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Los cambios en las tendencias actuales

Farrell Dobbs

Traducción realizada por Pedro Bonnano, especialmente para este boletín de Dobbs, Farrell, “Changes in National Trends” (Capítulo 9), en Teamster Politics, New York, Pathfinder Press, 1975.

 

La situación política única reinante en Minnesota daba lugar a una visión un tanto distorsionada de la política nacional de los stalinistas. Superficialmente, podía parecer que tenían algún interés en mantener la independencia organizativa del Partido de Trabajadores y Campesinos (PTC)[1] , pero esto distaba mucho de ser verdad. Su único objetivo inmediato era atar el PTC a la política del New Deal. El objetivo fundamental era disolverlo dentro del Partido Demócrata.

Desde el viraje del Frente Popular, el PC se había opuesto a cualquier tipo de ruptura de clase con los demócratas. Todo el centro de atención se focalizaba entonces en movilizar, con toda energía, en apoyo de Roosevelt, con el propósito de presionar por un bloque soviético-norteamericano contra Hitler como recompensa.

Actuando en conformidad con esto, los stalinistas frustraban las tendencias hacia la izquierda en el seno de la clase obrera. Con este objetivo, realizaron todo tipo de maniobras fraccionales contra quienes se oponían a su línea. Además, como medio de llevar adelante esa política, trataban de constituir bloques y formar alianzas con otras tendencias colaboracionistas de clase en el movimiento obrero.

A este respecto, Earl Browder[2], entonces dirigente del PC, anunció su deseo de cooperar con el Partido Socialista. Era evidente que tenía dos cosas en mente. El PS había estado incorporando jóvenes trabajadores, estudiantes e intelectuales. Una vez en el partido, éstos cristalizaron en un ala izquierda, que giraba hacia posiciones revolucionarias. Los stalinistas se oponían a este curso. Browder, naturalmente, deseaba intervenir con el propósito de abortar el desarrollo de esa ala izquierda. Al hacerlo, esperaba ganarse al ala derecha del partido para que apoyara la política del frente popular.

Al poco tiempo de la iniciativa de Browder, los trotskistas entraron en su conjunto al PS, con el propósito de contrarrestar la presión de la derecha y ayudar a que el ala izquierda evolucionara hacia una perspectiva socialista revolucionaria. Esto produjo un agudo conflicto.

Éste se desencadenó cuando el ala de Norman Thomas[3], sucumbiendo ante la influencia del stalinismo, usó la autoridad del comité ejecutivo nacional del PS para separar arbitrariamente al candidato a alcalde durante las elecciones de Nueva York en 1937. Se le dio el apoyo, en cambio, a Fiorello LaGuardia[4], un candidato republicano que integraba una lista de coalición.

Cuando el ala izquierda denunció esta táctica frentepopulista, se lanzó un ataque burocrático contra ella. Los partidarios de Thomas usaron su mayoría en el partido para comenzar una casa de brujas contra los revolucionarios, exigiéndoles, de hecho, que realizaran un juramento de fidelidad. A los grupos del partido que se rehusaron a arrodillarse, se le suspendieron sus credenciales, y regionales enteras del estado fueron reorganizadas. En Minnesota, por ejemplo, las regionales de Minneapolis, St. Paul y Austin, que estaban compuestas de más 200 socialistas de izquierda, quedaron con sus credenciales canceladas. Esta táctica despótica produjo, por supuesto, una profunda división.

A principios de 1938, se realizó una convención de las fuerzas del ala izquierda en Chicago. Una gran mayoría de los delegados y participantes eran dirigentes sindicales experimentados. Los trotskistas que habían ingresado al PS y los militantes que eran “nativos” del mismo, estaban representados en la misma cantidad. Esto significaba que, en casi dos años, las fuerzas socialistas revolucionarias se habían duplicado.

La convención de Chicago proclamó el lanzamiento del Socialist Workers Party y aprobó un programa en total conformidad con los principios establecidos por el movimiento trotskista internacional.

Durante varios de los meses precedentes, los cuadros fundadores del nuevo partido se habían concentrado en la lucha dentro del PS. Semana tras semana habían peleado para ganar a los revolucionarios que había en sus filas, dejando sólo a los reformistas para Thomas. Esa tarea había requerido mucha discusión sobre los principios fundamentales marxistas. Por lo tanto, en cierta manera, se había descuidado un poco la atención a los detalles corrientes de la evolución política de la clase obrera.

En esas circunstancias, el SWP no estaba listo, al momento de la Convención de Chicago, para hacer una apreciación completa de los cambios en las condiciones objetivas, o elaborar los reajustes tácticos necesarios para enfrentar los nuevos problemas que habían surgido. Los delegados simplemente reafirmaron la posición trotskista, prevaleciente entonces, contra la política de luchar por un Partido de Trabajadores. Al poco tiempo, sin embargo, se le prestó una atención más profunda a la cuestión, y se recibió la de León Trotsky, el líder central de la Cuarta Internacional, que también fue fundada en 1938. Como un primer paso para llegar a las decisiones necesarias, había que hacer un nuevo examen y una nueva evaluación de los acontecimientos anteriores de la lucha de clases.

Cuando la depresión económica de los treinta se asentó, los trabajadores se encontraron atrapados en una crisis de organización y dirección. Sólo un pequeño porcentaje de la fuerza de trabajo estaba sindicalizada, y este sector estaba atrapado en una red en de organizaciones por oficio estrechamente concebida. Pero aún peor, la estructura estaba dominada por burócratas procapitalistas, quienes no tenían ni el deseo ni la capacidad de iniciar y dirigir la lucha en defensa de los intereses obreros.

Enfrentados con esta aguda crisis de dirección, los trabajadores comenzaron, de a poco, a actuar espontáneamente, a menudo por medio de organizaciones ad hoc. Las luchas dirigidas de tal forma fueron ignoradas, o bien saboteadas, por los mercenarios de la AFL. Su conducta despertó la cólera y el hastío en el seno de las bases, con lo cual se allanó el camino para que los dirigentes de izquierda emergieran como líderes de organizaciones importantes de los trabajadores.

Tres huelgas militantes se sucedieron durante 1934 –en Minneapolis, San Francisco y Toledo–, y todos ellas resultaron triunfantes. Esas grandiosas victorias atrajeron la atención de la nación, y provocaron un doble efecto. Los obreros de las industrias básicas se inspiraron para presionar, con todas sus fuerzas, para que los sindicatos emprendieran nuevas acciones. Para mantener el control burocrático sobre las masas rebeldes, John L. Lewis tomó la iniciativa de fundar el CIO, como medio a través del cual realizar una campaña de organización. Una vez que el CIO se estableció, las industrias básicas rápidamente comenzaron a organizarse en sindicatos por industria, de carácter avanzado. Se desarrolló una oleada de luchas sin precedentes en la historia de EE.UU., oleada que no tenía precedentes tanto por su alcance como por sus implicaciones revolucionarias.

Durante estos conflictos, surgió un nuevo fenómeno –las huelgas con ocupación de fábrica–, una forma de lucha a través de la cual los trabajadores tomaban las plantas en huelga y, cuando era necesario, las transformaban en baluartes de defensa contra los ataques de los rompehuelgas. La técnica de toma de fábrica ya había sido usada en noviembre de 1935 por los trabajadores del caucho de Akron. De allí se extendió hacia otras industrias, y alcanzó su apogeo en una batalla masiva contra la inmensa corporación General Motors.

Acciones espontáneas de estas características estallaron en varias plantas de la General Motors en otoño de 1936. Como continuaban expandiéndose, Lewis intervino pidiendo calma hasta que los altos dirigentes del CIO pudieran posicionarse para dirigir la lucha en la industria automotriz, pero su llamado fue ignorado. En enero de 1937, los obreros continuaron por iniciativa propia, hasta paralizar completamente a la G.M. La ciudad de Flint, en Michigan, donde la corporación tenía instalaciones gigantes, se transformó en el foco de la lucha. Una vez que habían ocupado las plantas de esas ciudades, los activistas sindicales de la fábrica automotriz eligieron un amplio comité de huelgas para dirigir la toma y luego prepararse para el sitio. El directorio pronto hizo un intento de desalojar a los trabajadores con la fuerza militar. Los obreros respondieron a esta amenaza usando las maquinarias y los insumos de la compañía para fabricar armas de defensa. Dando por sentado que un asalto militar provocaría un conflicto sangriento, las autoridades del estado de Michigan decidieron no usar la Guardia Nacional, como habían planeado. Después de esto, el 11 de febrero de 1937, General Motors firmó un convenio con el CIO.

Esta fue una victoria extraordinaria. Los batallones pesados del movimiento obrero de las industrias básicas habían puesto de rodillas a una ─hasta entonces─ “todo poderosa” corporación monopólica. Al mismo tiempo, los obreros no sólo habían puesto fin a la tiranía del open-shop[5] impuesta por G.M. en el pasado, por G.M., sino que también, habiendo despertado a la lucha, habían ignorado el sermón de la clase dirigente sobre el carácter “sagrado” de la propiedad capitalista, y tomado el control de las instalaciones de la fábrica para hacer avanzar la causa sindical. Habían dado, por lo tanto, una impresionante demostración de la capacidad revolucionaria inherente de la clase obrera.

En gran medida, el anterior problema de los trabajadores de organizarse a nivel sindical, se había superado para entonces. Sin embargo, la crisis de dirección aún persistía, y la capacidad de los trabajadores de utilizar su poder en forma efectiva permanecía obstruida. Una demostración de la gran desventaja que resultaba de este problema irresuelto se estaba por producir en la industria del acero.

A continuación del triunfo del CIO, en la industria automotriz, la US Steel Corporation, un vasto complejo monopólico con una fuerte tradición rompehuelgas, decidió no entrar en combate contra los trabajadores sublevados, y firmó, en marzo de 1937, un convenio, sin que hubiera habido ninguna lucha, en marzo de 1937. El CIO procedió a enfrentarse con las cinco corporaciones más grandes de la industria. Estos conglomerados, que actuaban colectivamente con respecto a las relaciones laborales, eran conocidos como “Little Steel” [pequeño acero]. Se rehusaron a negociar con los sindicatos, y todas ellas fueron paralizadas en mayo de ese año. El resultado fue una inmediata parálisis de la producción, ya que los trabajadores le dieron un apoyo masivo a la huelga.

En este caso, sin embargo, la patronal insistió en exigir que su gobierno aplastara la huelga mediante el recurso a la violencia. Los políticos capitalistas de varios niveles del poder ordenaron entonces un ataque policial contra los huelguistas en varias ciudades. El ataque más violento tuvo lugar en el Memorial Day[6] de 1937, en la planta de acero “Republic” en el sur de Chicago, cuando los policías dispararon contra una masiva movilización pacífica, matando a diez trabajadores e hiriendo a muchos más.

En lugar de ayudar a movilizar a la clase obrera de conjunto para defender a los huelguistas del acero contra la agresión de los asesinos, como era su obligación, Lewis recurrió al gobierno federal para salvar la situación del sindicato. Roosevelt respondió a su pedido con una cita de Shakespeare. “Una plaga se abatió sobre las dos moradas”, replicó, actuando como si se mantuviera imparcial por encima de los conflictos de clase. Pero el hecho incontestable era que sectores de la estructura gubernamental capitalista, que Roosevelt presidía en su calidad de primer magistrado, habían asesinado y mutilado a trabajadores cuyos intereses él pretendía representar.

Lewis se lamentó amargamente por este repudio insolente hacia los huelguistas. Pero no se atrevió a romper políticamente con el hipócrita de la Casa Blanca y, una vez más, no inició una acción sindical efectiva en defensa de los derechos obreros. A causa de esta cobarde retirada de su dirección, los trabajadores del acero sufrieron una costosa derrota y, menos directamente, la clase obrera entera recibió un duro revés.

Sólo unas pocas semanas antes, el movimiento obrero había alcanzado un nuevo punto de apogeo con la exitosa lucha de la industria automotriz. Allí, los trabajadores por sí mismos, actuando sin autorización de la jerarquía del CIO, habían tomado la iniciativa en el combate de clases. Durante la lucha, habían preparado su propia defensa cuando los capitalistas amenazaron con usar la fuerza y la violencia contra ellos, negándose instintivamente a confiar su destino a los políticos capitalistas “amigos”, y sus métodos les habían permitido ganar. En el sector del acero, por el contrario, los máximos dirigentes del CIO –quienes habían ejercido el control de la acción desde el principio- fueron en la dirección opuesta. No sólo no hicieron preparativos previos para la defensa del sindicato contra los ataques de los rompehuelgas, sino que durante el test de la batalla hicieron poco más que suplicar a sus políticos capitalistas amigos que los ayudaran contra la agresión. Esta política de bancarrota provocó que la lucha del acero se perdiera, y la derrota le hizo perder el impulso de combate a los obreros en general.

Esta tendencia adversa tuvo que ser tomada en cuenta por el SWP, para efectuar una readecuación de su línea táctica. Antes, se había abierto la posibilidad de que la clase obrera efectuara un salto directo hacia la política revolucionaria, salteándose la etapa política reformista. Entre las consideraciones tenidas en cuenta, se anticipaba una feroz resistencia de los capitalistas contra el CIO. Eso ya había acontecido, al menos en la industria del acero, y la conducta de Roosevelt durante el conflicto había dado muestras muy evidentes sobre la necesidad de los trabajadores de romper con la política capitalista y formar su propio partido de masas. Desgraciadamente, sin embargo, los socialistas revolucionarios no eran lo suficientemente fuertes para intervenir efectivamente en el conflicto, ya sea durante o después de la huelga contra “Little Steel”. En consecuencia, la derrota sufrida por los trabajadores no tuvo más que efectos políticos negativos. Provocó una pérdida del impulso a la lucha en el ámbito industrial, lo que contribuyó significativamente a bloquear la radicalización política de la clase obrera.

Durante el mismo período general, el retroceso de la clase obrera internacional estaba teniendo efectos adversos en el país. Las situaciones revolucionarias prometedoras, tales como las que habían surgido en Francia y España, se frustraron por los Browders y los Thomas, los Lewis y los Tobins de Europa Occidental. Los trabajadores en EE.UU. se vieron privados así de la inspiración que revoluciones victoriosas al otro lado del Atlántico podrían haberles infundido. Si en realidad se hubieran producido avances de la clase obrera de tal magnitud, los trabajadores aquí seguramente habrían sido impulsados más allá en su curso hacia la independencia política de clase, a pesar de las derrotas episódicas de las luchas sindicales.

Tal como estaban las cosas, sin embargo, el ascenso obrero había sido contenido dentro de los límites de la acción pura y simplemente sindical. Las luchas esporádicas sobre cuestiones inmediatas continuaron, pero, con un ritmo muy reducido y bajo un control cada vez más firme de los altos mandos burocráticos del CIO y la AFL.

Otro factor básico que contribuyó con este resultado fue la capacidad de los capitalistas, como clase, para hacer concesiones aquí y allá a las masas. Este era el curso más barato y seguro para ellos, en razón de que no podían estar seguros del resultado si trataban de reprimir el ascenso obrero con la fuerza y la violencia. Dentro de ciertos límites, además, las grandes corporaciones tenían grasa suficiente para dar pasos semejantes sin reducir muy seriamente sus márgenes de ganancia. Actuando sobre tales premisas, la clase dominante le permitió a Roosevelt implementar medidas de “seguridad social” restringidas, como un gesto a las masas en general, y en los conflictos industriales, la patronal concedió a sus empleados ciertos puntos, entregando no más de lo absolutamente necesario.

Sin tales concesiones, a pesar de su carácter miserable, los capitalistas no hubieran podido mantener a las masas a raya por mucho tiempo. El retroceso en la lucha de clases después de la derrota del CIO frente a “Little Steel”, en ese caso hubiera sido de corta vida, y hubiera estado pronto seguido por otro ascenso general. Sin embargo, al satisfacer la clase dominante las reivindicaciones sindicales hasta cierto punto, se tornó posible perpetuar las ilusiones de que los trabajadores podían eventualmente solucionar sus problemas a través de reformas graduales bajo el sistema existente. Esto, a su vez, le permitía a los lacayos de Roosevelt en el seno del movimiento obrero evitar el avance de la clase obrera hacia un curso político revolucionario, y mantener a los sindicatos amarrados a la política capitalista.

En primer lugar entre estos falsos dirigentes del movimiento obrero –desde el punto de vista de las posiciones claves que ocupaban– estaban aquellos burócratas de tipo sindicalista-empresario, que oficialmente dirigían las organizaciones obreras existentes. Salvo raras excepciones, vacilaban incluso a la hora de usar el arma elemental de las huelgas económicas y, por supuesto, quedaba descartado desafiar a la clase patronal políticamente. En consecuencia, las bases de los sindicatos se vieron impedidas, en gran medida, de dirigirse a los capitalistas en el único lenguaje que ellos entienden, el lenguaje del poder

En este sentido, John Lewis, por ejemplo, no hizo más que adaptarse a las acciones de masas que le impusieron las bases en ebullición del CIO. Después de la lucha contra la GM en 1937, por ejemplo, se opuso a recurrir nuevamente a las huelgas con ocupaciones de planta. Es también importante recalcar que tuvo un rol destacado a la hora de atar rápidamente a la recién nacida CIO al carro político de Roosevelt y el Partido Demócrata. Para reforzar su capacidad de imponer las políticas del sindicalismo empresarial, Lewis aplazó hasta octubre de 1938 el llamado a una convención constitucional del CIO. Es decir, ésta tuvo lugar sólo después de que las cosas habían sido manipuladas, a fin de asegurar el control burocrático sobre la organización.

Si bien los sindicalistas pro-patronales habían sido capaces de mantener su dominio sobre las organizaciones obreras de masas durante el ascenso de la lucha de clases, necesitaron de la importante ayuda de los dirigentes traidores del movimiento de izquierda para lograrlo. Un apoyo así les brindaron principalmente dos tendencias distintas, los stalinistas y los socialdemócratas. Estas tendencias eran distinguibles, en principio, en el sentido de que servían a diferentes agencias. Los stalinistas, por supuesto, eran obedientes a los dictados del Kremlin. Los socialdemócratas, por otro lado, eran stalinofóbicos que abrigaban tal hostilidad hacia la URSS, que usualmente actuaban como simpatizantes de sus oponentes, incluyendo al imperialismo norteamericano. Ambas agrupaciones, sin embargo se habían vuelto reformistas hasta los huesos, lo cual les posibilitaba cooperar, más o menos, con los sindicalistas pro- patronales para que éstos hicieran aceptar su línea política de colaboración de clases.

El ala de extrema derecha de los socialdemócratas había roto con el PS hacia fines de 1935, cuando los militantes juveniles, que luego se transformaron en trotskistas, comenzaron a sumarse al partido en forma creciente. Aquellos que rompieron formaron luego la Federación Socialdemócrata, la cual rápidamente se transformó en un seguidor incondicional de Roosevelt. Aquellos socialdemócratas que permanecieron en el PS mantuvieron una oposición formal al Partido Demócrata con la candidatura de Norman Thomas para presidente. Sin embargo, su postura era, en gran medida, un fraude. En última instancia, ellos también eran reformistas en su punto de vista. Esto se demostraba, por ejemplo, por la forma en la que los miembros del grupo de Thomas y de la Federación Socialdemócrata se integraron a las filas de la burocracia sindical.

Paralelamente, los estalinistas también cooperaban con los sindicalistas pro-patronales. Cuando comenzó el ascenso del CIO, el PC tenía cuadros obreros importantes, conjuntamente con estudiantes e intelectuales, con los cuales podía intervenir nacionalmente en el nuevo movimiento. Además, tenían una publicación diaria a su disposición, así como también una batería de organizadores y agitadores políticos. Usando esta maquinaria, los stalinistas se aproximaban a los obreros radicalizados disfrazados de ala izquierda, y tenían una respuesta substancial. Tal aceptación se debía, en gran parte, a su relación con la URSS, la cual contaba con el respeto de muchos obreros. Esos factores le permitieron al PC captar extensamente y establecer sólidos destacamentos en el seno de la CIO. Tan fuerte era este apoyo, de hecho, que el uso constructivo de esta ventaja podría, con toda probabilidad, haber conducido a la creación de un partido revolucionario de masas.

Pero al tratarse del estalinismo, sin embargo, era inevitable que usaran esa influencia para corromper a los militantes sindicales honestos y para desorientar a los obreros. Este curso político, naturalmente, le ayudó al PC a ganarse el favor de los altos burócratas de la CIO, incluyendo a Lewis en persona, quien les permitió dominar algunos sectores limitados de la organización. Tomando ventaja de esta oportunidad, los estalinistas procedieron a agitar la ponzoña del Frente Popular en el movimiento de los sindicatos por industria.

Según su evangelio, el país se había súbitamente polarizado en dos sectores políticos no clasistas: los “progresistas” y los “reaccionarios”. Para ser útiles al progresismo, instaron al movimiento obrero a apoyar a Roosevelt, tanto en su política interna como en su preparación para la guerra. Además de eso, instaban a que el presidente en ejercicio se perpetuara en el poder. Durante la Convención de la CIO de 1938, por ejemplo, los delegados stalinistas presentaron una resolución que llamaba al sindicato a pronunciarse públicamente –dos años antes de la elección presidencial de 1940– a favor de un tercer período para ese aristócrata arrogante que había desairado públicamente a los obreros del acero. Esto resultó demasiado para Lewis, quien al menos deseaba usar este asunto como prenda de negociación con Roosevelt. Como secretario de la convención, Lewis, simplemente decretó que la resolución de los stalinistas estaba fuera del orden del día.

Viendo la situación de conjunto, se combinaron toda una serie de factores –que iban desde la economía capitalista y las concesiones sociales, hasta el engaño y la completa traición hacia el movimiento obrero– que contribuyeron a mantener la política sindical en el marco de la colaboración de clases. La política obrera independiente había sido bloqueada, y la clase obrera quedó atrapada en la política burguesa, principalmente a través del Partido Demócrata. Todo había sido hábilmente manipulado por el poder dirigente y sus lacayos reformistas. Todo, es decir, excepto las fisuras en el tejido social de la nación, que continuó motivando el descontento de las masas y alimentando la disposición a la lucha.
A mediados de 1937, para cuando la huelga contra “Little Steel” había sido quebrada, se produjo otra severa crisis económica. En pocos meses, la contracción de la producción industrial llegó a un punto muy bajo, cercano al de la crisis precedente. Millones perdieron sus trabajos, muchos, como mínimo, por segunda vez en la década, y los beneficios conquistados a través de las acciones sindicales fueron en gran medida liquidados. Los hechos por sí mismo habían demostrado, nuevamente, que las luchas puramente económicas no eran suficientes para solucionar siquiera los problemas más inmediatos que enfrentaban los trabajadores.

La conducta de Roosevelt frente a la nueva crisis proporcionó otra lección más. Esta vez, no tuvo ni la intención de tomar medidas excepcionales para aliviar la situación angustiosa de los desocupados. Por el contrario, los fondos federales destinados a la ayuda social fueron recortados, como si existiera un empleo estable. Al mismo tiempo, el gasto gubernamental en equipamientos militares se incrementó, usando el pretexto de que así se estimulaba la industria y se creaban puestos de trabajo. La realidad era que la mejora de la economía, resultante del incremento de la producción de armamentos, no sería más que un subproducto del objetivo central de los capitalistas: preparar al país para la guerra.

Paralelamente con el rearme militar, se implementaron medidas, dictadas por los poderes legislativo y ejecutivo, para proveer mayores recursos destinados a reprimir la oposición a la política de la clase dominante. Entre otras cosas, esto significaba que el poder generado por la clase obrera a través de sus sindicatos podía ser ahora sofocado a través de nuevos recursos sutiles, gracias al control indisputable que detentaban los capitalistas sobre el aparato gubernamental.

Estas consecuencias provocadas por el desplome económico de 1937 y 1938, hicieron a muchos trabajadores reconsiderar sus opiniones políticas. Esto se hizo sentir con particular fuerza en el seno de la CIO, donde comenzó a crecer el sentimiento de la base a favor de la formación de un Partido de Trabajadores. Se evidenció así un crecimiento de la oposición a las estrechas ideas del sindicalismo pro-patronal, lo cual significaba que mejoraban las perspectivas para la expansión de la influencia de los revolucionarios dentro del movimiento de masas.

Para intervenir efectivamente, sin embargo, era claro que el SWP debía modificar sus líneas tácticas sobre la cuestión del Partido de Trabajadores. Para dar cuenta de esta necesidad, las consideraciones acerca de los reajustes requeridos se iniciaron en la primavera de 1938, cuando una delegación de los líderes del SWP –J. Cannon, R. Dunne y M Shachtman– discutió la cuestión con León Trotsky. Las conversaciones se sostuvieron en México, donde vivía en ese entonces.

Lo primero en la agenda era efectuar una nueva evaluación de la evolución del ascenso obrero. Como Trotsky advirtió, había sido correcto en la anterior etapa no apoyar el desarrollo de un Partido de Trabajadores a nivel nacional, dadas las connotaciones reformistas que esto traía aparejado. No estaba claro, en ese entonces, cómo se desarrollaría el proceso de radicalización concretamente, y no se podía descartar, como una posibilidad teórica, que se organizara un partido revolucionario de masas en forma relativamente rápida. Pero los hechos que siguieron mostraron la emergencia de dos factores relacionados, que servían para impedir tal desarrollo: había surgido el movimiento de la CIO con una inusitada rapidez y poder, y el partido revolucionario no había podido reclutar militantes de la CIO, en la proporción y la escala necesaria, como para ganar influencia efectiva en la dirección de los obreros industriales.

Esa desproporción –entre la tasa de crecimiento de los sindicatos por un lado, y la del movimiento revolucionario por el otro– había ocasionado la necesidad de un cambio en la política. La vanguardia era sencillamente muy débil, numéricamente, para guiar a la CIO por el camino de la política revolucionaria. Era necesario, por esto, tomar un desvío. Había llegado el momento de apoyar el desarrollo de una forma más elemental de independencia política de la clase obrera: un Partido de Trabajadores basado en los sindicatos.

Un cambio de este tipo no significaba ninguna modificación de los principios básicos. Levantar o no la propuesta de un Partido de Trabajadores era solamente una cuestión táctica, que se podía decidir en una u otra dirección, según lo que dictara la situación política concreta. Tal flexibilidad en las tácticas era permisible y aconsejable, en tanto y en cuanto se cumpliera con un requerimiento básico: la iniciativa tenía que estar al servicio de la estrategia revolucionaria. Esto es, debía conducir en la dirección de la lucha obrera por el poder. Así, el SWP tuvo el cuidado, desde el principio, de subrayar que el Partido de Trabajadores que proponía debía dotarse de un programa anticapitalista.

Al mismo tiempo, se admitía que era muy probable que un partido basado en los sindicatos asumiría una coloración reformista en la primera fase de su existencia. En ese caso, la radicalización política de la clase obrera tendría que desarrollarse en dos fases. Primero tendría lugar una ruptura con los partidos capitalistas, y después –cuando los obreros hubieran creado su propio partido– se emprendería una campaña para que éste adoptara un programa revolucionario.

Aunque era esperable que predominaran las ilusiones reformistas cuando apareciera un Partido de Trabajadores en la escena nacional por primera vez, la mera existencia de un movimiento así representaría, implícitamente, un desarrollo anticapitalista. Y esto era así, ya que las características de éste último serían una consecuencia natural de la composición obrera del partido. Además, el movimiento obrero organizado comenzaría a actuar de forma unificada y en un plano más elevado. Los obreros comenzarían a generalizar sus necesidades de manera sistemática, y formularían sus reivindicaciones en forma política ante la clase capitalista en su conjunto. Este paso no sólo constituiría un avance significativo, desde el puro y simple sindicalismo, sino que también originaría una mayor receptividad hacia las políticas revolucionarias, que podrían orientarse hacia la lucha obrera por el control del gobierno, con miras a reorganizar la sociedad sobre bases socialistas.

Por esas razones, el SWP concluyó que la cuestión del programa no debía transformarse en un criterio decisivo para apoyar al Partido de Trabajadores durante su fase de formación. La cuestión clave, al principio, era promover la ruptura de los sindicatos con la maquinaria política de los capitalistas. Por esto, se decidió que los requisitos mínimos para el apoyo de candidatos obreros en la arena electoral serían: que representaran a una parte significativa de la clase obrera y que su campaña de ninguna manera se atara a la política capitalista. Si se satisfacían estos dos requisitos, se brindaría apoyo a los representantes obreros que se presentaran a ocupar los puestos públicos, contra sus oponentes demócratas y republicanos.
Al formular esta política, se prestó atención a los aspectos condicionales de tal apoyo, sobre todo en cuestiones de programa. Las falencias reformistas de las plataformas de los candidatos obreros debían ser públicamente criticadas en tono fraternal, y si fuera necesario, había que contraponerles una línea programática basada en la perspectiva de la lucha de clases.

Se podían lograr objetivos de esta naturaleza durante el período de formación, mediante el apoyo crítico de los candidatos obreros. Pero una vez que el Partido de Trabajadores se estableciera, cabía esperar nuevos problemas, que iban de intentos por hacer bloques reformistas con políticas capitalistas, a ataques de la derecha contra los partidarios revolucionarios del nuevo partido de masas. Estos procesos estaban destinados a producir una polarización interna. En ese caso, los revolucionarios debían apoyar las tendencias más progresivas dentro del partido. Al hacerlo, sin embargo, el carácter incompleto del desarrollo político de los progresistas debía ser criticado, en un esfuerzo por ayudarlas a avanzar hacia una perspectiva clasista cabal.

Había que prestar mucha atención al problema de conservar la hegemonía de los sindicatos en el seno del Partido de Trabajadores. De otro modo, los burócratas reformistas se aliarían con los políticos progresistas y ejercerían un control dictatorial sobre el movimiento, a fin de usarlo con fines perjudiciales para la clase obrera. Si esto sucediera, la organización seguiría siendo un Partido de Trabajadores sólo por su composición, mientras que en la práctica acabaría actuando, cada vez más, como un partido capitalista con respecto a las políticas que los burócratas anhelaban llevar adelante.

Al combatir esas posibles tendencias hacia la derecha, el partido revolucionario muy probablemente tendría que entrar a la arena electoral con su propia bandera, y persiguiendo sus propios propósitos en algunas ocasiones. De aquí se seguía que, una vez que el Partido de Trabajadores se hubiera transformado en una realidad viviente, surgiría la necesidad de efectuar cambios en la política de apoyo crítico. Se podían anticipar situaciones en las que el SWP presentaría una lista parcial o completa de candidatos para cargos públicos, a pesar de la existencia de candidaturas obreras. De esta forma, las cuestiones programáticas cobrarían mayor relevancia, y el problema de la democracia obrera sería debatido abiertamente.

En un punto relacionado con esto, que concernía directamente a la actividad revolucionaria en el seno del Partido de Trabajadores, se decidió que los miembros del SWP podrían sumarse al movimiento como individuos, donde quiera que este paso fuera necesario.

Se tomó en consideración un aspecto, en cierto modo diferente, del problema general. Podía esperarse que, una vez que los reformistas conscientes se hubieran visto forzados a sumarse a un Partido de Trabajadores independiente, podrían intentar –acorde con su línea de bancarrota– sustituir cualquier tipo de oposición masiva a la política capitalista por la actividad electoral. Estas maniobras tendrían que ser resistidas, contraponiéndoles la necesidad de sintetizar las formas parlamentarias y extraparlamentarias de acción. Cada forma tendría que ser usada con miras a fortalecer a la otra en base a la interacción mutua. De esa manera, se podría desarrollar un avance hacia el derrocamiento del gobierno capitalista, hasta el punto en que los trabajadores y sus aliados podrían estar preparados para lanzarse a una lucha abierta por el poder.
Durante este proceso, el ala izquierda organizada, originalmente nucleada alrededor de problemas inmediatos de la lucha de clases, podría crecer rápidamente. Bajo el impacto de las experiencias en los conflictos de clase, miembros de esa amplia ala izquierda podrían, en numerosas instancias, evolucionar hacia la comprensión y aceptación del programa socialista. Finalmente, en una u otra forma organizacional, determinada por circunstancias específicas, se podría construir un partido revolucionario de masas. Entonces, y sólo entonces, habrían los millones de insurgentes desarrollado una formación dirigente capaz de guiarlos en acciones revolucionarias decisivas para abolir el perimido sistema capitalista.

Tales fueron las líneas generales sobre las que la dirección del SWP, actuando en consonancia con Trotsky, basó sus propuestas tentativas con miras a un cambio en la táctica sobre la cuestión del Partido de Trabajadores. Una vez que este trabajo preliminar estuvo hecho, las recomendaciones se sometieron a la discusión interna en el partido. Después, luego de una discusión sobre el asunto que duró un tiempo considerable, se realizó un referéndum en otoño de 1938. Algunos miembros del partido votaron en contra del cambio de política, creyendo, erróneamente, que iba contra los principios llamar a la formación de cualquier partido que no fuera el partido revolucionario. Sin embargo, el nuevo curso táctico fue aprobado por una mayoría sustancial, y la propuesta de un Partido de Trabajadores basado en los sindicatos se convirtió en la política oficial del SWP.

Poco después que el nuevo curso táctico fuera ratificado, la evaluación del SWP sobre el cambio de actitud de las masas se confirmó en forma dramática. Esto tuvo lugar en las elecciones de noviembre de 1938, para puestos en el Congreso y el estado. En todos aquellos estados del norte donde se concentraban las principales fuerzas de la CIO, los partidarios del New Deal fueron expulsados de sus puestos. A nivel nacional, los demócratas perdieron doce gobernaciones, ocho escaños en el senado de EE.UU., y cerca de ochenta escaños en la legislatura.

Sólo dos años antes, en las elecciones presidenciales de 1936, el partido de Roosevelt había acumulado una mayoría sin precedentes. Ahora, la ola del New Deal se deshacía contra las rocas de la crisis social.

Azotadas por la pobreza, la inseguridad, el desempleo, y la amenaza de la guerra, las masas se estaban desilusionando con el farsante que reinaba en Washington. Los millones sin trabajo no podían ver ningún mérito en su política, y tampoco podían muchos otros que todavía tenían trabajo. Los miembros de base de los sindicatos que todavía apoyaban a los candidatos del New Deal, lo hacían, usualmente, en forma más bien pasiva, mostrando poco entusiasmo.

Si hubiera existido un partido de trabajadores de masas a nivel nacional, y si éste hubiera ofrecido una alternativa por la positiva a la línea de Roosevelt, podría sin dudas haber obtenido un amplio apoyo en las elecciones de 1938. Pero tal como estaban las cosas, no había una alternativa semejante a la que los votantes pudieran recurrir. Entonces, los republicanos se beneficiaron de este amplio descontento, conquistando un apoyo que, en muchos casos, era simplemente el subproducto de la disconformidad con la política gubernamental en curso. No podía haber otra explicación coherente del crecimiento impetuoso del voto republicano, ya que no existían motivos para suponer un cambio de tendencia hacia depositar la confianza en el partido de Herbert Hoover, que había sido presidente cuando la depresión golpeó al país por primera vez.

Fue en esas mismas elecciones que el Partido de Trabajadores y Campesinos ─al que la camarilla del estalinista Benson había mimetizado con el New Deal─ perdió la gobernación a manos de los republicanos en Minnesota. Esta debacle hizo que la lucha fraccional en el seno del PTC se tornara cada vez más aguda. Antes de describir esa situación, sin embargo, debemos dar cuenta de las iniciativas antiobreras de los capitalistas, que iban intensificar todavía más la lucha de clases a lo largo y a lo ancho del estado.



[1] FLP: Farmer Labor Party, Partido de Trabajadores y Campesinos, donde intervenía los sindicatos de la AFL y cuyo sección mas de izquierda se encontraba en Minneapolis.
[2] Earl Browder: Fue secretario General del PC en 1930 y luego su máximo dirigente en 1932 cuando William Foster sufre un fuerte ataque al corazón. Impulsó la política de Frente Popular y apoyó al New Deal de Roosevelt, exigiendo que vaya hasta el final en la reestructuración del capitalismo norteamericano. Fue candidato a presidente de EE.UU., en 1936. En 1946 fue echado del partido.
[3] Norman Thomas: miembro del Partido Socialista, fue su candidato a gobernador en 1924. Luego de la muerte de Eugene Debs, Thomas quedó como el candidato a presidente del partido en 1928,1932 y 1936. Fue uno de sus máximos dirigentes, organizando su ala derecha.
[4] Fiorello LaGuardia (1882-1947): republicano, fue diputado parlamentario en los años veinte y tres veces alcalde de la ciudad de Nueva York (1934-1945). Fue elegido por un bloque del Partido Republicano con los sindicatos formado para combatir a Tammany Hall [el aparato del Partido Demócrata y en esa época símbolo de la corrupción política]. En su primera y segunda reelección fue apoyado por el Partido Laborista Norteamericano, que funcionaba en Nueva York (N. de E.)
[5] Taller franco que emplea obreros agremiados y no agremiados. Sería similar a las agencias de personal eventual de hoy (N. de T.).
[6] Memorial Day: día en que se recuerda a los soldados muertos en campaña (N. de T.)



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