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Stalin después de la experiencia finlandesa[1]

 

 

13 de marzo de 1940

 

 

 

Cuando la fracción de Stalin todavía estaba preparando la exclusión de los “trotskistas” del partido, Stalin con su habitual estilo insinuante, preguntó: “¿Acaso la Oposición está en contra de la victoria de la Unión Soviética en la futura lucha contra el imperialismo?”. En la sesión del Comité Central de agosto de 1927 contesté, según consta en las actas taquigráficas secretas: “Stalin fundamentalmente tiene en mente otro problema que no se atreve a plantear, es decir, ¿cree tal vez la Oposición que la dirección de Stalin no garantiza la victoria de la URSS? ¡Sí, lo cree!” “¿Y qué pasa con el partido?”, me interrumpió desde su lugar Molotov, a quien Stalin en sus conversaciones íntimas, llamaba “cabeza de piedra". “Ustedes estrangularon al partido”, fue mi respuesta. Terminé mi intervención con estas palabras: “¿Por la patria socialista? Sí. ¿Por la orientación de Stalin? ¡No!”. 

Y ahora, trece años después, sigo estando totalmente a favor de la defensa de la Unión Soviética. Estoy a miles de kilómetros, geográfica y políticamente, de  la clase dominante británica que, por ejemplo, Bernard Shaw, el incansable paladín del Kremlin. Por el contrario, considero que el principal peligro para la URSS en la actual situación internacional lo representan Stalin y la oligarquía que él encabeza. La lucha abierta contra ellos, a la vista de toda la opinión pública mundial, es para mí inseparable de la defensa de la URSS. 

Stalin parece un hombre muy alto porque está parado en la punta de su gigantesca pirámide burocrática y desde allí proyecta su enorme sombra. Pero en realidad es de estatura mediana, de capacidad mediocre y la astucia predomina en él sobre la inteligencia. Está dotado de ambición insaciable, tenacidad extraordinaria y un envidioso espíritu de venganza. Nunca tuvo visión de futuro, nunca, y tampoco una gran iniciativa. Esperaba y maniobraba. Obtuvo el poder por una determinada combinación de circunstancias históricas; lo único que hizo fue tomar la fruta madura.

Terror a las masas, crueldad con el adversario débil, disposición a agacharse ante el enemigo fuerte; la nueva burocracia encontró reflejados en Stalin, en su expresión más acabada, todos sus rasgos, y lo declaró su emperador. Ya antes de la muerte de Lenin, en 1924, la burocracia era virtualmente omnipotente aunque no se había hecho consciente de ello, del mismo modo que el secretario general -Stalin en ese entonces- ya era un dictador aunque no se daba cuenta totalmente de esta situación.

El país era el menos enterado de este caso único en la historia mundial. Stalin logró concentrar en sus manos el poder dictatorial antes de que el uno por ciento de la población conociera su nombre.  

Stalin no es una personalidad sino la personificación de la burocracia. En su lucha contra la Oposición, que reflejaba el descontento de las masas, Stalin avanzó paso a paso en su misión de defensor del poder y los privilegios de la nueva casta gobernante. De inmediato se sintió más audaz y confiado. En lo que hace a sus tendencias subjetivas, Stalin en este momento es indudablemente el político más conservador de Europa. Él quisiera que la historia, que una vez le dio el gobierno de la oligarquía de Moscú, detuviera su curso para no perturbar su tarea.

Las famosas purgas fueron una expresión épica de la lealtad de Stalin a la burocracia, es decir, a sí mismo. No se comprendió su sentido en el momento oportuno.

Los viejos bolcheviques pretendieron defender la tradición partidaria. Los diplomáticos soviéticos, a su vez trataron de rendir cuentas ante la opinión pública internacional. Los generales rojos defendieron los intereses del ejército. Los tres grupos entraron en contradicción con los intereses totalitarios de la camarilla del Kremlin y fueron liquidados.

Imaginemos por un momento que una flota aérea enemiga logra atravesar todos los obstáculos y bombardear los edificios del Ministerio de Relaciones Exteriores y del Departamento de Guerra en el preciso momento en que están reunidos la elite diplomática y el estado mayor general. ¡Qué catástrofe! ¡Cómo conmocionaría ese golpe la vida del país! Stalin logró cumplir con todo éxito este objetivo sin necesidad de bombardeos extranjeros. Hizo venir a los diplomáticos soviéticos de todos los rincones de la tierra, a los jefes militares soviéticos de todos los rincones de la URSS, los encerró en las celdas de la GPU y le puso a cada uno una bala en la nuca. ¡Todo esto en vísperas de una nueva gran guerra!

Litvinov se salvó, pero políticamente no sobrevivió mucho tiempo a sus antiguos colaboradores. Para la liquidación de Litvinov se combinaron razones políticas (agachar la cabeza ante Hitler) e, indudablemente, un motivo de índole personal. Litvinov no era una personalidad política independiente. Pero irritaba demasiado a Stalin por el solo hecho de que hablaba cuatro idiomas, conocía las capitales europeas y encolerizaba a los burócratas ignorantes con referencias a fuentes para ellos inaccesibles. Todos buscaban la mejor oportunidad de librarse de ese ministro demasiado esclarecido. Stalin respiró aliviado cuando finalmente se sintió a una cabeza por encima de todos sus colaboradores. Pero inmediatamente aparecieron nuevas dificultades.

El problema estriba en que a Stalin le falta independencia de criterio para resolver problemas de mucha magnitud. Pese a su inmensa voluntad de poder carece de capacidad generalizadora, de imaginación creadora y finalmente de conocimientos fácticos. Ideológicamente, siempre dependió de otras personas. Durante muchos años fue Lenin, con quien invariablemente entraba en conflicto cada vez que se alejaba de él. Después de la enfermedad de Lenin, Stalin tomó prestadas sus ideas de sus aliados circunstanciales Zinoviev y Kamenev, a los que después mandó al paredón de la GPU[2]. Luego, durante varios años, utilizó a Bujarin para sus combinaciones prácticas. Cuando terminó con Bujarin descubrió que ya no necesitaba más ideas generales.

En esa época la burocracia de la URSS y el aparato de la Comintern cayeron en la sumisión más humillante. y vergonzosa. Luego finalizó el periodo de estabilidad relativa en las relaciones internacionales. Comenzaron las terribles convulsiones.

Los acontecimientos tomaron desprevenido a este hombre, a este empírico imprevisor y, provinciano hasta la médula, que no conoce ninguna lengua extranjera, que no lee más periódicos que los que publican todos los días su fotografía. El ritmo de la época actual es demasiado febril para su mentalidad perezosa, torpe. No podía sacar ninguna idea de Molotov, de Voroshilov o de los desconcertados dirigentes de las democracias occidentales. El único político que podía impresionar a Stalin en esas condiciones era Hitler.

¡Ecce homo! Hitler tiene todo lo que tiene Stalin, desprecio a las masas, falta de principios, ambición, un aparato totalitario. Sin embargo, Hitler cuenta con algo de que Stalin carece, imaginación, capacidad de exaltar a las masas, osadía de espíritu. Amparándose en Hitler Stalin intentó aplicar en su política exterior los métodos de aquél.

Al comienzo todo marchó bien; Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, se pusieron fácilmente en línea. Finlandia fue un error. En la biografía de Stalin ese error comienza el capítulo de su declinación.

Cuando la invasión a Polonia por el Ejército Rojo, la prensa soviética descubrió súbitamente en Stalin un gran talento estratégico, supuestamente ya desplegado por él en la época de la guerra civil. Lo proclamaron un súper Napoleón.

Cuando las negociaciones con las delegaciones del Báltico, la misma prensa lo presentó como el más grande de los diplomáticos. Prometían para el futuro un montón de milagros sin que se derramara una sola gota de sangre.

Pero todo resultó muy diferente. Incapaz de evaluar correctamente la larga tradición finlandesa de lucha por la independencia, Stalin esperaba quebrar al gobierno de Helsinki con la mera presión diplomática. Estaba muy equivocado. En lugar de reconsiderar su plan comenzó a amenazar. Siguiendo sus órdenes, el diario Pravda de Moscú hablaba de lo que se haría con Finlandia en un par de días. En el clima de servilismo bizantino que lo rodea, Stalin cayó víctima de sus propias amenazas. Estas no tuvieron ningún efecto sobre los finlandeses, pero obligaron a Stalin a la acción inmediata.

Así comenzó una guerra vergonzosa sin perspectivas claras, sin preparación moral ni material, en un momento en que hasta el almanaque prevenía contra la aventura. A Stalin ni siquiera se le ocurrió visitar el frente, siguiendo el ejemplo de su inspirador Hitler. El maniobrero del Kremlin es demasiado cauteloso como para arriesgar su falsa reputación de estratega. Además, no tiene nada que decir frente a las masas. Es imposible imaginar siquiera a esta figura gris, con su rostro inmóvil, sus ojos amarillentos, su voz débil y gutural, ante los soldados en marcha o en las trincheras. El súper Napoleón se quedó prudentemente en el Kremlin, rodeado de teléfonos secretarios. 

Durante dos meses y medio el Ejército Rojo no conoció más que la derrota, el sufrimiento y la humillación. No se había previsto nada, ni siquiera el clima.

La segunda ofensiva se desarrolló lentamente y produjo muchas víctimas. El hecho de no haber obtenido el brillante triunfo prometido sobre un adversario más débil constituyó en sí mismo una derrota.

Sólo ganándose la simpatía de por lo menos parte de los campesinos y obreros finlandeses a través de una insurrección social se podría justificar en alguna medida los errores de Stalin y reconciliar a los pueblos de la URSS con la insensata invasión a Finlandia. Stalin lo comprendió, y proclamó abiertamente que su objetivo es el aplastamiento de la burguesía finlandesa. Por esta razón se echó de las oficinas de la Comintern al desgraciado Kusinen.[3] Pero Stalin se asustó ante el peligro de una intervención de Inglaterra y Francia y la insatisfacción de Hitler ante la perspectiva de una guerra larga, y se retiró. La trágica aventura acabó en una paz bastarda, formalmente un “decreto” pero en esencia un compromiso vil. Con la guerra soviética-finesa Hitler comprometió a Stalin y lo ató más estrechamente a su carro. Con el acuerdo de paz se aseguró una importación mayor de materias primas escandinavas. Es cierto que Rusia consiguió algunas ventajas estratégicas, ¡pero a qué precio! Se ha socavado el prestigio del Ejército Rojo, se perdió la confianza de las masas trabajadoras y los pueblos oprimidos de todo el mundo. En consecuencia, se debilitó la situación internacional de la URSS en lugar de fortalecerse. Stalin personalmente quedó muy maltrecho.

El sentimiento generalizado del país es el siguiente: no tendríamos que haber comenzado esa inútil guerra, pero una vez que empezamos hubiera habido que llevarla hasta sus últimas consecuencias. Es decir, hasta la sovietización de Finlandia. Stalin lo prometió pero no lo hizo. Esto significa que no previó nada, ni la resistencia de los finlandeses, ni las heladas, ni el peligro de los aliados. Junto con el diplomático y el estratega fue derrotado el “líder del socialismo mundial” y el “liberador de la nación finlandesa”. La autoridad del dictador sufrió un golpe irreparable. La hipnosis de la propaganda totalitaria perderá cada vez más fuerza.

Es cierto que durante un tiempo Stalin puede recibir ayuda del extranjero. Para ello sería necesario que los aliados le declaren la guerra. Esa guerra no cuestionaría ante los pueblos de la URSS el destino de la dictadura stalinista sino el del país. La defensa contra la intervención extranjera fortalecería indudablemente la posición de la burocracia.

En una guerra defensiva el Ejército Rojo se desenvolvería con muchísimo más éxito que en una guerra ofensiva. Para defenderse a sí mismo el Kremlin sería capaz hasta de tomar medidas revolucionarias. Pero esto sólo postergaría el problema. Las últimas quince semanas revelaron con creces la incapacidad de la dictadura stalinista. Es falso creer que los pueblos maniatados por el lazo totalitario pierden su capacidad de observar y pensar. Sacan conclusiones más lentamente, pero con más solidez y profundidad.

El apogeo de Stalin quedó atrás. Le esperan no pocas pruebas decisivas. Ahora que todo el planeta ha perdido su equilibrio Stalin no logrará salvar el inestable equilibrio de la burocracia totalitaria.



[1]Stalin después de la experiencia finlandesa”. Sunday Express (Escocia), 17 de marzo de 1940, donde se publicó con un comienzo mutilado y faltándole varias frases en distintas partes del artículo. La primera edición de Writings 39-40 mantuvo errores y omisiones. Para esta edición se restauró el párrafo original de apertura y se presenta, además, el texto completo por primera vez en inglés [y en castellano] con el permiso de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Un balance más extenso de los sucesos de Finlandia puede leerse en la colección En Defensa del Marxismo (“Balance de los sucesos fineses”, 25 de abril de 1940).

[2] León Kamenev (1883-1936) y Gregori Zinoviev (1883-1936): eran viejos bolcheviques. En 1923 colaboraron con Stalin en la iniciación de la cruzada contra el trotskismo, pero en 1926 hicieron un bloque con la Oposición de Izquierda hasta que fueron expulsados del partido en 1927. Capitularon, pero fueron expulsados de nuevo en 1932. Se arrepintieron nuevamente mas fueron víctimas del primer gran juicio espectáculo de Moscú y ejecutados. Zinoviev fue el primer presidente de la Comintern (1919-1926).

[3] Ottomar W. Kusinen  (1881-1946): socialdemocracia finlandés que huyó a Moscú después del colapso de la revolución finesa‚ en abril de 1918. Se convirtió en funcionario stalinista de la Comintern.



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