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Ante la tumba recién cavada de Kote Tsintsadze[1]

 

 

7 de enero de 1931

 

 

 

Se necesitaron circunstancias verdaderamente ex­traordinarias, como el zarismo, la clandestinidad, la cárcel y la deportación, muchos años de lucha contra los mencheviques y, sobre todo, la experiencia de tres revoluciones para forjar combatientes de la talla de Kote Tsintsadze. Su vida estuvo ligada por entero a la historia del movimiento revolucionario durante más de un cuarto de siglo. Participó en todas las etapas de la insurrección proletaria, desde los primeros círculos de propaganda hasta las barricadas y la conquista del poder. Realizó la pesada tarea de la organización clan­destina, y cada vez que los revolucionarios caían en las redes de la policía se dedicaba a liberarlos. Luego enca­bezó la comisión especial de la Cheka en el Cáucaso, el centro mismo del poder durante el período más heroico de la dictadura proletaria.

Cuando la reacción contra Octubre provocó cambios en la composición y el carácter del aparato del partido y su política, Kote Tsintsadze fue uno de los primeros que comenzó a combatir estas nuevas tendencias hos­tiles al espíritu del bolchevismo. El primer conflicto estalló estando Lenin enfermo. Stalin y Orjonikije, con ayuda de Dzershinski, habían dado el golpe en Georgia, donde reemplazaron al núcleo de bolcheviques de la Vieja Guardia por funcionarios arribistas como Eliava, Orajelashvili y otros de la misma calaña[2]. Precisamente ante esta cuestión Lenin se preparó para dar la batalla implacable contra la fracción de Stalin y el aparato en el Decimosegundo Congreso del partido. El 6 de marzo de 1923, Lenin escribió al grupo georgiano de la Vieja Guardia, uno de cuyos fundadores era Kote Tsintsadze: "Sigo el caso de ustedes con todo mi corazón. Estoy in­dignado por la rudeza de Orjonikije y la complicidad de Stalin y Dzershinski. Estoy preparando para ustedes al­gunas notas y un discurso" (Obras Completas)

Todos conocen el curso posterior de los aconteci­mientos. La fracción stalinista aplastó a la fracción leni­nista en el Cáucaso. Esta fue la primera victoria de la reacción en el partido e inició el segundo capítulo de la revolución.

Tsintsadze, enfermo de tuberculosis, con varias dé­cadas de militancia revolucionaria sobre sus espaldas, y perseguido a cada paso por el aparato, no abandonó su puesto de lucha ni por un solo instante. En 1928 fue deportado a Bajchi-Sarai, donde el viento y el polvo rea­lizaron su obra funesta con lo que quedaba de sus pul­mones. Transferido a Alushta, el invierno helado y llu­vioso completó la destrucción.

Algunos amigos trataron de gestionar su interna­ción en el Sanatorio Gulripsch de Sujumi, donde en va­rias ocasiones anteriores se le pudo salvar la vida, du­rante ataques sumamente críticos de su enfermedad. Orjonikije "prometió", desde luego; Orjonikije "pro­mete" muchas cosas a todo el mundo. Pero su espíritu cobarde -lo grosero no quita lo cobarde- hizo siem­pre de él un instrumento ciego en manos de Stalin. Mientras Tsintsadze combatía literalmente a la muerte, Stalin frustró todos los intentos de salvar al viejo mili­tante. ¿Enviarlo a Gulripsch en la costa del Mar Negro? ¿Y si lo salvan? Podría establecer la comunicación entre Batum y Constantinopla. ¡No, imposible!

Al morir Tsintsadze, desaparece una de las figuras más atractivas del viejo bolchevismo. Este combatien­te, que más de una vez arriesgó la vida y sabía muy bien cómo castigar al enemigo, era un hombre de dul­zura excepcional en su trato personal. En este terrorista templado, el sarcasmo bonachón y el agudo sentido del humor se combinaban con una ternura que casi se po­día llamar femenina.

La grave enfermedad que nunca lo abandonó no pudo quebrar su resistencia moral, ni siquiera pudo ha­cerle perder su buen humor y su tierno amor por la humanidad.

Kote no era un teórico. Pero su pensamiento claro, su pasión revolucionaria y su colosal experiencia política -la experiencia viva de tres revoluciones- fueron un arma mucho más poderosa, seria y resistente que la doctrina asimilada formalmente por aquellos que care­cen de su fortaleza y perseverancia. Al igual que el Lear shakespeariano, fue un revolucionario de pies a cabeza. Posiblemente, su carácter resaltó más en el curso de los últimos ocho años, de lucha ininterrumpida contra el surgimiento y consolidación de la burocracia carente de principios.

Tsintsadze luchó instintivamente contra todo lo que se asemejara a la traición, la capitulación o la desleal­tad. Comprendió la importancia del bloque con Zino­viev y Kamenev. Pero jamás prestó su apoyo moral a este grupo. Sus cartas demuestran que sentía una repugnancia natural -no hay otra forma de decirlo- hacia los revolucionarios que, para garantizar su per­manencia formal en el partido, lo traicionan renegando de sus ideas.

En el Nº 2 del Biulleten Opozitsi hay una carta de Tsintsadze a Okudshava. Es un documento extraor­dinario por la tenacidad, la claridad de miras y la con­vicción que revela. Ya hemos dicho que Tsintsadze no era un teórico, y dejaba voluntariamente que otros for­mularan las tareas de la revolución, el partido y la Opo­sición. Pero cada vez que su oído captaba una nota en falso, tomaba la pluma y no había "autoridad" capaz de impedirle expresar sus sospechas y responder. Donde mejor se demuestra esto es en su carta del 2 de mayo del año pasado, publicada en el Biulleten 12-13. Este hombre de acción, este organizador, defendía la pureza de la doctrina mucho mejor que algunos teóricos.

En las cartas de Kote tropezamos frecuentemente con frases como las siguientes: "estas vacilaciones son una mala ’institución’", "¡ay de los que no saben es­perar!", o "en la soledad los débiles se contagian de toda clase de cosas". El coraje inconmovible de Tsint­sadze alentaba sus fuerzas menguantes. Hasta su en­fermedad era, para él, un duelo revolucionario. En una de las cartas que escribió algunos meses antes de morir, dijo que lo que estaba en juego en su batalla contra la muerte era la pregunta "¿quién triunfará?" "Por ahora, yo llevo ventaja", agregó con ese optimismo que jamás lo abandonó.

En el verano de 1928, refiriéndose a su situación y su enfermedad, Kote me escribió desde Bajchi-Sarai:

"(...) muchos de nuestros camaradas y amigos se han visto obligados a terminar su existencia en la cárcel o en el exilio; sin embargo, en última instancia, esto servirá para enriquecer la historia revolucionaria: nuevas generaciones aprenderán la lección. La juventud bolchevi­que, aprendiendo las enseñanzas de la lucha de la Opo­sición bolchevique contra el ala oportunista del partido, comprenderá dónde está la verdad (...)"

Tsintsadze sólo podía escribir estas palabras, tan sencillas y sin embargo magníficas, en una carta ínti­ma dirigida a un amigo. Ahora que ya no vive, se la puede y debe publicar. Es la síntesis de la vida y la moral de un revolucionario de alta escuela. Hay que pu­blicarla porque es necesario enseñar a la juventud no sólo con fórmulas teóricas sino también con ejemplos de tenacidad revolucionaria.

Los partidos comunistas de Occidente todavía no han forjado combatientes de la talla de Tsintsadze. Esa es su gran debilidad, y aunque la determinan razones históricas, no obstante, es una debilidad. La Oposición de Izquierda de los países occidentales no es una excep­ción, y debe tener plena conciencia de ello.

El ejemplo de Tsintsadze puede y debe servir de en­señanza, sobre todo para la juventud de la Oposición. Tsintsadze fue la viva negación del arribismo político, es decir, de la tendencia a sacrificar los principios, ideas y objetivos de la causa a los fines personales. Eso de ninguna manera se contrapone con la sana ambición revolucionaria. No, la ambición política cumple un gran papel en la lucha. Pero revolucionario es aquel que subordina totalmente su ambición personal al gran ideal, aquel que se somete y se hace parte de él. Durante toda su vida y en el momento de su muerte Tsintsad­ze repudió sin misericordia el coqueteo con las ideas y la actitud diletante hacia éstas por ventajas personales. Su ambición fue la inconmovible lealtad revolucionaria. Que sirva de lección para la juventud proletaria.



[1] Ante la tumba recién cavada de Kote Tintsadze, The Militant, 15 de fe­brero de 1931.

[2] En 1922 estalló un conflicto a nivel del aparato central del partido en Moscú, entre la dirección de los bolcheviques georgianos y Stalin; el tema central del conflicto era la relación de la República de Georgia a la propuesta de integrar las repúblicas soviéticas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Orjonikije, secretario del Buró Regional Transcaucasiano, tomó las riendas de la Federación Transcaucasiana, formada por Armenia, Georgia, y Azerbai­jan, que se había organizado pasando por alto las objeciones de Georgia, como paso previo a su afiliación como unidad a la URSS. En el transcurso de la lucha, Stalin y Orjornikije llevaron a cabo una purga en la dirección georgiana y esta­blecieron un grupo que se subordinaba el aparato partidario. Cuando Lenin supo lo que estaba ocurriendo, y que Orjonikije había agredido físicamente a uno de los georgianos, se alarmó por la violación de los derechos de las minorías nacionales no-rusas y por los métodos utilizados En los días 30 y 31 de di­ciembre de 1922 escribió algunas notas sobre el tema, que aparecen bajo el título Acerca de la cuestión de las nacionalidades o sobre la autonomización en sus Obras Escogidas. El último de una serie de ataques que lo postraron hasta su muerte le impidió lanzar una contraofensiva en el Decimosegundo Congreso. Felix Dzershinski (1877-1926): uno de los fundadores del Partido Socialdemócrata Polaco, encabezó la Cheka desde su fundación en 1917 y el Consejo Supremo de la Economía Nacional desde 1924 hasta su muerte. En el conflicto georgiano se desempeñó como miembro de una comisión investigadora de Moscú que justificó totalmente a Stalin y a Orjonikije.



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