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Declaración de prensa en Brindisi[1]

 

 

8 de diciembre de 1932

 

 

 

Lo siento pero no tengo mucho que decirles. Mi viaje es de carácter absolutamente privado. Todos los rumores en contra son falsas hipótesis e inventos ex­travagantes. ¿Estamos contentos mi esposa y yo de apartarnos de todo lo cotidiano durante unas semanas? Sí, estamos contentos de ver una vez más los países y ciudades que conocimos mucho y por los que viajamos tanto antes de la guerra. Muchas cosas cambiaron. Algunas para mejor; otras, más numerosas, para peor. Pero éste es un tema muy complicado, más adecuado para un libro que para una breve entrevista.

La prensa europea ya informó ampliamente sobre el incidente de Marsella, aunque no con mucha exactitud. Puedo explicarles en unas palabras este suceso desa­gradable, del que de ningún modo me siento responsa­ble. Cuando llegué a Dunquerque, la policía me infor­mó que el próximo barco no saldría de Marsella hasta nueve días después y que tendría que pasar una sema­na en Francia. Mis amigos me dijeron que ya habían alquilado una pequeña villa en las afueras de Marsella con permiso de las autoridades francesas. Aceptamos este episodio imprevisto como una razón de fuerza mayor, producida por los horarios de los barcos y las exigencias de la policía francesa. Cambiamos nuestros planes de viaje de acuerdo a las circunstancias y dos de mis colaboradores se quedaron en París para comprar algunos libros, etcétera. Arreglé con mi editor alemán una entrevista en Marsella. Nuestro hijo vino de Berlín con su esposa para pasar esa semana con nosotros. Cuando subimos al tren en Marsella la policía nos in­formó que se habían declarado nulas e inválidas todas las disposiciones acordadas doce horas antes, y que te­níamos que abordar inmediatamente el barco italiano Campidiglio para partir al día siguiente. Acatamos tranquilamente, y como se podían imaginar, con muy poco entusiasmo estas nuevas órdenes de la policía. Subimos a bordo, y recién cuando estábamos en nues­tra cabina nos enteramos de que era un barco de carga, que tardaría dos semanas en llegar a Estambul y que no estaba adaptado a las necesidades más elementales de los pasajeros. Descendí, y al pie del pasamano me en­contré con el comisionado en jefe de Marsella. Le dije que no era un caso de necesidad sino de capricho, que no se podía transformar en una trampa la visa que se nos había acordado y que, especialmente debido a que mi esposa sufre mucho en los viajes por mar, no podía­mos ir en un barco tan inadecuado. El comisionado es­pecial me dijo que tenía orden de recurrir a la fuerza si era necesario. "¿Entonces usted se cree con derecho a utilizar el poder de la policía francesa para meterme en un barco italiano?" Me contestó con un categórico "si". No menos categóricamente me rehusé a someter­me. Mi esposa y los jóvenes amigos que nos acompaña­ban bajaron del barco. Rodeados por la policía francesa, nos quedamos en un rincón del puerto bastante in­hóspito desde la medianoche hasta las tres y media de la mañana. Mi esposa todavía tiene un buen resfrío como recuerdo de este episodio de nuestro viaje. Se sucedían las órdenes y contraórdenes telefónicas. Recién a la madrugada nos condujeron al hotel. Envié telegramas de protesta al presidente del Consejo, se­ñor Herriot, al ministro del interior y a varios diputa­dos. Me tracé un nuevo plan: pedir inmediatamente autorización al gobierno italiano para pasar de Marsella a Venecia. La respuesta afirmativa de Roma llegó a tiempo para salvar a las autoridades francesas de una disyuntiva muy desagradable, echarse atrás o utilizar la fuerza.

Mi viaje por Italia transcurrió con toda normalidad. Contemplamos con admiración continua este soberbio valle del Po, que yo conocía muy poco y mi esposa nun­ca había visto. Es la primera vez que venimos a Venecia y esperamos que no sea la última.

 

Posdata, 9 de diciembre de 1932:

 

Nuevamente los horarios de los barcos se interpu­sieron en nuestro destino, pero esta vez mucho más fa­vorablemente. El barco se fue de Venecia antes de que llegáramos nosotros. Pasamos cinco horas paseando por esta ciudad única. Tuvimos que atravesar por tren gran parte de Italia, de Venecia a Brindisi. Lamentable­mente, la mitad del viaje transcurrió por la noche, lo que significó no poder contemplar durante esas horas los diversos paisajes de Italia, siempre soberbios.



[1] Declaración de prensa en Brindisi. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido del francés [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Michael Baumann. El gobierno italiano le permitió a Trotsky entrar a Italia, y el viaje continuó por Venecia y luego por la ciudad portuaria sudoriental de Brindisi.



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