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El problema del partido laborista en Estados Unidos[1]

 

 

19 de mayo de 1932

 

 

 

Releí las tesis de la Segunda Conferencia de la Liga norteamericana con respecto al problema del partido laborista.[2] Las encuentro excelentes en todas sus partes y me adhiero totalmente a ellas.

Creo necesario subrayar mi pleno acuerdo con estas tesis dado que mi entrevista con el New York Times de marzo de 1932 [publicada en esa fecha] dio lugar a malentendidos y falsas interpretaciones, especialmente por parte del grupo de Lovestone.[3]

1. ¿Qué opinión manifesté sobre el Partido Laborista? Afirmé que la política norteamericana se europeizará, en el sentido de que el desarrollo inevitable e inminente de un partido obrero cambiará totalmente la faz política de Estados Unidos. Para un marxista éste es un lugar común. No me refería a un partido laborista en el sentido específicamente británico de la palabra sino en un sentido europeo más general, sin señalar qué forma tomaría ese partido o qué etapas atravesaría. En esa entrevista no había la menor necesidad de entrar a discutir las diferencias tácticas internas de los comunistas, La traducción al inglés del texto en ruso de mi entrevista, donde utilizo los términos rabochaia partia, es incorrecta, ya que da lugar a una interpretación concreta y especifica, en lugar de una mas general.

2. Se puede alegar que el término general “partido obrero” no excluye al partido laborista en el sentido británico. Puede ser. No obstante, esa eventualidad no tiene nada que ver con un problema táctico preciso. Podemos admitir hipotéticamente que la burocracia sindical norteamericana se verá obligada, en determinadas condiciones históricas, a imitar a la burocracia sindical británica y crear algún tipo de partido basado en los sindicatos. Pero esa eventualidad, que me parece muy problemática, no constituye un objetivo por el que los comunistas deban luchar y sobre el cual tengan que concentrar la atención de la vanguardia proletaria.

3. El largo período de confusión dentro de la Comintern hizo que mucha gente se olvidara de un principio muy simple pero absolutamente irrevocable: un marxista, un revolucionario proletario, no puede presentarse ante la clase obrera como portador de dos banderas. No puede decir en una reunión obrera: “Tengo entradas para un partido de primera clase y otras, más baratas, para obreros atrasados.” Si soy comunista tengo que pelear por el partido comunista.

4. Se puede decir que en las condiciones norteamericanas un partido laborista al estilo británico sería progresivo; al reconocerlo y afirmarlo ayudamos, aunque indirectamente, a implantar ese partido. Esa es precisamente la razón por la que nunca asumiré la responsabilidad de afirmar de manera abstracta y dogmática que la creación de un partido laborista seria un “paso progresivo” ni siquiera en Estados Unidos, porque no sé en qué circunstancias, bajo qué orientación y con qué objetivos se crearía ese partido. Me parece más probable, sobre todo en Norteamérica, que no cuenta con ninguna tradición importante de acción política independiente de la clase obrera (como por ejemplo el cartismo en Inglaterra),[4] y donde la burocracia sindical es más reaccionaria y corrupta que la del apogeo del imperio británico, la creación de un partido laborista, el cual sólo podría ser producto de una poderosa presión revolucionaria de las masas trabajadoras y de la creciente amenaza del comunismo. Es absolutamente evidente que en estas condiciones el partido laborista no significaría un paso adelante sino un freno en la evolución progresiva de la clase obrera.

5. No podemos profetizar de qué manera en Estados Unidos el partido obrero se convertirá, en el futuro inmediato, en un genuino partido de masas, porque los partidos socialistas y laboristas son muy distintos en cada uno de los países, incluso dentro de Europa. En Bélgica, por ejemplo, vemos surgir un tipo intermedio de partido. Seguramente las etapas de desarrollo del partido proletario serán sui generis en Norteamérica. Sólo podemos afirmar con certeza una cosa: debido especialmente a que Estados Unidos, entre 1921 y 1924, vivió ya una importante experiencia en lo que se refiere a la creación de un partido obrero u obrero-campesino[5] no puede resurgir un movimiento similar como simple repetición de esa experiencia; será un movimiento mucho mas efectivo y cristalizado, ya sea que lo oriente un partido comunista revolucionario o que lo hagan elementos reformistas[6] como maniobra de presión contra el avance del partido comunista. Y si ya entre 1921 y 1924 el Partido Comunista no tuvo grandes posibilidades de trabajo independiente en la organización de un partido laborista incipiente, menos posibilidades tendría en la nueva etapa de un movimiento análogo.

6. Se puede suponer que la burocracia sindical y sus consejeros socialistas y demócratas de izquierda demostrarán ser más perspicaces y comenzarán a formar el partido laborista antes de que el movimiento revolucionario se torne demasiado amenazante. Pero teniendo en cuenta el ciego empirismo y la estrechez de miras provinciana de la burocracia sindical y la aristocracia laboral norteamericanas, tanta perspicacia parece muy improbable. El fracaso del intento anterior nos demuestra que la burocracia, tan tenaz para lograr sus objetivos inmediatos, es absolutamente incapaz de una acción política sistemática a gran escala, incluso en beneficio de la sociedad capitalista. La burocracia tendría que recibir un golpe muy fuerte para decidirse a tomar una iniciativa tan “radical”. Sin embargo, si en un momento determinado la creación de un partido laborista impidiera al comunismo obtener grandes triunfos, nuestra obligación elemental no sería proclamar el carácter progresivo del partido laborista sino su insuficiencia, su ambigüedad, sus limitaciones y su papel histórico de freno de la revolución proletaria.

7. ¿Tendremos o no que ingresar a ese partido laborista? No es un problema de principios sino de circunstancias y posibilidades. El problema se planteó cuando los comunistas británicos hicieron la experiencia con el Partido Laborista, experiencia que le fue mucho más útil a éste que a aquellos. Es evidente que la posibilidad de participar en un movimiento laborista es mayor en el momento de su formación, es decir, cuando ese partido no es tal sino un amorfo movimiento político de masas. Es indiscutible que en ese momento tendremos que participar con la mayor energía, no para ayudar a formar un partido laborista que nos excluirá y combatirá sino para empujar cada vez más hacia la izquierda a los elementos progresistas del movimiento, valiéndonos para ello de nuestra actividad y nuestra propaganda. Se que esto le parecerá demasiado simple a la gran generación nueva que busca en todas partes algún método para superar a sus débiles dirigentes.

8. Considerar al partido laborista como una serie integrada de frentes únicos significa no comprender el concepto del frente único ni el del partido. El frente único está determinado por circunstancias y objetivos concretos. El partido es permanente. En un frente único mantenemos las manos libres para romper con nuestros aliados circunstanciales. Estar en un mismo partido con estos aliados implica atarse a la disciplina e incluso al hecho mismo del partido. Hay que comprender bien la experiencia del Kuomintang y la del Comité Anglo-Ruso. La línea estratégica determinada por la falta de independencia del Partido Comunista y el deseo de entrar al partido “grande” (Kuomintang, Partido Laborista) produjeron inevitablemente todas las consecuencias propias de la adaptación oportunista a la voluntad de los aliados y, por intermedio de éstos, a la del enemigo. Tenemos que educar a nuestros cuadros en la certeza de que la idea comunista es invencible y en la fe en el futuro del partido revolucionario. La lucha paralela por otro partido provoca inevitablemente una dualidad en sus mentes y los vuelca hacia el oportunismo.

9. La política del frente único no ofrece sólo grandes ventajas sino también limitaciones y peligros. El frente único, aun a través de un bloque circunstancial, a menudo impulsa a desviaciones oportunistas frecuentemente fatales, como sucedió, por ejemplo, con Brandler en 1923. El peligro se agudiza enormemente si el así llamado partido comunista pasa a formar parte de un partido laborista creado por obra y gracia de su propia propaganda y actividad.

10. Es cierto que el partido laborista puede ser un terreno de lucha propicio para nosotros y que, pese a haber sido creado como barrera ante el comunismo, en determinadas circunstancias puede fortalecer al partido comunista. Pero siempre con la condición de no considerar al partido laborista “nuestro partido” sino un lugar en el que actuamos como partido comunista absolutamente independiente.

11. No hay que evaluar las resoluciones sobre el Partido Laborista británico tal como fueron escritas antes de las experiencias de la Comintern y el Partido Comunista británico al respecto, sino a la luz de esas experiencias. El intento de aplicarlas ahora, en 1932, a las condiciones norteamericanas es característico de la mentalidad de los epígonos[7] y no tiene nada que ver con el marxismo ni con el leninismo.

12. No hace falta decir que la idea de un partido obrero-campesino constituye una traidora burla al marxismo.



[1] El problema del partido laborista en Estados Unidos. The Militant, 11 de junio de 1932. Las observaciones de Trotsky sobre el partido laborista en Respuestas al New York Times provocaron problemas en Estados Unidos, lo que lo impulsó, a escribir esta carta. Entre los que formularon planteamientos estaba la Liga Comunista de Lucha, dirigida por Albert Weisbord, que había ido a Turquía para discutir sus diferencias con la Oposición de Izquierda (ver A la Liga Comunista de Lucha, 22 de mayo de 1932).

[2] La Segunda Conferencia Nacional de la Liga Comunista de Norteamérica se reunió, en Nueva York en setiembre de 1931. Aprobó una resolución oponiéndose a impulsar un partido laborista, aunque reconocía la necesidad de trabajar dentro de éste si se formaba (ver The Militant, 25 de julio de 1931).

[3] Jay Lovestone (n. 1898): dirigente del Partido Comunista norteamericano expulsado en 1929 por orden de Moscú, poco después de la caída de su aliado soviético Bujarin. El grupo Lavestonista, como otros de la Oposición de Derecha, siguió existiendo hasta la Segunda Guerra Mundial. En la época de la guerra fría, Lovestone se convirtió en consejero de asuntos exteriores de George Meany, presidente de la AFL-CIO [Federación Norteamericana del Trabajo - Comité para la Organización Industrial]

[4] El cartismo: movimiento de masas que comenzó en 1838 se disipó a principios de la década de 1850, su lucha por la democracia política y la “igualdad social” casi alcanzó proporciones revolucionarias. Se basaba en la “Carta del Pueblo”, programa elaborado por la Asociación de Trabajadores de Londres.

[5] A fines de 1919 la Federación del Trabajo de Chicago, junto con organismos laborales de otras zonas, formó un partido laborista nacional, posteriormente llamado Partido Obrero-Campesino y presentó su candidato a las elecciones presidenciales de 1920. El Partido Comunista norteamericano ignoró este proceso, pero a fines de 1922, bajo la dirección del representante de la Comintern John Pepper (Joseph Pogany), cambió de posición y logró ganar el control del Partido Obrero-Campesino en la convención de julio de 1923. la Federación del Trabajo de Chicago y otros grupos laborales se retiraron; el partido cambió su nombre por el de Partido Obrero-Campesino Federado y en 1924 participó en la campaña electoral del Partido Progresista de La Follete. Dentro del Partido Comunista hubo oposición a esta política, y el Comité Ejecutivo de la Comintern, que fue consultado, la caracterizó de oportunista. El Partido Comunista se apresuró a presentar candidatos propios; lo apoyó un sector del Partido Obrero-Campesino Federado y otro sector se unió a la campaña de la Follete.

[6] El reformismo es la teoría y la práctica que sostiene que el mejor o el único medio de pasar del capitalismo al socialismo es el cambio gradual, pacífico y parlamentario (en oposición a la revolución). En consecuencia, los reformistas pretenden apaciguar la lucha de clases y promover la colaboración de clases. Los reformistas de la burocracia sindical de Estados Unidos ni siquiera hacen alarde de querer ir más allá de un capitalismo liberal.

[7] Epígonos (discípulos que corrompen las enseñanzas de sus maestros: corrosivo término que aplicaba Trotsky a los stalinistas, quienes pretenden aparecer como leninistas.



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