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La dinámica del ascenso obrero

 

Farell Dobbs

 

Traducción realizada por Pedro Bonnano, especialmente para este boletín de Dobbs, Farrell, “Dynamics of the Labor upsurge” (Capítulo 4), en Teamster Politics, New York, Pathfinder Press, 1975.

 

Bajo el presente sistema, los trabajadores son condicionados desde la infancia a aceptar la explotación capitalista como algo decretado por las leyes de la naturaleza. Este adoctrinamiento comienza dentro de la familia, donde la juventud es influenciada por sus mayores, quienes a su vez han sufrido un lavado de cerebro. A partir de aquí, los medios de propaganda asumen el control del proceso: colegios, iglesias, televisión, radio, periódicos y otros medios de desinformación y manipulación.

Cuando los jóvenes trabajadores entran a formar parte de la fuerza de trabajo, son sometidos a versiones refinadas de la doctrina de la clase dominante. Sin patrones capitalistas, les dicen, no podría haber trabajo, y por lo tanto, estos benefactores merecen una lealtad incondicional por parte de sus empleados, para así promover el “bien común”. También se destaca el hecho de que los patrones llegaron donde están desplegando un individualismo sin concesiones. Esta prédica tiene la intención de alentar a los trabajadores a emularlos, si es que desean llegar lejos. La norma que guía la conducta individual es entonces: no pienses en los otros, sólo preocúpate por tú mismo.

Como otra forma de dividir las filas obreras, se recurre a ciertos factores que sirven para separar a un grupo de trabajadores de otro. El color de la piel, el origen étnico, el sexo, la religión –todo lo que sirva para sembrar la discordia entre los distintos sectores-, de todo sacan ventaja los capitalistas. Los blancos, por ejemplo, tienen ciertas ventajas con respecto a los negros, los mestizos, los nativos o los orientales. También se produce una diferenciación profunda, relacionada con el origen étnico, entre los propios blancos. Los más favorecidos históricamente son los blancos, protestantes, de origen anglosajón (wasps[1]), seguidos de otras categorías de blanco de procedencia europea. A pesar de los matices en el grado de aceptación social de que disfrutan, todos los miembros de esas categorías tienen ventaja, a su vez, con respecto a la gente de diferente color de piel.

De aquí resultan numerosas ironías. El caso más flagrante es la situación de los indios, los verdaderos nativos de este país, quienes se encuentran en la base de la pirámide social.

Al mismo tiempo, los hombres tienen prioridad sobre las mujeres en el seno de la fuerza de trabajo. Esta política discriminatoria se aplica a las mujeres en general, incluso a las de origen blanco, anglosajón y protestante. De aquí se sigue que en las categorías menos favorecidas existe un problema complejo. Su estatus esta determinado no sólo por el sexo, sino también por factores raciales y étnicos. Las mujeres que se encuentran en ese aprieto son doblemente oprimidas.
Por lo general, tales diferenciaciones juegan un rol importante en las políticas de empleo. Los individuos de los grupos más favorecidos tienen mayores probabilidades de obtener los empleos mejor pagos, los más calificados. Aquellos pertenecientes a las categorías menos favorecidas, más o menos en orden descendiente, son los que tienden a obtener los trabajos no calificados, seguidos de aquellos que desempeñan tareas de servidumbre. Para la gente situada al fondo de esta secuencia de preferencias, la situación puede ser resumida en esta frase: el último en ser contratado, es el primero en ser despedido. Mediante estas maniobras de discriminación, la patronal es capaz de hacer enfrentar una categoría de trabajadores contra la otra: los calificados versus los no calificados, por citar un ejemplo.

Los privilegios económicos relativos se dan la mano junto con los prejuicios raciales y sexuales, en tanto, recursos para dividir a la clase obrera y así minimizar la resistencia organizada a la explotación capitalista.

Pero más allá de lo duro que es la vida en el trabajo, hay otros factores que se inmiscuyen y causan dificultades a la clase dirigente. Motivados por lo que delicadamente se llama “el incentivo de la ganancia”, los capitalistas desarrollan una codicia sin límites. El hambre de ganancias privadas los empuja mantener bajos los salarios, a extender la jornada laboral, a desatender la salud y los riesgos de trabajo, y a imponer condiciones de trabajo insalubres. Como resultado de esto, la experiencia diaria les recuerda a los obreros, constantemente, que tienen problemas en común como clase, y que es necesaria la acción colectiva, para lograr un alivio de sus pesares, contra la patronal.

Este choque de intereses de clase es lo que condujo a la creación de los sindicatos a nivel mundial. En razón del nivel elemental de conciencia de clase del que emergieron, estas formaciones, por lo general, se originaron y se desarrollaron como un movimiento con miras a lograr reformas sociales y económicas bajo el capitalismo.

Debido a esa perspectiva reformista, los sindicalistas “empresarios” en este país han podido mantener el control sobre el movimiento. La imposición de su política impide el desarrollo de la conciencia de clase, que se muestra por vez primera cuando los trabajadores se organizan en su lugar de trabajo. Cuando los miembros del sindicato tratan de recurrir y de mejorar la capacidad de lucha de los trabajadores –actuando bajo la presión del rudo tratamiento que reciben de manos de los explotadores–, se topan con una dura resistencia por parte de la jerarquía dirigente. Se sigue un curso oficial de naturaleza diametralmente opuesta, que consiste en arrancar algunas pobres migajas a los capitalistas, colaborando con ellos, ya sea en la industria o en el gobierno. Desde el punto de vista de los burócratas sindicales, éste parecería ser un arreglo ideal, mediante el cual ellos, personalmente, pueden continuar viviendo cómodamente.

Sucede, sin embargo, que surgen inconvenientes a lo largo del camino. Los capitalistas detestan, por sobre todas las cosas, hacer cualquier cosa que reduzca significativamente sus ganancias. Se pueden obtener concesiones en cuestiones menores, pero se requiere una lucha para obligarlos a cumplir con las reivindicaciones serias. Como resultado de esto, se producen huelgas, debido a la presión de los trabajadores, para quienes las cosas no son tan fáciles como para los burócratas.

Otra arista feroz de la política capitalista se revela siempre que tiene lugar una huelga. Se hacen todos los esfuerzos posibles por mantener las instalaciones paradas funcionando, recurriendo a los rompehuelgas. Cualquier empleado que pueda ser utilizado –debido al desigual desarrollo de la conciencia de clase–, será usado como rompehuelga, así como también otros traídos desde fuera, y matones alquilados. Esas acciones privadas son apoyadas por las fuerzas represivas del gobierno –la policía, los tribunales, los militares–, mientras los huelguistas son víctimas de los engaños urdidos por los mediadores gubernamentales.

Todos este engaño y presión va acompañado de un aluvión de propaganda mentirosa, propagada por los medios de noticias de los capitalistas. Los inconvenientes causados por la huelga, reales o imaginarios, son presentados con grandes titulares. Se intenta despojar a los trabajadores no involucrados directamente en el conflicto de su identidad de clase, tratándolos como parte la opinión “publica” en general, sobre la cual los propagandistas derraman lágrimas de cocodrilo. La negativa de los empresarios a dar una justa consideración a las reivindicaciones de los huelguistas se pasa por alto. Las cosas son presentadas como si el sindicato fuera culpable de lo que está pasando.

De esta manera, todos los sectores de la clase dominante se alían contra los trabajadores que están siendo atacados. Su objetivo primordial es quebrar la huelga. Si fracasan en su intento, concentran sus esfuerzos en obtener un acuerdo que sea favorable a los patrones afectados. Bajo tales circunstancias, las bases del sindicato, que siguen a dirigentes proclives a la colaboración de clases, normalmente salen desfavorecidas.

Romper huelgas es sólo una de las tácticas del arsenal que los capitalistas usan contra el movimiento obrero. Los decretos del ejecutivo y las leyes del congreso también sirven para poner barreras legales a las organizaciones obreras. Cuando se produce una violación de estos decretos gubernamentales, los tribunales rápidamente emiten condenas, imponen multas y dictaminan sentencias de prisión contra los militantes sindicales. Una vez más, las acciones represivas van de la mano con una campaña de calumnias contra las víctimas.

En una escala más amplia, los estrategas de la clase dominante también se ocupan de fraguar “crisis nacionales”, siempre que sea necesario, sobre la base de tal o cual premisa falsa. Se recurre así al miedo para engañar a los obreros, y así obligarlos a que subordinen sus propios intereses de clase a supuestas “necesidades de largo alcance”. Así, son engañados y les roban las conquistas duramente obtenidas, mientras los capitalistas se dedican a preparar nuevas estafas. A pesar de alguna de que otra protesta, los burócratas sindicales siempre acaban aceptando los planes de los capitalistas, aunque puedan enfurruñarse un poco como pose para los periódicos.

En esta situación, los obreros se ven frustrados por múltiples obstáculos: la resistencia de los patrones, la oposición del gobierno y la propia conducción traidora de sus organizaciones. Sin saber qué hacer con problemas tan complejos, muchos sencillamente dejan que los acontecimientos decidan por sí solos, esperando que se produzca algún respiro en algún momento. Su atención comienza entonces a centrarse, cada vez más, en aprovechar al máximo sus vidas en el marco de las condiciones existentes. Esto, a su vez, crea la impresión superficial de que, virtualmente toda la clase obrera se ha sometido a la colaboración pacífica con los patrones, y de que aquello que los capitalistas denominan “normalidad” ha sido la atmósfera prevaleciente en la industria.

Durante ciertos intervalos, sin embargo, puede surgir una situación completamente diferente. El cambio resulta de las contradicciones que son inherentes a un sistema pergeñado para enriquecer a una pequeña minoría de capitalistas a expensas de la gran mayoría obrera. Debido a estas contradicciones, se acumulan las distorsiones económicas. Los problemas relacionados con la vivienda, con la educación, con los servicios de salud, y con otras necesidades sociales, se agravan. Las condiciones en general empeoran y se tornan cada vez menos tolerables, hasta que llega un momento en que convergen todos los ingredientes para que se produzca una gran explosión.

El descontento creciente conduce a los obreros a buscar alguna forma de defenderse en forma efectiva en tanto clase. Los muros divisorios –erigidos en base al egoísmo, el prejuicio, los intereses velados, la colaboración de clases y la mentirosa propaganda capitalista– comienzan a desmoronarse. Se desarrolla un nuevo potencial para fortalecer la solidaridad obrera, para elevar la conciencia de clase y para conducir la lucha anticapitalista hacia un plano más elevado.

Un cambio dramático de esa naturaleza tuvo lugar en el período posterior al crack de la bolsa de 1929, que anunció el comienzo de una depresión económica severa. A medida que el desplome se profundizó, millones perdieron sus trabajos. Los ingresos de quienes aún tenían empleo fueron reducidos drásticamente. Las condiciones de trabajo fueron de mal en peor, al igual que las condiciones de vida en general.

Al principio, los trabajadores aceptaron estos golpes de una manera más o menos pasiva. Habían quedado atónitos por la debacle económica, y les llevó un tiempo recuperarse de los efectos del shock. Luego, cuando comenzaron a buscar distintas maneras de defenderse, se encontraron con que sólo tenían medios escasos en sus manos. Menos de tres millones de obreros estaban organizados en la AFL, principalmente los obreros de oficios calificados. La mayor parte de la clase obrera, especialmente en las industrias básicas, no estaba sindicalizada en absoluto. Encima, los burócratas de la AFL no mostraban preocupación alguna sobre la situación de los no sindicalizados, ya fueran empleados o desempleados. En pocas palabras, los trabajadores estaban atrapados en una crisis de organización y liderazgo.

Pero comenzaron a surgir patrones limitados de lucha, caracterizados por altas y bajas en cuanto a su alcance y ritmo. En la primera etapa, las acciones consistieron, principalmente, en movilizaciones de protesta llevadas adelante por los desempleados. Luego, durante 1933, estallaron huelgas por todas partes en la industria, siendo la más grande la que fuera conducida por los obreros textiles. Esas huelgas fueron el resultado de la conjunción de dos factores básicos: la determinación de los trabajadores de recuperar el terreno perdido durante la Depresión y su creciente confianza –estimulada por la recuperación parcial que se produjo durante el “New Deal”– en que los objetivos que se planteaban podían ser cumplidos.

Estos acontecimientos fueron considerados por los sindicalistas “empresarios” de la AFL como una amenaza a su línea de colaboración de clases, no una oportunidad para fortalecer al movimiento obrero organizado. Fue así que estas luminarias ayudaron a los mediadores gubernamentales a paralizar a los obreros rebelados, enredándolos en acuerdos formales con la patronal que proporcionaron algunas conquistas importantes para las bases de los sindicatos.

Pero estas traiciones, pergeñadas de tal modo, no podían durar mucho tiempo. El estado de ánimo combativo entre los trabajadores continuó creciendo en intensidad, y en el seno de los sindicatos, los sectores de izquierda pudieron aumentar su autoridad de liderazgo. Como resultado de esto, diversas guerras civiles en miniatura fueron libradas, en 1934, por los choferes de camiones de Minneapolis, los estibadores de San Francisco y los trabajadores automotrices de Toledo. En cada caso, los trabajadores resultaron victoriosos. Inspirados por la prueba de que las huelgas dirigidas en forma militante podían ganarse, los principales destacamentos de la clase obrera en las industrias básicas comenzaron a emprender acciones contra las corporaciones monopólicas.

Antes de terminar el año 1934, estallaron huelgas en la industria automotriz, del caucho y del acero. En cada instancia, fueron saboteadas por los burócratas de la AFL, quienes presionaban para que se aceptaran las “juntas” especiales del gobierno, con el fin de “estudiar” la situación y recomendar algunas mejorías. Este crimen iba acompañado de trampas organizativas. Primero, los trabajadores en ese ámbito eran incorporados a la AFL tomando como base las plantas en su conjunto, pero los burócratas después procedían a dividirlos en unidades por oficio, aislándolos del organismo central. Minaban así la forma de sindicato por industria, tan vital para la realización de acciones efectivas en las industrias básicas. Los nuevos afiliados a la AFL habían sido doblemente estafados en todo aspecto, y reaccionaban furiosamente.

Esto creó un nuevo problema para los burócratas sindicales. Si a esos obreros no se les permitía organizarse en sindicatos por industria, y si no se los dotaba de un liderazgo más efectivo, los izquierdistas rápidamente ganarían una influencia considerable entre ellos. Muchas cosas importantes se pondrían en juego, incluido el futuro de los mismos burócratas.

El más destacado entre los sindicalistas “empresarios” alertas que buscaban hacer algo sobre este peligro para los de su especie –y que aprovechaba la oportunidad para avanzar con sus organizaciones– fue John L. Lewis, jefe del Sindicato Unido de Trabajadores Mineros. Éste condujo una lucha por la inclusión de los sindicatos por industria, junto a las agrupaciones por oficio existentes, en el seno de la estructura general de la AFL. Cuando su esfuerzo falló, encabezó un bloque de sindicatos que rompieron con la AFL en 1936 para formar lo que se transformó en el CIO[2] (Comité para la Organización Industrial).

Con la aparición de el CIO como una fuerza independiente, los trabajadores de las industrias básicas acudieron en masa a sus filas y, durante los años ‘36 y ‘37, se produjeron una serie de duras luchas. Estas incluyeron huelgas masivas de brazos caídos que incluyeron la ocupación de las plantas, con total indiferencia hacia la presunta “santidad” de la propiedad privada capitalista. Las acciones en el campo de batalla fueron dirigidas por amplios comités de huelga. Luego de la firma de los acuerdos por convenio, se elegían comités en las plantas para hacer cumplir los términos de aquéllos. Durante el primer período de existencia del CIO, estos comités convocaban huelgas obreras rápidamente, toda vez que necesitaban obtener un alivio para sus pesares.

De conjunto, las prácticas sindicales estaban sufriendo cambios significativos. Pero los cambios eran de una naturaleza limitada en los siguientes aspectos: duraron sólo hasta que la democracia de las bases fue estrangulada por el CIO, y el uso de los métodos de lucha de clases fue restringido totalmente a la esfera industrial.

Asustados por la amplitud e intensidad del conflicto, los dirigentes oficiales del CIO buscaron, desde el principio, maneras de contener la situación dentro de los límites de la colaboración de clases. Para tal fin, aprovecharon la campaña presidencial de 1936. Se tomaron medidas para centrar la atención de los sindicatos en el apoyo a la candidatura de Roosevelt para un segundo periodo. Este apoyo, se esperaba, lo induciría a usar la influencia del gobierno para otorgarle al CIO algunas concesiones obtenidas de los grandes monopolios en las industrias básicas, y con eso ayudar así a restaurar relaciones más pacíficas entre las clases.

Roosevelt, quien reconocía un buen plan de colaboración de clases al primer vistazo, dio la bienvenida a esta iniciativa, como algo que podría servirle para sus propios fines. Como líder capitalista, también deseaba apartar a los trabajadores de las luchas militantes y desviarlos hacia el terreno de la acción política reformista. Era un consumado demagogo, y podía lograrlo haciendo promesas electorales, con miras a generar confianza en que su reelección redundaría en importantes conquistas para los trabajadores. Luego, una vez que hubiera retornado a la presidencia, podría olvidar todas sus promesas. Sus acciones se focalizarían, como de costumbre, en la protección de los intereses de las clases dominantes, y más allá de lo que hiciera, el movimiento obrero estaría sometido a él por otros cuatro años.

Los obreros tenían ilusiones en el demagogo que habitaba la Casa Blanca. Muchos no percibían que los pocos pasos positivos que había dado, supuestamente a favor suyo, se debían, en realidad, a las repercusiones políticas de las luchas que ellos mismos estaban librando. Influenciados por su doble discurso, lo consideraban un enemigo del gran capital y un amigo de los obreros. Por ejemplo, muchos trabajadores sostenían que, gracias a él, se había reconocido formalmente el derecho de los obreros a organizarse, aunque en la práctica, hubiera contribuido a bloquear toda iniciativa tendiente a ejercer ese derecho. Además, fue considerado ampliamente un mal menor comparado con el candidato presidencial del Partido Republicano, Alfred M. Landon, quien era abiertamente reaccionario. De conjunto, Roosevelt era el depositario de una inmerecida gratitud, así como de una inoportuna confianza.

Mientras usaba las ilusiones de los trabajadores acerca del “mayordomo de Hyde Park” como medio para engañarlos políticamente, John L. Lewis también tomó ventaja de otro factor que jugaba a su favor. Su rol dirigente en la fundación del CIO había hecho que las bases obreras depositaran grandes esperanzas y una gran confianza en él. En consecuencia, estaba en una buena posición para ser la punta de lanza de una movilización de los trabajadores en apoyo de la lista del Partido Demócrata.

En enero de 1936, Lewis comenzó la campaña haciendo aprobar una resolución, en la convención del sindicato de obreros mineros, en apoyo a la reelección de Roosevelt. Otros sindicatos del CIO siguieron el ejemplo, así como también muchas organizaciones de la AFL. Durante la primavera, el CIO puso en pie una formación llamada LNPL (Liga No Partidista de los Trabajadores), cuyo objetivo principal era movilizar el apoyo a los demócratas. Aunque la AFL no creó ningún aparato similar al mismo tiempo –manteniéndose neutral como federación en la campaña–, muchos de los sindicatos afiliados apoyaron a Roosevelt y, como mencionamos antes, Daniel J. Tobin[3] encabezó el Comité Nacional de Trabajadores del Partido Demócrata.

La creación de la LNPL dio lugar a una situación contradictoria. Por un lado, era una maquinaria política, que buscaba organizar a los votantes obreros como un bloque. Este factor, considerado en sí mismo, representaba un paso nuevo y progresivo dentro del movimiento sindical. Por otro lado, este factor positivo quedó en nada cuando el LNPL cruzó las fronteras de clase para apoyar a los candidatos del Partido Demócrata.

Para llevar adelante su política, los burócratas sindicales tuvieron la ayuda de los líderes arribistas de la izquierda. Los reformistas socialdemócratas, que constituían el ala izquierda del Partido Socialista, apoyaron a Roosevelt más o menos abiertamente. Un curso similar fue seguido por los oportunistas estalinistas, sólo que mediante subterfugios. Para presentar una apariencia externa de política independiente, nombraron a Earl Browder[4] como el candidato presidencial del PC. Browder luego hizo campaña indirectamente por los demócratas, llamando a derrotar la lista republicana “a cualquier costo”.

Mientras este atado de colaboracionistas de clase desarrollaba activamente su línea pro-demócrata, algo más comenzó a desarrollarse. Surgió un sentimiento en pos de la formación de un partido de trabajadores a nivel nacional. Una propuesta semejante fue formulada, por ejemplo, por la convención del Sindicato de Trabajadores Automotrices del año 1936. Esta propuesta tenía un aspecto progresivo, en el sentido que podría constituir una ruptura organizativa con el sistema burgués bipartidista. En ese respecto, podía representar un avance más allá del LNPL, que tenía sólo un carácter pseudo independiente. Pero en términos de su línea política, una organización semejante hubiera comenzado, desde el vamos, como un movimiento reformista. Esa sería la orientación normal de un partido de masas lanzado por los sindicatos. Por su propia naturaleza, los sindicatos están condicionados a ver un paso semejante como una mera extensión, al terreno de la política, de sus luchas por reformas en el seno de la industria.

Debido a esta connotación política, los revolucionarios no llamaron a construir un PT durante este período. Tal como las cosas se encontraban en ese momento, no era del todo seguro que los trabajadores tendrían que atravesar un estadio reformista en el curso de su ruptura con la política capitalista. La crisis social los obligó a dar un rápido salto, pasando de un estado general de atomización a una organización sindical avanzada por industria. Y esta dinámica continuaba su curso. Era posible, entonces, que en las luchas venideras los trabajadores pudieran dar otro gran salto, ahora hacia la política revolucionaria.

En esa eventualidad, además, los partidarios de la colaboración de clases probablemente tomarían la iniciativa para establecer un PT reformista, y así frenar el desarrollo político hacia la izquierda. No había razón para darles un impulso adicional en esa dirección.

Los revolucionarios considerábamos que el apoyo obrero masivo a Roosevelt en 1936 no eliminaba, en sí mismo, la probabilidad de que hubiera una radicalización política generalizada. En el frente huelguístico, las principales batallas del CIO aún estaban por librarse, especialmente en el sector automotriz y el acero. En esos enfrentamientos –que comenzaron en 1937–, los trabajadores podían enfrentarían directamente contra los sectores claves de la clase dirigente. Esto ocurriría en el mismo momento en que los capitalistas estaban comenzando a prepararse para la segunda guerra mundial, con lo cual podía suponerse que opondrían una férrea resistencia a las iniciativas del CIO.

Así, se estaba forjando un enfrentamiento de clases potencialmente agudo, durante el cual el gobierno quedaría más claramente expuesto como un agente de los patrones. En consecuencia, más y más trabajadores se darían cuenta de las reales intenciones de Roosevelt, hasta desnudar el alma aristocrática de este demagogo.

Los acontecimientos también podían verse afectados por la radicalización obrera que se estaba desarrollando en Europa occidental. Allí había explotado una intensa lucha de clases, que iba desde las huelgas de masas en Francia a la guerra civil en España. Si llegara a producirse un gran avance hacia el cambio social en cualquiera de los países mencionados, seguramente tendría profundas repercusiones en EE.UU. En un grado creciente, los trabajadores se mostrarían dispuestos a emprender acciones revolucionarias, lo cual iría seguido de un conflicto social irrefrenable, y esto llevaría a una confrontación abierta por el poder del estado. En ese caso, se podría abrir el camino hacia la abolición del capitalismo moribundo, y así poner fin a las injusticias que éste inflige a la humanidad y proceder a la construcción de una sociedad socialista avanzada.

A partir de 1936, estas posibilidades existían claramente bajo las condiciones prevalecientes entonces. Sólo el paso del tiempo y el desarrollo de los acontecimientos, sin embargo, mostrarían si las oportunidades encerradas en la situación podían convertirse en una realidad política.

Mientras tanto, había una necesidad vital de concentrarse en agrupar a los cuadros revolucionarios, dado que se necesita un partido compuesto de revolucionarios conscientes para dirigir a los obreros a la victoria. La construcción de un movimiento así es una tarea extremadamente difícil, dado que ésta comprende todos los aspectos de la lucha de clases. Antes que nada, hay que desarrollar un programa correcto. También hay que desarrollar un sistema de perspectivas tácticas y estratégicas, como guía para la acción. Los miembros del partido deben recibir una educación completa en todos los conceptos involucrados, de modo tal que puedan cumplir el rol clave que las necesidades objetivas les exigen jugar en los conflictos de clase. Y para mantenerse fiel a sus perspectivas y sus tareas, el partido debe constituir una formación disciplinada capaz de actuar efectivamente en la lucha por un futuro socialista.

Una que vez que se alcanza la capacidad de satisfacer los requisitos mencionados antes, la tarea primordial consiste en fortalecer numéricamente a la organización y enraizarla en el movimiento de masas. Desde su creación –después de que los trotskistas fueran expulsados del Partido Comunista estalinista en 1928–, la Liga Comunista de América ha hecho los mayores esfuerzos en ese sentido. Al principio, la LCA se concentró en tratar de rescatar tantos revolucionarios como fuera posible del naufragio estalinista. Allí donde surgía la oportunidad, los trotskistas participaban también de las luchas obreras, logrando reclutar nuevos militantes de a uno o dos. (En mi propio caso, por ejemplo, fueron estas actividades partidarias las que llevaron a mi incorporación a la LCA en marzo de 1934). Al mismo tiempo, nos mantuvimos alerta a cualquier surgimiento espontáneo de nuevas organizaciones que mostraran una tendencia a girar a la izquierda. Estos desarrollos eran de primordial importancia, dado que brindaban una oportunidad excepcional para expandir las fuerzas revolucionarias, ya sea mediante una fusión con cualquier formación de ese tipo, o mediante el entrismo en ella.

La primera ruptura importante de esta naturaleza se produjo a fines de 1934. A principios de ese año, los miembros del Partido Obrero Norteamericano[5] habían dirigido la huelga automotriz de Toledo, mencionada antes. Esto era un síntoma de que el PON se estaba desplazando hacia posiciones revolucionarias. En consecuencia, la LCA se aproximó a éste en forma amistosa, lo que resultó en la fusión de ambas organizaciones. El nuevo partido se llamaba Partido Obrero de los Estados Unidos.

Casi un año más tarde, surgió otra oportunidad para realizar un avance sustancial en el agrupamiento de cuadros revolucionarios. Por entonces, jóvenes militantes se estaban sumando a las filas del Partido Socialista en números crecientes. Después de hacerlo, comenzaban a orientarse, a tientas, hacia la formulación de un programa revolucionario, pero el ala derecha del PS trató de frenar esta tendencia. Esto condujo a la organización de un ala izquierda en el seno del partido. En ese punto, el Partido Obrero negoció términos aceptables para entrar al mismo como organización, paso que fue dado a mediados de 1936. Nuestro propósito, por supuesto, era ayudar a que el ala izquierda avanzara hacia posiciones revolucionarias.

En términos más inmediatos, esta iniciativa nos brindó un medio para intervenir en la campaña electoral de 1936. A pesar de la negativa del ala derecha, el Partido Socialista presentaba a Norman Thomas como candidato a presidente, en oposición a Roosevelt y a Landon. Como candidato socialista, Thomas dejaba mucho que desear. Aun así, al presentar nuestro propio material en su apoyo, esto nos permitía hacer circular algo de propaganda efectiva contra los reformistas de todo pelaje. Esa actividad nos permitió llegar a los militantes que estaban abiertos a las ideas revolucionarias.
Avanzando en el sentido descrito, las fuerzas trotskistas se opusieron, a nivel nacional, tanto a los seguidores de Roosevelt como a los que defendían la idea de un PT. En Minnesota, sin embargo, surgió una complicación extraordinaria. Allí existía un partido reformista de proporciones considerables, con lo cual nos tuvimos que enfrentar a algunos problemas inusuales.



[1] Tradicionalmente WASP es el acrónimo inglés para “Blanco, Anglo-Sajón y Protestante” (White, Anglo-Saxon and Protestant) que definiría a la etnia blanca americana.
[2] El CIO surge en 1935 impulsado por Lewis, como ruptura de la AFL, para formar un Comité por la organización sindical por industria en 1935. En noviembre de 1938, se organiza el primer Congreso, se instituyen sus estatutos y queda conformada la Confederación por la Organización por sindicatos por Industria (N. de E.)
[3] Dirigente Nacional del Sindicato de Chóferes de Camiones de la AFL (N. de E.)
[4] Earl Browder fue un dirigente obrero del PC. (N. de E.)
[5] American Workers Party, organización política dirigida por J. Muste, que tenía un importante peso entre los desocupados, algunos trabajadores y sectores de las clases medias. Como dice el texto en 1934, desde la organización de desocupados dirigen la huelga de Auto Lite en Toledo, a través del método del piquete, llevando este conflicto a una victoria. (N. de E.)



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