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Escritos y fragmentos inconclusos

 

 

La dialéctica y la inmutabilidad del silogismo[1]

 

 

 

En la misma conversación el joven intelectual británico dijo: “Entiendo el peso de la proposición de que todo sufre un cambio y que, dadas estas condiciones, la inmutabilidad del silogismo es incomprensible; pero pienso que el silogismo es simplemente un acuerdo entre la gente para entender conceptos específicos de idéntico sentido, algo así como la regla del juego...”

Le repliqué que él había llegado en la esfera de la lógica al nivel del contrato social de Rousseau en sociología. Tomó en broma mi comentario. En realidad, es una valoración bastante precisa y quizás demasiado indulgente del método lógico de mi oponente. Si la cosa se piensa bien, es difícil creer que en el siglo XX cualquier persona con algún conocimiento de la ciencia, con algún conocimiento sobre la evolución, pueda hablar del silogismo como el producto de un acuerdo entre la gente. Precisamente en esto se revela el total e irremediable atraso del método “científico” de este antidialéctico. Decir que las personas han llegado a un acuerdo sobre el silogismo es casi como decir, o más exactamente es lo mismo, que la gente llegó al acuerdo de tener fosas en las narices. El silogismo es un producto objetivo del desarrollo orgánico, es decir, del desarrollo biológico, antropológico y social de la humanidad, igual que lo que son nuestros diversos órganos, entre ellos nuestro órgano del olfato.

El empirismo norteamericano, o más en general el anglosajón, contiene tanto a la lógica formal como a la dialéctica en sí misma, en forma no desarrollada, y no distingue entre ambas. El pragmatismo, como yo lo entiendo, es precisamente la filosofía de esta combinación no diferenciada de lógica formal y dialéctica. Pero siempre que un representante de esta escuela empírica de pensamiento se ve obligado a salir de su refugio, a extraer una conclusión de sus razonamientos, cae en el más trivial nacionalismo, es decir, se demuestra incapaz de elevarse a la dialéctica. Eso es lo que ocurrió con mi adversario británico en la cuestión de la dialéctica.

 

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En lo que hace al silogismo, permítasenos tomar el argumento de que el silogismo, considerado aparte de todo lo que existe, permanece inmutable porque es simplemente un acuerdo al que se llega entre la gente en el sentido de que los conceptos no deben sufrir cambios durante una discusión, etcétera. Aquí el racionalismo nos muestra su talón de Aquiles. Por ser absolutamente incapaz de penetrar en la naturaleza histórica objetiva de la sociedad, Rousseau concibió la sociedad como el producto de un contrato entre la gente; de la misma forma, los fetichistas de la lógica formal llegan a la teoría de Rousseau (la del contrato social) en la esfera del conocimiento. Sin embargo, los elementos del silogismo se encuentran también entre los animales; el pollo sabe que el grano es en general útil, necesario y sabroso. Reconoce un grano determinado -el de trigo- con el que esta familiarizado, y de allí extrae una conclusión lógica por medio de su pico. El silogismo de Aristóteles es sólo una expresión articulada de estas conclusiones mentales elementales que observamos a cada paso entre los animales. Hablar, por lo tanto, del silogismo como producto de un contrato es absolutamente ridículo. Es doblemente ridículo en relación al pasado, porque racionaliza toda nuestra historia previa y, además, es especialmente ridículo en relación al futuro. Resulta que nuestros antepasados bíblicos y prebíblicos eran capaces de llegar a un acuerdo con respecto a esas formas de pensamiento para preservar su fuerza compulsiva e imperecedera para todo el futuro.

 

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El pensamiento lógico, el pensamiento lógico formal en general, está construido sobre la base de un método deductivo, que procede de un silogismo más general a través de un número de premisas para llegar a la conclusión necesaria. Tal cadena de silogismos se llama sorites. Es conocida la facilidad con que el pensamiento anglosajón rompe la cadena de silogismos y, bajo la influencia de datos y consideraciones puramente empíricas, llega a conclusiones que no tienen conexión alguna con la cadena lógica. Lo vemos especialmente claro en la esfera de la política, así como también en otras esferas. De este modo, el culto del silogismo no es en absoluto característico del pensamiento anglosajón. Por el contrario, es posible decir que este [escuela de] pensamiento se distingue por un desprecio empírico soberano por el silogismo puro, lo que no impidió a los ingleses hacer conquistas colosales en muchas esferas de la investigación científica. Si se lo piensa bien es imposible no llegar a la conclusión de que el desprecio empírico por el silogismo es una forma primitiva de pensamiento dialéctico; con el objetivo de imponer correcciones puramente empíricas, los ingleses se salvan de la vaciedad lógico-formal del silogismo, es decir, en cierta medida llegan a sus conclusiones más cabalmente, mucho mejor, en una escala mucho mayor, más sistemáticamente a través del pensamiento dialéctico.

 

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El pensamiento anglosajón, y en mayor medida el de los franceses, se somete con dificultad a la dialéctica debido a factores históricos. Francia es la patria del silogismo. Toda la batalla contra la dialéctica se lleva adelante en nombre de los derechos soberanos del silogismo. Al silogismo no se lo considera como un instrumento de nuestra conciencia en el proceso de su adaptación a la naturaleza y de creciente conocimiento de la naturaleza; en suma, no se lo ve como una formación sicológica que tiene un valor relativo, lógico, es decir, consciente, sino más bien como un absoluto suprahistórico distinto que determina y controla todos nuestros procesos cognoscitivos y, por lo tanto, nuestra conciencia [también]. Los fetichistas del pensamiento lógico-formal [representan] una forma de idealismo lógico...

 

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El pensamiento humano asimiló la cosmogonía de Kant y Laplace, la geología de Lyell, la biología de Darwin, la sociología de Marx, que analizan todo lo existente en su proceso de cambio, evolución, desarrollo y catástrofes ininterrumpidas, etcétera. Pero para la lógica formal el silogismo permanece inmutable; no parece un instrumento, una palanca histórica de nuestra conciencia en el proceso de su adaptación a la naturaleza externa con el objeto de saber de la naturaleza; en una palabra, no una formación histórica concreta condicionada por circunstancias de tiempo y lugar, incluyendo la estructura de nuestra conciencia, al alcance de su experiencia dada de-una-vez-para-siempre para comprender los hechos externos. El silogismo está por encima de estos hechos, por encima de la propia humanidad y su conciencia, por encima de la materia, y es el eterno comienzo, inmutable y todopoderoso, pues controla toda nuestra actividad; en otras palabras, se le confieren todos los atributos de Dios.

El doctor John Dewey escribe que mi visión del mundo tiene algo de teología. Coloco ante mí ciertas metas sociales (socialismo) y al mismo tiempo deduzco de éstas que el desarrollo objetivo de mi conciencia preparó todas las condiciones necesarias para la realización de estas metas. La dialéctica, en este sentido, le parece a Dewey semejante a la religión, que contempla el proceso histórico como el cumplimiento de las prescripciones divinas.

 

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En ningún caso es admisible acusar a los anglosajones de un culto excesivo por el silogismo. Por el contrario, su pensamiento está penetrado de un espíritu conciliador que se expresa en el empirismo o el pragmatismo, expresión parcial de este mismo empirismo. El británico se toma fácilmente de su democrático silogismo para ponerse unos breves calzones cortesanos e inclinarse ante Su Majestad. El sabio inglés rompe rápidamente el hilo del silogismo para inclinarse ante la religión. Esta tradición ha sido totalmente asimilada por Estados Unidos.

Pero si bien el anglosajón, en contraste con los pueblos latinos, no se considera a sí mismo obligado por la fuerza compulsiva del silogismo, intenta [defenderse] ante la forma más elevada de pensamiento lógico, a saber, la dialéctica. En la lucha contra la dialéctica, o en su autodefensa contra la dialéctica, nuestro empírico o pragmático anglosajón queda cautivo del silogismo, tomado como la forma superior e inmutable de pensamiento humano. En la lucha contra la dialéctica revolucionaria el silogismo aún sigue siendo un arma mejor o menos comprometida que la transigencia empírica de la religión. De la misma manera, para defender los intereses del imperialismo británico un llamado a la democracia aparece más convincente que una apelación a los derechos del monarca británico.

 

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“No sabemos nada del mundo excepto lo que se nos da a través de la experiencia.” Esto es correcto si no se entiende la experiencia en el sentido de testimonio directo de nuestros cinco sentidos individuales. Si reducimos la cuestión a la experiencia en el estrecho sentido empírico, entonces nos es imposible llegar a ningún juicio sobre el origen de las especies o, menos aun, sobre la formación de la corteza terrestre. Decir que la base de todo es la experiencia significa decir mucho o no decir absolutamente nada. La experiencia es la interrelación activa entre el sujeto y el objeto. Analizarla fuera de esta categoría, es decir, fuera del medio material objetivo del investigador, que se le contrapone y que desde otro punto de vista es parte de este medio, significa disolver la experiencia en una unidad informe donde no hay ni objeto ni sujeto sino sólo la mística fórmula de la experiencia. Un “experimento” o “experiencia” de este tipo es propio sólo de un bebé en el útero de su madre, pero desgraciadamente ese bebé no tiene la oportunidad de compartir las conclusiones científicas de su experimento.

 

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Con el fin de asestarme un golpe en el lugar más vital, Burnham me informa que en los textos universitarios de lógica con los que se maneja no se menciona en absoluto la dialéctica. Debería haber agregado que en los cursos universitarios sobre economía política tampoco se menciona la teoría marxista del valor-trabajo o si se lo hace es sólo para condenarla. Y lo principal que tendría que haberse tenido en cuenta es que en los textos universitarios no se hace referencia, ni siquiera para condenarla, a la posición socialista sobre las formas de propiedad, etcétera. . . Del hecho de que la dialéctica no aparece en los textos universitarios se extraen algunas conclusiones acerca de la naturaleza de clase de la sabiduría oficial, su temor por la revolución, la incapacidad del pensamiento burgués de ir más allá de los límites de las tareas empíricas, etcétera. Para Burnham y su especie la prohibición del marxismo en la enseñanza oficial basta para refutar la naturaleza científica del mismo.

 

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El sentido común que se opone a la religión es progresivo. Pero el sentido común que se opone a la ciencia es reaccionario y estúpido.

 

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El aforismo de la Oposición a Su Majestad, “el estado es creado por el hombre y no el hombre por el estado” constituye un modelo circular de pensamiento racionalista nacionalista. En realidad, este aforismo expresa meramente las demandas del burgués de que el estado lo moleste lo menos posible. Desde el punto de vista científico este aforismo no expresa en lo más mínimo una relación correcta entre el individuo y el estado. El individuo del mundo moderno es creado por el estado en mucho mayor medida que el estado por el individuo. Esa es la razón de por qué es un racionalismo total asignar a la creación del estado una meta definida dictada por intereses personales individuales.

 

 

 

Sobre el utilitarismo[2]

 

 

 

Toda la filosofía del utilitarismo británico se deriva, en último análisis, de un libro de cocina. Con el fin de hacer feliz a la gente es necesario introducir tal y tal reforma, tal y tal mejora. Para preparar un budín para doce personas es necesario tomar dos libras de harina, tantos huevos, tanto azúcar, ciruelas, etcétera. En sus especificaciones, el libro de cocina presupone que la harina, las ciruelas, etcétera, están siempre disponibles en cantidades necesarias y al alcance de la mano. Igualmente, los utilitarios-empiristas, desde Jeremy Bentham para abajo hasta los pragmáticos de nuestros días, consideran suficiente emitir recetas “prácticas” para asegurar la salvación de la sociedad.[3] En la medida en que las leyes orgánicas de la propia sociedad estén comprometidas, prefieren no molestarse por ellas. Estos caballeros no se acostumbraron a pensar sobre las leyes orgánicas que gobiernan el desarrollo de la sociedad, por la simple razón de que sus antepasados habían realizado un progreso ininterrumpido sin entender tampoco sus fuentes o leyes.

Es llamativo que los métodos británicos hayan florecido principalmente en suelo norteamericano.

 

 

 

Sobre el futuro de los ejércitos de Hitler[4]

 

 

 

Los soldados de Hitler son los obreros y campesinos alemanes. Tras la traición de la socialdemocracia y la Comintern, numerosos trabajadores y campesinos sucumbieron al tóxico del chovinismo debido a las victorias militares sin precedentes. Pero la realidad de las relaciones de clase es más fuerte que la intoxicación chovinista.

Los ejércitos de ocupación deberán vivir codo a codo con los puestos conquistados; deberán observar el empobrecimiento y desesperación de las masas trabajadoras, sus intentos de resistencia y protesta, al principio sordas y luego cada vez más francas y arriesgadas.

Por otra parte, la casta burocrática y militar alemana, después de una serie de victorias y pillajes por Europa, se elevará aun más por sobre el pueblo, hará cada vez mayor ostentación de su poderío y privilegios y se corromperá como toda casta de advenedizos.

Los soldados alemanes, es decir, los obreros y campesinos, en la mayoría de los casos sentirán mucho más simpatía por los pueblos conquistados que por su propia casta gobernante. La necesidad de actuar como “pacificadores” y opresores desintegrará rápidamente a los ejércitos de ocupación, contagiándoles el espíritu revolucionario.

 

 

 

China y la revolución rusa[5]

 

 

 

El día que me enteré de que mi Historia de la Revolución Rusa iba a ser publicada en idioma chino fue para mí un día feliz. Se me acaba de informar que se aceleró el trabajo de traducción y que el primer volumen se lanzará el próximo año.

Permítanme expresar la firme esperanza de que el libro les resulte útil a los lectores chinos. Cualesquiera que sean los defectos de mi obra, puedo afirmar con seguridad una cosa: los hechos se presentan con completa conciencia, verificándolos continuamente con las fuentes originales; y en ningún caso se altera o distorsiona un solo acontecimiento en interés de esta o aquella teoría predeterminada o, lo que es peor aun, en interés de esta o aquella reputación personal.

La desgracia de la actual generación joven de todos los países, entre ellos China, consiste en que, con el rótulo del marxismo, se creó una gigantesca fábrica de falsificaciones históricas, teóricas y de todo tipo. Esta fábrica se denomina “Internacional Comunista”. El régimen totalitario, es decir el régimen de mando burocrático en todas las esferas de la vida, busca ineludiblemente extender su dominio también sobre el pasado. La historia se convierte en materia prima para construcciones de cualquier tipo, útiles a la camarilla totalitaria. Este es el destino que sufrieron la Revolución de Octubre y la historia del Partido Bolchevique. El último documento falsificado y falso, y hasta ahora el más completo, es la Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética, publicado hace algún tiempo bajo la dirección personal de Stalin. En toda la bibliografía de la humanidad no conozco, y creo que nadie conoce, un libro en el que los hechos y documentos (y además hechos por todos conocidos) sean alterados tan deshonestamente, mutilados o simplemente suprimidos del curso de los acontecimientos con el fin de glorificar a un solo ser humano, es decir a Stalin.

Gracias a los ilimitados recursos materiales a disposición de los falsificadores, la tosca y chata falsificación fue traducida a todos los idiomas del mundo civilizado y puesta a circular compulsivamente en millones y decenas de millones de ejemplares.

No disponemos de tales recursos financieros ni de tan colosal aparato. Pero sí contamos con algo más grande: preocupación por la verdad histórica y un correcto método científico. Una falsificación, aunque esté armada por un poderoso aparato estatal, no puede resistir la prueba del tiempo y a la larga sus contradicciones internas la hacen estallar. Por el contrario, la verdad histórica, establecida a través de un método científico, cuenta con su propia persuasión interna y a la larga se impone. La propia necesidad de revisar, es decir, volver a escribir y alterar, más precisamente falsificar, la historia de la revolución, surge de esto: la burocracia se vio obligada a cortar el cordón umbilical que la ataba al Partido Bolchevique. Revisar, es decir falsificar, la historia de la revolución se convirtió en una urgente necesidad para la burocracia que usurpa la revolución, que se vio obligada a cortar con la tradición del bolchevismo.

La esencia del bolchevismo era la política clasista del proletariado que en octubre conquistó el poder. En el curso de toda su historia, el bolchevismo se enfrentó irreconciliablemente con la política de colaboración con la burguesía. Precisamente en esto consistía la contradicción fundamental entre bolchevismo y menchevismo. Aun más, la lucha dentro del movimiento obrero que precedió al surgimiento del bolchevismo y el menchevismo siempre, en última instancia, gira en torno a la cuestión central, la alternativa central: colaboración con la burguesía o irreconciliable lucha de clases. La política de “frente popular” no tiene ni una pizca de nuevo salvo su nombre solemne y esencialmente ostentoso. Lo que se discute en todos los casos tiene que ver con la subordinación política del proletariado al ala izquierda de los explotadores, al margen de si esta práctica lleva el nombre de coalición, o bloque de izquierdas (como en Francia), o “frente popular” en el lenguaje de la Comintern.

La política del “frente popular” dio frutos especialmente malignos porque se aplicó en la época de la decadencia imperialista de la burguesía. Stalin logró llevar hasta el fin en la revolución china la política que los mencheviques trataron de llevar a cabo en la revolución de 1917. Lo mismo se repitió en España. Dos grandiosas revoluciones sufrieron catástrofes debido a que los métodos de la dirección fueron los del stalinismo, es decir, la forma más maligna del menchevismo.

En el transcurso de cinco años la política del “frente popular”, que somete el proletariado a la burguesía, hizo imposible la lucha de clases contra la guerra. Si la derrota de la revolución china, condicionada por la dirección de la Comintern, preparó las condiciones para la ocupación japonesa, la derrota de la revolución española, y la ignominiosa capitulación del “frente popular” en Francia preparó las condiciones para la agresión y los éxitos militares sin precedentes de Hitler.

Las victorias de Japón, como los triunfos de Hitler, no son la última palabra de la historia. La guerra esta vez también será la madre de la revolución. La revolución planteará y revisará una vez más todas las cuestiones de la historia de la humanidad en los países avanzados y también en los atrasados, y será el comienzo de solución para superar la propia diferencia entre países avanzados y atrasados.

Los reformistas, oportunistas y rutinarios serán arrojados a un lado por el curso de los acontecimientos. Sólo los revolucionarios templados, enriquecidos por la experiencia del pasado, estarán en condiciones de elevarse a los niveles de los grandes hechos. El pueblo chino está destinado a ocupar el primer lugar en los futuros destinos de la humanidad. Me sentiré feliz si los revolucionarios avanzados chinos asimilan de la historia determinadas reglas fundamentales de la política de clase que los ayudarán a evitar errores fatales en el futuro, errores que condujeron al naufragio de la revolución de 1925-1927.

 

 

 

Bonapartismo, fascismo, y guerra[6]

 

 

 

En su muy pretencioso, confuso y estúpido artículo [“Defensa Nacional: el caso del socialismo”, Partisan Review, julio-agosto de 1940], Dwight Macdonald trata de atribuirnos la opinión de que el fascismo es, simplemente, una repetición del bonapartismo. Hubiera resultado difícil inventar mayor disparate. Hemos analizado al fascismo en su desarrollo, a través de sus distintas etapas, y pusimos en primer plano uno u otro de sus aspectos. Hay un elemento de bonapartismo en el fascismo. Sin este elemento, a saber, sin la elevación del poder estatal por encima de la sociedad debido a una extrema agudización de la lucha de clases, el fascismo habría sido imposible. Pero señalamos desde el comienzo mismo que se trataba fundamentalmente del bonapartismo de la época de la declinación imperialista, que es cualitativamente diferente del de la época de auge de la burguesía. Luego diferenciamos al bonapartismo puro como prólogo de un régimen fascista. Porque en el caso del bonapartismo puro el gobierno del monarca se aproxima [...]

Los ministros de Brüening, Schleicher, la presidencia de Hindenburg en Alemania,[7] el gobierno de Petain en Francia, resultaron, o deben resultar, inestables. En la época de la declinación del imperialismo un bonapartismo puramente bonapartista es completamente inadecuado; al imperialismo se le hace indispensable movilizar a la pequeña burguesía y aplastar al proletariado con su peso. El imperialismo es capaz de cumplir esta tarea sólo en caso de que el propio proletariado revele su incapacidad para conquistar el poder, mientras que la crisis social llevó al paroxismo a la pequeña burguesía.

La agudeza de la crisis social surge del hecho de que con la concentración de los medios de producción, es decir, el monopolio de los trusts, la ley del valor, el mercado ya no es capaz de regular las relaciones económicas. La intervención estatal se convierte en una necesidad absoluta [...]

La guerra actual, como lo manifestamos en más de una ocasión, es una continuación de la última guerra. Pero una continuación no significa una repetición. Como regla general, una continuación significa un desarrollo, una profundización, una agudización. Nuestra política, la política del proletariado revolucionario, hacia la segunda guerra imperialista es una continuación de la política elaborada durante la guerra imperialista anterior, fundamentalmente bajo la conducción de Lenin. Pero una continuación no significa una repetición. También en este caso, una continuación significa un desarrollo, una profundización y una agudización.

Durante la guerra pasada no sólo el proletariado en su conjunto sino también su vanguardia y, en cierto sentido, la vanguardia de la vanguardia, fueron tomados desprevenidos. La elaboración de los principios de la política revolucionaria hacia la guerra comenzó cuando ya ésta había estallado plenamente y la maquinaria militar ejercía un dominio ilimitado. Un año después del estallido de la guerra, la pequeña minoría revolucionaria estuvo todavía obligada a acomodarse a una mayoría centrista en la conferencia de Zimmerwald.[8] Antes de la Revolución de Febrero, e incluso después, los elementos revolucionarios no se sintieron competentes para aspirar al poder, salvo la oposición de extrema izquierda. Hasta Lenin relegó la revolución socialista para un futuro más o menos distante...[9] Si así veía Lenin la situación no creemos entonces que haya necesidad de hablar de los otros.

Esta posición política del ala de extrema izquierda se expresaba gráficamente en la cuestión de la defensa de la patria.

En 1915 Lenin se refirió en sus escritos a las guerras revolucionarias que tendría que emprender el proletariado victorioso. Pero se trataba de una perspectiva histórica indefinida y no de una tarea para mañana. La atención del ala revolucionaria estaba centrada en la cuestión de la defensa de la patria capitalista. Los revolucionarios replicaban naturalmente en forma negativa a esta pregunta. Era completamente correcto. Pero mientras esta respuesta puramente negativa servía de base para la propaganda y el adiestramiento de los cuadros, no podía ganar a las masas, que no deseaban un conquistador extranjero.

En Rusia, antes de la guerra, los bolcheviques constituían las cuatro quintas partes de la vanguardia proletaria, esto es, de los obreros que participaban en la vida política (periódicos, elecciones, etcétera). Luego de la Revolución de Febrero el control ilimitado pasó a manos de los defensistas, los mencheviques y los eseristas.[10] Cierto es que los bolcheviques, en el lapso de ocho meses, conquistaron a la abrumadora mayoría de los obreros. Pero el papel decisivo en esta conquista no lo jugó la negativa a defender la patria burguesa sino la consigna “¡Todo el poder a los soviets!” ¡Y sólo esta consigna revolucionaria! La crítica al imperialismo, a su militarismo, el repudio a la defensa de la democracia burguesa, etcétera, pudo no haber llevado jamás a la mayoría abrumadora del pueblo al lado de los bolcheviques...

En la medida en que el proletariado se muestre incapaz, en un momento determinado, de conquistar el poder, el imperialismo comienza a regular la vida económica con sus propios métodos; es el mecanismo político, el partido fascista que se convierte en el poder estatal. Las fuerzas productivas se hallan en irreconciliable contradicción no sólo con la propiedad privada sino también con los límites estatales nacionales. El imperialismo es la expresión de esta contradicción. El capitalismo imperialista busca solucionar esta contradicción a través de la extensión de las fronteras, la conquista de nuevos territorios, etcétera. El estado totalitario, subordinando todos los aspectos de la vida económica, política y cultural al capital financiero, es el instrumento para crear un estado supranacionalista, un imperio imperialista, el dominio de los continentes, el dominio del mundo entero.

Hemos analizado todos estos rasgos del fascismo, cada uno por sí mismo y todos ellos en su totalidad, en la medida en que se manifestaron o aparecieron en primer plano.

Tanto el análisis teórico como la rica experiencia histórica del último cuarto de siglo demostraron con igual fuerza que el fascismo es en cada oportunidad el eslabón final de un ciclo político específico que se compone de lo siguiente: la crisis más grave de la sociedad capitalista; el aumento de la radicalización de la clase obrera; el aumento de la simpatía hacia la clase trabajadora y un anhelo de cambio de parte de la pequeña burguesía urbana y rural; la extrema confusión de la gran burguesía; sus cobardes y traicioneras maniobras tendientes a evitar el clímax revolucionario; el agotamiento del proletariado; confusión e indiferencia crecientes; el agravamiento de la crisis social; la desesperación de la pequeña burguesía, su anhelo de cambio; la neurosis colectiva de la pequeña burguesía, su rapidez para creer en milagros; su disposición para las medidas violentas; el aumento de la hostilidad hacia el proletariado que ha defraudado sus expectativas. Estas son las premisas para la formación de un partido fascista y su victoria.

Es evidente que la radicalización de la clase obrera en Estados Unidos pasó sólo por sus fases iniciales, casi exclusivamente en la esfera del movimiento sindical (la CIO) El período de preguerra, y luego la propia guerra, puede interrumpir temporariamente este proceso de radicalización, especialmente si un número considerable de trabajadores es absorbido por la industria bélica. Pero esta interrupción del proceso de radicalización no puede ser de larga duración. La segunda etapa de la radicalización asumirá un carácter expresivo mucho más marcado. El problema de formar un partido obrero independiente pasará a la orden del día. Nuestras demandas transicionales ganarán gran popularidad. Por otra parte, las tendencias fascistas, reaccionarias, se replegarán, quedarán a la defensiva, aguardando un momento más favorable. Esta es la perspectiva más cercana. Nada es más indigno que especular en si tendremos éxito o no en crear un poderoso partido revolucionario líder. Hay una perspectiva favorable a la vista, que justifica al activismo revolucionario. Es necesario utilizar las oportunidades que se ofrecen y construir el partido revolucionario.

La Segunda Guerra Mundial plantea el problema del cambio de régimen más imperiosamente, más urgentemente que en la primera guerra. Se trata ante todo del régimen político. Los trabajadores están enterados de que la democracia naufraga en todas partes y de que el fascismo los amenaza incluso en aquellos países donde todavía no existe. La burguesía de los países democráticos utilizará naturalmente este temor por el fascismo que sienten los obreros, pero, por otra parte, la bancarrota de las democracias, su colapso, su indolora transformación en dictaduras reaccionarias, obliga a los trabajadores a plantearse el problema del poder y a hacerse sensibles al planteo de la cuestión.

La reacción maneja hoy en día un poder tal como quizás jamás lo tuvo antes en la historia moderna de la humanidad. Pero sería un desatino inexcusable ver sólo a la reacción. El proceso histórico es contradictorio. Bajo la envoltura de la reacción oficial están ocurriendo profundos procesos entre las mazas, que acumulan experiencia y se hacen receptivas a nuevas perspectivas políticas. La vieja tradición conservadora del estado democrático, que fue tan poderosa incluso durante la era de la última guerra imperialista, existe en la actualidad sólo como una supervivencia extremadamente inestable. En la víspera de la última guerra los trabajadores europeos tenían partidos numéricamente poderosos. Pero lo que estaba a la orden del día eran reformas y conquistas parciales, no la conquista del poder.

La clase obrera norteamericana aun hoy en día no cuenta con un partido obrero de masas. Pero la situación objetiva y la experiencia acumulada por los obreros norteamericanos puede plantear en muy breve plazo la cuestión de la conquista del poder. Esta perspectiva debe ser la base de nuestra agitación. No se trata sólo de una posición sobre el militarismo capitalista y de renunciar a la defensa del estado burgués sino de prepararse directamente para la conquista del poder y la defensa de la patria proletaria.

¿No pueden aparecer los stalinistas a la cabeza de un nuevo ascenso revolucionario y arruinar la revolución como hicieron en España y previamente en China? No corresponde, por supuesto, descartar tal posibilidad, por ejemplo en Francia. La primera ola de la revolución, a menudo, o más correctamente siempre, llevó a la cima a los partidos de “izquierda” que se las ingeniaron para no desacreditarse completamente en el período precedente y que tienen una tremenda tradición política detrás de ellos. Así, la Revolución de Febrero elevó al poder a los mencheviques y a los eseristas, que hasta la víspera eran adversarios de la revolución. Así, la revolución alemana de noviembre de 1918 llevó al poder a los socialdemócratas, que eran los adversarios irreconciliables de los alzamientos revolucionarios.

Doce años atrás Trotsky escribió en un artículo publicado por New Republic:

“Ninguna otra época de la historia del hombre estuvo tan llena de antagonismos como la nuestra. Por la tensión de clase demasiado alta y los antagonismos internacionales, las llaves de seguridad de la democracia se funden o se rompen. Esta es la esencia del cortocircuito de la dictadura. Los primeros en ceder son, por supuesto, los interruptores más débiles. Los antagonismos internos y mundiales, sin embargo, no disminuyen sino que aumentan. Es dudoso que se vayan a apaciguar, dado que hasta ahora el proceso sólo se ha apoderado de la periferia del mundo capitalista. La gota comienza en el dedo gordo, pero una vez que ha comenzado llega al corazón.” [“¿Por dónde Rusia?”, New Republic, 22 de mayo de 1929.]

Esto se escribió en el momento en que la democracia burguesa de cada país creía que el fascismo sólo era posible en los países atrasados que aún no se habían graduado en la escuela de la democracia. El consejo de redacción de New Republic, que por entonces no había sido favorecido con las bendiciones de la GPU, acompañó el artículo de Trotsky con uno propio, tan característico del filisteo norteamericano promedio que citaremos sus pasajes más interesantes.

“En vista de sus desventuras personales, el exiliado dirigente ruso muestra un notable poder de análisis detallista; pero este detallismo es propio del marxista rígido, y nos parece que carece de una visión realista de la historia, precisamente aquello de lo que él mas se enorgullece. Su concepto de que la democracia es una forma de gobierno para los buenos tiempos, incapaz de resistir las tormentas de la controversia doméstica o internacional, puede apoyarse (como él mismo lo admite en parte) sólo tomando como ejemplos países en donde la democracia no está más que en sus débiles comienzos, y países, además, en los que apenas comenzó la revolución industrial."

Además, el consejo de redacción del New Republic descarta el ejemplo de la democracia de Kerenski en la Rusia soviética y por qué no pudo resistir la prueba de las contradicciones de clase cediendo el paso a una perspectiva revolucionaria. El periódico escribe sabiamente:

“La debilidad de Kerenski fue un accidente histórico, que Trotsky no puede admitir porque no hay lugar en su esquema mecanicista para tal cosa.”

Lo mismo que Dwight Macdonald, New Republic acusa a los marxistas de ser incapaces de entender la historia en forma realista debido a su enfoque mecanicista y ortodoxo de los hechos políticos. New Republic era de la opinión de que el fascismo es el producto del atraso del capitalismo y no de su excesiva madurez. En opinión de ese periódico (opinión que, repito, fue la de la abrumadora mayoría de los filisteos democráticos), el fascismo es el destino que espera a países burgueses atrasados.

El sabio consejo de redacción no se tomó siquiera la molestia de pensar por qué era convicción universal en el siglo XIX que las democracias atrasadas deben desarrollarse por el camino de la democracia. En todo caso, en los viejos países capitalistas la democracia sentó sus reales en un momento en que el nivel de su desarrollo económico no estaba por encima sino por debajo del de la Italia moderna. Y lo que es más, en ese entonces la democracia representaba el principal camino de desarrollo histórico que habían tomado todos los países, uno tras otro, los atrasados siguiendo a los más avanzados y a veces precediéndolos. Nuestra era, por el contrario, es la era del colapso de la democracia. Además, el colapso comienza con los eslabones más débiles pero gradualmente se extiende a aquellos que parecían fuertes e inexpugnables. De este modo la ortodoxia o el mecanicismo, es decir, el enfoque marxista de los hechos, nos posibilitaba pronosticar el curso de los procesos con muchos años de anticipación. Por el contrario, el enfoque realista del New Republic era el de un gatito ciego. New Republic continuó con su actitud crítica hacia el marxismo cayendo bajo la influencia de la más repugnante caricatura del marxismo, es decir, el stalinismo

Muchos de los filisteos de la nueva cosecha basan sus ataques al marxismo en el hecho de que, contra el pronóstico de Marx, vino el fascismo en vez del socialismo. Nada es más vulgar y estúpido que esta crítica. Marx demostró y probó que cuando el capitalismo llega a un cierto nivel la única salida para la sociedad reside en la socialización de los medios de producción, es decir, el socialismo. También demostró que en vista de la estructura de clase de la sociedad sólo el proletariado es capaz de solucionar esta tarea en una irreconciliable lucha revolucionaria contra la burguesía. También demostró que para el cumplimiento de esta tarea el proletariado necesita un partido revolucionario.

Marx durante toda su vida y Engels y junto con él y después de él y luego Lenin, emprendieron una batalla irreconciliable contra esos rasgos de los partidos proletarios que obstruían la solución de la tarea revolucionaria histórica. La lucha sin cuartel llevada a cabo por Marx, Engels y Lenin contra el oportunismo por un lado, y el anarquismo por el otro, demuestra que ellos no subestimaban en absoluto este peligro. ¿En qué consistía el mismo? En que el oportunismo de las cúpulas de la clase obrera, sujetas a la influencia burguesa, pudiera obstruir, frenar, hacer más difícil, posponer el cumplimiento de la tarea revolucionaria del proletariado.

Es precisamente esta condición de la sociedad la que estamos observando ahora. El fascismo no vino en absoluto “en vez” del socialismo. El fascismo es la continuación del capitalismo, un intento de perpetuar su existencia utilizando las medidas más bestiales y monstruosas. El capitalismo tuvo la oportunidad de recurrir al fascismo sólo porque el proletariado no llevó a cabo en su momento la revolución socialista. El proletariado se paralizó en el cumplimiento de esta tarea por la actitud de los partidos oportunistas. Lo único que se puede decir es que resultó que había más obstáculos, más dificultades, más etapas en el camino del proceso revolucionario del proletariado que lo que preveían los fundadores del socialismo científico. El fascismo y la serie de guerras imperialistas constituyen la terrible escuela en la que el proletariado tiene que liberarse de las tradiciones y supersticiones pequeñoburguesas, de los partidos oportunistas, democráticos y aventureros, tiene que trabajar con ahínco y adiestrar a la vanguardia revolucionaria y de esta manera prepararse para cumplir la tarea sin la cual no hay ni puede haber salvación para la humanidad.

Eastman llegó a la conclusión de que la concentración de los medios de producción en manos del estado pone en peligro su “libertad”, y decidió, por eso, renunciar al socialismo.[11] Esta anécdota merece ser incluida en un volumen sobre historia de la ideología. La socialización de los medios de producción es la única solución al problema económico en una etapa determinada del desarrollo de la humanidad. La demora en solucionar este problema conduce a la barbarie fascista. Todas las soluciones intermedias emprendidas por la burguesía con ayuda de la pequeña burguesía sufrieron un fracaso miserable y vergonzoso. Todo esto es secundario para Eastman. El se da cuenta de que su “libertad” (libertad de confundir, libertad de permanecer indiferente, libertad de ser pasivo, de diletantismo literario) estaba siendo amenazada desde varios flancos, y decidió inmediatamente aplicar su propia medida: renunciar al socialismo. Sorprendentemente esta decisión no ejerció ninguna influencia en Wall Street ni en los sindicatos. La vida siguió su propio camino como si Max Eastman siguiera siendo socialista [...]

En Francia no hay fascismo en el sentido real del término. El régimen del senil mariscal Petain representa una forma senil del bonapartismo de la época de declinación imperialista. Pero este régimen también se demostró posible sólo después de que la prolongada radicalización de la clase obrera francesa, que condujo a la explosión de junio de 1936, falló en encontrar una salida revolucionaria. La Segunda Internacional y la Tercera, la reaccionaria charlatanería de los “frentes populares”, engañaron y desmoralizaron a la clase obrera. Después de cinco años de propaganda en favor de una alianza de las democracias y de la seguridad colectiva, después del súbito pasaje de Stalin al bando de Hitler, a la clase obrera francesa se la tomó desprevenida. La guerra provocó una terrible desorientación y el estado de derrotismo pasivo, o para decirlo más correctamente, la indiferencia de una impasse. De esta maraña de circunstancias surgió la catástrofe militar sin precedentes y luego el despreciable régimen de Petain.

Precisamente porque el régimen de Petain es bonapartismo senil no contiene ningún elemento de estabilidad y puede ser derribado mucho más pronto que un régimen fascista por un levantamiento revolucionario masivo.

En toda discusión sobre tópicos políticos aparecen invariablemente las preguntas: ¿podremos crear un fuerte partido para el momento en que llegue la crisis? ¿No podría el fascismo anticiparse a nosotros? ¿Es inevitable una etapa fascista en el proceso? Los éxitos del fascismo hacen perder fácilmente toda perspectiva, conducen a olvidar las verdaderas condiciones que hicieron posibles su fortalecimiento y triunfo. Sin embargo, una clara comprensión de estas condiciones es de especial importancia para los trabajadores de Estados Unidos. Podemos anunciarlo como una ley histórica: el fascismo pudo triunfar sólo en aquellos países donde los partidos obreros conservadores impidieron al proletariado utilizar la situación revolucionaria para tomar el poder. En Alemania hubo dos situaciones revolucionarias: 1918-1919 y 1923-1924.[12] Incluso en 1929 era posible aún una lucha directa por el poder por parte del proletariado. En los tres casos la socialdemocracia y la Comintern desbarataron criminalmente la conquista del poder y colocaron por lo tanto a la sociedad en una impasse. Sólo en estas condiciones y en esta situación resultaron posibles el tormentoso ascenso del fascismo y su conquista del poder.



[1]La dialéctica y la inmutabilidad del silogismo” De los archivos personales de George Novack. Traducido en la década del 40 por John G. Wright, y revisado para este libro por George Saunders. Este fragmento fue probablemente en un comienzo una parte de “Una oposición pequeñoburguesa en el Socialist Workers Party”, fechada el 15 de diciembre de 1939, en la colección En Defensa del Marxismo, en la que Trotsky escribe: “El año pasado me visitó un joven profesor británico de economía política, un simpatizante de la Cuarta Internacional. Durante nuestra conversación sobre las formas y medios de realizar el socialismo, reflejó las tendencias del utilitarismo británico en el espíritu de Keynes y otros: ’Es necesario determinar un claro objetivo económico, elegir los medios más razonables para su realización’, etcétera. Comenté: ‘Veo que usted es un adversario de la dialéctica’. Él replicó, algo sorprendido: ‘Sí, no le veo ninguna utilidad’. ‘Sin embargo -le contesté- la dialéctica me posibilita, sobre la base de unas pocas observaciones sobre problemas económicos, determinar a qué categoría de pensamiento filosófico pertenece usted; esto sólo demuestra que hay un apreciable valor en la dialéctica’”. (Pág. 48.)

[2]Sobre el utilitarismo”. Cuarta Internacional, enero de 1942 Este fragmento, incompleto en el momento de la muerte de Trotsky, es probablemente también de fines de 1939 o principios de 1940.

[3] Jeremy Bentham (1748-1832): fue el máximo exponente del utilitarismo, la doctrina que expresa que la moralidad de las acciones está determinada por su utilidad, su capacidad para producir placer o impedir el dolor. Fue también un reformador y partidario de Adam Smith.

[4]Sobre el futuro de los ejércitos de Hitler”. Cuarta Internacional, octubre de 1940. Fue probablemente parte de un primer borrador del “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, escrito en mayo de 1940.

[5]China y la revolución rusa”. Cuarta Internacional, marzo de 1941. Este artículo fue concebido como introducción a la edición china de Historia de la revolución rusa; se comenzó en julio de 1940 pero quedó inconcluso en el momento de la muerte de Trotsky.

[6] “Bonapartismo, fascismo y guerra”. Cuarta Internacional, octubre de 1940. Trotsky dictó este artículo poco antes de su muerte, pero no vivió lo suficiente como para completarlo y publicarlo. A pesar de su carácter incompleto no corresponde a la descripción que hace Isaac Deutscher del mismo (El Profeta Desterrado, p. 502) como “iniciado” o como un “rasgo de su última e inconclusa búsqueda en una nueva dirección”. Para este volumen, el texto ha sido corregido levemente; otra corrección, con interpolaciones editoriales, está en La lucha contra el fascismo en Alemania (Buenos Aires, Pluma, 1974).

[7] Heinrich Brüening (1885-1970): fue canciller de Alemania de 1930 a 1932. Carecía de mayoría en el Reichstag y gobernaba por decreto. Kurt von Schleicher (1882-1934): fue un burócrata militar alemán que se desempeñó como canciller desde diciembre de 1932 hasta enero de 1933, cuando lo reemplazó Hitler. Fue una de las víctimas de la sangrienta purga nazi de junio de 1934. Paul von Hindenburg (1874-1934): fue presidente de Alemania desde 1925 hasta 1934. Aunque se presentó como adversario de los nazis cuando derrotó a Hitler en las elecciones de 1932, nombró canciller a éste en 1933.

[8] Zimmerwald, Suiza, fue el lugar donde se reunió, en septiembre de 1915, una conferencia para reagrupar a las corrientes internacionalistas y antibélicas que habían sobrevivido a la debacle de la Segunda Internacional. Aunque la mayoría de los participantes eran centristas, fue un paso adelante en dirección a la nueva Internacional. El manifiesto de Zimmerwald contra la guerra, escrito por Trotsky, aparece en Leon Trotsky speaks [León Trotsky habla] (Pathfinder Press 1972).

[9] Aquí el traductor al inglés agregó la siguiente nota: “Varias citas de Lenin durante ese período se ajustan a la descripción de Trotsky. Elegimos dos: ’Es posible, no obstante, que pasen cinco, diez, e incluso más años antes del comienzo de la revolución socialista’ (de un artículo de marzo de 1916, Lenin, Obras Completas, Vol. XIX, pág. 45, tercera edición rusa). ’Nosotros, los viejos, no viviremos quizás lo suficiente para ver las batallas decisivas de la revolución inminente’ (informe sobre la revolución de 1905 entregado a los estudiantes suizos, enero de 1917, íbidem, pág. 357).”

[10] El Partido Socialista Revolucionario fue fundado en Rusia en el año 1900, emergiendo en los años 1901-1902 como la expresión política de todas las corrientes populistas anteriores; tenía la mayor influencia de todas las fuerzas políticas entre el campesinado antes de la revolución de 1917. Su ala derecha fue conducida por Kerenski con posterioridad a la revolución de ese año.

[11] Max Eastman (1883-1969): fue uno de los primeros simpatizantes de la Oposición de Izquierda y traductor de varios de los libros de Trotsky. A su rechazo del materialismo dialéctico en la década del 20 le siguió el rechazo del socialismo a fines de la del 30. Se hizo anticomunista y director del Reader’s Digest.

[12] Cuando se hizo evidente la derrota de Alemania en la primera guerra mundial, un amotinamiento naval en ese país se convirtió en un movimiento revolucionario. El 8 de noviembre de 1918 se proclamó en Munich la República Socialista de Bavaria. En Berlín, obreros y soldados organizaron soviets y una delegación de socialdemócratas solicitó que el canciller entregara el gobierno a los obreros. El imperio germano cayó al día siguiente. Hindenburg y el káiser Guillermo II huyeron a Holanda, y Ebert se convirtió en jefe de un gobierno provisional en Berlín, que se componía de tres socialdemócratas y tres miembros del Partido Social Demócrata Independiente. Nuevamente en 1923 se desarrolló una situación revolucionaria en Alemania debido a la severa crisis económica y a la invasión francesa del Ruhr. La mayoría de la clase obrera alemana pasó a apoyar al Partido Comunista. Pero la dirección del PC vaciló, perdió una oportunidad excepcionalmente favorable para conducir la lucha por el poder y permitió a los capitalistas alemanes recobrar sus posiciones antes de que terminara ese año. La responsabilidad del Kremlin por esta oportunidad desperdiciada fue uno de los factores que condujeron a la formación de la Oposición de Izquierda rusa a fines de 1923.



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