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Sobre la cuestión de la autodefensa obrera[1]

 

 

25 de octubre de 1939

 

 

 

Todo estado es una organización coercitiva de la clase dominante. El régimen social permanece estable en tanto que la clase dominante es capaz, por medio del estado, de imponer su voluntad sobre las clases explotadas. La policía y el ejército son los instrumentos más importan­tes del estado. Los capitalistas renuncian (aunque si bien no totalmente, lo hacen en gran medida) a mantener sus propios ejércitos privados en favor del estado para evitar que la clase obrera cree sus propias fuerzas armadas.

Mientras el sistema capitalista está en alza, incluso las clases oprimidas perciben como algo natural el monopo­lio estatal de las fuerzas armadas.

Antes de la última guerra mundial, la socialdemocracia internacional no planteó ni siquiera en sus mejores perío­dos la cuestión del armamento de los obreros. Y lo que es peor, rechazaba esa idea como el eco romántico de un pasado remoto.

Fue recién en la Rusia zarista que el joven proletariado de los primeros años de este siglo comenzó a procurar armar sus destacamentos de lucha. Esto reveló vívidamen­te la inestabilidad del antiguo régimen. La monarquía zarista se encontró cada vez menos capaz de regular lar relaciones sociales por medio de sus agencias normales. es decir, la policía y el ejército, y se vio obligada a recurrir cada vez más a la ayuda de las bandas voluntarias (las Centurias Negras con sus pogromos contra los judíos, los armenios, los estudiantes, los obreros y otros).[2] Como respuesta los obreros, igual que varias nacionalidades, co­menzaron a organizar sus propios destacamentos de autodefensa. Estos hechos indicaban ya el comienzo de la re­volución.

En Europa la cuestión de los destacamentos obreros armados se planteó a fines de la guerra; en Estados Unidos todavía más tarde. En todos los casos, sin excep­ción, es la reacción capitalista la que comienza primero a formar organizaciones de lucha especiales, que coexisten paralelamente con la policía y el ejército del estado burgués. Esto se explica por el hecho de que la burguesía es más previsora y despiadada que el proletariado. Bajo la presión de las contradicciones de clase ya no descansa totalmente en su propio estado, puesto que éste tiene todavía las manos atadas, en cierta medida, por normas “democráticas”. La aparición de organizaciones comba­tientes “voluntarias” cuyo objetivo es la supresión física del proletariado constituye un síntoma inequívoco de que comenzó la desintegración de la democracia, debido a que ya no es posible controlar las contradicciones de clase por los viejos métodos.

La esperanza de los partidos reformistas de la Segunda y la Tercera Internacional, y también de los sindicatos, de que los organismos del estado democrático las iban a defender de las bandas fascistas demostró siempre y en todas partes ser una ilusión. Cuando se dan crisis serias, la policía invariablemente adopta respecto a las bandas contrarrevolucionarias una amistosa neutralidad, cuando no colabora con ellas directamente. Sin embargo, la ex­trema vitalidad de las ilusiones democráticas hace que los obreros tarden mucho en encarar la organización de sus propios destacamentos de lucha. El nombre de “autode­fensa” corresponde plenamente a sus intenciones, por lo menos en la primera etapa, porque el ataque invariable­mente proviene de las bandas contrarrevolucionarias. El capital monopolista que las respalda libra una guerra preventiva contra el proletariado para impedirle hacer una revolución socialista.

El proceso del cual surgen los destacamentos obreros de autodefensa está inseparablemente ligado al curso de la lucha de clases en cada país y refleja, por lo tanto, sus inevitables avances y retrocesos, sus flujos y reflujos. La revolución no estalla en una sociedad a través de un tranquilo proceso ininterrumpido sino a través de una serie de convulsiones separadas por intervalos bien definidos, a veces prolongados, durante los cuales se modifican tanto las relaciones políticas que la idea misma de revolución parece perder toda conexión con la realidad.

Por eso la consigna de unidades de autodefensa encon­trará eco una vez, y en otra oportunidad sonará como una voz clamando en el desierto, y luego, después de un tiempo, se popularizará nuevamente.

Este proceso contradictorio se observa con especial claridad en la Francia de los últimos años. Como conse­cuencia de la crisis económica en aumento, en febrero de 1934 la reacción salió abiertamente a la ofensiva. Las organizaciones fascistas crecieron rápidamente. Por otra parte, se hizo popular en las filas de la clase obrera la idea de la autodefensa. Hasta el reformista Partido Socialista se vio obligado a formar en París algo similar a un aparato de autodefensa.

La política del “frente popular”, es decir, la sumisión total de las organizaciones obreras a la burguesía, poster­gó el peligro de la revolución para un futuro incierto y permitió a la burguesía eliminar de su agenda el golpe fascista. Más aun, liberada del peligro interno inmediato y viéndose enfrentada a una amenaza proveniente del exterior que se intensificaba día a día, la burguesía francesa comenzó a explotar inmediatamente, en función de sus objetivos imperialistas, el hecho de que se había “salvado” la democracia.

Nuevamente se proclamó que el fin de la guerra inmi­nente era la salvación de la democracia. La política de las organizaciones obreras oficiales asumió un carácter abiertamente imperialista. La sección de la Cuarta Internacio­nal, que había realizado un serio avance en 1934, se sintió aislada en el período siguiente. El llamado a la autodefensa obrera parecía descolgado. ¿De quién se te­nían que defender en realidad? Después de todo. la “democracia” había triunfado en toda la línea... La burguesía francesa entró en la guerra bajo el estandarte de la “democracia” y con el apoyo de todas las organiza­ciones obreras oficiales, lo que le permitió al “radical-so­cialista” Daladier implantar inmediatamente un símil “de­mocrático” de un régimen totalitario.

La necesidad de las organizaciones de autodefensa resurgirá en el proletariado francés con el crecimiento de la resistencia revolucionaria contra la guerra y el imperialis­mo. El desarrollo político de Francia, y también de otros países, está en la actualidad inseparablemente ligado a la guerra. El incremento del descontento de las masas dará lugar primero a la reacción más salvaje de los de arriba. El fascismo militarizado vendrá en auxilio de la burguesía y de su poder estatal. Para la clase obrera el problema de la organización de la autodefensa será cuestión de vida o muerte. Tengamos en cuenta que entonces el proletariado dispondrá de una buena cantidad de rifles, fusiles y cañones.

En Estados Unidos se dieron fenómenos similares, aun­que se reflejaron de manera menos vívida. Después que los éxitos de la época de Roosevelt, traicionando todas las expectativas, dieron lugar en el otoño de 1937 a una prolongada declinación, la reacción comenzó a avanzar de manera abierta y militante. El provinciano mayor Hague se transformó inmediatamente en una figura “nacio­nal”.[3] Los sermones con mentalidad pogromista del Padre Coughlin tuvieron amplio eco.[4] La administración democrática y su policía se replegaron ante las bandas del capital monopolista. En esta época la idea de los destacamentos militares para la defensa de las organiza­ciones y la prensa obrera comenzó a obtener respuesta favorable entre los obreros más conscientes y los sectores más amenazados de la pequeña burguesía, especialmente los judíos.

El resurgimiento económico que comenzó en julio de 1939, obviamente relacionado con la expansión del arma­mentismo y la guerra imperialista, reavivó la fe de las “Sesenta Familias” en su democracia. A ello se sumó, por otra parte, el peligro de que Estados Unidos fuera arrastrado a la guerra. ¡No era momento para desamarrar el barco! Todos los sectores de la burguesía estrecharon filas tras una política de cautela y preservación de “la democracia”. La posición de Roosevelt en el Congreso se está fortaleciendo. Hague y el Padre Coughlin se retiraron a cuarteles de invierno. Simultáneamente, el Comité Dies,[5] al que ni la derecha ni la izquierda se tomaron en serio en 1937, adquirió estos últimos meses una consi­derable autoridad. La burguesía otra vez está “tanto contra el fascismo como contra el comunismo”; quiere demostrar que puede enfrentar a todos los “extremismos” con medidas parlamentarias.

En estas condiciones la consigna de autodefensa obrera no ayuda; pierde su poder de atracción. Después de un estimulante comienzo es como si esa consigna hubiera llegado a un punto muerto.

En algunos lugares es difícil lograr que los obreros presten atención al problema. En otros, donde gran canti­dad de obreros se unieron a los grupos de autodefensa, los dirigentes no saben cómo utilizar la energía de los trabajadores. El interés se desvanece. No hay nada inespe­rado o sorprendente en esto. Toda la historia de las organizaciones obreras de autodefensa presenta períodos de alza y baja que se alternan constantemente. Reflejan los espasmos de la crisis social.

Las tareas del partido proletario en lo que hace a la autodefensa obrera surgen de las condiciones generales de nuestra época y de sus fluctuaciones particulares. Es muchísimo más fácil que grandes sectores de la clase obrera participen en destacamentos de lucha cuando las bandas reaccionarias atacan directamente sus piquetes, sus sindicatos, su prensa, etcétera. Sin embargo, cuando la burguesía considera más prudente abandonar las bandas irregulares y apelar a métodos de dominación “demo­crática” sobre las masas, el interés de los trabajadores en las organizaciones de autodefensa inevitablemente dismi­nuye. Es lo que esta sucediendo ahora. ¿Significa ello, sin embargo, que en estas condiciones debemos abandonar la tarea de armar a la vanguardia obrera?

En absoluto. Ahora que comenzó la guerra damos más que nunca por sentadas la inevitabilidad e inminencia de la revolución proletaria internacional. Esta idea fundamental, que diferencia a la Cuarta Internacional del resto de las organizaciones obreras, determina toda nuestra actividad, incluso la que se refiere a la organización de los destacamentos de autodefensa. Esto no implica, sin embargo, no tomar en cuenta las fluctuaciones económi­cas y políticas, con sus flujos y reflujos coyunturales. Si nos basamos única y exclusivamente en la caracterización de conjunto de la época, ignorando sus etapas concretas, podemos caer fácilmente en el esquematismo, el sectaris­mo o la fantasía quijotesca. Con cada giro pronunciado de los acontecimientos adecuamos nuestras tareas básicas al cambio de la situación concreta de esa etapa determinada. En esto consiste el arte de la táctica.

Necesitaremos cuadros partidarios especialistas en problemas militares. Ellos tendrán, por lo tanto, que continuar con su trabajo práctico y teórico incluso ahora, en este momento de “marea baja”. Su trabajo teórico con­sistirá en el estudio de la experiencia de las organizacio­nes militares de combate de los bolcheviques, los nacionalistas revolucionarios irlandeses y polacos, los fascistas, las milicias españolas y otras similares. Hay que hacerse de un programa de estudios modelo y de una biblioteca sobre estas cuestiones, organizar conferencias, etcétera.

Al mismo tiempo se debe continuar, sin interrupcio­nes, el trabajo de recolección de datos. Tenemos que juntar y estudiar recortes de diarios y de otros medios informativos referentes a toda clase de organizaciones contrarrevolucionarias y también a los grupos nacionales (judíos, negros y demás), que en un momento crítico pueden jugar un rol revolucionario. De hecho, esto servi­rá para un aspecto importante de nuestra tarea, la defensa contra la GPU.

Precisamente teniendo en cuenta la situación extremadamente difícil en que se encuentra la Comintern (y en considerable medida el servicio secreto de la GPU en el extranjero, al que la Comintern mantiene) podemos supo­ner que la GPU asestará algunos golpes violentos a la Cuarta Internacional. ¡Tenemos que ser capaces de descubrirlos y esquivarlos a tiempo!

Junto con este trabajo extremadamente restringido, en el que deben participar sólo miembros del partido, tene­mos que crear organizaciones más amplias, abiertas, para distintos objetivos particulares ligados de una u otra manera a las futuras tareas militares del proletariado. Los trabajadores pertenecen a diversas clases de organizaciones obreras deportivas (de atletas, boxeadores, de tiro, etcétera) y también a sociedades corales y musicales. Cuando haya un cambio en la situación política, estas organizaciones subsidiarias podrán constituir la base inmediata de destacamentos amplios de autodefensa obrera.

En este proyecto de programa para la acción partimos de la posición de que las condiciones políticas de este momento, sobre todo el debilitamiento de la presión del fascismo interno, limitan estrechamente las posibilidades de trabajo en el plano de la autodefensa. Y el caso es el mismo en lo que hace a la creación de destacamentos militares de base estrictamente clasista.

El vuelco decisivo en favor de la autodefensa obrera se dará solamente con un nuevo colapso de las ilusiones democráticas, el que, bajo las condiciones imperantes en la guerra mundial, sobrevendrá rápidamente asumiendo pro­porciones catastróficas.

Pero, en compensación, la guerra está abriendo ahora, en este mismo momento, posibilidades tales de entrena­miento militar de los obreros que era imposible siquiera concebirlas en época de paz. Y esto se aplica no sólo a la guerra sino al período que la precede inmediatamente.

Es imposible prever todas las posibilidades prácticas que se nos presentarán; pero indudablemente se incre­mentarán con cada día que pasa, a medida que se expan­den las fuerzas armadas del país. Tenemos que dedicar una atención especial a este problema, crear una comi­sión especial (o un cuerpo de autodefensa que se agran­dará a medida que sea necesario).

Principalmente, debemos aprovechar el interés que des­pertó la guerra en los problemas militares y organizar una serie de conferencias sobre los tipos de ejército y las tácticas contemporáneas. Las organizaciones obreras pue­den recurrir a especialistas militares que no tengan abso­lutamente ninguna ligazón con el partido y sus objetivos. Pero éste es sólo el primer paso.

Debemos utilizar los preparativos de guerra del gobier­no para entrenar militarmente al mayor número posible de miembros del partirlo y de los sindicatos sobre los cuales tengamos influencia. Mientras mantenemos plenamente nuestro objetivo fundamental, la creación de destacamentos militares de base clasista, tenemos que ligar firmemente su realización con las condiciones creadas por los preparativos de guerra de los imperialistas.

Sin apartamos en nada de nuestro programa debemos hablar a las masas en un lenguaje que ellas comprendan. “Nosotros los bolcheviques también queremos defender la democracia, pero no esta clase de democracia dominada por sesenta reyes sin corona. Primero barramos de nuestra democracia a los magnates capitalistas, luego la defenderemos hasta la última gota de nuestra sangre. Ustedes, que no son bolcheviques, ¿están realmente dis­puestos a defender esta democracia? Pero entonces, por lo menos, tienen que poder defenderla con toda su capa­cidad, de modo de no ser un instrumento ciego en manos de las Sesenta Familias y los oficiales burgueses que las sirven. La clase obrera tiene que aprender las cuestiones militares para extraer de sus propias filas el mayor núme­ro posible de oficiales.

”Tenemos que exigir que el estado, que mañana utili­zará la sangre obrera, dé hoy a los trabajadores la posibilidad de dominar lo mejor posible la técnica militar para alcanzar los objetivos militares con un mínimo costo de vidas humanas.

”Para lograrlo, no bastan un ejército y cuarteles regulares. Los obreros deben tener la oportunidad de que se les dé entrenamiento militar en sus fábricas, talleres y minas en determinadas horas pagadas por los capitalistas. Si los obreros habrán de dar sus vidas, los patriotas burgueses pueden, por lo menos, hacer un pequeño sacrificio material.

”El estado debe entregar un rifle a cada obrero capaz de llevar armas y establecer barracas de tiro y artillería para el entrenamiento militar en lugares accesibles a los trabajadores.”

Nuestra agitación sobre la guerra y toda nuestra políti­ca ligada a ésta debe ser tan independiente respecto a los pacifistas como a los imperialistas.

“Esta guerra no es nuestra guerra. Los responsables de ella son fundamentalmente los capitalistas. Pero en tanto todavía no somos lo suficientemente fuertes como para derrocarlos y tenemos que luchar en su ejército, tenemos la obligación de utilizar las armas lo mejor posible.”

Las obreras también tienen que gozar del derecho a portar armas. Se debe dar la oportunidad a la mayor cantidad posible de obreras de recibir, a expensas de los capitalistas, entrenamiento como enfermeras.

Así como cualquier obrero explotado por los capitalis­tas trata de aprender lo mejor posible las técnicas de la producción, cualquier soldado proletario del ejército imperialista tiene que aprender lo mejor posible el arte de la guerra para ser capaz, cuando cambien las condicio­nes, de aplicarla en beneficio de su clase.

No somos pacifistas. No. Somos revolucionarios. Y sabemos qué perspectiva se abre ante nosotros.



[1] “Sobre la cuestión de la autodefensa obrera”. Con autorización de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Firmada por “un no pacifista”. Traducida para esta obra por Marilyn Vogt. Durante toda la década del 30 Trotsky buscó cualquier oportunidad para propagandizar en favor de la autodefensa obrera, es decir, el armamento de los trabajadores, de manera de que los mismos estuvieran en condiciones de defender sus organizaciones y sus derechos contra los ataques de los fascistas y otros reaccionarios. Este tema puede encontrarse en sus escritos sobre Alemania y España a partir de 1931, sobre Francia desde 1934, sobre Estados Unidos comenzando en 1938, y en documentos claves tales como “la guerra y la Cuarta Internacional” (en Escritos 1933-1934) y “La agonía mortal del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacio­nal” (en El programa de transición para la revolución socialista). El presente artículo se ocupa del problema unas pocas semanas antes del comienzo de la segunda guerra mundial y explica por qué la respuesta a la idea de la autodefensa obrera es menor en las nuevas condiciones creadas por la época bélica. Trotsky no ve razón para desalentarse porque, de cualquier manera, son inevita­bles las fluctuaciones en dicha respuesta; y no ve razón para abandonar los esfuerzos por promover la autodefensa, que puede continuarse por medio de un enfoque táctico distinto. En realidad, Como observa, la llegada de la guerra abre posibilidades sin precedentes para el adiestramiento de los trabajadores en las artes militares. Entonces Trotsky pasa a exponer las ideas que se difundieron como “política militar proletaria” cuando las presentó a los diri­gentes del Socialist Workers Party siete u ocho meses después. Es difícil precisar por qué el artículo no fue publicado en ninguna forma cuando se lo escribió. Su firma (“Un no pacifista”) puede indicar que Trotsky lo concibió como un artículo de discusión, quizás destinado a un boletín interno, y que pensó que podría provocar mas discusión entre sus camaradas si no tenía la autori­dad que suponía firmar con su propio nombre. También es posible que haya decidido posponer su publicación porque la Cuarta Internacional se encontraba entonces enfrascada en una dura lucha interna por otros temas más urgentes. y no haya querido hacer nada que pudiera distraer la atención sobre la consideración y resolución de esos otros temas.

[2] Las Centurias Negras era el nombre popular de la Asociación del Pueblo Ruso y la Asociación para Combatir la Revolución. Eran bandas de reaccionarios y rufianes “patrióticos” que existie­ron durante la guerra civil rusa. Fueron organizadas con el apoyo clandestino del gobierno zarista y se especializaban en llevar a cabo pogromos antisemitas y aterrorizar a elementos radicalizados.

[3] Frank. P. Hague (1876-1956): fue alcalde demócrata de Jersey City, Nueva Jersey, durante treinta anos, de 1917 a 1947. En la década del 30 su administración notoriamente corrupta usó el poder del gobierno y la violencia policial y asesinos mercenarios para impedirles organizarse a los sindicatos de la CIO. Se prohibie­ron los piqueteos y los que distribuían folletos sindicales eran encarcelados o expulsados de la ciudad.

[4] Padre Charles E. Coughlin: cura católico, comenzó su carrera en un programa de radio local en Detroit en la década del 20. Durante la depresión se convirtió en vocero nacional de un inci­piente movimiento fascista en los Estados Unidos. Líder de la “Unión Nacional para la Justicia Social” y público admirador de la Alemania nazi, sus tendencias antiobreras y antisemitas encontra­ron apoyo entre los grandes capitalistas y los círculos católicos.

[5] El Comité parlamentario para investigar las actividades anti­norteamericanas (HUAC) fue encabezado en 1939 por Martín Dies (1901-1972), un demócrata senador por Texas. El comité concitó el odio de radicales y liberales porque se convirtió en un foro para poner en evidencia “a los grupos liberales y radicalizados y solicitar su proscripción. Después de la segunda guerra mundial, el HUAC comenzó a citar testigos y a violar los derechos establecidos en la primera y quinta enmienda; en la década del 30, sin embargo, basó su actuación, fundamentalmente, sobre testimonios volun­tarios. Su principal investigador, J. B. Matthews, había sido miem­bro del Partido Socialista a principios de la década del 30 y colaborado con los stalinistas en organizaciones frentistas como el Congreso Norteamericano Contra la Guerra.



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