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Carta al New York Times[1]

 

 

6 de diciembre de 1939

 

 

 

Al director del New York Times.

Estimado señor:

El 25 de noviembre el New York Times publicó una carta firmada por John Stuart Hamilton que comienza con las palabras: “La carta de León Trotsky al Times está llena de insinuaciones sin pruebas”. Una acusación muy seria. Espero que me permita demostrar que es falsa y desenmascarar al pasar algunos de los métodos por los cuales Moscú y sus agentes llevan a error a un importante sector de la opinión pública mundial. La ocasión es en extremo favorable porque la cuestión teórica y política a que aludo en mi carta reviste gran interés para cualquier persona inteligente, más allá de sus tendencias ideológi­cas; y porque el señor Hamilton, por ignorancia o descui­do, tomó un cable muy cargado de sorpresas desagrada­bles tanto para él como para Stalin, que sostiene el cable en sus manos.

Yo afirmé en mi carta que Lenin y todo el Partido Bolchevique, sin excepción, consideraban imposible cons­truir el socialismo en un solo país, y menos en uno tan atrasado como Rusia; que recién a fines de 1924 Stalin dio un giro de ciento ochenta grados, designando “trots­kismo contrarrevolucionario” a su posición de ayer. La razón política del giro de Stalin fue que la burocracia soviética había logrado por ese entonces erigir su propio “socialismo”, es decir, garantizar firmemente su poder y bienestar.... en un solo país. Hace mucho ya que esta cuestión traspasó los límites de la discusión interna en el marxismo. Es imposible comprender la evolución del par­tido gobernante de la URSS o la política exterior del actual poder soviético si no se entiende claramente cómo y por qué Stalin y Cía. rompieron con la tradición del bolchevismo en lo que hace al problema del carácter in­ternacional de la revolución socialista.

Para demostrar que no hubo ningún cambio, el señor Hamilton toma la siguiente cita de un artículo de Lenin escrito en 1915: “[...] El triunfo del socialismo es posible primero en unos pocos o incluso en un solo país socialista. El proletariado victorioso de ese país, luego de expropiar a los capitalistas y organizar su propia producción socialista, enfrentaría al resto del mundo capitalista, atraería a las clases oprimidas de los demás países [...]”, y etcétera. Estas líneas no expresan más que la idea elemental de que la revolución socialista no puede estallar al mismo tiempo en todos los países del mundo, sino que inevitablemente ha de comenzar “primero” en unos pocos e incluso en un solo país.

Al decir “triunfo del socialismo” Lenin se refiere, como resulta claro de la cita, a la conquista del poder por el proletariado y a la nacionalización de los medios de producción, no a la construcción de una sociedad socia­lista aislada. Por el contrario, Lenin afirma directamente que la conquista del poder pondrá en manos del proleta­riado los medios para desarrollar la revolución a escala internacional. Todo el argumento del señor Hamilton, igual que el de sus maestros de Moscú, se basa en la identificación del triunfo de la revolución socialista con la construcción de la sociedad socialista. ¡Es un sofisma grotesco! Más de una vez dijimos que la Revolución de Octubre fue un gran “triunfo del socialismo”, pero veíamos en ella sólo el comienzo de una nueva época histórica que luego de generaciones transformaría la sociedad en todo el planeta. Las citas no significan más que esto.

¿No es asombroso, además, que el señor Hamilton no pueda encontrar nada más sobre la cuestión de la construcción del socialismo en un solo país que una cita de 1915 mal interpretada? Los bolcheviques tomaron el po­der en 1917. Durante los cinco años en que Lenin estuvo a la cabeza de la nación soviética se expresó innumera­bles veces, en discursos y artículos, sobre las condiciones necesarias para la realización de la sociedad socialista. En mi Historia de la Revolución Rusa, volumen III, páginas 378-418, cité docenas de pronunciamientos de Lenin al respecto durante los años 1917 a 1923. Permítaseme transcribir algunos. Antes de volver a Rusia, luego de la Revolución de Febrero, Lenin escribía en una carta de despedida a los obreros suizos: “El proletariado ruso no puede, librado a sus propias fuerzas, realizar victoriosamente la revolución socialista. Pero puede [...] mejorar las condiciones para que su principal, su verdadero aliado, el proletariado socialista de Europa y América, entre en esa batalla decisiva.” El 23 de abril (de 1918) dijo en una sesión del soviet de Moscú: “Nuestro atraso nos empujó, pero perecere­mos si no podemos mantenernos hasta que logremos el poderoso apoyo de la insurrección obrera en los otros países”.

“Para nosotros es fácil comenzar una revolución y más difícil continuarla -decía en mayo (de 1918)-. En Occidente es más difícil comenzar la revolución pero será más fácil continuarla.” En el tercer aniversario de la Revolución de Octubre Le­nin confirmaba estas palabras: “Siempre basamos nues­tros planes en la revolución internacional, lo que era incondicionalmente correcto [...] Siempre pusimos el acento en el hecho de que en un país es imposible encarar una tarea como la revolución socialista.” En el décimo congreso del partido ruso, en marzo de 1921, Lenin explicaba: “En Rusia tenemos una minoría de obreros industriales y una enorme mayoría de pequeños propietarios. En un país como éste la revolución social sólo logrará llegar a su culminación [...] a condi­ción de que reciba oportunamente el apoyo de la revolu­ción social de uno o varios países avanzados [...]”.

Me limito a estas citas, no porque sean las que más llaman la atención (no es así de ningún modo), sino porque son las más breves.

El señor Hamilton señala que la cita de Lenin de 1915 me es “familiar” y en consecuencia la oculto consciente­mente a los lectores del New York Times. En realidad, estoy compenetrado no sólo con esta cita sino en general con toda la obra de Lenin y su concepción histórica. Para los agentes del Kremlin Lenin se reduce a una cita falsificada de 1915. La cosa fue tan lejos que el fiscal Vishinski introdujo la cita de 1915 en su acusación contra mí y otras personas.”[2]

Esto la hizo objeto, necesariamente, de un estudio especial por la Comisión del doctor John Dewey en su investigación de los juicios de Moscú. Se puede disentir filosófica y políticamente con John Dewey y sus colabo­radores -es precisamente mi caso- pero ninguna persona razonable en todo el mundo osaría negar la evidente honestidad intelectual de John Dewey, para no mencio­nar su capacidad para analizar un texto. Sus colabora­dores, el profesor Edward Alsworth Ross, John Chamber­lain, Suzanne LaFollette y los demás son personas alta­mente calificadas intelectual y moralmente. No se podría realizar una investigación más autorizada, especialmente para la opinión pública norteamericana. He aquí lo que encontró la Comisión sobre este punto en particular:

“Se puede interpretar la cita de Lenin (de 1915) [...] en el sentido de que el socialismo se ha de establecer definitivamente en un solo país si se deja de lado la frase fundamental ‘al comienzo’ [‘primero’ en la cita del señor Hamilton] y se saca el párrafo del contexto sobre el tema en discusión; 2) Trotsky y Lenin están de acuerdo esencialmente en que la revolución socialista puede comenzar sobre ba­ses nacionales, pero se completará internacionalmente [...]”.

Más aun: “Un estudio cuidadoso del material histórico relevante convenció a esta Comisión de que la verdadera posición de Lenin sobre este tema era que, mientras la revolución socialista podía triunfar inicialmente en un solo país, no podría culminar exitosamente sin el triunfo de la revolución socialista en otros lugares. No nos interesa en lo más mínimo la corrección de la posición de Lenin. Lo que nos interesa es: 1) que el fiscal falsificó la posición de Lenin; 2) que Trotsky, lejos de oponerse a Lenin en la cuestión del ‘socialismo en un solo país’ estaba en lo esencial de acuerdo con él. Obviamente, si Trotsky no hubiera sostenido esta posición, se hubiera opuesto a la Revolución de Octubre en lugar de apoyarla vigorosamente.” (El subrayado es mío [L.T.]. Inocente: Informe de la Comisión Dewey, páginas 343,348.)

Por lo tanto, el señor Hamilton no hizo más que repetir la falsificación del fiscal Vishinski, puesta en descubierto hace ya mucho tiempo.

La iniciativa de la falsificación, sin embargo, no proviene de Vishinski sino de Stalin. En abril de 1924, en un folleto titulado Cuestiones del leninismo, Stalin escri­bió: “El derrocamiento del poder de la burguesía v la implantación del poder del proletariado en un solo país no significa, per se, la victoria total del socialismo. Toda­vía queda por delante la tarea principal, la organización de la producción socialista. ¿Se puede realizar esta tarea, se puede alcanzar la victoria final del socialismo en un solo país, sin el esfuerzo unido de los proletarios de varios de los países más avanzados? No; esto queda fuera de discusión. La historia de la revolución rusa demuestra que la fuerza del proletariado de un país puede derrocar a la burguesía de ese país. Pero para el triunfo final del socialismo, para la organización de la producción socialis­ta, la fuerza de un país (especialmente de un país campesino como Rusia) no es suficiente. Para ello hace falta la fuerza unificada de los proletarios de varios de los países más avanzados.” (Fundamentos del leninismo. José Stalin, páginas 52-53.)

Stalin concluía esta explicación así: “Estas, a rasgos generales, son las características de la teoría de Lenin de la revolución proletaria”.

A fines de este año cambió esta explicación de la siguiente manera: “Consolidado su poder, y tomando la dirección del campesinado, el proletariado del país triun­fante puede y debe construir una sociedad socialista”. ¡Puede y debe! Y esta explicación diametralmente opuesta de la posición de Lenin termina con las mismas palabras: “Estas, a rasgos generales, son las características de la teoría de Lenin de la revolución proletaria”. Así, en el lapso de medio año, Stalin le atribuyó a Lenin dos concepciones diametralmente opuestas sobre la cuestión más fundamental de la revolución. Iagoda, el jefe de la GPU, fue el encargado de demostrar la corrección del nuevo punto de vista.[3]

El señor Hamilton trató -ya vimos con qué éxito- de acusarme de ocultar una cita de Lenin. Yo acuso a la Comintern, no de ocultamiento de una cita sino de falsificación sistemática de las ideas, los hechos, las citas en interés de la camarilla gobernante del Kremlin. Una colección codificada de esa serie de falsificaciones, la Historia del Partido Comunista de la URSS, se tradujo a todos los idiomas del mundo civilizado y en la URSS y fuera de ella se publicaron decenas de miles de ejempla­res. Me comprometo a demostrar ante cualquier comisión imparcial que no hay un solo libro en toda la historia literaria de la humanidad más deshonesto que esta “historia”, que ahora no sólo sirve de base para la propaganda política sino también como directiva para la pintura, la escultura, el teatro, la cinematografía, etcétera, de la Unión Soviética. Infortunadamente, tengo la certeza de que mis adversarios no aceptarán mi desafío.

 

L. Trotsky



[1] “Carta al New York Times” El Times no consideró adecuado publicar esta carta, que había aparecido en el Socialist Appeal el 23 de diciembre de 1939, donde llevaba el título de “Trotsky sobre el programa de Lenin”.

[2] Andrei Vishinski (1883-1954): se unió a la socialdemocracia en 1902 pero siguió siendo menchevique hasta 1920. Adquirió notoriedad internacional como fiscal de los juicios de Moscú.

[3] Henry Iagoda fue jefe de la policía secreta soviética. En 1938, Iagoda, que había supervisado la organización de los juicios de Moscú de 1936, se convirtió en acusado y fue ejecutado.



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