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Luchando contra la corriente[1]

 

 

Abril de 1939

 

 

 

James: 1) Me gustaría mucho escuchar la opinión del camarada Trotsky acerca del tremendo ascenso del temperamento combativo de los obreros franceses y de la real decadencia de nuestro movimiento en ese mismo período. En la conferencia de fundación se dedicaron seis sesiones a la cuestión francesa y en el propio final hubo una disputa acerca de la naturaleza de la resolución a redactarse, lo que da una idea de la dificultad. C y S[2] creían que se trataba solamente de un problema de conducción y organización. Blasco opinaba que los camaradas podían analizar la situación política pero carecían de la capacidad necesaria para intervenir activamente en la lucha de las masas. Mi impresión personal es que se debe a la composición social del grupo, su concentración en París y su interés predominante por la política antes que por la industria, aunque a mediados de 1937 noté un gran cambio en ese sentido. Aun creo, sin embargo, que se trata de una cuestión que requiere un análisis y una evaluación cuidadosa.

2) La cuestión española. Creo que no es demasiado tarde para iniciar, utilizando todas las fuentes posibles, una investigación de la actividad organizativa de nuestros camaradas en España, comenzando a partir de 1936. Por lo que he oído, quinientos camaradas bien organizados dentro del POUM podrían, por lo menos, haber hecho el intento de tomar el poder en mayo de 1937. Creo que tenemos mucho que aprender de los métodos de trabajo que siguieron nuestros camaradas dentro y fuera del POUM. Y también en Francia, y quizás en Holanda y Gran Bretaña, donde hay partidos centristas y está la socialdemocracia, y donde es probable que tengamos que trabajar como lo hicieron nuestros camaradas en el POUM español. Por estas razones creo que es importante hacer algún trabajo sobre las verdaderas experiencias de nuestros camaradas en España.

3) La sección británica. Ustedes conocen la historia de la sección: la escisión en 1936 y la formación de dos grupos, uno consolidado en el Partido Laborista y otro fuera del mismo. Cuando llegó C, en el verano de 1938, ambos grupos constaban de alrededor de setenta compañeros. El grupo del Partido Laborista era más estable. La RSL [Liga Socialista Revolucionaria] era producto de una fusión de la vieja Liga Marxista, que se escindió con Groves, con el Grupo Marxista, y estaba en contacto con alrededor de veinte admirables camaradas de Edimburgo.[3] El pacto de unidad y paz estipulaba que cada grupo continuara su propia acti­vidad y que después de seis meses se extrajese un balance. Las últimas noticias dicen que continúa la fricción y que el grupo del Partido Laborista es actual­mente el que domina.

En el Partido Laborista[4] hay también otro grupo -el de Lee- que se negó a fusionarse, afirmando que esa unión estaba condenada a fracasar. El grupo de Lee es muy activo.

Le dije al camarada C que finalmente he llegado a la conclusión de que: a) no tengo nada que objetar a la mayoría de los camaradas del grupo fusionista que trabaja en el Partido Laborista; b) pero que el grupo independiente, con su periódico, debería conti­nuar. En última instancia, la fracción que está en el Partido Laborista no ganaría muchos más militantes en las actuales circunstancias, y nuestra independencia como grupo con un periódico resultaba absolutamente necesaria. Wicks, Sumner, Sara[5] y otros miembros de la vieja Liga Marxista, que habían trabajado durante cuatro años en el Partido Laborista y se hallaban aún dentro del mismo, estuvieron completamente acuerdo con nosotros en que se necesitaba una voz independiente. Los camaradas del Partido Laborista deseaban un periódico teórico del tipo de New Interna­tional. Dijimos que no; nosotros queríamos un periódico como el viejo Militant,[6] en parte teórico y en parte agitativo. No hay mucho más para discutir acerca de la cuestión inglesa en la medida en que se la ha conside­rado durante bastante tiempo. Está claro que ninguna política ni consejo pueden hacer milagros. No obstante, la posición del ILP es importante para nosotros.[7] Organizativamente es débil, pero su periódico tira entre veinticinco y treinta mil ejemplares por semana, sus reuniones y declaraciones se publican en la prensa burguesa, consigue suficiente apoyo financiero como para presentar quince candidatos en una elección (la mayoría de ellos pierden su depósito de setecientos cincuenta dólares por candidato). En general, dice mucho de lo que nosotros decimos y se lleva todo ese apoyo moral y financiero que, por ejemplo, nos per­tenece en Estados Unidos, donde no hay nada entre nosotros y la socialdemocracia, tal como es. Además, el ILP está siempre abriéndose y cerrándose, pero nosotros somos incapaces de aprovechar las constantes rupturas y la insatisfacción general de su ala izquierda. Si pudiéramos romper el ILP y, como Maxton ha amenazado espontáneamente con hacer,[8] llevar a los militantes escoceses a Escocia y dejar expedito el campo en Inglaterra, no crearíamos un gran partido que condujera inmediatamente a las masas, pero haríamos un extraordinario progreso.

Creo que la resolución de 1936 sobre los partidos centristas,[9] que planteaba que el ILP caería pronto en el stalinismo, fue un error y desorientó a la sección inglesa. En la actualidad, parecería que nuestro futuro progreso en Gran Bretaña en relación con el ILP depende en gran medida de que nuestra sección francesa logre atraerse a los mejores elementos que militan en el PSOP. No obstante, propongo que nuestra sección británica no descuide de ninguna manera al ILP y por medio de folletos y artículos en nuestra prensa se dé una política que señale sus debilidades y divergencias y que se esmere en acentuar las escisio­nes que se están produciendo constantemente en él de manera de facilitar su destrucción.

Por último, está la cuestión de los camaradas que se estructuran en la industria, como se ha hecho en uno o dos distritos de Estados Unidos donde los inte­lectuales, por su decisión de ponerse en contacto con las masas, entraron a la industria de la alimentación y a otras, en algunos lugares con gran éxito. Me parece que en Francia, y mucho más en Gran Bretaña, se podría probar ese método para fortalecer ese con­tacto con las masas que constituye una de las mayores debilidades de nuestro partido en las grandes ciudades como Londres, París y en alguna medida en Nueva York. Tengamos en cuenta que el partido belga, basado en una zona obrera de provincia, está extremadamente bien organizado, y a pesar de ciertas debilidades políticas en el último período, muestra que en cual­quier alza como la que tuvo lugar en Francia es posi­ble jugar un papel mucho más importante o, al menos, progresar mucho más que lo que lo hizo nuestra sección francesa.

Trotsky: Sí, la cuestión es por qué no progresamos de acuerdo a lo que nos permitirían hacerlo nuestras ideas, que no son tan insensatas como creen algunos amigos. No estamos progresando políticamente. Sí, es un hecho, que a su vez expresa el decaimiento general del movimiento obrero en los últimos quince años. Esta es la razón más general. Cuando el movimiento revolucionario en su casi totalidad está declinando, cuando a una derrota le sigue otra, cuando el fascismo se está difundiendo por el mundo, cuando el “mar­xismo” oficial es la más poderosa fuente de decepción de los trabajadores, etcétera, resulta inevitable que los elementos revolucionarios deban trabajar contra la corriente histórica general, incluso si nuestras ideas, nuestras explicaciones, son las más exactas y sabias posibles.

Pero las masas no se educan a través de una concep­ción teórica previsora sino por el conjunto de las experiencias que viven. Esta es la explicación más general: toda la situación está contra nosotros. Debe haber un cambio en la concepción de la clase, en sus sentimientos, en sus simpatías, cambio que nos dará la oportunidad de alcanzar un gran éxito político.

Recuerdo algunas discusiones sostenidas en Moscú en 1927, después que Chiang Kai-shek acalló a los trabajadores chinos. Lo predijimos con diez días de anticipación y Stalin se nos opuso con el argumento de que Borodin estaba en guardia, que Chiang Kai-shek no tendría oportunidad de traicionarnos, etcétera[10] . Creo que la tragedia ocurrió ocho o diez días después[11] y nuestros camaradas expresaban su optimismo porque nuestros análisis eran tan claros que cualquiera podía verlo y podíamos estar seguros de ganar al partido. Contesté que el estrangulamiento de la revolución chi­na era para las masas mil veces más importante que nuestras predicciones. Estas pueden ganar a algunos intelectuales que se interesan por tales cosas, pero no a las masas. La victoria militar de Chiang Kai-shek traería inevitablemente una depresión y ésta nunca provoca el crecimiento de una fracción revolucionaria.

A partir de 1927 hemos tenido una larga serie de derrotas. Somos como un grupo que trata de trepar una montaña y que debe sufrir una y otra vez un desprendimiento de rocas, de nieve, etcétera. En Asia y Europa se crea un nuevo y desesperado estado de ánimo en las masas, que oyen algo similar a lo que decíamos hace diez o quince años desde el Partido Comunista y son pesimistas. Ese es el sentimiento generalizado entre los trabajadores. Esa es la razón fundamental. No podemos sustraernos a la corriente histórica general, a la constelación general de fuerzas. La corriente está contra nosotros, eso está claro. Recuerdo el período entre 1908 y 1913 en Rusia. También había una reacción. En 1905 teníamos a los trabajadores con nosotros; en 1908, e incluso en 1907, comenzó la gran reacción.

Todo el mundo inventó consignas y métodos para ganarse a las masas y nadie las ganó; estaban desespe­radas. En ese momento lo único que podíamos hacer era educar a los cuadros que se estaban dispersando. Hubo una serie de escisiones por la derecha o por la izquierda, desviaciones sindicalistas, etcétera. Lenin se quedó en París con un pequeño grupo, una secta, pero con la seguridad de que habría nuevas posibilidades de alza, la que se produjo en 1913. Hubo una nueva oleada, pero entonces vino la guerra e interrumpió este proceso. Durante la guerra hubo un silencio de muerte entre los trabajadores. A la Conferencia de Zimmerwald concurrió una mayoría de elementos muy confusos.[12] En los profundos recesos de las masas en las trincheras, etcétera, se incubaba un nuevo estado de ánimo, pero tan profundo y aterrorizado que no pudimos darle expresión. Eso explica por qué el movimiento pareció muy pobre e incluso la gran mayoría de los que se reunieron en Zimmerwald se desplazó a la derecha al año siguiente, o al mes siguien­te. No voy a negar su responsabilidad personal, pero la explicación general sigue siendo que el movimiento todavía tenía que nadar contra la corriente.

Nuestra situación actual es incomparablemente más difícil que la de cualquier organización en cual­quier otra época, porque asistirnos a la terrible trai­ción de la Internacional Comunista, que surgió de la traición de la Segunda Internacional. La degeneración de la Tercera Internacional se produjo tan rápida e inesperadamente que la misma generación que asistió a su formación ahora nos escucha y exclama, “¡pero ya escuchamos eso una vez!” Además está la derrota de la Oposición de Izquierda en Rusia. La Cuarta Interna­cional está conectada genéticamente a la Oposición de Izquierda; las masas nos llaman trotskistas. “Trotsky quiere conquistar el poder pero, ¿por qué perdió el poder?” Se trata de una pregunta elemental. Debemos comenzar a explicarlo por la dialéctica de la historia, por el conflicto de clases, por el hecho de que incluso una revolución produce una reacción.

Max Eastman escribió que Trotsky le asigna dema­siado valor a la doctrina y que si hubiera tenido más sentido común no habría perdido el poder.[13] Nada en el mundo convence más a las grandes masas que el éxito y nada las repele más que la derrota.

Tenemos también por un lado la degeneración de la Tercera Internacional y por otro la terrible derrota de la Oposición de Izquierda con el exterminio de todo el grupo. Estos hechos son mil veces más convincentes para la clase obrera que nuestro pobre periódico, aun cuando tiene una tremenda circulación de cinco mil ejemplares, como es el caso del Socialist Appeal.

Estamos en un pequeño bote en medio de una tremenda corriente. Hay cinco o diez botes. Si uno se hunde decimos que se debió a un mal timonel. Pero la razón no fue ésa sino que la corriente era demasiado fuerte. Es la explicación más general; nosotros, la vanguardia de la vanguardia, nunca deberíamos olvidarlo para no caer en el pesimismo. Luego, este clima crea grupos de elementos especiales que se nuclean en torno a nuestras banderas. Hay gente valiente a la que no le gusta nadar contra la corriente; es su carácter. También hay elementos inteligentes pero de mal carácter, que nunca fueron disciplinados, que siempre buscan una tendencia más radical o más independiente y se encuentran con la nuestra, pero todos ellos son más o menos extraños a la corriente general del movimiento obrero. Su valor tiene, inevitablemente, un aspecto negativo. El que nada contra la corriente no está ligado a las masas. Asimismo, en sus comienzos, la composición social de todo movimiento revolucionario no es obrera. Son los intelec­tuales, los semiintelectuales o los trabajadores conec­tados con los intelectuales los que no se conforman con las organizaciones existentes. Encontramos en todos los países una cantidad de extranjeros que difícilmente estén insertos en el movimiento obrero de su propio país. Un checo en Norteamérica o en México se conver­tiría más fácilmente en miembro de la Cuarta Inter­nacional que en la propia Checoslovaquia. Lo mismo ocurre con un francés en Norteamérica. La atmósfera nacional tiene un enorme poder sobre los individuos.

Los judíos representan en muchos países a los semiextranjeros no asimilados totalmente, y adhieren a cualquier nueva tendencia crítica, revolucionaria o semirrevolucionaria en política, arte o literatura. Una nueva tendencia radical dirigida contra la corriente general de la historia cristaliza en este período en torno a los elementos más o menos separados de la vida nacional de un país dado y para ellos es más difícil penetrar en las masas. Todos nosotros tenemos una actitud muy crítica ante la composición social de nuestra organización, que debemos cambiar; pero tenemos que entender que esta composición social no cayó del cielo sino que fue determinada por la situación objetiva y por nuestra misión histórica en este período.

Eso no significa que hemos de estar satisfechos con la situación. En lo que concierne a Francia, hay una larga tradición del movimiento francés que tiene que ver con la composición social del país, especialmente en el pasado: la mentalidad pequeñoburguesa, indi­vidualista por un lado y con una tremenda incapa­cidad para improvisar por el otro.

Si analizamos el período clásico de la Segunda Internacional, nos encontramos con que el Partido Socialista Francés y el Partido Social Demócrata Alemán tenían el mismo numero de representantes en el parlamento. Pero si se comparan ambas organiza­ciones se advertirá que entre las mismas existe una gran diferencia. La francesa sólo podía juntar veinti­cinco mil francos con enorme dificultad, mientras que en Alemania no significaba nada enviar medio millón. Los alemanes tenían varios millones de trabajadores en los sindicatos y lo mismo ocurría con los franceses, pero estos últimos no abonaban sus contribuciones. Engels escribió en una oportunidad una carta en la que caracterizaba a la organización francesa y concluía diciendo que “como siempre, las contribuciones no han llegado”.

Nuestra organización sufre de la misma dolencia, la tradicional enfermedad francesa: incapacidad de organizar y al mismo tiempo falta de condiciones para la improvisación. Por lo que sabemos, cuando en Francia hubo un ascenso, estuvo ligado al Frente Popular. En esta situación, la derrota del Frente Popu­lar fue la prueba de la corrección de nuestras concepciones, igual que cuando se exterminó a los obreros chinos. Sin embargo, fue una derrota, y será utilizada contra las tendencias revolucionarías hasta que apa­rezca una nueva oleada de nivel superior en los próxi­mos tiempos. Debemos esperar y preparar un nuevo elemento, un nuevo factor en esta constelación.

Tenemos camaradas como Naville y otros que se nos han acercado hace quince, dieciséis o más años, cuando eran muchachos jóvenes. Ahora son personas maduras y en toda su vida consciente sólo han sufrido golpes, derrotas terribles a escala internacional y, por lo tanto, están más o menos acostumbrados a esa situación. Ellos aprecian mucho la corrección de sus concepciones y pueden analizar, pero nunca tuvieron capacidad para penetrar, para trabajar con las masas, y no la han adquirido. Es tremendamente necesario mirar qué están haciendo las masas. Tenemos gente así en Francia. Conozco mucho menos sobre la situa­ción británica, pero creo que también contamos allí con ese tipo de gente.

¿Por qué hemos perdido gente? Después de terri­bles derrotas internacionales tuvimos en Francia un movimiento muy primitivo y de un nivel político muy bajo conducido por el Frente Popular. El Frente Popu­lar -creo que todo ese período- es una especie de caricatura de la Revolución de Febrero. Es vergonzoso que en un país como Francia, que hace ciento cincuenta años pasó por la revolución más grande del mundo, que el movimiento obrero pase por una caricatura de la Revolución Rusa.

James: ¿Usted no le atribuiría toda la responsa­bilidad al Partido Comunista?

Trotsky: Es un tremendo factor que influye en la mentalidad de las masas. El factor activo fue la degene­ración del Partido Comunista.

En 1914 los bolcheviques dominaban absolutamente el movimiento obrero. Estábamos en los umbrales de la guerra. Las estadísticas más exactas muestran que los bolcheviques representaban no menos de las tres cuartas partes de la vanguardia proletaria. Pero, a partir de la Revolución de Febrero, los sectores más atrasados - campesinos, soldados, incluso ex obreros bolcheviques - se sintieron atraídos por el frente popular en boga y el Partido Bolchevique se aisló y debilitó. La corriente general se encontraba en un nivel muy bajo, aunque poderoso, y se encaminaba hacia la Revolución de Octubre. Es una cuestión de ritmo. En Francia, después de todas las derrotas, el Frente Popular atrajo a elementos que simpatizaban teóricamente con nosotros, pero que estaban ligados al movimiento de masas y durante algún tiempo nos aislamos más que antes. Todos estos hechos pueden combinarse. Incluso puedo afirmar que muchos de nuestros camaradas importantes (aunque no todos), especialmente en las secciones antiguas, serán recha­zados por el movimiento revolucionario de masas a raíz de un nuevo giro de la situación y que nuevos dirigentes, una conducción fresca, surgirá en la corrien­te revolucionaria.

En Francia la regeneración comenzó con el ingreso al Partido Socialista. La política no era clara, pero ganó a muchos militantes nuevos que estaban acostumbra­dos a un ámbito grande. Después de la escisión se sintieron un poco desilusionados. No estaban tan curtidos. Entonces perdieron su interés, que no era muy grande, y fueron nuevamente ganados por la corriente del frente popular. Aunque lamentable, se explica.

En España las mismas razones jugaron el mismo papel con el factor suplementario de la deplorable conducta del grupo de Nin. Este estaba en España como representante de la Oposición de Izquierda rusa, y durante el primer año no trató de movilizar ni de organizar a nuestros elementos independientes. Esperábamos ganar a Nin para la concepción correcta, etcétera. La Oposición de Izquierda le dio públicamente su apoyo. A través de la correspondencia privada tratamos de ganarlo y empujarlo, pero sin éxito. Perdimos tiempo. ¿Fue correcto? Es difícil afirmarlo.

Si en España hubiéramos tenido un camarada experto nuestra situación habría sido incomparable­mente más favorable, pero no lo teníamos. Pusimos todas nuestras esperanzas en Nin, y su política consis­tía en maniobras personales para evitar responsabili­dades. Jugó con la revolución. Era sincero, pero tenía la mentalidad de un menchevique. Fue un tremendo golpe, y luchar contra el mismo sólo con fórmulas correctas falsificadas por nuestros propios representantes del primer período, los Nin, lo hizo muy difícil.

No olviden que perdimos la primera revolución en 1905. Antes de nuestra primera revolución teníamos una tradición de gran coraje, abnegación, etcétera. Luego fuimos obligados a retroceder hasta conver­tirnos en una miserable minoría de treinta o cuarenta hombres. Entonces vino la guerra.

James: ¿Cuántos había en el Partido Bolchevique?

Trotsky: En 1910 éramos unas pocas docenas de miembros en todo el país. Algunos estaban en Siberia pero no estaban organizados. Lenin podía llegar por correspondencia o a través de algún agente cuanto mucho a treinta o cuarenta personas. Sin embargo, la tradición y las ideas imperantes entre los obreros más avanzados era un capital tremendo que fue utili­zado después, durante la revolución; pero en ese momento prácticamente estábamos totalmente aislados.

Sí, la historia tiene sus propias leyes que son poderosas, más poderosas que nuestras concepciones teóricas sobre ella. Ahora ustedes viven una catástrofe en Europa, la decadencia, el exterminio de países. Influye tremendamente en los trabajadores cuando, por un lado, ellos observan los movimientos de la diploma­cia, de los ejércitos, etcétera, y por el otro, a un pequeño grupo con un pequeño periódico que da expli­caciones. Pero se trata de que pueden ser movilizados mañana y sus niños asesinados. Hay una terrible desproporción entre la tarea y los medios.

Si la guerra comienza ahora, y parece que va a empezar, durante el primer mes perderemos las dos terceras partes de lo que actualmente tenemos en Fran­cia. Se dispersarán. Son jóvenes y serán movilizados. Subjetivamente, muchos permanecerán fieles a nuestro

movimiento. Aquellos que no sean arrestados y que se queden, no sé cuantos, tres o cinco, estarán absolu­tamente aislados.

Sólo después de algunos meses comenzarán a manifestarse a gran escala y en todas partes la crítica y el disgusto -en un hospital, en una trinchera, en una mujer de pueblo- nuestros aislados camaradas encontrarán una atmósfera distinta y dirán una palabra de estímulo. Y el mismo desconocido camarada de alguna sección de París se convertirá en líder de un regimiento, de una división, y se sentirá un poderoso líder revolucionario. Este cambio tiene que ver con las características de nuestra época.

No quiero decir que debamos aceptar la impoten­cia de nuestra organización francesa. Creo que con la ayuda de los camaradas yanquis podemos ganar al PSOP y dar un gran salto adelante. La situación está madurando y nos dice “ustedes deben aprovechar esta oportunidad’ . Y si nuestros camaradas les vuelven las espaldas la situación cambiará. Es absolutamente necesario que vuestros camaradas norteamericanos vayan a Europa de nuevo y que no aconsejen simplemente sino que junto con el Secretariado Internacional decidan que nuestra sección entre en el PSOP, que tiene algunos miles de miembros. Desde el punto de vista de la revolución no hay gran dife­rencia, pero desde el punto de vista del trabajo la diferencia es enorme. Con elementos nuevos podemos dar un gran salto adelante.

Actualmente en Estados Unidos tenemos un nuevo tipo de trabajo y creo que, sin hacernos grandes ilusiones ni exagerar la cosa, podemos ser muy opti­mistas. Allí tenemos mucho tiempo a nuestro favor. La situación no es tan inmediata, tan aguda. Eso es importante.

Entonces estoy de acuerdo con el camarada Stanley, que escribe diciendo que ahora podemos tener éxitos muy importantes en los países coloniales y semi­coloniales. Contamos con un movimiento muy impor­tante en Indochina. Estoy absolutamente de acuerdo con el camarada James en el sentido de que podemos llegar a tener un movimiento negro muy importante, porque esa gente no ha vivido tan directamente la historia de las dos últimas décadas. Como masa no conocían la Revolución Rusa ni la Tercera Interna­cional. Pueden comenzar la historia desde el principio. Es absolutamente necesario disponer de sangre nueva; eso explica que tengamos más éxito entre la juventud. Cuando pudimos acercarnos a los jóvenes, obtuvimos buenos resultados. Son muy accesibles a un claro y honesto programa revolucionario.

¿Gran Bretaña y la ILP? También es una tarea especial. Seguí el problema un poquito más de cerca cuando estuve en Noruega. Me parece que los camara­das que entraron al ILP tuvieron la misma experiencia que la que hicieron nuestros camaradas norteamerica­nos dentro del Partido Socialista. Pero no todos nues­tros camaradas entraron al ILP y, por lo que puedo observar, los que lo hicieron aplicaron una política oportunista; por eso su experiencia en el ILP no fue tan buena. El ILP quedó casi como estaba antes mientras que el Partido Socialista ahora está vacío. No sé cómo acercarnos al mismo ahora. Actualmente se trata de una organización de Glasgow. Es un aparato local con influencia municipal; he oído que es muy corrupta. Es producto de un trabajo divisionista de Maxton.

En el ILP las rebeliones en la base son comunes. Durante los preparativos de una nueva convención, Fenner Brockway se convirtió en patrocinante de un sector rebelde y se aseguró una mayoría. Entonces Maxton dijo que renunciaría. Fenner Brockway dijo, “No, abandonaremos nuestra victoria. Podemos dejar de lado nuestros principios pero no a nuestro Maxton.” Creo que lo más importante es comprometer, embretar a los Maxtons y a los Brockways. Debemos identifi­carlos como enemigos de clase. Debemos comprometer al ILP atacando tremenda y despiadadamente a Maxton. Es el chivo emisario de todos los pecados del movi­miento británico, y especialmente del ILP. A través de esos ataques concentrados contra Maxton, a través de nuestra prensa podemos acelerar la escisión del ILP. Al mismo tiempo, tenemos que señalar que si Maxton es el lacayo de Chamberlain, entonces Fenner Brockway es el lacayo de Maxton.

James: ¿Qué piensa de la posibilidad de un perió­dico independiente para atacar a Maxton, etcétera?

Trotsky: Se trata de una cuestión práctica. Si en Francia nuestra sección ingresara al PSOP creo que el Secretariado Internacional debería publicar quince­nalmente Quatrieme Internationale para todos los países de habla francesa. Se trata simplemente de una posibilidad jurídica. Creo que incluso si trabajamos dentro del Partido Laborista debemos tener un periódico independiente, no como opositor de nuestros camaradas que están dentro, sino más bien para estar fuera del control del ILP.



[1] Luchando contra la corriente. International Bulletin, Socialist Workers Party, Vol. II, Nº 4, donde llevaba el título “La Cuarta Internacional en Europa”. Borrador de la transcripción taquigráfica, sin corregir, de la primera de las dos discusiones sobre la Cuarta Internacional realizadas a principios de abril de 1939. En este borrador Trotsky se identificaba como Cruz. C.L.R. James (n. 1901), que participó en la discusión con el seudónimo de Johnson, es el autor de The Black Jacobins [Los jacobinos negros] y de World Revolution [La revolución mundial]. Posteriormente se alejó de la Cuarta Internacional. cuando se publicaron estas actas en Fourth International de mayo de 1941 se omitieron los tres párrafos finales y la declaración introductoria de James. Por primera vez se publican completas aquí.

[2] C es James P. Cannon. S es Max Shachtman. Blasco es Pietro Tresso, comunista italiano que se unió a la Oposición de Izquierda en 1930, cuando vivía en Francia exiliado de la Italia de Mussolini. con el seudónimo Julián fue electo para el comité Ejecutivo Internacional en la Conferencia de Fundación de la Cuarta Internacional. Encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, lo liberaron los guerrilleros italianos y, aparentemente, fue asesina­do más tarde por los stalinistas.

[3] Red Groves: uno de los fundadores de la Oposición de Izquierda británica a principios de la década del 30 y delegado inglés a la conferencia de la Oposición de Izquierda Internacional que se celebró en París en 1933. Poco después el grupo británico se dividió alrededor de la perspectiva de entrar al Partido Laborista Independiente; el grupo de Groves estaba en contra de hacerlo. Groves entró al Partido Laborista y se transformó en un funcio­nario sindical. El Grupo Marxista se formó a fines de 1934 con al sector que entró al ILP.

[4] El Grupo de Lee surgió en 1938 como consecuencia de problemas puramente personales y no tenía un programa político definido. Milli Lee era sudafricano. ex miembro del PC.

[5]  Harry Wicks: dirigente de la vieja Liga Comunista. Charles Sumner: en 1938 fue la figura más destacada de la Revolutionary Socialist League. También fue secretario de la Conferencia de Fundación de 1938. Henry Sara: oposicionista de izquierda que en un comienzo se fue con la mayoría negán­dose a entrar al ILP y luego se retiró de la política.

[6] The Militant es el nombre del periódico que precedió y del que sucedió a Socialist Appeal.

[7] El Independent Labour Party [Partido Laborista Independiente, ILP] fue fundado en 1893 por Keir Hardie y Ramsay Macdonald. Jugó un rol fundamental en la fundación del Partido Laborista, al que estaba afiliado, y dentro del cual generalmente sostenía posiciones de izquierda. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial el ILP adoptó al principio una posición antibélica, pero luego apoyó a Inglaterra. Rompió con la Segunda Internacio­nal cuando se fundó la Comintern, pero no entró en ésa. Cuando volvió a la Segunda Internacional su ala izquierda rompió para unirse al Par­tido Comunista. Atraído durante un breve lapso por los stalinistas y lue­go por otros centristas, el ILP se fue del Partido Laborista en 1931, pero volvió en 1939. Ya en setiembre de 1933 Trotsky instaba a los trotskistas ingleses a entrar al ILP para ganar a su ala izquierda, cada vez más numerosa. (Ver Escritos 1933-1934.)

[8] James Maxton (1885-1946): el principal dirigente del Independent Labour Party en la década del 30. Su pacifismo lo llevó a apoyar el rol que jugó Chamberlain en Munich.

[9] La Primera Conferencia Internacional de la Cuarta Internacional, reunida en Ginebra en julio de 1936, adoptó esta resolución, titulada “El Buró Inter­nacional por la Unidad Socialista (‘Buró de Londres’) y la Cuarta Internacio­nal”. Su texto completo se publicó en Documents of the Fourth International [Documentos de la Cuarta Internacional].

[10]  Mijail Borodin (1884-1953): consejero militar y diplomático enviado de la Comintern ante el gobierno nacionalista chino a mediados de la década del 20 Su misión fundamental consistía en impedir que los comunistas chinos se apartaran del Kuomintang y se dieran una política independiente contra Chiang Kai-shek Lo sacaron de china en 1927 cuando el Kuomintang de izquierda expulsó de sus filas a los comunistas.

[11] El 12 de abril de 1927, tres semanas después de la insurrección triunfante de los obreros de Shangai, Chiang Kai-shek ordenó una masacre en la que perecieron decenas de miles de comunistas y obreros de Shangai.

[12] La conferencia de Zimmerwald, Suiza, realizada en setiembre de 1915,tenia el objetivo de reunir a las corrientes antibélicas e internacionalistas que sobrevivieron a la debacle de la Segunda Internacional. Aunque la mayor parte de los que participaron en ella eran centristas, fue un paso hacia la fun­dación de una nueva Internacional. El manifiesto de Zimmerwald contra la guerra, escrito por Trotsky, se publicó en Leon Trotsky Speaks (Nueva York, Pathfinder Press, 1972).

[13] Max Eastman (1883-1969): uno de los primeros simpatizantes de la opo­sición de Izquierda y traductor de varios libros de Trotsky. A su rechazo del materialismo dialéctico en la década del 20 siguió su rechazo del socialismo en la del 30. Se volvió anticomunista y director del Reader’s Digest.



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