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La India ante la guerra imperialista[1]

 

 

25 de julio de 1939

 

 

 

Queridos amigos:

 

Se aproximan con fuerza implacable acontecimientos gigantescos y terribles. La humanidad vive la expectativa de la guerra. Esta, por supuesto, arrastrará en su torbellino a los países coloniales y modificará vitalmente sus destinos. Los agentes del gobierno inglés pintan el asunto como si en la guerra se jugaran los principios de la “democracia”, a la que hay que salvar del fascismo. Todas las clases y los pueblos deben nuclearse alrededor de los gobiernos “pacifistas”, “democráticos”, para expulsar a los agresores fascistas. Entonces se salvará la “democracia” y se implantará para siempre la paz.

Esta letanía se apoya en una mentira deliberada. Si al gobierno británico le interesa realmente el florecimiento de la democracia tiene una oportunidad muy sencilla de demostrarlo: liberar totalmente la India. El derecho a la independencia nacional es un derecho elemental. Pero en realidad el gobierno de Londres está dispuesto a entregar todas las democracias del mundo a cambio de un décimo de sus colonias.

Si el pueblo hindú no quiere seguir esclavo por toda la eternidad debe denunciar y rechazar a esos falsos predica­dores que afirman que el único enemigo del pueblo es el fascismo. Hitler y Mussolini son, no cabe duda, los acérrimos enemigos de los trabajadores y todos los oprimidos. Son verdugos sangrientos que merecen el odio de los trabajadores y los oprimidos de todo el mundo. Pero son, antes que nada, los enemigos de los pueblos alemán e italiano, sobre cuyas espaldas se apoyan. Las clases y los pueblos oprimidos, como nos lo enseñaron Marx, Engels. Lenin y Liebknecht,[2] deben buscar siempre a sus ene­migos dentro de sus propias fronteras, en sus opresores v explotadores inmediatos. En la India ese enemigo es, fundamentalmente, la burguesía británica. El derroca­miento del imperialismo inglés asestaría un golpe terrible a todos los opresores, incluso a los dictadores fascistas.

A la larga los imperialistas se diferencian unos de otros por su forma, no por su esencia. El imperialismo alemán, que no tiene colonias, se pone la aterradora máscara del fascismo con sus protuberantes dientes de lobo. El imperialismo británico, satisfecho con sus inmensas colonias, esconde sus dientes de lobo tras la máscara de la democracia. Pero esta democracia existe solamente para la metrópoli, para los cuarenta y cinco millones de habitantes (o, mejor dicho, para la burguesía gobernante) del centro metropolitano. La India está privada no sólo de la democracia sino del derecho, más elemental, a su independencia nacional. La democracia imperialista es así la democracia de los propietarios de esclavos alimentada por la savia vital de las colonias. Pero la India anhela su propia democracia, no servir de fertilizante de los escla­vistas.

Los que desean acabar con el fascismo, la reacción y todas las formas de opresión tienen que derrotar al impe­rialismo. No hay otro camino. Sin embargo, no se puede lograr este objetivo con métodos pacíficos, con negocia­ciones y promesas. Nunca los esclavistas liberaron voluntariamente a sus esclavos. Sólo la lucha valiente, resuelta del pueblo indio por su emancipación económica y nacio­nal puede liberar a la India.

La burguesía india es incapaz de dirigir una lucha revolucionaria. Está estrechamente ligada al imperialismo británico y depende de éste. Tiembla por sus propieda­des. Teme a las masas. Busca compromisos con el impe­rialismo británico, no importa cuál sea el precio, y ador­mece a las masas indias con esperanzas de reformas otor­gadas desde arriba. El líder y profeta de esta burguesía es Gandhi[3] ¡Líder impostor y falso profeta!

Gandhi y sus pares desarrollaron la teoría de que la situación de la India mejorará constantemente, sus liber­tades se verán ampliadas de continuo y se transformará gradualmente en un dominio por la vía de las reformas pacíficas. Más tarde, tal vez hasta logre la independencia total.

Esta perspectiva es falsa hasta la médula. Las clases imperialistas estaban en condiciones de hacer concesiones a los pueblos coloniales y a sus propios obreros cuando el capitalismo seguía una marcha ascendente y los explo­tadores podían apoyarse firmemente en un aumento cada vez mayor de las ganancias. Hoy en día ni hablar cabe de una situación como ésta. El imperialismo mundial está en decadencia. La situación de las naciones imperialistas se hace día a día más difícil, mientras que las contradicciones entre ellas se agravan cada vez más. El armamentismo monstruoso devora una parte siempre creciente de los ingresos nacionales. Los imperialistas ya no pueden otorgar concesiones serias ni a sus propias masas trabajadoras ni a las colonias. Por el contrario, se ven obligados a recurrir a una explotación cada vez más bestial. Precisamente en esto se expresa la agonía del capitalismo. El gobierno de Londres, para mantener sus colonias, merca­dos y concesiones en Alemania, Italia y Japón no vacila en segar millones de vidas humanas. ¿Es posible, sin perder el sentido común, albergar alguna esperanza de que esta oligarquía financiera salvaje y avara liberará voluntariamente a la India?

Puede ser que un gobierno del llamado Partido Labo­rista reemplace al gobierno tory[4] Pero esto no cambia­rá nada. El Partido Laborista, como lo atestiguan todo su pasado y su programa actual, no se diferencia en nada de los tories en lo que hace a la cuestión colonial. El Partido Laborista, en realidad, no expresa los intereses de la clase obrera sino solamente los de la burocracia y la aristocracia laboral británicas. La burguesía está en condi­ciones de tirarle jugosos bocados a este sector social justamente porque explota despiadadamente a las colo­nias, sobre todo a la India. La burocracia laboral británi­ca, tanto la del Partido Laborista como la de los sindica­tos, está directamente interesada en la explotación de las colonias. No tiene el menor deseo de pensar siquiera en la emancipación de la India. Todos estos caballeros, el mayor Attlee, Sir Walter Citrine y Cía.,[5] están dispuestos a tachar de “traidor” al movimiento revolucionario del pueblo indio en cualquier momento, a acusarlo de auxiliar de Hitler y Mussolini y a recurrir a medidas militares para su supresión.

En ningún aspecto es superior la política actual de la Internacional Comunista. Por cierto, hace veinte años, cuando se fundó la Tercera Internacional o Internacional Comunista, ésta era una organización genuinamente revo­lucionaria. Uno de sus objetivos más importantes era la liberación de los pueblos coloniales. Sin embargo, hoy sólo queda el recuerdo de este programa. Los dirigentes de la Internacional Comunista hace mucho tiempo se constituyeron en simples herramientas de la burocracia de Moscú, que aplastó a las masas trabajadoras soviéticas y se transformó en una nueva aristocracia. En las bases de los partidos comunistas de los distintos países, incluso de la India, hay sin duda muchos honestos trabajadores, estudiantes, etcétera, pero no son ellos los que determi­nan la política de la Comintern. La palabra definitiva la tiene el Kremlin, que no se guía por los intereses de los oprimidos sino por los de la nueva aristocracia que go­bierna la URSS.

Stalin y su camarilla, en función de la alianza con los gobiernos imperialistas, renunciaron completamente al programa revolucionario de emancipación de las colonias. Así lo declaró abiertamente Manuilski,[6] uno de los diri­gentes de la Comintern, cuando declaró en el último congreso del partido de Stalin, realizado en Moscú en marzo del corriente año: “Los comunistas ponen en primer plano la lucha por la conquista del derecho de autodeterminación de las nacionalidades esclavizadas por los gobiernos fascistas. Exigen la libre determinación de Austria [...], los Sudetes [...], Corea, Formosa, Abisinia [...]” ¿Y qué sucede con India, Indochina, Argelia v otras colonias de Inglaterra y Francia? El representante de la Comintern responde de la siguiente manera: “Los comunistas [...] exigen de los gobiernos imperialistas de los llamados estados burgueses democráticos el aumento inmediato [sic], drástico [!] del nivel de vida de las masas trabajadoras y la garantía de amplios derechos democráticos y libertades a las colonias” (Pravda, nº 70, 12 de marzo de 1939). En otras palabras, en lo que respecta a las colonias de Inglaterra y Francia la Comin­tern se pasó completamente a la posición de Gandhi y de toda la burguesía colonial conciliadora.

La Comintern renunció totalmente a la lucha revolu­cionaria por la independencia de la India. “Exige” (de rodillas) al imperialismo británico la “garantía” de liber­tades democráticas para la India. Las palabras “aumento inmediato, drástico del nivel de vida de las masas traba­jadoras de las colonias” tienen un tono especialmente cínico y falso. El capitalismo moderno -decadente, des­compuesto, en desintegración- se ve cada vez más impul­sado a empeorar la situación de los obreros de la misma metrópoli. ¿Cómo puede mejorar la situación de los trabajadores de las colonias, a quienes les extrae todo el jugo posible a fin de mantener su propio equilibrio? La situación de las masas trabajadoras de las colonias sólo po­drá mejorar cuando derroquen totalmente al imperialismo.

Pero la internacional Comunista avanzó más todavía por este camino de traición. Los comunistas, según Manuilski, “subordinan la concreción del derecho a la separación [...] a la necesidad de derrotar al fascismo”.

En otras palabras, si Inglaterra y Francia entran en la guerra para preservar su posesión de las colonias, el pueblo indio deberá apoyar a sus actuales amos, los imperialistas británicos. Es decir, no debe derramar su sangre en aras de su emancipación sino para preservar el dominio de “la City” [distrito financiero de Londres] sobre la India. ¡Y estos canallas que se venden tan barato osan citar a Marx y Lenin! Es que, de hecho, su líder y maestro no es otro que Stalin, el jefe de una nueva aristocracia burocrática, el carnicero del Partido Bolchevique, el estrangulador de obreros y campesinos.

En el caso de que la burguesía india se vea obligada a avanzar aunque sea un milímetro en la lucha contra la dominación arbitraria de Gran Bretaña, el proletariado, naturalmente, tendrá que apoyar ese milímetro. Pero lo apoyará con sus propios métodos: actos masivos, consig­nas audaces, huelgas, manifestaciones, actividades decididamente combativas, según la relación de fuerzas y las circunstancias existentes. Precisamente para esto el prole­tariado debe tener las manos libres. Al proletariado le es indispensable la independencia total de la burguesía, so­bre todo para influir sobre el campesinado, el sector más numeroso de la población de la India. Sólo el proletariado es capaz de levantar un programa agrario audaz, revolucionario, de levantar y arrastrar a decenas de millo­nes de campesinos y dirigirlos en la lucha contra los opresores nativos y el imperialismo británico. La alianza de obreros y campesinos pobres es la única honesta, viable, para garantizar la victoria final de la revolución india.

Los stalinistas disimulan su política servil hacia los imperialismos británico, francés y norteamericano con la fórmula del “frente popular”. ¡Qué burla al pueblo! “Frente popular” es sólo un nombre nuevo para esa vieja política cuya esencia reside en la colaboración de clases, en la alianza entre el proletariado y la burguesía. En todas esas alianzas la dirección invariablemente cae en manos del ala derecha, es decir, de las clases propietarias. La burguesía india, como ya lo dijimos, desea el comercio pacífico, no la lucha. La alianza con la burguesía lleva al proletariado a renegar de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. La política de alianza implica quedarse estancado, contemporizar, albergar falsas esperanzas, involucrarse en maniobras e intrigas inútiles. La consecuen­cia de esta política es que las masas obreras invariablemente se desilusionan y los campesinos le vuelven la espalda al proletariado y caen en la apatía. La liqui­dación de la revolución alemana, de la china, de la austríaca y de la española fue el resultado de esta política de alianzas.[7] [8]

El mismo peligro amenaza también a la revolución en la India, donde los stalinistas, con el pretexto del “frente popular”, están aplicando una política de subordinación del proletariado a la burguesía. Esto significa, en la práctica, rechazar el programa agrario revolucionario, el armamento de los obreros, la lucha por el poder, la revolución.

Todos los problemas de la época de paz existirán con la misma fuerza durante la guerra, sólo que se expresarán en forma más aguda. En primer lugar, se intensificará en gran medida la explotación de las colonias. Las metrópo­lis no sólo les sacarán productos alimenticios y materias primas; también movilizarán a gran número de esclavos coloniales que tendrán que morir en los campos de batalla en beneficio de sus amos. Entre tanto, la burgue­sía colonial enterrará bien el hocico en el pantano de las órdenes de guerra y naturalmente renunciará a la oposición en nombre del patriotismo y las ganancias. Gandhi ya está echando los cimientos de esa política. Estos caballeros repetirán incansablemente: “Tenemos que es­perar pacientemente que termine la guerra; luego Londres nos recompensará por la ayuda que le hemos prestado”. De hecho, los imperialistas duplicarán y triplicarán la explotación de los trabajadores de su país y especialmen­te de las colonias para recuperarse de los desastres y la devastación de la guerra. En estas circunstancias ni cabe mencionar nuevas reformas sociales en las metrópolis o garantías de libertad para las colonias. Se duplicarán las cadenas de la esclavitud; ésa será la consecuencia inevita­ble de la guerra si las masas de la India siguen la política de Gandhi, los stalinistas y sus amigos.

Sin embargo, la guerra puede significar, tanto para la India como para las demás colonias, no una esclavitud redoblada sino la libertad total; la premisa para lograrlo es contar con una política revolucionaria correcta. El pue­blo indio debe separar su destino, desde ahora mismo, del imperialismo británico. Los opresores y los oprimidos están en lados opuestos de la trinchera. ¡Ninguna clase de ayuda a los esclavistas! Por el contrario, hay que utilizar las inmensas dificultades que surgirán con el estallido de la guerra para asestar un golpe mortal a las clases dominantes. Así es como deben actuar las clases y los pueblos oprimidos de todos los países, sin importarles si los señores imperialistas se cubren con máscaras demo­cráticas o fascistas.

Para aplicar esa política es necesario un partido revo­lucionario que se apoye en la vanguardia del proletariado. Ese partido no existe todavía en la India. La Cuarta Internacional ofrece para la formación de este partido su programa, su experiencia, su colaboración. Las condicio­nes para que se constituya son: independencia total de la democracia imperialista, independencia total de la Segun­da y la Tercera Internacional, independencia total de la burguesía nacional india.

En varios países coloniales y semicoloniales ya hay secciones de la Cuarta Internacional, y están realizando grandes progresos.[9] Indiscutiblemente, entre ellos ocupa el primer lugar nuestra sección de la Indochina francesa, que libra una lucha irreconciliable contra el imperialismo francés y las mistificaciones del “frente popular”.

En La Lutte, periódico de los obreros de Saigón, del 7 de abril de 1939 leemos: “Los dirigentes stalinistas han avanzado un paso más en el camino de la traición. Se sacaron la careta de revolucionarios y se volvieron los campeones del imperialismo; abiertamente se pronuncian en contra de la emancipación de los pueblos coloniales oprimidos.” Su valiente política revolucionaria permitió a los proleta­rios de Saigón, miembros de la Cuarta Internacional, obtener una brillante victoria sobre el bloque formado por el partido gobernante y los stalinistas en las eleccio­nes realizadas en abril de este año.

Los obreros avanzados de la India británica tendrían que aplicar la misma política. Debemos hacer a un lado las falsas esperanzas y rechazar a los falsos amigos. Debe­mos albergar esperanzas solamente en nosotros mismos, en nuestras fuerzas revolucionarias. La lucha por la inde­pendencia nacional, por una república india independien­te, está indisolublemente ligada con la revolución agraria, con la nacionalización de los bancos y los trusts, con una cantidad de otras medidas económicas que pueden elevar el nivel de vida del país y hacer a las masas trabajadoras dueñas de sus destinos. Sólo el proletariado, aliado con el campesinado, puede llevar a cabo estas tareas.

En su etapa inicial el partido revolucionario, sin duda, nucleará a una pequeñísima minoría. En contraste con otros partidos, sin embargo, tendrá una visión clara de la situación y avanzará sin temor hacia su gran objetivo. Es indispensable formar en todos los centros y ciudades in­dustriales grupos de obreros que adhieran a las posiciones de la Cuarta Internacional. Sólo se permitirá entrar a estos grupos a los intelectuales que se han puesto totalmente del lado del proletariado. Ajenos al sectarismo, los marxistas proletarios revolucionarios no se encerrarán en sí mismos; deben participar en el trabajo de los sindica­tos, las sociedades educativas, el Partido Socialista del Congreso,[10] y en general en todas las organizaciones de masas. En todas partes deben constituir el ala de extrema izquierda, ser un ejemplo de coraje en la acción, explicar su programa de manera paciente y fraternal a los obreros campesinos e intelectuales revolucionarios. Los aconteci­mientos inminentes vendrán en ayuda de los bolcheviques leninistas indios, revelando a las masas la corrección de su línea. El partido crecerá rápidamente y se templará en el fuego de la lucha. Permítanme expresarles mis firmes esperanzas de que la lucha revolucionaria por la emanci­pación de la India se librará bajo las banderas de la Cuarta Internacional.

Con mis saludos más cálidos y fraternales,

 

León Trotsky



[1] “La India ante la guerra imperialista”. New International, donde apareció con el título de “Una carta abierta a los trabaja­dores de la India”. New International fue la revista del Socialist Workers Party, la sección estadounidense de la Cuarta Internacional, hasta abril de 1940, cuando se hicieron cargo de la misma Max Shachtman y sus partidarios, que se habían separado del SWP para formar su propia organización. El SWP comenzó a publicar entonces Fourth International, cuyo nombre luego se convirtió en International Socialist Review.

[2] Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895): los fundadores del socialismo científico y dirigentes de la Primera internacional (International Workingmen’s Association) de 1864 a 1876. En sus últimos años, Engels fue también figura sobresaliente de la joven Segunda internacional. Vladimir Ilich Lenin (1870-1924): restauró el marxismo como teoría y práctica de la revolución en la época del imperialismo, después que el mismo fue envilecido por los oportunistas, revisionistas y fatalistas de la Segunda Internacional. Inició la tendencia bolchevique, que fue la primera en señalar el camino para la construcción del tipo de partido que se necesitaba para conducir una revolución de la clase obrera. Condujo la primera revolución obrera victoriosa en 1917 y sirvió como primer jefe del gobierno soviético. Fundó la Internacional Comunista y ayudó a elaborar sus principios, estrategia y táctica. Preparó una lucha contra la burocratización del Partido Comunista ruso y el estado soviético, pero murió antes de poder llevarla a cabo. Karl Liebnecht (1871-1919): socialdemócrata alemán de izquierda y antimilitarista. Fue el primero en votar contra los créditos de guerra en el Reichstag en 1914. Encarcelado por su actividad antibélica de 1916 a 1918, fue luego líder del levantamiento de Berlín de 1919. Fue asesinado por oficiales del gobierno en enero de 1919.

[3] Mohandas Gandhi (1869-1948): dirigente del Congreso Nacio­nal indio, un movimiento nacionalista que se convirtió en el Partido del Congreso de la India. Organizó la oposición masiva al gobierno británico, pero insistió en los métodos pacíficos, no violentos y en la resistencia pasiva.

[4] Partido Laborista inglés: fundado en 1906; está afiliado a la Segunda Internacional. El Partido Conservador, o Tories, surgió en el siglo XVIII del viejo partido realista de la guerra civil, los Caballeros. Anteriormente era el partido de la aristocracia; existe en la actualidad en Gran Bretaña como el partido de la clase gobernante, la burguesía.

[5] Clement Attlee (1883-1967): líder el partido laborista después de Macdonald y primer ministro de los gobiernos laboris­tas de 1945 a 1950. Sir Walter Citrine (1887- ): fue secretario general del congreso de los sindicatos británicos desde 1926 a 1946. Fue armado caballero por sus servicio al capitalismo británico, en 1935, y se convirtió en barón en 1946.

[6] Dimitri Manuilski (1883-1952): como Trotsky, había sido miembro del grupo marxista independiente que se fusionó con el Partido Bolchevique en 1917. En la década del 20 apoyó a la fracción de Stalin y ocupó el cargo de secretario de la Comintern desde 1931 a 1943. El congreso a que se refiere Trotsky es el decimoctavo del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en marzo de 1939.

[7] La experiencia de la revolución china de 1925 a 1927 es de gran significación directa para la India. Les recomiendo mucho a los revolucionarios indios la lectura del excelente libro de Harold Isaacs La tragedia de la revolución china (L.T.)

[8] Las revoluciones alemana y austríaca a fines de la primera guerra mundial fueron contenidas y derrotadas por las coaliciones de la socialdemocracia con sectores de la clase capitalista que estaban dispuestos a reemplazar a sus monarquías por regímenes democrático-burgueses. La revolución china de 1925-1927 fue ahogada en sangre porque los comunistas chinos, recibiendo órde­nes de Moscú, ingresaron al Kuomintang (Partido del Pueblo) nacionalista burgués, que era conducido por Chiang Kai-shek. Subordinaron la revolución a los intereses de su coalición con el Kuomintang, que no tenía intención de permitir la transformación social de China. (La referencia de Trotsky es a la primera edición del libro de Isaacs; éste luego lo reescribió tras su ruptura con el marxismo.)

[9] Oposición de izquierda (bolcheviques leninistas o “trotskis­tas”): formada en 1923 como fracción del Partido Comunista ruso. La Oposición de Izquierda Internacional se formó en 1930 como fracción de la Comintern con el objetivo de que la misma retornara a los principios revolucionarios. Después de que el Partido Comunista Alemán permitió que Hitler tomara el poder sin mover un dedo y el conjunto de la Comintern fuera incapaz hasta de evaluar la derrota, Trotsky decidió que la Comintern había muer­to como movimiento revolucionario y que había que fundar una nueva internacional revolucionaria. La conferencia de fundación de la Cuarta Internacional se celebró en París en setiembre de 1938. (Ver Documents of the Fourth International, The Formative Years [1933-1940] Pathfinder Press, 1973.)

[10] El Partido Socialista del Congreso fue el ala izquierda del Partido del Congreso, por entonces llamado Congreso Nacional Indio, movimiento nacionalista conducido por Mohandas Gandhi. El PSC estaba dirigido en ese tiempo por Jawaharlal Nehru y Subhas Chandra Bose.



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