Ideas de izquierda

Armas de la critica

SEMANARIO

El método marxista y la actualidad de la época de crisis, guerras y revoluciones

Emilio Albamonte

PARTIDO

El método marxista y la actualidad de la época de crisis, guerras y revoluciones

Emilio Albamonte

Ideas de Izquierda

El presente texto está basado en una versión editada del informe de apertura realizado por Emilio Albamonte a la Conferencia del PTS que tuvo lugar entre los días 11 y 13 de diciembre. El mismo aborda una serie de fundamentos teóricos e históricos para comprender la situación internacional. Entre ellos, la definición de la época de crisis, guerras y revoluciones, como marco estratégico de la actual crisis, y la utilidad del concepto de “equilibrio capitalista” para analizar las relaciones entre economía, geopolítica y lucha de clases. También debate sobre diferentes respuestas frente a la crisis y algunas de las encrucijadas que plantea la etapa actual para el marxismo revolucionario.

*DISPONIBLE TAMBIÉN EN FORMATO PDF AQUÍ*

Quiero tomar tres cuestiones para abrir los debates de la conferencia. La primera, sobre la situación mundial actual y el método marxista para encararla. Voy a tomar los problemas más estratégicos y las tendencias más estructurales –el documento de Claudia Cinatti toma los problemas políticos y la actualización de las tendencias que marcan la coyuntura hoy–.

La segunda cuestión es analizar algunas respuestas que se plantean ante esta situación. Vamos a tomar algunas corrientes con las que discutimos teóricamente, corrientes que salen de la academia, que son en general corrientes pequeñoburguesas y antisocialistas –mientras que no hay, o son mínimas, las corrientes socialistas y marxistas revolucionarias en la Universidad–. Primero hay que entender lo que dicen, discutirlas teóricamente desde el marxismo, y por último discutir su programa (si es que desarrollan un programa político, porque no todas lo hacen explícitamente). Entre las que vamos a analizar hoy están las llamadas corrientes postcapitalistas. La compañera Paula Bach viene estudiando estas corrientes y está escribiendo un libro, del cual adelantamos en Ideas de Izquierda un capítulo.

Por último, me voy a referir a la situación del proletariado y en qué situación estamos en términos generales, más allá de la coyuntura política, desde el punto de vista histórico, y por qué desde nuestro punto de vista la revolución proletaria, con todas las enormes dificultades que tiene, es la única salida realista a la crisis del capitalismo. No a la crisis actual en particular, sino a las crisis recurrentes que viene teniendo el capitalismo y que posiblemente vuelva a tener en el mediano y largo plazo. Es decir, una respuesta a las tendencias de fondo del capitalismo a las que las corrientes reformistas de distinto tipo no pueden dar una salida. Estas crisis pueden tener alguna solución coyuntural, tal como han tenido muchas crisis capitalistas, pero nosotros tenemos que analizar la situación internacional desde un punto de vista marxista, como lo hacía Trotsky, a cuyo método me voy a referir.

La etapa actual y las respuestas frente a la crisis

A principios de este siglo, el marxista británico Perry Anderson dijo que el neoliberalismo, con su política de apertura de mercado y globalización, era la ideología más exitosa de la historia mundial. Desde el punto de vista de las teorías políticas y económicas, del sentido común que impuso en los hechos el neoliberalismo durante mucho tiempo, Anderson parecía tener bastante razón. Todo el mundo pensaba en términos de neoliberalismo, tanto sus perspectivas personales como las perspectivas y los límites del rumbo que podía adoptar un país en la economía, en la política y en las cuestiones sociales.

Hoy, después de la crisis del 2008, eso cambió. Para quienes son más jóvenes y conocen menos, esta fue una gran crisis del capitalismo que lo desprestigió enormemente. Primero se hundieron algunas entidades de crédito amenazando con generar un “efecto dominó”. La crisis estaba ligada a las aseguradoras y a los instrumentos financieros. Bajo la dirección de Obama (promotor del actual presidente Joe Biden), se rescató a los bancos y a las corporaciones, poniendo billones de dólares a nivel mundial, mientras que a millones y millones de personas que habían trabajado por años para comprarse una casa, se les dijo que si no podían pagar los créditos se quedaban sin casa, y así sucedió. Así es como el capitalismo resolvió la crisis. Luego la economía se recompuso relativamente, pero nunca recuperó los niveles pre-crisis en muchos indicadores. Inclusive antes de la pandemia el crecimiento de la productividad del trabajo, y la tasa de ganancia, etc., estaban disminuyendo en el capitalismo a nivel mundial. Michael Roberts, un marxista británico, en una entrevista que le realizamos recientemente, analiza cómo antes de la pandemia venía retrocediendo la recuperación que se había logrado después de 2008 luego de una primera etapa en que los países centrales fueron golpeados de lleno, y una segunda etapa en que China prácticamente se descolgó del curso descendente de la economía mundial y permitió que no fuera una catástrofe mayor. Este elemento, sumado a los salvatajes masivos, fueron los que lograron evitar un escenario de crisis como la de la década de 1930 donde, por ejemplo, en unos pocos años se hundieron más de ocho mil bancos.

En 2008 salvaron a los bancos y lograron evitar aquel escenario, aunque prolongando una crisis rastrera, que luego con la pandemia se agravó al parar la economía, con consecuencias no solo económicas sino sociales, políticas y en la lucha de clases, como veremos. Esta es la crisis del neoliberalismo, esa ideología tan exitosa que describía Anderson, que supo permear a casi todo el arco político, desde la derecha hasta la centroizquierda.

Con el desprestigio de esta ideología y de la idea de la globalización es que surgen fenómenos como, por ejemplo, la elección de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. bajo el discurso de que todos los puestos de trabajo que se habían perdido por los acuerdos internacionales de libre comercio y globalizadores iban a ser recuperados, consiguiendo así votos de obreros desempleados del Medio Oeste norteamericano. Se trata de un fenómeno que ya se estaba desarrollando en países europeos y otros países del mundo, y es lo que se dio en llamar “populismo de derecha”, basado en proponer la vuelta al viejo “predominio perdido” de los Estado-nación y que los organismos internacionales y las grandes corporaciones que habrían sobrepasado a los Estados-naciones pueden ser controladas en el terreno nacional. Trump finalmente terminó con un solo mandato y ahora ganó Biden porque aquella promesa no se cumplió y no se podía cumplir, además del agravamiento de la situación por el coronavirus. Este panorama es expresión de las debilidades de las dos corrientes que hay hoy en el neoliberalismo mundial: el “populismo de derecha”, que no rompe sino que negocia más los términos del neoliberalismo, y el neoliberalismo más tradicional que se expresa en el Partido Demócrata norteamericano, Macron en Francia, Merkel en Alemania, y hasta China, etc., que son defensores de las tesis neoliberales en distintos grados.

Está extendido el desprestigio del neoliberalismo y en cierta medida del propio capitalismo, producto de las enormes desigualdades que creó la ofensiva neoliberal, que fue una reacción en todo el mundo contra el salario obrero, contra el empleo, etc., y que aumentó la desigualdad enormemente. La crisis actual, en el marco del coronavirus, agravó aún más la situación. Para este año el FMI pronostica que el Producto Bruto en el mundo va a caer un 4,4 % lo cual son números enormes. Esto no implica que no pueda tener una recuperación el año que viene pero, por ejemplo, en países como Argentina, que va a caer entre un 10 y un 12 %, se tardaría varios años en recuperar los niveles que había pre-crisis. O sea, estamos ante una catástrofe para grandes sectores de las masas y tenemos que partir de ahí para comprender en qué situación, en qué encrucijada está el capitalismo mundial.

El problema de fondo que tiene el capitalismo en la actualidad es que se ha mostrado incapaz de generar nuevos motores de acumulación de capital. Después de que las burocracias de los ex-Estados obreros burocráticos se hicieron restauracionistas del capitalismo, el capital encontró una nueva “selva virgen”, es decir, un lugar donde acumular capital. Fue la restauración en China la que le permitió durante años conquistar una mano de obra barata que bajó el precio del salario en todo el mundo. Ahora esta contratendencia se está agotando, ya no solo porque en China están subiendo los salarios, sino porque China está compitiendo con EE. UU., con Alemania, con las grandes potencias. Se transformó de una nación pobre, destino para la acumulación de capital de las potencias imperialistas, en una nación que compite en el mercado mundial por las oportunidades de acumulación de capital. De ahí las guerras aduaneras y comerciales que venimos viendo.

Resumiendo, la clave es que el capitalismo logró imponer esa ideología triunfante de la que hablaba Perry Anderson, que se transformó en sentido común de mucha gente no solo como resultado de una ofensiva en regla y derrotando al proletariado de Occidente, sino también derrotando conquistas acumuladas como eran lo que nosotros llamamos Estados obreros –degenerados y deformados– pasándolos de vuelta al terreno del acumulación del capital, cosa que no sucedía de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, el capitalismo tuvo un nuevo soplo de vida y eso es lo que se está agotando. En la crisis del 2008 se mostró ese agotamiento, y ahora se observa de nuevo.

El método de Trotsky

Para analizar la situación y para separarnos de los reformistas de distinto tipo, consideremos cómo planteaba Trotsky la situación internacional: no como una sumatoria de factores sino como una estructura en que el todo es más que la suma de las partes. Esto implica integrar en nuestro análisis tanto el estado de la economía mundial, como de la geopolítica, como de la lucha de clases. Y no como una sumatoria, sino teniendo en cuenta siempre que la lucha de clases es el elemento definitorio.

Trotsky señalaba que para analizar la situación internacional había que partir de la economía, es decir, de qué relaciones tenía la economía con la política. Por ejemplo, estamos diciendo que el capital tiene un problema para su acumulación –la financierización de la economía es la contracara de ello–. Pero aquí además del problema económico hay un problema político, porque a partir de esto empiezan las disputas entre Estados como la que vemos entre EE. UU. y China. Esas tensiones geopolíticas para Trotsky son claves porque hay que analizar no solo las corporaciones, sino los Estados en que se basan esas corporaciones y las luchas geopolíticas que crea la economía. Entonces la economía tiene problemas para valorizar el capital [1] y eso se expresa en tensiones geopolíticas entre los Estados. De allí Trump con su discurso permanente contra China, que más allá de las formas y de determinadas opciones tácticas, continúa la competencia estratégica con China ya desarrollada durante la presidencia de Obama, lo que se llamó el “pivote asiático” para rodear a China. La línea de Obama era prepararse y crear una especie de bloqueo, que a veces se ve y a veces no se ve, desde el sur con la India, Indonesia, Corea del Sur hasta Australia. China, por su parte, a la que el mar Meridional puede terminar complicando estratégicamente más temprano que tarde, crea islas artificiales con armamento, con el objetivo de enfrentar una eventual salida guerrerista contra ellos.

Esas tensiones geopolíticas no necesariamente se dan como enfrentamientos militares desde el comienzo, se dan a veces, decía Trotsky, como “guerras aduaneras”. Eso hizo Trump contra China, contra las mercaderías baratas chinas: EE. UU. solo las acepta bajo la exigencia de que China aumente sus compras por 200.000 millones de dólares en determinadas mercaderías que produce EE. UU. Esas tensiones geopolíticas son la base muchas veces de las guerras reales, no solo entre las grandes potencias sino entre potencias menores o regionales. Por ejemplo, en el artículo de Claudia Cinatti está desarrollado el rol que están cumpliendo potencias intermedias como Turquía, un país miembro de la OTAN, que es el paraguas de Occidente, y que por los conflictos que hay en Medio Oriente y por la retirada norteamericana se ha transformado en una potencia regional. En el caso de la guerra que se esbozó recientemente en una zona de lo que era el antiguo territorio de la Unión Soviética entre Azerbaiyán y Armenia, Turquía fue clave para inclinar la balanza a favor del primero. Guerras como estas pueden abrir situaciones cuyas consecuencias muchas veces son impredecibles.

Trotsky sintetiza este método para el análisis de la situación mundial en la década de 1920. A partir de la expansión global del capitalismo y el surgimiento de la época imperialista, se agudiza la contradicción entre unas fuerzas productivas cada vez más internacionalizadas, con sus corporaciones, y el Estado-nación como espacio donde se articulan las relaciones de producción. Por ejemplo, una corporación como Amazon tiene 1.200.000 empleados en todo el mundo, este tipo de multinacionales, tienen que disputar el dominio del mercado mundial e imponer la política a sus Estados, a los que muchas veces se oponen. Se opusieron a Trump porque opinaban que los molestaba con relaciones comerciales, pero están a favor de un plan –ya sea con los republicanos o con los demócratas– para obstaculizar que China desarrolle y expanda tecnologías de punta como el 5G, e impedir que China se despliegue como gran potencia, desarrolle sus rasgos más imperialistas, y esto pueda traducirse en competencia para las grandes multinacionales como Google, Facebook, etc. a las cuales China les ha prohibido y controlado la entrada en su territorio. El problema es que se trata de una pelea internacional por cuál monopolio va a prevalecer y qué Estados van a prevalecer dentro de esa situación. A su vez, hay una contradicción económica interna: que las corporaciones de un país superan, en ciertos casos, a los Estados. Son corporaciones que exigen a sus Estados que les bajen los impuestos, pero al mismo tiempo, las enormes ganancias que tienen en el extranjero con cientos de miles de empleados, no las reinvierten en sus países. Esto le crea un problema a los propios Estados capitalistas de cómo conducir el país con hegemonías débiles para generar condiciones mínimas para evitar que estallen revueltas y, en perspectiva, revoluciones.

Trotsky decía entonces que había que analizar el fundamento económico y cómo se expresaban en cada momento las tensiones geopolíticas –tanto aduaneras, comerciales, etc.–, y cuándo amenazaban con traducirse en lucha militar, y la lucha de clases. Es decir, que no podía haber análisis marxista que no tomara los tres elementos. Ligado a este método, Trotsky desarrolla el concepto de “equilibrio capitalista” para ir contra la idea mecanicista de que el capitalismo permanentemente está en una crisis mundial que se profundiza más y más. En 1921, Trotsky lo define del siguiente modo:

El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, estas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio toman la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre Estados, la ruptura del equilibrio es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia; la prueba mejor que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista [2].

Sin tomar estos tres elementos, no tendremos análisis marxistas sino análisis deshilvanados que no nos pueden permitir prever. Trotsky decía que dirigir es prever, pero esto no significa ser adivino, sino tener la capacidad de observar cuáles son las tendencias más profundas: ¿hay tendencias hacia la estabilización del equilibrio capitalista en el mundo? Entonces es un tipo de situación. ¿Hay tendencias a romperse el equilibrio? Será otra situación. ¿Qué puede romper el equilibrio, la economía, la lucha interestatal, la lucha clases, los tres elementos? Analizar eso, en términos generales, nos saca de la discusión coyuntural. Es un ordenador para analizar lo que pasa en el mundo y nos permite comprender sus problemas y tensiones. Muchos de nosotros utilizamos este método pero tenemos que explicárselo a las nuevas camadas de militantes que empiezan a participar con nosotros de la lucha de clases.

El carácter determinante de los resultados de la lucha de clases

¿Qué queremos decir con qué es necesario ver dialécticamente esta contradicción que hay entre lucha de clases, economía y luchas interestatales para no caer en visiones simplistas que nos impidan comprender la realidad? Por ejemplo, el partido del que nosotros surgimos, el antiguo Movimiento al Socialismo, veía el mapa de la situación mundial entre los años 1920 y 1940 como un mapa negro: derrota china, derrota española, el fascismo en Alemania, etc. Y a partir de 1945, lo veía como un mapa rojo: expropiación de la burguesía en China, Yugoslavia, Hungría, etc. ¿Pero había verdaderamente un “mapa negro” entre los años 20 y los años 40 y un “mapa “rojo” en la posguerra? Veamos.

Efectivamente entre las décadas de 1920 y 1940 hubo enormes luchas revolucionarias y enormes derrotas. En 1925-27, estuvo la revolución en China donde los obreros y los campesinos fueron hacia el Norte a liquidar a los señores feudales, y siguieron al general burgués Chiang Kai-shek. Llegó un momento en que derrotaron a los “señores de la guerra” y el Partido Comunista que había acompañado sin discusión a Chiang Kai-shek, ya no le servía. Entonces Chiang Kai-shek fusiló a miles de obreros de vanguardia y el gobierno burgués se quedó con un parte del norte de China. En la novela La condición humana, Malraux cuenta cómo los echaban dentro de las calderas de las locomotoras. Es decir, fue una gran lucha y una gran derrota.

En el año 1931 empieza la Revolución española: cae el gobierno de la monarquía borbónica y ganan las elecciones los republicanos. Los anarquistas que eran un gran movimiento que organizaba a sectores de masas empieza un proceso revolucionario que lleva a que en el año 1934 haya una insurrección en Asturias, en el norte de España. El gobierno de la República era de derecha y mata a miles y pone presos a decenas de miles, y eso provocó una reacción que hizo triunfar a un gobierno de colaboración de clases, lo que se llama el Frente Popular. Entonces se desató una guerra civil en la cual se levantan las fuerzas del general Franco y quiere derrocar al gobierno de la República. Los anarquistas, los comunistas –que eran pocos– y los socialistas en las ciudades donde tienen más fuerza, entre ellas Barcelona y Madrid, van con navajas, cuchillos y pistolas y enfrentan al ejército y lo derrotan en muchos lugares. Es una enorme lucha revolucionaria. Pero en vez de ir hasta el final y tomar el poder para los trabajadores, el stalinismo apoyó al gobierno de la República, a la rastra de la burguesía que llevó al triunfo de Franco y a la clase obrera española. Es decir, una revolución de 4 o 5 años y una guerra civil de 3 años que terminan en una gran derrota.

Esto para dar solo algunos ejemplos, sin hablar del ascenso del fascismo. En Alemania ya había habido derrotas del movimiento revolucionario en 1919, 1921 y 1923, y luego de la crisis de la década de 1930 los fascistas se habían hecho fuertes. La línea del stalinismo en Alemania no es pelear por la unidad de los obreros socialdemócratas y comunistas para luchar en común contra el peligro fascista que pretendía destruir los sindicatos, los clubes obreros, las cooperativas, etc., es decir, reducir a la clase obrera a una masa amorfa que no tuviera posibilidad de defenderse; lejos de ello, el stalinismo sostiene que los socialdemócratas son tan enemigos como los fascistas, y eso permite triunfar a Hitler. No solo eso, sino que abre una carnicería mucho más grande que es la Segunda Guerra Mundial, la primera guerra verdaderamente planetaria, donde se lucha desde la URSS, China, Japón, Europa y hasta África; incluso Brasil participa con 20.000 soldados que desembarcan en las costas de Sicilia. EE. UU. pone toda su producción en función de la guerra para ganarle a los imperialistas alemanes, japoneses e italianos que desafían el orden mundial.

Así vemos el mapa de los años que van de 1920 a 1940 signado por grandes procesos revolucionarios y grandes derrotas provocadas por las direcciones del movimiento de masas, y esto rematado por una guerra mundial. Sin embargo, no podemos analizar solo esto y conformarnos con pintar el mapa de negro. Lo primero que tendríamos que preguntarnos es por qué en este panorama todo el mundo no se terminó esclavizado luego de la guerra mundial. Y no sucedió porque había surgido la Unión Soviética; esta había retrocedido en sus conquistas, pero EE. UU., para ganarle a los imperialistas enemigos, necesitaba apoyar tácticamente a la URSS. Entonces EE. UU. cambió toda su producción y empezó a producir armas. La producción de aviones pasó de 3.000 anuales en 1939 a acumular en 5 años una producción de más de 300.000. Esos aviones eran mandados al frente de combate para apoyar a sus aliados ingleses, franceses –con Francia invadida– y a la Unión Soviética, porque “el que es enemigo de mi enemigo termina siendo mi amigo”, por lo menos por unos años. Entonces apoyaron a la Unión Soviética y la guerra mundial terminó con que la URSS se sostuvo –a pesar del desastre que hizo Stalin, que no preparó, sino más bien boicoteó, la defensa contra la invasión nazi, y eso costó 20 millones de muertos– y terminó ocupando Europa del Este y parte de Alemania. Pero no solo la Unión Soviética se sostuvo sino que a su vera, China, cuyo dominio imperialista había sido uno de los motivos de la guerra mundial, termina con el triunfo de la revolución. Los campesinos que pasaban hambrunas terribles durante la guerra se levantaron y luego apoyaron la línea de Mao Tse Tung. Hicieron la reforma agraria donde no solo matan a los señores de la guerra, a los terratenientes, sino a los usureros que tenían sus deudas anotadas en los libros de contabilidad. Una oleada incontenible que lleva a Mao Tse Tung al poder. Mao no quería eso sino un gobierno de coalición con Chiang Kai-shek, pero las masas lo empujan a tomar el poder.

Para comprender todo esto es necesario integrar dialécticamente el conjunto de las contradicciones que atravesaban la situación mundial. Si analizamos solo la economía o el conflicto interestatal, y no vemos el rol decisivo de la lucha de clases, vamos a sorprendernos por triunfos se transforman en derrotas –como esas grandes revoluciones de las décadas de 1920 y 1930, por el problema de la dirección de la clase trabajadora–, y por derrotas espantosas que por la acción de las masas, por los sufrimientos que crea una guerra, se transforman en enormes revoluciones. Por eso Lenin tiene la famosa frase que dice que las situaciones revolucionarias –en general, y ni hablemos de las guerras– se producen cuando hay sufrimientos superiores a los habituales; eso golpea sobre la subjetividad de las masas que pasan a la acción. A veces empujan a la burocracia a realizar tareas que no quiere hacer, y a veces logran superarla como en la Revolución rusa, donde las masas llevaron a los bolcheviques al poder.

Entonces, si abordamos la situación mundial integrando la economía, la geopolítica y la lucha de clases, vemos entre 1920 y 1940: en lo económico la crisis de la década de 1930; en cuanto a la geopolítica a Alemania –que había quedado destruida después de la Primera Guerra Mundial– desafiando el orden mundial –también Japón e Italia–, tensiones que llevan a la guerra. Es decir, problemas económicos, problemas geopolíticos. Y el movimiento obrero, que aparentemente estaba derrotado, sale con un resultado mucho más contradictorio de la guerra. La URSS no solo mantiene su territorio sino que avanza hacia los Balcanes, Europa del Este, hasta ocupar la mitad de la Alemania capitalista, un resultado inesperado para todo el mundo. China hace una revolución enorme. Entonces, EE. UU. tiene un gran triunfo en Occidente pero con la contradicción de que a la salida de una guerra que se realizó para conquistar mayores espacios para la valorización del capital, las economías planificadas, aunque burocráticas, habían expropiado a los capitalistas, y los Estados obreros deformados y degenerados burocráticamente, sacan a un tercio de la humanidad de la valorización del capital.

Ahora bien, ¿esto significaba entonces que el mapa se pintaba de rojo cada vez más? Si vemos la situación mundial desde el punto de vista de la geopolítica, de la competencia interestatal entre dos sistemas, entonces el “mapa rojo” existía. Sin embargo, en esos países no se podía desarrollar el socialismo “en un solo país” a partir de variantes stalinistas nacionales porque, en última instancia, eso es lo contrario de la perspectiva de unir las fuerzas productivas a nivel internacional que permitan disminuir radicalmente el tiempo de trabajo y avanzar hacia una sociedad de productores libres asociados, como decía Marx. Todas esas ideologías de conciliación de clases que inficionan no solo el reformismo sino el sentido común de partidos que se dicen comunistas iban totalmente en contra de pintar el “mapa rojo”, porque estaba lleno de Estados que se decían socialistas –inclusive Estados africanos que se decían socialistas nacionales– pero que desde el punto de vista de la lucha clases estaban preparando la catástrofe que fue el neoliberalismo, cuando todas esas burocracias que dirigían esos Estados se apropiaron de los bienes públicos y se hicieron oligarcas aplastando al pueblo trabajador –por ejemplo, la restauración del capitalismo en Rusia llevó a que bajara la esperanza de vida de los trabajadores 10 años, una operación contrarrevolucionaria que solo consiguen las guerras; allí se logró sin ninguna guerra, solo por la entrega de la burocracia que dirigía entonces la URSS–.

Si no integramos en el análisis las diferentes dimensiones y el papel determinante de la lucha de clases, no podemos entender lo que sucedió. Trotsky inclusive, opinaba que al calor de la Segunda Guerra Mundial se podía derrocar a Stalin, por todos los desastres que había hecho en relación a la preparación de la guerra misma. No se lo derrocó; Stalin salió triunfador y extendió el prestigio de esa economía planificada –deformada burocráticamente–, la economía de Unión Soviética creció sostenidamente. Aliada a China, empezaron a crecer y a ser un desafío al orden mundial. El que no hubiera analizado la lucha de clases tampoco hubiera visto, por ejemplo, que el Partido Comunista que al principio porque quería frenar la guerra contra la Unión Soviética se negaba a resistir a los nazis, una vez que ve que van contra ellos, larga lo que se llama los maquis, que es una resistencia que se hace de masas hacia los años 1943-44 de obreros que se organizan en células clandestinas para luchar contra los nazis. Entonces, el que no ve la lucha de clases, la implicancia que tiene y que es la que define en última instancia, no puede entender cómo tras 20 años derrotas espantosas y una carnicería, la más grande la historia de la humanidad, sin embargo, los resultantes de la lucha de clases dan que los campesinos y trabajadores chinos aprovechan la situación para hacerse del poder y entrar en Pekín en enero de 1949, mientras que la URSS puede extender su territorio ocupando todo el Este de Europa. Pero al mismo tiempo el stalinismo, gracias al prestigio de que el Ejército Rojo había derrotado a los nazis, se hizo de masas en occidente, con enormes Partidos Comunistas que fueron claves para el desvío o la derrota de enormes procesos revolucionarios que se dieron a la salida de la guerra en Francia, Italia y Grecia.

Entonces, ¿triunfó o perdió el proletariado en la guerra mundial? En el sentido de que no lo derrotaran, definitivamente lo logró: lo hubieran podido barrer totalmente. Hay un triunfo en que esas instituciones que había creado el movimiento obrero con revoluciones, inclusive con revoluciones deformadas, se mantuvieran. Pero ¿la clase obrera triunfó o fue derrotada? La respuesta es que la resolución se postergó. Lo que resultó fue el llamado “orden de Yalta”. En la ciudad de Yalta el imperialista Churchill, el imperialista Roosevelt y el “líder del proletariado” de todo el mundo Stalin, acordaron dividirse el mundo en zonas de influencia y no ir a una nueva guerra, competir pero pacíficamente; lo que los stalinistas llamaron “la coexistencia pacífica” con el imperialismo. A la vez, los Partidos Comunistas en Occidente crecían por el prestigio de la Unión Soviética y eran puestos al servicio de parar todos los procesos revolucionarios.

El significado histórico de la ofensiva neoliberal

Con el fin de la guerra mundial en estas condiciones, los norteamericanos y, sobre todo Winston Churchill, plantean la política de “contención”. Se trataba de hacer una “guerra fría” y de desprestigiar al sistema comunista. Inclusive el imperialismo tiene que seguir peleando para definir los márgenes del orden de Yalta con guerras parciales como la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, etc., para asegurar el orden mundial. Durante 40 años se discutió la posibilidad de una guerra nuclear entre EE. UU. y la Unión Soviética. Era una “guerra fría” que se podía transformar en “caliente”. En el año 1962, alrededor de la crisis de los misiles en Cuba, se estuvo al borde de una guerra nuclear. Decíamos que un tercio de la humanidad había salido del espacio de valorización del capital, entonces EE. UU. se propuso reconstruir las potencias derrotadas como Alemania y Japón que después, desde la década de 1970, empezaron a competir y crearon las bases para el inicio de estas crisis recurrentes que estamos viviendo.

Hacia 1973-74, el capitalismo empieza a tener una importante crisis económica, que se generaliza con lo que se llamó la crisis del petróleo. Los Estados árabes –algunos que eran aliados de EE. UU.– no le quieren vender más petróleo a EE. UU. Hay muchas teorías conspirativas sobre los motivos que los impulsan, pero lo cierto es que se creó una crisis del combustible que se encarece terriblemente provocando una crisis generalizada del capitalismo mundial.

Paralelamente se da el comienzo del fin de un ciclo ascendente de la lucha de clases que venía desde la década de 1960, en Latinoamérica inaugurado por la Revolución cubana de 1959, donde tendrá mucha influencia el guevarismo. Pero que en los Estados de Europa, donde tenía más peso la clase obrera, hubo acciones proletarias enormes como el Mayo Francés de 1968, o las huelgas en Italia de 1968 a 1973, donde el proletariado se organizó bajo la dirección, en buena medida, de los llamados “obreristas” –operaistas en italiano– porque a los obreros que venían del Sur el Partido Comunista, como toda burocracia, los consideraba “de segunda” respecto a los del Norte, más acomodados. Entonces los operaistas, con la consigna de que los obreros del Sur ganen lo mismo que los del Norte, hicieron acciones enormes. Esto el capitalismo lo logró derrotar porque la dirección del Partido Comunista, que tenía millones de votos a la salida de la guerra y dirigía montones de sindicatos, había votado la política del “compromiso histórico” con el Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano para ver si les permitían entrar al gobierno –porque como eran considerados por el régimen “agentes” de la URSS, no los dejaban entrar–. Frente a esta política del PC se desarrollaron estrategias militaristas, que constituyeron un enemigo más fácil para derrotar ese ascenso de los la década de 1970. En Latinoamérica, las derrotas de este período se impusieron con los Pinochet y los Videla, con dictaduras que mataron a decenas de miles personas y sobre las cuales se erigió el neoliberalismo. Así empieza el neoliberalismo; les plantean a las masas: “ustedes quisieron hacer el socialismo por vía pacífica como en Chile… Bueno, aquí tienen la respuesta”; terrorismo de Estado, ataque a las condiciones de vida de los trabajadores, etc. Lograron parar esos enormes procesos no por falta de disposición de lucha de los obreros, sino por los partidos que habían surgido y la política que tuvieron. Después volveremos sobre este problema, que es el del reformismo.

Ahora bien, ¿qué había aprendido el imperialismo de la salida de la Segunda Guerra Mundial en la que había perdido amplias zonas de acumulación del capital? Había aprendido que lo mejor que se podía hacer, junto con la competencia militar y económica, era desarrollar hasta el final la idea de comprar a los líderes de la clase enemiga –un problema que ya había sido discutido por el marxismo, con conceptos como el de Gramsci de “transformismo”–. La cooptación y corrupción de los dirigentes se generaliza luego de la Segunda Guerra Mundial; los grandes Partidos Comunistas, los socialistas, los nacionalistas burgueses como el peronismo, desarrollan organizaciones encorsetadas para dividir a la clase obrera. ¡Qué más quiere la burguesía que los trabajadores vean en el espejo del “de abajo” un enemigo y se identifiquen con los intereses del que está más arriba! Así funciona la democracia burguesa, en base a los sectores medios, logrando mediante esa ideología –que en el neoliberalismo se extendió a fondo– que las distintas organizaciones de la burocracia, de los movimientos sociales, de la iglesia, etc., puedan dividir en múltiples de sectores al pueblo trabajador para que compitan entre sí.

El “orden de Yalta” había estado marcado por el triunfo de la Unión Soviética y de la Revolución china con un capitalismo que tuvo un límite a su acumulación en un tercio del globo. Eso comenzó a cambiar en la década de 1970. Con la “crisis del petróleo” empezaron una serie de crisis que se “solucionaron” con una reacción generalizada donde el imperialismo volvió sobre los Estados obreros burocráticos diciendo: “si están estos dirigentes en China que son burócratas del stalinismo, por qué solo los vamos a amenazar con la guerra… también comprémoslos”. Así, aprovechando las propias crisis generadas por la burocracia que minaba las bases del Estado obrero deformado chino, el imperialismo ofrecía inversiones a cambio de retomar el saqueo. Primero fueron “zonas especiales” abiertas al capitalismo y después el Partido Comunista dirigió a China a transformarse en un “capitalismo de Estado” salvaje. Millones de trabajadores en China viven trabajando de sol a sol en condiciones de cuasi esclavitud. ¿Quién logra ese “milagro” de transformar a la gente en esclava? El Partido Comunista chino, que en una primera etapa con el triunfo de la revolución logró superar la hambruna que había en China con la economía planificada, con el reparto de las horas de trabajo para que todo el mundo tuviera su escudilla de arroz y que los campesinos no se murieran de hambre. Luego utilizaron ese prestigio para restaurar el capitalismo. Hoy en China está la mayor cantidad de multimillonarios del mundo, más que en EE. UU. Ese “éxito” fenomenal solo lo puede lograr una burocracia como la del PC chino, que controla el Estado.

Por eso nosotros hemos discutido mucho la relación entre Trotsky y Gramsci –están los escritos de Juan Dal Maso–, y discutimos los mecanismos que están por detrás del “consenso”: cuando a veces parece que no se mueve nada, no pasa nada, están detrás las burocracias que no llaman a ninguna acción de lucha, que pueden dejar que echen o que bajen el salario, etc. sin hacer nada. Esas grandes burocracias logran la “paz social” pero, sin embargo, muchas veces por abajo el descontento crece. El consenso no es espontáneo, no es que la gente dice “a mí me encanta que me exploten” sino que, más bien, la mayoría de los trabajadores se niegan a que les bajen el salario, se niegan a que les empeoren las condiciones de trabajo, pero los sindicatos como en Argentina en la época menemista, consiguen plata para las obras sociales, para mantener a una camada enorme de burócratas traicionando a sus afiliados y a su propia base social.

El neoliberalismo fue una solución reaccionaria de aquella indefinición de relación de fuerzas producto del resultado contradictorio de la Segunda Guerra Mundial y cuya resolución había pospuesto el “orden de Yalta”, de ahí su significación histórica. Se impuso con dictaduras en Latinoamérica, en Chile, Bolivia, Argentina, etc. que utilizaron de “ejemplo”. Derrotaron huelgas muy fuertes como la de los mineros ingleses, las huelgas en Italia, la huelga de los controladores aéreos en EE. UU. bajo el gobierno de Reagan que había paralizado la economía norteamericana. Derrotado estos y otros muchos procesos, y luego extendiéndose a China, entre otras cuestiones, lograron el importante período de estabilidad relativa que se llamó neoliberalismo, e imponer esa ideología que habría sido la “más exitosa de la historia”, como decía Perry Anderson. Esto es lo que se agotó en el 2008.

Todo el período neoliberal, igualmente, estuvo signado por crisis recurrentes de magnitud, como la crisis del tequila en 1994, la crisis asiática en 1997, el default ruso en 1998. Después vino la burbuja de las “punto.com” que terminó explotando en una nueva crisis en 2001-2002. Le siguió la “burbuja inmobiliaria” y la expansión sin precedentes de los activos financieros que es justamente lo que estalló en la crisis del 2008. Luego vino el salvataje estatal masivo a bancos y corporaciones, y así llegamos a la crisis actual.

El capitalismo fue capaz de articular contratendencias frente a las dificultades encontró para la valorización del capital. Pero lo que estamos viendo hoy es que todas las contratendencias que se implementaron durante la etapa neoliberal se están agotando o están virtualmente agotadas. El neoliberalismo se basó, como dijimos, en la conquista de nuevos espacios gracias a la restauración de los ex Estados obreros burocráticos, pero esto se tradujo en el ascenso de China que ahora le disputa los mercados internacionales; utilizó la incorporación de cientos de millones de trabajadores de China, la India y otros países a un mercado mundial de trabajo para bajar los salarios reales en todo el mundo y aumentar las ganancias, pero eso ya no impide que el capitalismo carezca de suficientes inversiones rentables.

Estos elementos, entre otros, lo que nos están mostrando es que a pesar de todas estas conquistas del neoliberalismo, cada vez se le hace más difícil valorizarse al capital, y cuando falla la economía, cuando el capital no encuentra suficiente trabajo barato, cuando tiene crecientes dificultades para su valorización, entonces se imponen soluciones de fondo. Volveremos sobre esto más adelante.

Para sintetizar, lo que fui desarrollando apunta a mostrar que la situación mundial es una estructura donde el resultado es más que la suma de las partes de economía, lucha interestatal y lucha de clases; la definición última la da la lucha de clases. Un general prusiano, teórico de la guerra, como Carl von Clausewitz –que estudiamos con Matías Maiello–, dice que la guerra empieza cuando el débil decide aceptar el desafío. Y es cierto. Traducido a la lucha de clases, podríamos decir que si el pueblo trabajador se convence de que no hay posibilidad de victoria –y eso es lo que tratan de lograr las burocracias y direcciones reformistas en el proletariado mundial– muchas veces no hay guerra de clase. Pero si el proletariado considera que tiene posibilidades, puede hacer maravillas. Esa es un elemento clave de la teoría trotskista: que el proletariado puede hacer maravillas si presenta batalla.

De aquí la importancia del método planteado por Trotsky. Es un error tomar solamente las relaciones interestatales, o solo la economía, o solo la lucha de clases sin tomar los condicionantes objetivos –que también es un error–. Hay que analizar siempre la estructura con predominancia de la lucha de clases. Este método es muy importante para poder analizar la situación mundial, y también a nivel nacional, como intentamos hacer en los documentos escritos para esta conferencia del PTS.

Un poscapitalismo utópico

Frente a las crisis recurrentes se ha vuelto más común la idea de un “poscapitalismo” porque el capitalismo está muy mal visto después de 2008, lo cual es una cambio importante de aquella situación de extrema soledad en la que nos encontrábamos los revolucionarios en la etapa anterior, que como hemos señalado estuvo marcada no solo por una crisis de dirección –porque aquellas burocracias que describíamos estaban a la cabeza de la clase obrera–, sino por una crisis de subjetividad, es decir, que el proletariado se consideraba derrotado, consideraba que no podía luchar más. El 2008 marcó un punto de inflexión en este sentido. A principios de 2011 escribimos con Matías Maiello, un artículo titulado “En los límites de la Restauración burguesa” para dar cuenta de ese cambio, de sus consecuencias económicas, sociales y políticas. En ese momento se estaba desarrollando la Primavera Árabe –que fue derrotada–, junto con otros procesos que marcaban la vuelta de un nivel de lucha de clases que no se veía hacía 20 años –los indignados en el Estado Español, el 2013 en Brasil, etc.– y que volvió después con una nueva oleada que tuvo un epicentro en Francia, desde fin de 2018, con los Chalecos Amarillos, y un año más tarde la lucha contra las pensiones con la huelga de ferroviarios y colectiveros que se mantuvo por casi dos meses. Este ciclo abarcó desde países de África del Norte, pasando por Medio Oriente, hasta Hong Kong, así como de Europa y América Latina, y que amenaza con resurgir a escala ampliada, sumando nada más ni nada menos que a Estado Unidos.

En este panorama de crisis de la hegemonía neoliberal se vienen desarrollando una serie de corrientes que se conocen como “poscapitalistas”, que toman aisladamente algunos elementos del capitalismo actual e imaginan un capitalismo que se termina por sí mismo, que es superado evolutivamente como producto de sus propias tendencias. En el semanario Ideas de Izquierda fuimos publicando diferentes polémicas con estas corrientes; entre las últimas, se pueden leer las notas de Paula Bach y Matías Maiello. Me interesan estas corrientes no tanto porque vayan a desarrollarse como corrientes políticas reformistas, sino porque pueden dar fundamentos para ellas. En sí mismas no tienen programas acabados. Muchos comparten la alusión a una especie de “renta universal” o “ciudadana” que es una especie de plan social generalizado; en varios casos lo plantean con algún monto que equivalga a un tipo de ingreso mínimamente digno pero, en última instancia, es algo para presionar al Estado capitalista para que dé lo que pueda, porque saben que los capitalistas son inflexibles y que no van a dar nada más que lo que consigas por la lucha. Pero, más allá de esto, en lo que me quiero detener es en las bases teóricas que postulan.

Una idea bastante extendida entre estas corrientes es que estamos viviendo un salto cualitativo en el desarrollo tecnológico que provoca una caída imparable de los costos de producción de las mercancías y hace cada vez más inminente el fin del trabajo producto de la automatización, gracias a la inteligencia artificial, los avances en la robótica, etc. Efectivamente, el avance científico y tecnológico es un hecho. Pero como decía Trotsky, “el capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin”.

Es un error aislar este elemento del conjunto de la economía, la geopolítica y la lucha de clases. Entre los avances de la tecnología y la automatización del trabajo se interponen nada menos que la ganancia capitalista y los Estados como garantes de estas ganancias. Sin ir más lejos, detrás de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, uno de los elementos fundamentales es la disputa por la tecnología del 5G, y el objetivo de impedir desarrollos tecnológicos que puedan incidir en la competencia económica y geopolítica. Por otro lado, muchos de los potenciales desarrollos tecnológicos, y más aún los relacionados con la salud y el bienestar de las grandes mayorías, que implican inversiones de grandes cantidades de capital, no son rentables para los capitalistas. En este marco, lo que hay no es un desarrollo evolutivo del capitalismo sino crisis catastróficas y recurrentes.

El desarrollo de la tecnología permitiría producir lo mismo con cada vez menos trabajo, pero el capital necesita cada vez más trabajadores en condiciones crecientemente precarias, para aumentar sus ganancias. Porque la única fuente de sus ganancias es justamente el tiempo de trabajo no pago que se le roba al trabajador a través de la explotación de su fuerza de trabajo. Por eso, al mismo tiempo que la fuerza de trabajo para el capitalista es un “costo” que quiere reducir, no puede prescindir de ella porque es su única fuente de ganancia genuina. Esto se traduce en que lejos del “fin del trabajo” que se apresuraron a anunciar tantos teóricos, lo que hay es cada vez más precarización del trabajo, más masas de subocupados y desocupados por un lado, y más trabajadores que tienen jornadas extenuantes por el otro. Al capitalista no le importa la utilidad de las cosas que produce para satisfacer una necesidad, lo que le importa es la ganancia que obtiene produciendo determinada mercancía, y esa ganancia no surge de las máquinas, que no crean nuevo valor, sino del tiempo de trabajo no pago que le roba al trabajador.

De hecho, uno de los avances tecnológicos que hoy está en la base de las nuevas tecnologías es internet, que tienen un origen militar. ¿Para qué se usa internet? ¿Para resolver problema del hambre, para que la gente trabaje menos horas, para que el transporte se revolucione, se haga más colectivo y no destruya el medio ambiente? No. Una de las principales ramas para las que se usa es la publicidad. Entonces todos los años sale un nuevo iPhone con pequeños cambios para que la gente tenga que comprarlo. El desarrollo de una publicidad enloquecedora está en función de que la gente compre ese producto aunque no exprese ninguna necesidad real más que la del capitalista de llenar sus bolsillos. A eso está dedicada, en primer lugar, la gran revolución de internet. Otro uso fundamental es la industria del entretenimiento; los marxistas, desde luego, no estamos en contra del entretenimiento, pero el capital la ha transformado en una industria clave que insume enormes cantidades de trabajo humano, a la que vuelca miles de millones de dólares. Entonces, internet se utiliza para el entretenimiento, la publicidad, etc. pero no, por ejemplo, para resolver el problema del hambre, de la vivienda y otros problemas terribles que sufre el pueblo trabajador.

Una cosa es la introducción de una tecnología o de una máquina en sí, y otra muy diferente es la tecnología bajo la dirección del capital. La automatización no es un fenómeno que se puede analizar por fuera de las relaciones sociales de producción capitalistas. Como señala Marx en El capital, las contradicciones y antagonismos que trae aparejada la introducción de la máquina no provienen de la máquina en sí, sino de la utilización que hace de ella el capitalista. Considerada en sí, la máquina reduce el tiempo de trabajo; mientras que es utilizada por los capitalistas, lo prolonga. La máquina en sí facilita el trabajo, pero empleada por los capitalistas aumenta la intensidad del trabajo. Considerada en sí la máquina aumenta la riqueza del productor, pero cuando la emplean los capitalistas, lo empobrece [3]. Es decir, la máquina facilita el trabajo pero bajo el mando del capital es utilizada para sacar hasta la última gota de sudor al trabajador. La misma máquina que aumentaría la riqueza del productor, utilizada por el capitalista, se traduce en la generación de millones de desempleados que tienen que competir por un mismo puesto de trabajo, cuestión que el capitalista usa para presionar al trabajador ocupado –que se hace más conservador por temor a perder su empleo–.

Varios de los autores poscapitalistas hacen referencia al planteo de Marx en los Grundrisse sobre que el capitalismo, con el desarrollo de la ciencia, de la cooperación y del intercambio sociales, tiende a disminuir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir y reproducir lo que necesita la sociedad para su existencia. Pero omiten justamente la otra parte fundamental del planteo de Marx en los Grundrisse: que el capitalismo, paralelamente, busca convertir este potencial “tiempo libre” en plustrabajo, es decir, en ganancia capitalista. Por eso, aunque potencialmente el desarrollo tecnológico puede llevar a reducir la jornada de trabajo drásticamente y generar tiempo libre para el ocio creativo del arte, de la ciencia y la cultura, eso solo es posible a condición de terminar con la propiedad privada capitalista de los medios de producción y planificando racional y democráticamente la economía según las necesidades sociales.

El capitalismo, como decíamos con Trotsky, no puede llevar una sola de sus tendencias hasta el final. De ahí que para valorizar el capital frente a los avances en la automatización y la baja en su tasa de ganancia en los países centrales, bajo el neoliberalismo se expandió fuertemente hacia China para conseguir trabajo barato, y de esta forma no solo “reducir costos” allí sino utilizarlo para bajar los salarios del proletario de todo el mundo. La expansión a China está acompañada de un aumento de la explotación a los trabajadores en Occidente. Fueron dos movimientos complementarios: más intensidad del trabajo con máquinas y tecnología en Occidente y trasladar a China las actividades más intensivas en mano de obra. Ese es el gran secreto de la llamada “globalización”. Durante 20 años, China le proveía productos que en EE. UU. les costaba mucho más producirlos –eran mucho más baratos en China porque tenía una mano de obra ultraprecarizada que venía del campo–, mientras que le daba, a su vez, oportunidades de acumulación al capital imperialista. La burocracia china ha logrado esa monstruosidad de generar un capitalismo mil veces más salvaje que el que lograron frenar las luchas del proletariado occidental. Esta burocracia, tarde o temprano, no solo se va a tener que enfrentar procesos huelguísticos, como suceden periódicamente en China, sino a procesos de organización de la clase trabajadora contra la prohibición de que nadie se organice en sindicatos sin pasar por el scanner del Partido Comunista.

Desde luego, no pretendemos agotar aquí, ni mucho menos, la discusión con los planteos de los “poscapitalistas”. Paula Bach está terminando de escribir un libro en torno a la discusión científica sobre estos temas que estaremos publicando el año que viene. Por otro lado, aquí estoy dando por sentada la explicación de que la máquina no crea nuevo valor sino que solo el trabajo humano puede hacerlo, cuestiones para las que recomiendo los cursos sobre El capital que pueden encontrar en el Campus Virtual La Izquierda Diario. Pero lo que quiero destacar aquí es que la idea que atraviesa los planteos poscapitalistas –de un desarrollo evolutivo de la tecnología en el capitalismo que en determinado momento generalizaría la automatización y se emanciparía del trabajo–, para Marx está equivocada y contrasta con las tendencias del capitalismo actual.

Miserabilismo y renta universal

Algunos autores “poscapitalistas” hablan de “miserabilismo de izquierda” para referirse a la administración de planes sociales como actividad privilegiada de muchas corrientes, contrastando esto con el desarrollo de las nuevas tecnologías que tenderían a generar abundancia. Ahora bien: nosotros siempre hemos criticado fuertemente el hecho de que la mayoría de la izquierda dedique importantes esfuerzos a administrar la asistencia estatal estableciendo colaterales partidarias en las que deben encuadrarse los beneficiarios. Frente a esto planteamos la necesidad de un movimiento único de desocupados con libertad de tendencias y la autoadministración de los planes por los propios desocupados que los perciben. Pero en el caso de los “poscapitalistas”, no solo hay una idea de abundancia a partir de las nuevas tecnologías que está separada de terminar con la propiedad privada de los medios de producción, lo cual como vimos es el problema fundamental, sino que a pesar de las críticas al “miserabilismo”, terminan reproduciendo un esquema parecido a través de la idea de “renta universal” como forma de presionar al Estado. Así, más allá de tal o cual denuncia al capitalismo, lo que estaría prohibido es pensar la revolución y una solución de fondo socialista, que es lo único coherente frente a la contradicción entre la miseria de las grandes masas y la potencialidad de los avances de la técnica y la ciencia, planteando que la clase trabajadora debe poner en pie su propio Estado y apropiarse de los medios de producción y de aquellos avances para desplegarlos y ponerlos al servicio de la reducción de las horas de trabajo, con el objetivo de que el trabajo como imposición represente una fracción cada vez más pequeña de las ocupaciones de los seres humanos y se libere toda la creatividad humana, que es el objeto del movimiento comunista.

De ahí lo miserable de las propuestas de los poscapitalistas, que niegan la perspectiva de la revolución obrera y socialista, y nos dicen que, mientras esperamos que el desarrollo tecnológico libere a la humanidad por sí mismo, tenemos que aceptar que la riqueza social esté concentrada en un puñado de capitalistas que tienen la misma riqueza que la mitad de la humanidad, y conformarnos a lo sumo con una “renta universal” o “ingreso ciudadano” que sería una especie de generalización de los planes sociales mejorados.

Alguien que no es un “poscapitalista” sino un economista del mainstream como Thomas Piketty, plantea que el neoliberalismo llevó al extremo las tendencias a concentrar la riqueza en un puñado de multimillonarios, escoltado por un sector de clase media más rica, mientras que las grandes mayorías han aumentado cada vez más la brecha respecto a aquellos sectores. No es que necesariamente hayan disminuido brutalmente los niveles de vida, sino que si los capitalistas aumentaron su riqueza en 100.000, las grandes mayorías del pueblo trabajador aumentaron en 1, si es que pudieron hacerlo. Es decir, un aumento enorme de la desigualdad, que es la clave del neoliberalismo y es percibido por las grandes mayorías. Frente a esto, Piketty plantea que como hay quienes son tan millonarios, como tienen tanta riqueza acumulada, mientras que los trabajadores se agolpan en las ciudades en villas miseria como lo llamó Mike Davis –un planeta de slums donde viven más de mil millones de personas–… Piketty propone que los capitalistas paguen más impuestos para darle algo a las grandes masas.

Lo que a nosotros nos hace revolucionarios y no evolucionistas reformistas es que opinamos que no hay ninguna solución sin expropiar los medios sociales de producción a los capitalistas. Pero como esto está prohibido para el pensamiento académico, como alternativa para reducir la desigualdad sin terminar con la propiedad privada capitalista, Piketty llega a plantear el establecimiento de tasas de impuestos del 90 %. Ahora bien, el presupuesto es que burgueses como Jeff Bezos, o Bulgueroni, o Rocca, aceptarían pacíficamente impuestos del 90 %, lo cual es ridículo. Solo basta ver lo que sucedió en la Argentina en 2008 simplemente por un pequeño aumento en las retenciones a las exportaciones de soja cuando estaba 600 dólares la tonelada; los burgueses del campo armaron casi una insurrección. Para imponer impuestos del 90 % a los grandes burgueses habría que hacer una revolución, pero si igual hay que hacer una revolución, ¿por qué dejaríamos en manos de los capitalistas los grandes medios de producción y de cambio, las fábricas, el transporte, etc., en vez de ponerlo todo a producir al servicio de la clase trabajadora que es el objetivo del socialismo?

Esto es muy importante para el PTS porque en Argentina los últimos años fueron de baja lucha de clases y el avance de la izquierda estuvo muy ligado al FIT, que es un frente electoral que habla poco de revolución porque todavía la idea de revolución no es comprendida por las grandes masas. Pero como decían Marx y Engels, los comunistas no pueden ocultar sus ideas y propósitos comunistas a las masas; el que lo hace deja de ser comunista. Entonces nosotros nos tenemos que romper la cabeza para ver cómo expresamos lo más popularmente posible nuestro comunismo aunque todavía no podamos transformarlo en agitación de masas. Por ejemplo, la campaña que hicimos sobre la “reducción de la jornada laboral para trabajar menos y trabajar todos”, apuntaba justamente a poner sobre la mesa la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, la necesidad de que los avances de la ciencia, de la técnica y de la cooperación del trabajo sean arrancados del mando del capital para avanzar hacia una sociedad liberada de la necesidad, del trabajo como imposición, etc. que podría hacer maravillas hoy impensables.

Evidentemente hay un 1 % de capitalistas basados en un 20 % de la población de clase media-alta –que son los que en Argentina votan al PRO, junto con los que se sienten identificados con este programa, que llegan al 40 % y compran la idea del progreso individual, del “yo quiero acumular”, “yo quiero tener”, etc.– para los cuales estas ideologías son funcionales. Los planteos de que hay una posibilidad de conseguir superar al capitalismo por una reforma, sea por la aplicación universal de las máquinas dirigidas por el capital, sea por la vía de cobrar más impuestos, representan planes utópicos que son para desviarnos, en última instancia, de una perspectiva de revolución proletaria.

Una época de crisis, guerras y revoluciones

La guerra imperialista de 1914 selló el inicio de la “época de crisis, guerras y revoluciones”, como la llamó Lenin. Ahora bien, el marxismo revolucionario llega relativamente tarde a esa definición. Ya entre 1899 y 1902 tiene lugar la llamada guerra anglo-bóer donde los ingleses matan a los colonos holandeses y empieza un giro hacia la guerra. Entre 1904 y 1905 se da la guerra entre el Imperio ruso y el japonés, en el marco de la cual va a tener lugar la revolución rusa de 1905. Entre los años 1912 y 1913 tienen lugar las guerras de los Balcanes, donde se matan los eslavos con la población musulmana (Trotsky será un cronista destacado de estas guerras). El ala revolucionaria de la II Internacional había cruzado lanzas con el revisionismo que avizoraba un apaciguamiento del capitalismo –parecido a los “poscapitalistas” actuales que mencionábamos–, sin embargo, llega a las principales conclusiones sobre la época ya con la guerra encima o en la guerra misma. Por ejemplo, los escritos fundamentales de Lenin como El imperialismo, fase superior del capitalismo, o sus cuadernos sobre Clausewitz, etc., son posteriores al estallido de 1914. Y estamos hablando de los revolucionarios más prominentes del siglo XX, con lo cual tiene ser un llamado de atención de cómo tenemos que agudizar nosotros nuestra visión, partiendo de todo lo desarrollado por el marxismo, para tener una perspectiva cabal de la etapa que estamos viviendo.

El gran problema es no repetir las cosas mecánicamente. En la década de 1930 la desocupación era mayor a la actual, y tuvieron lugar grandes derrotas. En este marco, había grandes masas marginales porque le sobraba mano de obra barata al capitalismo pero no podía valorizar el capital. Sin embargo, los capitalistas tienen una salida eficaz para eso, que es muy dura de dirigir políticamente y socialmente, pero que es eficaz: la guerra, inclusive la guerra nuclear. En la segunda posguerra se discutía la hipótesis de una guerra nuclear entre EE. UU. y Rusia en términos de “Destrucción Mutua Asegurada” porque si, por ejemplo, EE. UU. bombardeaba y liquidaba Moscú, a los pocos minutos la URSS podía lanzar otra bomba y destruir Los Angeles, California. Los imperialistas discutieron mucho cómo podía hacerse una guerra nuclear destruyendo ciudades y sacar alguna ventaja del intercambio nuclear que les permitiera imponerse sobre la URSS. Hoy puede parecer raro, pero se escribieron miles y miles de páginas sobre estas discusiones. Henry Kissinger sostenía que el problema de una guerra nuclear no era la guerra nuclear en sí misma –habría algunos cientos de millones de muertos, pero ese no sería el problema–, sino que las muertes se producirían demasiado rápido y no darían tiempo a la gente para asumirlas, haciendo muy difícil dirigir un sistema luego de una guerra nuclear e impedir una revolución que haga caer al gobierno, o directamente que quiebre al Estado. Es decir, la ve como un problema de cómo dirigir una guerra nuclear, no como un problema por la tragedia que crearía.

¿Por qué estoy introduciendo el tema de la guerra? Porque el capitalismo puede inventar todas las contratendencias que sea, puede crear burbujas –como la de la vivienda que se hundió en el 2008–, puede extenderse a China y hacer volver sobre sus pasos a la revolución y transformarla en contrarrevolución. Los capitalistas pueden inventar muchas cosas, pero las posibilidades de que el capitalismo encuentre una solución a sus crisis no pueden desligarse de la organización del movimiento obrero, de la lucha de clases y de las revoluciones, de la acción de los revolucionarios. Si se borran esos elementos fundamentales, evidentemente es más posible que el capitalismo encuentre una solución a su crisis. Pero si no la encuentra y sus contradicciones internas le impiden acumular capital, tiene disponible la línea que aplicaron en la Primera y Segunda Guerra Mundial, que es destruir fuerzas productivas, destruir los puentes, las fábricas, los edificios, los caminos, etc., y que esa destrucción sirva para volver a crear terreno fértil para la acumulación de capital. Esto sucedió durante los 30 años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, donde había pleno empleo y altos índices de crecimiento en los países centrales, por eso se llamó a esos años “los 30 gloriosos” del capitalismo. Esos “30 gloriosos” terminaron en el neoliberalismo, porque al no terminar en revolución, una vez que comenzó a descender la tasa de ganancia porque ya se había agotado definitivamente el impulso de la reconstrucción de Europa, comenzaron el ataque en regla y a gran escala de las conquistas de los trabajadores.

El que no comprende que las tendencias del capitalismo a la guerra tarde o temprano se imponen, y que la revolución y la guerra van como espejos una junto con la otra, no puede comprender cabalmente la época en la que vivimos. Cuando hablamos de guerra no quiere decir que tiene que empezar como guerra generalizada entre grandes potencias. Puede empezar como una guerra de potencias menores a la cual las grandes potencias se ligan. Por ejemplo, ya hubo guerras entre la India y Pakistán, donde China es aliado de Pakistán y le vende gran parte de su armamento, y que en la situación actual podría escalar hacia una guerra más amplia donde el imperialismo norteamericano y europeo no se quedarían de brazos cruzados. Entonces, pensar que las contradicciones más profundas que dificultan valorizar el capital pueden resolverse por las propias leyes del capitalismo a mediano y largo plazo, y no que esas tendencias más profundas nos van a llevar hacia guerras regionales que se pueden transformar en mundiales, es una visión ingenua.

En general muchos marxistas son escépticos de que exista una época de crisis, guerras y revoluciones. Las crisis ya son más difíciles de negar, estuvo el 2008, la crisis actual. Sobre las revoluciones, a veces se acepta a regañadientes que pueden suceder. Pero las guerras, guerras a gran escala como la Segunda Guerra Mundial, parece que es considerado como un imposible, lo cual, como decíamos, es como mínimo una visión ingenua del capitalismo y superficial de la época.

Como decía Trotsky, nosotros no predicamos la guerra, pero que las contradicciones del capitalismo están actuando profundamente para generarla no lo podemos ocultar. Por ejemplo: las crisis actuales no han llegado al nivel de la crisis de 1929, pero si se transforman en una crisis así, si caen más de 8 mil de bancos, entonces las tendencias a la guerra se van a abrir en EE. UU. y Biden se va a transformar en un gran guerrerista. Ya tiene el antecedente de su mentor, Obama, al que Perry Anderson llamaba “el Señor de los drones” por realizar miles de asesinatos selectivos durante su presidencia, el mismo que creó aquel pivote que mencionamos para rodear a China, que se defiende por su parte creando islas artilladas. Desde ese punto de vista, las tendencias más profundas a la guerra y a la revolución, y todas las penurias superiores a las habituales que crea el capitalismo, son cuestiones que llevan a la revolución.

Hoy el capitalismo cada vez está en mayores dificultades. Las contiene a través de concesiones parciales pero que es incapaz de contener las contradicciones más profundas que lo atraviesan. En el caso de las contradicciones interestatales, como señala el artículo de Claudia Cinatti sobre la situación internacional, aunque haya ganado Biden, no se puede volver a la situación anterior a la asunción de Trump. Va a seguir el conflicto con Rusia, va a seguir el conflicto con China, van a seguir los conflictos regionales. Tenemos un escenario con tensiones interestatales, crecientes dificultades para la acumulación del capital. Respuestas revolucionarias y guerreristas están inscriptas en la situación. Nosotros, los revolucionarios, creemos que aunque la situación es muy compleja y que aunque la revolución está repleta de dificultades, es una solución mucho más realista que las salidas reformistas que, en última instancia, no resuelven nada y que llevan a masas cada vez mayores a la pobreza, porque el capitalismo encontró un límite a su acumulación desde la década de 1970 y cada vez son más recurrentes y profundas sus crisis.

Esto no quiere decir que la actual sea la crisis final, ni la guerra final, ni la lucha de clases final, ni la revolución proletaria final; decir eso sería ridículo. Pero en cada uno de los procesos que surjan nosotros podemos avanzar en construir un partido proletario y muchos de ellos nos pueden abrir una perspectiva revolucionaria.

Por qué y cómo luchamos

Si queremos bajar algunas de estas cuestiones a un ejemplo más cercano, podemos tomar las imágenes de Tartagal y General Mosconi en Salta en el 2000-2001. En ese momento a los empleados públicos le pagaban los salarios con varios meses de atraso; Repsol, que había ganado miles de millones dólares cuando se privatizó YPF, había dejado miles de petroleros en la calle. Entonces petroleros, estatales, docentes, hacían emboscadas a la gendarmería. Grandes titulares en la prensa decían “Emboscada a la gendarmería”. Esto no es la Revolución rusa, es la Argentina en el 2000. En las fotos de la época se ven trabajadores que asaltan una fábrica, petroleros y desocupados todos con los pertrechos arrancados a la gendarmería. O sea que los sufrimientos superiores a los habituales cambian los modos de pensar y de actuar de gente que puede ser muy pasiva y pacífica. La gente no quiere la guerra, quiere la paz, pero si la alternativa es morirse de hambre, mucha gente no lo acepta. Con una situación atravesada por enfrentamientos de este tipo se dio diciembre del 2001, y luego vino el ataque de la devaluación brutal del salario y la llamada “pesificación asimétrica”. Ahora bien, luego de esto, empezaron a subir los precios de las materias primas y a repuntar la economía mundial y se salvó la situación, pero si hubiera habido 3 o 4 años más de crisis, la situación Argentina se podría haber transformado en abiertamente revolucionaria.

Entonces, la necesidad de construir un partido revolucionario enmarca las discusiones que tenemos que hacer en esta conferencia porque las crisis como la que estamos viviendo ahora, que lleva al desempleo, a los precarios que ven caer de golpe sus ingresos, cambia las formas de pensar y de actuar de la gente, en una situación que cada vez es más difícil de contener. Esto, como decíamos, no quiere decir que sea la crisis final o el enfrentamiento final. No sabemos cuándo, no necesariamente va a ser esta crisis; pero sea la que sea, sea dentro de 2 o 3 años, nosotros ya nos tenemos que preparar. Es decir, si avanzamos a un partido de 10.000 o 20.000 trabajadores que a su vez tenga peso en el 10 o 15 % de la clase trabajadora, desde los ocupados en blanco hasta los estatales, docentes y precarios, es que hemos dado un salto de gigante para prepararnos para esta o para la futura crisis.

A su vez sabemos que estos procesos no se agotan en el terreno nacional, por eso somos internacionalistas y luchamos, junto con los grupos de FT-CI, por la reconstrucción de la IV Internacional. Como señala la teoría de la revolución permanente, la revolución empieza en el terreno nacional, continúa en el internacional y se remata uniendo las fuerzas productivas a nivel mundial para utilizar toda la técnica y la ciencia al servicio de rebajar la jornada de trabajo. Es decir, hacer una asociación de productores libres.

Luchamos por una sociedad socialista donde cada cual dé según su capacidad a la sociedad, y tome de la sociedad aquello que necesite para vivir. No solamente lo básico, sino todos los bienes (de la ciencia, de la cultura, etc.) que necesita para vivir. Como decía Trotsky, no somos ascéticos, no somos monjes, no estamos en contra de los productos “de lujo”; de lo que estamos en contra es de que el 1 % tenga productos de lujo y el resto no tenga que comer. No estamos en contra la propiedad privada en el sentido de que la gente tenga casas, no estamos en contra de que la gente tenga autos, no decimos esas ridiculeces que nos atribuyen. Estamos por la nacionalización de los grandes medios de producción y de cambio, de la expropiación de los terratenientes que tienen decenas de miles de hectáreas y, junto con el capital financiero internacional, se llevan toda la plata afuera. Estamos en contra de las fábricas enormes –hechas inclusive con aportes del Estado, como Techint o Aluar– o todas las grandes fábricas automotrices de capital extranjero, que todo lo que explotan al obrero se lo llevan a sus casas matrices. Estamos en contra de eso; nuestro ideal no es ridículo, infantil, ni pobrista, es decir, no querríamos ser todos pobres pero repartiendo mejor la escasez –aunque la revolución a lo mejor tenga que pasar por momentos de pobreza en sus inicios–; nuestro objetivo es desarrollar la revolución en el terreno internacional, y sabemos que ese proceso no puede culminar si el proletariado EE. UU. no logra desarmar la locura del armamento de todo tipo –incluido el nuclear– que hay en EE. UU.

En EE. UU. se gastan casi 750.000 millones de dólares al año en gastos militares, para hacer submarinos nucleares, misiles Tomahawk, aviones invisibles a los radares, armas nucleares, etc. El Estado no puede hacer un seguro de salud universal pero gasta eso en Defensa, es decir, casi dos veces lo que producen los 45 millones de argentinos en un año. Los sectores populares norteamericanos, por ejemplo, han mostrado vitalidad en la lucha contra el racismo en la respuesta al asesinato de George Floyd. No solo en la izquierdización general que planteó el hecho de que voten a Sanders, que era un reformista, sino en la lucha directa, en las movilizaciones que hubo, pacíficas y algunas violentas. El proletariado norteamericano también puede ser conmovido por una oleada de revoluciones que no necesariamente empezarán por EE. UU. sino que pueden empezar en países más débiles y extenderse, como sucedió por ejemplo con la Revolución rusa, que entre otras cosas llenó la Argentina y Latinoamérica de comunistas –el comunismo pasó de ser marginal a ser un importante movimiento en América Latina gracias a la Revolución rusa–. Esta es la norma: las revoluciones se extienden, generan simpatía, y por ejemplo, si logran bajar las horas de trabajo y conseguir que todo el mundo pudiera vivir más dignamente, sería un enorme ejemplo para los obreros de todo el mundo para que desarmaran la locura de sus clases dominantes.

Este es el por qué luchamos. En el cómo luchamos están los mayores errores del trotskismo de posguerra. ¿Qué plantearon los trotskistas en la posguerra? En la URSS no trataron de construir un partido; eran pocos y la situación para la construcción allí era muy difícil. Ahora bien, en Occidente, por el éxito que estaba teniendo la Unión Soviética, por el prestigio que le había dado la derrota de los nazis y porque estaba creciendo económicamente, los partidos socialistas y comunistas se hicieron enormemente de masas, entonces muchos trotskistas se hicieron “consejeros” de esos partidos –sobe todo el Secretariado Unificado–, se proponían aconsejar a la burocracia sobre cómo luchar, lo cual era un sinsentido. Esta orientación será planteada por Michel Pablo en 1951 en el documento “¿A dónde vamos?”. A partir de allí implementaron lo que se llamó un “entrismo sui generis” a esos partidos; “sui generis” porque no era la táctica de un entrismo para ganar a los elementos de vanguardia para construir un partido revolucionario independiente, sino que el objetivo era quedarse adentro de aquellos partidos comunistas. Opinaban que iba a venir una guerra mundial entre la URSS y EE. UU. y que cuando ese momentos llegase, la burocracia stalinista iba a tener que girar a izquierda, y entonces, estando adentro de esos partidos, ellos podrían ganar la dirección. Eso no sucedió. En la competencia con el capitalismo ganó el capitalismo. No había posibilidades objetivas para que los trotskistas pudieran dirigir algún proceso revolucionario en los países centrales. Pero lo que sí dependía subjetivamente del trotskismo era la posibilidad de construir corrientes trotskistas a nivel nacional e internacional aunque fueran de vanguardia. Al dedicarse a ser “consejeros” de aquellas burocracias en Occidente, los sectores agrupados en torno al “Secretariado Unificado” abandonaron esa perspectiva. A su vez, los sectores del trotskismo que se opusieron esa orientación, el llamado “antipablismo”, tampoco fueron una alternativa consecuente para la construcción de aquellas corrientes, lo que hizo que de conjunto el trotskismo llegara muy mal a los grandes acontecimientos históricos decisivos.

Desde ese punto de vista, creo que nuestra conferencia tendría que tener como lema: basta de vivir de prestado del movimiento trotskista, basta de vivir del capital político histórico acumulado. En el video que hice de homenaje a Trotsky en agosto de este año, comenté cómo los trotskistas morían en los campos de concentración de la URSS al grito de “¡Viva Trotsky!”, cómo lucharon contra los fascistas, contra el stalinismo y contra los imperialistas “democráticos”. Esa reivindicación está bien, pero hay corrientes que durante todo el año ponen todas sus energías en la rutina de los diferentes escenarios electorales (políticos y sindicales), e incluso en la administración de la asistencia estatal, y un vez por año le hacen un homenaje a Trotsky; eso es vivir de prestado del trotskismo. Y nosotros también compañeros tenemos que pensar profundamente esto: si hay una crisis, que no necesariamente es “la última” pero que agrava las condiciones anteriores, y nosotros no tratamos de construir un partido revolucionario que duplique o triplique la militancia que tenemos ahora, que entre mucho más en los sindicatos, que organice a los trabajadores sindicalizados, que organice a los precarios, que participe en las tomas de tierras –es decir, no solo en el movimiento obrero en blanco y el movimiento estudiantil–, si no hacemos todo esto, estamos viviendo de prestado de la herencia del trotskismo. Si hacemos todo esto, si luchamos en forma suficientemente consecuente por que se imponga el método de la autoorganización donde no venga un caudillo y te mande, etc. entonces nuestro camino está abierto para no vivir más de prestado de la herencia de Trotsky y empezar a acumular capital político revolucionario propio. Tenemos que construir un partido revolucionario, obrero y socialista, tenemos que transformar y poner en juego esta acumulación primitiva que hicimos muy lentamente durante largos 30 años.

Cuando hablamos de centrismo queremos decir que inclusive nuestro propio movimiento se inficiona con la lógica la burocracia sindical. Hace un tiempo tuvimos una gran discusión con un grupo que se llamaba Liga Revolucionaria por la Cuarta Internacional: nosotros decíamos que hay centrismo, y ellos nos contestaban que no, que no hay centrismo trotskista, que estaba cristalizado y no podía evolucionar a hacia izquierda. Nosotros nos negamos a hacer esa caracterización. La experiencia que estamos haciendo en Francia, por ejemplo, nos muestra que ingresando al NPA, donde hemos tratado de llegar a acuerdos principistas con las alas izquierda de ese partido para lucha por poner en pie un verdadero partido revolucionario en Francia, pudimos avanzar en confluir y ganar para el trotskismo a un sector de los mejores obreros de vanguardia y pasamos a tener más de 200 compañeros, con compañeros como Anasse Kazib, que es un gran dirigente ferroviario, que discute con los políticos burgueses en televisión, entre otros compañeros y compañeras que son importantes referentes de sus fábricas y sindicatos –claro que el NPA no administra planes sociales del Estado, si así fuera sería mucho más difícil una política como la que tuvimos en Francia–. Veamos otro ejemplo: en la Conferencia Latinoamericana que organizamos con las fuerzas del FIT –que sirvió para politizar los debates, pero donde se mostraron grandes diferencias en la política internacional en los diferentes países entre las fuerzas que participamos–, hay compañeros que criticaban al PSOL de Brasil sobre todo porque su programa no es socialista. Eso está bien, pero el principal problema que tiene el PSOL es su relación con el Estado, que sirve para que se impongan las corrientes más de derecha en su interior. El nuevo MAS dice que la votación de Guillerme Boulos en la segunda vuelta de la elección a la prefectura de la ciudad de San Pablo fortalece a la izquierda en Brasil, cuando para esa elección Boulos hizo un acuerdo con todas las corrientes burguesas opositoras a Bolsonaro para intentar conseguir más votos. Nosotros, que fuimos con candidaturas democráticas en las listas del PSOL –una figura que se utiliza en Brasil para corrientes que no llegan a obtener su propia legalidad por el régimen proscriptivo que impera en el país, y que permite presentarse con un programa propio en listas de otra organización–, nos negamos tajantemente a apoyar la candidatura de Boulos en alianza con todas las corrientes burguesas, que no es un avance para la izquierda sino todo lo contrario.

Volviendo a la Argentina, nosotros tenemos el FIT, que es una gran herramienta para hacer agitación política y presentarse a elecciones; esto está muy bien pero siempre y cuando tengamos bien claro que esa no es nuestra estrategia, nuestra estrategia es construir un partido revolucionario. La lucha parlamentaria va detrás de la lucha extraparlamentaria. Venimos de años donde participamos de los principales combates de la vanguardia obrera pero en el marco de una baja lucha de clases. Tenemos que aprovechar los fenómenos de la lucha de clases que comienzan a surgir para intervenir audazmente y para prepararnos para la situación que se está abriendo. Esto es lo que vamos a discutir en la Conferencia.

Pero quiero resaltar que lo que está planteado en los documentos nacionales no es “la excepción argentina” porque en Argentina se esté desarrollando una situación revolucionaria y vayamos en camino a tomar el poder. No estamos diciendo eso; estamos diciendo que hay una situación incipientemente prerrevolucionaria. Tratamos de ser lo más sobrios posible en nuestra caracterización, no como en el centrismo, donde todo pasa por competir por cuánto más de izquierda ve cada uno la situación –por ejemplo, en el MAS de la década de 1980, desde que comenzó la crisis de la dictadura se planteó la caracterización de que existía una situación revolucionaria y después se siguió manteniendo, incluso luego de la asunción de Alfonsín y su asentamiento en el gobierno; y no lo cambiaron en más de una década–. Cuando es así las palabras pierden sentido. Nosotros estamos discutiendo lo más precisamente posible cuáles son los elementos de la situación, planteando la definición de “incipientemente prerevolucionaria” para definir cómo nos ubicamos.

Para ir concluyendo. Las tendencias más profundas a la guerra y a la revolución –que tarde o temprano se van a imponer– y a las crisis recurrentes, en última instancia, no tienen salida sino a través de revoluciones que paren la guerra, o guerras que acaben con una parte de la humanidad. Me estoy refiriendo con esto a las alternativas de salida a la crisis de un capitalismo que no encuentra motores propios para la acumulación; no estoy hablando de que esté planteada con fecha, sino que estas son las tenencias más profundas en una época de crisis, guerras y revoluciones. Terminó el boom de la posguerra en la década de 1970, empezó el neoliberalismo que fue un desvío reaccionario que hizo el capitalismo; le siguieron múltiples burbujas. Ahora pueden hacer burbujas que duren dos o tres años –nadie dice que no puedan salir de esta crisis y que entonces el año que viene va a venir inevitablemente la revolución en Argentina, por ejemplo–. Lo que estamos diciendo es que no aprovechar las oportunidades que plantea la situación y vivir de prestado de la herencia del trotskismo nos haría no revolucionarios, nos haría un grupo de propaganda no revolucionario. No podemos vivir de prestado y decir “los trotskistas siempre tuvimos razón porque siempre denunciamos los crímenes de Stalin, los de Hitler, y nuestros compañeros murieron heroicamente en la Alemania nazi, en la Francia de Vichy, en la Unión Soviética”. En este sentido, nosotros tenemos que construir no solo el PTS sino toda la FT-CI. Tenemos que rompernos la cabeza no solo para hacer deseable el objetivo de una sociedad socialista y en perspectiva comunista, en la cual el trabajo humano sea liberado de las restricciones que impone el capitalismo y pueda disminuir al mínimo, y permitir desarrollar la cultura, la ciencia y todo lo que hace al ser humano serlo, sino también para articular las vías para lograrlo.

Variantes reformistas a largo plazo no hay ni puede haber; solo puede haber articulaciones de corto alcance. Los proyectos a largo plazo de que la técnica, actuando como factor independiente, pueda superar las contradicciones del capitalismo, no lo creemos científicamente cierto ni apostamos a eso. Apostamos a que las movilizaciones, que parten del programa mínimo que tienen, puedan ir elevándose hasta que los trabajadores conquisten el poder obrero en cada país, y en perspectiva a escala internacional y mundial. Este es el marco en el que tendríamos que hacer las discusiones de la conferencia del PTS. Es decir, no estamos discutiendo en el marco de un mundo rodeado de potencias capitalistas que se van para arriba y Argentina es la excepción. Estamos rodeados de esta situación, gran parte del mundo, inclusive las principales potencias, vive esta situación. Hasta que no haya golpes contrarrevolucionarios que nos dejen aislados es una situación muy promisoria para nosotros. Esto lo quería plantear para que sirva de marco para los documentos que vamos a discutir seriamente, sobriamente, en estos días de la conferencia, para ver cómo podemos avanzar.

LEER EN PDF


VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
NOTAS AL PIE

[1El capital es definido por Karl Marx como un “valor en proceso”, es decir que está en crecimiento permanente sobre la base de extraer plusvalor a la fuerza de trabajo que explota (única fuente de toda la ganancia), que es lo que permite que el valor original se valorice (aumente su monto gracias al plusvalor que extrae de la fuerza de trabajo). El capital es también un valor en proceso porque está compelido a incrementar la escala en la que opera gracias a la reinversión del plusvalor. Esta reinversión, a la que Marx se refería como “acumulación de capital”, necesita que haya siempre disponible una masa suficiente de fuerza de trabajo adicional, y mercados para las mercancías producidas. Pero aún cumpliéndose estas condiciones, la propia acumulación de capital juega en contra de hacer posible la continuidad de la valorización: para Marx, uno de los resultados de dicha acumulación es la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.

[2León Trotsky, Los primeros 5 años de la Internacional Comunista, Buenos Aires, Ediciones CEIP-León Trotsky, 2016, p. 203.

[3Marx, Karl, El Capital. Crítica de la Economía Política, Tomo I / Vol. 2, México, Siglo XXI, 2001, p. 537.
COMENTARIOS

Emilio Albamonte

Dirigente del PTS, coautor del libro Estrategia socialista y arte militar (2017)