto en Oriente como en Occi­dente las alianzas bélicas maduran con mayor lentitud que los conflictos bélicos.

Esta política de “expectativa cautelosa” resultaba sensata en tanto fue un privilegio de Inglaterra frente a una Europa dividida en dos bandos. Pero en momentos en que todos los estados, sin excepción, se ven obliga­dos a jugar a “traiciona o serás traicionado”, las rela­ciones diplomáticas se vuelven un juego demencial en que los jugadores se arrastran unos a otros con los ojos vendados y revólver en mano. Evidentemente, a las potencias, grandes y pequeñas, no les quedará otra alternativa que estructurar sus alianzas militares a toda prisa una vez que se hayan producido los prime­ros disparos de la nueva gran guerra.

 

Pacifismo, fascismo y guerra

 

Hasta no hace mucho tiempo, los pacifistas de todo los colores creían, o fingían creer, que se podría impe­dir una nueva guerra con ayuda de la Liga de las Nacio­nes, congresos aparatosos, referéndums y otros des­pliegues teatrales, la mayoría de los cuales fueron financiados con dinero de la URSS. ¿Qué ha sido de esas ilusiones? Tres de las siete grandes potencias - Estados Unidos, Japón, Alemania- no están en la Liga de las Naciones; Italia la está destruyendo desde adentro. Para las otras tres, resulta cada vez menos necesario encubrir sus intereses particulares con el rótulo de la Liga. Los melancólicos partidarios de la institución de Ginebra han llegado a la conclusión de que la única manera de “salvar” lo que hasta ayer fue “la esperanza de la humanidad” es no confrontaría con problemas graves. En 1932, al iniciarse la famosa con­ferencia para el desarme, los ejércitos europeos conta­ban con 3.200.000 efectivos. En 1936 esta cifra ya ascendía a 4.500.000 y aumentaba en forma ininte­rrumpida. ¿Qué ha sido de los referéndums de Lord Cecil?[2]. ¿Quién ganará el próximo premio Nobel de la paz? La política de desarme de Ginebra se ha conver­tido en algo que ni siquiera merece burlas.

 

La iniciativa de la nueva política de desarme perte­nece a Alemania, la cual, con ese instinto infalible que suele acompañar a la demencia violenta, supo arran­carse las cadenas de Versalles. La inexorabilidad del nuevo conflicto mundial aparece con especial claridad en el caso de Inglaterra. Hasta hace poco, ese país aplicaba una política de pacifismo conservador debido a su deseo de expandirse lo menos posible con el fin de proteger sus viejas conquistas. Sin embargo, las humillantes derrotas de la política británica en Man­churia, Etiopía y España demostraron a Baldwin y sus colegas que no se puede vivir indefinidamente de la inercia de las viejas glorias. De ahí ese reflejo aterrado de autopreservación, que se expresa en el más gran­dioso de todos los programas militares. Gran Bretaña se prepara para convertirse, en el curso de los próxi­mos años, en la mayor potencia aérea y marítima... ¡en nombre de la paz y del statu quo! Pero ello consti­tuye un estímulo irresistible para el armamento marí­timo y aéreo allende el Atlántico. Este es el camino del país más satisfecho, más “pacifista”, más “democrá­tico”, el que encabezó la conferencia para el desarme: del librecambio... al proteccionismo; del pacifismo... al armamentismo. ¿Dónde están las fuerzas terrestres que podrían impedir el pasaje del armamentismo a la guerra?

 

¿No pueden abrigarse esperanzas de que la resis­tencia vendrá desde abajo, desde las masas trabaja­doras, mediante huelgas generales, insurrecciones, revoluciones? En teoría, no puede excluirse. Pero si no confundimos nuestras esperanzas y temores con la realidad, debemos decir que no parece muy probable. Las masas trabajadoras del mundo entero están agobia­das por las colosales derrotas sufridas en Italia, Polo­nia, China, Alemania, Austria, España, parcialmente en Francia y en otros países pequeños. Las viejas inter­nacionales - la Segunda, la Tercera, la Sindical- están estrechamente vinculadas a los gobiernos de los esta­dos democráticos, participan activamente en los prepa­rativos de la guerra “contra el fascismo”. Cierto es que los socialdemócratas y los “comunistas” son derro­tistas con respecto a Alemania, Italia y Japón. Pero no significa sino que combaten la guerra en aquellos países donde no ejercen la menor influencia. Si las masas quieren alzarse contra el militarismo, deben, en primer término, rechazar la tutela de las internacio­nales oficiales. No es una tarea sencilla. No se puede realizar en un día ni en un mes. Sea como fuere, en la actualidad el despertar político del proletariado es más lento que los aprestos para la nueva guerra.

Para justificar su política militarista y chovinista, las internacionales Segunda y Tercera difunden la idea de que la nueva guerra tendrá por misión defender la libertad y la cultura - representadas por los países “pacíficos”, encabezados por las grandes democra­cias del Nuevo y del Viejo Mundo- frente a los agre­sores fascistas: Alemania, Italia, Austria, Hungría, Polonia y Japón. Esta clasificación resulta dudosa, inclusive desde un punto de vista puramente formal. El estado yugoslavo no es menos “fascista” que el húngaro, Rumania no se encuentra más cerca de la democracia que Polonia. La dictadura militar impera no sólo en Japón, sino también en China. El sistema político de Stalin se aproxima cada vez más al de Hitler. En Francia, el fascismo está barriendo a la democracia cuando la guerra todavía no se ha declarado. Los gobiernos del “Frente Popular” hacen todo lo posible por facilitar la transición. Como vemos, ¡en el sistema mundial imperante no resulta fácil separar a los lobos de los corderos!

En cuanto a la lucha de la “democracia” contra el fascismo, convendría más observar la Península Ibérica que especular sobre el futuro. Al principio, las democracias sometieron al gobierno legal español a un bloqueo para privar a Italia y Alemania de todo pre­texto de intervención. Cuando Hitler y Mussolini resolvieron prescindir de los “pretextos”, las “demo­cracias” se apresuraron a capitular ante la interven­ción, en aras de la “paz”. Mientras España está siendo devastada, los representantes democráticos se divier­ten con discusiones acerca de los mejores métodos para... continuar con la política de no intervención. En vano el gobierno de Moscú trata de encubrir con poses de izquierda su participación en la política vergonzosa y criminal que facilitó las tareas del general Franco y consolidó las posiciones del fascismo. Lo que determi­nará las relaciones de España con otros países serán sus riquezas minerales, no sus principios políticos. ¡Una lección tan amarga como valiosa para el futuro!

 

La clasificación de los estados mencionada más arri­ba tiene su origen histórico, pero no es el que señalan los escritos baratos de los pacifistas. Los primeros paí­ses que llegaron al fascismo o a otros tipos de dictadu­ras son aquellos cuyas contradicciones internas alcan­zaron la mayor agudeza: países carentes de materias primas y de acceso al mercado mundial (Alemania, Italia, Japón); los países derrotados en la guerra ante­rior (Alemania, Austria, Hungría); por último, los paí­ses donde la crisis capitalista se combina con la super­vivencia de vestigios precapitalistas (Japón. Polonia Rumania. Hungría). Lógicamente, las naciones históricamente más atrasadas o desfavorecidas son las menos satisfechas con el actual mapa político del pla­neta. Por consiguiente, su política exterior es más agre­siva que la de los países privilegiados, que se preocu­pan principalmente por aferrarse al botín ya conquis­tado. De allí surge la división de países, muy condicional, en partidarios y adversarios del statu quo; la mayoría de los países fascistas y semifascistas se encuentran en este último campo.

Pero esto de ninguna manera significa que los dos bandos en pugna serán los arriba mencionados. En caso de un nuevo conflicto mundial el programa del statu quo desaparecerá sin dejar rastros; se planteará el problema de un nuevo reparto del mundo. Los adver­sarios fascistas del statu quo se encontrarán en ambos bandos, porque la elección de aliados no se hará con base en la solidaridad política, sino que será determi­nada por la posición geográfica, las relaciones econó­micas y, sobre todo, la evaluación de las relaciones de fuerza. Hitler estaría encantado de apoderarse de las colonias francesas en alianza con Gran Bretaña, aunque ello le significara una guerra directa con el fascismo italiano. Por su parte, Mussolini bien podría “traicionar” a Hitler, es muy probable que lo haga, tal como el gobierno italiano de 1914 traicionó a Hohenzollern y Habsburgo. El “egoísmo sagrado” también se impon­drá en las relaciones entre los países fascistas.

El estado totalitario es, por cierto, el régimen más adecuado al carácter “totalitario” de la guerra contem­poránea. Pero esto sólo significa que las democracias se aproximarán al régimen fascista en el curso de la guerra mundial, quizás inclusive en vísperas de la misma; posiblemente lo adoptarán. Sin embargo, un acercamiento de los sistemas políticos no significaría una reconciliación de intereses hostiles. Una Fran­cia fascista difícilmente compartiría sus colonias con Hitler. Si el excelentísimo sir Oswald Mosley gober­nara las Islas Británicas - históricamente esta posibi­lidad no está excluída- no estaría más dispuesto que el gobierno actual a ceder la dominación británica del Mediterráneo a Italia. En síntesis, tanto la composi­ción de los campos beligerantes como el curso de la propia guerra no serán determinados sobre la base de criterios políticos, raciales y morales, sino por los intereses imperialistas. Todo lo demás es tierra arrojada a los ojos de los pueblos.

 

¿ Cuándo empezará la guerra?

 

Tanto las fuerzas que obran en favor de la acele­ración de la guerra como las que obran por su poster­gación son tan complejas e intrincadas que resultaría excesivamente arriesgado hacer un pronóstico con base en el calendario. Sin embargo, tenemos algunos ele­mentos para un pronóstico. Londres tiende a creer que el periodo peligroso culminará en 1939, cuando las fuerzas armadas británicas, cuyas intenciones son “pacíficas”, habrán alcanzado el suficiente poderío. Desde este punto de vista, el peligro de guerra es “inversamente” proporcional... al aumento del arma­mentismo.

Pero, en tal caso, ¿no aprovecharán Alemania o Italia ese interín para provocar una guerra en los próximos veinticuatro meses? Existen muchas circuns­tancias que permiten responder negativamente. La última palabra no la tiene Italia, sino Alemania. Pero Alemania no está preparada. Es cierto que las tradiciones vivas del militarismo prusiano, unidas al alto nivel de la tecnología alemana le permiten a Hitler desarrollar el programa armamentista a un ritmo sin prece­dentes en la historia. Pero ningún gobierno, por totali­tario que sea, puede lograr milagros. En el lapso entre la paz de Versalles y la victoria nazi, las jóvenes gene­raciones alemanas no pasaron por los cuarteles. El país no posee reservistas. La instrucción militar, siquie­ra elemental, de algunos millones de hombres requiere muchos oficiales. La elaboración de las máquinas de guerra más completas, la aceleración de su producción en masa, la creación de las reservas materiales nece­sarias, la formación de nuevos cuadros de mando, la elaboración de la materia prima humana: todo eso requiere tiempo. El aparato bélico de Hitler manifes­tará desproporciones y carencias a cada paso, precisa­mente debido al ritmo febril de su crecimiento. Hoy, por cierto, la evaluación que hacen las autoridades alemanas de su potencial bélico es muy inferior a la que hacen sus adversarios. Pasarán por lo menos dos años antes de que el estado mayor berlinés suelte el freno sobre la noble impaciencia de los líderes polí­ticos.

Sin embargo, la situación armamentista es sólo uno de los factores bélicos, y no es el más impor­tante. Jamás llegará el momento en que los países se sientan “suficientemente” armados. El crecimiento del armamentismo, tomado aisladamente, trabaja en pro de la guerra, no de la paz. Sin embargo, el ejército no es un fin en sí mismo, sino un instrumento de la política, la cual, a su vez, es un instrumento de los intereses materiales. El golpe que desencadenará la nueva guerra será producto, probablemente, de un cambio en la coyuntura económica.

 

Recordemos que tras un boom industrial, colosal y prolongado, sobrevino la crisis de 1913, que ya en esa época tuvo un carácter no sólo coyuntural, sino también estructural: las fuerzas productivas de Europa estaban atascadas por las fronteras nacionales. La crisis de 1913 provocó en las clases dominantes una ten­sión nerviosa que pudo más que cualquier expectativa o cautela. El resultado fue el estallido de la guerra en 1914. Es cierto que la última crisis (1929-33) no provocó temores belicistas. Las clases dominantes, encegueci­das por la “prosperidad” anterior, se obstinaban en considerar la crisis como un episodio desagradable. Las ilusiones desaparecieron gradualmente, al paralizarse el comercio y aumentar las filas del ejército de desocu­pados. En esos años, la política exterior de todos los países - con excepción de Alemania, Italia y Japón, los más enfermos- era incierta, indecisa y débil.

La nueva crisis, que en vista de las circunstancias no se hará esperar por mucho tiempo, tendrá conse­cuencias internas e internacionales completamente diferentes. El reanimamiento económico actual, unido a un mercado mundial desorganizado, a un sistema monetario perturbado y a un ejército de desocupados crónico, no inspira la menor confianza. Una coyuntura apuntalada principalmente con órdenes militares signi­fica un despilfarro de los elementos fundamentales de la economía y, con ello, la preparación de una crisis más profunda y dolorosa. Las clases dominantes no pueden dejar de tenerlo en cuenta. Cuanto más se cumplen los programas armamentistas, menos cabida queda para las ilusiones y mayor es el nerviosismo en que caen los amos del destino.

Pero, ¿no sería posible que los gobernantes poster­guen la crisis o, lo que es más importante, la reduzcan a la magnitud de una coyuntura pasajera en lugar de una catástrofe social? Para ello se necesitaría, como mínimo, levantar las barreras aduaneras, restaurar el patrón monetario oro, regular el problema de las obli­gaciones internacionales y aumentar el poder adquisi­tivo de las masas frenando la maquinaria armamen­tista. Todo aquél que no sea ciego reconocerá que no existe la menor razón para esperar semejante milagro.

En Berlín, a fines de junio, se reunieron los delega­dos comerciales de cuarenta naciones a escuchar los himnos de Goering en alabanza a la autarquía[3]. Los devotos discursos de algunos delegados acerca de las ventajas del régimen liberal parecen una burla a la realidad. Los países ricos en materias primas, ¿esta­rán dispuestos a vendérselas a sus enemigos para fines bélicos? Los imperios coloniales, ¿cederán parte de sus dominios a los países desfavorecidos? Los países que han concentrado el oro en sus manos, ¿se tomarán la molestia de ayudar desinteresadamente a sus rivales a devolver el equilibrio a sus sistemas monetarios tras­tornados? Estas preguntas sencillas contienen en sí las respuestas. Cuanto más reaccionario es el papel de las fronteras nacionales en el sistema de la economía mundial, más tenazmente se las mantiene. No todos cantan loas a la autarquía, pero todos tratan de guare­cerse bajo su sombra ilusoria. Sin embargo, “autarquía” no implica autosuficiencia dentro de las fronteras nacionales propias. Los programas de Alemania e Ita­lia demuestran mejor que nada que la autarquía requie­re... la conquista de colonias y de países extranjeros en general. La doctrina de la economía cerrada es una pre­misa de la agresión imperialista.

 

El peligro de guerra, derivado de las dificultades económicas, agudiza aun más estas dificultades. Cual­quier estudiante de secundaria sabe que la ruptura de las relaciones diplomáticas, la declaración oficial de guerra y el respeto por la neutralidad se han vuelto tan anacrónicos como el miriñaque y el minué. Todos los gobiernos velan las armas. En época de paz, esa tensión, que en ciertas ocasiones llega a grados tales que antes resultarían inconcebibles sin la ruptura for­mal de relaciones diplomáticas, es lo que menos favorece a la prosperidad económica. Todo indica que la crisis próxima superará de lejos a la crisis de 1929 y años subsiguientes. Dadas las circunstancias, la política de vigilancia expectante resultará imposible de aplicar. La política de transfusión de sangre, al estilo del “New Deal” norteamericano, difícilmente pueda adaptarse a Europa. En la nueva crisis, todos los problemas quedaran suspendidos en el filo de la navaja, lo cual obligará a los gobernantes a adoptar medidas decisivas, que en nada se diferenciarán de otros tantos actos de desesperación.

Por consiguiente, la guerra podría estallar en el transcurso de los tres o cuatro años, es decir, precisa­mente en momentos en que el cumplimiento de los pro­gramas armamentistas debería “garantizar la paz”. Lógicamente, sólo indicamos esta fecha a los fines de brindar una orientación general. Los acontecimientos políticos podrían acelerar o postergar el momento de la explosión. Pero su inexorabilidad está enraizada en la dinámica de la economía, en la dinámica de los antago­nismos sociales y en la dinámica del armamentismo.

 

La estrategia de la guerra que se avecina

 

En vísperas de 1914 primaba la doctrina militar del golpe veloz y fulminante. Esta doctrina le costó cara a Francia. El “golpe” se prolongó a lo largo de cincuenta y dos meses. Después de que el genio maligno de la humanidad hubo inventado máquinas de destrucción sin precedentes, los ejércitos, equipados con ellas, debieron hundirse en madrigueras como los topos. Pero si las trincheras impusieron su dominación despótica sobre las operaciones de la guerra, las ideas militares alcanzaron un nuevo pico de audacia después de la paz de Versalles. Las humillaciones sufridas por la estra­tegia y los costos astronómicos del exterminio recíproco de los pueblos impulsaron a la fantasía militar a buscar métodos más brillantes y menos costosos. De ahí las nuevas escuelas: una trata de remplazar al pue­blo en armas por un ejército restringido de especia­listas; otra eleva el centro de gravedad a la atmósfera exterior; la tercera basa sus esperanzas en el rayo de la muerte. El general J. F. Fuller calculó que el empleo de la energía eléctrica permitiría eliminar el punto vulnerable de las guerras anteriores, vale decir, el factor humano. El general von Seeckt llegó a la conclu­sión de que en la competencia entre las masas humanas y la tecnología la victoria seria de esta última[4]. De allí deriva la teoría de un ejército pequeño pero alta­mente capacitado que, cual torrente de acero y fuego, arrolla al país enemigo. En realidad, la oposición entre la “tecnología” y las “masas” o, en los términos en boga, entre la “calidad” y la “cantidad”, es una abs­tracción vacía. Si un ejército mecanizado de 200.000 hombres puede hacer milagros, entonces dos ejércitos harán, no el doble sino el cuádruple. La ley de los números sigue vigente en los más altos niveles de la técnica. Dicho en forma más sencilla, la nación belige­rante deberá poner en marcha al mayor número posible de hombres pertrechados con los últimos adelantos de la tecnología. Pero, precisamente por ello, el “golpe fulminante” resulta imposible.

La doctrina del ejército pequeño, elaborada por von Seeckt, no se desprende de las condiciones mate­riales de la guerra, sino de las limitaciones impuestas por la paz de Versalles. Cuando éstas desaparecieron, Hitler decretó el servicio militar obligatorio. En Ingla­terra, donde las tradiciones y las finanzas impiden imponer el servicio militar general, todavía existen teóricos del remplazo del hombre por la máquina. Sin embargo, el primer día de la guerra será también el día de la conscripción inglesa. Los estrategas de Roma y Berlín se divierten a si mismos y al pueblo con la pers­pectiva de ataques aéreos que destruirán los centros vitales del enemigo con un solo golpe. Esta doctrina se origina en el hecho de que ni Alemania, ni Italia poseen petróleo, ni oro suficientes como para sostener una guerra prolongada. A la vez que glorifica los futu­ros asaltos aéreos, Goering se jacta de su defensa antiaérea, que frenará los deseos del enemigo de real­izar ataques desde el aire. Pero existe un problema: ¡los demás países también desarrollan su aviación y defensa antiaérea! El duelo aéreo significará grandes triunfos tácticos, pero ninguna solución estratégica.

Tampoco tiene más fundamento la esperanza de que algún “secreto” tecnológico permita derrotar de un solo golpe a un enemigo desprevenido. Cada descu­brimiento nuevo estimula las energías intelectuales de los inventores de todos los países civilizados. La tecnología bélica, más que cualquier otra, posee carácter internacional: las industrias bélicas y los servicios de espionaje le prestan gran atención. Los estados mayo­res pueden impedir que los secretos lleguen a sus propios pueblos, mas no a los estados mayores de los demás países.

Ningún ejército puede mantener en reserva, junto con los alimentos enlatados, maravillas químicas y eléctricas ya preparadas. Cada invento debe ser some­tido a verificación, y sólo la guerra puede hacerlo. La iniciación de la producción en masa de un nuevo artefacto de guerra exige un año de preparación, quizás dos. Por eso no puede esperarse que en el comienzo mismo de la guerra se empleen medios téc­nicos “decisivos”, no probados anteriormente. El eclecticismo es mucho más nefasto en la guerra que en la economía. En términos generales, la próxima guerra partirá del nivel alcanzado en la anterior. Los nuevos medios se sumarán a los viejos, y los ejércitos se volve­rán más pesados y numerosos.

En la economía capitalista, cuyo volumen de producción está limitado por el poder adquisitivo de la población, a partir de cierto nivel las máquinas empie­zan a remplazar a los hombres. En la guerra no existe esta limitación: los hombres son exterminados independientemente de su “poder adquisitivo”. A pesar del transporte mecanizado, el ejército moderno requiere, tal como ocurría en tiempos de Napoleón, un caballo por cada tres hombres. En cifras absolutas esto signi­fica un ejército de millones de caballos. Asimismo, a pesar de la mecanización de la guerra en todas sus ramas, el número de hombres necesarios para operar las máquinas bélicas no disminuye, sino que aumenta.

Las operaciones bélicas recientes (Lejano Oriente, Etiopía, España), no obstante su carácter fragmentario, bajaron el pensamiento estratégico de los cielos a la tierra. Cuanto más se acerca el peligro de guerra, más vuelve la estrategia oficial a los canales ya probados. Todas las potencias marítimas se ocupan de reacondi­cionar o construir esos buques de guerra gigantescos que, al término de la guerra anterior, habían sido rele­gados a la categoría del ictiosaurio. Es posible que, en este caso, la oscilación regresiva del péndulo resulte excesiva. En asuntos navales, donde la máquina domi­na despóticamente al hombre, el pensamiento estra­tégico es más conservador y torpe que en cualquier otro terreno.

Pase lo que pase con los acorazados, Inglaterra se verá obligada, una vez más, a defenderse en el conti­nente europeo. Los hombres no viven en el mar, ni en el aire, sino en la tierra. Las flotas marítimas y aéreas no son sino instrumentos auxiliares para la conquista del territorio ajeno, o para la defensa del propio. La guerra se resolverá en tierra firme. Trátese de una guerra europea o mundial, el ejército sigue siendo el principal instrumento de ataque y defensa. La base del ejército es la infantería. Si las demás variables perma­necen iguales, una infantería más numerosa cuenta con mayores posibilidades de victoria. La próxi­ma guerra sería totalitaria, no sólo en el sentido de que las operaciones se llevarán a cabo simultáneamente sobre la tierra, bajo la tierra, sobre el agua, bajo el agua, en el aire e inclusive en la estratósfera, sino tam­bién en el sentido de que absorberá a la población en su conjunto, con todas sus riquezas materiales y espiritua­les. Un sector de la humanidad luchará en un frente tridimensional, el otro fabricará municiones, pasará hambre y morirá en la “retaguardia”. A pesar de la conquista del éter, la estratósfera y el Polo Norte, a pesar del rayo de la muerte y demás horrores apoca­lípticos, los ejércitos se hundirán en el fango, tal como en el pasado, o quizás más profundamente aun.

Quedan, desde luego, los respectivos niveles eco­nómicos y tecnológicos alcanzados por los distintos países. Las ventajas de un mayor nivel cultural general se hacen sentir con especial agudeza durante la guerra. Es posible que todos los beligerantes conozcan el arma “secreta”, pero no todos tendrán capacidad de produ­cirla en masa. Sin embargo, tal como ocurrió en la guerra anterior, esas diferencias quedarán neutralizadas en gran medida por el alineamiento de los distin­tos países en cada uno de los bandos beligerantes. Así, la primacía evidente de Alemania sobre Francia obli­garía a Inglaterra a redoblar sus esfuerzos y, al mismo tiempo, asustaría a Italia, obligándola a buscar un acuerdo con Francia. Si la superioridad tecnológica y militar de Alemania le permitiera obtener victorias importantes sobre Gran Bretaña, o viceversa, Estados Unidos se vería obligado nuevamente a abandonar la política de neutralidad expectante. La interdependencia de todos los sectores de nuestro planeta es tan grande que se puede excluir toda posibilidad de un conflicto localizado. Cualquier sea el lugar y el motivo del esta­llido de la guerra, una victoria importante lograda por una de las grandes potencias no significaría el fin del conflicto, sino tan sólo la ampliación del teatro bélico. El miedo a la victoria significaría una ampliación de la coalición enemiga. La espiral bélica se extenderá inexo­rablemente hasta abarcar todo el planeta. El único lugar neutral podría ser el Polo Sur; el Polo Norte servi­rá como base de operaciones de la aviación militar.

Con el nivel alcanzado por la tecnología, una guerra mundial abandonada a su propia lógica significaría para la humanidad un método de suicidio complicado y costoso. Puede lograrse el mismo objetivo en forma más sencilla, encerrando a la humanidad en una jaula de aproximadamente un kilómetro cúbico y hundiendo a la jaula en alguno de los océanos. La tecnología moderna es más que adecuada para preparar ese “gol­pe fulminante y decisivo”, que resultaría más econó­mico que el programa militar de cualquiera de las gran­des potencias.

 

Guerra y revolución

 

En la guerra, los grandes y fuertes se imponen a los pequeños y débiles. Su ubicación geográfica, dimensio­nes territoriales, tamaño de la población, recursos béli­cos, reservas de oro y nivel tecnológico le aseguran a Estados Unidos una ventaja colosal sobre los demás países. Si se reconoce que la guerra mundial se desa­rrollará hasta su final lógico, con el agotamiento total de los bandos en pugna, no puede evitarse la conclusión de que la dominación del planeta corresponderá a Esta­dos Unidos. Sin embargo, la dominación sobre un pla­neta decadente y destruido, presa de la hambruna, las epidemias y el salvajismo provocaría inexorablemente la decadencia de la civilización norteamericana. ¿En qué medida se trata de una perspectiva real? No puede excluirse que la humanidad caiga en una decadencia prolongada como resultado de la nueva guerra. Pero, afortunadamente, esta no es la única posibilidad. Mu­cho antes de que la destrucción recíproca de los pueblos se haya desarrollado hasta el fin, la maquinaria polí­tica y social de cada país será puesta a prueba. La obra de la guerra puede ser detenida en seco por la revolución.

En general, no comparto la esperanza de que, en el momento justo, el proletariado sabrá resistir vigoro­samente el inicio de las operaciones bélicas. Por el contrario, durante los meses de intensificación del peli­gro de guerra y en el primer periodo de ésta, las masas serán dominadas por fuerzas centrípetas, patriotas, que actuarán con la fuerza de un reflejo natural. Esto se aplica tanto a las clases y grupos nacionales de los distintos estados como, por ejemplo, a las partes inte­grantes del imperio británico. Pero el avance de la guerra, con sus inevitables secuelas de pauperización, salvajismo y desesperación, regenerará y desarrolla­rá al máximo los roces, antagonismos y fuerzas centrí­fugas que tarde o temprano, encontrarán su expre­sión en la insurrección y la revolución. Aun en este caso, la guerra es, lógicamente, la peor desgracia que podría ocurrirle a la humanidad. Pero cuanto antes las masas populares le pongan fin, más fácil le resultará a la humanidad sanar sus heridas. Desde este punto de vista, ¿qué podemos decir acerca de la duración de la guerra?

Dado que la nueva guerra entre naciones empezará donde terminó la anterior, el exterminio de vidas huma­nas y el derroche de material bélico será mucho mayor en el comienzo de ésta que en el de la anterior, y aumentará con mayor rapidez. Los ritmos serán más febriles, las fuerzas destructivas más colosales, la miseria de la población más insoportable. Por consi­guiente, existen buenas razones para suponer que la reacción de las masas no se hará esperar dos años y medio, como en la Rusia zarista, ni un poco más de cuatro años, como en Alemania y Austria-Hungría, sino mucho menos. No obstante, lógicamente, la respuesta definitiva al problema del tiempo la darán los propios acontecimientos.

¿Qué sucederá, pues, con la URSS? La evaluación del régimen soviético por parte de los voceros de la opinión pública occidental ha conocido varias etapas. Con el caos del primer plan quinquenal, el peso especí­fico de los soviets en la arena mundial se redujo casi a cero. Posteriormente, con el crecimiento de la indus­tria, incluida la bélica, contra el telón de fondo de la crisis mundial, el prestigio mundial de la URSS aumen­tó enormemente. El temor de Francia al revanchismo alemán permitió que la diplomacia soviética se convir­tiera en un factor de gran peso en la política europea. Junto con ello, el prestigio del Ejército Rojo crecía por días y por horas. Sin embargo, esta etapa resultó breve. La sangrienta purga política, necesaria para los inte­reses de la camarilla dominante y que provocó el exter­minio de los mejores comandantes, suscitó una fuerte reacción en todo el mundo. La capitulación lamenta­ble de la diplomacia soviética en la cuestión del archi­piélago de Amur, sirvió para infundirle a Japón el cora­je necesario para golpear nuevamente a China y para fortalecer el consejo de Londres a París: desconfiar de Moscú, buscar un acuerdo con Berlín[5]. Sin embargo, la actitud actual de despreciar al Ejército Rojo resulta tan unilateral como creer que Stalin es indestructible. El fraude judicial y la ejecución de los ídolos de ayer no dejarán de producir dudas y desmoralización en las filas del ejército. Sin embargo, las operaciones y manio­bras que demostraron a los generales extranjeros la resistencia, movilidad e ingenio del soldado y del ofi­cial soviético siguen siendo una realidad, junto con la elevada calidad de tanques y aviones soviéticos y la audacia y pericia de los aviadores soviéticos.

Las purgas sangrientas socavan la defensa y demuestran que la oligarquía dominante ha entrado en contradicción irreconciliable con el pueblo y con el Ejército Rojo. La propia agudeza de la contradicción demuestra, por otra parte, la gran elevación cultural y económica del país, que cada vez tolera menos al ré­gimen de Stalin. La revolución política en la URSS - es decir, el derrocamiento de la casta burocrática, corrom­pida hasta la médula- será indudablemente uno de los primeros resultados de la guerra. Sin embargo, todo permite creer que, si la humanidad en su conjunto no regresa a la barbarie, las bases sociales del nuevo régimen soviético (nuevas formas de propiedad, econo­mía planificada), resistirán la prueba de la guerra e inclusive saldrán fortalecidas[6].

Japón es un país lejano. Para preparar la guerra en contra suya se han instalado bases independientes en el Lejano Oriente que, a pesar de su poderío, tienen un carácter provinciano. Aun en el caso de obtener gran­des victorias - lo cual es supremamente improbable- Japón no tiene capacidad como para penetrar hasta los centros vitales de la Unión Soviética. No existe la menor posibilidad de una guerra por separado entre Italia y la URSS. El enemigo principal, el más inmediato y peli­groso, sigue siendo Alemania.

El argumento habitual de Hitler, según el cual la falta de “fronteras compartidas” entre Alemania y la URSS excluye la posibilidad de una guerra, es uno de esos subterfugios característicos de los pronuncia­mientos de este “genio” totalitario. El mar Báltico separa a Alemania de la URSS, pero también las une. Desde que Estonia y Finlandia se separaron de Rusia, la histórica fortaleza de Kronstadt se encuentra en un bolsón entre ambos países. Leningrado, la segunda ciu­dad del país y centro de fabricación de municiones, también es vulnerable. Durante la guerra anterior, Finlandia - a la sazón integrante del imperio zarista - se convirtió durante un breve periodo en base militar de Alemania. Lo mismo ocurrió con Estonia y Letonia. En este terreno, Hitler bien podría tratar de rectificar y complementar la experiencia de Guillermo II.

Al sur de los pequeños estados del Báltico, Alema­nia está separada de la URSS principalmente por Polo­nia y parcialmente por Rumania: a partir del Anschluss austríaco, Checoslovaquia dejó de ser una barrera para convertirse en un puente para el avance alemán hacia Oriente[7]. Entre las fronteras orientales de Che­coslovaquia y Ucrania, la Tierra Prometida de Hitler, median tan sólo unas decenas de kilómetros.

Es evidente que, en la eventualidad de una guerra, Polonia y Rumania deberán optar entre dos adversarios infinitamente más poderosos que ellas. Cualquiera sea su elección, se convertirán no sólo en rutas de guerra, sino también en campos de batalla.

La posibilidad de un avance auxiliar de Italia por el Mar Negro -contra Ucrania, Crimea y el Cáu­caso- dependería en gran medida de la actitud de Tur­quía; es decir, en última instancia, de la relación de fuerzas entre los antagonistas principales, más preci­samente, de la evaluación que se haga de esa relación en Ankara y en las capitales intermedias del suroriente de Europa.

En todos los sentidos estratégicos mencionados, Alemania librará una guerra ofensiva y la URSS una guerra defensiva. Esto constituye una colosal ventaja militar para los soviets. A pesar de la situación desfa­vorable de la base naval soviética en el fondo del calle­jón marítimo del Golfo de Finlandia, las poderosas flotas naval y aérea rusas podrían provocar el derrumbe total de una aventura hitleriana en el Báltico. Lo mismo ocurre en el Mar Negro, donde la base soviética está mucho mejor ubicada y, por otra parte, Italia se encuentra más alejada.

La frontera occidental de la URSS está fuertemente defendida. Las tropas están acostumbradas a sus bases. Las distancias soviéticas son inmensas. La cuña constituida por Polonia y Rumania neutraliza en buena medida la ventaja de los ferrocarriles alemanes. El resto depende del “factor moral”, es decir, del soldado rojo, del obrero, del campesino. En última ins­tancia, el resultado de la guerra depende de la guerra misma.

En cuanto al mundo capitalista, ya se puede decir con carácter de ley inmutable: las primeras víctimas en el campo de batalla serán los regímenes que no supie­ron dar oportunamente una solución democrática al problema agrario, los regímenes cuyas supervivencias feudales exacerban las heridas del capitalismo. En esta ocasión, el eslabón más débil de la cadena de las grandes potencias será Japón. Bajo los golpes de la guerra, su maquinaria social - un capitalismo milita­rizado apoyado sobre la barbarie semifeudal- será víctima de una catástrofe colosal.

De los estados de segunda y tercera fila, los más amenazados son Polonia, Rumania y Hungría, cuyas masas campesinas jamás terminaron de librarse de la vieja servidumbre.

Luego, los regímenes fascistas: no es casual que el fascismo llegara al poder en los países donde los anta­gonismos sociales habían alcanzado la máxima agude­za. Es cierto que, tanto en la guerra como en la diplo­macia, los estados totalitarios poseen grandes ventajas sobre el mecanismo pesado y torpe de la democracia: principalmente, la ventaja de poder maniobrar con libertad, sin oposiciones internas. Sin embargo, esto no significa que esa oposición no existe. Existe en forma oculta y acumula fuerzas hasta el momento de la explosión. En Alemania e Italia, la escasez de alimentos y de materias primas condenará a las masas a una mise­ria inenarrable. Si al principio de la guerra estos esta­dos obtienen victorias militares imponentes, en la segunda etapa se convertirán en la arena de conmociones sociales mucho antes que sus enemigos.

Pero la diferencia es solamente temporal. La guerra nivelará los regímenes. La economía estará sometida al control gubernamental en todos los países. La censura militar será, como siempre, una censura polí­tica. Se silenciará a la oposición. La mentira oficial ejercerá su monopolio. Desaparecerá la frontera entre vanguardia y retaguardia. La justicia militar regirá en todo el país. Las diferencias entre los recursos bé­licos de los distintos países serán mucho mayores que las diferencias entre sus principios políticos.

La posición internacional de Francia, tal como la establece el tratado de Versalles, de ninguna manera corresponde a los verdaderos recursos de la república. La población no aumenta. La economía se estanca. No posee petróleo. Las reservas de carbón son escasas. Las finanzas son endebles. La seguridad nacional de Francia, más que la de cualquier otro país, depende de otros estados: Gran Bretaña, Estados Unidos, inclu­sive la URSS. En la guerra, Francia ocupará la posición de un estado de segunda categoría. La caída de la posi­ción internacional hará tambalear el régimen social del país.

Las tendencias centrífugas del imperio británico son el resultado de la desproporción entre la verdadera fuerza de la metrópoli y su herencia histórica. Con su gigantesco programa armamentista, la metrópoli trata de demostrar a las colonias que ella sola puede garantizar su soberanía. El costo de mantenimiento del imperio aumenta mucho más rápidamente que sus beneficios. Semejante estructura se dirige inevitable­mente a la bancarrota. La nueva guerra verá el desper­tar y el desgarramiento del imperio. La caída del poderío imperial inaugurará una época de convulsiones sociales. Ni un solo país escapará a las dolorosas conse­cuencias de la guerra. En medio de dolores y convul­siones, el mundo entero mudará su faz.

Se dirá que nuestro pronóstico es sombrío. No es culpa nuestra. En el lienzo de nuestra época no pode­mos encontrar tonalidades rosadas ni celestes. Debe­mos sacar conclusiones de la realidad, no de nuestros deseos. Bien decía el viejo Spinoza: “Ni rías, ni llores: comprende”.



[1] En el umbral de una nueva guerra mundial. Parte de este artículo apareció en Yale Review, junio de 1938, bajo el título de “Si se produce una nueva guerra mundial”. Otra parte apareció bajo el título de “¿Estamos ante una nueva guerra mundial?”, en Liberty del 13 de setiembre de 1937. Estas fueron las partes que aparecieron en la primera edición [norteamericana] de los Escritos 37-38. En la presente edición de los escritos aparece el texto completo por primera vez, basado en el manuscrito que se encuentra en el archivo de James P. Cannon. Formaba parte de una colección que Trotsky quiso, y no pudo, publicar en 1940 bajo el titulo de “La guerra y la paz”, con autorización de la Library of Social History.

[2] Robert Cecil (1864-1958): parlamentario conservador y presidente de la Liga de las Naciones en 1923-45, realizó un “plebiscito por la paz” (1935) para recoger la opinión del pueblo británico en torno a la cuestión de la guerra y del rearme. Recibió el Premio Nobel de la paz en 1937.

[3] Hermann Goering (1893-1946): jefe de la fuerza aérea y titular de otros cargos importantes bajo el régimen de Hitler.

[4] John F. Fuller (1878-1966): autor de varias obras sobre el futuro de la guerra que ejercieron influencia sobre los estrategas militares. Se le atribuye haber descubierto la importancia de la mecanización militar durante la Primera Guerra Mundial. Hans von Seeckt (1866-1936): Comandante en jefe de las fuerzas armadas alemanas en 1918-26. Entre 1922 y 1935 fue asesor militar de Chiang Kai-shek en China.

[5] En julio de 1937 los japoneses ocuparon Pekín y Tsietsin y posteriormente Shanghai y Nankín. La lucha china contra la invasión japonesa terminó en 1945.

[6] Los siete párrafos siguientes aparecieron en Yale Review, pero Trotsky los omitió en la nueva versión que preparó en 1940. [nota del editor norteamericano].

[7] El anschluss (anexión alemana): no se llevó a cabo hasta marzo de 1938. A mediados de 1937 el hecho ya parecía inevitable, por eso Trotsky lo describe como si estuviera consumado.



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