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Por una estrategia para la acción no para la especulación[1]

Carta a los amigos de Pekín

 

 

3 de octubre de 1932

 

 

 

¿Cuáles son en este momento los principales ele­mentos de la situación política china?

Nuevamente se agravaron los dos problemas revolucionarios más importantes, el nacional y el agrario. El avance de la guerra campesina, lento y sinuoso pero generalmente triunfal, demuestra que la dictadura del Kuomintang no pudo satisfacer ni inti­midar al campesinado. La intervención japonesa en Shangai y la anexión de Manchuria le dieron un respiro a la bancarrota militar de la dictadura del Kuomintang. La crisis de poder, que en última instancia no dejó de existir un solo momento durante estos últimos años, tenía fatalmente que profundizarse. La lucha entre las camarillas militaristas está destrozando lo que quedaba de la unidad en el campo.

Así como la guerra campesina radicalizó a los inte­lectuales que estaban ligados al campo, la intervención japonesa estimuló políticamente a la pequeña burgue­sía de las ciudades. Nuevamente, esto no hizo más que agravar la crisis de poder. No hay un solo sector de la llamada burguesía "nacionalista" que no tienda a llegar a la conclusión de que el régimen del Kuomin­tang devora mucho y da muy poco. Exigir que acabe el periodo de "educación" a cargo del Kuomintang es lo mismo que exigir que la dictadura militar deje lugar al parlamentarismo.

La prensa de la Oposición de Izquierda definió varias veces al régimen de Chiang Kai-shek como fascista. Esta definición se deducía de que en China, como en Italia, el poder militar-policial está concen­trado en manos de un solo partido burgués con exclu­sión de todos los demás y, especialmente, de las orga­nizaciones obreras. Pero después de la experiencia de los últimos años, que se complicó con la confusión que aportaron los stalinistas al problema del fascismo, no sería correcto identificar la dictadura del Kuomin­tang con el fascismo. Hitler, como Mussolini antes que él, se apoya sobre todo en la pequeña burguesía contrarrevolucionaria: ésta es la esencia del fascismo. El Kuomintang no cuenta con este apoyo. En Alemania los campesinos marchan detrás de Hitler y de este modo apoyan indirectamente a von Papen;[2] en China los campesinos libran una lucha feroz contra Chiang Kai-shek.

El régimen del Kuomintang tiene más rasgos bona­partistas que fascistas; al no poseer una base social, ni siquiera la más mínima, oscila entre la presión de los imperialistas y los compradores por un lado y el movi­miento revolucionario por el otro. Pero el bonapartismo sólo puede ser estable cuando está satisfecha el hambre de tierra de los campesinos, lo cual no sucede en China. De allí la impotencia de la dictadura militar, que sólo puede mantenerse gracias a la dispersión de sus enemigos; pero bajo los ataques cada vez mayores comienza a desmoronarse.

En la revolución de 1925-27, el proletariado fue el que más sufrió moral y físicamente. Es por eso que ahora los obreros están a la retaguardia de las demás clases, no sólo de la pequeña burguesía -comenzando por los estudiantes- sino también, en cierto sentido, del campesinado. Esto es precisamente lo que demues­tra que la tercera revolución china no podrá triunfar, no podrá siquiera desarrollarse, mientras la clase obrera no entre nuevamente a la lucha.

Las consignas de la democracia revolucionaria son las que más concuerdan con la actual situación política prerrevolucionaria de China.

Para un marxista es elemental que los campesinos, sean cuales sean sus banderas, luchan por los objetivos de la democracia agraria pequeñoburguesa. La consig­na de independencia de China, que la intervención japonesa puso de nuevo al rojo vivo, es una consigna nacional-democrática. La impotencia de la dictadura militar y la división del campo entre las camarillas militaristas puso a la orden del día la consigna de la democracia política.

Les estudiantes gritan: "¡Abajo el gobierno del Kuomintang!" Grupos de la vanguardia obrera apoyan esta consigna. La burguesía "nacional" exige un régimen constitucional. Los campesinos se rebelan contra la escasez de tierra, contra el yugo de los milita­ristas, los funcionarios gubernamentales, los impuestos usurarios. En estas circunstancias, el partido del prole­tariado debe apoyar como consigna política fundamen­tal la convocatoria a una asamblea constituyente.

¿Significa esto -se podría preguntar- que exi­gimos que el gobierno convoque la asamblea constituyente o que intentamos organizarla nosotros mismos? Esta manera de plantear el problema, por lo menos en esta etapa, es demasiado formal. Durante varios años la revolución rusa combinó dos consignas: "Abajo el absolutismo" y "Viva la Asamblea Constituyente". A la pregunta de quién convocaría la asamblea consti­tuyente respondíamos: el futuro lo dirá, es decir, la relación de fuerzas tal como se establezca en el proceso de la propia revolución. Esta forma de encarar el problema también es correcta para China. Si en la hora de su derrota el gobierno del Kuomintang trata de convocar algún tipo de asamblea representativa, ¿cuál será nuestra actitud? Es decir, ¿cómo aprovecharemos mejor la situación en interés de la revolución, boicoteando las elecciones o participando en ellas? ¿Lograrán las masas revolucionarias formar un orga­nismo gubernamental independiente que convoque a una asamblea constituyente? ¿ Logrará el proletariado crear soviets en el curso de la lucha por las consignas democráticas? ¿La existencia de soviets hará superflua la convocatoria a una asamblea constituyente? No es posible responder estas preguntas de antemano. Pero nuestra tarea no consiste en hacer predicciones mirando el calendario sino en movilizar a los obreros alrededor de las consignas que surgen de la situación política. Nuestra estrategia es de acción revolucionaria, no de especulación abstracta.

Hoy la fuerza de los acontecimientos determina que la acción revolucionaria esté dirigida sobre todo contra el gobierno del Kuomintang. Les explicamos a las masas que la dictadura de Chiang Kai-shek es el principal obstáculo en el camino a la asamblea consti­tuyente y que sólo podremos librar a China de las cama­rillas militaristas por medio de la insurrección armada.

La agitación oral y escrita, las huelgas, los mitines, las manifestaciones, los boicoteos, cualquiera que sean sus objetivos concretos, deben tener como corolario las consignas: "¡Abajo el Kuomintang!", "¡Viva la Asamblea Constituyente!"

Para lograr una verdadera libertad nacional hay que derrocar al Kuomintang. Pero esto no significa posponer la lucha hasta que el Kuomintang sea barrido. Mayores serán las dificultades de éste cuanto más se extienda la lucha contra la opresión extranjera. Cuanto más movilicemos a las masas contra el Kuomintang, más se extenderá la lucha contra el imperialismo.

En el momento critico de la intervención japonesa los obreros y los estudiantes pedían armas. ¿A quién? Al Kuomintang. Seria un absurdo sectario abandonar esta consigna con el pretexto de que queremos derrocar al Kuomintang. Queremos hacerlo, pero todavía no hemos llegado hasta allá. Cuanto más enérgicamente exijamos el armamento de los obreros, más pronto llegaremos.

El Partido Comunista oficial, pese a su ultraizquierdismo, está a favor de la "reanudación de las rela­ciones diplomáticas ruso-chinas". Esta consigna está dirigida contra el Kuomintang. Plantearla no significa en absoluto que se tenga "confianza" en el Kuo­mintang. Por el contrario, esta consigna hace más difícil la situación del gobierno ante las masas. Algunos dirigentes del Kuomintang ya han tenido que aceptar la consigna por el restablecimiento de relaciones con la URSS. Ya sabemos que para estos señores hay un gran trecho entre lo que se dice y lo que se hace pero, como siempre, lo que decidirá es la presión de las masas.

Si espoleado por la revolución, el gobierno del Kuomintang comienza a hacer concesiones menores en la cuestión agraria, trata de convocar algo que se parezca a una asamblea constituyente, se ve obligado a entregar armas a los obreros o a restablecer las relaciones con la URSS, sobra decir que inmediatamente aprovecharemos estas concesiones. Nos aferra­remos firmemente a ellas a la vez que demostraremos correctamente su insuficiencia y de este modo utilizaremos las concesiones del Kuomintang como arma para derrocarlo. Esa es en general la relación recíproca entre las reformas y la revolución en la política mar­xista.

¿Pero acaso el nivel que está alcanzando la guerra campesina no indica que en China ya no queda tiempo ni espacio para las consignas y problemas de la demo­cracia parlamentaria? Veamos esta pregunta.

Si hoy los campesinos revolucionarios chinos llaman "soviets" a sus organizaciones de combate, no tene­mos ningún motivo para quitarles ese nombre. Simplemente, no tenemos que embriagarnos con las palabras. Sería una prueba de trivialidad imperdonable suponer que en regiones esencialmente campesinas el poder soviético puede llegar a ser un importante y estable poder revolucionario. Es imposible pasar por alto la experiencia del único país en el que se estableció efectivamente el poder soviético. Aunque en Petrogrado, en Moscú y en los demás centros y regiones industriales de Rusia el poder soviético se mantuvo firme y constante desde noviembre de 1917, en las inmensas áreas periféricas (Ucrania, Cáucaso del Norte, Transcaucasia, Urales, Siberia, Asia central, Arcángel, Murmansk) este poder apareció y desapa­reció varias veces, no sólo debido a la intervención extranjera sino también a las revueltas internas. El poder soviético chino tiene un carácter esencialmente rural, periférico y, hasta hoy, carece por completo de puntos de apoyo en el proletariado industrial. Cuanto menos estable y seguro es este poder, menos se lo puede llamar soviético.

En su artículo, aparecido en el periódico alemán Der Rote Aufbau [Reconstrucción Roja], Ko-Lin dice que en los ejércitos rojos los obreros constituyen el treinta y seis por ciento, los campesinos el cincuenta y siete y los intelectuales el siete por ciento. Confieso que estas cifras me provocan serias dudas. Si se aplican a todas las fuerzas armadas insurreccionales, que según el autor nuclean a trescientos cincuenta mil personas, en el ejército hay ciento veinticinco mil obreros. Si el treinta y seis por ciento se refiere sólo a los ejércitos rojos, de ciento cincuenta mil soldados más de cincuenta mil son obreros. ¿Es así realmente? ¿Pertenecían antes a los sindicatos, al partido? ¿Participaron en la lucha revolucionaria? Pero aun eso no soluciona el problema. Debido a la inexistencia de orga­nizaciones proletarias fuertes e independientes en los centros industriales, los obreros revolucionarios, inexpertos o de muy poca experiencia, se pierden totalmente en ese ambiente campesino, pequeñoburgués.

En mi opinión, el artículo de Wang Ming,[3] apare­cido a principios de año en la prensa de la Comintern, exagera singularmente los alcances del movimiento en las ciudades, el grado de independencia de los obreros dentro del movimiento y la importancia de la influencia del Partido Comunista. La dificultad con la prensa ofi­cial actual es que distorsiona implacablemente los hechos en función de sus intereses fraccionales. Por lo tanto no es difícil darse cuenta, aún por el artículo de Wang Ming, que el movimiento iniciado en otoño del año pasado estaba dirigido por los universitarios y la juventud estudiantil en general. Las huelgas universitarias tuvieron una importancia considerable, mayor que la de las huelgas de obreros.

Levantar a los obreros, organizarlos, darles la posibilidad de ligarse con los movimientos nacional y agrario para tomar la dirección de ambos: ésa es la tarea que recae sobre nosotros. Las reivindicaciones inmediatas del proletariado como tal (jornada de trabajo, salarios, derecho a organizarse, etcétera) deben constituir la base de nuestra agitación. Pero con eso no basta. Hay solamente tres consignas que pueden elevar al proletariado al rol dirigente de la nación: independencia de China, tierra a los campe­sinos pobres, asamblea constituyente.

Los stalinistas imaginan que desde el momento en que los campesinos llaman soviets a sus organizaciones queda superada la etapa del parlamentarismo revolu­cionario. Es un serio error. Los campesinos rebeldes pueden servir de punto de apoyo de los soviets, sólo si el proletariado demuestra en la práctica su capacidad dirigente. Sin la conducción del proletariado, el movi­miento campesino no hará más que oponer entre sí a las camarillas burguesas para dividirse finalmente en fracciones provinciales. La asamblea constituyente, debido a su importancia como fuerza centralizadora, marcaría una etapa importante en el desarrollo de la revolución agraria. La existencia de "soviets" rurales y "ejércitos rojos" ayudaría a los campesinos a elegir representantes revolucionarios. Es la única manera de ligar políticamente al movimiento campesino con los movimientos nacional y proletario, en esta etapa.

El Partido Comunista Chino declara que actualmente su "consigna principal" es la de la guerra nacional revolucionaria contra el imperialismo japonés (ver articulo de Wang Ming en Communist Interna­tional, 1, 1932). Esta es una manera unilateral e incluso aventurera de plantear la cuestión. Es cierto que la lucha contra el imperialismo, que es la tarea esencial del proletariado chino, no se puede llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias si no es por medio de la insurrección y la guerra revolucionaria. Pero de aquí no se deduce que la lucha contra el imperialismo japonés tiene que ser la consigna central del momento actual. El problema se debe resolver en el contexto internacional.

A comienzos de año, en los círculos de la Comintern se opinaba que Japón había lanzado su acción militar contra China con el fin de empujar inmediatamente la situación a la guerra con la Unión Soviética. Escribí entonces que el gobierno de Tokio tendría que estar totalmente loco para correr el riesgo de ir a la guerra con la Unión Soviética antes de tener consolidada, por lo menos en cierta medida, su base militar de Manchu­ria. En respuesta a esta caracterización de la situación, los stalinistas norteamericanos -los más vulgares y estúpidos de todos los stalinistas- declararon que yo estaba al servicio del estado mayor japonés. Sin embar­go, ¿qué demostraron los acontecimientos de estos últimos meses? El miedo a las consecuencias de una aventura militar era tal en los círculos dirigentes de Japón, que la camarilla militar tuvo que liquidar a unos cuanto estadistas japoneses para obligar al gobierno del mikado a completar la anexión de Manchuria. No cabe duda de que todavía hoy la guerra contra la Unión Soviética sigue siendo una perspectiva muy real, pero en política el tiempo es algo muy importante.

Si el gobierno soviético consideraba que la guerra con Japón era inevitable en lo inmediato, no tenía el derecho ni la posibilidad de aplicar una política de paz, es decir, la política del avestruz. En realidad, en el curso de este año la Unión Soviética firmó un acuerdo con Japón por el cual le proporciona combustible para su flota de guerra. Si la guerra es inevitable ya, ven­derle combustible a Japón significa cometer una trai­ción contra la revolución proletaria. No discutiremos acá el problema de establecer hasta qué punto tal o cual declaración o acto del gobierno soviético son correctos. Una cosa está clara: al revés de los stalinistas norteamericanos, cuyo celo supera todos los limites, los stalinistas de Moscú se orientaron hacia la paz con Japón, no hacia la guerra.

Pravda del 24 de setiembre dice: "La burguesía mundial esperaba con gran impaciencia la guerra sovié­tico-japonesa. Pero el hecho de que la URSS se haya abstenido rigurosamente de intervenir en el conflicto chino-japonés y su firme política de paz evitaron la guerra […]" Con esto admiten que la actitud de los norteamericanos y otros compinches, si tenía algún significado político, era el de empujar al poder soviético por el camino que le quería imponer la burguesía mundial. Con esto no queremos decir que servían conscientemente al estado mayor japonés. Basta con decir que son incapaces de servir conscientemente a la revolución proletaria.

El proletariado chino no sólo incluye en su programa el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética sino también un estrecho acuerdo ofensivo y defensivo con ésta. Esto indica que la política del proletariado chino debe conformarse de acuer­do con la situación internacional de conjunto y sobre todo con la política de la Unión Soviética. Si hoy Japón, arrastrando consigo a China, le declarara la guerra a la Unión Soviética, ésta sería una cuestión de vida o muerte para el proletariado chino y su partido. La guerra le abriría horizontes ilimitados a la revolución china. Pero en la medida en que la situación inter­nacional y las condiciones internas obligan a la Unión Soviética a hacer serias concesiones en el Lejano Oriente para impedir la guerra, o para demorarla lo más posible, en la medida en que Japón no se siente lo suficientemente fuerte como para iniciar las hostili­dades, la guerra contra el imperialismo japonés no puede constituir, por lo menos en este momento, la consigna central de lucha del Partido Comunista Chino.[4]

Wang Ming señala las siguientes consignas de la Oposición de Izquierda china: "Reconstitución del movimiento de masas", "Convocatoria de la Asamblea Constituyente" y "Reanudación de las relaciones diplomáticas entre China y la Unión Soviética". Simplemente porque estas consignas aparecen mal explicadas en un artículo publicado en el órgano legal de la Oposi­ción, Wang Ming llama a la Oposición de Izquierda china "el grupo trotskista contrarrevolucionario de Chen Tu-hsiu"[5]. Aún si admitimos que las consignas revolucionarias estaban mal explicadas, eso no transforma en contra­rrevolucionarias a las consignas o a la organización que las formuló. Pero Wang Ming y sus semejantes tienen que hablar del espíritu contrarrevolucionario de los "trotskistas" si quieren conservar sus puestos y sus salarios.

Mientras se expresan tan ásperamente contra los bolcheviques leninistas, que demostraron tener razón frente a todos los acontecimientos que se sucedieron en China entre 1924 y 1932, los stalinistas son sumamente indulgentes hacia ellos mismos, hacia su inin­terrumpida cadena de errores.

Cuando Japón atacó Shangai, el Kuomintang propuso "el frente único de los obreros, los campesinos, los soldados, los comerciantes y los estudiantes para combatir al imperialismo". ¡Pero éste es el famoso "bloque de las cuatro clases" de Stalin­-Martinov![6] Desde la segunda revolución [1925-27] la opresión extranjera no se debilitó; todo lo contrario, aumentó. También se agudizó el antagonismo entre las necesidades del desarrollo del país por un lado y el régimen y el imperialismo por el otro. Los razona­mientos sobre los que se basaban los viejos argumentos stalinistas en favor del bloque de las cuatro clases se ven doblemente fortalecidos. Pero ahora los stalinistas interpretaron la propuesta del Kuomintang como un nuevo intento de engañar a las masas. ¡Muy bien! Pero se olvidaron de explicar por qué la dirección de la Comintern colaboró con la burguesía china en ese fatal engaño y por qué se expresó en el programa de la Comintern la filosofía de ir a la cola del Kuomintang.

Es evidente que podemos y debemos apoyar la consigna de gobierno democrático independiente: elección de los representantes por el pueblo, etcétera. El programa democrático representa un gran paso ade­lante en relación con el régimen de la dictadura mili­tar. Debemos relacionar las consignas democráticas aisladas y parciales con las consignas principales y con los problemas de la organización revolucionaria y del armamento de los trabajadores.

La cuestión del "patriotismo" y del "naciona­lismo", como algunas otras planteadas en la carta de ustedes, es de carácter más bien terminológico, no fundamental. Los bolcheviques, que están en favor de la liberación nacional de los pueblos oprimidos por medios revolucionarios, dan todo el apoyo al movimiento de las masas populares por su liberación nacional, no sólo contra los imperialistas extranjeros sino también contra los explotadores burgueses del tipo del Kuomintang metidos dentro del movimiento nacional.

¿Debemos introducir el término "patriotismo", tan desacreditado y corrompido? Lo dudo. ¿No será una tendencia a adaptarse a la ideología y la terminología pequeñoburguesas? Si esta tendencia apareciera realmente en nuestras filas tendríamos que combatirla implacablemente.

Muchos problemas de carácter táctico y estratégico parecerán insolubles si los encaramos de manera formal. Pero adquirirán su verdadera dimensión si los planteamos dialécticamente, en el contexto de la lucha viva de las clases y los partidos. La dialéctica revolu­cionaria se asimila mejor en la acción. No me caben dudas de que nuestros amigos y camaradas de ideas chinos, los bolcheviques leninistas, discuten apasio­nadamente los complejos problemas de la revolución china y participan con no menos pasión en la lucha. Estamos por una estrategia para la acción, no para la especulación.

 

L. Trotsky



[1] Por una estrategia para la acción, no para la especulación. Class Struggle, junio de 1933.

[2] Franz von Papen (1879-1969): representante de los junkers, la aristocracia terrateniente prusiana. Fue designado canciller de Alemania en 1932 por Hindenburg y ayudó a Hitler a elevarse al poder disolviendo el gobierno socialdemócrata de Prusia. Reemplazado por Schleicher en diciembre de 1932; en enero de 1933 me convirtió en vice-canciller de Hitler.

[3] Wang Ming (n. 1904): formó parte del grupo de estudiantes chinos que estaban en la Unión Soviética durante la Revolución China de 1925.27. En 1930 volvió a China, en 1931 fue designado secretario general del partido y volvió a Moscú en 1932 como delegado chino a la Comintern. Continuó siendo un vocero literario de la política stalinista en China hasta que a prin­cipios de la década del 40 Mao Tse-tung lo despojó de toda autoridad. Después de 1949, en la primera época del régimen de Mao, ocupó cargos honoríficos, pero a mediados de la década del 50 volvió a Moscú, donde ahora vive exiliado.

[4] Aunque en 1932 Trotsky opinaba que movilizar a las masas en favor de la guerra contra el imperialismo japonés no podía ser la consigna de lucha principal de los revolucionarios, la puso en primer plano en 1937, cuando comenzó la segunda y principal fase de la invasión de Japón a China, y com­batió ásperamente a los sectarios de dentro y fuera de la Cuarta Internacional que se negaban a apoyar a los chinos (ver Escritos 1937-38).

[5] Chen Tu-hsiu (1879-1942): dirigente de la Oposición de Izquierda, estuvo entre los fundadores y líderes del Partido Comunista Chino y siguió la política de la Comintern en la revolución china. En 1929 publicó una carta a los comunistas chinos declarando su apoyo a la Oposición de Izquierda y explicando el papel que él mismo desempeñó en la derrota de la revolución china y el que jugaron Stalin y Bujarin. Estuvo preso desde 1932 hasta 1937 y su salud quedó muy deteriorada. En la cárcel abandonó el movimiento trotskista y se convirtió en algo así como un socialdemócrata humanista, pero no actuó en política después de su liberación. Durante sus últimos años se dedicó a la literatura; escribió una autobiografía en la que se refirió sólo a los años ante­riores a la fundación del PC.

[6] Alexander Martinov (1865-1935): menchevique de extrema derecha antes de 1917 y enemigo de la Revolución de Octubre. En 1923 entró al Partido Comunista Ruso y se convirtió en adversario de Trotsky. Fue uno de los principales artífices en China del "bloque de las cuatro clases", que pretendía justificar la táctica stalinista de unificar al PC Chino con el Kuomintang en base a que este era un partido de la burguesía "progresista".



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