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Sólo la revolución puede terminar con la guerra[1]

 

 

18 de marzo de 1939

 

 

 

Pregunta: ¿Es inevitable una guerra mundial? Si es así, ¿significará el fin del sistema capitalista?

Respuesta: Sí, una guerra mundial es inevitable si no se le anticipa una revolución. La inevitabilidad de la guerra surge primero de la crisis incurable del sistema capitalista; segundo, del hecho de que la actual partición de nuestro planeta, es decir, especial­mente de las colonias, ya no corresponde más al peso económico específico de los estados imperialistas. Buscando una salida a la crisis mortal, los estados advenedizos aspiran, y no pueden dejar de hacerlo, a una nueva repartición del mundo. Sólo los niños de pecho y los “pacifistas” profesionales, a quienes incluso la experiencia de la infortunada Liga de las Naciones no les ha enseñado nada, pueden suponer que se puede realizar una repartición más “equitativa” de la superficie territorial alrededor de las mesas de la democracia.

Si la revolución española hubiera resultado victoriosa, habría dado un poderoso impulso al movi­miento revolucionario en Francia y otros países de Europa. En este caso, habría sido posible esperar con confianza que un victorioso movimiento socialista se anticipase a la guerra imperialista, haciéndola inútil e imposible. Pero el proletariado socialista de España fue estrangulado por la coalición Stalin-Azaña­-Caballero-Negrin-García Oliver,[2] aun antes de que fuera aplastada por las bandas de Franco. La derrota de la revolución española pospuso la perspectiva revolucionaria y puso a la orden del día la guerra imperialista. ¡Sólo un ciego puede no verlo!

Por supuesto, cuanto más enérgica y audazmente luchen ahora contra el militarismo y el imperialismo los obreros avanzados de todos los países, a despecho de las condiciones desfavorables, tanto más rápida­mente podrán detener la guerra cuando haya comen­zado y mayores serán las esperanzas que tendrá nuestra civilización de salvarse de la destrucción.

Sí, no dudo de que la nueva guerra mundial provo­cará, inevitablemente, la revolución mundial y el colapso del sistema capitalista. Los gobiernos imperia­listas están haciendo todo lo posible para acelerar este colapso. Sólo es necesario que el proletariado mundial no sea sorprendido nuevamente por los grandes acontecimientos.

Aprovecho para recordar que la tarea que se plantea la Cuarta Internacional es precisamente la prepa­ración revolucionaria de la vanguardia. Es por eso que se llama Partido Mundial de la Revolución So­cialista.

Pregunta: ¿El mundo no está demasiado asustado de Hitler?

Respuesta: Los gobiernos democráticos contemplan a Hitler, que consiguió “liquidar” la cuestión social, con admiración y temor. La clase obrera, que durante un siglo y medio sacudió periódicamente con sus revueltas a los países civilizados de Europa, ha sido súbitamente silenciada en Italia y Alemania. Los políti­cos oficiales atribuyen este “éxito” a las virtudes inter­nas, cuasi místicas del fascismo y del nacionalsocialis­mo. En realidad, la fuerza de Hitler no está en él, ni en su despreciable filosofía, sino en la terrible decepción de las masas trabajadoras, en su confusión y languidez.

Durante muchas décadas el proletariado alemán construyó una organización sindical y un partido socialdemócrata. Junto a la poderosa socialdemocracia apareció más tarde un poderoso Partido Comunista. Y todas estas organizaciones, que crecieron sobre los hombros del proletariado, resultaron nulas en el momento crítico, y se desmoronaron ante la ofensiva de Hitler. No encontraron en sí mismas el coraje para llamar a las masas a luchar pues estaban completa­mente degeneradas y aburguesadas y habían perdido el hábito de pensar en pelear.

Las masas sobrellevan triste y lentamente tales catástrofes. ¡Es incorrecto afirmar que el proleta­riado alemán se ha reconciliado con Hitler! Pero ya no cree más en los viejos partidos, en las viejas consignas, y al mismo tiempo no ha encontrado aún un nuevo camino. Sólo esto explica la violenta omnipotencia del fascismo, que continuará hasta que las masas hayan curado sus heridas, se hayan regenerado y levantado una vez más sus cabezas. Creo que podemos esperarlo para dentro de poco.

El temor de Gran Bretaña y Francia a Hitler y Mussolini se explica por la posición mundial que ocupan esos dos países colonialistas que, como ya dijimos, no corresponde a su peso económico especi­fico. La guerra no les puede brindar nada, pero en cambio puede sacarles mucho. Es natural que intenten posponer el momento de una nueva redistribución del mundo y que dejen un hueso, como España y Checos­lovaquia, a Hitler y Mussolini.

La lucha es por las posesiones coloniales, por la dominación del mundo. El intento de presentar esta disputa movida por intereses y apetitos como una lucha entre “democracia” y “fascismo” puede enga­ñar a la clase trabajadora. Chamberlain entregaría todas las democracias del mundo (no quedan muchas) por la décima parte de la India.

La fuerza de Hitler (y al mismo tiempo también su debilidad) consiste en que, bajo la presión de la des­valida situación del capitalismo alemán, está dispuesto a recurrir a los medios más extremos, usando de paso el chantaje y la fanfarronería, a riesgo de llegar a una guerra. Hitler se dio perfecta cuenta del temor de los viejos colonialistas ante cualquier conmoción y ha explotado este temor, si no con gran entusiasmo, al menos con indudable éxito.

Pregunta: ¿deberían unirse las “democracias” y la URSS para aplastar a Hitler?

Respuesta: No creo que sea mi misión aconsejar a los gobiernos imperialistas, aun cuando se llamen a sí mismos democráticos, ni a la camarilla bonapartista del Kremlin, aun cuando la misma se autocalifique de socialista. Sólo puedo aconsejar a los trabajadores. Mi consejo es que no crean ni siquiera por un instante que la guerra entre los dos bandos imperialistas puede reportarles otra cosa que no sea opresión y reacción en ambos sectores. Será la guerra de los esclavistas que se cubren con distintas máscaras: “democracia”, “civilización” por un lado, “raza”, “honor” por el otro. Sólo el derrocamiento de los esclavistas puede terminar de una vez para siempre con la guerra y abrir una época de verdadera civilización.

Pregunta: ¿Representa Hitler un gran peligro para las democracias?

Respuesta: Las propias “democracias” representan un peligro mucho mayor para ellas mismas. El régimen de la democracia burguesa surgió sobre la base del capitalismo liberal, es decir de la libre competencia. Esa época hace mucho que pasó. El actual capitalismo monopolista, que descompuso y degradó a la pequeña y a la mediana burguesía, socavó de la misma manera las bases de la democracia burguesa. El fascismo es el producto de este proceso. No viene en absoluto “de afuera”; en Italia y Alemania se impuso sin intervención extranjera. La democracia burguesa está muerta no sólo en Europa sino también en Norteamérica.

Si no resulta liquidado a tiempo por la revolución socialista, el fascismo se impondrá inevitablemente en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, con o ayuda de Mussolini y de Hitler. Pero el fascismo es sólo una tregua. El capitalismo está condenado. Nada lo salvará del colapso. Cuanto más decidida y audaz sea la política del proletariado, menos sacrificio provocará la revolución socialista y más pronto entrará la humanidad en una nueva ruta.

¿Mi opinión acerca de la Guerra Civil española? Me he manifestado muchas veces en la prensa sobre este tema.

La revolución española era socialista en su esencia: los trabajadores intentaron repetidas veces derribar a la burguesía, tomar las fábricas; los campesinos querían apoderarse de las tierras. El “Frente Popular”, conducido por los stalinistas, estranguló la revolución socialista en nombre de una democracia burguesa, De allí la desilusión, la desesperanza, el desaliento de las masas de obreros y campesinos, la desmoralización del ejército republicano y, como resultado, el colapso militar.

Invocar la política traicionera de Inglaterra y Fran­cia no explica nada. Por supuesto, los imperialistas “democráticos” estuvieron de todo corazón con la reacción española y ayudaron a Franco cuanto les fue posible. Fue así y siempre será así. Los británicos estuvieron naturalmente de parte de la burguesía española, que se pasó en bloque al bando franquista. Sin embargo, en el comienzo Chamberlain no creía en la victoria de Franco y temía comprometerse reve­lando prematuramente sus simpatías. Francia, como siempre, ejecutó la voluntad de la burguesía francesa. El gobierno soviético jugó el papel de verdugo de los trabajadores revolucionarios de España con el fin de demostrarles a Londres y París su honradez y lealtad. La causa fundamental de la derrota de una poderosa y heroica revolución es la traicionera política anti­socialista del llamado “Frente Popular”. ¡ Si los campe­sinos se hubieran apoderado de las tierras y los obreros de las fábricas, Franco nunca habría podido arreba­tarles la victoria!

Pregunta: ¿Puede mantenerse el régimen de Franco?

Respuesta: Por supuesto, no durante mil años, como promete jactanciosamente el nacionalsocialismo alemán. Pero Franco se mantendrá por algún tiempo debido a las mismas condiciones que favorecen a Hitler. A pesar de sus grandes esfuerzos y sacrificios, después de las terribles derrotas sufridas la clase obre­ra española debe estar desilusionada al máximo de sus viejos partidos: socialistas, anarquistas, “comunistas”, que a través de sus fuerzas unificadas bajo la bandera del “Frente Popular” estrangularon la revolución socialista. Inevitablemente, los trabajadores españoles pasarán ahora por un periodo de desaliento antes de comenzar, lenta pero firmemente, a buscar un nuevo camino. El período durante el cual las masas continúen con su postración coincidirá, precisamente, con la dominación de Franco.

Me preguntan sobre la gravedad de la amenaza que constituye Japón para la Unión Soviética, Inglaterra y Estados Unidos. Japón no es capaz de sobrellevar una guerra en gran escala, en parte por razones económicas pero especialmente por razones sociales. No habiéndose emancipado hasta ahora de la herencia feudal, Ja­pón representa el reservorio de una gigantesca explosión revolucionaria. En muchos aspectos recuerda al imperio zarista en vísperas de 1905.[3]

Los círculos dominantes del Japón intentan escapar a las contradicciones internas con la conquista y el saqueo de China. Pero las contradicciones internas hacen en gran medida imposible el éxito en el exterior. Tomar posiciones estratégicas en China es una cosa; someter a China, otra. Japón nunca se. atrevería a desafiar a la Unión Soviética, de no haber un claro anta­gonismo, evidente para cualquiera, entre la camarilla del Kremlin y el pueblo soviético. El régimen de Stalin, que está debilitando a la URSS, puede hacer posible un conflicto soviético-japonés.

No puedo pensar ni un instante en la victoria de Japón. Creo indudable que los resultados de la guerra serían el colapso del régimen medieval del Micado y del régimen bonapartista de Stalin.

De mi vida en México poco es lo que puedo comuni­car. De parte de las autoridades no he encontrado sino amabilidad. Estoy completamente al margen de la vida política mexicana, pero sigo con ardiente simpatía los esfuerzos del pueblo mexicano por conseguir una inde­pendencia completa y verdadera.

Estoy terminando un libro sobre Stalin que apare­cerá este año en Estados Unidos, Inglaterra y otros países. El libro es una biografía política de Stalin y su objetivo es explicar cómo un revolucionario de segun­da o tercera fila puede llegar a ser jefe del país cuando comienza la reacción termidoriana. El libro mostrará en particular, cómo y por qué el ex bolchevique Stalin está ahora completamente maduro para una alianza con Hitler.



[1] Sólo la revolución puede terminar con la guerra. Socialist Appeal. 4 de abril de 1939. Estas respuestas a las preguntas de Sybil Vincent, corresponsal del periódico del Labour Party el Daily Herald, también se publicaron, con alguna demora, en el Daily Herald del 27 de mayo de 1939.

[2] Francisco Largo Caballero (1869-1946): dirigente del ala izquierda del Partido Socialista Español. Fue premier desde setiembre de 1936 hasta mayo de 1937. José García Oliver (n. 1901): dirigente anarquista español de dere­cha que colaboró con los stalinistas para aplastar al ala revolucionaria de los leales. Fue ministro de justicia en el gobierno de Largo Caballero.

[3] La Revolución de 1905 en Rusia surgió del descontento por la Guerra Ruso-Japonesa y el despotismo zarista. El “Domingo Sangriento”, 9 de enero de 1905, las tropas zaristas hicieron fuego sobre una manifestación pacífica de obreros petersburgueses que marchaban a llevarle al zar una petición de derechos democráticos, y mataron a cientos de trabajadores. Se declararon huelgas masivas en toda Rusia que señalaron el comienzo de la Revolución, que culminó en la formación del Soviet de Diputados Obreros de Petersburgo. Fue aplastada en diciembre por el zar. (Ver 1905 de Trotsky.)



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