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Una lección reciente[1]

Después de la “paz” imperialista de Munich

 

 

10 de octubre de 1938

 

 

 

Veinte años después de la Primera Guerra Mundial imperialista, que destruyó completamente las ilusiones "democráticas", los dirigentes de la Comintern intentan demostrar que el mundo capitalista alteró radicalmente su carácter, que el imperialismo ya no es más el factor decisivo en nuestro planeta, que lo que determina los antagonismos mundiales no son los rapaces intereses del capital monopolista sino algunos principios políticos abstractos, y que la nueva matanza de pueblos será una guerra defensiva de parte de las democracias inocentes y amantes de la paz contra los “agresores fascistas”. Por cierto, la memoria humana debe de ser muy débil si en vísperas de una nueva guerra imperialista los aventureros de la Tercera Inter­nacional osan poner en circulación las mismas ideas utilizadas por los traidores de la Segunda Interna­cional para engañar a las masas durante la última guerra.

Sin embargo, en esto hay algo más que una mera repetición. Puesto que el capitalismo, durante el último cuarto de siglo, llegó a una etapa de decadencia muy avanzada tanto en lo económico como en lo político, las falsificaciones de la Tercera Internacional resultan incomparablemente más obvias, cínicas y degradantes que las doctrinas social-patriotas de la guerra de 1914. Los dirigentes de la Segunda Interna­cional, que ya habían perdido la fe en las virtudes de las fórmulas “democráticas” y estaban cayendo en la desesperación total, se aferraron con asombro y nuevas esperanzas a esta inesperada ayuda de la Comintern. Tras ellos, un sector de la burguesía imperialista puso sus ojos en los comunistas patriotas. Aquí está la raíz fundamental de la putrefacta e infame política de los “frentes populares".

Toda crisis profunda -ya sea económica, política o militar- tiene su aspecto positivo en tanto pone a prueba todos los valores y fórmulas tradicionales. Quedan al descubierto entonces los que sirvieron para ocultar las contradicciones de “la época de paz”, empujando de este modo el proceso hacia adelante. La crisis diplomática respecto a Checoslovaquia llevó a cabo de manera excelente esta tarea progresiva. Sólo les queda a los marxistas extraer de esta reciente experiencia todas las conclusiones políticas necesarias.

 

La experiencia de la última guerra

 

Comencemos con una breve ojeada retrospectiva. La guerra de 1914 a 1918 fue, como es sabido, una “Guerra por la democracia". La alianza de Francia, Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos permitió a los social-patriotas de la Entente cerrar los ojos vergonzo­samente ante el quinto aliado, el zarismo. Después de la Revolución de Febrero, que derrocó a Nicolás ll[2], el frente democrático quedó definitivamente delimi­tado. Sólo los incorregibles bolcheviques podían seguir con sus clamores contra el imperialismo. ¿Valía la pena preocuparse porque el liberal Miliukov y el quasi-socialista Kerenski querían apoderarse de Galizia, Armenia y Constantinopla?[3] Finalmente, Miliukov y Kerenski explicaron que los bolcheviques eran simple­mente agentes de Ludendorff (el "Hitler" de ese entonces).[4]

La guerra terminó con el triunfo total de las demo­cracias, aunque la Rusia soviética, dirigida por los bolcheviques, había abandonado su sagrado campo. El resultado de ese triunfo fue el tratado de Versalles. Es cierto que costó millones de vidas, pero se impuso para implantar de una vez y para siempre el reino de la democracia en la tierra, el libre desarrollo de las naciones y la colaboración pacífica entre los pueblos sobre la base del desarme general. La Liga de las Naciones coronó las conquistas de una guerra que se suponía se había hecho con el objetivo de “terminar con todas las guerras”, así lo prometieron Wilson y la Segunda Internacional.[5]

Sin embargo, no se concretó ningún paraíso, sino algo que más bien se parecía mucho a un infierno. La paz de Versalles sofocó a Europa. La economía quedó ahogada por el proteccionismo. La guerra “por la democracia” fue el prólogo de la época de la deca­dencia final de la democracia. El mundo se volvió más pobre y limitado. Uno tras otro, los estados em­prendieron el camino de la dictadura fascista o militar. Las relaciones internacionales se hicieron cada vez más amenazantes. En lugar del desarme, se trazaron programas militaristas que en vísperas de la guerra hubieran parecido una pesadilla. En distintos lugares del mundo comenzaron a estallar nuevos y sangrientos conflictos. Este fue el momento que eligió la Comintern para abandonar sus últimos restos de internacionalismo y proclamar que el objetivo de la nueva etapa era la alianza del proletariado y las decadentes democracias imperialistas “contra el fascismo”. La pila de basura que queda de lo que fue alguna vez la Internacional Comunista es el mayor foco infeccioso del mundo.

 

La lucha en favor y en contra de una nueva división del mundo.

 

Algunos teóricos de la Segunda Internacional, como Kautsky[6], que trataban de aparentar cierta visión de conjunto, expresaron la esperanza de que los imperia­listas, habiendo medido sus fuerzas en la gran matanza de los pueblos, se verían obligados a llegar a un acuer­do y a establecer una dominación pacífica del mundo a través de una corporación (la teoría del superimperia­lismo). Esta teoría filisteo-pacifista - una sombra socialdemócrata de la Liga de las Naciones - trataba de cerrar los ojos a dos procesos: primero, al cambio constante en la relación de fuerzas entre los distintos estados imperialistas, que no les dejaba otra manera de medir sus posibilidades que por la fuerza de las armas; segundo, a la lucha por la liberación del prole­tariado en los centros metropolitanos y a la de los pueblos coloniales, lucha que constituye el más impor­tante factor de ruptura del equilibrio y que por su misma naturaleza excluye la posibilidad de una domi­nación imperialista "pacífica". Precisamente por estas razones los programas de desarme siguen siendo miserables utopías.

La flagrante contradicción, siempre creciente, entre el peso específico de Francia e Inglaterra (para no mencionar a Holanda, Bélgica y Portugal) en la econo­mía mundial, y las colosales dimensiones de sus pose­siones coloniales, constituye una fuente tan impor­tante de conflictos mundiales y nuevas guerras como la ambición insaciable de los "agresores" fascistas. Para expresarlo más claramente, los dos fenómenos son las dos caras de una misma moneda. Las "pacificas" democracias inglesa y francesa se apoyan en la liqui­dación de los movimientos democráticos nacionales de los centenares de millones de habitantes de Asía y Africa en función de las superganancias que extraen de esas regiones. Y al mismo tiempo Hitler y Mussolini prometen volverse más "moderados" si consiguen un territorio colonial adecuado.

Estados Unidos, gracias a condiciones históricas favorables y a la posesión casi absoluta de todo un continente de una inagotable riqueza natural, extendió sobre el mundo su manto “protector” de manera muy “pacífica” y “democrática”, si dejamos de lado tonterías tales como la exterminación de los indios, el robo de los mejores territorios de México, el aplasta­miento de España, la participación en la última guerra, etcétera. Sin embargo, esta forma de explotación “idílica” ya pertenece al pasado. La rápida y apabullante decadencia del capitalismo norteamericano le plantea de una manera cada vez más obviamente militar su posibilidad de supervivencia. Desde los catorce puntos pacifistas de Wilson, la cuáquera ARA de Hoover (la organización filantrópica internacional), el reformista New Deal de Roosevelt, la teoría del aislamiento, las leyes de neutralidad absoluta, etcé­tera, Estados Unidos se encamina inevitablemente hacia una explosión imperialista de proporciones nunca vistas.[7]

A causa de la paz de Versalles, Alemania quedó muy retrasada y tomó como base de su programa imperialista el objetivo de la “unificación nacional”. Bajo esta consigna nació y se fortaleció el fascismo, heredero legítimo de la democracia de Weimar[8]. ¡ Qué ironía del destino! En el período de su auge histórico (desde las guerras napoleónicas hasta la paz de Versalles de 1871)[9], la retrasada burguesía alema­na se mostró incapaz de lograr por sus propios medios la unificación nacional. Bismarck cumplió sólo a medias esta tarea, dejando casi intacta toda la escoria feudal y particularista[10]. Es cierto que la revolución de 1918 abolió las dinastías alemanas[11] (¡sólo porque la so­cialdemocracia fue impotente para salvarlas!) pero, traicionada por la socialdemocracia y en manos de los junkers, los banqueros, la burocracia y los oficiales del ejército, la revolución fue incapaz de garantizar una república alemana centralizada e incluso de centralizar burocráticamente la Alemania de los Hohenzollern[12]. Hitler se hizo cargo de ambas tareas. El dirigente del fascismo se transformó, a su modo, en el continuador de Bismarck, quien a su vez concretó las bancarrotas burguesas de 1848. Pero viéndolo en perspectiva éste es sólo el aspecto superficial del proceso. Su contenido social cambió radicalmente. El estado nacional, que alguna vez fue un factor progresivo, se convirtió en los países avanzados en un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas. Diez millones más de alemanes dentro de las fronteras del país no cambian el carácter reacciona­rio del estado nacional. A su modo los imperialistas lo entienden muy bien. Para Hitler no se trata de hacer de la “unificación de Alemania” un objetivo en sí misma; es una manera de crearse en Europa una base más amplia para su futura expansión mundial. La crisis de los Sudetes alemanes, o mejor dicho de las montañas de los Sudetes, fue sólo un episodio más en el camino hacia la lucha por conseguir colonias.

Una nueva partición del mundo está a la orden del día. El primer paso en la educación revolucionaria de los trabajadores debe consistir en desarrollar la habi­lidad para percibir los verdaderos apetitos, planes y cálculos imperialistas tras las fórmulas, consignas e hipócritas frases oficiales.

 

El cuarteto imperialista reemplaza al "frente de las democracias"

 

La docilidad carneril de las democracias europeas no es producto del amor a la paz sino de la debilidad. La causa de esta debilidad no reside en el régimen democrático como tal sino en la desproporción entre las bases económicas de los centros metropolitanos y las de los imperios coloniales heredados del pasado. A esta desproporción se agrega la lucha por la libera­ción de las colonias que, especialmente en épocas de guerra, amenaza estallar en una conflagración revolu­cionaria. En estas condiciones la “democracia” deca­dente se convierte realmente en una fuente más de la debilidad para las viejas potencias imperialistas.

La desembozada reacción francesa se aprovecha, indudablemente, de las capitulaciones del Frente Popular. Podemos suponer con certeza el fortaleci­miento del fascismo francés, favorecido además por el apoyo de los círculos militares dirigentes. En Ingla­terra, donde detenta el poder la burguesía conser­vadora, la oposición laborista probablemente avanzará en el próximo período más que el fascismo[13]. Pero teniendo en cuenta el conjunto de la situación histórica, la llegada al poder del Partido Laborista sólo puede ser un episodio, o mejor dicho una etapa, en el camino hacia cambios más radicales. ¡ Ni el mayor Attlee ni Walter Citrine podrán vencer a los espíritus malignos de nuestra época![14]

De alguna manera el “frente mundial de las demo­cracias” prometido por los charlatanes de los “frentes populares” se vio reemplazado por un frente cuatri­partito constituido por Alemania, Italia, Inglaterra y Francia. Después de la Conferencia de Munich, donde Inglaterra y Francia capitularon ante Hitler, con la mediación, equívoca como siempre, de Mussolini, los jefes de los cuatro estados aparecieron ante sus respec­tivos pueblos como héroes nacionales: Hitler por haber unificado a los alemanes, Chamberlain y Daladier por haber evitado la guerra y Mussolini por haber ayudado a ambos bandos. ¡ Viva los Cuatro Grandes! La frater­nidad pequeñoburguesa que la GPU moviliza general­mente para todos los congresos pacifistas comienza a volverse hacia los nuevos mesías de la paz. Los socialistas franceses se abstuvieron en la votación de la concesión de poderes especiales a Daladier, el héroe de la capitulación. La abstención fue sólo la transición del salto del bando de Moscú al de los Cuatro Grandes. El aislamiento de los pretorianos stalinistas en la Cámara de Diputados y en el Senado fue un símbolo del total aislamiento del Kremlin en la política europea.

Pero puede afirmarse con seguridad que el cuarteto de Munich es tan incapaz de mantener la paz como el frente de las democracias” que nunca se concretó. Inglaterra y Francia arrojaron a Checoslovaquia en las fauces de Hitler para darle algo que digerir durante un tiempo y postergar así el problema de las colonias. Chamberlain y Daladier hicieron vagas e inciertas promesas de que se llegaría a un acuerdo sobre todos los puntos en discusión. Por su parte, Hitler prometió no plantear más exigencias territoriales en Europa. En consecuencia, señaló su intención de presentar exigencias territoriales en otras partes del mundo. En lo que se refiere al problema de Alsacia-Lorena, Schleswig, etcétera, Hitler, cuanto mucho, está pospo­niendo su solución hasta la próxima guerra mundial. Si el próximo año o el siguiente el fascismo conquistara Francia, y el Partido Laborista ganara en Inglaterra, estos cambios políticos alterarían muy poco la disposi­ción de las piezas imperialistas en el tablero mundial. La Francia fascista estaría tan poco dispuesta como la Francia del “Frente Popular” a entregarle Alsacia-Lorena a Hitler, o a compartir con él sus Colonias. El Partido Laborista, impregnado del espíritu imperia­lista, no podría mitigar el antagonismo de su país con Italia en el Mediterráneo, ni controlar en todo el mundo el desarrollo de los antagonismos entre los intereses alemanes y los británicos. En estas condi­ciones el acuerdo entre las Cuatro potencias, si alguna vez se concreta, llevará a nuevas crisis que no se harán esperar mucho tiempo. El imperialismo se encamina inevitable e irresistiblemente a una nueva división del mundo, más adecuada al cambio en la relación de fuerzas. Para evitar la catástrofe hay que estrangular al imperialismo. Cualquier otro método será una ficción, una ilusión, una mentira.

 

El significado del giro gubernamental en Checoslovaquia

 

La negativa de Francia y Gran Bretaña de defender los intereses imperialistas de la burguesía checa llevó no sólo al desmembramiento de Checoslovaquia sino también al colapso de su régimen político. Esta expe­riencia demostró de manera químicamente pura que la democracia checoslovaca no fue una expresión de la "voluntad popular" sino simplemente un aparato a través del cual el capitalismo monopolista checo se adaptaba a los estados que lo patrocinaban. Ni bien desapareció la tutela militar la maquinaria democrá­tica se demostró innecesaria y además perniciosa, ya que amenazaba provocar roces innecesarios con Hitler. Los dirigentes burgueses checos crearon inmediata­mente un aparato de adaptación imperialista a través de una dictadura militar. Este cambio de régimen se realizó sin la menor participación del pueblo, sin nuevas elecciones e incluso sin consultar al viejo parlamento. El presidente electo por el pueblo, el “archidemócrata” Benes[15], convocó a los generales en actividad de la república para que tomen el poder. Esta convocatoria al principio pareció algo así como una concesión al pueblo, que se había rebelado y protes­taba, hacía manifestaciones y exigía que se resistiera a Hitler, armas en mano. ¿Quieren resistir? ¡ Aquí tienen un general para dirigir el país! Luego de hecho esto, el presidente se retiró. Después el general, que hasta entonces encabezaba las Fuerzas Armadas, y que constituía, por así decirlo, la resplandeciente espada de la democracia, anunció su intención, en bien de la amistad con Hitler, de instituir un nuevo régimen estatal. ¡Y eso fue todo![16]

En un sentido general, la democracia le es indis­pensable a la burguesía en la época de la libre compe­tencia. Al capitalismo monopolista, que no se basa en la "libre" competencia sino en la dirección centrali­zada, la democracia le es inútil, le pone obstáculos y dificultades. El imperialismo puede tolerar la demo­cracia como un mal necesario solamente hasta un cierto punto. Pero su tendencia lógica es hacia la dictadura. Hace veinte años, durante la última guerra, Lenin[17] escribía: "La diferencia entre la burguesía imperialista republicano-democrática y la monárquico-reaccionaria se desvanece precisamente porque ambas están en descomposición". Y añadía: "La reacción política en todas sus manifestaciones le es inherente al imperia­lismo". Sólo un idiota irrecuperable puede creer que los antagonismos imperialistas mundiales están determinados por la irreconciliabilidad entre democra­cia y fascismo. De hecho, las camarillas gobernantes de todos los países consideran la democracia, la dicta­dura militar, el fascismo, etcétera, como distintos medios para someter a sus pueblos a los objetivos del imperialismo. Más aun; uno de estos regímenes, la democracia, desde sus orígenes incluye en sí mismo otro régimen, la dictadura militar, corporizado por ejemplo en el Estado Mayor.

En Alemania la burguesía imperialista, con la ayuda activa de la socialdemocracia, puso en el sillón presi­dencial al mariscal de campo Von Hindenburg para que la defienda contra el fascismo[18]. Hindenburg, a su vez, llevó a Hitler al poder, después de lo cual el mariscal de campo no renunció, por cierto, se murió. Sin embargo, no se trata más que de un problema de técnica y de edad. El giro de Checoslovaquia reproduce esencialmente los rasgos fundamentales del de Alema­nia, revelando así las raíces de la mecánica política del imperialismo. Sin duda, el régimen checoslovaco se decidió entre bambalinas, en reuniones entre los magnates del capitalismo checo, francés, británico y alemán y los dirigentes de los estados mayores y de la diplomacia. Se trasladaron las fronteras estatales buscando fundamentalmente afectar lo menos posible los intereses de la oligarquía financiera. El cambio de orientación de Francia e Inglaterra hacia Alemania significó esencialmente un cambio de destinatario de los stocks, una nueva división de los pedidos de artículos militares a las fábricas Skoda, etcétera.

Señalemos de paso que a nadie le interesó la posi­ción de la socialdemocracia y del ex Partido Comunista, ya que estaban tan incapacitados para resistir como sus hermanos mayores de Alemania. Estas organizaciones totalmente corruptas agacharon la cabeza ante las "necesidades nacionales" e hicieron todo lo posible para paralizar la resistencia revolucionaria de la clase obrera. Consumado ya el giro, la camarilla financiera convocará probablemente a un “referéndum”. Es decir, proporcionará al pueblo, arrastrado a un callejón sin salida, la preciosa oportunidad de “aprobar”, mientras Syrovy le apunta con su cañón, los cambios realizados sin él y en contra de él.

 

¿Hay que defender la "independencia nacional” de Checoslovaquia?

 

Se nos informó que durante la semana critica de setiembre se elevaron voces desde el ala izquierda del socialismo planteando que, en el caso de un “combate aislado” entre Checoslovaquia y Alemania, el prole­tariado tendría la obligación de ayudar a Checoslovaquia y de salvar su “independencia nacional”, aun alián­dose con Benes. No se dio esta hipotética situación. Los héroes de la independencia de Checoslovaquia, tal como era de esperar, capitularon sin lucha. Sin embar­go, pensando en el futuro no podemos dejar de señalar la grosera y peligrosa confusión de estos anacrónicos teóricos de la “independencia nacional”.

Incluso no tomando en cuenta sus ligazones inter­nacionales, Checoslovaquia es un estado absoluta­mente imperialista. Económicamente, reina allí el capitalismo monopolista. Políticamente, la burguesía checa domina (tal vez pronto tengamos que decir “dominaba”) a varias nacionalidades oprimidas. Por lo tanto, si Checoslovaquia entraba en una guerra, aun cuando estuviera aislada, su objetivo no hubiera sido la independencia nacional sino la preservación y, si fuera posible, la extensión de las fronteras de la explo­tación imperialista.

Aun si los demás estados imperialistas no hubieran estado directamente involucrados, es inadmisible considerar una guerra entre Checoslovaquia y Alema­nia independientemente de las relaciones imperialistas europeas y mundiales, de las que tal guerra sería solamente un episodio. Casi inevitablemente, en un lapso de uno o dos meses los demás estados hubieran intervenido en una guerra checo-alemana, si la burgue­sía checa hubiera tenido deseos y capacidad de luchar. Por lo tanto, habría sido un error que los marxistas definieran su posición en función de los episódicos agrupamientos militares y diplomáticos y no del carácter general de las fuerzas sociales subyacentes tras la guerra.

En cientos de oportunidades reiteramos la irrempla­zable e invalorable tesis de Clausewitz de que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. Para determinar en cada ocasión el carácter histórico y social de una guerra, no nos debemos guiar por impresiones y conjeturas sino por un análisis cientí­fico de la política que la precedió y la condicionó. Esta política fue imperialista desde el día en que se “remendó” Checoslovaquia.

Se puede argumentar que luego de separar a los alemanes de los Sudetes, a los húngaros, a los polacos y tal vez a los eslovacos Hitler no se detendrá hasta esclavizar a los mismos checos, y que en este caso tendrán todo el derecho de reclamar el apoyo del proletariado a la lucha por su liberación nacional. Esta manera de plantear la cuestión no es más que sofistería social-patriota. No sabemos qué dirección seguirá el futuro desarrollo de los antagonismos impe­rialistas. Por supuesto, es bastante posible que se llegue a la destrucción total de Checoslovaquia. Pero también es posible que antes de que se lleve a cabo esta destrucción estalle una guerra europea, y Checos­lovaquia esté en el bando de los vencedores partici­pando así en un nuevo desmembramiento de Alemania. ¿Entonces el rol de un partido revolucionario es el de enfermera de los “inválidos” gángsters del impe­rialismo?

Es obvio que el proletariado debe construir su política sobre la base de cada guerra determinada, tal como es, es decir como fue condicionada por todo el proceso precedente, y no sobre especulaciones hipo­téticas acerca de las posibles consecuencias estraté­gicas de la guerra. En esas especulaciones cada uno invariablemente elegirá la posibilidad que mejor se corresponda con sus propios deseos, simpatías y anti­patías nacionales. Evidentemente, esa política no sería marxista sino subjetiva, no sería internacionalista sino chovinista.

Una guerra imperialista, no importa en qué rincón del mundo comience, no se libra por la “independencia nacional” sino por la redivisión del mundo en función de los intereses de las distintas camarillas del capital financiero. Esto no excluye que, de paso, la guerra imperialista mejore o empeore la situación de tal o cual nación; o más exactamente de una nación a expensas de otra. Así como el tratado de Versalles des­membró Alemania una nueva paz puede desmembrar Francia. Los social-patriotas aducen precisamente este futuro peligro “nacional” como argumento para apoyar a “sus” bandidos imperialistas del pre­sente. Checoslovaquia no constituye en absoluto una excepción a esta regla.

En realidad, todos los argumentos especulativos de este tipo y los fantasmas de inminentes calamidades nacionales como justificación del apoyo a tal o cual burguesía imperialista provienen del tácito rechazo a la perspectiva revolucionaria y a una política revo­lucionaria. Naturalmente, si una nueva guerra sólo termina en un triunfo militar de tal o cual campo imperialista, si la guerra no provoca un alzamiento revolucionario ni una victoria del proletariado, si una nueva paz imperialista más terrible que la de Versalles amarra con nuevas cadenas al pueblo durante décadas, si la desgraciada humanidad soporta todo esto callada y sumisamente, entonces Checoslovaquia, Bélgica e incluso Francia pueden retroceder a la situación de naciones oprimidas (lo mismo se aplica a Alemania). En esa eventualidad sobrevendrá una aterrorizante descomposición del capitalismo, que hará retroceder muchas décadas a todos los pueblos. Por supuesto, si se impone esta perspectiva de pasividad, capitu­lación, derrotas y decadencia, las masas oprimidas v todos los pueblos se verán obligados a subir nueva­mente, desandando sobre sus manos y sus rodillas, con sangre y sudor, el camino histórico que ya una vez recorrieron.

¿Está totalmente excluida la posibilidad de esa perspectiva? Si el proletariado soporta indefinidamente la dirección de los social-imperialistas y los comunistas ­chovinistas, si la Cuarta Internacional es incapaz de encontrar el camino para ligarse a las masas, si los horrores de la guerra no empujan a la rebelión a los obreros y los soldados, si los pueblos coloniales conti­núan sudando pacientemente en beneficio de los esclavistas, entonces la civilización inevitablemente se degradará y el retroceso y la descomposición genera­lizados pueden poner nuevamente en Europa las guerras nacionales a la orden del día. Pero en ese caso nosotros, o mejor dicho nuestros hijos, tendrán que decidir su política en relación a futuras guerras y en base a la nueva situación. Hoy no partimos de la perspectiva de la decadencia sino de la pers­pectiva de la revolución. Somos derrotistas para los imperialistas, no para el proletariado. No subordinamos el problema del destino de los checos, belgas, franceses y alemanes a los cambios episódicos de frentes militares que se producen a cada nueva reyerta imperialista sino a la insurrección del proletariado y a su triunfo sobre todos los imperialistas. Miramos hacia adelante y no hacia atrás. El programa de la Cuarta Internacional afirma que la libertad de todas las naciones europeas, pequeñas y grandes, sólo se logrará en el marco de los estados unidos socialistas de Europa.

 

Una vez más sobre la democracia y el fascismo.

 

Todo esto no implica, por supuesto, que no haya ninguna diferencia entre la democracia y el fascismo, o que esta diferencia no tenga ninguna importancia para la clase obrera, como afirmaban los stalinistas hasta no hace mucho tiempo. Los marxistas no tienen nada que ver con ese barato nihilismo político. Pero es necesario comprender claramente en cada oportu­nidad el contenido real de esta diferencia y sus verda­deros límites.

Para los países coloniales y semicoloniales la lucha por la democracia, incluyendo la lucha por la indepen­dencia nacional, representa una etapa necesaria y progresiva del desarrollo histórico. Por esta razón creemos que los trabajadores de estos países tienen no sólo el derecho sino también el deber de participar activamente en la “defensa de la patria” contra el imperialismo, a condición, por supuesto; de que mantengan la total independencia de sus organizacio­nes de clase y libren una batalla implacable contra el veneno chovinista. Así, en el conflicto entre México y los reyes del petróleo y su Comité Ejecutivo, el gobierno democrático de Gran Bretaña, el proletariado consciente del mundo se ubica junto a México (no así, claro está, los lacayos imperialistas que dirigen el Partido Laborista).

En lo que se refiere al capitalismo avanzado, hace mucho superó no sólo las viejas formas de propiedad sino también el estado nacional, y en consecuencia la democracia burguesa. Aquí reside precisamente la crisis fundamental de la civilización contemporánea. La democracia imperialista se pudre y desintegra. Un programa de “defensa de la democracia” para los países avanzados es reaccionario. Aquí la única tarea progresiva es la preparación de la revolución socialista internacional. Su objetivo es romper los marcos del viejo estado nacional y construir la economía de acuer­do a las condiciones geográficas y tecnológicas, sin impuestos ni obligaciones medievales.

Repetimos; esto no implica que nos sea indiferente qué métodos políticos utiliza el imperialismo. Pero las fuerzas contrarrevolucionarias tienden a hacer retro­ceder el proceso desde el estado “democrático” en decadencia hasta el particularismo provincial, la monarquía, la dictadura militar, el fascismo. Cada vez que ello suceda, el proletariado revolucionario, sin asumir la menor responsabilidad “en defensa de la democracia” -¡ya que es indefendible!- enfren­tará a estas fuerzas contrarrevolucionarias con la resistencia armada, con el objetivo, si tiene éxito, de dirigir su ofensiva contra la “democracia” imperialista.

No obstante, esta política se aplica solamente a los conflictos internos, es decir, a los casos en que está involucrado un cambio de régimen político, como por ejemplo España. Era un deber elemental de los trabajadores españoles participar en la lucha contra Franco. Pero fue precisamente porque los obreros no lograron remplazar, en el momento adecuado, el gobierno de la democracia burguesa por el suyo propio que la “democracia” pudo dejarle el paso libre al fascismo.

Sin embargo, es un fraude total y charlatanería pura transferir mecánicamente las leyes y reglas de la lucha entre diferentes clases de una misma nación a la guerra imperialista, es decir a la lucha que libra la misma clase de diferentes naciones. Después de la experiencia de Checoslovaquia no parece necesario demostrar que los imperialistas no se pelean por ideales políticos sino por la dominación del mundo, y lo ocultan tras cualquier principio que les sea útil.

Mussolini y sus socios más directos, por lo que se puede colegir, son ateos, es decir no creen en Dios ni en el diablo. El rey de Inglaterra y sus ministros están hundidos en la superstición medieval y creen en el diablo y también en su abuela. Sin embargo, esto no significa que una guerra entre Italia e Inglaterra sería una guerra entre la ciencia y la religión. Mussoli­ni, el ateo, hará todo lo posible por exaltar las pasiones religiosas de los musulmanes. El devoto protestante Chamberlain, por su parte, le pedirá ayuda al papa, etcétera. En el calendario del progreso humano, la república es superior a la monarquía. Pero esto no significa que, por ejemplo, una guerra por las colonias entre la Francia republicana y la Holanda monárquica sea una guerra entre la república y la monarquía. Y no hace falta explicar demasiado que si se entabla una guerra nacional entre el rey de Túnez y Francia, el progreso lo representará el monarca bárbaro, no la república imperialista. La higiene es muy importante en la cultura humana. Pero cuando se comete un asesinato carece de toda importancia si el asesino se había o no lavado las manos antes de cometerlo.

Remplazar los objetivos reales de los bandos imperia­listas en lucha por abstracciones políticas o morales no significa luchar por la democracia sino ayudar a los bandidos a ocultar sus robos, saqueos y violencias. Esta es precisamente la principal función que cumplen la Segunda Internacional y la Tercera.

 

La política internacional de la camarilla bonapartista del Kremlin

 

Esta vez el golpe más inmediato cayó sobre Checoslovaquia. Francia e Inglaterra se perjudicaron seria­mente, pero quien sufrió el golpe más formidable fue el Kremlin. El colapso de su sistema de mentiras, charla­tanería y fraude fue internacional.

Luego de aplastar a las masas soviéticas y romper con la revolución internacional, la camarilla del Krem­lin se transformó en un juguete del imperialismo. En los últimos cinco años la diplomacia de Stalin fue, en todos los asuntos especiales, sólo un reflejo y un complemento de la de Hitler. En 1933 Stalin intentó, antes que nada, hacerse aliado de Hitler. Pero Hitler rechazó su mano tendida, ya que, para hacerse amigo de Inglaterra, se presentaba como el hombre que salvaría a Alemania y Europa del bolchevismo. En consecuencia, Stalin se dio a la tarea de demostrarle a la Europa capitalista que Hitler no le hacia falta, que el bolchevismo no entrañaba ningún peligro, que el gobierno del Kremlin era un animal doméstico dispues­to a ponerse de rodillas para pedir un favor. Así, al alejarse de Hitler, o más exactamente al ser rechazado por éste, Stalin se convirtió gradualmente en un lacayo y un asesino a sueldo del imperialismo más rico.

Este es el origen de las súbitas genuflexiones de la banda totalitaria del Kremlin ante la maltrecha demo­cracia burguesa, de la idealización estúpidamente falsa de la liga de las Naciones, de los “frentes popu­lares" que estrangularon la revolución española, de la sustitución de la lucha de clases real por las declama­ciones “contra el fascismo”. La actual función inter­nacional de la burocracia soviética y la Comintern se reveló con especial evidencia en el congreso pacifista de México (setiembre de 1938). Allí los agentes a sueldo de Moscú trataron de convencer a los pueblos latinoamericanos de que no debían luchar contra todos los imperialismos, muy reales por cierto, que los amenazan, sino solamente contra el fascismo.

Como era de esperar, con estas maniobras baratas Stalin no se ganó la amistad ni la confianza de nadie. Los imperialistas se acostumbraron a no caracterizar una sociedad por las declaraciones de sus “diri­gentes", ni siquiera por su superestructura política, sino por sus bases sociales. En tanto en la Unión Sovié­tica se mantenga la propiedad estatal de los medios de producción protegida por el monopolio del comercio exterior, los imperialistas, incluso los “democrá­ticos", continuarán considerando a Stalin con tanta desconfianza y con tan poco respeto como la Europa monárquico-feudal consideraba al primer Bonaparte. Pese a la aureola de sus triunfos y a su corte de bri­llantes mariscales, Napoleón no pudo evitar Waterloo. Stalin coronó toda su serie de capitulaciones, errores y traiciones con la destrucción total de los mariscales de la revolución. ¿Puede caber alguna duda sobre el destino que le espera?

El único obstáculo en el camino de la guerra es el temor a la revolución que sienten las clases propieta­rias. Mientras la Internacional Comunista permaneció fiel a los principios de la revolución proletaria repre­sentó, junto con el Ejército Rojo al que estaba estre­chamente ligada, el factor más importante para garan­tizar la paz. Al prostituir la Comintern transformándola en una agencia del imperialismo “democrático”, al descabezar y paralizar la fuerza militar de los soviets, Stalin les dejó a Hitler y a sus adversarios las manos totalmente libres y empujó a Europa a la guerra.

Los falsificadores de Moscú blasfeman hoy rastre­ramente contra su ex amigo “democrático” Benes porque, más allá de la orientación de Francia, “capi­tuló" prematuramente y evitó que el Ejército Rojo aplastara a Hitler. Estos teatrales truenos y relámpagos iluminan con mayor fuerza la impotencia y la duplicidad del Kremlin. ¿Quién los obligó a creer en Benes? ¿Quién los obligó a inventar el mito de la “alianza de las democracias”? Y finalmente, ¿quién les impidió exhortar al proletariado de Praga a tomar el poder y enviar al Ejército Rojo en su ayuda cuando toda Checos­lovaquia hervía como una caldera? Parece que es mucho más difícil pelear contra el fascismo que fusilar y envenenar a los viejos bolcheviques... Checoslova­quia es un ejemplo para todos los países pequeños, y especialmente para los pueblos coloniales, de la ayuda que pueden esperar de Stalin.

Sólo el derrocamiento de la camarilla bonapartista del Kremlin puede permitir la reconstrucción del poderío militar de la URSS. Sólo la liquidación de la ex Comintern dejará libre el camino al internaciona­lismo revolucionario. La lucha contra la guerra, el impe­rialismo y el fascismo exige una lucha incansable contra el stalinismo, manchado de crímenes. Quien defiende directamente o indirectamente al stalinismo, quien calla sus traiciones o exagera su fuerza militar, es el peor enemigo de la revolución, de los pueblos oprimi­dos, del socialismo. Cuanto antes sea derrocada la camarilla del Kremlin por la ofensiva armada de los trabajadores, mayores serán las posibilidades de una regeneración socialista de la URSS, más próximas y amplias las perspectivas de la revolución internacional.

 

La base social del oportunismo

 

Para comprender el rol actual de la socialdemocracia y de la ex Comintern hay que recordar una vez más las bases económicas sobre las que se apoya el opor­tunismo en el movimiento obrero.

El florecimiento del capitalismo, con sus inevitables oscilaciones, permitió a la burguesía mejorar levemente el nivel de vida de algunos sectores proletarios y arrojar jugosas prebendas a la burocracia y a la aristocracia laborales, elevándolas así por encima de las masas. La burocracia sindical y parlamentaria, cuyo “problema social” parecía pronto a solucionarse, aparecía ante las masas como un ejemplo de que era posible mejorar su propio nivel de vida. Esta es la base social del reformismo (oportunismo) como sistema de ilusiones por parte de las masas y de engaños por parte de la burocracia laboral. El optimismo reformista de la Segunda Internacional tuvo su apogeo durante el último boom económico, antes de la guerra (1909 a 1913). Por esta razón los dirigentes aclamaron la guerra y la señalaron a las masas como una calamidad exterior que amenazaba las bases de la creciente riqueza nacio­nal. De aquí la política de “defensa de la patria”, que en realidad implicaba un apoyo, inconsciente en las masas y consciente o semiconsciente en la buro­cracia, de los intereses imperialistas de sus respectivas burguesías.

La guerra demostró no ser una calamidad “exter­na” que interrumpía circunstancialmente el progreso nacional sino la explosión de contradicciones internas del imperialismo en el momento en que se le hacía imposible todo progreso si el sistema seguía vigente. Y desde el momento en que la guerra no podía ampliar el planeta ni restaurarle la juventud al capitalismo acabó acelerando y agravando al extremo todos los procesos de la decadencia capitalista. Con la decadencia de la democracia comenzó la de la burocracia laboral. El fascismo no significó para los obreros “más que” una doble esclavitud; para la burocracia reformista, la ruina total.

Entre las grandes potencias, las únicas que mantu­vieron la forma política de la democracia, aunque extre­madamente cercenada, fueron Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Es decir, los países capitalistas más ricos, tradicionalmente los más rapaces y privilegiados, que desde hace mucho concentran en sus manos la parte del león de las posesiones coloniales y de los recursos naturales de nuestro planeta. No es difícil encontrar la explicación de esta “selección natural”. La democracia se puede mantener sólo en la medida en que las contradicciones de clase no llegan a ser explosi­vas. Para mitigar las fricciones sociales la burguesía se vio obligada a mantener a un amplio sector de intelectuales pequeñoburgueses, a la burocracia y a la aristocracia laboral. Cuanto mayores son las pre­bendas, más ardiente es su social-patriotismo. Los únicos países que en la actualidad pueden mantener el comedero reformista son los que pudieron acumular en el pasado vastas riquezas gracias a la explotación del mercado mundial y al pillaje de las colonias. En otras palabras, en la decadencia del capitalismo el régimen democrático sólo es accesible (hasta cierto punto) a la burguesía más aristocrática. La base del social-patriotismo sigue siendo la esclavitud colonial.

En países como Italia y Alemania, que en el pasado no acumularon vastas riquezas ni tienen posibilidades de obtener superganancias de sus colonias, la bur­guesía destruyó el parlamento, dispersó a la burocracia reformista y trata a los obreros con mano de hierro. Por cierto, la burocracia fascista devora más todavía que la reformista, pero en cambio no se ve obligada a hacerles concesiones a las masas ni a conseguirles mejoras que el capitalismo decadente no puede pagar.

Privada de su comedero, la burocracia socialdemócrata de Italia, Alemania y Austria, ya jubilada, mantiene altas las banderas del derrotismo... en la emigración.

El origen de la fuerza de los partidos social-patriotas, o más exactamente social-imperialistas, radica en la protección de la burguesía, que a través del parlamento, la prensa, el ejército y la policía protege y defiende a la socialdemocracia contra todo tipo de movimiento revolucionario, incluso contra la crítica revolucionaria. En la futura guerra, a causa de la agudización de las contradicciones nacionales e internacio­nales, se revelará de manera todavía más abierta y cínica esta ligazón orgánica entre la burocracia y la burguesía. Para expresarlo con más precisión, ya se está revelando, especialmente en la traidora política de los frentes populares, inconcebible en vísperas de la guerra pasada. Sin embargo, la iniciativa de los frentes populares partió de la Tercera Internacional, no de la Segunda.

 

El comunismo chovinista

 

El monstruoso y rápido desarrollo del oportunismo soviético se explica por causas análogas a las que, en la generación anterior, llevaron al florecimiento del oportunismo en los países capitalistas: el parasitismo de la burocracia laboral, que logró resolver su “proble­ma social" en base al aumento de las fuerzas producti­vas en la URSS. Pero como la burocracia soviética es incomparablemente más poderosa que la burocracia laboral de los países capitalistas, y como el comedero de que dispone se caracteriza por su capacidad casi ilimitada, es natural que la variedad soviética del opor­tunismo haya asumido inmediatamente un carácter especialmente pérfido y vil.

En lo que se refiere a la ex Comintern, su base social, hablando con propiedad, es de naturaleza doble. Por un lado, vive de los subsidios del Kremlin, se somete a sus órdenes, y en este aspecto todo ex comunista burócrata es un hermano menor y un subor­dinado del burócrata soviético. Por otra parte, los distintos aparatos de la ex Comintern abrevan de las mismas fuentes que la socialdemocracia: las super­ganancias del imperialismo. El crecimiento de los partidos comunistas estos últimos años, su infiltración en las filas de la pequeña burguesía, su penetración en el aparato estatal, en los sindicatos, los parlamentos, las municipalidades, etcétera, reforzaron al extremo su subordinación al imperialismo nacional a expensas de su tradicional dependencia del Kremlin.

Hace diez años se predijo que la teoría del socia­lismo en un solo país llevaría inevitablemente al surgi­miento de tendencias nacionalistas en las secciones de la Comintern[19]. Esta previsión se transformó en un hecho evidente. Pero hasta hace poco el chovinismo de los partidos comunistas de Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Checoslovaquia, Estados Unidos y otros países parecía, y en cierta medida lo era, un reflejo de los intereses de la diplomacia soviética (“la defensa de la URSS”). Hoy podemos afirmar con certeza que se entra en una nueva etapa. El crecimiento de los anta­gonismos imperialistas, la evidente proximidad del peligro de guerra, el obvio aislamiento de la URSS tienen que fortalecer, inevitablemente, las tendencias nacionalistas centrífugas dentro de la Comintern. Cada una de sus secciones comenzará a desarrollar por su cuenta una línea patriótica. Stalin reconcilió a los partidos comunistas de las democracias imperialistas con sus burguesías nacionales. Ahora se superó esta etapa. El alcahuete bonapartista ya jugó su rol. De aquí en más los comunistas-chovinistas tendrán que preocu­parse por sus propios pellejos, cuyos intereses de ninguna manera coinciden con “la defensa de la URSS”.

Cuando el norteamericano Browder[20] consideró conveniente declarar ante un comité senatorial que en caso de guerra entre Estados Unidos y la Unión Sovié­tica su partido estaría junto a su bienamada patria, probablemente consideró esta declaración como una simple estratagema. Pero en realidad la respuesta de Browder constituye un síntoma inequívoco del cambio de la orientación “pro Moscú” a la orientación “nacional”. Recurrió a la “estratagema” debido a la necesidad de adaptarse al “patriotismo” imperialista. El procedimiento tan cínico y elemental (el vuelco desde la “patria de los trabajadores” a la república del dólar) revela la profunda degeneración a que llegaron las secciones de la Comintern y hasta qué punto dependen de la opinión pública burguesa.

Quince años de purgas incesantes, de degradación y corrupción llevaron a la burocracia de la ex Comintern a tal nivel de desmoralización que ansía hacerse cargo abiertamente de las banderas del social-patriotismo. Por supuesto, los stalinistas (pronto tendremos que decir “los ex stalinistas”) no inventaron nada nuevo. Simplemente se apropiaron de las banalidades bien presentadas del oportunismo pequeñoburgués. Pero las propagan con el frenesí propio de los advenedizos “revolucionario”, que hicieron de la calumnia totalitaria, el engaño y el asesinato los métodos normales de “defensa de la democracia". En cuanto a los viejos reformistas clásicos, que inocentemente se lavan las manos ante cada situación embarazosa, saben cómo utilizar el apoyo de los nuevos reclutas del chovinismo.

Naturalmente, las secciones de la ex Comintern de aquellos países imperialistas que durante la guerra estén en el mismo bando que Moscú (si es que llega a haber alguno) “defenderán" a Moscú. Sin embargo, esta defensa no servirá de mucho, ya que en esos países todos los partidos “defenderán” a la URSS. (Para no comprometerse con su aliado imperialista, Moscú probablemente ordenará al Partido Comunista no gritar demasiado fuerte, y puede incluso tratar de disolverlo.) Por el contrario en los países del campo enemigo, precisamente donde Moscú más necesitará que la defiendan, los ex partidos comunistas se ubicarán totalmente junto a su patria imperialista; les resultará infinitamente menos peligroso y mucho más ventajoso. La camarilla dominante de Moscú cosechará los mere­cidos frutos de quince años de prostitución de la Comintern.

 

La Segunda y la Tercera Internacional en los países coloniales

 

El verdadero carácter de la socialdemocracia, partido cuya política se basó y se basa en la explotación imperialista de los países atrasados, se refleja más claramente en el hecho de que nunca tuvo influencia en los países coloniales y semicoloniales. La burocracia laboral de los países imperialistas temía, consciente o inconscientemente, echar a rodar en las colonias un movimiento que podría haber socavado los funda­mentos de su propia prosperidad en los centros metro­politanos.

Con la Comintern es distinto. Como organización genuinamente internacionalista, se arrojó inmediatamente sobre el suelo virgen de las colonias, y gracias al programa revolucionario del leninismo ganó allí una importante influencia. La subsiguiente degenera­ción burguesa de la Comintern transformó sus sec­ciones de los países coloniales y semicoloniales, especialmente en América Latina, en una agencia de izquierda del imperialismo europeo y norteamericano. Paralelamente, se dio también un cambio en la base social de los partidos “comunistas” coloniales. Luego de aplastar implacablemente a sus esclavos asiáticos y africanos y a sus semiesclavos latinoamericanos, el capitalismo extranjero se ve obligado en las colonias a mantener una minúscula capa aristocrática, lamen­table, patética, pero aristocracia al fin, en medio de la pobreza general. En estos últimos años el stalinismo se convirtió en el partido de esta “aristocracia” laboral y del sector de “izquierda” de la pequeña burguesía, especialmente de los empleados de oficina. Los bur­gueses abogados, periodistas, profesores, etcétera, que se adaptan a las características de la revolución nacional y explotan a las organizaciones obreras para hacer carrera, encuentran en el stalinismo la mejor ideología posible.

La lucha revolucionaria contra el imperialismo exige coraje, audacia y espíritu de sacrificio. ¿De dónde van a sacar estas cualidades los héroes de palabra de la pequeña burguesía? Por otra parte, su adaptación al imperialismo “democrático” les permite hacer plácidas y agradables carreras a costa de los trabajadores. La mejor manera que tienen de ocultarles esta adap­tación la da la consigna “defensa de la URSS”, es decir la amistad con la oligarquía del Kremlin. Esto les da oportunidad de publicar periódicos sin lectores, orga­nizar pomposos congresos y toda clase de publicidad internacional. Esta corporación de profesionales de la “amistad con la Unión Soviética”, de falsos “socialistas” y “comunistas”, que tras sus ruidosos clamores contra el fascismo ocultan su parasitismo social y su obsecuencia hacia el imperialismo y la oligarquía del Kremlin, se convirtió en una verdadera plaga del movimiento obrero de los países coloniales y semicoloniales. El stalinismo, bajo todas sus máscaras, es el principal obstáculo en el camino de la lucha liberadora de los pueblos atrasados y oprimidos. A partir de este momento, el problema de las revoluciones coloniales queda indisolublemente ligado a la misión histórica de la Cuarta Internacional.

 

La Asociación Internacional de los Limones Exprimidos [Número tres y un cuarto]

 

El Buró de Londres de los centristas incurables (Fenner Brockway, Walcher y Cía.), junto con Brand­ler, Sneevliet, Marceau Pivert, y con la participación de “las secciones que rompieron con la Cuarta Interna­cional”, se unieron, en vista del peligro de guerra, para crear - ¡por favor, no reírse! - el Fondo de Emer­gencia de Guerra[21]. Estos señores no se molestaron en crear en sus cabezas un “fondo” de ideas. Gracias al cielo, son materialistas, no idealistas. Es muy dudoso que esta nueva “unificación” signifique algún peligro para el imperialismo. Pero sí le hace un gran favor a la Cuarta Internacional, porque junta en la misma bolsa la estupidez, la hibridez y la inconsistencia de todas las variedades y matices del centrismo, es decir de la tendencia que está en contradicción más aguda con el espíritu de nuestra época. Como todas las “unifica­ciones" mecánicas, ésta será una fuente de nuevos conflictos y rupturas internas y se hará pedazos en cuanto llegue el momento de la acción.

¿Podría ser de otra manera? Las organizaciones ocupadas en la heroica creación del “fondo” no sur­gieron en base a un programa común; llegaron de todos los rincones del mapa político del centrismo como los divisionistas sin hogar de los viejos partidos y frac­ciones oportunistas, y todavía hoy continúan jugando con todos los colores del arco iris oportunista y desarro­llándose en distintas direcciones. Todos ellos decayeron y se debilitaron en los últimos años, a excepción del partido, nuevamente dividido, de Marceau Pivert, al que se le puede predecir el mismo poco envidiable destino. En ningún país del mundo el Buró de Londres logró crear una nueva organización a partir de elemen­tos jóvenes y nuevos, apoyándose en su propio pro­grama. Ningún grupo revolucionario se nucleará alrededor de estas banderas sin pasado ni futuro. En los países coloniales el Buró de Londres no posee la más mínima influencia. En nuestra época imperia­lista, es prácticamente una ley que la organización “revolucionaria” incapaz de penetrar en las colonias está destinada a vegetar miserablemente.

Cada uno de estos grupos que sobreviven se mantiene por la fuerza de la inercia y no por el vigor de sus ideas. La única organización de estas características con un pasado revolucionario más serio, el POUM, hasta la fecha se demostró incapaz de revisar valientemente su política centrista, que fue una de las razones principales del colapso de la revolución española[22]. Los restantes miembros del grupo son todavía menos capaces de ejercer la crítica y la autocrítica. Toda esta empresa está imbuida de un espíritu de diletantismo senil.

Es cierto que en un principio no pocos de estos “remanentes” se nuclearon alrededor de la Cuarta Internacional. Pero nos basamos en una teoría científica y en un programa claro para emprender una enorme tarea de selección, limpieza y reeducación. Este trabajo, cuyo significado e importancia nunca compren­dieron los filisteos, se realizó y se sigue realizando en una atmósfera de discusión libre, abierta y paciente. Los que no pasaron esta prueba demostraron en la acción su incapacidad orgánica de contribuir en algo a la construcción de la Internacional revolucionaria. Estos “remanentes” dispersos, desgastados y repudia­dos se incorporan hoy al “fondo” del centrismo inter­nacional. Este solo hecho coloca un sello de desespe­rada incapacidad sobre toda la empresa.

En un momento de lucidez Marceau Pivert declaró, hace algunos años, que cualquier tendencia de la clase obrera que se oriente hacia la lucha contra el “trots­kismo" pasa desde ese momento a ser una tendencia reaccionaria. Como vemos, esto no fue obstáculo para que Pivert, como buen centrista orgánico cuyas pala­bras son siempre contrarias a sus hechos, se uniera al Buró de Londres, que pretende crearse una fisonomía propia alejándose violentamente del “trotskismo”.

Sin embargo, la burguesía, los reformistas y los stalinistas, con toda seguridad, continuarán motejando de “trotskistas” o “semitrotskistas” a estos creadores del “fondo”. En parte lo harán por ignorancia, pero fundamentalmente para obligarlos a excusarse, justifi­carse y delimitarse. Y ellos efectivamente jurarán con las dos manos que no son para nada trotskistas, y que si alguna vez rugieron como leones, ahora, igual que su predecesor Bottom, el tejedor, han logrado “rugir” como palomas. Los Fenner Brockway, los Walcher, los Brandler, los Sneevliet, los Pivert, igual que los ele­mentos rechazados de la Cuarta Internacional, se las arreglaron durante largos años -algunos durante décadas- para evidenciar su escéptico eclecticismo teórico y su esterilidad práctica. Son menos cínicos que los stalinistas y están un poquito más a la izquierda que la izquierda socialdemócrata; es todo lo que se puede decir de ellos. Por eso, deben ingresar en la lista de las internacionales con el número tres y un octavo o tres y un cuarto. Con “fondo” o sin él figu­rarán en la historia como una asociación de limones exprimidos. Cuando las grandes masas, bajo los golpes de la guerra, entren en movimiento hacia la revolución, no se molestarán en preguntar la dirección del Buró de Londres.

 

Perspectivas

 

Todas las fuerzas de la última guerra se pusieron nuevamente en marcha, pero de manera incompara­blemente más abierta y violenta. El movimiento sigue por caminos bien delimitados y en consecuencia avanza a paso más rápido. En la actualidad nadie cree, como en vísperas de 1914, en la inviolabilidad de las fronteras o en la estabilidad de los regímenes. Es una enorme ventaja para el partido revolucionario. Si en vísperas de la guerra anterior las mismas secciones de la Segun­da Internacional no sabían qué conducta seguirían al día siguiente y adoptaban resoluciones super revolucio­narias, si los elementos de izquierda sólo gradualmente se liberaron del pantano pacifista y avanzaron a tientas por su camino, hoy todas las posiciones de partida quedaron fijadas con precisión antes de largarse la carrera de la guerra. Nadie espera que los partidos socialdemócratas apliquen una política internaciona­lista y ellos mismos no prometen más que “la defensa de la patria”. La ruptura de los social-patriotas checos con la Segunda Internacional no significa más que la desintegración oficial de ésta, que seguirá una línea acorde a la situación de cada uno de los países. La política de la Tercera Internacional está fijada de antemano casi con la misma nitidez, sólo que en este caso el elemento “aventurerismo” complica levemente el pronóstico. Los socialdemócratas y ex comunistas de Alemania e Italia serán derrotistas platónicos, solamente porque Hitler y Mussolini no les permitieron ser patriotas. Pero en todos los lugares en que la burguesía continúe alimentando a la burocracia laboral los socialdemócratas y los ex comunistas estarán completamente del lado de sus estados mayores generales, y, lo que es más, el primer violín de la orquesta chovinista quedará en manos de los músicos de la escuela de Stalin. Y no sólo el violín sino también el revolver que les corresponde a los trabajadores revolucionarios.

A comienzos de la guerra anterior fue asesinado Jean Jaurés y cuando la guerra terminó mataron a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht[23]. El asesinato del líder de Partido Socialista Francés no fue un obstáculo para que los demás dirigentes entraran al gobierno de la guerra imperialista. En Alemania, el gobierno socialdemócrata tuvo una participación directa en el asesinato de los dos grandes revolucionarios. En Francia el ejecutor directo del asesinato fue un oscuro chovinista pequeñoburgués, mientras que en Alemania se encargaron de la matanza los oficiales contrarrevo­lucionarios. Incluso en este aspecto la situación actual es incomparablemente más clara. Ya antes del estallido de la guerra comenzó a escala mundial el exterminio de los internacionalistas. El imperialismo ya no tiene necesidad de ningún “feliz accidente”. La mafia stalinista cuenta con una agencia internacional prepa­rada para el exterminio sistemático de los revolucio­narios. Jaurés, Liebknecht, Luxemburgo, conquistaron fama mundial como dirigentes socialistas. Rudolf Klement era un revolucionario joven, todavía des­conocido. Sin embargo, el asesinato de Klement por ser secretario de la Cuarta Internacional tiene una profunda significación simbólica. Por medio de sus gángsters stalinistas el imperialismo señala de dónde vendrá en esta guerra el peligro de muerte.

Los imperialistas no están equivocados. Si después de la última guerra consiguieron mantenerse en todas partes menos en Rusia fue sólo por la falta de partidos revolucionarios. La mayor parte de los elementos opositores de la socialdemocracia, al liberarse con dificultad del peso de la vieja ideología y seguir atados al fetichismo de la “unidad”, no fueron más allá del pacifismo. Estos grupos demostraron que en los mo­mentos críticos son más capaces de controlar al movi­miento de masas revolucionario que de encabezarlo. En este sentido no es exagerado afirmar que la “unidad” de los partidos de la Segunda Internacional salvó a la burguesía europea.

En este momento hay secciones de la Cuarta Inter­nacional en treinta países. Es cierto que son sólo la vanguardia de la vanguardia. Pero si hoy, antes de la guerra, contáramos con organizaciones revolucionarias de masas, lo que estaría planteado no sería la guerra sino la revolución. Por supuesto, no las tenemos y no nos hacemos ilusiones al respecto. Pero la situa­ción de la vanguardia revolucionaria es mucho más favorable que hace veinticinco años. La conquista fundamental es que ya antes de la guerra existen en todos los países más importantes del mundo cuadros probados, cientos y miles de revolucionarios cuyo número aumenta constantemente, ligados por la unidad de una doctrina y templados en la forja de las más crueles persecuciones de la burguesía imperialista, de la socialdemocracia y en particular de la mafia stalinista. La Segunda Internacional, la Tercera y la de Amsterdam no pueden reunir sus congresos porque las paraliza su dependencia del imperialismo y las destrozan las contradicciones “nacionales”. Por el contrario, las secciones de la Cuarta Internacional, a pesar de sus recursos extremadamente magros, de su dificultad para obtener visas, del asesinato de su secretario y del aumento de la represión, fueron capaces, en el momento más crítico, de reunir su congreso internacional y adoptar resoluciones unáni­mes que formulan con precisión y concretamente las tareas de la titánica lucha actual, apoyándose en toda la experiencia histórica.

Ninguna ola chovinista apartará de su camino a estos valiosos cuadros, ni los intimidarán los máusers y los puñales stalinistas. La Cuarta Internacional entrará en la próxima guerra como una unidad com­pacta, cuyas secciones seguirán todas la misma política más allá de las fronteras que las separen. Es probable que a comienzos de la guerra, cuando el ciego instinto de autoconservación combinado con la propaganda chovinista empuje a las masas populares hacia sus gobiernos, las secciones de la Cuarta Internacional se encuentren aisladas. Sabrán cómo superar la hipnosis nacional y la epidemia de patriotismo. Los principios del internacionalismo serán su baluarte contra el pánico generalizado de los de abajo y el terror de los de arriba. Verán con desprecio las oscilaciones y vacilaciones de la “democracia” filistea. Por otra parte, permanecerá estrechamente ligada a los sectores más oprimidos de la población y al ejército que derramará su sangre. Cada nuevo día de guerra trabajará a nuestro favor. La humanidad se ha vuelto mucho más pobre que hace veinticinco años, mientras que los medios de destruc­ción se han vuelto mucho más poderosos. Por lo tanto, en los primeros meses de guerra estallará la reacción de las masas como una tormenta en medio de las nieblas del chovinismo. Las primeras víctimas de esta reacción, además del fascismo, serán los partidos de la Segunda y la Tercera Internacional. Su colapso será la condición indispensable para el renacimiento del movimiento revolucionario, que no podrá girar alrededor de otro eje que no sea la Cuarta Interna­cional. Sus templados cuadros dirigirán a los trabaja­dores en la gran ofensiva.



[1] Una lección reciente. New International, diciembre de 1938.

[2] La Revolución de Febrero realizada en 1917 en Rusia derrocó al zar y estableció el gobierno provisional burgués que se mantuvo en el poder hasta que lo tomaron los soviets dirigidos por el Partido Bolchevique, en la Revolución de Octubre. Nicolás II (1868-1918): el último zar ruso. Subió al trono en 1894 y abdicó en marzo de 1917. Fue hecho prisionero por los bolchevi­ques y luego ejecutado junto con su familia.

[3] Pavel Miliukov (1859-1943): dirigente del liberal Partido Demócrata Constitucional (Cadete), fue ministro de relaciones exteriores del gobierno provisional ruso de marzo a mayo de 1917; notorio enemigo de la Revolución Bolchevique. Alexander F. Kerenski (1882-1970): dirigente de un ala del Partido Social Revolucionario de Rusia. Fue vicepresidente del soviet de Petrogrado; en marzo de 1917 rompió su disciplina y se transformó en minis­tro de justicia del gobierno provisional. En mayo asumió el cargo de ministro de guerra y marina, que continuó detentando cuando llegó a primer ministro; posteriormente se designó a si mismo también comandante en jefe. Huyó de Petrogrado cuando los bolcheviques tomaron el poder. Pese a su verborragia pacifista y a sus declaraciones de no intervención, el gobierno provisional siguió una política imperialista de conquiste y anexión de territorios extranje­ros, e intentó negociar con las potencias aliadas de acuerdo a los tratados secretos del zar. Los bolcheviques desautorizaron esos tratados y luego los hicieron públicos.

[4] Erich F. Ludendorff (1865-1937): uno de los principales generales alema­nes en la Primera Guerra Mundial.

[5] Woodrow Wilson (1856-1924): del Partido Demócrata; presidente de Estados Unidos desde 1913 a 1921. Aunque fue el inspirador de la Liga de las Naciones, no logró que el Senado aprobara la participación de su país en ese organismo. La Liga de las Naciones, a la que Lenin llamaba “la cueva de los ladrones”, fue creada por la Conferencia de Paz de Versalles en 1919, formalmente como una especie de gobierno mundial que evitaría, a través de la cooperación, el estallido de nuevas guerras. Sin embargo, su impotencia total se hizo evidente cuando sus resoluciones fueron incapaces de detener la invasión japonesa a China, la invasión italiana a Etiopía y otros eslabones de la cadena de acontecimientos que llevaron a la Segunda Guerra Mundial.

[6] Karl Kautsky (1854-1938): se lo consideró el principal teórico marxista hasta la Primera Guerra Mundial, cuando abandonó el internacionalismo y se opuso a la Revolución de Octubre.

[7] Wilson explicó los “catorce puntos” para un acuerdo de par en su mensaje de enero de 1918 al Congreso. De tono idealista, su objetivo fundamental era identificar demagógicamente a los aliados con las reivindicaciones más populares del nuevo gobierno soviético -fin de los tratados secretos y de las anexiones coloniales-. Pretendía revitalizar así el decreciente apoyo popular a la continuación de la guerra por parte de los gobiernos aliados. Los ítems fundamentales de los catorce puntos obstaculizaban los objetivos belicistas de los imperialistas; por eso se los ignoró en la Conferencia de Versalles, excepto el decimocuarto, que proporcionó las bases para la creación de la Liga de las Naciones. Herbert Hoover (1874-1964): del Partido Republicano, fue presidente de Estados Unidos de 1929 a 1933. Después de la Primera Guerra Mundial fue presidente de la Asociación de Ayuda Norteamericana [American Relief Association, ARA], que proporcionó alimentos y medicinas a las regiones de Europa asoladas por el hambre y las pestes. Su principal fin era servir a las fuerzas contrarrevolucionarias en la Guerra Civil rusa. New Deal: programa de reformas adoptado por el presidente Roosevelt en un intento de aliviar las peores consecuencias de la Depresión y comprar al activismo obrero norteamericano. El Congreso de Estados Unidos aplicó por primera vez el Acta de Neutralidad en agosto de 1935, votando el embargo de armas obliga­torio a ambos bandos en el caso de que se declarara la guerra en Europa. En noviembre de 1939 se levantó el embargo de armas y se lo remplazó por una resolución que permitía a los aliados comprar provisiones de guerra mediante pago al contado. En diciembre de 1940 los británicos ya no podían pagar sus suministros de guerra; se efectivizó un sistema de préstamos que empeñaba los recursos económicos de Estados Unidos con miras a la derrote de Alemania.

[8] Weimar: pequeña ciudad donde se organizó en 1919 el gobierno de la República Alemana. La República de Weimar duró hasta que Hitler asumió plenos poderes, en 1933.

[9] Las guerras napoleónicas abarcaron el lapso comprendido entre 1803 y 1815, pero Prusia fue sometida en 1806, cuando Napoleón derrotó al ejército prusiano en Jena y entró en Berlín. La Paz de Versalles, de 1871 se firmó al fin de la Guerra Franco-Prusiana. Sus términos establecían que Francia debía pagar una indemnización a Alemania y cederle Alsacia y parte de Lorena.

[10] Otto von Bismarck (1815-1898): dirigente del gobierno prusiano desde 1862 y primer canciller del imperio alemán. Llevó a cabo una larga campaña por la unificación de Alemania bajo el mando de Prusia y los Hohenzollern.

[11] Cuando se hizo evidente la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, un motín que estalló en la marina se transformó en un movimiento revolucionario. El 8 de noviembre de 1918 se proclamó en Munich la Repú­blica socialista de Bavaria. En Berlín los obreros y los soldados organizaron soviets, y una delegación socialdemócrata exigió que el canciller entregara el gobierno a los trabajadores. El imperio alemán cayó al día siguiente. Hindenburg y el káiser Guillermo II huyeron a Holanda; en Berlín se estable­ció un gobierno provisional formado por tres socialdemócratas y tres miem­bros del Partido Social Demócrata Independiente. Este gobierno asesinó a dirigentes revolucionarios y evitó que la revolución superara los límites de una democracia burguesa liberal.

[12] Hohenzollern: familia gobernante en Prusia y Alemania hasta 1918

[13] El Partido Laborista Británico se fundó en 1906 y está afiliado a la Segunda Internacional. Se originó en el Comité de Representación Obrera, constituido en 1899 para garantizar la elección al parlamento de candidatos obreros.

[14] Clement Attlee (1883-1967); dirigente del Partido Laborista inglés desde 1935; miembro del gabinete de Winston Churchill desde 1940 hasta 1945. En 1945 el Partido Laborista ganó las elecciones y Attlee fue designado primer ministro. Sir Walter Citrine (n. 1887): secretario general del Congreso Sindical inglés desde 1926 a 1946. Gracias a sus servicios al capitalismo británico fue nombrado caballero en 1935 y barón en 1946.

[15] Edouard Benes (1884-1948): presidente de Checoslovaquia en 1935, renunció en octubre de 1938, cuando los alemanes ocuparon los Sudetes. Lo sucedió al general Jan Syrovy, que formó un nuevo gabinete y efectuó la tran­sición de la Checoslovaquia unificada al estado federado, cediéndole a Ale­mania los Sudetes y otras zonas a Polonia y Hungría. Benes fue reelecto presidente en 1946.

[16] Inmediatamente después de su arribo a Inglaterra, Benes, el ex presidente de Checoslovaquia. declaró a la prensa que el destino de Checoslovaquia estaba “en buenas manos”. Esto puso las cosas en su lugar. Cuando se pusieron en juego los intereses fundamentales del capitalismo se desvane­cieron todas las diferencias entre la democracia y el fascismo. El demócrata y francófilo Benes no se avergüenza de reconocer públicamente al pro fascista y germanófilo general Syrovy como un “buen” guía de los destinos de Che­coslovaquia. En última instancia, ambos son sirvientes del mismo patrón. (Nota de L.T.)

[17] Vladimir Ilich Lenin (1870-1924): hizo resurgir al marxismo como teoría y práctica de la revolución en la época imperialista después de que lo envile­cieron los oportunistas, revisionistas y fatalistas de la Segunda Internacional. Fue el iniciador de la tendencia bolchevique, la primera en construir el tipo de partido necesario para dirigir una revolución obrera. En 1917 dirigió la primera revolución obrera triunfante y fue la primera cabeza del estado soviético. Fundó la Internacional Comunista y participó en la elaboración de sus principios, estrategia y táctica. Murió antes de poder llevar a cabo la lucha que preparaba contra la burocratización del Partido Comunista Ruso y el estado soviético.

[18] Paul von Hindenburg (1847-1934): presidente de Alemania desde 1925 hasta su muerte. Aunque jugó de adversario de los nazis en las elecciones de 1925, en las que derrotó a Hitler, designó a éste canciller en 1933.

[19] “Socialismo en un solo país” es la teoría, que Stalin introdujo en el movimiento comunista en 1924, de que se puede lograr la sociedad socialista dentro de las fronteras de un país aislado. Posteriormente, cuando se la incorporó al programa y las tácticas de la Comintern, se transformó en la cubierta ideológica del abandono del internacionalismo revolucionario y se la utilizó para justificar la conversión de los partidos comunistas de todo el mundo en dóciles peones de la política exterior del Kremlin. Trotsky critica extensamente esta teoría en su libro La Tercera Internacional después de Lenin (Buenos Aires, 1974), escrito en 1928.

[20] Earl Browder (1891-1973) en 1930 fue designado, siguiendo órdenes de Stalin, secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos, y de la misma manera fue depuesto en 1945 y expulsado del partido en 1946. Fue candidato a presidente en 1936 y 1940.

[21] El Buró Internacional de Partidos Socialistas Revolucionarios (“Buró de Londres”) se fundó en 1935 a partir de la Comunidad Internacional del Trabajo (IAG), que databa de 1932. Era una asociación libre de partidos centristas no afiliados a la Segunda ni a la Tercera Internacional y contrarios a la formación de una Cuarta Internacional. Entre sus integrantes estaban el SAP (Partido Socialista Obrero) de Alemania, el Independent Labour Party (Partido Laborista Independiente) de Gran Bretaña, el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) español y el PSOP (Partido socialista Obrero y Campesino) francés. La unificación a la que se refiere Trotsky tuvo lugar en una conferencia realizada en París en febrero de 1938. Fenner Brockway (n.1890) adversario de la Cuarta Internacional y secretario del Buró de Londres. Fue también dirigente del ILP inglés. Jacob Walcher (n. 1887) uno de los fundadores del Partido Comunista Alemán, expulsado en 1929 por apoyar a la Oposición Comunista de Derecha Brandlerista (KPO). Abandonó la KPO en 1932 y se unió al SAP. Después de la Segunda Guerra Mundial volvió al PC, ocupando varios cargos gubernamentales en Alemania Oriental. Heinrich Brandler (1881-1967): uno de los fundadores del PC alemán y su dirigente principal hasta que, en 1923, fue incapaz de aprovechar la crisis revolucionaria. El Kremlin lo utilizó de chivo emisario y lo sacó de la dirección del partido en 1924. Formó la KPO, que se alineó junto a la Oposición de Derecha que dirigía Bujarin en la URSS, y fue expulsado del PC en 1929. La KPO continuó como organización independiente hasta la Segunda Guerra Mundial. Henricus Sneevliet (1883-1942): uno de los fundadores de los parti­dos comunistas de Holanda e Indonesia. En el Segundo Congreso de la Comintern fue secretario de su Comisión Colonial y la representó durante un tiempo en China. Después de abandonar el PC en 1927 formó el Partido Socialista Revolucionario, que se fusionó con otros elementos revolucionarios y en 1935 se transformó en el Partido Obrero Socialista Revolucionario. Desde 1933 su grupo se adhirió al movimiento trotskista internacio­nal, aunque también se mantenía afiliado al Buró de Londres. El RSAP rompió con el movimiento trotskista en 1938 por diferencias sobre el POUM y sobre la política sindical, y siguió adherido al Buzó de Londres. En 1942 Sneevliet fue arrestado y fusilado por los nazis, Marceau Pivert (1895-1958) en 1935 dirigió una corriente de izquierda en el Partido Socialista Francés. Acompañó a León Blum en el gobierno del Frente Popular de 1936, pero cuando se le ordenó disolver su grupo, en 1937, abandonó el Partido Socialista y en 1938 fundó el PSOP, afiliado al Buró de Londres. Después de la Segunda Guerra Mundial volvió al Partido Socialista.

[22] POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista]; fundado en España en 1935, cuando la Oposición de Izquierda española rompió con Trotsky y se unió al centrista Bloque de Obreros y Campesinos. Trotsky rompió toda relación con ellos cuando entraron al gobierno del Frente Popular español.

[23] Jean Jaurés (1858-1914): prominente orador socialista francés, asesinado el 31 de julio de 1914. Karl Liebknecht (1871-1919): socialdemócrata de izquierda que dirigió la oposición a la Primera Guerra Mundial dentro del partido alemán. Formó la Liga Espartaco con Rosa Luxemburgo (1871-1919), destacada dirigente del movimiento marxista y adversaria del revisionismo y del oportunismo antes de la Primera Guerra Mundial. Cuando estalló la guerra ambos fueron encarcelados por su actividad antibélica. Liberados por la insurrección de noviembre de 1918, organizaron el Partido Comunista Alemán. En enero de 1919 los asesinaron los oficiales del gobierno socialdemócrata.



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