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Entrevista para Politiken[1]

 

 

28 diciembre de 1932

 

 

 

-¿Aceptó usted la invitación a dar una conferencia en Copenhague por alguna razón en especial? Me imagino que usted recibe muchas invitaciones.

- Naturalmente, el viaje hasta aquí es muy largo -contesta Trotsky- pero quería viajar en este momento y me gusta Escandinavia. Usted sabe que ya estuve aquí. Vine por casualidad a Dinamarca antes de ir a Noruega. Hace dos años recibí una invitación de los estudiantes noruegos, e incluso Mowinckel[2] me garantizó el permiso de entrada, pero en febrero del año pasado, justo cuando iba a partir, se incendió mi casa de Prinkipo. Todos mis manuscritos y papeles quedaron destruidos y me fui de la isla mientras se reparaba la casa. No quise viajar en esas circunstan­cias. Pero ahora ya está todo arreglado, y vamos a volver allí cuando nos vayamos de Escandinavia.

- ¿Estuvo antes en Dinamarca? -pregunté, luego de prometerle no hablar de política.

- En 1910 participé en el congreso socialista internacional que se realizó en Copenhague. Vine desde Inglaterra con Rosa Luxemburgo, que en esa época, como yo, estaba exiliada de Rusia. Los hermosos días que pasé entonces en Copenhague están entre los recuerdos más felices de mi vida. Hay algo gentil y amistoso en los daneses. No estoy tratando de hala­garlos; es evidente que no pueden ser de otra manera. Pero recuerdo que quedé muy impresionado.

Terminamos el congreso con un gran banquete que se sirvió, creo, en el Concejo Deliberante, y que fue una magnífica experiencia. Sí, muchas cosas ocurrie­ron desde entonces. Cuando pienso en las personas que se reunieron entonces en Copenhague, muchos aconte­cimientos me vienen a la mente. Estaban Bebel, el diri­gente socialista alemán, Jean Jaurés,[3] asesinado cuando estalló la guerra, Lenin, relativamente desconocido en esa época y Rosa Luxemburgo, que cayó mártir de sus convicciones apasionadas. Si nos hubiéra­mos puesto a adivinar el futuro, nunca habríamos imaginado todo lo que iba a suceder.

- ¿Estaba con usted su esposa?

- No, pero guardó las fotografías y postales que yo le enviaba y siempre quiso conocer la ciudad que yo tanto alababa.

- ¿Sabe usted que Lenin vivió durante un tiempo en Copenhague cuando estaba exiliado?

- Nunca lo había oído, pero me resulta interesante saberlo. Yo casi fui a Copenhague en 1907, cuando me escapé de Siberia por segunda vez. Me las arreglé para llegar disfrazado a los Urales. De allí, en el apuro, tomé el tren a Petrogrado, y afortunadamente pude evitar a los espías de la policía. En la frontera con Finlandia me esperaban unos activistas finlandeses que me ayudaron a llegar a Suecia. Me fui hacia Copenhague pero no llegué sino hasta Malmo; dio la casualidad que allí había un barco que iba a Londres.

- ¿Va a dar una conferencia también en Noruega?

- Creo que sí. Si puedo entrar, iré allá. A mi esposa y a mí nos gustaría ir también a Suecia, a mi esposa sobre todo para ver los museos y las galerías de arte. Durante diez años estuvo a cargo de todos los museos rusos -científicos y artísticos- y hay allí muchas colecciones valiosas que ella hizo llevar. En Italia, donde nos detuvimos en viaje hacia acá, tuvimos una gran experiencia. Vimos las nuevas y enormes excava­ciones de Pompeya. Lo que los italianos lograron es realmente colosal. Reconstruyeron un tercio de la ciudad tal como era en el pasado; mirándolas uno recrea la vida de la ciudad de ese entonces.

- ¿Resulto fatigoso el viaje?

- No, en absoluto. Hicimos una maravillosa travesía en barco durante ocho días de Constantinopla a Marsella, y afortunadamente llegamos demasiado tarde para tomar el tren, así que tuvimos que ir en coche hasta Lyon. Fue inolvidable; cuatrocientos kiló­metros por el sur de Francia. Me gusta andar por ahí -Trotsky se levanta y enrolla las persianas-. También me gustaría ver un poco de Dinamarca -agrega- pero es una lástima la neblina que tienen aquí ahora.

- ¿Sobre qué tema hablará en Copenhague?

- Sobre la Revolución Rusa, pero será una expli­cación puramente histórica y científica de los aconte­cimientos. Me ceñiré exclusivamente a Rusia y no tocaré la política internacional. Lamentablemente no hablo danés; decidí hacerlo en alemán, idioma que, según me han dicho, muchos daneses comprenden.

- ¿Cuánto hace que vive en Prinkipo?

- Cuatro años. Usted sabe que se me concedió el derecho a vivir en el exilio, y naturalmente Prinkipo es mejor que Siberia. Cuando no estoy escribiendo, voy a cazar o a pescar. Actualmente estoy trabajando en un libro nuevo, extenso, sobre la Revolución Rusa. Tengo una hija que vive conmigo junto con su hijo de seis años, y usted sabe que donde hay niños no queda tiempo de aburrirse. Pero, naturalmente, no tengo la idea de quedarme para siempre en esa islita.

- ¿Espera volver a Rusia?

- No, gracias -sonríe Trotsky tirando pensativamente de su puntiaguda barba gris-. Pero ahora usted me esta provocando para que hable de política y ya le dije que no lo haría.



[1] Entrevista para Politiken. Intercontinental Press, 30 de octubre de 1932. Traducida [al inglés] por David Thorstad. Este reportaje, también llevado a cabo en el tren que iba de Esbjerg a Dinamarca, apareció en el periódico danés Politiken el 24 de noviembre de 1932.

[2] Johan Mowinckel (1870-1943): primer ministro o ministro de relaciones exteriores de Noruega durante casi todo el período que se extiende desde la Primera Guerra Mundial hasta 1935.

[3] Jean Jaurés (1859-1914): notorio socialista francés y destacado orador, fue asesinado el 31 de julio de 1914.



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