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El memorial Tanaka[1]

 

 

Mayo de 1940

 

 

 

La prensa norteamericana consideró siempre al “Memorial Tanaka” un documento dudoso.

El 23 de abril de 1940 el contraalmirante Taussig se refirió al “Memorial Tanaka” en su interesantísimo informe al Comité Senatorial sobre Asuntos Navales. Su propio departamento desmintió al contraalmirante Taussig. No es mi intención entrar en esta controversia. Creo que el contraalmirante Taussig tenía sus razones propias para hablar y el Departamento de Marina las suyas para desautorizar sus palabras. Probablemente el desmentido no sorprendió al contraalmirante. Pero, lo repito, esto no me concierne. Por lo que conozco, el contraalmirante Taussig es un calificado experto en las costumbres, los objetivos y la política del Lejano Oriente. El no duda de la autenticidad del “Memorial Tanaka”. El New York Times, sin embargo, al informar sobre esta sesión del Comité Senatorial sobre Asuntos Navales, creyó necesario recordar una vez más a sus lectores que “los japoneses siempre insistieron en que el llamado ‘Memorial Tanaka’‚ era un invento de los chinos”. De modo que todavía hoy, a dieciséis años de la publicación del “Memorial”, sigue siendo un documento sospechoso y discutido.

El “Memorial Tanaka” no es apócrifo. El análisis cuidadoso de su contenido y su forma lo atestigua por sí mismo. Además, el autor de estas líneas conoce determinados hechos que ratifican exhaustiva e indiscutiblemente la autenticidad del “Memorial Tanaka”.

Sólo un genio de la falsificación podría haber inventado un documento tan complejo, con tanta penetración en la situación objetiva y en la sicología política de los círculos gobernantes del Japón. Sin embargo, por regla general los genios no se dedican a la falsificación; utilizan sus energías para cumplir otros propósitos. Seguramente no escasearon las falsificaciones durante la guerra pasada y los años de posguerra. Basta con recordar los notables documentos de Sisson sobre la República soviética.[2] Por regla general (y no conozco excepciones), los documentos de este tipo son bastante groseros. Tienden a reflejar la sicología de los falsificadores o de los círculos a los que están destinados más que la de los individuos o grupos en cuyo nombre se hace la falsificación. Esos documentos son creídos solamente cuando sus destinatarios no están familiarizados con el medio del cual se dice que provienen. El gobierno soviético estaba formado por individuos totalmente desconocidos para la opinión pública mundial. No es de sorprenderse entonces que se les haya podido adscribir cualquier objetivo, planteado de cualquier manera.

Pero las cosas son distintas con el gobierno imperial de Japón. Se trata de un ámbito antiguo y tradicional. Cualquiera que haya seguido cuidadosamente la evolución de la política japonesa no podrá dejar de reconocer que el documento, con su cínico realismo y el fanatismo helado propio de la casta gobernante, proviene de este ámbito. El documento es creíble. El texto es válido. No se puede dejar de confiar en el contenido, que habla por sí mismo. Japón es hoy en día el eslabón más débil de la cadena imperialista. Su superestructura financiera y militar se apoya sobre una base de barbarie agraria semifeudal. Las explosiones que se suceden periódicamente en el ejército japonés constituyen sólo un reflejo de la intolerable tensión de las contradicciones sociales en el país. El régimen como tal sólo se mantiene por la dinámica de las acciones militares. Los fundamentos programáticos de estas acciones los proporciona el “Memorial Tanaka”. Recuerdo que el “Memorial” se basa en el testamento del emperador Meiji. Por supuesto este testamento es un mito. Pero la agresión japonesa está impregnada de tradicionalismo. Al mismo tiempo que crean una flota gigantesca de las más modernas, los imperialistas japoneses prefieren basar sus actividades en las antiguas tradiciones nacionales. Así como los sacerdotes ponen en boca de los dioses sus pronunciamientos y deseos, los imperialistas japoneses atribuyen sus muy modernos planes y maniobras a la voluntad de los augustos progenitores del emperador reinante. Del mismo modo, Tanaka satisfizo las ambiciones imperialistas de las camarillas gobernantes refiriéndose al inexistente testamento de un emperador. El documento no es una creación total del cerebro del barón Tanaka. Constituye una generalización de los planes formulados por los dirigentes del ejército y la armada y, en cierto sentido, una reconciliación y resumen teórico de estos planes. Se supone que hubo muchos borradores antes del proyecto final, que hubo muchas discusiones en círculos íntimos, “no oficiales”, y por lo tanto muy influyentes. El objetivo era estampar el sello imperial sobre estas aspiraciones del ejército y la marina. La condición física y mental del viejo emperador determinaba que su firma careciera de toda autoridad para los iniciados. Por eso los conspiradores imperialistas esperaron a que fuera coronado el emperador Hirohito para presentarle a él el documento, cuya redacción final, según todo lo indica, fue realizada bajo la dirección del general Tanaka.

Además de estas consideraciones generales, quien escribe estas líneas está en condiciones de atestiguar los hechos siguientes. El “Memorial Tanaka” se fotografió por primera vez en Tokio, en el Ministerio de Asuntos Navales, y el negativo se envió a Moscú. Fui tal vez la primera persona que conoció las traducciones al inglés y al ruso del texto en japonés. En esa época las relaciones con Japón eran en extremo alarmantes para la política exterior soviética. El Lejano Oriente estaba mal defendido. Las defensas del Ferrocarril Oriental chino eran peores todavía.[3] No se hablaba entonces de vender el ferrocarril a los japoneses, no tanto porque Moscú no quisiera venderlo sino fundamentalmente porque Tokio no tenía ningún interés en comprarlo; se preparaba para conseguirlo gratis.

En ese período Moscú ofreció insistentemente a Tokio la conclusión de un pacto mutuo de no agresión. Tokio se evadió diplomáticamente con el pretexto de que las cosas todavía no estaban maduras para firmar un tratado así. Aún se consideraba a los tratados con cierta seriedad. En pocos años más se constituiría en una regla general que un pacto de no agresión mutua fuera el mejor preludio de una invasión militar. Pero entonces Japón prefería evadirse a toda costa.

Moscú nunca sacó los ojos de Oriente. Por un lado, estaba la amenaza constante de los planes japoneses. Por otra parte, se gestaba la revolución china de 1925-1927. Se cifraban grandes esperanzas en la revolución china, que tenían en cuenta la seguridad de las posesiones soviéticas en el Lejano Oriente y del Ferrocarril Oriental chino. El que escribe no estaba entre los miembros del gobierno que opinaban que había que entregar el Ferrocarril Oriental chino a los japoneses tan pronto obtuvieran el control de Manchuria.

Pero no podíamos saber de antemano cuánto duraría la revolución china ni si lograría éxito. El militarismo japonés era una realidad, muy palpable, muy agresiva. La revolución china era cuestión del futuro. No es de asombrarse entonces que ambas ramas del Servicio de Inteligencia Soviético -la que cumplía funciones militares y la GPU- tuvieran orden de observar cuidadosamente todos los movimientos de los japoneses, tanto en el terreno diplomático como en el militar. El Servicio de Inteligencia Militar estaba bajo una doble jurisdicción: la del Departamento de Guerra y la de la GPU. El Departamento del Exterior de la GPU estaba dirigido por un viejo bolchevique, Triliser, que posteriormente fue removido de su cargo y aparentemente liquidado junto con muchas otras personas. Berzin, un viejo bolchevique letón, dirigía la Inteligencia Militar. Yo no estaba muy al tanto de la organización de nuestra agencia en Japón por interesarme poco los aspectos técnicos de la cuestión. Descargaba estas tareas en mis ayudantes, primero en Sklianski, después en Unschlicht y, en cierta medida, en Rosengoltz.[4] ¡Permítaseme recordar que Sklianski, uno de los organizadores más destacados y meritorios del Ejército Rojo, se ahogó en Estados Unidos en 1924 ó 1925 mientras remaba en un lago. Unschlicht desapareció; evidentemente lo liquidaron. Rosengoltz fue fusilado por decisión de un tribunal.

Por lo tanto, se sometían a mi consideración los asuntos relativos al Servicio de Inteligencia solamente en casos excepcionales, de gran importancia militar o política. Es precisamente lo que sucedió en la oportunidad a que me estoy refiriendo.

Ya en esa época el Servicio de Inteligencia Exterior soviético se podía jactar de éxitos nada casuales. El partido contaba con muchas personas que habían pasado por una seria escuela conspirativa, muy al tanto todos ellos de los métodos y subterfugios de la policía y el contraespionaje. Los ayudaba en su trabajo su experiencia internacional; muchos habían estado exiliados en varios países, lo que les daba una amplia perspectiva política. Tenían amigos personales en muchas partes. Ni les faltaba la ayuda abnegada de los elementos revolucionarios de los distintos lugares. En muchas instituciones gubernamentales de los países capitalistas los funcionarios de baja categoría simpatizaban bastante con la Revolución de Octubre. Si se sabía cómo hacerlo, se podía utilizar su simpatía en beneficio del poder soviético. Y se la utilizaba. La red de agencias extranjeras todavía estaba muy poco desarrollada, incompleta, pero en compensación algunas afortunadas conexiones individuales a veces producían resultados inesperados y extraordinarios. Zerzinski,[5] entonces jefe de la GPU, se refirió más de una vez con satisfacción a las extraordinarias fuentes de información con que contaba en Japón.

A pesar del carácter cerrado de los japoneses y de su habilidad para guardar secretos (que procede de las condiciones específicas, tan particulares, de su ambiente nacional y de lo inaccesible del idioma japonés para la inmensa mayoría de los extranjeros), hay que tener en cuenta que esta habilidad, sin embargo, no es absoluta. La descomposición del viejo sistema no sólo se expresa en el hecho de que algunos oficiales jóvenes, de vez en cuando, maten a los ministros que les resultan inconvenientes. También sucede que oficiales menos patriotas, cansados de las costumbres espartanas, busquen fuentes de ingresos marginales. Conozco casos de funcionarios japoneses importantes asignados a consulados en países europeos que revelaron secretos vitales a cambio de sumas relativamente modestas.

Zerzinski se integró al Buró Político después de la muerte de Lenin. Stalin, Kamenev y Zinoviev dieron este paso para atraerse al honesto pero vanidoso Zerzinski. Lograron un éxito total. Zerzinski era muy hablador, de temperamento muy exaltado y explosivo. Este hombre de hierro, que había cumplido duras condenas a trabajos forzados, poseía rasgos absolutamente infantiles. Una vez, en una sesión del Buró Político, se jactó de que pronto atraería a Boris Savinkov a la Unión Soviética y lo arrestaría.[6] Mi reacción fue muy escéptica. Pero Zerzinski demostró que estaba en lo cierto. Savinkov fue atraído a territorio soviético por agentes de la GPU y arrestado allí. Poco después Zerzinski expresó sus esperanzas de aprehender de la misma manera a Wrangel.[7] Pero esta expectativa no se materializó porque Wrangel demostró ser más cauto. Muy a menudo, sin dar ningún detalle técnico (que nadie le preguntaba tampoco), se jactaba de los éxitos de nuestro espionaje en el exterior, especialmente en Japón. En 1925, un día de verano o de comienzos del otoño, Zerzinski se refirió muy excitado a la posibilidad de conseguir un documento japonés de extrema importancia. Afirmó como en éxtasis que este solo documento podía provocar insurrecciones internacionales, acontecimientos de gran importancia, la guerra entre el Japón y los Estados Unidos, etcétera. Como siempre en esas oportunidades, fui más escéptico todavía.

“Las guerras no las provocan los documentos”, le objeté a Zerzinski. Pero él insistió: “Usted no tiene idea de la importancia de este documento; es el programa de los círculos gobernantes, aprobado por el Mikado en persona; se refiere a la conquista de China, la destrucción de Estados Unidos, la dominación del mundo.”

“¿No habrán engañado a su agente? –pregunté-. Por regla general nadie escribe documentos de esa clase. ¿Por qué tendrían que poner en el papel planes como ésos? Zerzinski mismo no estaba muy seguro sobre este punto. Replicó, como para disipar sus propias dudas: “En ese país hacen todo en nombre del emperador. Para justificar sus medidas y su política arriesgadas, y los grandes gastos del ejército y la armada, los militares y los diplomáticos intentan tentar al Mikado con una perspectiva colosal, también indispensable para las aventuras políticas en las que se están embarcando. Por eso Tanaka escribió un informe especial para el emperador sobre los planes de los círculos militares, informe que el emperador aprobó. Recibiremos una copia fotográfica del documento directamente desde los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores.”

Recuerdo que Zerzinski mencionó la suma que se pagaría por la copia fotográfica. Era bastante modesta, alrededor de tres mil dólares norteamericanos. Por Zerzinski me enteré de que la GPU disfrutaba de los servicios de un funcionario de mucha confianza que tenía acceso directo a los archivos secretos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón. En el lapso de poco más de un año había proporcionado información muy valiosa y se caracterizaba por una gran precisión y conciencia en el cumplimiento de sus obligaciones de espía extranjero. Estaba bastante familiarizado con los archivos y con la importancia relativa de los distintos documentos. Este funcionario propuso copiar el documento, pero el representante de la GPU, siguiendo instrucciones de Moscú, le exigió copias fotográficas. Era mucho más difícil. Había que introducir a un técnico de la GPU en las oficinas del ministerio o enseñar al funcionario el arte de la fotografía. Estas dificultades técnicas demoraron la obtención del documento. Se tomaron varias copias de cada página, y luego se enviaron los negativos por dos o tres rutas diferentes. Todas las copias llegaron sanas y salvas a Moscú.

Debo admitir que no puedo recordar ahora -tal vez no me interesó el hecho en ese momento- si el agente japonés era un sincero partidario del régimen soviético, un agente alquilado o una combinación de ambos. La última alternativa es la más probable. El número de simpatizantes nuestros en Japón era muy reducido.

“¡El documento ha llegado!”, anunció alegremente Zerzinski. ¿Dónde estaba? Se estaba revelando el negativo. La revelación se hacía sin inconvenientes y nuestros expertos japoneses lo estaban traduciendo. Estaban muy conmovidos por el contenido de las primeras páginas. Tríliser me dio una traducción (o tal vez fue Unschlicht).

Como jefe del Departamento de Guerra yo estaba, naturalmente, muy interesado en los problemas del Lejano Oriente, pero había además otro elemento. Durante el primer período del régimen soviético, hasta febrero de 1918, yo estuve a cargo del Departamento de Relaciones Exteriores. Cuando Chicherin, cuya libertad conseguimos a cambio de la de varios prisioneros ingleses, llegó de Inglaterra, fue nombrado delegado mío. Cuando me pasé al Departamento de Guerra, Chicherin, que se había desempeñado muy bien en su cargo, fue nombrado comisario del pueblo de relaciones exteriores al ser designado yo para el Consejo de Comisarios del Pueblo y el Comité Ejecutivo Central de los Soviets. Como miembro del Buró Político a menudo revisaba junto con Chicherin los documentos diplomáticos más importantes. Por otra parte, siempre que me hizo falta ayuda diplomática durante la Guerra Civil me puse en contacto directo con Chicherin.

En 1923 la “troika” (Zinoviev-Kamenev-Stalin) intentó alejarme de toda la supervisión de la política exterior. Se le asignó formalmente esta función a Zinoviev. Sin embargo, las antiguas relaciones y, por así decirlo, la antigua jerarquía no oficial seguían siendo muy fuertes. Todavía en 1925, cuando ya me había alejado del Departamento de Guerra y se me había encargado del modesto Comité de Concesiones, se me designó, como miembro del Buró Político, para dirigir el Comité de Asuntos del Lejano Oriente, Japón y China. Eran miembros de este Comité Chicherin, Voroshilov, Krasin, Rudzutak y otros.[8]

Stalin en esa poca todavía se cuidaba de aventurarse en las arenas resbaladizas de la política internacional. En general, escuchaba y miraba, formulaba su opinión o simplemente votaba después que otros expresaran su pensamiento.

Zinoviev, que estaba formalmente a cargo de los asuntos diplomáticos, tendía, como todos lo sabían, a caer en el pánico siempre que surgía una situación difícil. Todo esto explica ampliamente por qué se me transmitió directamente el documento que llegó de Tokio.

Tengo que reconocer que la amplitud del plan, el mesianismo frío e inescrupuloso de la camarilla burocrática del Mikado me anonadaron. Pero el texto del documento no me despertó la menor duda, no sólo porque conocía su historia sino por su validez intrínseca.

Si suponemos que los chinos se las arreglaron para encontrar el falsificador ideal para fabricar este documento, queda en pie la cuestión de cómo llegó esta falsificación china al Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón en calidad de documento secreto especial. ¿Fue el mismo ministro de relaciones exteriores el que se las arregló para transmitir el falso documento chino haciéndolo pasar como un documento japonés genuino? Esta suposición es totalmente fantástica. Los japoneses no podían tener el menor interés en hacer circular ese documento haciéndolo pasar como verdadero. Lo demostraron exhaustivamente al decir que era una falsificación cuando fue publicado.

En las oficinas del Servicio de Inteligencia se reveló el negativo, se tradujo, y tanto el original como la traducción fueron enviados inmediatamente al Kremlin. Las películas estaban todavía húmedas y la traducción en borrador. Después hicieron falta muchas correcciones. ¿Los demás miembros del Buró Político conocieron el documento al mismo tiempo que yo o poco después? No lo recuerdo con claridad. En todo caso, cuando se reunió el Buró Político ya lo conocían todos sus miembros. Aunque las relaciones personales por entonces ya estaban muy deterioradas, todos los componentes del Buró Político parecieron acercarse circunstancialmente a causa del documento. El tema de la discusión preliminar fue, naturalmente, la voracidad de los japoneses. Se habló con asombro teñido de admiración envidiosa de esa megalomanía en la que se combinaban notablemente el misticismo y el cinismo.

“¿No será un poema, una falsificación?”, preguntó Bujarin, al que, pese a su credulidad infantil, le encantaba, cuando se presentaba la ocasión propicia, jugar al estadista cauteloso. Zerzinski explotó como era su costumbre.

“Ya les expliqué –dijo, hablando con un acento polaco que siempre se hacía más pronunciado cuando se excitaba- que este documento nos lo envió un agente de confianza probada, y que el documento estaba guardado en la sección más secreta del Ministerio Naval. Nuestro agente introdujo a nuestro fotógrafo en las oficinas. El no sabía manejar la cámara. ¿Opinan ustedes que los almirantes japoneses pusieron un documento falsificado en sus archivos secretos? Originalmente en el Ministerio Naval no había copias de ese documento. Se guardaba en el archivo personal del emperador y había una sola copia en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Luego el Ministerio de Guerra y el Naval pidieron una copia cada uno. Nuestro agente se enteró del momento exacto en que llegaría una copia del Ministerio de Relaciones Exteriores. Se tomaron extremas precauciones al entregarlo. Nuestro agente pudo llegar a él sólo gracias a que finalmente llegó una copia al Ministerio Naval. ¿Pueden pensar que todo esto se hizo por un fraude?”

En cuanto a mí, repito que no dudaba de su autenticidad, aunque más no fuera por su validez intrínseca. “Si suponemos por un momento –dije- que este documento es una falsificación, tenemos que suponer también que la falsificación es obra de los mismos japoneses. ¿Para qué? ¿Para vendérnoslo por dos o tres mil dólares? ¿Para enriquecer con esa cantidad las arcas del Ministerio de Marina? ¿O querrían provocarnos, asustarnos? Pero ya conocíamos sus ambiciones, aunque no, seguramente, a tal escala. Saben que a pesar de las provocaciones estamos haciendo todo lo posible por evitar un conflicto. Un documento programático no podría cambiar de ninguna manera nuestra política.”

La discusión sobre este punto terminó rápidamente. Todas las circunstancias y los detalles técnicos, que por supuesto no recuerdo, no dejaban lugar a dudas sobre la autenticidad del documento. Se planteó el otro problema. ¿Qué hacer? Teníamos con nosotros una carga de pólvora de gran poder explosivo. Corríamos naturalmente el peligro de volar todos. Desde cualquier punto de vista era inoportuno publicarlo en la prensa soviética. En primer lugar, esto revelaría a las autoridades japonesas que un agente de extraordinario valor estaba al servicio de nuestro espionaje. Zerzinski no accedería a esto de ningún modo. Mucho más importantes eran las razones políticas. Los planes del Japón se extendían a varias décadas. Al Kremlin le interesaba ganar unos cuantos años, tal vez unos meses. Favorecíamos a los japoneses de varias maneras. Hicimos concesiones muy grandes. Ioffe, nuestro diplomático más inteligente, más cuidadoso y suave, estaba en funciones en Japón.[9] La publicación de este documento en Moscú sería lo mismo que decirles abiertamente a los japoneses que estábamos buscando un conflicto. Inmediatamente subirían las acciones en favor de los sectores más belicistas del ejército y la armada de Japón. Era absolutamente irracional provocar al Japón publicando este documento al que, por otra parte, no se le daría crédito en el extranjero. Zinoviev primero propuso que se publicara el documento en el periódico Internacional Comunista. Con ello el gobierno quedaría al margen. Pero nadie quiso saber nada y Zinoviev no insistió en su apresurada propuesta. Propuse un plan que había elaborado antes de ir a la sesión del Buró Político. Era necesario publicar el documento en el extranjero y, sin aminorar sus efectos, evitar que se lo relacionara de cualquier manera con Moscú, que despertara desconfianza, que se comprometiera a los agentes de la GPU en Japón. ¿Pero dónde? El lugar de su publicación literalmente se ofrecía solo, es decir, los Estados Unidos. Propuse que, después de traducir el documento al inglés, un amigo de la República Soviética en los Estados Unidos, hombre de confianza y autoridad, lo transmitiera a la prensa. En esa época todavía no se había constituido en una profesión llamarse amigo de la Unión Soviética. Los amigos eran muy pocos, y menos aun las personalidades importantes e influyentes. La tarea resultó mucho más difícil de lo que yo había supuesto.

Teníamos la idea de que nos arrebatarían el documento de las manos. Zerzinski esperaba recuperar fácilmente los gastos de nuestra agencia japonesa. Pero no fue así, en absoluto. No era muy fácil dar una versión creíble de cómo se consiguió el documento. Cualquier referencia a la fuente real, es decir la GPU, provocaría mayor desconfianza. En Norteamérica simplemente se opinaría que la GPU había fabricado el documento para envenenar las relaciones entre Estados Unidos y Japón.

Cuidadosamente se hizo en Moscú la traducción al inglés, que se remitió junto con las fotocopias del documento a Nueva York, y se eliminó toda huella que pudiera permitir establecer alguna conexión entre el documento y Moscú.

No hay que olvidar que esto ocurrió durante la administración del presidente Coolidge y el secretario Hughes, es decir, una administración muy hostil a la Unión Soviética.[10] Era muy justificado el temor de que los expertos enemigos simplemente declararan que el documento era una falsificación de Moscú. Es un hecho que muchas veces se declara genuinos a documentos falsos y falsificaciones a documentos auténticos. Por lo que yo sé la prensa norteamericana no hizo ninguna referencia a que Moscú fuera el punto clave desde donde había llegado el documento a Nueva York. Sin embargo, no hubo “malicia” por parte de Moscú en este asunto, al menos que se considere tal sacar un documento de los archivos secretos de una potencia enemiga. No se nos ocurrió otro modo de hacer conocer el documento a la opinión pública mundial que mediante su publicación en la prensa norteamericana sin indicar su origen y camuflándolo lo mejor posible. En esa época la Unión Soviética todavía no tenía representantes diplomáticos en los Estados Unidos. Al frente de la Amtorg estaba el ingeniero Bogdanov,[11] El y sus colegas, hoy mucho más conocidos e influyentes, cumplieron toda suerte de misiones diplomáticas. No puedo recordar ahora a cuál de ellos se le recomendó la tarea de encontrar una persona competente entre los norteamericanos para que sirviera de intermediario a fin de poner el documento en circulación. De todos modos no es difícil verificarlo ya que se ofreció el documento a las publicaciones más influyentes según su orden de importancia.

De acuerdo a determinadas indicaciones, el Mikado firmó el “Memorial Tanaka” en julio de 1927. En ese caso es obvio que el documento habría llegado a Moscú antes de que el Mikado realmente lo firmara. Como ya dijimos, había sido discutido en las altas y exclusivas esferas del ejército, la armada y el cuerpo diplomático de Japón. Era precisamente en ese período que los ministros interesados tendrían acceso a las copias. Tanaka fue nombrado premier en abril de 1927. Bien puede haber logrado el puesto por haberse comprometido a obtener la sanción del emperador para este documento del ala extrema de los militaristas y los imperialistas. ¿Por qué las autoridades japonesas dicen que el “Memorial Tanaka” es una falsificación de los chinos? Evidentemente no conocían el rol que jugó Moscú en la publicación de este documento. Su aparición en la prensa norteamericana y no en la soviética naturalmente les inspiró la idea de que de algún modo había caído en manos de los chinos, quienes se apresuraron a enviarlo a los Estados Unidos.

Es difícil de entender por qué Moscú, que es quien mejor informado está sobre el asunto, persiste en el silencio sobre el “Memorial Tanaka”. La copia fotográfica del original se recibió en Moscú en circunstancias que eliminaban toda duda sobre su autenticidad. Este notable documento se envió al extranjero, es decir a Estados

Unidos, desde Moscú, desde el Kremlin. Todavía hoy, extrañamente, se sospecha de su autenticidad. Moscú permanece callado. Por cierto que en su momento Moscú tenía amplias razones para ocultar su participación en la publicación del “Memorial Tanaka”. La razón fundamental era no provocar a Tokio. Esto explica por qué el Kremlin apeló a una vía indirecta para darlo a publicidad. Pero la situación cambió drásticamente en la década y media transcurrida desde entonces. Moscú es perfectamente consciente de que las condiciones técnicas, las consideraciones conspirativas que obligaron originariamente a ocultar la fuente de la información, desaparecieron hace mucho. Los individuos involucrados fueron reemplazados (y la mayor parte fusilados), los métodos cambiaron. La huida al Japón del general Luchkov, un importante funcionario de la GPU, marca una línea divisoria entre dos etapas en la dirección del espionaje. Incluso si Luchkov no entregó a sus agentes anteriores en manos de los japoneses (y su conducta me lleva a creer que reveló todo lo que sabía), Moscú hace mucho que debe de haber eliminado apresuradamente a todos los agentes y cambiado las conexiones, en vista del peligro que representaba Luchkov. Desde todo aspecto el silencio del Kremlin es absolutamente incomprensible.

Es de suponer que se trata de la extrema cautela que a menudo lleva a Stalin a ignorar consideraciones importantes en función de otras secundarias y pequeñas.

Es más que probable que esta vez tampoco Moscú desea causarle ningún problema a Tokio en vista de las negociaciones que se están llevando a cabo con la esperanza de llegar a un acuerdo más estable y duradero. Todas estas consideraciones, sin embargo, pierden importancia a medida que la guerra mundial se expande en círculos concéntricos cada vez más amplios y Japón sólo espera que se presente la oportunidad en el Lejano Oriente antes de dar el próximo paso hacia la realización del “Memorial Tanaka”.

Me pregunto: ¿por qué no relaté antes este episodio, que arroja luz sobre uno de los documentos político más importantes de la historia moderna? Simplemente, porque no tuve ocasión de hacerlo. En el intervalo entre la reunión del Buró Político de 1925, cuando se planteó por primera vez la cuestión del documento Tanaka, y el momento en que me encontré exiliado en el extranjero y con posibilidades de seguir más atentamente los problemas internacionales, transcurrieron los años de la cruel lucha interna, el arresto, el exilio al Asia central y luego a Turquía. El documento Tanaka quedó durmiendo en los escondrijos de mi memoria. El curso de los acontecimientos de los últimos años en el Lejano Oriente corroboró el programa Tanaka de tal modo que disipa toda duda sobre la autenticidad de este documento.



[1]El Memorial Tanaka”. Cuarta Internacional. junio de 1941

[2] Los Documentos Sisson sobre la República Soviética fueron obtenidos por Edgar Sisson, un periodista yanqui que había sido enviado a la Unión Soviética en 1918 por el presidente Wilson. Los documentos, que eran falsificaciones, fueron utilizados para “probar” que los bolcheviques habían recibido dinero del gobierno alemán en retribución por solicitar a Alemania una paz por separado. Los adversarios de los bolcheviques trataron de usar los documentos Sisson para comprometerlos y hacerlos aparecer como agentes alemanes. Sin embargo, los documentos fueron rápidamente desautorizados por numerosos expertos.

[3] El Ferrocarril Oriental de China era la porción de la ruta original del ferrocarril transiberiano que iba de Manchuria a Vladivostok. En 1935, Stalin se lo vendió al gobierno títere de Manchukuo en un esfuerzo por detener un ataque japonés sobre la Unión Soviética. El ferrocarril volvió a control soviético después de la segunda guerra mundial. Las fuerzas encabezadas por Mao Tse-tung tomaron posesión de la totalidad del territorio continental chino en 1949, pero Stalin no cedió el tramo al nuevo gobierno chino hasta 1952.

[4] David A. Triliser (1884-1934): se unió a la socialdemocracia rusa en 1902. Ocupó importantes cargos en los soviets de Petrogrado y Volodarski. Reingold I Berzin (1888-1939): se unió a la socialdemocracia rusa en 1905. De 1919 a 1920 fue miembro del Consejo Militar Revolucionario de los frentes Occidental, Meridional y Sudoccidental. En años posteriores ocupó cargos militares y comerciales. Efraín M. Sklianski (1892-1925): se unió a la socialdemocracia rusa en 1913. De 1918 a 1924 fue comisario del pueblo en asuntos militares y presidente del Consejo Militar Revolucionario de la República. Iosif S. Unschlicht (1879-1938): se unió a la socialdemocracia rusa en 1900. Durante la Revolución de Octubre fue miembro del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado. De 1930 a 1935 ocupó cargos en el Supremo Consejo Económico y en la Comisión de Planeamiento Estatal de la URSS. Arkadi P. Rosengoltz (1889-1938): se unió a la socialdemocracia rusa en 1905. Fue miembro de la Oposición de Izquierda durante un corto tiempo, pero capituló ante Stalin en 1927. En 1928 se convirtió en comisario del pueblo para el control estatal, y en 1937 fue jefe de la Administración de Reservas Estatales, pero en el año 1938 lo acusaron en el tercer juicio de Moscú y lo fusilaron.

[5] Félix E. Zerzinski (1877-1926): fue uno de los fundadores del Partido Social Demócrata de Polonia y Lituania. En 1906 fue elegido para el comité central del partido ruso. Después de la revolución se convirtió en el presidente de la Comisión Extraordinaria Rusa para Combatir a la Contrarrevolución y el Sabotaje (Cheka). También fue comisario de asuntos interiores.

[6] Boris Savinkov (1879-1925): había sido un socialrevolucionario durante la revolución de 1905, pero se unió al gobierno provisional burgués en 1917 y después de la Revolución de Octubre se unió a las fuerzas militares contrarrevolucionarias. Cuando fue capturado por los bolcheviques lo condenaron a diez años de prisión y se suicidó.

[7] Piotr N. Wrangel (1878-1928): fue comandante de los ejércitos contrarrevolucionarios blancos que trataron de derribar al nuevo estado soviético con la ayuda de ingleses, franceses, yanquis, japoneses y otros imperialistas.

[8] Leonid Krasin (1870-1926): fue un viejo bolchevique que unió a la socialdemocracia rusa en la década del 90 del siglo pasado, y estuvo varias veces en el comité central. Se convirtió en uno de los más efectivos representantes diplomáticos del gobierno soviético. Ian E. Rudzutak (1887-1938): se unió a la socialdemocracia rusa en 1905 y fue elegido para el comité central en 1920. Activó en el movimiento sindical después de la Revolución de Octubre. De 1921 a 1924 fue presidente del buró para Asia Central del Partido Comunista ruso.

[9] Adolf A. Ioffe (1883-1927): se unió a la socialdemocracia rusa en la década del 90 del siglo pasado. Después de la Revolución de Octubre se convirtió en uno de los más hábiles diplomáticos soviéticos. Miembro de la Oposición de Izquierda, se le impidió recibir un adecuado tratamiento médico y se suicidó. En su lecho de muerte dejó una famosa carta para Trotsky, parcialmente publicada en León Trotsky, el hombre y su obra (Merit Publishers, 1969).

[10] Calvin Coolidge (1872-1933): republicano, sucedió en la presidencia de Estados Unidos a Harding a la muerte de éste (1923) y cumplió un período adicional (hasta 1929). Charles Evans Hughes (1862-1948): fue secretario de estado de Estados Unidos de 1921 a 1925 y presidente de la Suprema Corte de Justicia (1930-1941)

[11] La Amtorg Trading Corponation fue fundada en Nueva York con oficinas centrales en Moscú en 1924 para desarrollar el comercio entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante los años en que Estados Unidos se negaba a reconocer a la URSS. Realizó las mismas funciones que las delegaciones comerciales en otros países, pero no gozó de status oficial o diplomático.



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