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Las lecciones de la traición de Mill[1]

 

 

13 de octubre de 1932

 

 

El caso Mill constituye uno de esos episodios que, hablando en general, son casi inevitables en el proceso de selección y educación de nuestros cuadros. La Oposi­ción de Izquierda sufre una presión tremenda. Pero no todos están decididos a enfrentarla. Todavía se darán no pocos reagrupamientos y deserciones personales. En esta carta quisiera señalar algunas lecciones que nos deja el episodio Mill, las cuales me perecen simples e indiscutibles.

Lenin habló del ultraizquierdismo como enfermedad infantil. Pero tenemos que recordar que el ultraizquier­dismo no es la única enfermedad infantil en política; hay algunas otras. Como sabemos, a los niños les re­sulta difícil comprender la naturaleza de su enfermedad e incluso su ubicación. En política ocurre algo similar. Se requiere un grado de madurez bastante alto para que dos grupos, desde el momento en que nacen, pue­dan definir más o menos claramente los puntos fundamentales que los diferencian. Ocurre más a menudo que los grupos jóvenes, como si fueran niños enfermos, se quejan de que les duele el brazo o la pierna, cuando en realidad lo que les duele es el estómago. Los individuos o los grupos pequeños no muy templados por el trabajo organizativo y educativo tenaz y prolongado, desilusionados porque el éxito no cae del cielo, a menu­do no se dan cuenta de que la raíz de sus fracasos reside en ellos mismos, en su incoherencia, en su debilidad, en su sentimentalismo pequeñoburgués. Buscan afuera al culpable de sus problemas y generalmente lo encuen­tran en el mal carácter de X o de Y. Con frecuencia terminan haciendo un bloque con Z, con el que no están de acuerdo en nada, contra Y, con el que, según dicen, están de acuerdo en todo. Cuando los revolucionarios serios se asombran o se indignan por su actitud, co­mienzan a protestar diciendo que se está tejiendo una "intriga" en contra de ellos. Esta perniciosa forma de actuar, que observamos más de una vez en las distin­tas secciones, es la que se siguió hasta el final en el epi­sodio Mill, que por eso resulta especialmente instruc­tivo.

¿Cómo llegó Mill a ser miembro del Secretariado Administrativo? Ya hablé de esto en mi nota a la prensa. Las condiciones objetivas exigían la presencia en el Secretariado de una persona estrechamente vinculada con el centro de la Oposición rusa, que pudiera traducir los documentos rusos, mantener la correspondencia, et­cétera. Prácticamente, Mill aparecía como el único can­didato posible. Declaró su total solidaridad con la Oposición rusa y participó en la lucha contra Landau, Rosmer, etcétera. Todos nuestros camaradas recorda­rán cómo, en el transcurso de un conflicto totalmente sin principios con el grupo dirigente de la Liga francesa, trató súbitamente de hacer un bloque con Rosmer, que ya había abandonado las filas de la Liga.

¿Qué significaba esto? ¿Cómo podía ser que un mili­tante responsable, en veinticuatro horas, cambiara de posición en una cuestión tan importante, en función de consideraciones personales? El propio Mill seguía diciendo que él no tenía ninguna diferencia con la Opo­sición rusa, que lo único que ocurría era que tal o cual camarada francés "le desagradaba". En otras pala­bras, recurría a los mismos argumentos que hasta el día anterior le había reprochado a Rosmer. Este, apo­yándose en la oposición entre las ideas y las personas, había construido una teoría puramente anecdótica que demuestra, sin lugar a dudas, que no rompió con la Co­mintern porque se había elevado a una perspectiva histórica superior sino porque en el fondo no había lle­gado a la comprensión de la política y el partido revolu­cionario.

La única conclusión que podemos sacar de la mise­rable conducta de Mill es la siguiente: es evidente que para él los principios en general no son importantes; las consideraciones personales, las simpatías y las antipa­tías determinan su conducta política mucho más que los principios y las ideas. El hecho de que le haya propues­to un bloque a una persona a la que definía como no marxista, contra camaradas a los que considera mar­xistas, demostró claramente que no se le podía tener confianza política ni moral y que era incapaz de mante­nerse leal a la causa. Si en ese momento traicionó en pequeña escala, el día de mañana podría hacerlo en una escala mucho mayor. Esa es la conclusión que tendría que haber sacado cualquier revolucionario.

La Oposición rusa, a la que cabía una responsabili­dad mayor que a las demás secciones por haber llevado a Mill al Secretariado, propuso inmediatamente su remoción de ese organismo ¿Y qué ocurrió? Esta propuesta, natural, urgente, adecuada a la situación exis­tente, chocó con la resistencia de algunos camaradas. En primera fila estaban los camaradas de la sección es­pañola, que incluso consideraron la posibilidad de pro­poner a Mill como representante de su sección en el Secretariado Internacional y al mismo tiempo declaraban que no tenían diferencias políticas con la dirección de la Oposición de Izquierda Internacional.

En ese momento este paso inesperado nos produjo una impresión chocante a muchos de nosotros. Pero nos preguntamos, ¿qué es lo que lleva a los camaradas españoles a hacer suya la causa de Mill? Es evidente. Ven en Mill a un camarada "al que le han hecho zanca­dilla", y se apresuran a tomar su defensa. En otras palabras, en una cuestión política de excepcional impor­tancia se dejan guiar por consideraciones que no son políticas ni revolucionarias sino sentimentales y per­sonales.

Así como Mill intentó formar un bloque con el desertor Rosmer contra la Liga francesa, los camaradas dirigentes españoles hicieron un bloque con Mill con­tra las secciones rusa, francesa y otras, aunque según sus propias palabras no tenían diferencias con ellas. ¡Vemos entonces a qué conclusiones se puede llegar cuando no se está guiado, en las cuestiones importantes, por consideraciones políticas revolucionarias sino por impresiones, sentimentalismos y simpatías o antipatías personales!

El hecho de que Mill, "buscando trabajo", haya en­trado en negociaciones con los stalinistas y finalmente asumido la tarea de "desenmascarar" en la prensa a la Oposición de Izquierda demuestra definitivamente que es un pequeño burgués corrupto. Seguramente ninguno de nosotros lo negará. Pero con esto no basta; debemos entender que el súbito vuelco de Mill hacia Rosmer no fue más que el ensayo general de su vuelco actual hacia los stalinistas. La base de ambas traiciones es la de­subicación del pequeño burgués extraviado en el campo de la política revolucionaria.

No me detengo tanto en esta cuestión a causa de Mill sino del problema de la selección y educación de los cuadros de la Oposición de Izquierda. Este proceso está lejos de haber terminado, aunque precisamente en este terreno nos podemos acreditar grandes éxitos.

En este momento la Oposición española atraviesa una crisis extremadamente ardua. La dirección elegida en la última conferencia está deshecha aunque no es posible encontrar bases principistas para esta descom­posición; respecto a cada miembro del Comité Central podemos hacer referencia a alguna razón personal en especial. Sin embargo, quien en su momento haya ana­lizado seriamente la posición del Comité Central de la Oposición española tiene que haberse dado cuenta des­de entonces de que la sección se encaminaba hacia una crisis.

De hecho, los dirigentes de la Oposición española no comprendían la importancia principista de la lucha que librábamos contra Rosmer, Landau, etcétera. Lo demuestra el que se haya aliado con Mill contra los cua­dros principales de la Oposición Internacional mientras repetían que no tenían diferencias con nosotros, elimi­nando así la única justificación posible para su manera de actuar. Por todas estas razones no podíamos dejar de decirnos, alarmados: "Es difícil que los dirigentes de la Oposición española impriman una orientación correcta a su sección, y donde falta una orientación sólida apare­cen inevitablemente los motivos y sentimientos perso­nales." Sólo por medio de claros principios revolucionarios se puede unificar a un conjunto de personas de cos­tumbres, carácter, temperamento y educación diferen­tes. De otro modo la desintegración de la organización es inevitable. Sobre las simpatías personales, el ami­guismo y el espíritu de camarilla lo único que se puede construir es un inerte club de debates al estilo de Souvarine[2] o un hogar para inválidos políticos del tipo Rosmer, y ni siquiera por mucho tiempo.

Por desagradable que sea, debo referirme además a un punto "delicado", dado que lo exige el interés de la causa: no se pueden construir relaciones políticas fir­mes con evasiones y convencionalismos.

Cuando en nuestras cartas les preguntamos a los ca­maradas dirigentes españoles qué razones de principios, qué consideraciones políticas u organizativas los llevaban a asumir la defensa de Mill contra la sección rusa, la francesa, la alemana, la belga, etcétera, recibi­mos este tipo de respuestas: "Tenemos derecho a ex­presar nuestra propia opinión", "nos negamos a recibir órdenes", etcétera. Esta respuesta inesperada nos pa­reció un síntoma muy alarmante

Admitamos que alguno de nosotros realmente ten­ga tendencias a dar órdenes a los demás. Hay que resistir esa tendencia, y cuanto más fuerte sea mayor ha de ser la resistencia. Pero la necesidad de combatir resuel­tamente ese hábito de dar órdenes no libra a los camaradas españoles de la obligación de establecer los fundamentos políticos de su intervención fraccional en favor de Mill y contra la inmensa mayoría de las sec­ciones. Exigir que se expliquen las razones de principio de tal o cual actitud no implica de ninguna manera una tendencia a dar órdenes. Cualquier militante de la Opo­sición de Izquierda tiene derecho a dirigir a las institu­ciones responsables de la organización la pregunta ¿por qué? Librarse del deber de dar una respuesta concreta con la simple afirmación del derecho a la opinión propia significa sustituir las obligaciones revolucionarias re­cíprocas por lugares comunes medio liberales, medio sentimentales. Después de recibir esa respuesta, es inevitable plantearse nuevamente: "Desgraciadamen­te, algunos camaradas dirigentes españoles no tienen una base común suficientemente sólida con la Oposición de Izquierda Internacional. De aquí proviene su despreocupación por la historia de la Oposición, por las luchas que libró, por la selección de sus cuadros; de aquí proviene la tendencia a dejarse llevar por impre­siones personales, por caracterizaciones psicológicas, por criterios individuales; de aquí también le afirma­ción de la ’libertad’ de opinión en lugar de la funda­mentación marxista de la opinión."

Sobra decir que está muy lejos de nosotros la idea de comparar con Mill a cualquiera de los camaradas españoles. Pero persiste el hecho de que los camaradas de la dirección española no entendieron por qué atacá­bamos implacablemente a Mill y por qué exigíamos que los demás hicieran lo mismo. Esperamos que ahora, por lo menos, esta lección haga que nos unamos y no que surjan nuevos motivos de discusión.



[1] Las lecciones de la traición de Mill. Boletín Interno, Liga Comunista de Norteamérica, N° 6, 15 de enero de 1933. Firmado "G. Gourov".

[2] Boris Souvarine (n. 1893): uno de los fundadores del Partido Comunista Francés y uno de los primeros biógrafos de Stalin. En la década del 20 fue rechazado por el stalinismo y en la del 30 se volvió contra el leninismo. Para Trotsky era un prototipo del cinismo y el derrotismo que caracterizan a los renegados del bolchevismo.



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