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Stalin, depositario interino de Ucrania[1]

 

 

18 de setiembre de 1939

 

 

 

La guerra, como la revolución, se caracteriza por des­truir de un golpe las fórmulas imbéciles y dejar al desnu­do la verdad que esconden. La defensa de la democracia es una fórmula hueca. La invasión a Polonia es una realidad sangrienta.

Hoy queda claro que, al mismo tiempo que la Comin­tern sacaba a relucir su clamorosa campaña en favor de las democracias y contra el fascismo, el Kremlin prepara­ba el entendimiento militar con Hitler contra las supues­tas democracias. Hasta un imbécil tiene que comprender ahora que los juicios de Moscú, que sirvieron para des­truir a la Vieja Guardia bolchevique acusándola de cola­boración con los nazis, no fueron más que un camuflaje para ocultar la alianza stalinista con Hitler. El secreto se ha revelado. Mientras las misiones británica y francesa discutían con Voroshilov una defensa más efectiva de Polonia, el mismo Voroshilov discutía con los represen­tantes del estado mayor alemán el mejor modo de aplas­tar y dividir a Polonia. El Kremlin no sólo engañó a Chamberlain, Daladier y Beck,[2] sino también, sistemáti­camente, a la clase obrera de la Unión Soviética y de todo el mundo.

Algunos fatuos y snobs me acusan de dejarme llevar en mis horribles pronósticos por mi “odio” a Stalin. ¡Como si las personas serias se dejaran llevar por sus sentimien­tos personales en lo que respecta a los problemas de importancia histórica! Los hechos inexorables demues­tran que la realidad es más horrible que cualquiera de mis pronósticos. Al entrar en territorio polaco los ejérci­tos soviéticos sabían de antemano hasta qué punto se confundirían -como aliados, no como enemigos- con los ejércitos de Hitler. La operación se decidió en base a las cláusulas secretas del pacto germano-soviético; la cola­boración entre los estados mayores de ambos países sería continua; la invasión stalinista no es más que un com­plemento simétrico de las operaciones hitleristas. Tales son los hechos.

El Kremlin, que hasta hace muy poco trataba de ganarse la amistad de Varsovia (para traicionarla), decla­raba criminal la consigna de autodeterminación para Ucrania occidental (Galizia oriental). Las purgas y ejecu­ciones en la Ucrania soviética fueron provocadas funda­mentalmente por el hecho de que los revolucionarios ucranianos aspiraban, contra la voluntad de Moscú, a la liberación de Galizia de la opresión polaca. Ahora el Kremlin trata de disimular su intervención en Polonia con un compungido interés en la “liberación” y “unifi­cación” de los pueblos de Ucrania y la Rusia Blanca.

En realidad, la Ucrania soviética está más amarrada que cual­quier otra parte de la Unión Soviética por las feroces cadenas de la burocracia de Moscú. La aspiración de varios sectores de la nación ucraniana a su liberación e independencia es totalmente legítima y muy intensa. Pe­ro estos anhelos se dirigen también contra el Kremlin. Si la invasión logra su objetivo el pueblo ucraniano se encontrará “unificado”, no en la libertad nacional sino en la esclavitud burocrática. ¡Además, no habrá una sola persona honesta que apruebe la “emancipación” de ocho millones de ucranianos y rusos blancos al precio de la esclavitud de veintitrés millones de polacos! Incluso si el Kremlin eventualmente organizara un plebiscito en la Galizia ocupada, al estilo de Goebbels, no engañaría a nadie. Porque no se trata de emancipar a un pueblo oprimido sino de extender el reinado de la opresión burocrática y el parasitismo.

La prensa hitlerista da su aprobación absoluta a la “unificación” y “liberación” de los ucranianos bajo las garras del Kremlin. Con esto Hitler cumple dos objetivos: primero, arrastrar a la Unión Soviética a su órbita militar; segundo, avanzar un paso más en la solución de su programa de una “Gran Ucrania”. La política de Hitler es la siguiente: establecer un orden determinado para sus conquistas, una después de la otra, y crear, con cada nueva conquista, un nuevo sistema de “amistades”. En la etapa actual Hitler concede la “Gran Ucrania” a su amigo Stalin como depositario interino. En la próxima etapa planteará el problema de quién es el propietario de Ucra­nia, él o Stalin.

Hay quienes osan comparar la alianza Stalin-Hitler con el tratado de Brest-Litovsk.[3] ¡Qué burla! Las negociacio­nes de Brest-Litovsk se llevaron a cabo abiertamente, a la vista de toda la humanidad. La Unión Soviética, a fines de 1917 y comienzos de 1918, no contaba con un solo batallón en condiciones de luchar. La Alemania de los Hohenzollern atacó Rusia y tomó provincias y depósitos militares soviéticos. Al gobierno soviético no le quedó otra posibilidad concreta que firmar el tratado de paz. Definimos abiertamente esta paz como la capitulación de una revolución desarmada ante un enemigo poderoso. No veneramos a los Hohenzollern; denunciamos públicamen­te la paz de Brest-Litovsk como una extorsión y un robo. No engañamos a los obreros y campesinos. El actual pacto Stalin-Hitler se concluyó pese a la existencia de un ejército de varios millones de soldados, y su objetivo inmediato fue facilitar a Hitler el aplastamiento de Polo­nia y la división de ésta entre Berlín y Moscú. ¿Dónde está la analogía?

Las palabras de Molotov de que el Ejército Rojo se cubrirá de “gloria” en Polonia constituyen una imborra­ble vergüenza para el Kremlin. El Ejército Rojo recibió la orden de derrotar en Polonia a los que ya habían sido derrotados por Hitler. Esta es la tarea vergonzosa y criminal que los chacales del Kremlin le asignaron al Ejército Rojo.



[1] "Stalin, depositario interino de Ucrania". Socialist Appeal, 24 de octubre de 1939, donde se publicó faltándole varias frases. La primera edición de Writings 39-40 mantuvo los errores originales y dio una fecha equivocada, 6 de setiembre de 1939; este artículo se reproduce aquí completo por primera vez en idioma inglés [y por primera vez en castellano].

[2] Edouard Daladier (1884-197O): un radical-socialista, fue primer ministro en 1933 y 1934; lo destituyeron durante un intento de golpe de estado fascista. Fue ministro de guerra en el gabinete de Leon Blum. Luego llegó a ser nuevamente premier y firmó el pacto de Munich con Hitler. Josef Beck (1894-1944): fue ministro polaco de relaciones exteriores (1932-1939).

[3] Brest-Litovsk era una ciudad de la frontera ruso-polaca donde se firmó en marzo de 1918 un tratado que ponía fin a hostilidades entre Rusia y Alemania. Los términos del mismo fueron excesivamente desfavorables para el nuevo gobierno soviético, y hubo acentuadas diferencias entre sus dirigentes sobre si se las aceptaba, hasta que se adoptó la propuesta de Lenin en el sentido de aceptarlas. La revolución de noviembre de 1918 en Alemania y la derrota alemana en la guerra le posibilitaron a gobierno soviético recuperar la mayor parte del territorio perdido a raíz del tratado.



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