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El Programa de Transición y su aplicación a la revolución argentina

 

Por Ramón Puerta

 

Introducción

La extraordinaria aportación de León Trotsky a la teoría y la práctica del marxismo revolucionario lo ha situado, justamente, a la altura de los grandes maestros e inspiradores de las luchas de la clase obrera: Marx, Engels y Lenin. Como militante revolucionario fue protagonista de una vida prodigiosa, suficiente para completar varias vidas en una sola; y como teórico marxista hizo aportaciones fundamentales que profundizaron y enriquecieron el arsenal teórico del Socialismo científico.

El marxismo no tiene nada en común con una ortodoxia osificada; es, en cambio, “una guía para la acción”. El marxismo no sería una ciencia si no encontrara una aplicación concreta a la realidad de hoy en la lucha de clases internacional y, particularmente, de la Argentina. La transformación socialista de la sociedad sigue siendo la única salida para la clase trabajadora, y la certera y correcta aplicación del método de análisis marxista a la realidad que hoy nos envuelve será vital para conseguir agrupar al conjunto de los trabajadores en esta tarea.

Los escritos de León Trotsky siguen siendo una fuente inagotable de inspiración para los marxistas revolucionarios de nuestra época. Y lo que más sorprende de ellos no es solamente la correcta apreciación de sus análisis sobre la realidad en la que le tocó luchar, vivir y morir, sino que dichos análisis mantienen hoy plena validez.

Lo que nos proponemos señalar con este trabajo es que los análisis de Trotsky, que él desarrolló para analizar e influenciar la realidad de su época, nos sirven a nosotros para comprender, analizar e influenciar la actual etapa por la que estamos atravesando en la Argentina.

El papel de las consignas en una situación revolucionaria y el origen del Progrema de Transición

El papel de las consignas en una situación revolucionaria es de una importancia decisiva. Los marxistas comprendemos muy bien que para poner a las masas del lado de la revolución socialista no basta con hacer propaganda abstracta a favor del socialismo. Sería una concepción completamente sectaria que nos apartaría de las masas. Trotsky explicaba en las páginas del Programa de Transición que los comunistas debían ser los luchadores más decididos y resueltos, debían estar a la vanguardia de cada lucha con las reivindicaciones que sirviesen a los intereses de la clase obrera. La revolución socialista sería impensable sin la lucha cotidiana para avanzar bajo el capitalismo.

Para asegurar la victoria de la clase obrera es imperativo que las consignas de la vanguardia sirvan para que el movimiento avance, paso a paso, hacia el objetivo del poder obrero. Es necesario luchar vigorosamente por cada demanda parcial que tenga como objetivo la defensa del empleo, los salarios y las condiciones de vida. También es necesario explicar que la única garantía real de conseguir una solución genuina y duradera para los problemas de la población es la transferencia del poder a las manos de los propios trabajadores.
Para esto es esencial que las consignas planteadas con el objetivo de ganar a los trabajadores, sean claras y deben estar vinculadas sin ambigüedades a la idea del poder obrero. Estas consignas transicionales son necesarias para convencer a las masas de trabajadores de que para resolver sus necesidades más que apremiantes, es necesario que tomen el poder en sus manos.
En septiembre de 1938, tuvo lugar en París la Conferencia Fundacional de la IV Internacional. El Programa de Transición, elaborado por Trotsky, y las discusiones en torno a su elaboración, constituyen uno de los documentos más conocidos de los debates de esta Conferencia, a la vez que una ayuda para comprender las razones que impulsaron a Trotsky, y a los grupos provenientes de la antigua Oposición de Izquierdas en el seno de la III Internacional, a formar una nueva organización marxista internacional de trabajadores, la IV Internacional.
Fue precisamente para encauzar la actividad práctica de la naciente IV Internacional y a la tarea estratégica de ganar a la mayoría de la clase obrera mundial para sus banderas, por lo que Trotsky elaboró El Programa de Transición.

La vigencia del Programa de Transición en la situación actual de la Argentina
El Programa de Transición, consta de 21 apartados y combina explicación política con reivindicaciones, demandas y consignas concretas. Obviamente las circunstancias en las que fue escrito El Programa de Transición son diferentes a la situación política e internacional actual. En aquellos momentos el fascismo y el estalinismo aparecían con toda su pujanza, y necesariamente El Programa de Transición, no podía dejar de lado ese hecho, incluyendo demandas y análisis específicos para los países con regímenes fascistas y la antigua URSS estalinista. Hoy dichos regímenes en Europa no existen más. Pero en el resto del folleto es perfectamente actual, particularmente, para la actual situación de Argentina.
Si leemos El programa de transición, de León Trotsky, no sólo encontraremos una fuente de inspiración y aprendizaje para nuestra militancia, sino que podemos ver cómo muchas de las reivindicaciones y análisis planteados en el mismo mantienen toda su vigencia; pero, como Trotsk y explica:

"Este programa no es el descubrimiento de un solo hombre. Es el resultado de la larga experiencia de los bolcheviques. Quiero señalar esto: que no se trata de la invención de un hombre, sino que proviene de una larga experiencia colectiva de los revolucionarios. Es la aplicación de los viejos principios a la situación actual. No debe considerarse inmutable como el hierro, sino como algo flexible, de acuerdo con la situación".

En el limitado espacio de que disponemos para este trabajo no nos es posible hacer un exhaustivo análisis del Programa de Transición y su aplicación concreta a la realidad argentina, por lo que necesariamente nos detendremos en sus puntos más relevantes y actuales.
En cualquier caso, creemos que todo activista del movimiento obrero tiene la obligación de leer y estudiar detenidamente este folleto de Trotsky para comprender el papel de las consignas y saber enfocar correctamente la intervención y la agitación revolucionarias en un proceso revolucionario. Y, en este caso, en el proceso revolucionario abierto en Argentina a partir de las jornadas del 19 y 20 de diciembre del año pasado.
Trotsky comienza con un primer apartado denominado Las condiciones objetivas para la revolución socialista. En él se expone magistralmente el callejón sin salida a que había conducido a las familias trabajadoras la crisis del sistema capitalista y cómo se daban todas las condiciones para la revolución socialista. Algunos párrafos de este apartado, parecerían escrito hoy mismo en nuestro país:
“Las condiciones económicas para la revolución proletaria han alcanzado ya el más alto grado de madurez posible bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material. Las crisis de coyuntura, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, aportan a las masas privaciones y sufrimientos siempre mayores. El crecimiento de la desocupación ahonda a su vez la crisis financiera del Estado y mina los sistemas monetarios vacilantes. Los gobiernos, tanto democráticos como fascistas, van de una quiebra a la otra”.

Al final de este apartado y en el siguiente, El proletariado y su dirección, Trotsky señala cómo el camino hacia la revolución socialista es bloqueado a cada paso por las direcciones de los partidos socialdemócratas y estalinistas que todavía se mantienen a la cabeza de los trabajadores. Para Trotsky, el callejón sin salida a que el sistema capitalista empuja a los trabajadores se explica por la dirección del movimiento, o más bien, por la ausencia de una dirección correcta:

“La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”. Y concluye, a modo de tarea estratégica:

“... la crisis de la dirección del proletariado, que se ha transformado en la crisis de la civilización humana, sólo puede ser resuelta por la IV Internacional”.

Hoy en Argentina, la clase obrera, los jóvenes, los trabajadores desocupados y los sectores empobrecidos de la clase media están buscando en medio de los acontecimientos una dirección política para vencer y organizar la sociedad sobre bases justas. Esta salida sólo puede ser el establecimiento de un poder de los trabajadores que adopte las medidas necesarias para la transición al socialismo. Al igual que hace 60 años, la tarea que tienen ante sí los marxistas revolucionarios en Argentina es construir una fuerza que defienda consecuentemente las ideas del marxismo, del genuino socialismo revolucionario, capaz de ganar a la mayoría de la población para este programa.

Quizás unos de los apartados centrales del Programa de Transición sea el denominado programa mínimo y programa de transición. La idea de dividir artificialmente la lucha de los trabajadores en una lucha por un programa mínimo (la lucha por reivindicaciones económicas y políticas accesibles, prácticas, posibles y realistas posibles de satisfacer en el sistema capitalista, que mejoren las condiciones de vida y trabajo de las masas), y otra por un programa máximo (la lucha por el socialismo) no era, ni es, nada nuevo para el movimiento.
Con el pretexto de llevar a cabo las "tareas inmediatas", las direcciones de los partidos obreros reformistas y de los sindicatos consiguen, especialmente en épocas de crisis del sistema, desviar la atención de las masas de su objetivo revolucionario. Mientras que en una época de boom económico ellos pueden justificar su política de pactos y consensos con el gobierno y la patronal consiguiendo pequeñas mejoras para los trabajadores, en épocas de crisis económicas profundas como la actual, actúan en la práctica como agentes de los mismos. Y razonan: “como los capitalistas no obtienen beneficios no podemos exigir aumentos salariales, o hay que aceptar despidos, o recortes en los gastos públicos en salud, educación, vivienda, etc.” En definitiva que las conquistas que los trabajadores consiguen arrancar a los burgueses con una mano, mañana les serán arrebatadas con la otra, como hemos podido comprobar en los últimos veinte años.
Así, en lugar de elevar la conciencia de los trabajadores, las consignas del programa mínimo se adaptan a la situación concreta de lo que se puede conseguir, o, dicho de otro modo, de lo que la burguesía, o un sector de la misma, está más o menos dispuesta a conceder, dejando para un futuro inasequible la tarea final de transformación social.
Los marxistas siempre hemos explicado que la aceptación de un programa máximo y un programa mínimo, no sólo no hace avanzar la conciencia de las masas, sino que ni siquiera es capaz de consolidar las conquistas que dice defender.
Por tanto, la experiencia demuestra la necesidad de elaborar un programa que, partiendo de la situación objetiva concreta y del nivel de conciencia del movimiento, ayude a los trabajadores a sacar conclusiones revolucionarias de su experiencia. Trotsky explicaba:
“La tarea estratégica del próximo período – un período prerrevolucionario de agitación , propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y desmoralización de la generación madura, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”

"¿Cuál es el sentido del programa de transición? Podemos llamarlo un programa de acción, pero para nosotros, para nuestra concepción estratégica, es un programa de transición: es una ayuda para las masas, para superar las ideas, métodos y formas heredadas y adaptarse a las exigencias de la situación objetiva".

Así pues, no se trata de aceptar la realidad, sino de transformarla. Pero la transformación revolucionaria de la sociedad requiere la participación consciente del proletariado, empezando por su vanguardia.

Precisamente bajo esta premisa, los marxistas elaboran el programa necesario para intervenir en la lucha de clases con el objetivo de hacer avanzar el movimiento, tanto en su comprensión como en su organización. Por tanto, partiendo de la situación concreta, sin perder nunca el objetivo de la lucha por el socialismo, se trata de conseguir un equilibrio entre lo que las masas comprenden por la situación en la que viven y lo que les falta, es decir, es necesario defender las pretensiones inmediatas y prácticas que los trabajadores asumen, con reivindicaciones necesarias y justas que les hagan comprender los límites del sistema.
La tarea de los revolucionarios consiste en, en lugar de rebajar el programa o explicar a los trabajadores lo que ya saben, ayudar al desarrollo revolucionario del movimiento. Como dice Trotsky:

"¿Qué puede hacer un partido revolucionario en esta situación? En primer término, dar una imagen clara y honesta de la situación objetiva, de las tareas históricas que de ella se desprenden, independientemente de si los obreros están hoy maduros para ello o no. Nuestras tareas no dependen de la conciencia de los trabajadores. La tarea consiste en desarrollar su conciencia. Esto es lo que el programa debe formar y mostrar a los obreros avanzados".

La primera demanda concreta que aparece en El programa de Transición es la que aparece en al apartado Escala móvil de los salarios y de las horas de trabajo. ¿Qué significa esto?

“Contra la carestía de la vida que, a medida que la guerra se aproxima, se acentuará cada vez más, sólo es posible luchar con una consigna: la escala móvil de los salarios. Los contratos colectivos de trabajo deben asegurar el aumento automático de los salarios correlativamente con la elevación del precio de los artículos de consumo”

“Contra la desocupación ... es preciso lanzar la consigna de la escala móvil de las horas de trabajo... El trabajo existente es repartido entre todas las manos obreras existentes y es así como se determina la duración de la semana de trabajo. El salario de cada trabajador debe ser el mismo que con la jornada antigua. Los salarios, una vez garantizado estrictamente un salario mínimo, deben seguir el movimiento de los precios”. Y sigue:
“Los propietarios y sus abogados demostrarán “la imposibilidad de materializar” estas reivindicaciones. Los pequeños empresarios, sobre todo aquéllos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Pero los trabajadores deben rechazar categóricamente tales argumentos. No se trata aquí del choque “normal” de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra que morir. La “posibilidad” o la “imposibilidad” de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista”

No existen dos consignas más actuales que éstas en la Argentina actualmente, cuando la clase trabajadora ha perdido más de un 40% de poder adquisitivo, solamente en este año, debido a las subas de precios, y, por otro lado, la desocupación y la subocupación afecta a cerca del 60% de los trabajadores. La decadencia y degradación en las condiciones de vida de las más amplias masas salta a la vista en nuestro país fruto de la desocupación y la pérdida de poder adquisitivo de las familias trabajadoras. Frente a los lamentos hipócritas de los gobernantes y empresarios, la defensa por los revolucionarios de estas dos demandas, traza un puente un vínculo entre la necesidad inmediata que tienen los trabajadores de las mismas y de la necesidad de la transformación socialista de la sociedad.

En los apartados de Los sindicatos en el período de transición y Los comités de fábrica Trotsky ofrece un modelo de cómo combinar una actitud intransigente de principios con la flexibilidad necesaria en relación a las organizaciones de masas, particularmente los sindicatos:

“Los Bolcheviques Leninistas se encuentran en las primeras filas de todas las formas de lucha, aun allí donde se trata de los intereses de los más modestos de la clase obrera. Toman parte activa en la vida de los sindicatos de masas, preocupándose de robustecer y acrecentar su espíritu de lucha. Luchan implacablemente contra toda las tentativas de someter los sindicatos al estado burgués y de maniatar al proletariado con “el arbitraje obligatorio” y todas las demás formas de intervención policial, no sólo fascista sino también “democrática”. Solamente sobre la base de ese trabajo es posible luchar con buen éxito en el seno de los sindicatos contra la burocracia reformista incluidos los stalinistas. Las tentativas sectarias de crear o mantener pequeños sindicatos “revolucionarios” como una segunda edición del partido, significa en el hecho renunciar a la lucha por la dirección de la clase obrera. Hace falta plantear aquí como un principio inconmovible: el auto-aislamiento cobarde fuera de los sindicatos de masas, equivalente a la traición a la revolución, es incompatible con la pertenencia a la IV internacional”

“Al mismo tiempo la IV internacional rechaza y condena resueltamente todo fetichismo de los sindicatos, propio de los sindicalistas reformistas y ultraizquierdistas ... Los sindicatos, aun los más poderosos, no abarcan más del 20 al 25% de la clase obrera .... La mayoría más oprimida de la clase obrera no es arrastrada a la lucha sino episódicamente en los períodos de auge excepcional del movimiento obrero. En esos momentos hay que crear organizaciones ad hoc que abarquen al conjunto de las masas en lucha: comités de huelga, comités de fábrica y, finalmente, soviets”.

La cuestión de los sindicatos es un asunto de vida y muerte para la revolución argentina. Toda la historia del movimiento obrero de nuestro país demuestra que en la Argentina no es posible ninguna revolución socialista a menos que se gane a un sector decisivo de los sindicatos Generalmente, los sindicatos tienen tendencia a ir rezagados en la revolución. Siempre existe un elemento de rutina conservadora, incluso entre los activistas, por no hablar del aparato. En contraste, órganos como las asambleas populares reflejan más fielmente el cambio de ambiente entre las masas. Están más cerca de los sectores más oprimidos, y son más abiertos a las ideas revolucionarias y la acción militante. Lo mismo ocurre con el movimiento de “piqueteros” que está formado principalmente por desocupados.
En Argentina, el carácter reaccionario de la burocracia de la CGT no necesita explicación. Es una cuestión de ABC para los marxistas. Pero lo que es evidente para nosotros, no necesariamente es obvio para las masas. Los trabajadores tienen un instinto de unidad poderoso, y en una revolución este instinto no se debilita, se fortalece. En unas condiciones de crisis terrible, desocupación y caída de los niveles de vida, los trabajadores organizados se agarran más tenazmente a su sindicato.
Los burócratas utilizan y abusan de este sentido de lealtad tradicional entre los trabajadores, para mantener sus propias posiciones. Ellos reflejan las presiones de la burguesía dentro el momento obrero. Actúan como una fuerza policial dentro del movimiento sindical, intentando controlar y disciplinar a los trabajadores en interés de la “paz social”.
Es absolutamente necesario vincular firmemente la vanguardia con las masas, y comprender que las diferentes capas sacan conclusiones desiguales a ritmos diferentes. La vanguardia, activa en las asambleas populares, las fábricas ocupadas y las organizaciones piqueteras, está la primera línea de lucha. Son las tropas de choque de la revolución. Pero los batallones pesados de la clase obrera todavía no han entrado decisivamente en la acción. Llegarán, pero mientras lo hacen es necesario evitar alejarse demasiado de las masas.
Al final, las condiciones objetivas empujarán inevitablemente a los trabajadores a la lucha. En esas condiciones, los viejos dirigentes no tendrán sino una sola alternativa: o se ponen a la cabeza de las luchas para no perder totalmente el control o se verán superados por las bases, creando las condiciones para el surgimiento de una nueva dirección más combativa que gane la confianza de las mismas. Que los elementos más avanzados, opuestos a las políticas de la burocracia sindical permanezcan dentro del sindicato resulta vital de cara al próximo futuro porque, en una nueva situación pueden emerger dentro del sindicato con la fuerza suficiente como para que el resto de los trabajadores los apoyen como una alternativa a la dirección. Fenómenos de este tipo ya lo vimos en la Argentina a comienzos de los años 70.
Por ahora no se trata de plantear la toma del poder como una consigna inmediata. La tarea inmediata no es la conquista del poder, sino la conquista de las masas. Pero esta cuestión va inseparablemente unida a la cuestión de los sindicatos.
Como ya señalamos, la principal debilidad de las asambleas populares es que todavía no están suficientemente relacionadas con los trabajadores organizados en las fábricas. En la situación actual, la creación y extensión de los comités de fábrica es una demanda fundamental.

Esta demanda no es en absoluto abstracta, parte de las necesidades objetivas de la situación. La defensa del empleo y asegurar el pago de los salarios obligará a entrar en la lucha a cada vez más sectores de los trabajadores. Los docentes y bancarios han convocado varias movilizaciones en diferentes puntos del país, y los funcionarios y empleados públicos de todo el país están participando en batallas por el pago de los salarios. La profundización de la crisis ya destruyó miles de empleos en todos los sectores (textil, construcción, automóvil, etc.,) y amenaza a miles de trabajadores más. En este contexto la reivindicación, defendidas por las organizaciones piqueteras y aprobadas en las asambleas populares en la que se exige la nacionalización, bajo control obrero, de toda las fábricas que se declaran en bancarrota o que despiden trabajadores, debería ser la consigna central en la batalla destinada a implicar en el movimiento a la clase trabajadora industrial.

Uno de los hechos más significativos del movimiento obrero argentino fue el surgimiento y desarrollo del movimiento piquetero, que agrupa a trabajadores despedidos de sus empresas y a jóvenes desocupados mediante asambleas y movilizaciones masivas al margen del control del aparato sindical peronista y con una orientación y propuestas que recuperan métodos y tradiciones revolucionarias de la clase obrera. El movimiento de los trabajadores desocupados agrupados en las organizaciones piqueteras, ha demostrado una gran capacidad de lucha, heroísmo y sacrificio. Los piqueteros, con su ejemplo y determinación, están señalando las tareas al conjunto de la clase obrera y los sectores más combativos de la juventud.

A pesar de la energía desplegada y su combatividad, debemos ser conscientes de que, aisladamente, los objetivos del movimiento piquetero resultan imposibles de alcanzar. Por ello, el movimiento piquetero debería utilizar su fuerza y organización para hacer mil y un intentos de ligarse a los trabajadores ocupados para acelerar el proceso de toma de conciencia de los mismos en la perspectiva de incorporarlos decisivamente a la lucha.

Los ataques del gobierno van a provocar inevitablemente una respuesta por parte de los trabajadores, como de hecho ya está ocurriendo. La tarea de la vanguardia es intentar dar una expresión organizada, generalizarla y extenderla a cada industria, ciudad y barrio. La única forma de hacer esto es popularizando la consigna de los comités de fábrica u otra similar (coordinadoras obreras, etc). Con la agitación en torno a esta consigna, la vanguardia podrá conectar con el ambiente general de la clase, planteando una demanda que realmente corresponde con las necesidades del momento, mientras prepara el terreno para llevar adelante la lucha a un nivel más elevado.
También se trata de un hecho objetivo porque el movimiento ya llevó a la creación de Asambleas Populares locales. Pero lo más importante de todo es que ha habido una tendencia a vincular las Asambleas Populares con los comités obreros en las fábricas, particularmente con las fábricas ocupadas por los trabajadores. Aquí está la clave del éxito.
En Argentina, los órganos revolucionarios de lucha que abarcan a amplias capas de los explotados en los barrios son las Asambleas Populares. Y éstas son, al menos, el embrión de los sóviets, es decir, el embrión de un nuevo poder.
La transformación de los Comités de Fábrica y de las asambleas barriales en soviets genuinos corresponderá a una etapa superior del proceso revolucionario. Así, en el apartado denominado Los Soviets, Trotsky explica:
“Los soviets no pueden nacer sino donde el movimiento de las masas entra en una etapa abiertamente revolucionaria. En tanto que eje alrededor del cual se unifican decenas de millones de trabajadores, los soviets desde el momento de su aparición se constituyen en rivales adversarios de las autoridades locales y, en seguida, del mismo gobierno central. Si el comité de fábrica crea los elementos de la dualidad del poder en la fábrica, los soviets abren un período de dualidad del poder en el país”.

Sin embargo, es obvio que la tarea inmediata de los comités (soviets) es organizar y centralizar la lucha. El objetivo de los comités, que deberían ser elegidos en la medida de lo posible en los centros de trabajo y en las barrios populares, debería ser organizar la acción: huelgas, manifestaciones, boicots, distribución de comida, etc. Y esto debería culminar en una huelga general nacional. En dicha etapa, el objetivo debe ser vincular los comités local, regional y nacionalmente, preparando el camino para un congreso nacional de comités de fábrica y asambleas populares, para coordinar la lucha y preparar la toma del poder.

En los apartados sobre El “secreto comercial” y el control obrero de la producción, la expropiación de ciertos grupos de capitalistas y la nacionalización de la Banca, el Programa de Transición de Trotsky insiste en una idea común: responder al intento de los capitalistas de hacer recaer la crisis de su sistema sobre las espaldas de los trabajadores con reivindicaciones que pongan en cuestión la propiedad privada de los capitalistas. Ante la amenaza de cierre de una empresa o de despidos Trotsky propone la abolición del “secreto comercial” y agitar en torno a la creación de comités de fábrica que investiguen los libros de caja de la empresa e instaure el control obrero sobre la producción; y ante la amenaza efectiva de cierre la ocupación de la fábrica y agitar por la estatización de la misma bajo control obrero.
No cabe ninguna duda que esta consigna, junto a las dos primeras citadas al comienzo de este apartado, está de rabiosa actualidad en la Argentina, acompañada además por los ejemplos emblemáticos de los trabajadores de Cerámicas Zanón y de la textil Brukman, entre otras. Como explica Trotsky en el apartado de Los Comités de fábrica:
“Las huelgas con ocupación de fábricas, una de las más recientes manifestaciones de esta iniciativa, rebasan los límites del régimen capitalista normal. Independientemente de las reivindicaciones de los huelguistas, la ocupación temporaria de las empresas asesta un golpe al ídolo de la propiedad capitalista. Toda huelga de ocupación plantea prácticamente el problema de saber quién es el dueño de la fábrica: el capitalista o los obreros”.

En época de crisis capitalista aguda como la que existe en Argentina, la consigna de la expropiación de los sectores claves de la economía y de los sectores más parásitos de la burguesía, como los Bancos, también surge como una necesidad para poner las bases de la planificación económica. Para agitar en torno a esta cuestión Trotsky establece una serie de condiciones totalmente válidas hoy:

“La diferencia entre estas reivindicaciones y la confusa consigna reformista de “nacionalizaciones” reside en lo siguiente: que nosotros rechazamos cualquier tipo de indemnización,.... que llamamos a las masas a que no confíen más que en su fuerza revolucionaria, que ligamos el tema de la expropiación con el de la toma del poder por los obreros y los campesinos”

Trotsky hace especial insistencia en la consigna de nacionalización de la Banca, y explica que esta consigna sirve además para atraer a los sectores de la pequeña burguesía aplastados por el gran capital al campo de la clase obrera:

“... los bancos concentran en sus manos la dirección de la economía .... Organizan milagros de técnica, empresas gigantescas, trusts potentes y organizan también la vida cara, las crisis y la desocupación. Imposible dar ningún paso serio hacia adelante en la lucha contra la arbitrariedad monopolista y la anarquía capitalista si se dejan las palancas de comando de los bancos en manos de los bandidos capitalistas ... Sólo la expropiación de los bancos privados y la concentración de todo el sistema de crédito en manos del Estado pondrá en las manos de éste los medios necesarios, reales, es decir materiales, y no solamente ficticios y burocráticos, para la planificación económica.

La expropiación de los bancos no significa en ningún caso la expropiación de los pequeños depósitos bancarios. Por el contrario para los pequeños depositantes la banca del Estado única podrá crear condiciones más favorables que los bancos privados. De la misma manera sólo la banca del Estado podrá establecer para los campesinos, los artesanos y pequeños comerciantes condiciones de crédito privilegia­do, es decir, barato. Sin embargo, lo más importante es que, toda la economía, en primer término la industria pesada y los transportes, dirigida por un Estado mayor financiero único, sirva a los intereses vitales de los obreros y de todos los otros trabajadores.
No obstante, la estatización de los bancos sólo dará resultados favorables si el poder estatal mismo pasa de manos de los explotadores a manos de los trabajadores”

Después de resumir brevemente las demandas más destacadas recogidas en El Programa de Transición, dentro del campo del reformismo y de la colaboración de clases no faltarán voces que nos acusen de ilusos o dogmáticos. La cuestión que debemos plantearnos es si estas consignas conectan con las aspiraciones de nuestra clase, y no si son o no realizables bajo el capitalismo. Como explica Trotsky:

"Si dijéramos que sólo hemos de pedir lo que nos pueden dar, la clase dominante sólo nos daría la décima parte o nada de nuestras reivindicaciones. Cuando pedimos más y podemos imponer nuestras reivindicaciones los capitalistas se ven obligados a dar el máximo. Cuanto más extendido y combativo es el estado de ánimo de los trabajadores, tanto más se exige y consigue"

Otro de los apartados destacados del Programa de Transición es el titulado Piquetes de huelga, destacamentos de combate, milicias obreras y armamento del proletariado.

Trotsky explica aquí cómo la necesidad de medidas de autodefensa nace del propio desenvolvimiento de la clase trabajadora en su lucha revolucionaria, incluso desde las primeras etapas del proceso. En Argentina hoy, la represión sistemática contra los activistas del movimiento piquetero, de los asambleas barriales, de las fábricas ocupadas y de las organizaciones de izquierda a cargo de la policía y de matones a sueldo de la patronal y del gobierno lo vemos cotidianamente. La consigna de Comités de autodefensa ha comenzado incluso a cundir entre algunas asambleas barriales, tanto para hacer frente a la represión policial como a la delincuencia derivada de la putrefacción del sistema capitalista argentino en los barrios más deprimidos.

Para que esta consigna tenga un eco de masas es imprescindible hacer el énfasis en que son medidas de autodefensa, y hacer recaer la responsabilidad de la violencia enquistada en el sistema en el aparato represivo del Estado en manos de los burgueses y sus representantes políticos. En esta etapa estas medidas deben consistir de patrullaje de las calles por los propios vecinos, montar guardias en los locales obreros, servicios de orden en las marchas, etc. En una etapa superior del proceso revolucionario, con la existencia de un partido marxista revolucionario al frente de los trabajadores, ante un movimiento de las masas por millones en la calle y con decisión, las fuerzas represivas quedarían paralizadas, se descompondrían, serían fácilmente desarmadas y el aparato represivo queda así neutralizado. Es con esa condición cuando la revolución puede realmente triunfar.

Por último, no hay que confundir las legítimas medidas de autodefensa con que se deben dotar las organizaciones obreras con el método del terrorismo individual, método que siempre fue combatido implacablemente por el marxismo y que consiste en la perpetración de atentados y acciones armadas a cargo de un grupo de individuos aislados de las masas, y que siempre juegan el papel más pernicioso en el movimiento revolucionario al dar excusas a la reacción para su política de represión contra la clase obrera.
En El programa de Transición hay otros apartados interesantes sobre los países fascistas y estalinistas, sobre el campesinado y los países coloniales, la mujer trabajadora y la juventud obrera y, finalmente, contra las tendencias oportunistas (reformistas) y sectarias (ultraizquierdistas) en el seno del movimiento obrero, sobre las que no nos podemos detener por falta de espacio.
No obstante, sí hay una consigna que Trotsky plantea para los países campesinos atrasados o bajo régimen de dictadura que ha adquirido cierta notoriedad en Argentina por parte de un sector de la izquierda, como es la demanda de una Asamblea Constituyente. Hay otros sectores que identifican Asamblea Constituyente con el poder obrero, con un gobierno de los trabajadores, cuando científicamente son dos cosas diferentes y, en ningún modo, idénticas. Consideramos que esta consigna es equivocada para Argentina actualmente, que no entra propiamente en la categoría de país campesino atrasado o bajo dictadura. Creemos que hay que agitar directamente por un gobierno de los trabajadores basado en la organización de los mismos en comités de fábricas y asambleas populares.
Si lo que se quiere enfatizar es que gran parte del sistema productivo argentino está en manos del capital extranjero bastaría con exigir la expropiación del mismo por parte de un gobierno obrero. Y si se quiere justificar la utilización de esta consigna porque la mayoría de la población todavía tiene ilusiones en la “democracia burguesa” o no está convencida de la necesidad del socialismo, la misma situación se da en todos los países, incluso los más avanzados, y eso no justifica en absoluto en que EEUU, o Francia o España los marxistas revolucionarios de aquellos países agiten también por una Asamblea Constituyente.
Es claro que el Programa de Transición para la revolución argentina no se agota en el texto de Trotsky. La propia experiencia de los trabajadores argentinos, la situación concreta del país y sus características hacen que el programa de reivindicaciones transitorias deba ser completado con toda una serie de demandas que conecten con la experiencia de los trabajadores y resto de capas oprimidas de la población. Este programa común ya ha sido aprobado en innumerables asambleas populares, piqueteras, de trabajadores, y debería incluir, entre otros puntos: el desconocimiento de la Deuda externa, la congelación de las tarifas de los servicios públicos e instauración de una “tarifa social” más baja para las familias pobres y desocupadas, un Salario Mínimo de 650 pesos y la devolución de los depósitos confiscados a todos los pequeños ahorristas cuyos montos no superen los 100.000 dólares, el reclamo del boleto estudiantil, etc.
El Programa de Transición acaba con un conmovedor llamado a la clase obrera, especialmente a su sector de vanguardia a que integren la IV Internacional:
“La crisis actual de la civilización humana es la crisis de la dirección proletaria. Los obreros revolucionarios agrupados en torno a la Cuarta Internacional señalan a su clase el camino para salir de la crisis. Le proponen un programa basado en la experiencia internacional del proletariado y de todos los oprimidos en general, le proponen una bandera sin mancha."

¡Obreros y Obreras de todos los países, agrupaos bajo la bandera de la IV Internacional!

¡Es la bandera de vuestra próxima victoria!



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